Las dos madres

Gus, Gus, despierta, es mamá. Álex brillaba de sudor. Era medianoche y me había despertado sacudiéndome con sus manos. Es mamá, dijo. Sígueme. 

¿Qué le pasó a mamá?, pregunté temblando. Aunque me había puesto de pie y mi hermano se quedó atrás, parecía que sus manos aún me sacudieran. 

La cosa que Álex tiene en su habitación debió hacerle algo, pensé. Corrí hasta la habitación de mamá, donde la hallé dormida. Me dio gusto verla descansar. Estaba tan cansada últimamente. No me despiertes así, le reclamé a mi hermanito. Él me tomó de la mano y me hizo acompañarlo por el pasillo hasta su habitación abierta. La luz que había visto durante semanas por resquicios me esperaba de frente, parpadeando nerviosa. Al fin conocería su secreto.

¿Tú sabes qué está haciendo?, le pregunté en una ocasión a mamá, quien a veces se acercaba a su puerta. No recuerdo si ella estaba cocinando o se hacía cargo de los trastos. A mí me tocaba barrer y trapear y Álex, de apenas seis años, ponía la mesa. Él tenía más tiempo que yo, y yo que mamá, que nunca tenía tiempo. Está jugando, me respondió. Déjalo que juegue. En los pocos momentos que compartíamos juntos, con mamá en casa, Álex comenzó a pedir permiso para llevarse la comida a su cuarto. Sólo bajaba para poner la mesa. ¿Me puedo llevar mi plato?, preguntaba, y mamá le permitía irse. ¿Por qué lo dejas que suba y a mí no? Mamá era intransigente: Me alegra que te preocupes por tu hermano, pero mientras yo esté aquí, quiero comer con al menos uno de mis hijos.

Muchas ocasiones intenté descubrir el secreto de Álex. Entraba a su habitación sin permiso y él me recibía dándome la espalda, mirando en dirección a la ventana. ¿Qué quieres? ¿Mamá no te enseñó a tocar? Él parecía estar solo. Cuando se hacía de noche y yo veía que una luz se proyectaba por debajo de su puerta, me acostaba en el suelo y trataba de ver lo que había ahí. La cosa debía ser un fantasma. Que yo supiera, de la galería de lo sobrenatural, sólo los fantasmas brillan; no creía posible que mi hermanito conviviera con uno, o que su existencia fuera real, pero algo había detrás de su puerta. ¿Pero quién era el fantasma, y qué estaba haciendo en aquella habitación?

Nada de eso funcionó y dejé, igual que mamá, que Álex hiciera su voluntad. Si mi hermanito tenía un amigo secreto y no quería compartirlo, era cosa suya. Mientras no le pidieran hacer cosas extrañas o le dieran pesadillas, todo estaría bien.

Pero esa noche era distinta. La puerta estaba abierta. Miré a Álex, tan pequeño, tan feliz, y traté de descifrar en su gesto el recuerdo de cómo me había sentido yo a su edad. Seis años atrás, poco antes de que Álex naciera, mi padre aún vivía en la casa y mamá tenía más tiempo para mí. Algunas tardes simplemente tomábamos algún juguete de la pila e improvisábamos sin compromisos. Podíamos parar en cualquier momento y recostarnos en mi cama, quedarnos dormidos. Pero papá nos abandonó y mamá comenzó a encargarse de todo, aunque hacerlo todo fuera imposible. 

Gus, no te quedes dormido, me reclamó Álex. Estaba tan emocionado. Se adelantó hasta el centro de su habitación y apuntó efusivo a la luz que hasta entonces había sido su secreto.

Era mamá. 

Recién la había visto descansando en su cama, no podía ser ella. Esa no es mamá, le dije. No pude avanzar, pero Álex me obligó a hacerlo. Ya adentro, cerré la puerta. No quería que nuestra madre viera algo que parecía ser su fantasma. ¿Por qué te pareces a mi madre?, le pregunté. Mi madre está dormida en la otra habitación. En su habitación. Tú no eres ella. No podía ser ella. Últimamente la había visto muy cansada, como si cada día la envejeciera unas semanas, luego unos meses; se desaparecía por largas jornadas que ya no sabía si eran de trabajo o algo más. Pero mi madre no podía morirse… ¿Cómo iba yo a estar vivo si mi madre se había muerto? No puedes ser ella, insistí. Mamá sólo está tomando un descanso…

Hay descansos más largos que otros, dijo con voz tierna.

Si mi madre había muerto, mi hermanito tendría que verme llamar a la ambulancia; vería cómo se la llevaban, muda, y él trataría de consolarme diciendo que ella estaba ahí, que si acaso yo no oía su voz, entre nosotros aún y para siempre; que si no la veía de pie junto a él, tratando, imposible, de sujetar su mano. No soporté pensarlo. No quería vivir en la oscuridad de ese mundo.

Entonces algo me devolvió la luz. Fue mi hermano el que la delató. Fue su rostro infantil, su sonrisa de reconocimiento, el que me hizo ver que la otra madre, esa cosa fantasmal cuya naturaleza yo no comprendía, era la misma con la que se encerraba mientras mamá limpiaba los platos con extenuación.

Mamá ha estado jugando conmigo, y quería que tú también jugaras al menos una noche. Compartirme su secreto lo había puesto nervioso, por eso sudaba. Él insistió en que era ella. Se veía como ella, tenía su rostro y su blusa favorita, sus maneras de hablar. Aunque era igual a ella en todo sentido, la mujer que visitaba a Álex era algo más, venido de quién sabe cuándo, cómo o por qué. A los ojos de mi hermano pequeño, era una versión mejorada: la madre que él siempre había soñado. Mientras que mamá no le ponía atención, siempre ocupada y ausente, la otra madre estaba ahí para él, atenta, escuchando como quien tiene todo el tiempo del mundo.

Mamá está viva, le dije. No es ella. No estás jugando con mamá. Eso tiene todo el tiempo del mundo porque no es un ser vivo, ¿entiendes eso?, le pregunté a Álex, tratando de hacerlo entrar en razón. Ni yo estaba seguro de que fuera un fantasma, pero lo parecía, y eso me causaba más terror. Al menos con mi propia madre habría sabido de inmediato que era ella, me derrumbaría de la tristeza pero sería comprensible, ¿pero esto? Yo no podía aceptarlo… 

¿Crees que le haría daño a tu hermano?, intervino la otra madre, haciendo notar más su luz. ¿Te hice daño a ti cuando eras pequeño? Su gesto me recordó al que hacía mi madre cuando improvisábamos un juego. La luz que emitía era como las sirenas en una ambulancia.

Álex, escúchame, le rogué. Tomé a mi hermanito por los hombros. Me puse en cuclillas y esperé que no hubiera nada en su atención excepto mis ojos. No te voy a dejar solo, le dije. Puedes jugar conmigo. No la necesitas. La luz hacía visibles mis lágrimas, que a Álex debían parecerle pequeños fantasmas volviendo al mundo a través de mí.

La otra madre se aproximó hasta nosotros. ¡No te acerques!, le grité. Empujé a Álex. La luz iluminó por completo la habitación. Álex me empujó de vuelta con todas sus fuerzas, desde la cama.

¡No seas egoísta!, lo oí decirme. Mi hermanito chillaba tan fuerte que mis gritos de antes se partieron en el aire como débiles susurros.

No hables de mamá como si ya no estuviera, le dije.

¡Pero ya no está!, me contestó. La otra madre trataba de consolarlo, pero me interpuse. No podía tocarlo, pero aun así…Mi hermanito siguió empujándome hasta que llegamos a la puerta. No sabía que él podía ser tan fuerte, que sus manos pesaban tanto por el dolor, y que yo era tan débil. Mi cuerpo había cedido al suyo como si él hubiera sido mayor desde el principio, tan sólo por haber sufrido más. Abrió violentamente la puerta y me obligó a salir. Se encerró con la otra madre.

Déjame entrar, le pedí. Por favor, no estás seguro.

¡Estoy con mamá!

Iré por ella y verás que eso, la cosa fantasma, no es mamá. Verás que nunca lo ha sido, le dije. Pero no pude pedirle ayuda a nuestra madre, me quedé paralizado frente a la puerta. No podía ir a su habitación. Si ella no despertaba, si ella no estaba durmiendo, si la otra madre era la nuestra

Mi hermanito lloró toda la noche, y mientras lo hacía, la luz permaneció junto a él, brillando.

Cuando mamá me halló en el suelo, a la mañana siguiente, descubrí que me había quedado dormido y, más importante que todo, que ella estaba bien… o eso creí al principio. No me pidió que me levantara ni me tendió su mano. Se sentó junto a mí e inclinó su cabeza, pegándola a mi hombro. No me dio tiempo de abrazarla, de agradecerle que ella estuviera ahí y que me permitiera sentir algo tan básico como su carne. Con su cabeza pegada a mi hombro, me sentí tan grande, no sólo en tamaño sino en edad, tan viejo. Sentí que, si mi madre podía apoyarse así en mí, yo ya no era un niño. No podía permitirme llorar como lo había hecho Álex. No podía paralizarme otra vez. 

Levanté la cabeza cuanto me fue posible. Si mamá miraba de reojo, no debía ver a un niño sino a un hombre. Quería que al menos estuviera tranquila.

¿Tu hermano se quedó hablando conmigo toda la noche?, preguntó mamá.

Se veía tan pequeña y tan frágil abrazando sus piernas, acariciando con sus manos sus pies descalzos. 

le dije. Lloró con la otra tú toda la noche.

Mamá soltó una risita que hacía años no escuchaba en ella. Luego, como decidida a traerme otros tiempos a la mente, comenzó a morderse los labios como lo hizo antes de tener a Álex, de camino al hospital. Recuerdo ese día: toqué su panza y mamá me apretó la mano, mordiendo sus labios como si ya no quisiera usarlos nunca. Parecía estar dispuesta a renunciar a sus palabras si con eso traía a mi hermanito a la vida. No trataba de hacerme daño, o a ella, pero lo hacía. Yo sentía las descargas de su cuerpo a través de sus manos, que pensé que partirían las mías. Pero eso había sido mucho tiempo atrás. 

Mamá, ¿por qué esa cosa fantasma se parece tanto a ti?

Todos nos convertimos en fantasmas, algún día, respondió.

Pero tú aún estás viva.

Aún, sí. Pero no siempre. Pareció meditarlo un momento. Buscó las palabras correctas para que no me quedara derrumbado ahí, incapaz de ponerme en pie otra vez —al menos debía ponerme de pie primero—. Luego dijo: Tú sabes que tu padre se fue de un modo que ni un fantasma puede traer de vuelta, al menos para tu hermano, pero yo sí puedo volver, ¿entiendes eso? 

Yo no entendía.

Si de pronto el fantasma de tu madre se le aparece a tu hermano, él no tendrá pesadillas. Alguien estará ahí para él, y él me ama tanto. ¿No? Me ama tanto y podrá ser feliz incluso si yo no estoy realmente ahí… Imagina por un momento la reacción de tu hermano, si lograras convencerlo de que esa otra yo no es su madre. ¿Cómo lo convencerías luego de que si soy, cuando yo me vaya y me vean volver? Todo sería más difícil. Además, tú no sabes si realmente no soy yo… La muerte es complicada, hijo. Tú aún no lo comprendes, pero lo harás, aunque quisiera que no tuvieras que hacerlo.

Mamá giró su cabeza para verme. Aún la tenía pegada a mi hombro. Mi rostro seguía alzado, para que no me viera. 

Mamá, no entiendo, le dije.

Detrás de la puerta escuchamos un ruido. Álex debía haberse levantado ya. No pasó ni un minuto cuando comenzó a reírse. ¡Mamá, mamá, mira esto!, lo oímos decirle a la otra madre. No sabíamos qué estaba haciendo. Seguro improvisaba algún juego. 

Mamá, él no puede seguir jugando con ella. Va a pensar que estás muerta.

Algún día tendrá que acostumbrarse a mi muerte, me contestó. Mamá apretó fuerte mi mano, tan fuerte como si Álex apenas estuviera a punto de nacer y ella, otra vez, estuviera dispuesta a renunciar a su voz. Digamos que la muerte se adelantó un poco en esta casa. El futuro nos alcanzó. 

Sentí miedo. Algún día mi hermano se despediría de mi madre dos veces. Algún día él también me vería irme, porque soy el mayor, y los mayores siempre debemos irnos primero. 

Quizá es hora de que hable con ustedes, me dijo.Aunque mamá trató de tranquilizarme, no pudo. Nunca iba a poder.

Fotografía: Berta Vicente Salas

Publicado por Daniel Centeno

Autor de "Puerta cerrada" (Paraíso Perdido, 2017). Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola.

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