Ni la muerte los separó

Mención especial en el II Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS (Categoría: Cuento corto) (Septiembre 2016)

Podría decirse que discutían como cualquier pareja, salvo porque ella estaba muerta. Le aquejaba por las noches, apareciéndose cuando él se encerraba en el baño para orinar o masturbarse. Privacidad fue una palabra que Roy no tuvo más remedio que trasladar a un callejón vacío por el que pasaba de regreso a casa.

      Ya se había hecho a la idea de una cama vacía, de prescindir del olor de su perfume por la mañana y de sus gritos durante todo el día. Conforme acabó la primera semana tras su muerte, incluso pensaba en la posibilidad de comenzar a salir con alguien. Todos le preguntaban, “¿estás bien?”, pero él estaba mejor que nunca. Le dolían los ojos por llorar, pero no era tristeza lo que caía de su rostro sino alegría. Quizá por eso bailaba mientras recorría el callejón, o al tirarse sobre la cama, retorciéndose y envolviéndose en las sábanas.

     La segunda semana dio paso con la barba crecida en el mentón y el resto de su mandíbula. A ella no le gustaba, y para evitar conflicto, mejor la rasuraba. “Te ves como un vagabundo”, le decía. Comió un par de hamburguesas cada día, con queso extra, y por las noches alternaba entre whisky y cerveza. Andaba desnudo por la casa, que pronto se acostumbró a que su calor ocupara los sillones, dejando la marca de sus nalgas. Pero nada es eterno, ni siquiera la muerte, así que ella volvió la tercera semana. Se escuchó su llegada con el azote de la puerta. Él creyó que alguien había entrado a robar, así que fue corriendo por su pistola y se asomó por las escaleras. Ella, de pie, lo esperaba con los brazos cruzados y el rostro con una rabieta. “Qué horrible te ves”, le decía, “Pareces vagabundo”. Él miró perplejo al esperpento que tenía de frente, ¿sería un reflejo tardío de su esposa muerta o un simple holograma hecho por algún genio local que quería torturarlo? Nada de eso era probable, pero tampoco la alternativa que pasó por su mente de inmediato y que acalló con un golpe: su fantasma se ha quedado aquí, para siempre. “Baja esa cosa”, le dijo, señalando a su pene desnudo con la punta mojada.

     Volvió a tomar las riendas de la casa apenas una hora de su llegada, y como no necesitaba descansar podía gritar con aún más fuerza. Claro que ello no le impidió decir que estaba exhausta, y excusarse de hacer algo en la casa. “¿No ves que estoy muerta?”, decía. “He sufrido el flagelo de ir al más allá y volver por ti, querido, que no sabes hacer nada”.

     La primera noche llegó tarde. Le pareció que él quizá había muerto también, que el tiempo ya no transcurría como era debido. ¿Será que yo también estoy atado?, se preguntó, y le dijo a su mujer (o ex, considerando que estaba muerta) que saldría por unos cigarrillos. “Tú no fumas”, le interrumpió ella con suspicacia: estaba muerta, más no era estúpida. Él la fulminó con la mirada y al notar que ella se enfurecía prefirió seguir con la mentira. “He fumado luego de que murieras, cariño. Me ha afectado mucho tu partida”. Ella, admirada por la fijación oral resultado de su muerte, asintió levemente con una sonrisa de colegiala reprimida (pero excitada en el fondo), y le dio la espalda, a manera de aprobación.

     El pobre hombre intentó vender la casa, pero apenas saludaban a Roy, la mujer aparecía de repente. “Yo soy parte de esta casa”, decía orgullosa con su traslucida apariencia. Ellos negaban y decían que no tolerarían las interrupciones de aquella mujer. “Se ve fastidiosa”, decían los maridos, y las mujeres aún más rabiosas le susurraban a sus esposos que no querían quedarse donde fuera que durmiera otra mujer. Los pocos entusiasmados les respondían, “Pero amor… está muerta”, a lo que todas y cada una, a su modo, dijeron “No me importa”.

     Se resignó entonces a vivir con aquella mujer, anclada a la casa. La cama seguía sintiéndose fría, así que ella le pedía que pusiera unos trapos calientes para que así se sintiera como si ella siguiera con vida. “Pero estás muerta”, le decía Roy. Ella se exasperaba. “¿Necesitas decírmelo todos los días? ¿Te gusta torturarme, no es así? Sádico vagabundo bueno para nada”. Es mi penitencia, se repitió cada mañana, e iba al trabajo, esperando allá pudiera descansar. El problema era que siempre tenía cosas por hacer, así que sólo al salir podía permitirse relajar la mente del estrés.

      No entendía a su mujer. ¿No tenía claro que convivía con ella sólo porque no podía vender la casa y la economía era muy dura como para pagarse otra? Él creyó que dispararle a la cara luego de su última discusión con vida había dejado las cosas claras, acabando así el ruido de su voz chillona. Pero ella, que había sido criada a la antigua, no podía tolerar que su marido la dejara. Incluso si él la había matado, e incluso si él no se arrepentía. “Hay cosas que una debe pasar por alto si quiere que la relación siga viva”, le dijo un día, cuando él al fin admitió que estaba cansado.

     Roy tomó el arma para cuando se cumplieron dos meses. Fue hasta el callejón por el que pasaba para ir a casa y se disparó en la boca.

     Él no le aviso a ella. Su mujer, desde su casa, se preguntaba que había hecho para merecer tal trato. “Ni una llamada, ni una nota”, decía mientras cepillaba sus cabellos de materia traslucida.

Fotografía: H O L L Y • B U R N S

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Los intelectuales

Publicado en Abril de Romero (Agosto, 2016). 

En la universidad escuché tantas veces la queja, ya trillada, de que no tenemos memoria. De que “el sistema” nos oprime hasta ponernos bajo sus pies y nosotros caemos en desgracia. De cuán victimas somos, de cuán unidos debemos estar. Lo escuché por los pasillos, mientras grupos enteros salían de los salones evadiendo las clases, para ir al bar que está cruzando la calle y discutir cuán podrido estaba todo mientras bebían cerveza y mate.

Quienes decían esas cosas eran siempre los mismos. Casi desde el inicio, quizá por ser una escuela de humanidades, pude ver su vocación de servicio hacia el prójimo: esa entrega a causas más allá de ellos pero que se apropiaban como suyas. Eso siempre me pareció curioso, siendo que en el propio grupo no dudaban en perjudicar al resto, sin importarles nada. Había tal dualidad de amor al desvalido y odio al estudiante promedio que, pensé muchas veces, no tardarían en volverse “esquizofrénicos”. O quizá ya lo eran.

De entre todos, conocí a unos tipos curiosos. Eran de esos que se indignan ante el dolor humano, con el celular en la mano y leyendo en voz alta la nota del periódico alternativo en turno y diciendo que no la imprimieron para salvaguardar la ecología. De los que, apenas gritaban a todo pulmón que el mundo se muere, encendían su cigarrillo sin importarles nada ni nadie. Entraban al salón y buscaban con la mirada a quién criticar: por lo que ellos decían “su estupidez”, o su “conformismo”, o por “ser agachones”, o por alguna de esas etiquetas raras y al uso que se le ocurren a un estudiante de humanidades molesto con el mundo (o, al menos, con cierta parte).

Yo no tenía mucho problema con ello, aunque no dejaba de parecerme contradictorio. ¿Cómo era posible que alguien que se preocupara tanto por el mundo lo odiara tanto? Quizá había una parte en el rompecabezas que yo nunca pude ver, quizá por ser “estúpido”, como ellos decían. Pero, para ser justos, no fue de lo único que me acusaron: de idiota, de imbécil, de “promedio”, sólo para luego saltar a la yugular de los docentes cuando decían, con un tono más bajo, “las clases bajas”. ¿A caso habrán notado el paralelismo de su conducta? ¿O será que su inteligencia fue siempre selectiva? Quién sabe. Yo no tengo todas las respuestas. No soy ellos.

Un día, recuerdo bien, uno de ellos llegó tomándome por el pecho con una de sus manos y se rio de mí por ser “una bola de grasa”, sólo por no ser tan esquelético como “ella” (por alguna razón, hablaba de sí mismo en masculino o en femenino, según la temporada). Dijo, textualmente, que yo era demasiado estúpido por comer chatarra y que me merecía lo que me pasara. Con el tiempo yo me admiré doblemente: por mi paciencia al no haber respondido y por la ironía de sus palabras, siendo que luego se volvió un defensor de la libertad en todos sus rubros, de “ser como uno quisiera”. De nuevo admito que quizá la ironía no es lo suyo, quizá no están hechos para percibirla o yo soy demasiado sensible a sus “encantos”.

Como sea, yo siempre me pregunté si alguna vez se dieron cuenta de que, pese a lo que su gran juicio y enorme inteligencia dictaban, quizá no entendían que el poder que tanto criticaban funciona precisamente de esa forma: atormentando a los otros por “razones justificadas“. Es claro que se negarán tajantes (lo presencié tantas veces que casi memoricé el proceso: atacar a la ignorancia de la persona, citar autores a diestra y siniestra y, si la cosa se pone fea, apelar a que el juicio del oponente está comprometido por su clase social o hasta por su ortografía), tan claro como el hecho de que responderán con la violencia típica de algunos “intelectuales” (porque lo de hoy no son los golpes, eso es barbárico; mejor llamarle ignorante, acusarle de vendido y cualquier otro adjetivo disponible en la lista de “el pensador ilustre”). Reconozco que no todos eran así, pero así como es difícil ver el sol directamente sin quemarse los ojos, lo mismo pasaba con ellos: en grupo su luz terminaba por cegarnos a todos.

Aquello era tan claro como es para mí que ese teatro que inventaron, en el que les importaban otros, no es era más que eso: una puesta en escena, máscaras y otros artificios. Para que, de algún modo, su historia no fuera la de quienes abusaban sino la de aquellos que a los oprimidos defendían.

Porque sin importar cuán subversivos decían ser, me daba la impresión de que ansiaban ser los buenos. “Invertir los valores”, de tal forma que lo suyo fuese admirable y no lo opuesto. Y es ahí donde yo les di siempre la razón, para su sorpresa y su gusto: pero es que, ¿cómo negar que casi siempre son los que se dicen buenos los peores de entre todos?

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Todo estará bien

Cuento publicado en Revista Contrasentido (Septiembre, 2016).
 

Fui yo quien puso los restos de su vida en un montón de cajas. Cafés, ásperas, llenas de polvo y de él, de mi amigo que había muerto. Cajas con su nombre. Él se lo puso a todas cuando se mudó la última vez. Yo lo conocí antes, cuando la distancia eran quince calles y no diez horas en autobús.

     Hacía ya mucho de mi última visita. Me costaba notar cierto nivel de detalle, pero la habitación no era tan distinta a la que tuvo antes. Como si en lugar de llevarse sus cosas hubiese escondido el cuarto de su infancia en una caja, porque el cuarto era justo eso, una caja enorme.

Aquella no había sido su habitación toda la vida, sin embargo podían verse juguetes y un oso de peluche dentro del ropero. Tenía la puerta entreabierta. Los ojos del oso se asomaban, mirando en dirección hacia el colchón. Lo vi al sentarme y no pude sino pensar que cada noche Joel dormía observando los ojos de ese oso. ¿Cómo se habría sentido? ¿Qué veía en esos ojos negrísimos?

     Luego de su muerte, no sé muy bien ya cuán después, fue su tía la que me pidió que les ayudara. Ellos, su tía y sus padres, me conocían porque Joel me llevó tantas veces como su invitado estrella. Incluso si no somos los mejores amigos, decía él, y luego añadía cualquier otra oración. Incluso si no somos los mejores amigos, te digo que hueles mal. Te digo que te falta una novia. Consíguete a alguien. ¿Te ayudo? ¿No sabes ligar? ¿Sabes masturbarte o también para eso me necesitas?  No tienes mucha competencia, decía. Yo jamás imaginé que ser amigo de Joel fuese una competencia, pero no importó nunca. Yo iba de todos modos aunque no ganara nada salvo verlo  despidiéndose desde el auto elevando su mano dificultad, cada vez mayor. Parecía sostener la una con la otra.  Decía cosas como “debo ir al hospital, nos vemos luego”.

    Él nunca me invitó a acompañarlo. Le decía adiós y me quedaba de pie, pensando en dónde pasaría la noche. Luego de un par de ocasiones, le dije a Joel que me dijera de algún hostal o donde pudiera quedarme a dormir. Le dije que el viaje era largo y no me apetecía volver de noche, aunque a veces lo hacía. Me mencionó a su tía y se disculpó por no recibirme.

     Así que fue ella quien, con calma, me pidió que recogiera las cosas. Me dijo que sus padres, sobre todo su papá, temían llorar al recoger los juguetes. Era un niño, dijo su tía, eso dice su padre. Su niño. Él no quiere llorar, ay estos hombres. Se hace el fuerte. Se le murió el hijo y está haciéndose el firme. No tiene caso, insistió, ¿tú qué dices? Tú, que eres hombre, me dijo. ¿Piensas que debería quedarse inmutable?

     Asumí que era un rasgo de familia. Joel, después de todo, nunca me dejó acompañarlo al hospital. Jamás le supe a él ni a su padre un solo dolor. Ni siquiera sabía que estaba enfermo. Jamás me habló de la enfermedad, tampoco. A veces nos veíamos con tal intensidad que queríamos simplemente estar juntos en silencio.

     Una vez mi madre me preguntó, también hace ya mucho, que a qué iba hasta la casa de Joel. Me dijo, ¿y tu amigo, quién es? ¿Por qué vas hasta allá? ¿No está muy lejos? Contesté como pude, cada vez, con la verdad. No sé, mamá. La verdad es que no sé.

     Pensaba en eso cuando llegué a la casa de Joel. Me abrió su tía. Lo primero que noté al entrar en su habitación fue su infancia regada en los estantes. Igual que el polvo. Su inocencia yacía ahí donde mirara como un árbol vuelto cenizas por el sol que dio paso al crepúsculo. Había en uno de los estantes un guerrero de pies y visor plata, con el resto en color púrpura. Tenía un águila impresa en el pecho. Estaba desgastada su cabeza, y los tornillos de los pies parecían mal puestos. Sus movimientos eran torpes, según recordé, y no importaba la fuerza que uno imprimiera en ellos. Era como si apenas pudiese moverse. Era un juguete desecho.

     Había algo más sobre los estantes. Una caja con un signo de interrogación. Nada en ella que yo pudiera escuchar al sujetarla, pero no podía ser algo serio. Una caja con un signo que la cubre, rodeada de cinta y hojas de colores, ¿qué más podía ser, sino un juego?

     La tía, desde la sala, me seguía hablando de su sobrino. Que si yo sabía que él era terminal, y yo le dije que no, que no sabía eso ni qué cosa era ser terminal. Ella se sorprendió, pero siguió hablando como si no me hubiese oído. Era terminal, repitió. Ay, sus padres. Están tan destrozados. Qué bueno que estás tú para ayudarlos. Ellos no querían mover nada, me dijo, pero ya pasó tiempo y debe mover lo que ha quedado.

     Ella tenía razón. Había pasado tanto tiempo que de Joel ya nada recordaba, salvo su silencio. A ratos también venía a mi mente su mano a la distancia, con el cuerpo oculto entre el metal. Pero lo cierto es que sólo su silencio permanecía vivo.

     Aun así, incluso sin poder recordar nada más, acudí tan pronto me llamó su tía. Me dijo que no sabía a quién más decirle. No se llevaba bien con otros parientes, y lo cierto es que nadie lo conocía mejor que yo. Sus padres opinan igual, dijo, tú eras su mejor amigo.

     Joel se habría molestado con eso. Yo no era su mejor amigo. Ni él el mío. Ciertamente jamás me dio un consejo, salvo que mezclar pólvora, aceite y estopa no era recomendable si no quería destrozos. O que no metiera salchichas al microondas.

Llené las cajas con sus notas de la escuela, sus juguetes, las fotografías en su pared (fotografías de gente que él no conocía, retratos callejeros, ojos que me miraban a lo largo y ancho de la habitación como si ellos estuviesen afuera, en otro lado, al otro lado del muro juzgando con severidad cada cosa que yo hacía con lo que dejó regado. Pero esos ojos no me miraban en lo absoluto, y de hacerlo no les habría importado lo que ahí ocurría. No había nada más allá. Ni detrás del muro, ni en ningún otro lugar).

     Dejé las cajas junto al sillón de tres cojines, en la sala. La tía me pidió que las llevara al fondo de la casa, al otro extremo. Allá es donde deben ir, vamos, yo te abro. Luego comenzó a hablar de la casa, de lo pequeña que siempre le pareció antes y de lo enorme que estaba en contraste. Mira, su cuarto ha quedado vacío, me dijo cuando pasamos junto a la habitación de Joel. Se quedó junto a la puerta y le dedicó apenas un segundo, como si eso (¿había sido un segundo?) le hubiese bastado para acostumbrarse a la ausencia de su sobrino.

      La seguí hasta el fondo de la casa. Estaba oscuro. ¿Tú sabes dónde está la luz?, me preguntó. Parecía desorientada. Caminé unos pasos como por instinto. No recordaba haber estado ahí.

     Palpé con mi mano el interruptor. Lo apreté con suavidad y de pronto la habitación se descubrió ante nosotros. Era un cuarto lleno de cajas. Cajas por todos lados. Cajas de toda clase,  llenas de vestigios de vidas pasadas.

     Mira esto, me dijo la tía de Joel. Apuntó con sus manos una fotografía sobre una pila de libros que estaba a la vista. Era un rostro observando como lo hacían los otros en el muro de fotografías. Yo seguía atareado, así que sólo asentí y comencé a buscar en dónde podía dejarlo, el peso, lo que cargaba. Fue difícil. El cuarto entero parecía haberse ocupado, salvo el espacio que ocupábamos con nuestra presencia. Déjala donde sea, me dijo secándose la piel bajo sus ojos y haciendo lo mismo con sus manos, en la parte trasera del pantalón. Luego cruzó sus brazos, salió del cuarto y repitió: Déjala donde sea. No importa.

      Eso era todo.

      Si la ponía sobre las cosas de sus padres, o sus abuelos… no importaba. Joel, como todos los que lo precedieron, terminaría como un montón de cosas olvidadas dentro de una habitación llena de cajas. Un cuarto sin espacio para nada más, salvo para lo que ya no tiene cabida en ningún lugar.

      De pronto ya no supe dónde dejar sus cosas. Sentí que era un asunto importantísimo, que merecía reflexionarlo con calma. Pero no tenía idea de qué hacer. Sujeté la caja, no sé por cuánto, hasta que comencé a pensar. Pensé en su mano derecha, alzada con ayuda de la otra, manteniéndola firme. En su expresión de complicidad y el secretismo con el que me decía que nos veríamos luego. Fui entonces hasta el fondo de la habitación, en donde estaba un montón altísimo que sobresalía del resto. Estiré mi cuerpo cuanto pude sobre las cajas y con la punta de los dedos empuje la suya, justo hacia el centro. Entonces me aparté despacio.

      Por un momento me pareció que aquel montón era un mausoleo.

      Al apagar la luz ya no pude ver ninguna caja. Me sentí absorbido por la nueva oscuridad de la habitación. No supe, en el fondo, si haber hecho lo que hice supuso alguna diferencia. Pero lo hice de todos modos. Por él. Por mí. Porque mis cosas también acabarán en una caja, pensé. Yo acabaría en una.

      Salí y cerré la puerta del cuarto. Volví hasta su habitación. Me senté en la cama. Su cama. El colchón estaba ya sin fundas, ni almohada ni sábanas. Estiré mis pies hasta recostarme completamente. Lo dejé caído, todo mi cuerpo, y con la mirada le eché a todo un último vistazo. No se me había ocurrido, no sino hasta entonces, que ya no volvería luego de eso.

     Incliné la cabeza para ver el ropero y el oso aún me observaba. Fue lo único que no metí dentro de las cajas. En sus ojos no había severidad sino contemplación, un brillo infantil que sólo tienen los peluches, y que también tenía Joel ciertos días.

     Recordé entonces que no supe qué decirle cuando me confesó haber pensado en el suicidio. No como algo que le causara curiosidad sino como un deseo. Suicidarse, eso quería.

      – ¿Tiene sentido esta vida? – me preguntó aquella vez. Estaba recargado en ese mismo ropero, desde donde el oso me vio tiempo después, cuando Joel ya no estaba.

     Pero entonces, cuando aún vivía, observó algo al mirarme. Tenía los ojos fijos en algún punto de mi interior, una parte inaccesible para mí.

     No supe qué decirle, en verdad. ¿Qué podía hacer? ¿Mentir? ¿Haber dicho algo como “Sí, amigo, la vida tiene sentido”? Quizá, pero yo no lo creía. Me puso en una situación difícil, porque yo vivía sin creer algo como eso. ¿A quién se le había ocurrido engañarnos para que no nos diéramos un tiro desde que terminó nuestra inocencia?

     No creía que tuviese caso decirle que no desechara todo cuanto tenía, tampoco.

     – Tuve una epifanía –me dijo. Se sobaba las muñecas y tenía los hombros muy tensos. Los subía y los bajaba, y su pecho me dio la impresión de ser una caja también -. Mañana no estaré vivo, Robert. Mañana a esta misma hora estaré en otro lugar. Un lugar sin fronteras. ¿Lo imaginas? La ausencia de límites; no más aristas, rigidez o fronteras. No será un lugar como éste. Claro que no como éste.

     Lo cierto es en que el fondo yo estaba convencido de que todas las cajas eran iguales. Todo el mundo debería haberlo notado entonces, y mucho tiempo atrás. No sólo me lo parecía. Así era. El pecho de cada persona, de todas las que han vivido, siempre será una caja, una caja como cualquiera, y algunos olvidaron ahí su corazón.

       – Será como ningún lugar que hayamos visto – me sonrió.

    Nada cambiaría, en realidad. Ese pensamiento cruzó mi mente. Tenía sentido. Tan sólo se iría, luego de esa tarde, como lo había hecho tantas otras veces. Tan sólo se irá más lejos. Luego un arrebato se apoderó de mí, como el que sentiría después al subir su caja hasta la cima. Pensé, ¿y si le digo que quisiera acompañarlo?, ¿y si le digo que estaré a su lado ahí donde ya no había fin? Pensé en esas cosas como si tuviera la certeza de que todo sería mejor si lo acompañaba hasta ese lugar, en silencio. Pero luego dijo:

       – Iré allá. Solo.

     Como antes, asentí. Asentí aunque quizá el no pudo verlo porque mi rostro apuntaba a su techo. Me causó admiración cómo el cemento, los ladrillos, la pintura, la bombilla que permanecía siempre quieta, el techo en sí, estaba suspendido en el aire justo donde había estado unido a las otras paredes de la casa. Sin el menor atisbo de pesadez, noté que el techo flotaba sobre nosotros, separándonos del cielo.

     Luego dijo algo más. No lo vi mirarme, pero sé que lo hizo.

     – Estará bien. Te lo juro. Todo estará bien.

     Y así sería, después. Todo estaría bien.

 

 

¿Ves lo mismo que yo?

Cuento publicado en Revista  Contrasentido (Septiembre, 2016). 

Estábamos frente a un árbol cuando me dijo:

— ¿Ves lo mismo que yo?

Sus ojos estaban puestos en mí de tal forma y con tal intensidad que me sentí estremecida.

Horas atrás me había llamado.

Dijo:

— Necesito decirte algo.

Yo le pregunté qué cosa, le pedí que hablara, pero entonces añadió:

— No. No así. Necesito verte.

Le pregunté si todo estaba bien. Él, con la misma voz de siempre, sólo más baja y más insegura que antes, me contestó:

— Todo estará bien.

Sentí que eso no era cierto, que no todo estaría bien.

Acordamos vernos en un camino en la periferia de la ciudad. No supe, entonces, si lo había elegido por morbo o vaya cualquiera a saber por qué. Él sabía lo mucho que detestaba ese camino. Lo poco que el tiempo había aminorado la tristeza. Era un callejón alargado y pedregal que no iba a ningún lado. Pasando los muros residenciales, cada uno a un costado del camino, no había nada. No hablo de metáforas. Era un páramo enorme de tierra árida y matas de hierba regadas en el suelo en la mitad de ningún lugar, y allá lejos, muy lejos, se divisaba cómo el mundo se derretía bajo el cobijo de un sol despiadado.

Así lo recordaba aquel camino, como mi infierno. La última vez que estuve ahí había caído de rodillas al suelo y me había llenado de tierra los pantalones. Lloraba inconsolable, sola, sin poder asirme a nada porque no había ahí ni siquiera una piedra grande de la cual sostenerme. Por eso me sorprendió que él eligiera aquél camino. No quise preguntarle por qué decidió que fuera ahí donde quería hablar conmigo.

Cuando llegué al encuentro, me miró apenado. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su suéter y sonreía como un estúpido nervioso. Su cuerpo, tenso como si sólo lo formara hueso y nada más, tenía un pie apuntando al camino. Ahí, justamente de pie, lo vi y comencé a pensar que hacía mucho tiempo no lo notaba tan nervioso.

La última vez fue luego de nuestro primer lustro juntos. Él se sentó junto a mí en el sillón, como tantas otras veces. Veíamos algo en la tele, una tontería que ya no puedo recordar. Lo he olvidado, pero sé que era tonto porque yo me sentí estúpida dejando que él se reclinara en el sillón como queriendo hundirse, dejando que permaneciera en un silencio pesaroso por casi una hora.

Cuando al fin reaccioné, y aún me culpo por haber tardado tanto, acerqué mi mano hacia el control de la tele, pero él lo tomó y lo apartó de mí. Luego me miró. Le temblaban los ojos y los labios lucían como hechos de cemento.

Me dejé caer sobre él, con mi pecho pegado al suyo y mis rodillas entre sus piernas.

Él no cedía.

— Dame el control — le pedí.

En vez de hacer eso, lo apretó con fuerza.

— Que me lo des — repetí.

Los canales sucedieron uno tras otro en la tele. Él había puesto su dedo, o mejor sería decir lo enterró, en el botón de los canales.

Puse mis manos sobre su pecho, por encima de su camisa.

— Sólo lo diré una vez más.

Metí mis dedos entre los botones de su camisa, y cuando lo dejé expuesto, ordené:

— Hazme caso.

*** 

Aquella noche me dijo que no sabía a dónde iba, a dónde lo estaba llevando su camino por la vida; que todo lo que pasaba se sentía ajeno como si él no lo hubiese deseado ni lo hiciera.

— Tuve un sueño — me dijo. Sentí un leve estremecimiento cuando sus manos tomaron mi cintura, y sus vellos, los de sus brazos, se erizaron como si el viento se hubiera colado a la habitación. Pero teníamos las ventanas cerradas —. Es una bobada.

— ¿Qué bobada? Dime.

— Es absurdo, si lo piensas.

— Sorprenderme — le susurré.

— Es qué… ¿En verdad quieres saber? —. Su pregunta me ofendió, pero no se lo dije. Sólo asentí —. Soñé que mi cuerpo no era mío, que mi rostro era el de otra persona. Era éste, el que tú ves, el que que he tenido siempre. Pero no podía reconocerlo. No pude acertar a quién le pertenecía.

La tele había quedado en un programa de comedia, luego de que dejó el control a un lado. En ella, alcancé a escuchar cómo uno de los personajes le decía a otro:

— No eres tú mismo.

Ya habíamos visto ese capitulo, no sé cuántas veces. Un tipo aparecía disfrazado de payaso en la sala de su casa y les decía a los otros que nadie lo tomaba en serio. Luego se escuchaban las risas del público.

Él me tomaba con sus manos. Estaban frías.

— Sentir que ya no eras tú. Como si ya no quedara nada de ti.

— Eso. Tienes razón — me dijo, despacio —. No era yo mismo… en el sueño. Justo eso. Sentí que no era yo.

Hicimos una pausa. Sus manos se aflojaron.

— ¿Cómo terminó el sueño? — le pregunté.

— No es nada —dijo.

Me inclinó hacia él y me besó, acariciándome mientras yo permanecía helada. No quería dejar de besarlo, pero sus labios no hacían sino recordarme lo que él había dicho. Ése sueño. Su sueño. Pensé por momentos que yo tampoco lo reconocía, que ya no era capaz, ni a él ni a nosotros; que nos esperaría un futuro en el que tarde o temprano ni uno ni otro nos reconoceríamos al vernos la cara. Que ese beso, esa pasión que él me entregaba, no había sido dada en siglos, aunque recién cumpliéramos un lustro sobre las sábanas. Temblé ante el presentimiento de que su rostro, un rostro extrañado de sí, no sería capaz de reconocer ni sus lágrimas. Mucho menos las mías. Así que no lloré, y tampoco dejé de besarlo.

*** 

Tras colgar, esperé sentada en la cocina. Esperé a que pasara un rato, aunque no tenía idea de cuánto debía ser eso. Sólo quería que pasara.

Salí de la casa, caminé un par de calles y tomé el autobús. De algún modo, preví que no querría conducir de regreso, o que no podría. Es una sensación extraña, desear que otro conduzca y ser llevada sin remedio. Quería llegar a la terminal, irme cuando todos los demás se fueran, y ver partir al camión detrás de mí. La idea me pareció tranquilizadora.

Lo cierto es que, durante todo el trayecto, pensé en bajarme antes. Pensé en que caminaría hasta quedar exhausta y entonces llegaría a mi cita con él. Pero me bajé donde había planeado, donde debía, y caminé muy poco hasta que lo vi en una esquina, junto a un arbusto colgante de flores marchitas.

Él se giró despacio, luego de verme con sus manos metidas en los bolsillos, y me dio la espalda mientras se encaminaba. Lo alcancé y me puse frente a él. Se detuvo. Estaba mirándome con los mismos ojos temblorosos que aquella vez en el sillón. Y aunque creí que lo reconocía, que ya lo había visto antes, era mentira. No eran iguales. Nada en él lo era.

Avanzó cuando me hice a un lado. Me aparté para dejarlo pasar, porque nada podía decirle así, con él irreconocible. Me dijo:

— Sígueme —, y yo lo seguí.

— ¿A dónde vamos? —pregunté luego de casi dos minutos de silencio. Creí que su rostro respondería tan extraño como antes, pero no.

— Hay algo que quiero mostrarte.

Seguí avanzando, concentrándome en las piedras.

— Hoy no he podido dejar de pensar en ti, y en mí. Y quiero mostrártelo antes de que llegué la noche.

Se detuvo, me tomó por el codo y sonrió:

— Es algo que debes ver.

No le sonreí de regreso. No podía. Aquél sendero… yo sabía a donde íbamos, a esa nada inmensa. Intenté sonreír, pero fue imposible para mí.

***

Luego de que me contara su sueño, por la noche, ya en la cama, lo apreté contra mí.

— Hace un par de noches recordé aquél camino.

— ¿Donde…?

— Sí — le dije —. Hace años que no paso por ahí, pero de vez en cuando lo recuerdo, y es terrible. ¿Qué hacía ahí mi padre? ¿Por qué lo encontraron muerto entre la maleza?

Él me abrazó muy fuerte, y sentir que el aire escapaba de mí fue en cierto modo reconfortante.

— No pienses en eso. No ahora. No aquí. Estás en casa. Todo está bien.

— Sí — le dije —. Me da gusto que estemos juntos. Que estés aquí, conmigo.

Sus ojos me pasaron por encima, apenas.

— A mí también.

La voz que salió de él era grave. Sentí de repente que debía hacer más.

— ¿En qué terminó el sueño? — pregunté. Se fijó de nuevo en mí.

— Es una bobada, ya te dije. No hablemos de eso.

— El otro día — empecé a decir —, mi día se arruinó porque el auto se quedó sin gasolina y yo ni cuenta me había dado. Eso es una bobada. Que tuviera que tomar el autobús.

— ¿El camión? ¿Y por qué no revisaste antes el auto?

Él se encogió de hombros. Había dejado de abrazarme, quedando de costado. Sostuvo su cabeza con una mano y con la otra me acarició despacio.

— No lo sé. Por confiada, por ir pensando en otras cosas. Quizá el auto falló y no me avisó que hacía falta gasolina.

— Pero él siempre avisa.

— Ahora lo sé — le dije —. No me volverá a pasar.

— Eso espero. No quiero ni imaginar tu cara cuando te diste cuenta.

— Fue más o menos así — añadí, luego intenté reproducir el gesto de frustración que había sentido.

Comenzó a reírse. La cama temblaba con su risa, como meciéndose. Me dieron ganas de que siguiera riendo hasta tumbar el suelo bajo la cama. Pensar que caeríamos hasta la sala, que volveríamos a estar frente a la tele y que se encendería con nuestra caída, me hizo reír tan fuerte… como reía él. Entonces fue como si nuestras risas hicieran temblar las paredes, el suelo, hasta el aire mismo. Pero nada de eso temblaba realmente.

***

Junto a los muros residenciales había bolsas llenas de hojas, hierba y ramitas. Los jardineros salían por los portones y dejaban más y más bolsas. Lo hacían como si no se dieran cuenta, como si diera lo mismo. Tenían la mirada en otro lado, esos hombres. Parecían oír música mientras hacían lo suyo.

— ¿Qué le pasó al auto? — me preguntó —. ¿Caminaste mucho para llegar?

Las bolsas amontonadas sonaban como un murmullo, golpeadas por el aire que entraba por la boca del camino.

— Lo dejé en casa.

— Ya veo — dijo, y una de las bolsas cayó desparramando los restos que llevaba en su interior.

— ¿A qué vine realmente? — pregunté. Ambos teníamos la mirada fija en el camino, que poco a poco quedaba atrás. Nuestros pasos eran cortos y nuestro andar lento. Nos acercábamos hacia la nada. Lo sentía en el calor del aire, en la presión de los recuerdos —. Dime, ¿era necesario traerme aquí? ¿Donde le lloré a mi padre?

Sentí que habían pasado apenas unos días desde que lo perdí. El viento me golpeaba el rostro y mi cara se desdibujaba por culpa del cabello, así que me lo recogí.

— Dímelo.

El cabello de él, por otro lado, iba de arriba a bajo. Sus cortos cabellos grises bailaban como en una caricatura.

— ¿No vas a decirme?

Negó con la cabeza, nervioso y conteniendo una sonrisa.

Quería hacerle frente, pero ya no podía. Quizá fue por tanto caminar, quizá el calor, quizá la imagen de los restos de los árboles metidos en las bolsas. Simplemente no podía.

Entonces oí su voz cerca de mí. Se había acercado hasta mi oído.

— Mira. Allá.

Su mirada quedó fija en el horizonte. Sólo me vio por un momento, un segundo, pero eso bastaba. Supe que nos acercábamos al fin.

Caminé más a prisa. Quería comprender qué cosa era la sombra a la distancia. Un punto irrumpiendo en el cielo, una cosa que subía desde el suelo derretido hasta las nubes. Parecían venas. Venas que latían con un movimiento ligero, por el calor.

Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, me detuve.

— Un árbol — le dije.

Era un árbol de hojas amarillentas y flores rosadas, la mayoría en el suelo pero igualmente hermosas. Era delgado, pero firme. Un árbol que no había estado ahí antes.

— ¿Dónde estamos? — pregunté. Sentí que estaba en un lugar nuevo. No podía reconocerlo en mis recuerdos.

Él me tomó un hombro con su mano. Lo acarició tiernamente. Luego añadió:

— Es como un sueño, ¿no?

Su voz era suave y cálida.

— ¿Lo ves? Dime, ¿ves lo mismo que yo? —. Hizo una pausa y añadió —. Soñé con él, hace años. Nunca te lo dije. Aunque quizá nunca soñé con eso, sino hasta ahora. Da igual, ¿no lo crees? Luego vine hasta aquí y me aseguré de que mi sueño fuera real. Ya no recuerdo si fui yo quien lo planté o lo encontré así, justo como ahora. Sólo me recuerdo regándolo. No sé en qué momento creció. Eso tampoco lo recuerdo. Ay, las cosas que uno elige recordar.

Me apretó contra él. Era una sensación conocida, nueva también.

— Dime, ¿no crees que es muy hermosa?

Apartó su vista del árbol y me miró. No había notado cuán jóvenes lucían sus ojos, luego de tres décadas. Estiré mi brazo hasta tomar la mano que él tenía libre. La piel de ambos ya no era tan firme, pero seguía siendo cálida. La apreté fuerte, como nunca lo había hecho.

Fotografía: Orlane Paquet, Azur

Los muros.

 Cuento publicado en La cigarra, n°11 (Octubre, 2015.)

Comenzó con los muros. Primero los lavó con un trapo y al ver que la suciedad no alcanzaba a quitarse del todo, decidió pintarlos. Había en ellos un tono naranja apagado. El polvo se había acumulado detrás de los cuadros que una vez colgados se olvidó de mover. Recordó cuando el color hubo de ser intenso, entrando a su casa y sintiendo un calor que le envolvía sin importar la habitación.

Pintó recién se mudó, años atrás. Llenó de periódico el suelo, le pidió una escalera a un amigo suyo y se arremangó la playera. Puso la pintura con calma, asegurándose de que cada recoveco estuviera cubierto. El sudor le escurría y su propio olor lo desconcertaba por su fuerza, así que fue a bañarse en varias ocasiones hasta que terminó pintando su cuarto, el último andando por el pasillo.

Le tomó una fotografía para recordar su nuevo hogar justo como era antes de traer los muebles y habitar ahí por completo. Lo primero que llevó fueron los dos sillones color caqui y la televisión. La colocó en el piso y se recargó en la parte baja de uno de sus sillones, y comió palomitas hasta que se hizo noche. Dejó las cajas a un lado, sin abrir, esperando decorar con calma el día siguiente. Se quedó sobre un cojín, con los pies sobre el respaldo y la mano contra el suelo.

Cuando terminó la decoración invitó a sus amigos, para que vieran dónde vivía. Apenas y cupieron, y le pareció entonces que el espacio era apenas el justo para los invitados. Uno de ellos, sin querer, manchó la pared al recargarse, y a él le dio mucha risa pensar que era como si la casa al fin se estrenase.

Pero de eso hacía años, y él sintió la imperiosa necesidad de repetir el proceso. Aquella era su casa y quería seguir andando por sus pasillos bien pintados, aunque en ocasiones le parecieran enormes. Pasaba las manos por sobre la pintura agotada y se detenía al entrar a otro cuarto: en la sala se quedaba sentado, bebiendo agua mientras recorría con los ojos las esquinas de la casa, cubiertas por pequeñas telarañas; en la cocina se recargaba en el refrigerador, sintiendo por momentos que desde ahí la casa no tenía ese aire sofocante que parecía ser el remanente del calor agonizante en las paredes.

No fue sino hasta llegar a la sala que se decidió a pintar una vez más. Se sentó en uno de los sillones, el que daba hacia la televisión, y le pareció que todos los asientos estaban un poco sumidos. El del centro, sobre todo, incomodo, mucho más hundido que el resto. Se puso en pie y empujó con el pie el sillón hasta la puerta, y pudo ver la marca que había dejado el contorno sobre el muro. Se propuso a quitar la linea negruzca, pero al pasar el trapo por encima y tallar, descubrió que la pintura perdió su brillo y palideció. Parecía una mancha traslucida en comparación al resto que también había perdido su color. Limpió cada rincón, quitando las cosas de la pared. No las envolvió en plástico ni las alejó lo suficiente, así que algunas se alcanzaron a manchar de pedazos de pintura que caían luego de que él oprimía hasta rechinar los dientes .

Al final fue hasta la tienda de pinturas y pidió un color morado intenso. Entró y dejó los baldes en el suelo de la entrada y volvió por la playera que había usado al pintar la primera vez. Ya no le quedaba igual. Él se preguntó si había encogido por tenerla guardada o si él había crecido. Se dispuso entonces a pintar subiéndose al sillón para las partes altas, salpicando por aquí y por allá.

Los asientos se llenaron con pintura, igual que algunos platos en la cocina, un par de sillas junto a la mesa en la sala y un cuadro que le habían regalado. Él se limpió la frente, llenándose a sí mismo con pintura morada y cubriendo los pedazos que se habían colado de naranja sobre su piel.

Fue hasta el baño, desnudándose mientras caminaba, y al llegar al espejo vio que una linea morada le atravesaba del mentón hasta la entrada del cabello, como si la brocha hubiese zanjado su rostro. Tomó la playera del suelo y con ella se talló la cara una y otra vez, intentando quitarse cualquier resto, luego la tiró a la basura.

A punto de meterse a la regadera se dispuso a esperar un rato, sentado, a que el calor lo abandonara. Pero este no desaparecía del todo. Le faltaba el aire, y no supo si se debía al cansancio o si la sequedad de los muros se le pegó a la piel mientras pintaba. Se bañó con agua fría. Dejó que las gotas heladas le cayeran, recorriendo su cuerpo entero, y cuando al fin sintió que se había quitado por entero la pintura, pudo salir, dejando una linea que llegaba hasta el sumidero que se la llevó con el agua.

Amanecer

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Julio, 2016).

Tres semanas antes de su partida, Amalia me envió un mensaje diciendo: “Ven a la fiesta el próximo viernes. Trae tu bebida”. La fiesta se llevaría a cabo en la casa de su pareja; la que fue su pareja entonces, un tal Esteban. Él vivía en el centro de la ciudad y yo pensé en lo cerca que estaba de mi propia casa. Pensé que incluso podría volver caminando si me lo proponía. Pero para cuando el día de la fiesta llegó, Amalia ya no era novia de Esteban, así que ella y sus amigos improvisaron. Uno de ellos, Adrián, ofreció su casa (a una hora de la periferia de la ciudad). Muchos decidieron ir en caravana. Yo, que no conocía a nadie, me las apañé para llegar allá en una pieza. Di tumbos, eso sí, pero llegué justo cuando la música se elevó tan alto que podía oírse desde el camino de tierra, junto a los árboles verdísimos de los que colgaban frutas de las cuales no he sido capaz, aun hoy, de recordar sus formas.

Al abrirme la puerta, Amalia sonrió como la última vez. Aunque aquella vez, en el pasado, no sería la última; sino ésa que ocurría apenas, justamente ésa.

No vivíamos tan lejos uno del otro. Su departamento se podía ver desde el techo de mi casa y de vez en cuando la llamaba desde ahí sólo para que se asomara también; para que, como dos sombras diminutas, nos diéramos un saludo a la antigua: de frente, con la mano alzada y una sonrisa. A veces simplemente la veía detrás de su ventana, a veces simplemente la veía. Su silueta detrás del cristal. Su melena clara contagiada por el sol. El sol en su piel, brillante y hermoso. Sus ojos. Ella. 

Volviendo a la fiesta, los dos estábamos en la entrada de la casa de su amigo Adrián. Ella me sonrió y yo le sonreí. Su sonrisa era sin duda más bella que la mía. Sus dientes eran blancos, pero no tan blancos; sólo lo suficientemente blancos para seguir siendo creíbles. Un poco más y podría haberme parecido una muñeca, y Amalia era todo menos una muñeca. Cualquiera diría lo mismo en mi lugar. Y es que, apenas entré, Amalia se puso a bailar como si la música la poseyera. No una posesión curiosa, sino demoníaca; el demonio de las mil noches de sobriedad dolida y ganas de alcohol la habían tomado completa. Su cuerpo ya no respondía a sus deseos. O quizá, sólo quizá, su cuerpo era puro deseo.

Me tomó de la mano y yo la seguí como si fuese su apóstol. Los otros hicieron lo mismo. Tomaron la mía, como si por extensión tuvieran la suya entre sus dedos. No pude culparlos. Incluso mi mano, sudorosa como estaba, servía para el propósito. Bailamos todos como el agua de un río que empapaba toda la casa. La música estaba en nosotros, nos lideraba, tenía cuerpo de mujer, el de Amalia, y para cuando la noche se hizo muy noche todos estábamos ensordecidos de vida.

Amalia sonreía y todos tenían en el rostro una expresión grave de alivio y pérdida.

Amalia se iría.

Amalia había hecho una fiesta para no decirnos que se se iría. No planeó volver. Se iba para siempre. No lo dijo así. No dijo nada.

Ni siquiera dijo: “Volveré antes de que me extrañen”.

Yo ya la extrañaba.

Nos miró a todos. No se detuvo en ninguno. Quizá todos pensaron igual que yo, que no se detuvo en ninguno. Lo cierto es que, cuando me vio a mí, sentí que no soportaba mirarme. Que le costó tanto despedirse que tuvo que limitar el adiós a un simple vistazo de lo que había sido y ya no sería. Pero Amalia seguiría siendo ella. Ella no se despediría.

Esa noche Amalia durmió sobre el sillón de Adrián. La mayoría pudieron volver a sus casas, pero no lo hicieron. Se quedaron hasta que se hizo ya tarde; se levantaron todos juntos con lagañas en los ojos, sufriendo la cruda y el vacío en sus estómagos. Todos buscando en todas direcciones a Amalia. Pero ella ya se había ido.

Yo la vi irse. Se levantó poco después de caer dormida. En realidad, dudo que haya dormido. Se alejó del sillón y tomó una bolsa que había en el suelo junto a la entrada. Yo estaba recargado en una pared, justo donde se colocan los sombrillas y esas cosas que la gente tira y no nota. Amalía no me volteó a ver. Igual que las sombrillas, no fui necesario a donde ella iba.

Salió de la casa. Alcancé a escuchar sus pasos bajando por las escaleras de la entrada, pisando los charcos de la lluvia de otros días. Mi oído, pegado a la pared, sintió la fuerza de su viaje, de su huida insospechada.

¿Era ése el adiós? Podía no serlo. Para alcanzarla sólo tenía que ponerme en pie, al igual que ella lo había hecho. Pensé eso y sentí un alivio momentáneo. Como si olvidara que no la vería de nuevo. Luego me vino a la mente que ella había llegado en auto, y yo no tenía posibilidad alguna de alcanzarla. No tenía las fuerzas para correr hasta ella. Para nada, en realidad. Me sentí devastado. Estaba en el suelo, justo donde debía estar.

No me moví. Incluso cuando los otros despertaron, me atrincheré contra la pared, escondido por objetos varios. No podía verlos a ellos. No podía decirles que ella se había ido.

Ellos… ¡Ellos!

Recordé que todos habían llegado juntos. Ella y sus amigos. ¿Cómo se había ido Amalia? ¿Cómo llegó? ¿Llevaba un auto? ¿Anduvo sola por el camino de tierra?

Mientras yo me preguntaba esas cosas, la imaginé sosteniendo la mano frente a su rostro en el amanecer, ocultándose del brillo incandescente. Imaginé su silueta, entonces oscura y desdibujada. ¿Habrá girado para verme despedirla? Sus huellas seguirían ahí para cuando yo saliera. Pero no me atreví a salir.

Fotografía: Peter Zelei

Significados

Publicado en el libro El arte del microrrelato (Ediciones Contrabando, 2016.)

Me han dicho que la vida está en el arte, en la literatura. Los sociólogos afirman que el mundo se construye de significados; los filósofos, que los límites de mi mundo son los de mi lengua. Si así fuera, quiero que este mundo de cinco líneas tenga lo que es esencial para una vida: un río, un árbol, también aves; nieve por todos lados; dos chocolates, sonrisas y un abrazo que transpire calidez. Un amigo.

*** 

El crujir de las ramas

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Abril, 2016.)

Recogí un par de semillas. Las encontré junto a un montón de piedras ocultas bajo un arroyo. Golpeé su superficie con un cincel, que usaba para tallar madera, hasta que simularon un par de corazones.

Al enterrarlas en el jardín trasero de mi casa creció un árbol. Es un milagro, pensé mientras la tierra daba paso, con los años, a un espécimen único. Tenía dos raíces entrecruzadas, cuyos frutos, rojos unos y otros, parecían manzanas estiradas que palpitaban colgadas en racimos.

La primera vez que vi brotar un corazón pensé que no había explicación posible. Pero con el tiempo otros más comenzaron a latir, creciendo con calma junto a los demás. Ir al jardín se convirtió en religión y yo pregonaba por todos lados la belleza que suponía para mí.

Por años vi a los corazones en solitario, pues nadie creía mis palabras. Los amigos se alejaron y la familia temió que me hubiese vuelto loco.

Uno de ellos, que decía confiar aún en mí, se me acercó luego de mucho tiempo y me preguntó a qué sabían esos frutos. Yo le dije que un corazón no se come, y él alegó que debían ser comestibles.

Así que una tarde, cuando el sol estaba oculantándose y una luz dorada se reflejaba como rocío, me acerqué hasta situarme bajo la sombra del árbol. Fue como si se despertara, quizá por el ruido de mis pasos, porque el latido en comunión se intensificó.

Podía escucharse, entre el viento y mi propia agitación, el crujir de sus ramas.

Toqué la corteza de ambas raíces y su ritmo volvió a ser el que había sido hasta entonces. Calmo y hermoso.

Pensé en lo que me habían dicho, que tomar un fruto no sería malo. Que al árbol no le afectaría. Arranqué uno de los corazones con mi mano y pude sentir su calor fundiéndose conmigo. Un segundo después, sin apenas darme tiempo, se detuvo. Me horroricé, alzando la vista para ver qué había sido de los otros.

El sol daba la impresión de quemar al árbol hasta sus raíces, ardiendo en una melodía que sólo se apagó con la noche. No tardaron, los corazones, en desfallecer hasta la hierva que se oscureció por la podredumbre.

FOTOGRAFÍA: © Y U R I • S H W E D O F F

Amor

Cuento publicado como “Nuestro pequeño secreto” en Subtrama (Abril 2016.)

No le creí cuando se hizo pasar por un viajero en el tiempo. Éramos esposos hacía dos años, ¿por qué hacerlo apenas? No me explicó cómo funcionaba. No dijo nada. Tan sólo acarició mi rostro con el dorso de su mano mientras yo veía su cara de cejas blanquecinas, besándome como si sus labios no me hubieran tocado en décadas.

A la mañana siguiente, cuando apareció ante mi regazo con su cabello oscuro de nuevo, sonriendo sin el disfraz de viejo, no le dije nada, al igual que él, fingí que nada había pasado. Me pareció que era nuestro pequeño secreto.

Entonces un día, luego de algunos años juntos, me di cuenta de que las canas comenzaban a aparecer en su cabello y decidí preguntarle por qué había hecho eso. ¿Por qué, mi amor?, le dije. ¿Por qué disfrazarte de viejo y besarme como lo hiciste?

Él se quedó a mi lado, frío. Su gesto se tornó triste y sus manos temblorosas apretaron las mías. No se acercó. Me vio y hubo algo en su mirada que me recordó a la de aquella tarde, cuando me besó. Entonces lo supe. Era verdad. Él aún no había viajado, pero lo haría. Solo.

Dibujo: Guy Denning. 

 

Melancolía

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Enero, 2016.)

Emilia pasó la punta de los dedos por encima de los muros, formando olas y corrientes de viento invisibles. A ella nunca le gustó el color de la casa. Se imaginó recorriendo el antiguo corredor, el del hogar de su madre, cuando era niña. Ella prefería el azul, y no el amarillo, un azul pálido; igual que los ojos de Martín, su hijo.

Fue hasta la habitación de él. Antes, tomó una taza de té tibio mientras contemplaba la lluvia que se arremolinaba melodiosa fuera de la ventana. Las flores, como en una fiesta, bailaban gustosas ante su ritmo lleno de vida. Emilia sonrió a los pétalos que no podían observarla.

Al volver al pasillo, se sintió atraída por los sillones cubiertos por mantas blancas, igual que las cajas de cartón encintadas. En los primeros no se sentó, ni abrió las segundas, tan sólo las vio imaginando cómo podrían ser. Nunca habían estado ahí, en realidad. Había sido solo una ilusión. La lámpara ausente en la mesita junto al sillón nunca alumbró el cuarto. La luz, como muchas otras cosas, sólo había sido una ensoñación, lagañas en los ojos.

Volvió al pasillo tras estar ahí, inmóvil frente a los recuerdos de posibles mundos que nunca vivió. Al pasar junto a la primera puerta escuchó el sonido de la lluvia. Del otro lado había un ventanal, y al asomarse por el rabillo notó que estaba abierto. No lo cerró, sólo inclinó su cabeza semejando su postura a la de las gotas que caían.

Al llegar a la siguiente habitación se detuvo. Se asomó primero, igual que en el anterior, pero luego entró cerrando la puerta consigo. Había cajas también, pero la cinta estaba rota. Una hilera de juguetes y ropa llegaban hasta la cama. Su hijo la miraba, acostado y cubierto por sábanas. Al principio, le dio la impresión, él ya tenía sus ojos fijos, incluso en su ausencia, y se preguntó qué hubo ahí previo a su arribo o si sólo la esperaba.

Emilia se acercó hasta él, poniéndose de rodillas. Martín no parpadeaba. Ella no hizo ningún gesto.

Pasado un rato, la lluvia se coló por pequeñas grietas desde el techo. Era una mancha que se propagaba, despacio, haciendo suya la casa. Madre e hijo dejaron de mirarse, notando cómo desde el cristal de la ventana ya no podía verse la calle. Apenas una neblina dormida, como los restos de un beso en una mejilla.

Martín separó sus labios y los dejó así, luego se cubrió con la sábana y comenzó a llorar. Emilia negó despacio, y él asintió. Se apretujó con fuerza sobre la cama, hundiendo todo su cuerpo en ella, como las gotas en forma de humedad que descendían en silencio.

— No — dijo Martín. Sólo no. Un no que Emilia había escuchado ya muchas otras veces, en labios de su padre. Ella intentó subirse a la cama, pero Martín no se movió. Sólo la miró. Emilia se quedó ahí, con su cabeza sobre la cama, mirando hacia los ojos de él desde un punto en el mundo en que jamás había estado. Le pareció tan crecido, su hijo, y le sonrió. Al final, Martín cedió y lentamente se recorrió sobre el colchón hasta que su madre se hubo subido.

— Cariño — susurró Emilia, luego de abrazarlo. Lo envolvió con sus manos como aquella manta, acariciando su cabello, luego sus mejillas tiernas, húmedas igual que la casa.

— Llamó — le dijo —. Papá ya viene.

Martín seguía con el rostro cubierto, empapando la tela. Cuando volvió a abrir la boca quedó enmudecido.

— Está bien. El silencio está bien. No es motivo de pena, ni vergüenza.

Afuera la lluvia se volvió tormenta, y ahí donde antes durmió la neblina se despertó con furia, azotando ramas y piedritas perdidas.

— Es tan sólo otra forma de decir las cosas — Continúo —. ¿Entiendes? Sin apartar tus labios, uno de otro, decir lo que piensas. Como cuando visitas a tu amigo, sin moverte de la cama, desde la foto de ustedes dos en su habitación. Yo comprendo tu silencio, ¿lo sabes?

Martín la admiró a través de la sábana.

— Desde que naciste yo lo comprendo. No sólo tus lágrimas. O tu mirada. Yo lo comprendo, tu silencio.

Las manos de Martín soltaron la tela que se mantuvo sobre su rostro y su pecho, con su respiración visible, y pausada, igual que sus ojos de azul intenso.

— No me iré — dijo Emilia, inclinando su cabeza y apoyándola en la sien de su hijo. Él tenía la vista alzada. Por un momento el ruido del diluvio no se escuchó más. Allá afuera, fuera de la casa, la tormenta se agravó. En su habitación el sonido de los charcos se asemejó al de las olas calmas de un amanecer —. No me iré — le repitió.

Henry James dijo, en voz de uno de sus personajes:

“La convicción de haber hecho todo lo posible: esa certeza que dota de sentido a la vida del artista y cuya ausencia equivale a la muerte, de haber arrancado de su instrumento intelectual hasta la última nota de la música más excelsa que la naturaleza hubiera cifrado en él, de haberlo tocado con todo el virtuosismo posible. Ahora bien, en eso no hay medias tintas: o lo borda, o no vale nada.”

No quise despedirme sin haberlo dado todo una última vez. La próxima, cuando sepan de mí, será con grandes noticias.

A un año de haber iniciado este espacio, de compartirlo con ustedes, me despido con un abrazo y una sonrisa sincera.

Pintura: Kiko Rodriguez, “El abrazo. Melodía: Luminous, Max Ritcher

 

Bajo su piel

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Enero, 2016.)

Encontré la punta de un hilo mientras escarbaba silencioso entre los pliegues de su piel. Seguía dormida. Soplé despacio la hebra para que cayera de su cuerpo. Parecía una mancha diminuta, como una vena que se ha muerto. Soplar no bastó, parecía sujeta a su cuerpo desnudo. La jalé, tomándola con cuidado, y entre más la elevaba más larga se hizo. Nunca la vi, antes de esa mañana. No le pertenecía a ninguno de sus vestidos. Noté entonces, al seguir el camino que formaba la hebra, que estaba sujeta a su carne. La carne de su pierna estaba abierta, como una muñeca sin cerrar, inconclusa, dejando expuestos los músculos y las venas que llevaban, sin saber lo que ocurría allá afuera, hasta su corazón. Temí tanto que al despertar ella se viera de ese modo; que, habiendo perdido el control, terminara por perder la pierna entera. Así que lentamente y conteniendo mis fuerzas volví a pasar la punta por los orificios de su piel entreabierta. Con el primero sudé por el esfuerzo de no moverme, pues de apoyar demasiado mi mano la cama se habría hundido y ella hubiese despertado. Para el último, mis brazos se caían por el esfuerzo de mantenerse, precisos como los de un cirujano sobre su cuerpo durmiente. Cuando acabé me tiré al suelo para que ella no sintiera mi peso sobre la cama. Y ahí, sobre la alfombra, estaba un hilo. No pude evitar soltar una risa nerviosa. Mi esfuerzo no había tenido sentido. Fue lo primero que pensé, y después intenté cubrir mi boca con mis manos, silenciarme. El hilo cayó hasta mi cara, colgando desde un muñón que sobresalía desde mi camiseta. Era largo, tanto como el de su pierna. Y entonces lo noté. Mi brazo se había quedado sobre la cama, junto a ella.

Fotografía: Beata Banach

Inspirado por “Under her skin”, de Max Ritcher.

Amar con el corazón

Cuento publicado en Errr-Magazine (Enero, 2015.)

A Antonio

Tras de la muerte de Antonio, Ofelia se quedó con su corazón. Lo abrazó cada noche susurrándole con lágrimas que caían sobre los ventrículos por donde antes su sangre fluyó.

     Olía a él.

    Por un momento en la mañana luego de su muerte, ella sonrió estirando los pies con calma aún sobre la cama; cuando intentó hacer lo mismo con sus manos se dio cuenta de que aún llevaba el corazón de Antonio, y temió.

    Apartada del mundo al principio escuchó el sonido del teléfono rebotando por las paredes, y sintió nausea por la comida pudriéndose en el refrigerador. Para cuando pasaron dos semanas, ella temía que al dormir lo lastimara, así que decidió permanecer despierta. ¿Ya vienes?, decía Antonio,  pero ella se rehusaba a volver, alejándose más y más hasta yacer sobre una silla, viendo  las ventanas que oscurecían la habitación, la sábana en que ambos se acurrucaban y la almohada pegada a la cabecera. Se quedó mirándolas hasta que dos sombras consumieron su mirada. No podía articular palabras.

     Al cumplirse el mes, ella ya no era capaz de distinguir ningún olor. La más mínima brisa le cortaba la piel y el resquicio de luz por el picaporte la hirió. Preocupada por el frío creciente de su amor, lo apretó aún más hacia su propio corazón.

     Luego de dos meses su hermana, Karina, llamó a su madre y le pidió una copia de la llave. Al entrar a la casa le lloraron los ojos. El aire ahí era tan denso que sintió un golpe. Eran lágrimas evaporadas entre gases de muerte. Corrió hasta la habitación, entonces la vio.

   Acostumbradas al silencio, las paredes tardaron en reaccionar ante sus gritos, cortando con su filo el dolor que ahí tenía cuerpo y vida como hedor.

     Un día, poco antes de que Karina llegara, Ofelia volvió a la cama. Se envolvió con la sábana y puso a su lado la almohada. Sonrío por un momento. ¿Ya vienes?, le dijo Antonio mientras ella cerraba los ojos. Ya, respondió. Se le quebró la voz y lo abrazó con las fuerzas que le quedaban.

Fotografía: purple4sure05 (flickr)

 

Caravana

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Noviembre, 2015.)

Una señora veía por la ventana mientras yo me fijaba en su piel como pétalos, igual que las flores. Las llevó entre sus manos para sus muertos: los de ella y del hombre a su lado, un viejo que pronto se quedaría allá a donde iban todos.

Los niños, nietos probablemente, llevaban cada cual un ramo sin convencerse de lo que hacían. Para ellos, lo vi en sus ojos, sólo eran bulto que debían cargar todo el trayecto como un mandado; bien pudieron ser clavos, verdura o cadáveres. Quizá habrían dado mayor importancia a lo que traían si tan sólo temieran a la muerte, si se supieran a nada de morirse como esos a los que visitaban con flores. Pero los niños, esos que saben que la muerte existe, no le temen; dicen que ellos no se van a morir o que si se mueren no pasará nada, que creen en un cielo o algún paraíso sacado de un cuento para infantes. También están los cínicos, que admiten con orgullo que van a ser comida de gusanos y que no hay nada esperando, en sitios de otros mundos y universos paralelos (con dioses que ya no están observándolos).

Cuando al fin se bajaron lo hicieron como una caravana.

Los vi peregrinar uno detrás de otro, del más viejo al más joven, preguntándome si acaso sería ella (la vieja, aunque no tan vieja como el hombre) quien debiera enterrar a los niños que la seguían como al pie de guerra. El país está lleno de balazos que caen del cielo como dulces de una piñata.

Después observé con detalle la mirada del viejo, fija en las criaturas que sostenían las flores. Había cierta añoranza, como de ansias de morirse para ser recordado un día, de que le lleven flores, de que importe sobre la tierra o bajo ella.

A esas alturas, con todo lo que había pasado ya, de poco importaba dónde estuviera. El olvido es insoportable para cualquiera.

Pintura: Nicola Samori

Los conejos

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Septiembre, 2015.)

A Iris

Ella sintió que algo se había quedado sobre la cama, o quizá en el suelo, y regresó corriendo, preocupada. Vio que todo estaba en su lugar y salió de la casa cerrando la puerta con trabajo. Parecía trabada. Jaló dos veces y un par de vecinos la vieron, de pie detrás de las ventanas.

Lo primero que le dijo Adrián es que lucía pálida. Ella siempre había tenido por color lo que para otros sería tez fantasmal, y que en ella era natural e incluso le dotaba de una belleza única. Su blancura ayudaba a que el enrojecimiento en sus mejillas se notara con mayor soltura cuando se apenaba, o cuando al reír los hoyuelos se aparecían de repente contagiando su alegría. Tenía, además, la costumbre de mover su cabello castaño apenas se emocionaba, creando un contraste que se antojaba como inocencia dura.

— ¿Estás enferma? – le preguntó Adrián inmediatamente.

— No. Lo prometo.

Adrían sabía que ella no diría otra cosa. La conocía bien. Había visto su sonrisa tantas veces que podía decir cuantas líneas se formaban en su rostro, igual que las del iris de sus ojos. El hermoso iris que él vio brillar cada noche.

— Te noto cambiada – le dijo. Había llegado con una botella de agua que le extendió de inmediato.

— No gracias – respondió sonriendo -. No tengo sed.

— ¿Y a dónde iremos? – inquirió Adrían.

— No lo sé, tú me invitaste– señaló, luego de notar que se quedó con la mirada fija en ella, en silencio.

— Los cafés por aquí siempre están atestados – dijo Adrían -. Mejor dime tú a dónde quieres ir.

Ella se quedó pensando en el jardín donde se habían encontrado. Era un parque, pero en aquél momento sintió que el verde se extendía en todas direcciones, vacío de sombras y lleno de flores. Intuyó que eran azules, aunque quizá sólo era el cielo colándose por sus ojos expectantes.

— Conozco varios – dijo —. ¿A dónde quieres que te acompañe?

— Tú deberías elegir. Yo no sé de esas cosas.

Lo condujo entonces, señalando el camino. Se quedó un paso atrás de él, dando un último vistazo las hojas caídas, el pasto seco y la tierra desnuda sobre la que un montón de gente conversaba. Sacudió la cabeza y rio mientras lo guiaba, saliendo de aquél cementerio.

— ¿De qué tienes ganas? – preguntó ella.

— ¿A dónde quieres ir tú?

— Podemos ir por un café, rico, con música suave — dijo cortante —. También hay uno donde tocan bossa nova.

—  Si tú quieres ir ahí…

La calle se hizo angosta, y tuvieron que ir uno delante de otro. Él tardó en comprenderlo y terminó golpeándose contra un poste, mirándola de reojo.

— Ahora está cerrado.

— ¿Crees? Suena a un buen lugar.

— Lo es – dijo ella. Pensó en todas las veces que fue a aquél sitio, pidió un café, se sentó con las piernas moviéndose cada tanto y con la vista fija en el otro lado de la mesa. A veces con gesto malhumorado, otras veces sin expresión alguna, salvo su calmo silencio que la cubría por completo como una bruma.

— ¿Y entonces?

— Lo están remodelando – sentenció, luego apuntó hacia la esquina del lado contrario de la calle -. Ese es el otro que te digo. Está rico.

Cada tanto le preguntó si conocía a algún actor y ella se elevaba de hombros para luego encogerse.

— No, no lo conozco.

— Va a estrenar una nueva película.

— Oh, qué bien – respondió.

Cuando terminaron, se despidió de él alzando la mano como un abanico abierto y se dio la vuelta.

— ¿No quieres que te acompañe?

—  No, estaré bien. Gracias.

Se metió entre las calles, andando en zigzag y paseándose por un par de tiendas, y cuando llegó hasta la puerta de su hogar espero un momento tras entrar. Luego salió de nuevo, cruzó la calle hasta la tienda y compró un chocolate.

Al dar la primera mordida, dejó su morral junto a la puerta. Al dar la segunda llegó hasta la planta de arriba y se asomó al baño encendiendo el interruptor, viéndose apenas un momento a la cara. Fue hasta su habitación cuando quedaba apenas un pedazo de chocolate, y al dejarse caer éste cayó con ella, rebotando hasta el suelo y colándose por debajo de la tarima.

Se puso en pie, asustada, buscando el envoltorio.

— No lo coman.

De rodillas se inclinó bajo la cama y encontró un pedazo brillante, escondido entre sombras.

Estiró la mano, pero no pudo alcanzarlo al inicio. Viró entonces hacia el clóset, de donde le quitó el gancho a una playera que miró fijamente y que lanzó hacia un bote hasta desaparecer frente a sus ojos. Metió la mano una vez más y logró sacarlo, tras torcerse un poco la muñeca y ensuciarse el antebrazo, la mejilla y el codo. Su palidez había sido cubierta, manchada por polvo.

No pudo terminarlo. Ya no servía. Tenía la misma suciedad de aquellos restos que quedaron sobre su piel. Lo echó a un montoncito parecido a cereal de chocolate, en la basura.

Pensó:

—Los extraño.

Fue a dormir luego de un rato, tras meterse a la regadera y mirar cada tanto hacia la puerta. Hacia un viento irascible aquella noche, entrando probablemente desde la ventana de su habitación abierta. Salió desnuda, cubriéndose apenas por resquicios de la toalla. No podía permitir que el frío se colara en la casa, o que el viento le enfermara pues tenía las vías respiratorias inflamadas.

Al llegar a la ventana, sus vecinos la vieron. Algunos, igual que antes, tenían la mirada sin mayor ocupación que en sus ojos. Ahora ya miraban su cuerpo, y ella dejó la cortina corrida, regresando al baño y cerrando la puerta como si no lo hubiese advertido.

Salió al cabo de un rato con una blusa traslucida y un brasier negro. Luego, ya sobre su cama, se quedó dando girones a su cabello, que terminó cortando ella misma con las tijeras que tenía sobre un cajón. No lo dejó caer. Lo sostuvo con las manos, amplias y con las palmas hacia arriba, aunque lo tocó apenas con la punta de los dedos.

Cuando terminó, puso sus pies sobre la cama, cruzó sus piernas y miró fijamente a sus vecinos. Algunos, apenados, cerraron las ventanas y ocultaron sus rostros. Otros más encendieron las luces desde donde la veían. Ella se quedó a oscuras. Si querían ver su rostro, habrían de hacerlo por el vestigio de sus luces apabullando la fachada de su casa. Ninguna era tan intensa, así que tras un par de horas todos desistieron, dejándola sola.

Pintura: Joshua Bronaugh

Pozos llenos

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Septiembre, 2015.)

Nadie creyó en sus ojos tristes.

Sus amigos habían visto demasiadas películas con jóvenes de piel pálida y ojos de cielo brillante. Lágrima tras lágrima, contadas en el guion y otras cuantas por añadidura, se vertían sobre el suelo de parques, iglesias y de su cama (donde la actriz pretendía mirar las paredes como si la encerraran de por vida, sin salvación, aunque fuera apenas un set puesto ahí en la mañana): las películas desacreditaron su tristeza antes de que supiera que la sentía, como si ella misma fuese una ficción, y más que ficción: mentira.

Les miró como suplicando, y ellos pensaron “se hace la teatral”. No vieron nunca la tormenta en el brillo de sus ojos a punto de granizar.

Luego decidió que quizá el rojo de sus labios serviría para más. Les dijo “me estoy ahogando”, pero sus palabras fueron desmerecidas por años de estereotípica sensualidad; de labios que ansiaban besos de pasión, y no derrotados buscando verter su vacío y su bastedad humedecida por tristeza, de hielo cubriéndola como a un cristal.

Quedó al final tan sólo su palidez, que les hacía pensar en todas aquellas mujeres hermosas que caminaban sobre las pasarelas de Milán. Pero ella no andaba con la vista alzada, con reflectores frente a su rostro iluminando una cubierta de maquillaje que la ocultaba: su andar presuroso y sus tropiezos, sus pies arrastrándose por el cansancio… era todo un ejercicio alejado de una rectitud que le era ajena, pero que el resto le adjudicó sin preguntar.

La oscuridad que rodeaba su gesto se hizo más grande, como si la noche se hubiese apoderado de ella, confundiéndola ante su similitud con el lienzo habitado por nubes sobre su cabeza. Al final decidió que nada le quedaba, salvo éste y la inmensidad del mar; los veía extenderse hasta el horizonte, ambos sin desdibujar la frontera que imaginó tan amplia como la suya con los demás. El rojo comenzó entonces a borrar toda forma, como en su mirada donde ya sólo quedaba la bruma y sus pensamientos, olas erráticas bajo una luna de invierno, silenciosa y letal.

Al llegar la noche, nada pudieron ver en la orilla. La lluvia cayó sobre la playa y ya no hubo más límites. La línea infranqueable se rompió, igual que su llanto, igual que sus huellas, hundidas en la arena y tragadas por el mar.

Pintura: Taras Loboda Lady in Blue

Los ojos de un amigo, Heartbeat y Pozos llenos son mi agradecimiento a ustedes, quienes me leen, por acudir y permanecer en este espacio que comparto como una lágrima sobre una hoja en la que dibujo palabras. Espero hayan disfrutado lo que aquí pude compartir de mi sentir y mi ser. Un abrazo a todos.

Cuentos de dragones

Cuentos publicados en Martes de cuento (2015.)

El ala tirada

A la niña se le rompió el vestido mientras se ponía de pie. Se le atoró en el ala de un dragón, placido con la cabeza escondida entre rocas chamuscadas por su respiración. Éste la había dejado por ahí, descuidadamente, mientras dormía. Ni siquiera sintió cuando la niña intentó darle un tirón. El dragón había tenido un día largo y había caído molido sobre el suelo de la cueva, como todo dragón trabajador. La niña, indignada, le gritó “recoge tus alas” una y otra vez hasta que éste, luego de oírla, se levantó asustado y voló.

La ranura

Mamá dragón estaba molesta. Una niña se había colado por una ranura a la orilla de la cueva. Papá dragón intentó taparla con rocas, hierba e incluso con fuego. Nada de eso funcionó, pues la niña era escurridiza. Por las noches podían escuchar su risita.

Un buen día la mamá, preocupada porque el huevo que había puesto hacía meses no fuera devorado por la niña, se quedó despierta por más de cuarenta horas sobre su yema. La pobre dragón tenía las escamas negras bajo sus ojos. La niña jugaba con el bebé, que ya había roto un pedacito del cascaron.

Retar a un dragón

La niña escapó de su casa por la noche con un grupo de dragones. Ellos, los brabucones, la habían retado en la clase de planeación. “Tú, ser inútil, no puedes planear”. Ella, ofendida, les respondió “y ustedes no pueden confeccionar un vestido”. Los dragones, poderosos, la citaron en una cueva. Ella llevó una cortina envuelta en su cuerpo y ellos lanzaron pequeños soplidos con llamas tenues que fueron dibujando tiras en la parte baja, como un vestido. “¿Lo ves?“, le dijeron. La niña, fascinada, los abrazó. “Tienen razón”, dijo, luego añadió “Ahora volemos por una nueva cortina para mi habitación”.

Como verán, hace mucho no comparto ningún ejercicio hecho como parte de las actividades de Los insectos comunes. El día de hoy comparto tres micro-cuentos que surgieron a raíz del #RetoDragón, propuesto por Relatos Magar, miembro del grupo que les hablo en cuestión. Espero los disfruten.

Manifiesto

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Junio, 2015.)

      No dejaremos que nos maten.

   Sabemos que el morbo les gusta, y que así es como mejor funcionan sus mentes.  Los mataremos si es necesario. Eso podría ser un buen eslogan si fuésemos lo que dicen de nosotros (cuando dicen algo). Pero no lo somos.

    Crecimos leyendo historietas, cuentos y viendo películas, como muchos de ustedes. Sabemos que entienden. Han visto la misma historia una y otra vez: el bueno que vence al malo; el gobierno que derroca al terrorista; la chica que logra conseguir al amor de su vida, peleando contra otra. Al principio pensamos que eso habían hecho con nosotros. O eso pensamos los que recién nos unimos al grupo. Los que no, los que llevamos más tiempo, sabíamos que no. No nos convirtieron en villanos. Aquello sería ponernos bajo el reflector.

    Hace unos días, mientras deambulábamos por las calles de la ciudad – sus calles, como han atinado a dejarnos en claro -, vimos que en la televisión decían que nosotros eramos una fuerza maligna. Que habíamos sucumbido a la holgazanería, que somos un cáncer social y que, de vernos deambular… extremaran cuidado y no nos provocaran. No lo dijeron en las noticias, ni como una alerta roja ni nada tan glamuroso: se trataba de una comedia. Aquello hizo reír a unos cuantos de nosotros. Era una risa nerviosa, una risa histérica, risa de odio contenido, o hasta de llanto. Porque sí, también somos humanos. Y porque, a veces, sólo nos queda reírnos si queremos seguir con nuestras vidas.

    Esos cuentos que nos han vendido, a ustedes y a nosotros, dicen que nosotros nos hemos ganado lo que nos pasa. Y a ustedes, claro, les gusta aquél cuento porque significa que merecen lo poco que tienen, que se lo han ganado y que es sólo de ustedes y de nadie más. Así han creído no sólo con las cosas que compran, o lo que comen, sino también por las calles, y los parques. La ciudad misma se ha vuelto suya, a sus ojos, porque nosotros no tenemos un lugar al cuál volver, salvo a la calle misma, y porque si estamos todo el tiempo sobre ella, sin hacer nada – como ustedes dicen – seguramente es que andamos en malos pasos o podemos ser una terrible influencia. O, como suele ocurrir, que nadie dice nada porque ni se nos nota.

    Hemos visto como han cubierto los ojos de los niños, luego de que estos preguntaran a sus padres – ustedes – ¿qué son esos? Y, ante la pregunta, ustedes respondieron que eramos “los sin hogar“. Nadie puede discutir que hay cierta elegancia en la forma que tienen algunos para volvernos cosas. Y no cualquier cosa: sino una que carece de algo. Si es condición natural tener un techo sobre la cabeza, ¿por qué nosotros no lo tenemos? ¿Por qué deambulamos por las calles, buscando donde dormir, si hay un hogar esperando por nosotros? Pero nadie nos ha abierto sus puertas hasta ahora, así que suponemos que aquello es mentira y no todos merecen un hogar. No nosotros, al menos.

    Luego de mucho tiempo, cuando al fin encontramos donde asentarnos, la policía se nos acercó diciendo que aquello era una zona turística y que no podíamos quedarnos. Lo dijeron en voz baja, para que nadie escuchara, pero unos segundos después lo gritaron y nadie dijo nada. Nadie nos estaba grabando, no eramos un experimento social ni una protesta. Probablemente no estaríamos en youtube, y si sí… bueno… gracias por sus palabras de apoyo. Desearíamos un techo, o comida, pero sus palabras nos sirven de mucho. Tan sólo buscábamos dormir sin morir de insolación. Un lugar tranquilo, con árboles y esas cosas que tanta falta le hacen a esa gente que se dice gente. ¿Por qué no se llaman a sí mismos con hogar? Alguna nos lo preguntamos, y no supimos qué responder. ¿Qué tenían ustedes, en su esencia, que fuese distinto a nosotros? ¿Qué hacía que ustedes fuesen sólo personas y nosotros tuviésemos, de antemano, el estigma sobre nuestros cuerpos?

    No somos, pues, como dicen en las películas. No entraremos a saquear sus casas y las volveremos nuestras. No por ahora, al menos. No como están las cosas. Ustedes no son el enemigo. No hay enemigo aquí, entre ustedes y nosotros. No hay bandos. No hay lineas ni fronteras. Y si las hay, no debería haberlas. Si nos llaman sin hogar es porque saben que todos necesitan un lugar donde morar. ¿Por qué se tolera la idea de robar por comida pero no por un techo bajo el cual soñar? Nosotros no entendemos de dilemas morales, como ustedes, que sí tienen techo, que sí tienen comida y que pueden hablar con otros igual que ustedes sin que se les trate como si de solo verlos pudiesen contraer una enfermedad. Ustedes que hablan de hipotéticos y de imperativos.

    A ustedes les decimos, con toda honestidad, que estamos hartos, cansados y hambrientos. Que no se sorprendan si no sonreímos como ustedes quisieran que lo hiciéramos, o si no olemos a esos costosos perfumes y desodorantes hechos de aluminio. Que si no nos cuelga la barriga como a ustedes – o no a todos – y si no pasamos nuestros fines de semana buscando a donde ir, porque es algo que hacemos cada día para sobrevivir – como muchos de ustedes, según vemos -. Discúlpennos, porque sabemos que nuestra existencia los incomoda.  Porque no podemos hacernos más invisibles de lo que de por sí ya somos para sus vistas. Y porque hemos hecho algo para merecer lo que nos pasa. Porque ni siquiera somos los malos: no somos ni buenos, ni malos: no existimos si quiera.

    Lo sabemos. Eso les gusta pensar, y lo seguirán haciendo. ¿Imaginan ustedes creer que la buena vida y el hogar poco tienen que ver con el esfuerzo, y más con la suerte, las relaciones, la corrupción y hasta la apariencia? Nosotros no entramos en las estadísticas de los hogares con violencia domestica, porque no tenemos hogar. ¿Imaginan qué pasaría si decidieran incluirnos un día, con la ciudad como nuestra casa? ¡Harían fotos con nuestros rostros, golpeados y hambrientos! Pero no somos África, ni somos todos mujeres, ni somos todos niños. Algunos simplemente somos hombres que no tienen dónde vivir, que no tienen familia y que no encuentran trabajo en ningún lugar. Nada por lo que luchar.

    Quizá, de decir que somos una emergencia mediática, vendría la ONU diciendo que esto es un asunto serio y que todos deben apoyar. Se haría algún evento un fin de semana para recaudar fondos, y nos pedirían posar para la foto. Pero no a todos, tan sólo a los más limpios, o los más “atractivos”. O a los menos agraciados y hasta enfermos, para demostrar que sí les importamos (como atracción turística y causa de beneficencia y no como humanos).

    Discúlpennos si aquello no nos entusiasma, y si no sonreímos demasiado. Sabemos que esos bellos esfuerzos acabarán al llegar el lunes, cuando vuelvan a mirarnos feo, lejos del reflector. Discúlpennos por ser tan invisibles como ustedes desean, y por no serlo a veces. Entiendan que el hambre, el sueño, el hastío y el maltrato cobran factura en algún punto y a veces nos quejamos. Algunos tuvimos facebook – o sabemos lo que es -, y recordamos como todos se quejaban de sus jefes, de cómo querían matarlos o de todas esas cosas que no tenían y que llegarían a robar incluso, porque las deseaban más que cualquier otra. Más que a ustedes mismos. ¿Imaginan ustedes si cada día tuviesen el estomago vacío? Nosotros no podemos entender como es que alguien puede quejarse por tener trabajo, pero suponemos que así como nos pasa a nosotros con ustedes, a ustedes con otros que tienen más, y que hacen menos. No sabemos. A veces no podemos pensar en estas cosas porque tenemos asuntos más mundanos en la cabeza: donde dormir, de dónde comer.

    Y no es que no tengamos algunos sitios donde alojarnos, sin que nadie sepa, o a la vista de todos. Es que a nadie le importa, salvo cuando somos un punto desagradable en la vista del hermoso panorama que son sus automóviles y el sonido de sus claxon. Somos tema de discusión pero pocos se acercan a preguntarnos qué opinamos sobre el tema.

    Quizá “Los mataremos si es necesario” sea un poco burdo. Lo reconocemos. Pero, ¿no fue así que logramos atrapar su atención? ¿Con el miedo? ¿Con la imagen de nosotros haciendo lo que ustedes nos hacen? Porque el pasar a lado nuestro en la calle, como a lado de cualquiera, el verle sufrir y no decir nada, el no importarse, el que allá a lo lejos sólo se vislumbre el nuevo celular a comprar o el nuevo viaje…. eso no es amar la vida, ni amar a las personas, ni amar nada. Eso es matarnos. Lo sentimos. Sabemos que suena exagerado. Pero sabemos que sólo así, sólo gritando, es que podemos llamar su atención. Gritar es feo, y es de seres maleducados. Mejor hacer lo que ustedes. Ustedes que nos matan cada día, sin mirarnos y sin decir palabra alguna. Mejor hacer un texto donde podamos quejarnos de todo y al que ustedes puedan dar like sin sentir nada. Quizá así nos escuchen.

    Y si ustedes no tienen reparo en matarnos a nosotros, ¿por qué se quejan luego, en grandes manifestaciones, por todos los asesinatos? ¿Nosotros a caso no morimos cada día? ¿Nosotros no importamos?

     Quizá, habría que decir, no es que seamos los sin hogar. Podríamos ser:

     los sin padre

     los sin madre

     los sin patria

     los sin cultura

     los sin moral

     los sin educación

     los sin alma

     los sin perdón

     los sinvergüenzas.

     Podríamos ser cualquier ser sin-algo. Porque somos los que carecen hasta de ser algo. Somos de los que ni siquiera se habla, quienes no merecemos ni siquiera ser una palabra.

    Pero nosotros sabemos cómo funcionan, y cómo piensan. Seremos francos: es que sencillamente, a sus ojos, no somos más que nada. Y hasta de la nada hablan en sus universidades, pero no de nosotros. Porque hasta para ser nada hay que ser abstracto, y lo nuestro es más bien el hambre, la suciedad y esas cosas que gustan en las películas, pero no en la calle. En su calle.

    Para acabar, nos gustaría hacer un apunte donde quizá debimos desde un inicio. A esa premisa llamativa y morbosa que dice No dejaremos que nos maten. El problema no es que no sepamos defendernos, es que nos dejan morir porque esperan que nosotros seamos una de tantas cosas que sólo desaparecen.

    Sabemos que aman las palabras más que a las personas, así que quizá con esto nos vean como algo más que un sin algo o como una cosa. Quizá entonces merezcamos ser algo, por dejar de ser silencio y por volvernos una historia. La gente ama las historias. Nosotros también. Quizá nosotros somos gente también.

Oasis

Cuento publicado en Crónicas de Misantropía (Marzo, 2015.)

 No olvidaré aquel día de aburrimiento en que, curioso, encontré un blog que hablaba sobre cuestiones de género. Todo iba bien: derechos, obligaciones, respeto. Entonces, cerca del final, hubo algo que me desconcertó, tan así que lo leí tres veces (una vez por automatismo, dos por curiosidad, tres por franca incredulidad).

     “Nada hay tan machista como un hombre que invita un café a una mujer, así, nada más, creyéndose con derecho a hablarle, a pedirle que sea suya por un momento; a que, voluntariamente, decida objetivarse”.

     Me tallé los ojos esperando que quien me hubiese hecho la broma, espiándome quizá por la cámara, se detuviera. Deslicé el cursor, leyendo uno a uno los comentarios, sólo para asegurarme de que aquella no era una entrada fantasma. Y lo era, más o menos, porque aquello parecía sacado de un cuento: gente que, más o menos intensamente, apoyaba con vehemencia cada palabra. Algunos, incluso, se permitieron añadir un par de insultos; otros más recurrían a la parafernalia común, casi estandarizada: hijo del patriarcado, misógino, machista, hombre blanco – lo que de ningún modo me pareció un insulto -. Mentiría si pensara, por un momento, que yo comprendía lo que decían. Pude leer las letras y entender su significado, pero no el sentido; algo se me escapó las primeras dos veces (también la tercera).

     Al cabo de unos días, olvidé por completo la nota, o eso creí. Había estado trabajando hasta tarde todos los días y, apenas renuncié, decidí pasar por lo menos una noche en el café al que iba antes (cuando todo era más sencillo y una palabra significaba una sola cosa, sin depender del humor del emisario). Pasaré a gastar mi dinero, me dije contento, antes de que me quede pobre (y será pronto). Tomé el camión, sentándome junto a una chica de cabello rizado. La vi mientras ponía mi mochila sobre mis piernas, pues ella se recorrió un poco. Llevaba una mano pegada a su pierna y la otra junto a la ventana, con la mirada entre perdida y atenta, notando mi presencia. Volví a ver su cabello. Le llegaba hasta los hombros; castaña, con pecas, silenciosa.

     Carraspeé porque tenía tos, pero quizá también por los nervios.

— Disculpa — le dije, viendo que cada tanto me inspeccionaba con la vista.

— ¿Sí?

— ¿Te molesta mi mochila? Porque si es así …

— No — respondió cortante, luego dejó de verme; casi como si yo hubiese hecho magia, pues apenas hablé ella pareció desinteresarse. Si hubo un brillo alucinante, similar al del morbo que arde en la piel como sarpullido, se fue en ese instante. Ya no perdería nada, así que hablé.

— Espero no haberte molestado.

— No, está bien.

     Pasaron casi cincuenta minutos en que los dos, sin decir nada, nos ignoramos. Yo decidí sacar un libro que llevaba, lo abrí por la mitad (el separador se me cayó en algún lado) y me puse a leer. Ella volvió a mirarme; con su morbo, con su cabello abalanzándose hasta caer sobre la mochila, con sus pecas. Sus brillantes ojos avellana, viéndome de reojo.

— ¿Qué lees? — me preguntó.

— Cuentos.

— ¿De qué?

— De amor.

     Se acercó un poco más.

— ¿Quién los escribió? — inquirió, mientras escrudiñaba la portada. Yo se lo facilité —. Oh, ya, me gusta. He leído un par de ella.

— Este es el primero — dije encogiéndome de hombros —, apenas la descubrí, ¿tú crees?

— Jajá — río quedamente —. ¡Cómo crees! Ella lleva escribiendo muchísimos años.

— ¿Ah, sí? Pues yo no sabía.

— Sí, deberías leer… Oh, espera, creo que esa es mi parada. Busca “Lágrimas de amor” — dijo de repente.

— Está bien — dije haciéndome a un lado para que pasara. Entonces sus ojos se apoderaron de mí, y mi cuerpo pidió un poco más, rehusándose a no escucharla jamás —. Oye, ¿qué te parecería salir a tomar un café? — le pregunté sonriendo, entonces ella se transformó. En ese momento yo leía un cuento sobre una mujer extraña que asesinó a su marido porque había visto a otra mujer en el supermercado (ella le ayudaba a hacer las compras). Celosa al saber que no era la única en alimentarlo (su miedo le daba la certeza), los mató a los dos: al esposo y a la loca que le cocinaba. La chica de a un lado me pareció más o menos lo mismo.

— ¿Qué te hace pensar que quiero tomarme un café contigo? — respondió, ofendida.

— No entiendo. ¿No te gusta el café? A mí tampoco.

— Hablé contigo, sí, ¿pero qué te da derecho a pedirme eso?

— ¿Qué crees que dije? — pregunté alarmado.

— Me voy — cortó con fuerza, se dio la media vuelta y bajó, perdiéndose entre la multitud que andaba a prisa.

     Llegué temprano. Estaba solo. El aire tenía un ligero aroma a café, así que corrí a prisa hasta el segundo piso. El mesero me siguió aún con mayor rapidez, quizá creyendo que yo pensaba robarme algo. Cuando me vio de frente, ya junto a la mesa, dio un largo suspiro. Me reconoció al instante.

— Buenas noches.

— ¿Qué tal? Lo siento, es que…

— Sí, lo sé — me cortó de inmediato. Él sabe cuánto detesto aquél hedor. Incluso en ese momento, que apenas podía sentirlo, me contaminaba el olfato como lo hacen a la vista los anuncios con letras amarillas y fondos rojos.

     Al cabo de unos minutos volvió con una naranjada y unos nuggets de pollo. Me quedé pensando, largo rato, en qué pudo ser tan ofensivo. ¿Fue mi tono? ¿Mi cara? ¿Mi sola existencia? Quizá todo eso, y un poco más. Quizá lo que llevo a diario entre las piernas, o quizá porque soy blanco, pensé. El recuerdo de aquél blog me llegó como agua fría. ¡Tenían razón, maldita sea!

     Acabé de comer y decidí regresar caminando, al menos un tramo. Hacia viento (y el viento me gusta). Me detuve en una librería; entré sin demasiadas esperanzas. Lo primero que hice fue dirigirme al área de libros de bolsillo. Si se trataba de cuentos, no podía ser un libro muy grueso, pensé. Pasó media hora para cuando lo vi. Lo saqué del estante, abriéndolo por la mitad y notando, para mi quizá no tan suertuda suerte, que una persona me veía de reojo; era otra mujer. Me aparté unos pasos, entonces ella fue al pasillo que yo recorrí. Me alejé un par de estantes, y se quedó mirando en dirección a donde yo estaba. ¡Qué demonios pasa!, me dije.

     Salí de mi escondite, casi cinco minutos después, y no pude evitar interceptarla. No quise verla; ni su cabello con olor a hierbabuena, ni su falda larguísima, ni sus huaraches. Tampoco quise notar su mirada cuando no quedó más remedio que verle a la cara, pues la chica me detuvo, tomando el libro entre sus palmas.

— ¡Qué buen libro! — dijo, sonriéndome.

— Oh, sí, muy bueno — le dije.

— ¿Lo has leído?

— No, pero me lo recomendaron.

     Ella inclinó su cabeza de un modo sutil, como si yo fuese un espécimen por el cual sentir ternura y lastima al mismo tiempo.

— No puedo creer que aún no lo hayas leído.

— No eres la primera que lo dice — respondí molesto, pero ella se río, sacándome la risa por quién sabe dónde y quién sabe desde hacía cuánto. Para cuando noté que reía, estábamos en la caja registradora. ¡Así de poderosa era aquella mujer!

— ¿Y? — me preguntó cortante.

— ¿Qué?

— ¿Cómo que qué? Pues, ¿no me invitarás un café o algo?

— No me gusta el café — le dije de inmediato.

— Jajá, que gracioso.

— ¿Gracioso? — pensé mirándola con suspicacia.

— Sí, bueno, un té cuando menos.

— Sí, hoy no, recién comí, pero sí. ¿Te parece si me das tu numero?

     Ella dudó, luego ya no.

— Está bien. ¿Llamarás? — preguntó con tono inocente, casi soñador.

— Sí, sí, llamaré.

— Está bien. Adiós. Ya debo llegar.

     Me quedé de pie a la salida de la librería, pensando que nada de lo que había ocurrido ese día tuvo sentido, que una misma cosa significaba mil y que, al final, no hubo forma alguna en que yo supiera cómo acabaría todo.

     Pensé entonces en aquél cuento, el de la mujer que mató a su pareja y a la amante, y me pareció que al menos ella había sido clara en sus intenciones. “No comas nunca de otro plato, o te mato”, dijo al conocerlo. Y así fue; clara y directa hasta los intestinos, con precisión de cirujano. ¡Quiero una loca así!, me dije sacudiendo aquellas ideas de mi cabeza, haciéndolas resbalar por mi cuerpo. Las pecas se diluyeron en ácido, igual que los rizos y los huaraches. Mis pensamientos, como aquellas dos mujeres, me perturbaron en sueños.

Pintura: Michael Slusakowicz, Counting breaths

Texto publicado originalmente en Crónicas de MissAntropía.    

Contar los segundos

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Abril, 2015.)

– ¿Nos veremos esta noche? – le preguntó Gabriel, pero Matías se quedó en silencio al otro lado de la línea, por unos diez u once segundos -. ¿Está todo bien conmigo?

– No sé si podré verte esta noche – respondió al fin. Lo dijo de tal modo que le parecieron atropelladas sus palabras. “Nosésipodré verteesta noche”, escuchó Gabriel.

– ¿Por qué? ¿Tienes otros planes? – inquirió su amigo, molesto.

Gabriel pensó que quizá Matías no quería verlo, o que ya se había cansado de hablar con él. Se imaginó los mecanismos con los que este buscaba la forma de dar por terminada su relación en ese instante, plagado de silencios sepulcrales, incomodos y mortuorios. Los segundos contados con cronometro.

A la mente se vino una vieja palabra que había leído en algún lado, mucho tiempo atrás: “amatar”, o lo que es lo mismo, clavar cosas a un animal hasta hacerlo sangrar. Así le parecían las últimas conversaciones con Matías, quien había pasado de largos discursos a diálogos taquigráficos tan rápido que, para cuando Gabriel quiso hacerse a la idea, este hubo pasado a los silencios y eso no lo soportaba.

– ¿Hay algún problema entre nosotros? – le preguntó Gabriel. Matías respondió al instante.

– No.

– ¿Entonces? – insistió, subiendo su tono, haciendo que Matías apartara un poco el teléfono del oído -. Porque, siento que últimamente no eres el mismo.

– Tienes razón – le contestó.

Habían sido amigos desde la universidad. Gabriel fue a la boda de Matías, luego en un par de sus cumpleaños y, de vez en cuando le llamaba para contarle cómo le iba en la vida. En esa ocasión, Gabriel había insistido en que se vieran porque tenía muchas cosas que contarle. Inició preguntando si todo estaba bien, a lo que Matías respondió que no. Su amigo le dijo que era una pena que no todo fuera bien, pero que las cosas irían mejor. “Yo sé que tú puedes”, le dijo. El problema estaba en que Gabriel no tenía idea de lo que decía, porque ni sospechaba lo que le pasaba a Matías, ni se lo preguntó tampoco. Él no estaría bien, él no se repondría. Estaba perdiendo contra un cáncer que había surgido de forma tan abrupta que ni siquiera le había dado tiempo de asimilarlo por completo. Aunque, quizá, no hay tiempo alguno para asimilar tal cosa.

Y fue desde entonces que el tiempo se convirtió, para Matías, en algo tan capital como comer e ir al baño. Incluso más. Pensaba al hablar que ese tiempo podría usarlo haciendo otra cosa: viajar, correr, comer, ver películas; pero luego se detenía y pensaba que quizá ninguna de esas cosas valía la pena y, las que sí, ya no podía hacerlas. Entonces se quedaba escuchando y decidía que en la medida de lo posible controlaría su tiempo. Diez minutos para estar en internet, quince para ver televisión, otros diez hablando por teléfono y, el resto, para pasarlo con su esposa, sus padres o sus hermanos. Veinte minutos de cada veinticuatro horas eran para el mundo, y al mundo parecía no importarle por lo que él pasaba. Peor, cuando les importaba, de cualquier modo no podían hacer nada, así que Matías callaba. El silencio se volvió su amigo cuando descubrió que era una mejor alternativa.

Gabriel se quedó al otro lado de la línea, con sus ideas rumiantes sobre Matías, con sus miedos y su paranoia.

– ¿No quieres que vuelva a hablarte? – le preguntó, pensando que si a Matías no le importaba su amigo, entonces a él tampoco le importaría Matías. Y fue este último quien, viendo el reloj, se dio cuenta de que ya habían pasado los diez minutos que tenía asignados, así que dio un suspiro (que le hizo toser tan fuerte que Gabriel se asustó al otro lado del teléfono), negó con la cabeza sin que nadie lo viera y dijo con voz calmada.

– Espero que luego hablemos, y si quieres me cuentas todo eso que te pasa.

Su amigo se tranquilizó al escuchar eso. A Matías si le importaba su sufrimiento. Matías era un buen amigo. Matías me escuchará, se dijo. Colgó el teléfono y se dirigió a su cama, donde su esposa lo estaba esperando con una mueca que estaba entre una sonrisa y un gesto de tristeza, como desde hace semanas.

– Amor, ¿con quién hablabas?

– Con Gabriel – dijo Matías, encogiéndose de hombros. Seguía tosiendo, apoyándose en la pared mientras caminaba, negando con la mano apenas vio que ella estaba dispuesta a ponerse en pie para ayudarlo a caminar -. Otra vez le pasan cosas, y quería hablar de ellas.

– ¿Y hablaste?

– No – respondió -, hoy no tenía ánimos de hacerlo. Quizá mañana.

Matías se recostó a lado de su esposa, pensando en sus propias palabras y lo que significaban. Quizá mañana. Y por un momento le reconfortó la idea de que quizá mañana todo cambiaría: que al despertar descubriría que el cáncer se había ido, que había recuperado la capacidad de viajar, y que no estaba solo en sueños el vigor que una vez tuvo. Que quizá mañana podría volver a escuchar a Gabriel y sus dilemas cotidianos, y que quizá le importarían un poco más. Porque Gabriel le había importado alguna vez, pero en aquél instante le era difícil, puesto que su energía y su mente estaban en otro lado. Las interminables discusiones y pequeñas luchas sociales se habían quedado atrás, ridículas, ante la guerra que enfrentaba.

Fotografía: Kavan the kid

Historias

Publicado en Revista Cultural Contrasentido (Marzo, 2015.)

De entre todas, tú tenías la flor más bella. La vi a través de tu ropa mientras caminabas por el pasillo de detergentes un martes por la mañana. El 12, si no mal recuerdo. Su fragancia me llegó como aire fresco entre tanta pestilencia industrializada, y yo seguí el olor como perro, con los ojos cerrados y con la cola bien alta, moviéndola de un lado al otro.

Tú me miraste al llegar a la caja registradora. Estabas de pie, a una anciana y un carrito de distancia. Llevabas el cabello suelto, caído sobre tu espalda como yo lo estaría sobre tu cama si me lo hubieras permitido. Rendido ante ti, como ante la gravedad (de las cosas, del mundo, de todo). Yo te sonreí. Fui torpe, lo admito. Sentí que mi cara se transformaba en la de un joven idiota que espera fuera de la casa de una de esas con las que se pierde lo estúpido. Donde la infancia ya no significa nada más que un recuerdo y se dejan las manos de lado, tocando otro cuerpo. Entonces me sonreíste.

La anciana no me permitió seguirte, y lo siento. Siento no haberla tomado por los hombros y lanzado a un lado, cual vejestorio inservible. No pude creerlo. Mi más grande anhelo perdido porque una señora quiso comer pan a media mañana. Eso no es algo que pueda contarle a mis amigos, ni a nadie. Así que, por un momento, quisiera pensar que ese día aquella vieja no me obstruyó el paso, que pude seguirte, que nos encontramos. Que lo que había bajo mi cubierta entró tan rápido a tu boca que perdiste el aliento.  Entonces yo haría lo mismo, y admiraría aquella flor, rosaría sus pétalos sin cortarlos. Y luego, cuando los dos hubiésemos estado en el otro, nos quedaríamos recostados, fumando quizá, o con una botella en la mano. Sería tan real que el hambre y el deseo no nos dejarían ni en nuestras más retorcidas fantasías. Las cortinas raídas y el olor a sudor nos harían tocarnos una y otra vez, con el calor atravesándonos hasta estallar.

Y ahí, sobre tu cama, me habrías vuelto a ver como lo hiciste al sonreír, con tus labios moviéndose con ligereza. M-e-e-n-c-a-n-t-a-s. Y yo, sin palabras, te callaría con el silencio de mi boca.

Fotografía: Couple in bed under a Paper lantern, N.Y.C. 1996, Diane Arbus.