FINALES FELICES

Antes de que mi padre se uniera a la destrucción del muro, mi madre me dijo que este no era el único sueño posible. ¿Quieres vivir en el mundo de tu padre?, me preguntó, y yo le dije que sí. Es el primer recuerdo que tengo, el único a lado de mi madre: aunque no puedo ver su ropa u oír el tono en el que hablaba, sí recuerdo que ella escuchó todo lo que le dije con una sonrisa y se acostó en mi cama mientras yo me iba quedando dormido de tanto hablarle. Aunque es lo último que le dije, mis palabras no parecen importar.

Cuando desperté, mi madre se había ido para siempre. 

Nuestros padres decidieron destruir el muro. Lo atacaron con rabia. Lo picaron con sus palas y le dispararon con tal de hacerlo pedazos. Era una rabia insólita que albergaba millones de años perdidos.

Todo es culpa de las mujeres, me dijo mi padre. ¡De tu madre también!

El muro debía ser el destino de toda esperanza. Los hombres lo habían construido durante siglos, o eso decían los libros y sus historias. Pero quedaban ya tan pocos hombres y tan poco tiempo cuando las mujeres desaparecieron, que el sueño de terminar el muro se había derrumbado. No sólo se llevaron con ellas el anhelo, perdido de pronto entre los hombres, por seguir construyendo el muro; les arrebataron el secreto de la vida en su conjunto, aceleraron su cese. Tan sólo nos queda una vida, me dijo mi padre. Él y los otros hombres no lo pudieron soportar. Si el muro no podía ser terminado, debían destruirlo.

A todos nos quedaba una vida, desde el principio. Siempre fue así.

Los que nacimos luego de la generación de mi padre, aprendimos desde niños que no había un futuro esperándonos, que llegamos demasiado tarde, cuando el muro ya se estaba haciendo pedazos con sus manos y cuando sus sueños se parecían más a los trozos en el suelo que a lo que nos quedaba de horizonte.

Mi padre me contó la historia del muro apenas tuve edad para sostener herramientas y fuerza para atravesar el corazón de cada bloque, apenas tuve la edad para oír aquel destino terrible al que todos debíamos acudir con la esperanza de acelerar nuestra aniquilación.

Las mujeres se llevaron el futuro, insistía en decir mi padre.Pero yo no entendía cómo las mujeres habían hecho eso.

Mi abuela parecía vivir como mejor podía, dedicada a leer y a regar los jardines de otras mujeres. Cuando yo le preguntaba por qué decía mi padre esas cosas, mi abuela negaba que las mujeres hubieran destruido el futuro. Ellas no le quitaron el futuro a nadie, me decía. Solo es un mal sueño, todo esto. Un día espero que despiertes y ya sabes que cuando una despierta puede soñar otra cosa. Tu madre y las otras mujeres se fueron a soñar otro sueño, me dijo. Su sueño ya no era el de los hombres.

Solo así se cambia de sueño, me dijo. Despertando.

Recordé esas palabras cuando mi padre la sacó al jardín a rastras, la golpeó como al muro y me dijo que era cosa mía si escarbaba en la tierra para darle un entierro. No voy a ensuciarme las manos, me dijo, y se alejó de su madre muerta, a la que abandonaba como algo menos que un bloque roto por un pico. Ya nunca más podría hablar con mi abuela. Con ella se derrumbarían sus historias, para siempre igual que mi madre.

Aunque era un niño, me fui de casa esa misma noche, luego de enterrar a mi abuela.

Decidí caminar lejos del muro, esperando encontrar respuestas. No quería ir en la misma dirección de aquel hombre que había matado a su madre. En el camino, siempre con el muro detrás, fui encontrando a otros como yo. Hombres jóvenes que habían huido de sus casas, que habían enterrado a sus abuelas y algunos, los más desafortunados, a sus propias madres.

Yo les preguntaba qué se sentía tener una. ¿No lo recuerdas?, me preguntaban, pero yo sentía que un recuerdo no era suficiente para soñar con ella. Con los años, el recuerdo de mi madre fue desapareciendo, igual que ella. Es como tener frente a ti a alguien te mira con la misma añoranza con la que nuestros padres miraban el muro antes de destruirlo, me decían.

Recuerdo especialmente lo que me dijo uno de ellos, el que más tiempo había pasado con su madre. Se había quedado huérfano luego de ella se había ido, porque su padre murió a los pocos días. Mi madre me enseñó por qué ponemos flores en el lugar de los muertos. Me decía que era algo importante que no solo debía enseñarme ella, pero como mi padre solo pensaba en la construcción del muro, se olvidaba del resto de la vida.

Yo había escuchado de las flores, en boca de mi abuela, mientras mantenía vivo los jardines de las que se fueron. Su atención solo se compara a la de los escuchas, me dijo, como si cada palabra que dices tuviera el potencial de construir el futuro. Mi madre me preguntaba cosas y esperaba que yo respondiera, ella realmente quería conocerme cuando hablaba conmigo. No es cierto que escuchando a los moribundos se construye el futuro. Mi madre me decía: no sueñes lo mismo que tu padre, hay muchos otros sueños por ahí. ¿La tuya también era así, verdad?

Él me había notado sonriendo distraído mientras lo escuchaba.

Durante algunos siglos, a aquellos hombres dedicados exclusivamente al arte de escuchar las confesiones de los moribundos se les llamaba escuchas, y eran ellos quienes mejor sabían estar ahí en los momentos cruciales de la muerte. O al menos era lo que me había dicho mi padre.

Estaban ahí para memorizar cada palabra que los moribundos dijeran, porque nunca se sabía cuándo acontecería la muerte y cuáles serían las últimas palabras. Nunca interrumpían a los moribundos. Tenían que quedarse ahí, abnegados, por si acaso decidían hablar.

El muro era resultado de quienes ponían los bloques con sus manos tanto como de los escuchas. Sin embargo, por su papel silencioso, sus nombres nunca aparecieron en los libros, y cuando nuestros padres nos hablaban de ellos, lo hacían como si los escuchas fueran santos anónimos que habían elegido lo correcto en un mundo decadente. Ellos sí supieron que su papel era escuchar, me dijo mi padre, lo supieron bien y aportaron con su vida al muro. ¿Por qué tu madre no pudo entender eso?

Pero eso había cambiado de pronto. Mi abuela me lo había dicho, la última tarde que estuvo viva. Las escuchas comenzaron a decir que los moribundos estaban seguros, en sus últimos momentos, de que construir el muro era inútil. Cuando le pregunté a mi padre por qué mi abuela había dicho eso, me contestó: Es la muerte, hijo, al final perdieron la cabeza por la muerte. Entonces se apartó de mí, comenzó a gritar y sacó a rastras a mi abuela.

Los escuchas nunca se quedaban callados y… no había tal cosa como los escuchas. Contra viento y marea, contra picos y palas, ellas habían sido quienes intentaron moldear el futuro con sus palabras. Al principio las mujeres creyeron que el sueño del muro era valioso, y ayudaron a construirlo. Por eso se habían vuelto valiosas las escuchas. Grandes avances se habían logrado gracias a las palabras que fingían oír de los moribundos, con tal de ser escuchadas. Pero luego, cuando se dieron cuenta de que el sueño era inútil, que debían soñar otra cosa, comenzaron a decir que lo mejor sería destruirlo.

Entonces nuestros padres dejaron de prestarles atención.

Si no hablaban desde la muerte, no querían escucharlas. Ellas gritaron, pero ellos no sabían escuchar, no lo habían hecho nunca. Solo oían lo que querían oír. Ellas golpearon el muro con picos y palas, y ellos no podían perdonarlo. Ninguno lo hizo.

A veces pienso que no soy como mi padre, pero yo, igual que él, tampoco oí a mi madre cuando se fue.

Recuerdo especialmente una noche, la primera en que lloré con todos ellos, desconsolado. Verlos así, tan destruidos, me unió a ellos de un modo que no creí capaz hasta entonces. Recuerdo que lloré por las escuchas, cuyos nombres, igual que sus voces, no volveríamos a oír jamás. Me lamenté por ellas y por mi madre, por todas las que vivían con sueños nuevos, refrescantes, distintos al muro. No era su culpa que aún no pudiéramos alcanzar su sueño.

Recuerdo los abrazos por la noche, cuando el ruido de los golpes me alcanzaba desde bien lejos, con mi padre entregado por entero a la destrucción del muro. Me apreté a otro como yo esperando que su cabello pudiera cubrirme los oídos de aquella pesadilla, o quizá solo para tener el calor suficiente para dormir rápido y no tener que pensar en nada.

Me pregunté quién pondría flores en el lugar donde nuestros padres murieran, quién conservaría vivos los jardines. Los jardines eran lo más preciado que teníamos, y eso hasta nuestros padres lo sabían. Las flores azules y lilas y rosas, brotaban de los espacios en que una y otra vez pereció la vida de quienes habían aportado al sueño, lo hacían gracias a la naturaleza, que homenajeaba lo perdido de un modo en que nuestros padres no aprendieron a hacer cuando las mujeres se fueron, cuando casi todas desaparecieron un día. 

Un hombre no mayor que yo se me acercó una tarde en que me sentía abrumado, tan solo. Lo oí decirme, con la misma voz con la que mi abuela me había dicho sus últimas palabras: No tiene caso hacer cualquier otra cosa, ¿o sí? Solo nos tenemos los unos a los otros. Incluso me recordó a mi madre, su ternura que nada tenía que ver con ser mi madre sino con algo que se habían rehusado a seguir perdiendo. Estamos solos. Decía que viera las caras de los que habrían de enterrarme. Más vale que conozcas cada pliegue, me dijo, mientras me besaba con ternura, como si quisiera consolarme de algo que no le había confesado aún. Él insistió en que mirara bien sus rostros, porque en los segundos finales de nuestras vidas intentaría aferrarme a su mirada, a sus rasgos, como quien se sostiene con una mano de una piedra para no caer en el abismo que es morir.  

Se trata de atrapar entre nosotros nuestro aliento, para no desperdiciar la vida que dejamos. Besó mis labios y yo pude sentir, en su calidez, la promesa de un mundo que no estaba roto. A todos nos unía la misma desdicha. Nuestros padres odiaban de un modo particular a las mujeres, pero nosotros las extrañábamos de un modo elemental, como perdernos a nosotros mismos.

En realidad, así era para todos nosotros: estábamos perdidos.

Nos turnábamos para desanimarnos, porque no podíamos desanimarnos todos al mismo tiempo. No queríamos que el mundo se nos rompiera más en la espera del fin; debíamos sostener los pedazos. Ya habría tiempo para que cada uno pasara por la fase de derrota, en la que los otros debíamos cargarlos en nuestros brazos, o quedarnos a su lado por días o semanas, en las que lloraban todo el tiempo, en las que también golpeaban cosas, como nuestros padres, y en las que, apenas dejaban de llorar de rabia, lloraban de tristeza pero sin dejar de llorar un solo segundo.

Hablamos de nuestras madres, del modo en que nos preguntaban cosas y esperaban oírnos hablar. De sus voces, que casi no recordábamos porque nunca nos habíamos detenido a escuchar. ¿Nuestros padres les habían preguntado algo que no fuera las últimas palabras de otro hombre? ¿Extrañaban su voz, o solo la promesa de su silencio dócil?

Nos dimos cuenta de que la muerte era un concepto que terminaría con nosotros. Nosotros seríamos el último bloque en el muro de la muerte. Ya nadie más seguiría construyéndolo cuando ya nadie quede vivo. El futuro nos pareció algo tan definitivo y terrible, irrevocable como el nacimiento de una flor solitaria sobre tierra blanda.

Apenas crecimos y adquirimos la fuerza suficiente para combatir con nuestros padres, comenzamos a caminar más cerca de donde el muro se destruía. Queríamos ver si seguían empeñados en su demolición, o si, por el contrario, dedicaban sus vidas a honrar a nuestras madres y nuestras abuelas y al resto de ellas con flores, como sabíamos que se honraba a los escuchas. Incluso si no las habían enterrado, las flores debían recordárnoslas. Nos preguntamos si las plantarían en todos lados porque la pérdida había sido absoluta.  

En su lugar, nuestros padres, ya deteriorados, raquíticos como los trozos del muro sobre los que parecían haberse sentado décadas atrás de manera definitiva, insistían en seguir ahí para ver cómo el sueño de millones de siglos y millones de vidas se venía abajo, y querían ser ellos quienes lo enterraran y querían yacer por siempre bajo sus escombros. No entendía por qué insistían en golpear el muro.

Algunos de los nuestros se quedaron con sus padres para ayudarlos a continuar con la demolición. Otros se quedaron para ser escuchas, o lo que entonces entendíamos que era su labor. Los demás, sabiendo que no tenía caso volver solo para hallar sus cuerpos, pues no teníamos ya corazón para enterrarlos como habíamos hecho con nuestras abuelas o nuestras madres, dejamos atrás el muro, dispuestos a no volver a caminar en su dirección.

Atrás quedaba la muerte y nosotros soñábamos con vivir.

Entre más nos alejábamos del muro, más notábamos que el aire se vaciaba de los golpes distantes de nuestros padres y nuestros viejos amigos, ahora con ellos. En cambio, encontramos ciudades vacías, hogares que se erguían con pequeños reflejos de cielo en sus costados de vidrio. Aquellos grandes edificios no eran nada, comparados con el muro. Ninguno de ellos acumulaba, por sí mismo, más de un par de cientos de años. ¿Se cuentan los años que le tomó al hombre hacer los descubrimientos necesarios para hacer lo que hicieron? De ser así, cada construcción, hasta la más diminuta, era el resultado de millones de años. Los hombres pusieron tiempo en cada objeto, y decidieron dejarlos morir luego de darles vida. ¿Cuántos millones de años estaban acumulados en el silencio de las mujeres?

Mientras más nos adentramos a aquellas sobras de ciudades, más notamos las imágenes de mujeres a nuestro alrededor. Muchas estaban rotas. Nuestros padres, furiosos, debieron quitarles el rostro como un acto de negación luego de perderlas. Si no existían las mujeres ni siquiera en fotografías, podrían olvidar lo que ellas le habían hecho al mundo. A ellos.

Si mi abuela tenía razón, y pasamos de un sueño a otro a través de despertares, mi padre y los suyos pasaron de soñar a vivir en una pesadilla. No podían soportarse.

Seguimos explorando los viejos hogares, las tiendas, las calles. Había partes de la ciudad que, con todo y su abandono, parecían haber sido dejadas atrás apenas hacía una hora. Como si aquellas ciudades nunca hubieran necesitado de los hombres más que para ser construidas y no les debieran luto por su ausencia. En aquellos días uno de los nuestros, con el que dormí la primera noche y el primero a quien vi llorar mientras yo mismo estaba llorando (cuyas lágrimas conocí a través de mis propias lágrimas), me pidió que nos apartamos del resto porque tenía algo qué decirme. Por favor, escúchame, me dijo. Ven conmigo. Yo lo seguí igual que se sigue una promesa. Por favor, quiero morir y quiero que alguien me escuche. Sé mi escucha, me pidió, y yo me quedé ahí mientras él tomaba un cristal roto y arañaba el muro que formaban las extremidades de su cuerpo.

Como ahí no había tierra en donde enterrarlo, lo cubrí con ropa que había en las tiendas. Eran blusas, faldas y abrigos que podría haber usado su madre. Sentí que ponía sobre él una flor. Cualquier madre lo habría adoptado como su hijo y lo habría mirado como si aun estando muerto pudiera alcanzar la felicidad, lo habría envuelto con su ropa y le habría dicho Adiós.

Aquello me pareció un pensamiento extraño y me pregunté si al tocar la ropa que se supone que debían usar las mujeres yo comenzaba a pensar como ellas, si de algún modo en la ropa estaba el camino para llegar a la luz de sus mentes. Al regresar con los otros, los alcancé con una falda puesta y con un abrigo que se me pegaba a la cintura. Algunos se rieron al verme, porque no entendían de dónde había sacado esa ropa tan peculiar. Pero otros comprendieron a quién pertenecía lo que me había puesto, se tomaron turnos para quedarse atrás conmigo, mientras caminábamos, y me abrazaron de la cintura y también me tomaron por los hombros, hablándome quedo de sus sueños y empapándome el cuello con lágrimas.

Los constructores y las escuchas tomaban la flor de un jardín y la llevaban hasta el sitio donde sabían que habrían de morir algún día. Luego eran enterrados con ellas marcando el sitio de su muerte. Con sus cuerpos, hacían que la hierba creciera y la llenaban de flores. La gente de las villas, los pueblos y las grandes ciudades de alrededor, tomaban las flores que crecían ahí y las plantaban en todos lados. Veían en ellas una promesa. La gente iba de un lado al otro con pequeñas macetas. Hacían largas travesías desde sus hogares hasta el muro y de vuelta. Cada flor representaba un muerto, y en todos lados siempre había miles de flores.

Las tumbas pasaban a llenarse de color, luego de un tiempo, y la gente se sentaba sobre los jardines de los muertos para contemplar el gran muro a la distancia. Añoraban rodeados de flores que, de manera lejana, como descendientes del primer hombre de la tierra, apuntaban con sus pétalos hacia el muro que pretendía abarcarlo todo. El muro que pretendía ser más grande que el cielo y también más grande que todas las vidas unidas.

Cuando la mayoría de mujeres desaparecieron, las que quedaron pusieron flores en nombre de ellas, aunque no estaban muertas.

Después de todo, hay muchas formas de irse.

Parecía, en todos lados, que el tiempo del mundo se había concentrado en la gente que se había ido, y que ahí donde estábamos podíamos aspirar a una suerte de extraña eternidad. Apenas nos asentamos, comenzamos a buscar cosas que las mujeres hubieran dejado atrás, como recién soltadas por sus manos tibias. Cuando no hallamos nada, pensamos que quizá se habían enterrado a sí mismas para huir de nosotros; lo único que logramos fue llenarnos las manos con tierra y sentirnos más solos que nunca. Ellas no veneraban la muerte como nuestros padres, ni habían huido de nosotros; no habían muerto, se habían ido a soñar a otro lado, porque era eso lo que más querían en un mundo roto.

No las íbamos a encontrar ahí.

Nos quedábamos en sus casas algunas noches. Diría que hasta un par de meses felices. Nos gustaba la idea de habitar el mismo aire residual que habían dejado las mujeres, que quizá nuestro cerebro funcionaba con flujos de aire y por un momento, quizá lo suficiente para soñar, podríamos ver lo que ellas veían gracias a su aliento, que el aire de nuestro cerebro era remplazado por el suyo y nos volvíamos ellas un instante.  

Con el tiempo, otros me pidieron ser su escucha. Me daban una prenda de mujer y pedían que me la pusiera. Por favor, ponla sobre mi tumba cuando muera, me decían. Como una flor. El futuro se iba pareciendo a una tierra infértil donde crecían unas cuantas flores desperdigadas, que yo formaba con pedazos de tela que rompía con mis manos.

Apenas acabamos de crecer, cuando nuestra fuerza fue más de la que habíamos tenido en toda nuestra vida, comenzamos a tocarnos con más intensidad y a resguardarnos con el calor creciente de nuestros cuerpos. Éramos más altos y fornidos y también nos queríamos más. Al fin habíamos acabado de comprender que éramos todo lo que nos quedaba.

Algunos días pretendía ser mujer, imaginando ser una madre. Como sería ser cualquiera de ellas. Hubo quienes me confesaron que habían sido mujeres todo el tiempo, que ser mujer no tenía que ver con la ropa o las caras, sino con el modo de soñar. Tenían tanto miedo de decir que eran mujeres y que nosotros las matáramos, como mi padre a mi abuela. Yo las abracé, igual que los otros, sintiendo un trozo de eso que creía irrecuperable.

Aun cuando habían confiado en nosotros, en mí, desaparecieron al día siguiente.

Nada de eso me acercaba más a ellas, a su sueño, aunque era mejor intentar que no hacerlo, ponerme en su lugar, a seguir con la destrucción como lo había hecho mi padre. Necesitaba escucharlas para saber qué hacer. Estaba solo con el resto; con imaginación y tristeza.

En libros infantiles, se las veía sentadas en círculo, hablando entre ellas de trivialidades y de cosas profundas, y yo les dije que hiciéramos lo mismo, que aprendiéramos poco a poco a escuchar a los otros, porque de algún modo debíamos mantenerlas vivas. Al verlos a todos ellos, hablando felices, compartiendo anécdotas, pensé que habíamos logrado algo…  

Entonces recordé lo que me había dicho mi abuela. Las mujeres encubrían sus palabras con las de los muertos. Solo así podían hablar. Los miré otra vez, atento: ahí nadie iba a callarnos. Lo que hacíamos no se parecía en nada a lo que ellas habían tenido que pasar. No habíamos tenido que ocultar nuestra voz, ni fingido hablar por los muertos; ni con todo lo que habíamos logrado, con lo que hicimos para diferenciarnos de nuestros padres, habíamos dejado de ser como ellos. Seguíamos siendo como nuestros padres.

Solo entonces comprendí el peso de mi voz.

Un hombre muy mayor que había conocido a las mujeres cuando eran muchas, llegó hasta nuestra puerta y comenzó a gritar. Sus gritos me recordaron los daños que recibía el muro y me estremecí como un niño, como si toda la grasa y todos los músculos que adquirí con los años pudieran ser desmoronados con la facilidad con la que nuestros padres sucumbieron a su rabia destructora. ¿Qué están haciendo?, nos reclamó. ¿Por qué usan su ropa y por qué se ven como ellas? ¡Esto es una profanación!, nos gritó, y comenzó a jalarnos de las ropas hasta dejar nuestros abdómenes desnudos y nuestras piernas medio expuestas. La ropa se rompía. Nos odiaba porque lucíamos como ellas. Nos odiaba porque se las recordábamos. Él troceaba la ropa con una navaja que llevaba en las manos. Algunos sintieron la navaja en su piel. La sangre brotó de pequeñas ranuras que evidenciaban que no éramos más que otro muro al que no se le notaban las costuras más que al sangrar. ¿Por qué hicieron eso? Es terrible, nos dijo. Estaba tan furioso que siguió despedazando la ropa sin que pudiéramos hacer nada, porque nos sentíamos indefensos ante su rabia.

No vamos a dejar que destruyas sus cosas, le dije, recordando la ausencia que jamás podríamos llenar, con nada de lo que hiciéramos. Miré a los otros en busca de apoyo. Ya no podíamos traerlas de vuelta, ni podíamos escuchar lo que tuvieran que decir con su voz, pero aún podíamos conservar lo que habían construido para ellas. Sus palabras seguían vivas en sus diarios, en su ropa, en los jardines que ellas habían mantenido vivos. Seguían ahí, con nosotros, cada vez que alzábamos la voz cuando el mundo amenazaba con hacerse pedazos. Lo que había acompañado sus vidas, hasta el día en que se fueron. No callaríamos, porque las escuchas no lo habían hecho. Quedarse al margen ya no era una opción.

Le grité al hombre, una y otra vez, que él no iba a decirnos qué hacer, que otro mundo era posible, que este sueño era una pesadilla y al fin estábamos despertando. Los otros me siguieron en coro. No le pusimos un dedo encima. Él parecía estar dispuesto a morir con tal de hacer trizas nuestro mundo, pero matar era algo que harían nuestros padres.

Habíamos sido como nuestros padres, pero ya no más.

Nosotros cambiaríamos eso.

Volvimos a las grandes ciudades y a los pueblos que habíamos dejado atrás. Ya no esperábamos encontrarlas a ellas, que se habían ido a otro sueño. Tan solo nos bastaba hallar un trozo de su voz, puesta en sus diarios o en sus libros, las palabras que escribieron porque nadie se les negó el aire tantas veces, para gritarlo.

Escarbamos en la tierra, husmeamos en los cajones. Era terrible la idea de profanar así lo que habían dejado, pero era peor el olvido. Todos debían saber que las escuchas habían dicho algo importante. No fue difícil encontrar notas sobre el muro.

Ellos insisten en construir el muro, aunque es una empresa sin fin y su logro, si aconteciera, no nos traería nada”.

Hicimos copias de sus diarios y sus libros, que cargamos con la fuerza que hasta entonces no nos había servido para otra cosa que restregar nuestros cuerpos intensamente, buscando, en vano, romper la separación elemental, la sensación de faltante, que solo nos aquejaba a nosotros. Los animales no parecían notar la ausencia de las mujeres; los bosques, los sembradíos. Todo persistía pese a su ausencia, igual que persistiría tras la nuestra.

Cuando volvimos al muro, encontramos a un nuevo grupo de hombres, cansados como nosotros pero más jóvenes que nuestros padres, persistiendo en la labor de destruirlo todo. Les dije que pararan. Todos les dijimos lo mismo.

Luego, cuando por el cansancio o por la curiosidad bajaron sus picos y sus palas y dejaron de demoler el muro por un momento, les extendimos copias de lo que las mujeres habían escrito cuando creían que nadie las estaba escuchando. No: cuando ningún hombre las escuchó.

Al principio pensamos que el muro nos uniría, pero lo único que hizo fue separarnos. Pero estábamos equivocadas. No había forma de unión posible entre ellos y nosotras, hay un muro que nos separa mientras ellos insisten en seguir construyéndolo. Es silencio. Es violencia. También es muerte”.

Los hombres del muro, que eran más parecidos a nosotros que a nuestros padres, aunque su tarea se pareciera tanto a la de ellos, al principio se negaron a abandonar la destrucción.

¿Qué vamos a hacer si paramos?, me preguntaron. ¿Qué nos quedaría?

Pensé en mi madre, en lo único que recuerdo, de entre sus palabras, breves quizá por mi infancia o quizá por mi desatención.

¿Quieren vivir en el mundo de nuestros padres?, les pregunté. No era yo quien hablaba, aunque eran mis labios. Yo tan solo le servía a mi madre, a sus inquietudes. Su sueño debía nacer en nosotros, y si teníamos posibilidad de verlo algún día sería escuchándola.

Los otros siguieron repartiendo los libros, quitando las palas y los picos de sus manos cansadas. Cuando la mayoría se detuvo, nos sentamos a contemplar el muro en ruinas, frente a nosotros. Tomaría varias vidas destruirlo, pero no tenía caso que lo hiciéramos caer. No así, con las manos. Recuerdo haber sentido, en ese momento, que el mundo recobraba su voz.

Si tan solo nos escucharan, sabrían que hay otro mundo posible. Que otro sueño nos está esperando, en otro lado. Que pueden unirse, si lo quieren. Pero necesitan soñarlo de verdad”.

Con los años, nos dedicamos a llenar de flores los intersticios del muro, para que poco a poco la hierba lo fuera cubriendo hasta dar la impresión de haber sido creado de un modo natural. Eso no alcanzó a tapar nuestra vergüenza, ni el legado de nuestros padres.

Era imposible traerlas de vuelta, pero al menos podíamos hacer eso. Recordarlas.

Al principio a los otros les costó trabajo escucharme. Decían que todavía podían oír el sonido de los picos, retumbando en sus cráneos. Insistir nunca es sencillo, sin importar lo que se haga. Pero yo insistí, porque otro mundo era posible y ellas habían soñado con él.

Los cuerpos de nuestros padres, regados frente al muro, huesos sobre granito, esperaban por nosotros para darles sepultura. Solo al verlos así, tan desnudos de todo, con las grietas expuestas de un modo tan transparente, comprendí que algo de mí no podía evitar pensar en la muerte, en leer el mundo de ese modo. El legado de mis padres, igual que el muro, persistiría aunque intentara derribarlo. Sin embargo, podía hacer lo mismo que había hecho, junto a los otros, y llenar la muerte de flores.

Y eso hice, el resto de mis días.

Como mi abuela, me quedé mirando el gran jardín, creciendo en el horizonte, y me encargué de regarlo y mantenerlo vivo, aunque con el tiempo fue inevitable darme cuenta de que el jardín crecía solo. Mi mano no era necesaria, como la de ninguno.

Los otros siguieron besándome y arropándose de mí por las noches, hablando de trivialidades y de cosas serias, usando los abrigos de las mujeres cuando la tristeza se hacía insoportable. No hacíamos lo correcto, pero tampoco hacíamos más daño. Eso serviría de inicio.

Nunca supimos si hubo algún hombre que logró llegar al sueño de las mujeres por sus propios pies. Quizá el camino seguiría invisible para nosotros, para siempre.

Seguí leyendo, año con año, todas las palabras que no habían escuchado los millones de años de vidas antes de la mía. No era mi deuda particular, pero me sentí bien haciéndolo. Descubrí que sus palabras se sentían frescas, como si el jardín creciera alrededor mío, hecho con palabras. Sonreía, pensando en que ellas… en que ustedes, en realidad, habrían visto con buenos ojos la remodelación que hicimos con el muro de nuestra historia.

Entonces aparecieron.

No habían querido irse, tan solo querían que las dejáramos en paz. Estuvieron al otro lado del muro, todo este tiempo. Hubiera sido tan fácil alcanzarlas, pero no lo hicimos. Nos saludaron a la distancia, felices de ya no haber escuchado la destrucción los últimos años.

Bienvenidas, les dije. Mi madre me miraba en el rostro de una extraña.

Al verlas tan felices, tan vivas, tan libres, supe que ya nada podía estar tan mal.

Fotografía: Laura Zalenga.

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