Por favor, hagamos el intento

A la memoria de María Isabel.

Publicado en Luvina 91

 

Primera página. Carta del padre.

Mucho antes de tu nacimiento, tu madre comenzó a robar juguetes de otras casas para que tuvieras con qué jugar. Decía que un juguete sin uso es un crimen, así que entraba a los hogares de los vecinos y se llevaba sus animales de peluche. Mis favoritos, la pareja de elefantes blancos, los tomó de una casa abandonada que ella debía cuidar; se suponía que encendiera la luz los domingos por la noche y se marchara luego de hacerlo, pero a veces se quedaba todo el fin de semana leyendo algún libro de poesía o pegada a su máquina de escribir.

Al principio ella escondía los juguetes porque no quería que yo me percatara de los hurtos.

Ibas a pensar que estoy loca si te lo decía, reclamó cuando le hice saber que la descubrí. No le dije hacía cuánto. Para entonces, ya había conseguido cinco parejas de animales.

Mejor que estés loca y yo no me entere.

Sí, justo así, contestó. Una locura silenciosa.

Esa noche la había visto a través de la ventana, su silueta oscura e infantil esperando que me fuera. Silenciosa e inmóvil, permaneció distante y no respondió cuando la llamé desde la calle.

Perdón por importunarte mientras les robas peluches a los vecinos, le dije a tu madre cuando llegó por la noche.

Te perdono, me dijo gentil.

No era el primer secreto que me escondía tu madre. Un día la descubrí yéndose con un montón de libros. La seguí. Me quedé en la esquina, a dos casas de donde ella había entrado. Encendió las luces. Dejó los libros sobre la mesa y pude ver que su máquina de escribir estaba entre sus cosas. Esa no se la robó a nadie. Se la dio tu abuelo como un regalo de bodas.

Para que le escribas historias a mi nieto, le dijo tu abuelo.

Tu madre insistía en que debíamos darnos prisa. Miraba el calendario todas las tardes como si de pronto no quisiera que el día anterior hubiera terminado, negándose a seguir adelante. Faltaba solo un año para que se cumpliera el límite de edad pero ella quería hacerlo ya, sin esperar ni un solo segundo. Tu madre tenía veintisiete. Habíamos pasado dos años decidiendo cómo te ibas a llamar, especulando si serías niño o niña, y también quién de los dos se haría cargo cuando el otro no estuviera.

Ella dijo que debía ser yo.

 ***

Primera página. Carta de la madre.

Con cuan poco puede una contentarse. Miro los peluches junto al escritorio, puestos unos sobre otros sobre cajas que forman un altar. Qué hermosos resultan juntitos, en parejas, absortos de este mundo con sus botones y sus hilos en lugar de ojos. Disculpa si divago, no sé hacer otra cosa.

Comencé a tomarlos de sus casas cuando no pude más soportar su tristeza. Muchos de sus dueños ni siquiera dejaban fotografías, con tal de que nadie supiera de su fracaso si no regresaban. Sentían desde el inicio que todo podía salir mal, construían un hogar sin fotos con apenas recuerdos suficientes para no olvidar quienes eran los dos. Enmudezco al encontrar sus nombres tirados en algún papel sin nadie que sepa cuánto significaban. Veo las letras, pero rehúsa mi cerebro el darles forma. Si supiera quienes fueron me sentiría obligada a recordarlos y no sé si podría escribirte esto, ansiosa de tenerte conmigo.

Tu padre espera en casa. Va a regañarme por los peluches y por no habérselo dicho. Dice que soy una loca. Loco le he dicho yo, muchas veces, cuando está viciado en sus videojuegos y pasa la tarde entera en pijama sin apartar sus ojos de la televisión.

Espero no lleves a nuestro hijo al vicio de los juegos, le solté una tarde, como una amenaza juguetona.

No necesitará que lo lleven a ningún lado, respondió tu padre, muy seguro de que tú tendrás tus propias herramientas para acabar igual que él.

Cuando le dije que quería que te diéramos a luz, el rostro de tu padre se conmovió hasta las lágrimas. Se lo dije hace un año, cuando cumplió veintiséis. ¿No te parece que es muy guapo, tu padre?

 ***

Segunda página. Carta del padre.

Habíamos acordado que te llamarías David si eras niño y Ana si eras niña. Nos tomó tanto decidir eso que apenas quedó tiempo para los preparativos del ritual. Según tu madre, el altar de peluches era su ofrenda a la diosa del amor. Esperaba que nosotros fuésemos los elegidos de alguna clase de selección bendita. Que la suerte estuviera de nuestro lado.

Según tu madre, la diosa del amor nos observaba. Estaba atenta a nosotros porque ya no quedaba nadie cerca. Los vecinos junto a la casa, los de enfrente y los de espaldas, todos ellos habían fracasado.

Ella no tiene nadie más a quien mirar salvo a nosotros, me dijo, orgullosa de sobrevivir y avergonzada de no haber intentado aun eso que podría matarla.

Tu madre perdía la cordura cuando se trataba de ti. No soportaba la posibilidad de no tenerte, así que miraba el calendario como si fuera una sentencia. Como si le hubiesen dicho que en su cumpleaños veintiocho se le iba a terminar la felicidad.

Por eso no me sorprendió que se pusiera a practicar el ritual todas las noches, en un agujero que había hecho en la casa donde se escondía. Había dispuesto de tal modo el agujero que brillaba con la noche, sinuoso.

Sumergida, miraba hacia el cielo. Emergía echándose el cabello hacia atrás con largas exhalaciones. Respiraba con fuerza y luego volvía a sumergirse por un minuto, a veces dos. Los primeros meses no sobrepasó su marca y sólo hasta mediados del año, en mayo, casi junio, descubrió el secreto para aguantar por más tiempo la respiración.

Me ponía tan tensa que jamás se me ocurrió que sólo hacía falta relajarme.

¿Y ya?

Sí, y ya. Si me relajo, puedo pasar más tiempo sumergida. Mírame.

Eventualmente tendrás que saberlo. Tu madre se lanzaba desnuda al pozo y ahí permanecía flotando hasta que su respiración volvía a la normalidad, como si no hubiese saltado, o como si no temiera la posibilidad de tu ausencia. Entonces se sumergía.

Por favor, obsérvame mientras lo hago, me diría tu madre muchas veces, cuando yo apartaba la vista. No quería verla practicar porque yo también sentía temor.

Tu madre quería que fuera yo quien se quedara contigo. Estaba decidida a enseñarme cómo aguantar la respiración en aquel pozo, para eventualmente sobrevivir en el mar.

Es tu turno, decía, saliendo desnuda de aquél espacio reducido donde no podíamos estar los dos, poniendo su mano fría en mi espalda. Debemos estar listos.

Debíamos estarlo.

***

Segunda página. Carta de la madre.

Tu padre y yo nos recostábamos junto al pozo en el que practicábamos el arte de sobrevivir. Él soportaba cada día más el peso de lo que yo le impuse: el alba luminosa del día en que te sostendría, saliendo del mar.

Espero no pienses que soy pesimista por pensar lo peor, aunque resulte sencillo. Espero que entiendas que quizá yo no esté aquí cuando leas esto. Puede que sea tu padre quien se haya ido, pero desearía que no. Es tu madre quien debe irse.

La juventud le dará a tu padre lo que espero tú tengas de sobra: segundas oportunidades. Él no debe hundirse conmigo. Espero no seas tú quien lo juzgue por querer intentarlo una vez más, si lo desea. Confío en que tu padre retendrá esta carta para entonces y tú serás capaz de mirarlo no sólo como a tu padre sino como el hombre que es, y velarás porque, igual que tú, sea feliz.

Él puede intentarlo otra vez y yo quiero que lo intente.

 ***

Tercera página. Carta del padre.

Formalmente no tienes tíos, pero los amigos de mamá y los míos comenzaron a darnos regalos cuando supieron que pensábamos tenerte. Al principio temieron, pero sabían que era lo mejor, que no podían exigirnos que desistiéramos de traerte al mundo.

Nosotros la cuidaremos si algo sale mal, dijo uno de tus tíos, mi mejor amigo. Él y su esposa me organizaron una fiesta antes de casarme con tu madre; él me visitaba todos los sábados. No es que apruebe el alcohol, pero verlo aparecer con un montón de cerveza ponía a tu padre muy feliz. Tú no bebas. No hasta que seas lo suficiente mayor para decir al menos quince dígitos de pi, o recitar la historia completa de los rituales de la diosa del amor (dudo que tu madre o yo te dejemos leer sobre eso hasta que hayas pasado la mayoría de edad).

Él me ayudó a pintar las paredes y tu madre se lo agradeció con abrazos largos y tendidos.

Cuando crezca, dijo tu madre, le voy a decir que te lleve algún regalo por el favor que le hiciste al decorar su habitación.

Tu madre no admitiría que era ella quien deseaba irse para traerte.

Me conformo con que no se parezca a su padre, respondió tu tío.

Los tres reímos mientras la pintura se secaba y acomodábamos los regalos que los otros invitados trajeron. Tu tío me preguntó cuándo llevaríamos a cabo el ritual tu madre y yo. Le dije:

La próxima semana, antes de octubre.

Se van a morir de frío, contestó temeroso. ¿Por qué no lo hicieron en abril? Debieron intentar en primavera.

Lo que tu tío no sabía es que habíamos practicado en el pozo de agua fría. No nos había visto sumergidos; primero a tu madre, mirando al cielo con sus ojos de agua, después a mí, adorándola desde el fondo y sintiendo la próxima despedida.

 ***

Tercera página. Carta de la madre.

Heme aquí, quieta y desesperándome. Fernando, si eres tú quien lee está carta, si fracasamos, por favor, haz el intento una vez más. Si obtenemos lo que buscábamos y quien sostendrá esta carta es la luz de los dos, dale la primera y la segunda página. Rompe ésta.

No necesita saber nada excepto cuanto le amamos, aunque yo necesite escribir otras cosas.

Haz que mi nombre suene formidable en sus labios. Enséñaselo desde joven. Que me llame en la casa, mientras juegue, aunque yo no esté.

Por favor.

***

Cuarta y última página. Carta del padre.

Que tu madre te amaba antes de que existieras es una verdad tan ineludible como la muerte de uno de los dos. Te encontrarás con un mundo en el que los autos pueden pasar semanas sin moverse de su sitio, porque han sido abandonados. Los vecinos nos hacemos cargo de limpiarles el polvo porque secretamente no soportamos ver cómo se acumula sobre los cristales.

También es cierto que encontrarás un mundo en donde escucharás decir que la diosa del amor es injusta, por pedirle a los hombres sacrificar tanto solo para traer vidas al mundo. Cuando escuches algo así, no olvides que tu madre y tu padre no sienten que hayan sacrificado nada. Sólo se sacrifica algo cuando se siente como una pérdida y ninguno de los dos perdió nada, si se trata de hacerte vivir.

Cuando llegues a la mayoría de edad alguien te dirá que tienes una brecha de diez años para que seas padre o madre. Insistirán en eso. Te dirán que pasados los veintiocho ya no serás capaz. No tengas miedo. Lo harás, si es lo que deseas.

Hijo. Hija. Cuando leas esto, yo ya no estaré aquí. Mi vida está en el pasado.

No te hablo de mí en esta carta porque cualquier cosa que yo pudiera decir, tu madre lo dirá mejor. Ella me recuerda con los ojos de la diosa del amor; dicen que sólo cuando es así uno puede crear vida. Y estoy convencido de que tú estás leyendo esto, de que no son palabras al aire abandonadas en ningún sitio esperando ser borradas por el tiempo.

Que leas esto significa que ganamos. Tú madre y yo, también la humanidad.

Ganamos.

 ***

Cuarta y última página. Carta de la madre.

Estoy preparada. Iré al mar. Iremos juntos. Tu padre me ayuda a cerrar la casa. Apagar las luces es insoportable cuando eres tú quien vivías de encenderlas.

Mi trabajo era pasar de casa en casa, quitando el polvo y encendiendo las luces los domingos. Nuestros vecinos y amigos, todos los que se fueron antes de nosotros, habían guardado sus esperanzas en volver. Al pasar en la noche, fuera de sus casas, lo menos que podía hacer era asegurarme de que otros pudieran transitar por un camino de luz entre la oscuridad.

Ni tu padre ni yo entendemos del todo por qué el mundo funciona como lo hace. Eso es algo que no podremos explicarte ni aquí, ni en ningún otro sitio. Él ya no juega videojuegos ni yo enciendo luces, porque solo podemos pensar en ti. Nos sumergimos en el pozo todo el día, y por la noche descansamos en la cama que de tanto estar en el agua nos resulta insoportable.

Hoy es el día. Tu padre ha cerrado las puertas y apagado las luces. Está esperando a que yo me ponga de pie y lo siga.

No arruinaremos allá nuestra vida, como dicen los otros. Nunca les creas, pase lo que pase. Iremos a encontrarte.

Con amor, tu madre.

Fotografía: Olivia Bee. 

 

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El infierno son (siempre) los otros

Dicen que somos las personas que pasan por nuestra vida. Quien dice eso debe estar rodeado de personas, de otro modo estaría diciendo que no es nada.

En los últimos días (que no son sino un eco de semanas y meses, quizá años) he descubierto que me he cansado de “los otros”, de ese tan atinado “infierno” que decía Sartre que son aquellos que están fuera de uno, observando. Lo que no contempló el padre del existencialismo es que, a veces, el otro es un no mirar.

Cuando el otro deja de mirarte, o al hacerlo te ve como una cosa (no sólo como un otro: sino como “algo”, nada distinto a un mueble que sirve para descansar o una licuadora para triturar frutas); lo que nadie te dice (en realidad todos lo hacen) es que comienzas a sentir que si nadie te observa es porque no existes.

He descubierto que soy muchas cosas: soy un consejero, soy un oído para escuchar dramas que de tan inagotables se parecen al universo. Soy, también, el que hace favores de todo tipo. También el que se queda a altas horas de la noche (o a veces ni duerme) por saber que el otro está bien.

Cuando pasas mucho tiempo mirando al abismo, decía Nietzsche, el abismo mira dentro de ti. Pero cuando el abismo es una persona, ella jamás mira. Pueden pasar los años, cambian sus desgracias pero ésta permanece como una tediosa constante, y su letanía se asegura persistir aunque los oídos de quien escucha ya estén enterrados. Los otros, ese infierno existencialista, pueden pasar una vida sin mirar realmente en tu interior, sin ver en tu oscuridad del mismo modo en que te han obligado a mirar dentro de la suya. De no ver, para colmo, nada más que eso: pura tediosa oscuridad.

De ahí que hace un par de días (si cuento con que el día de hoy ha terminado) decidí desactivar mi cuenta en facebook, apagar mi celular y dar la instrucción de que, si alguien llamaba buscando por mí, le dijeran que no estaba. Sin importar si son las 7 de la mañana, las 10 o la medianoche, que dijeran que no, siempre. Desde ahora, nunca estoy. Desde ahora siempre estoy en otro sitio.

Los lugares tienen la cualidad de regresarle a uno la mirada. Pasar un rato mirando al suelo te hace darte cuenta de la agudeza o el cansancio de tus ojos, por ejemplo. Mirar las hojas de un árbol, los problemas en la percepción del color; a veces, muchas veces, debido a un ánimo terrible que hace que el mundo, incluidas, claro, las hojas de los árboles, luzcan terriblemente grises.

Así que me desaparecí como quien sabe que de todos modos no lo miran.

En un cuento de Daniel Centeno Maldonado, sobre un músico que murió joven, habla de quien se va como llegó: mudo, arrastrando los pies para no hacer ruido.

Seré ausencia en mi trabajo, también: pedí una semana, más los días que me sobran de esta y los de la que le sigue. Un total de 11 días sin tener que hablar con nadie que normalmente estoy obligado a convivir.

Y así, con la libertad que da saberse no mirado, como al bailar desnudo en una casa, o tirarse en el suelo, balbuceando las últimas palabras de alguien que ha muerto y del que no puedes hablar con nadie por temor a que crean que no has salido adelante, porque sabes que tampoco les importaría, así, con esa libertad, tomas tus cosas y te vas a hacer otras cosas. En otro sitio. Lejos o cerca, da lo mismo.

Solo.

La verdad, la docencia y el animé japonés

La docencia se parece a la alquimia, una mezcolanza de magia y ciencia que funciona bajo la ley del intercambio equivalente: no puede obtenerse nada sin dar a cambio algo del mismo valor.

En mi paso por la escuela, como alumno, algunas clases no suponían para mí ningún valor. Costaba interesarse en ellas. Había maestros que durante el semestre sólo hablaban de su vida, poco interesante (para colmo), otros nos ponían a copiar información de libros que ningún profesional utilizaría como bibliografía. Los menos, nos saturaban con tal cantidad de información que necesitaba un descanso para no caer en la demencia.

En esos lapsos de descanso casi forzado, veía “Fullmetal alchemist: Brotherhood” con una amiga. Cada episodio duraba 20 minutos, y pasábamos 1 hora y pico discutiendo lo que acabábamos de ver. La serie comenzaba así: Dos niños pierden a su madre, intentan revivirla con alquimia y fracasan. En el camino de intentar revivir a su madre, encuentran un individuo curioso que se hace llamar a sí mismo “La verdad”, que exige, como sacrificio por el conocimiento que otorga, una parte del ser de quien esté frente a ella.

Desde entonces han pasado 8 años. Ahora soy docente. Los del 5to de prepa dan largos suspiros al entrar al salón. “Al fin, descanso”, dicen. Al principio me convencí de que mi clase les parecía un desperdicio de tiempo, de ahí que prefirieran llamarle “hora de descanso” al nombre que le corresponde, o a “La clase del profesor Daniel”. Me costó creer que mi clase fuera ésa, la que resultaba en un aburrimiento tal que un animé japonés supone una mejor enseñanza. Sin embargo, tarde que temprano acabé enterándome de la verdad: “La maestra sólo nos dicta, y nosotros escribimos y escribimos”.

Descubrí que no era mi clase la que les aburría (no a todos, al menos): en la mía podían respirar luego de casi dos horas de escribir sin parar en absoluto silencio. Comencé a conectar los puntos: otros maestros, orgullosos siempre del orden de su clase, les dejaban trabajos y cartelones que ellos entregaban con diligencia sin entender ni una palabra después de que se deshicieran de ellos.

En las juntas, algunos maestros se enorgullecían de los dieces de sus alumnos y se admiraban de quien dice que estos no quieren trabajar. ¿Cómo no iban a admirarse, si para concluir sus materias los alumnos sólo necesitan tener acceso a internet y una impresora? (o unas manos diligentes, capaces de copiar y copiar).

Entre más pensaba en lo que unos y otros decían, más seguro me sentía.

Descubrí la verdad.

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La verdad es siempre la respuesta correcta, pero para encontrarla hay que pagar un precio.

Con la verdad frente a mis ojos, comencé a permitir que mis alumnos se tomaran un par de minutos para despejarse antes de comenzar a trabajar en algo que valiera la pena, dejé de pedirles que leyeran textos que sabía que copiarían en lugar de intentar comprender, y confiando en sus capacidades convertí mis clases en talleres donde podrían hacer algo que requiriera algo más que habilidad motriz.

No tardé en darme cuenta de que el precio por haber visto aquello sería un caos total.

En algunos grupos, los chicos comenzaron a debatir en clase con una ferocidad digna de Edward Elric (protagonista de Fullmetal alchemist).

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Recuerdo a un grupo que pasó casi dos meses intentando hacer ensayos, y no pararon hasta que se sintieron satisfechos con su trabajo.

Pocos salones pasaron de estar llenos de pláticas de pasillo a discusiones del tipo: ¿Qué es la normalidad?, ¿qué constituye la responsabilidad de un rompimiento?, ¿es la tortura algo inherente al corazón del ser humano? Algunos alumnos me hicieron saber de sus aficiones: está el chico que estudia ruso de forma autodidacta (todos los días me saluda diciendo КАК ДЕЛА, qué, según él, significa ¿qué tal? o ¿qué tal le va?), el que intenta entender las teorías de Stephen Hawking y se deprimió con su muerte, para luego plantearme un dilema ético sobre la pertinencia de decir “está en un lugar mejor” cuando se trata de un ateo que muere; la chica que utiliza las clases  para estudiar cálculo avanzado, porque se cansa de copiar y pegar lo que les pide el maestro; el que hace retratos impresionantes mientras observa a sus compañeros, con la voz docente como ruido de fondo. Un largo etcétera que no deja de impresionarme, los días buenos.

Así, del mismo modo, como un intercambio alquímico equivalente (el costo de mi visión), descubrí la verdad de los otros grupos (la mayoría): están tan acostumbrados a que el movimiento de su cuerpo sea el de sus manos, que se quedan inmóviles y mudos cuando toca el momento de crear algo más allá de copiar. Con esos grupos comprendí, con una velocidad envidiable, que la verdad es que ellos estaban conformes con hacer eso, con copiar y pegar, con transcribir, con mover las manos una y otra vez hasta que el timbre suena y pueden comenzar a platicar. Quizá no sea conformidad, sino otra cosa: la costumbre.

El peso de la verdad, en Fullmetal alchemist, suele ser irónico y terrible: a aquel que quería ver un futuro mejor, la verdad lo dejó ciego; a aquella que quiso revivir a su hijo, la dejó estéril arrancándole órganos; a aquel que quiso salvar a su hermano con sus propias manos, le arrancó un brazo. Pienso en eso y en mis clases, en lo que mis alumnos aprenden conmigo y en la clase de profesor que soy para ellos.

Quería encontrar la verdad de sus motivaciones y pagué el precio: algunos han descubierto que mover las manos no siempre es necesario, y sin saber qué hacer o sin querer hacerlo, simplemente ya no hacen nada.

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Y así es como un docente puede llegar a perder la razón.

 

 

 

 

Balance

Les comparto, con muchísimo gusto, la primera reseña en medios que se hizo de mi libro “Puerta cerrada”:

Publicada originalmente por  Jaime Panqueva en Periódico am y Es lo cotidiano. , 6 de mayo de 2018.

“Entre los invitados a la pasada Feria del Libro de Irapuato, tuvimos el gusto de recibir al editor Antonio Marts con su editorial Paraíso Perdido, quien presentó su catálogo e hizo una breve reseña del trabajo que ha realizado a lo largo de dos décadas de actividad. Con él, nos visitó el joven escritor Daniel Centeno (Los Mochis, 1991) autor de una nouvelle incluida en la colección Biblioteca Instantánea, una serie compuesta por textos breves que se editan en formato económico. Al decir económico, me refiero a que el precio de los ejemplares facilita que el público general se acerque a propuestas de autores jóvenes, pues no supera los 70 pesos..

Daniel Centeno fue becario del FONCA* en la categoría de cuento, y pertenece a la generación de escritores nacidos en los años noventa del siglo pasado. Puerta Cerrada es su primer trabajo publicado en el género de largo aliento y nos remite al escenario, en apariencia aséptico, de los hospitales. La narración parte de un hombre que padece una grave enfermedad pulmonar que le impide tanto hablar, como salir de su cama. Paralelo a la dolencia física y la postración, la soledad del paciente, a quien nadie visita, ni busca, se acrecienta ante el rechazo constante del personal de la clínica, en particular de las enfermeras. Sin embargo, un gesto muy personal de un médico sienta las bases para que la vida del protagonista transite por derroteros poco comunes. Centeno ofrece una visión interna de un personaje víctima del sistema de salud, en el cual, como en toda buena ficción relacionada con el sector salud escrita en América Latina, la esperanza vida del protagonista depende de forma casi exclusiva de su saldo bancario.

Pero quizás lo más llamativo sea la detonación del erotismo como válvula de escape a la enfermedad e incluso a la agonía. Impregnado, o podríamos decir en pugna, con imágenes permeadas de su contrario, la pornografía. El balance es muy delicado, y me atrevo a decir que la nouvelle sale airosa en buena medida por los oficios de un narrador cuidadoso, en absoluto estridente.

Hay que aplaudir la apuesta arriesgada que realiza Paraíso perdido con autores jóvenes, e invitar a los lectores a visitar su página, donde encontrarán una selección amplia de autores de toda la República.

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com”.

El asterísco es mío*: Cabe aclarar que soy becario del FONCA, no lo fui antes.

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Puerta cerrada en Goodreads

Parece una tontería, Raymond Carver

El apunte del día: una breve comparativa del inicio de “Parece una tontería” (A small, good thing) de Raymond Carver.

El cuento, que puede leerse aquí , narra la adaptación de una pareja a un cambio radical en su vida: la muerte de su hijo. En la versión de Carver se explora el dolor por la pérdida, los intentos por adaptarse al cambio. En la versión de Lish, su editor (la versión que fue dada a conocer en De qué hablamos cuando hablamos del amor), pareciera tratarse de la frialdad con la que una muerte puede ser tratada, en este caso, por el pastelero que acosa a la familia para que vayan por el pastel. Mientras que en el cuento de Carver el pastelero es una figura que presenta una gran empatía y arrepentimiento al final, en la versión de Lish este resulta extraño, insensible, y es imposible empatizar con él. Por el contrario, aparece como una figura de la que sólo se sabe la voz como un reclamo.

Los siguientes fragmentos son “similares” en cuanto al evento que narran, sin embargo, se hallan distintos entre versiones del cuento: la de Carver y la de su editor, Lish.

Versión 1: Gordon Lish              Versión 2: Carver

  1. El nombre, SCOTTY, iría escarchado en verde como si fuera el nombre de la nave.
  2. El nombre del niño, SCOTTY, iría escrito en letras verdes bajo el planeta.
  1. A continuación dio su nombre y su teléfono.
  2. Ella le dio su nombre, Ann Weiss, y su número de teléfono.
  1. Ninguna broma, sólo ese mínimo intercambio, la información más escueta, nada que no fuera necesario.
  2. El pastelero no parecía animado. No hubo cortesía entre ellos, sólo las palabras justas, los datos indispensables.

 

Añadido al original (Versión Lish)

  1. La madre fue en coche.
  2. Con circunspección.
  3. Delantal harto curioso: una pesada prenda.
  4. La mujer, y sus ojos húmedos le observaban con atención los labios mientras ella estudiaba las tartas y hablaba.

 

Eliminado del original (Versión Carver)

  1. Una especie de álbum.
  2. Con un planeta escarchado de color rojo en el otro extremo.
  3. Era un hombre mayor con cuello de toro.
  4. El lunes siguiente.
  5. Seguía con la vista fija en las fotografías y la dejaba hablar. No la interrumpió. Acababa de llegar al trabajo y se iba a pasar toda la noche junto al horno.
  6. …recién sacado del horno… La hizo sentirse incómoda, y eso no le gustó. Mientras estaba inclinado sobre el mostrador con el lapicero en la mano, ella observó sus rasgos vulgares y se preguntó si habría hecho algo en la vida aparte de ser pastelero. Ella era madre, tenía treinta y tres años y le parecía que todo el mundo, sobre todo un hombre de la edad del pastelero, lo bastante mayor para ser su padre, debería haber tenido niños y conocer ese momento tan especial de las tartas y las fiestas de cumpleaños. Deberían de tener eso en común, pensó ella. Pero la trataba de una manera brusca; no grosera, simplemente brusca. Renunció a hacerse amiga suya. Miró hacia el fondo de la pastelería y vio una mesa de madera, grande y sólida, con moldes pasteleros de aluminio amontonados en un extremo; y, junto a la mesa, un recipiente de metal lleno de rejillas vacías. Había un horno enorme. Una radio tocaba música country-western.
    El pastelero terminó de anotar los datos en la libreta de encargos y cerró el álbum de fotografías. La miró y dijo: —El lunes por la mañana.
    Ella le dio las gracias y se volvió a su casa.

*Lo que está marcado en negritras en el “original” es un fragmento que va creando los cimientos de la posterior catarsis de la mujer, al final del cuento en la versión original. Es decir: es un fragmento indispensable para la conexión emocional del final del cuento. Sin embargo, en la versión de Lish se prescinde del final. Lo interesante de este cuento es que tal parece que ambos, Carver y Lish, hicieron modificaciones al “original”.

***

La versión de la izquierda es la editada por Lish. La de la derecha es la original, de Carver. Las partes coloreadas en azul son las que sufrieron cambios en la redacción y que a su vez modificaron el sentido de algunos detalles. Las partes en amarillo (izquierda) son las añadidas al original. Las partes en verde (derecha) son las eliminadas del original. El resto se conserva más o menos igual.

***

229 palabras vs. 451. Palabras = Introducción reducida en un 50.8% (solamente en la introducción del cuento, que es donde aparece el pastelero y la madre de Scotty lo encarga).

 

Combatir el pecado, Fernando Jiménez

Ilustración: Anael Tritura

A partir de lo hecho con el cuento de Quiroga, decidí hacer apuntes sobre algunos de los cuentos que lea en el año, como parte de mi documentación para la beca. Para continuar, revisaré el cuento “Combatir el pecado“, de mi amigo Fernando Jiménez, ganador del Primer Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila.

El cuento lo pueden leer aquí.

Fernando, amigo, si estás leyendo esto te mando saludos.

Adjetivos-adjetivaciones:

  1. Día raro.
  2. Bragueta abierta.
  3. Moño rojo.
  4. Traje azul.
  5. Traje sucio.
  6. Traje planchado.
  7. Panal golpeado.
  8. Fácil.
  9. Dios demandante.
  10. Inocentes.
  11. Idiotas.
  12. Poco.
  13. Iglesias bonitas.
  14. Música sacra.
  15. Villancicos asombrosos.
  16. Vieja extremadamente vieja.
  17. Camisón rosa.
  18. Camisón viejo.
  19. Maquillada.
  20. Quejido gutural.
  21. Esfuerzo titánico.
  22. Banca funcional.
  23. Metal caliente.
  24. Señora gorda.
  25. Callada.
  26. Balance positivo.
  27. Discurso inteligible.
  28. Gente pobre.
  29. Personas ricas.
  30. Pobre.
  31. Hombre pequeño.
  32. Blanco.
  33. Biblia azul.
  34. Personas tristes.
  35. Puto abrazo.
  36. Estoico.
  37. Vida perra.
  38. Monjas molestas.
  39. Monja gorda.
  40. Técnica felativa.
  41. Atención científica.
  42. Libres.
  43. Padre regordete.
  44. Ciegos.
  45. Callados.
  46. Corazones tibios.
  47. Tremenda.
  48. Palomas disecadas.
  49. Campanas mudas.
  50. Plaza quieta.
  51. Escenografía barata.
  52. Tamaño real.
  53. Debilucho.
  54. Amable.
  55. Cabrón pecado.
  56. Pinches árboles.
  57. Algo bíblico.
  58. Pecado terrible.
  59. Horroroso.
  60. Manera mecánica.
  61. Piel negra.
  62. Experto.
  63. Bestia infernal.
  64. Videojuegos violentos.
  65. Valiente religioso.
  66. Destreza profesional.
  67. Teta satánica.
  68. Teta perfecta.
  69. Valiente.
  70. Cabeza partida.
  71. Modo virgenístico.
  72. Algo celestial.
  73. Bestia muerta.

A destacar las adjetivaciones: Corazones tibios, Atención científica y Teta satánica.

Adverbios:

  1. Extremadamente.
  2. Bruscamente.
  3. Independientemente.
  4. Claramente.
  5. Involuntariamente.
  6. Verdaderamente.
  7. Notoriamente.
  8. Visiblemente.

A destacar: consistencia en el campo conceptual de los adverbios (lo visible y real).

 

Imágenes (metáforas, símiles, apariencias y comparativas):

  1. Parecía un loco.
  2. Los carros parecían avispas, como si la calle fuera un panal golpeado.
  3. Una vieja extremadamente vieja, parecía que moriría en cuestión de segundos.
  4. Usaba un camisón de satín rosa, tan viejo como ella.
  5. Estaba tan maquillada como una drag queen.
  6. Parecía un niño manoteando.
  7. “Disfruta la vida”, decía su playera, como si todo se tratara de un puto abrazo.
  8. Permitimos que la gente se divorcie como si fuera un juego.
  9. Caminaban como hormigas, enfiladas sin permitirse mayores distracciones.
  10. El bullicio se esfumaba como si alguien le bajara el volumen al día.
  11. Sentí una fuerza tremenda apretarme el pecho y la cabeza, como si el cielo entero me apachurrara.
  12. Las palomas parecían disecadas.
  13. Las campanas quedaron mudas.
  14. Las personas parecían haberse congelado.
  15. Los pájaros quedaron suspendidos en el aire como focos o alguna clase de escenografía barata.
  16. Mi entorno era como un tablero de ajedrez.
  17. Mi entorno era como una maqueta de tamaño real.
  18. Toqué al policía que lloraba, pero era como un muñeco.
  19. El predicador ondeaba el bate de un lado al otro como si esperara que una bola cayera del mismísimo cielo.
  20. Corrí de inmediato al árbol más cercano, como si los pinches árboles fueran a refugiarme.
  21. El pecado parecía arrastrarse.
  22. Su cuerpo parecía de oso pero con menos pelaje, una especie de yeti con alopecia.
  23. Fue como si alguien me insertara la información en mi disco duro.
  24. El cuchillo parecía estar pegado a su mano y pesar una tonelada.
  25. El pecado comenzó a gemir como si copularan dos adolescentes.
  26. Giró su seno como un engrane.
  27. Cada palabra parecía quemar al pecado, era como si conjurara los hechizos más dolorosos.
  28. Una luz surcó el cielo, como cuando va a pasar algo celestial,
  29. Entre la sangre de la bestia habían tangas, dildos y algunos clítoris que se movían como insectos agonizantes.

Imagen a destacar: El bullicio se esfumaba como si alguien le bajara el volumen al día (ad hoc con ciertas referencias mecánicas-electrónicas dentro del cuento).

En amarillo las adjetivaciones, en verde los adverbios y subrayado y/o en negritas las “imágenes”. De un total de 2857 palabras, hubo 73 adjetivos-adjetivaciones, 8 adverbios y 29 imágenes.  


***

¿Cuáles adjetivaciones e imágenes destacarías?

Menciona tus favoritos en los comentarios.

 

El almohadón de plumas, Horacio Quiroga

Resulta sencillo encontrar listas y artículos de consejos encabezados por: “No utilizar adverbios” o “Evitar adjetivos”, como si unos y otros fuesen dardos envenenados, un asesinato contra la calidad literaria.

En lugar de largas argumentaciones a favor del adjetivo y el adverbio, permitanme presentar un caso en su defensa: El almohadón de Plumas, de Horacio Quiroga.

El cuento se puede leer AQUÍ.

Adjetivos-adjetivaciones:

  1. Largo escalofrío
  2. Rubia
  3. Angelical
  4. Tímida
  5. Carácter duro
  6. Soñadas niñerías
  7. Ligero estremecimiento
  8. Furtiva mirada
  9. Dicha especial
  10. Rígido cielo
  11. Expansiva ternura
  12. Incauta ternura
  13. Impasible semblante
  14. Otoñal impresión
  15. Palacio encantado
  16. Brillo glacial
  17. Desapacible frío
  18. Largo abandono
  19. Extraño nido
  20. Antiguos sueños
  21. Casa hostil
  22. Raro
  23. Ligero ataque
  24. Indiferente
  25. Honda ternura
  26. Espanto callado
  27. Largo
  28. Desvanecida
  29. Marcha agudísima
  30. Inexplicable
  31. Mudo vaivén
  32. Confusas
  33. Flotantes
  34. Rígida de espanto
  35. Largo
  36. Estupefacta confrontación
  37. Alucinaciones porfiadas
  38. Desalentado
  39. Lívida
  40. Silencio agónico
  41. Delirio monótono
  42. Rumor ahogado
  43. Baja
  44. Inmóvil observación
  45. Lívida
  46. Ronca
  47. Abierta
  48. Crispada
  49. Animal monstruoso
  50. Bola viviente
  51. Bola viscosa
  52. Hinchado
  53. Imperceptible
  54. Vertiginosa
  55. Diminutos
  56. Enormes
  57. Favorable
  58. Raro

Destaco: Rígido cielo, Expansiva ternura, Otoñal expresión, Ligero ataque, Espanto callado, Marcha agudísima, Alucinaciones porfiadas y Delirio monótono (¡qué buenas adjetivaciones, las de Quiroga!)

Adverbios

  1. Profundamente
  2. Insidiosamente
  3. Completamente
  4. Desmesuradamente
  5. Inútilmente
  6. Absolutamente
  7. Bruscamente
  8. Únicamente
  9. Dificultosamente
  10. Fúnebremente
  11. Efectivamente
  12. Rápidamente
  13. Lentamente
  14. Sigilosamente
  15. Particularmente

58 adjetivos (y quizá se me fue por ahí alguno de más o de menos) y 15 adverbios en un cuento de apenas 1, 215 palabras.

Gráficamente, se les puede ver distribuidos así (en amarillo los adjetivos y en verde los adverbios).

 

 

Visto así, el cuento de Quiroga parece plagado de adjetivos y adverbios.

¿Significa eso que es un mal cuento? 

(Si me lo preguntan a mí, la respuesta es un ROTUNDO no, obviamente).

Fotografía: Laura Zalenga

Las formas de la imaginación

Publicado originalmente en Relatos Magar.

Recuerdo con horror mi primer encuentro con la crítica literaria: en un concurso, un jurado dijo que mi cuento era «inverosímil». Yo no entendí a qué se refería y le pedí que hiciera el favor de explicármelo. De mala gana y aclarando que es algo que no solían hacer, afirmó que los hechos en mi historia no podían pasar, eran improbables, imposibles.

Me preocupé de que eso fuera algo malo. Me dije: ¿Por qué eres tan mal escritor, eh? Luego del autodesprecio, le hablé a una amiga, gran lectora. Ella me preguntó si mi cuento no era fantástico, si no era como un cuento de Borges. Entonces caí en la cuenta de que no conocía hasta dónde llegaba lo «inverosímil» en la literatura.

Me recuerdo leyendo textos de crítica, reseñas, opiniones de escritores (lo que llaman «su cuentística», «su poética», etcétera). Entonces pasé por mucha confusión, y luego por sobreingesta de teorías y distinciones entre géneros.

¿Cuáles son las formas de lo «inverosímil»? Intentaré no indigestar a nadie con mi explicación.

Cuando lo inverosímil irrumpe en la normalidad como algo anómalo: diferencia entre cuento extraño y cuento maravilloso

En su Introducción a la literatura fantástica (1981), Todorov nos dice que lo extraño, lo maravilloso y lo fantástico están emparentados. Lo fantástico es la vacilación, el no saber, la incredulidad. Ante cualquier hecho narrado, el texto fantástico no acaba de aclararnos su naturaleza: ¿esto podría pasar?

Si la respuesta a la pregunta es un «Sí, pero qué raro que haya ocurrido de ese modo. Qué peculiar»; es decir, cuando la razón puede explicar la historia, pese a lo difícil que resulte, estamos hablando de un cuento extraño.

Si la respuesta fuese un «No, eso es imposible. No podría ocurrir a menos que…», y a ello le sigue un cambio: en la naturaleza, en el tiempo, en las leyes universales… entonces estamos hablando de un cuento maravilloso.

En cualquiera de los casos, lo inverosímil se presenta como una irrupción notable en la realidad. Es algo anómalo, fuera por completo de lo común.

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Cuando lo inverosímil es parte de la normalidad: diferencia entre realismo mágico y real maravilloso 

Otras formas de entender lo inverosímil son el realismo mágico y lo real maravilloso, ambos anclados en la historia de la literatura latinoamericana.

El realismo mágico (del que Gabriel García Márquez es eterno partícipe) es la narración naturalizada de lo fantástico, la introducción realista de un elemento inverosímil, sin que su inverosimilitud cause extrañeza alguna. Incluso, cabe señalar, lo «normal», lo verdadero, lo real, suele ser mostrado como lo extraño, es decir: el elemento inverosímil funciona como una lente a través de la cual es posible observar algo que no funciona en una realidad tangible.

Contrario a los géneros anteriores, no es lo inverosímil lo que causa la irrupción. Así, por ejemplo, podría extrañar que una escoba esté de mal humor y que quiera hacer una huelga junto a otras escobas, sería criticable el sindicalismo de estas, porque las escobas suelen hacer bien su trabajo sin quejarse y sin oponer resistencia, pero no que la escoba de pronto tenga emociones.

En cambio, lo real maravilloso (Alejo Carpentier fue quien propuso el término) es la aceptación de que en la realidad existen cosas maravillosas, inexplicables, que conviven dentro de una cultura sin explicación y para las que, en cierta forma, es requerida la «fe».

De ahí que, mientras en el realismo mágico la irrupción de lo inverosímil es un acto de total invención literaria, lo real maravilloso es la recuperación de ciertos elementos propios de la cultura (decía Carpentier que, sobre todo, de las latinoamericanas) y su traslado a una ficción que muestra justamente su esplendor mágico.

Apuntes finales

En México, Alberto Chimal y otros autores de lo inverosímil hablan de «Literatura de imaginación». A esta refiere toda aquella literatura que permite comprender el mundo de lo posible a través del extraño, del improbable o del imposible. Dice Chimal que hablar de Literatura de imaginación es una respuesta creativa a la ola de literatura fantástica que solo habla de lo mismo: de elfos y orcos, de distopías juveniles, de eso que es tan rígido en sí mismo que invita a todo menos a imaginar (esto último, una opinión de su servidor).

Ejemplos

Antes de concluir, vale la pena ejemplificar lo expuesto hasta ahora: supongamos que contamos con un muñeco sin rostro y una persona ansiosa.

Un cuento fantástico podría hablar de cómo la persona sufre cada vez más ansiedad conforme pasa más tiempo con el muñeco en su bolsillo, y pese a que intenta deshacerse de él, el muñeco siempre reaparece, matándole de angustia.

Un cuento extraño concluiría en la exposición de un médico, digamos, que le dice al hombre ansioso que se ha sugestionado: el muñeco está donde lo dejó la primera vez. Ha alucinado, presa de su ansiedad, la compañía de ese ser que hasta entonces creía sobrenatural.

Un cuento maravilloso, por su parte, expondría que el muñeco estaba en todos lados donde la persona se deshizo de él, esperando, replicándose como la angustia del hombre, sin fin.

Un cuento de realismo mágico asumiría que es perfectamente normal que un muñeco cause angustia, como un atributo tan normal como su peso o su color. Él habría comprado el muñeco para sí mismo, esperando tener la ansiedad necesaria para ponerse a trabajar, pero se le iría de las manos. Lo verdaderamente extraño sería la exigencia del mundo por hacerlo trabajar, por estar siempre activo; es decir, lo inverosímil sería lo real: el modo de vida de los asalariados que se autoexigen hasta llegar al burnout.

Un cuento real maravilloso podría hablar de la cultura vudú, de cómo la ansiedad del hombre se debe a encantamientos propios de una cultura que él no entiende o no cree, durante el cuento, y cómo al final descubre gracias a una epifanía como algo cierto. Algo en lo que necesitaba creer.

Lo «inverosímil» también es literatura

Como nota final, habría que añadir que en la actualidad los límites de unos y otros géneros no siempre se mantienen separados. Para ejemplo Samanta Schweblin, cuyos cuentos extraños no acaban de resolver nunca cierto aire fantástico.

Incluso si no eres un escritor de lo inverosímil, si nunca te ha interesado hablar de cosas que «no existen», nunca está de más saber que hay formas de trastocar lo que se da por hecho; colapsar la realidad debería ser una meta para cualquiera que intente. imaginar un mundo posible, un mundo distinto.

Las cosas suceden

Jorge me pregunta si las revistas de videojuegos siguen aplastando a las de literatura, en el librero negro del estudio. Apenas me encontró en Facebook se decidió a volver a hablarme. Por los viejos tiempos, dice.

Los libros ocupan casi todo el espacio en los estantes, con excepción de una pila de revistas volteadas de tal modo que no puedo ver de qué tratan solo con mirarlas por encima. Tengo que tomarlas entre las manos y hojear lo que tienen qué decir.

Sigo, revista a revista.

Recuerdo la última vez que Jorge vino a visitarme. Cómo era yo, no logro recordarlo. Imagino que no era tan distinto, pero eso es más un error de cálculo que de memoria. Quizá es más fácil recordar a otros que a uno mismo.

Otra revista habla de si los libros habrán de morir en el papel, pero si la revista está viva aún, los libros seguramente le sucederán. Así se suceden todas las cosas, unas a otras. Jorge estuvo aquí cuando las paredes estaban pintadas de verde. Recuerdo que me parecía que sus ojos cobraban un color distinto en mi habitación, como si el Jorge de la calle no fuera el mismo que me acompañaba cuando dormía junto a mí viendo películas de Disney.

La siguiente revista, la última, tiene un cuento mío. La dejé en el fondo cuando intenté experimentar lo qué había sentido Carver al dormir abrazado del primer ejemplar donde publicaron su trabajo; al final la revista había quedado tan doblada que no me quedó más remedio que olvidarme de ella por un tiempo, ocultarla de la vista, esperando recuperara su forma.

Jorge no estaba aquí cuando recibí la revista. Recordaría haberlo recibido en casa, alguna celebración de su parte. Me habría mirado con sus ojos, los que yo conozco, vivos en mi recuerdo mientras hablo con él; azules teñidos de verde. En aquél entonces, cuando me publicaron, yo había pintado mi cuarto de azul hacía casi diez años. Jorge no estuvo aquí entonces.

Sonrío ante su fotografía. Es un hombre que me está mirando mientras escribe, a mí y a todos los que hablan con él a la distancia, como asomándose por encima del hombro.

Si él estuviera aquí, ahora mismo, sus ojos ya no serían verdes.

Juego de niños

Su primer gran hallazgo en la vida fue descubrir que sus juguetes no tenían vida. Estaba acostumbrado a sus charlas con Nabucodonosor II (el primer Nabucodonosor había sido víctima de la lavadora). Éste era un oso que le había regalado su tío cuando cumplió cuatro, y aunque la mayoría de sus amigos lo criticaban por traer de aquí a allá a su juguete él no entendía por qué le llamaban así. Era su compinche, su fuente de conocimiento sobre el universo de las cosas.
—Te llamó juguete —le dijo a Nabucodonosor II.
—Sí soy un juguete.
El niño creyó, con razón, que todos sus juguetes debían ser distintos a los demás. Se sintió especial. Intentó que el resto de sus juguetes hablaran. Les rogó:
-¿Por qué están mudos? ¿Están tristes?
Les llevó comida durante toda una semana. Los juguetes lo ignoraban. Entonces dejó de pensar que estaban tristes.
—No les caigo bien, ¿verdad?
Nabucodonosor II le dijo, evasivamente:
—Si le temieran a sus muertes, quizá así te hablarían.
Nabucodonosor II sabía muchas cosas.
Entonces el niño le dijo a su papá:
—Quiero espantar a mis juguetes con la muerte.
Y llegó hasta ellos con un esqueleto viejo y arrumbado que ya no usaba su padre en el trabajo.
Nabucodonosor II tembló ante su destino. Creyó que había llegado la muerte de verdad. Pensó que debía ser un castigo poético por lo que había dicho, esperando quedarse a solas con el niño. Lo abrazó fuerte y le dijo:
—He sido un buen oso—. Su voz sonaba como salida por defecto de fábrica—. Quiéreme.
El niño pensó que sus juguetes no eran especiales, ni él tampoco, y horrorizado al descubrir la verdad dejó de jugar con él.

Fotografía: Iwona Podlasinska

Lecciones que aprendí de la ficción

Los años se conforman de momentos, atados por espacios llenos de tiempo menor que acaba borrándose de la memoria. Los momentos que hicieron este año, para mí, conforman lecciones que debo aprender a repetirme con el fin de no olvidar.

1.- “Despite knowing the journey and where it leads, I embrace it and welcome every moment.”

¿Harías algo sabiendo lo mucho que te destruirá al final? Escribir es un poco como eso. Poner la primera palabra sabiendo que la angustia te acosará hasta la última, y quizá mucho después.

2.- “You can write a book… but the pages will burn.”

Si escribir va a destruirte, ¿para qué hacerlo, si no perdurará? Uno pasa la vida intentando decirle algo a alguien, comunicándose e intentando salir de estos horribles islotes que son la soledad. “A ghost story” plantea algo curioso: quizá nunca lo logremos. E incluso si lo lográramos, un día van a morir todos aquellos que nos escucharon. Aún así, vale la pena hacerlo. Quizá alcancemos a rozar una isla con un nuestro mensaje.

3.- “I guess I could be pretty pissed off about what happened to me… but it’s hard to stay mad, when there’s so much beauty in the world. Sometimes I feel like I’m seeing it all at once, and it’s too much, my heart fills up like a balloon that’s about to burst… And then I remember to relax, and stop trying to hold on to it, and then it flows through me like rain and I can’t feel anything but gratitude for every single moment of my stupid little life… You have no idea what I’m talking about, I’m sure. But don’t worry… you will someday”.

¿Qué intentamos comunicar? Sabiendo que todo está destinado al olvido, ¿qué gritamos desde esos islotes, esperando ser oídos? Si algo vale la pena decir, que sea bello. Si algo vale la pena mostrar, pese al dolor que nos causará, pese a destruirnos, es la belleza que uno ha percibido, la que es imposible quedarse para uno mismo.

… 

Este año se termina, y me resulta cada vez más difícil escribir. A veces odio hacerlo, y me pregunto qué caso tiene. Esta es la respuesta a esa pregunta.

Dimensiones de la memoria

«Al fin puedo verme también. Ya no recordaba mi rostro. Está ahí, atorado entre lágrimas que fluyen dentro de sus cuencas». 

Puerta cerrada

Hay ciertas constantes: los rostros, la sonrisas, los roces de sus manos y los hombros, el estrechar palmas, beber juntos. Estas se repiten como una suerte de planilla, un molde preestablecido que persigue a los recuerdos, impidiéndoles volverse bruma. Ciertos filtros mentales ayudan: recordamos más lo bueno que lo malo (aunque esto último se recuerda más hondamente).

Las constantes en mi vida han perdido todo su peso. Recuerdo la estridencia de los roses. Había tanto llanto desmesurado, gritos, peleas inconsolables. De ahí provenían las sonrisas de los otros apenas ocurría el encuentro. Eran sonrisas-consuelo, caricias-compañía. El peso les venía dado por la calma con la que aparecían luego de la estridencia.

El mundo -y por mundo, hablo de mi parte limitada de este, el que sólo es mío- se cansaba en mi pecho de tanto gritar. Y yo me aferraba fuerte a las personas, muchas inadecuadas, otras fueron personas-despedida. De pronto ya no hay gestos, no están sus rostros, y con el tiempo se llevan también su peso en la memoria. Uno puede ver la hondura ahí, como los pozos y los caminos secos donde las enciclopedias nos juran que alguna vez hubo agua.

Las nuevas constantes son mudas. No hay tantas sonrisas. Se hacen más ligeras: en peso y en presencia. Las caricias no vienen a mí, sino que soy yo quien las da (y estas también son demasiado pocas).  Persona-del-adiós se ha vuelto una forma común de definir a los transeúntes de mi mundo. Quizá muchos siguen ahí, pero yo me giro y no puedo ya notar su presencia.

Tanta constante y su ausencia para decir que mi mundo ha perdido sus explosivos. El mundo ya no explota en mi pecho, ya no grita. Soy yo el que ya no grita, en realidad.

Lo noté primero en mi vida. Ya no más encuentros-pelea, no más encuentros-estallido. Hay cierta belleza en la descomposición absoluta de un lazo. Su degradación pone en evidencia la naturaleza de su origen, y ahí, entre los restos, es posible vislumbrar un pasado que se cristaliza por momentos más fuerte que nuestra columna.

Pero este año, las nuevas constantes pasan sin pena ni gloria. Enmudecidos ellos y yo, la distancia es más grande. El campo de la visión se tiene que extender para reconocer los bultos lejanos que aún pertenecen al mundo que antes estuvo cerca.

Lo segundo en notar las nuevas constantes fue mi escritura. La muerte ya no se muere, ni caen animales del cielo en todo el mundo. El tiempo no se detiene para siempre, ni los padres dan de comer a los buitres con el cuerpo de sus hijos. Ya no más los dolidos que matan para comprobar su verdad. Ahora, hay gente aislada, gente que pasa sin pena ni gloria, advirtiendo la rareza del mundo que ya nadie escucha. Ya no hay gritos, en ningún lugar. Tan sólo distancia, a lo ancho y en profundidad.

Si tuviera que definir este año, sus constantes, tendría que remitirme a cierto dolor: los rostros-ausencia, los labios-silencio, el pecho-vacío, las manos-temblor, los ojos-sequía. No suelo construir adjetivaciones así, pero quizá la resolución que necesita mi año es plantearme nuevas constantes.

O quizá simplemente deba olvidar los estallidos, contándome historias en las que los huecos siempre estuvieron ahí.

Fotografía: Astrid Westvang

Publicación de “Puerta cerrada”.

Me entusiasma y complace presentarles mi primer libro: Puerta cerrada.

Portada

Sobre él, escrito en la contraportada, dice: “Una habitación de hospital, el silencio forzado, un hombre postrado incapaz de entender si existe un futuro. Tras la puerta se suceden encuentros, miradas, compasión, palabras no dichas y descubrimientos que cambiarán la perspectiva desde la que se observa el devenir de la vida.

Daniel Centeno permite al lector confrontarse con el misterio del otro, del que es capaz de quedarse hasta el final”.

El libro se estrenará en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (2017)

De la Editorial Paraíso Perdido

Para comprar en línea -formato físico-, los invito a que pasen por AQUÍ 

 

 

El perro, la playa y el mar

Sigue moviendo la cola. No entiendo cómo es tan feliz. La arena se va haciendo a un lado porque está húmeda, porque el atardecer humedece y nos tiñe de naranja dando espacio a su felicidad.

Es inconsciente del viaje. Durmió todo el camino. Yo la veía con el retrovisor, su pecho de pronto disminuido respirando lento. Llegamos a la playa y no despertó hasta que sus patas tocaron la arena y aun después. Abrió los ojos varias veces. No se sorprendió por el mar, o quizá ya se sentía aquí desde hace mucho; quizá siente que ha despertado realmente de ese sueño en el que vivió estando lejos.

Me recuesto junto a ella. Permanece cerca de mi pecho y alcanzo a sentir cómo la arena se va hundiendo de tanta felicidad. La miro desde ahí abajo, a la altura de la playa, con su rostro pegado igual que el mío a los granitos que nos pican el mentón. A ella menos que a mí, por su pelaje blanco con manchas cafés.

Acaricio su lomo y me pregunto cuánto falta para que la oscuridad se haga presente junto a las estrellas que ahora, invisibles, yacen igual que nosotros como a la espera.

La primera aparece de pronto como un destello tan fugaz y tímido como las olas cuando llegamos. Pero se hace más honda, su luz, cava en el cielo y entre nubes que acaban por desaparecer. Llega hasta nosotros la luz de esa estrella y de otra más, y luego otras tantas.

Luego la miro a ella, con la cola ralentizada de repente como su pecho. Me pregunto si sus ojos pueden ver las estrellas cuya luz ya no crece. Tan profundas en la noche, tan llenas de vida. ¿Pero qué fin tienen las estrellas si ninguna es capaz de mantener el movimiento vivo de una cola, de una simple cola en la arena?

Fotografía: Beth Ann. 

 

 

Amistad

«Me gusta pensar que la amistad es imperecedera. Así es, al menos hasta ahora. Hasta el final.

Ese final es la muerte. Las cosas se acaban. La gente deja de vivir. El azar hará que uno se quede mirando fijamente los restos mortales del otro cuando llegue el momento. Es terrible pensarlo, ya lo sé, pero la única posibilidad que tienes de no asistir al entierro de tus amigos es que ellos asistan al tuyo.

La amistad en parte se parece a otro sueño compartido como es el matrimonio, en el que los integrantes tienen que creérselo y poner en ello toda su confianza. Confiar en que durará siempre.

¿Elegiría, suponiendo que tuviera que elegir, una vida de pobreza y enfermedades si fuera el único modo de conservar los amigos que tengo? No. ¿Dejaría mi sitio en el bote salvavidas y me enfrentaría a la muerte por alguno de mis amigos? No, sin heroísmos. Tampoco lo harían ellos por mí y no querría lo contrario».

Raymond Carver.

Imagen: Guy Denning.

Los vestigios del dolor

El poema estaba en el suelo. Urgido por la necesidad de ponerlo de pie, comencé a arrancar trozos de cinta de otros carteles junto al poema y logré devolverlo a su sitio. Me pregunté -aún, en realidad- hace cuánto lo habían dejado caer: un poema sobre el derrumbe, sobre la muerte por el sismo y sobre todo un grito de aliento; las palabras de una joven, sensible al dolor.

Caminé por los pasillos de mi escuela, buscando los vestigios de aquel dolor plasmado en dibujos, canciones, cuentos y poesías. Encontré un dibujo, coloreado con pasteles secos que reflejaban a la perfección la tierra que flota en el aire de la tempestad. Un niño yace de pie, en la imagen, observando; entre los escombros hay un montón de moscas azules: anómalas, gigantescas, recorren el espacio del cielo hasta que este parece tener su color en un intento por imitarlas.

Unos pasos más y el dolor de pronto ya no ocupaba las paredes. Se habían esfumado para siempre de la memoria de los muros. Ni rastro de cinta, siquiera.

Lo primero que dijeron mis alumnos (cada uno por su parte) fue: “Yo pegué mi dibujo, pero lo quitaron. Alguien lo quitó”. Son tantos los que dicen que alguien arrancó lo que hicieron que no sé qué creer. En cambio ahí siguen, flotando como adornos de una navidad que ya recorrió el año entero lejos de las fiestas, trabajos de literatura y de historia. Nadie se tomó la molestia de arrancar la línea del tiempo de las corrientes de la narrativa, ni tampoco de las presidencias de México.

Supongo que ninguna de esas cosas importa tanto como para desaparecerlas.

Según entiendo, les molesta tanto el dolor ajeno que tienen que arrancarlo.

La alternativa me resulta tan dolorosa como el primer escenario: que ellos me mienten, que jamás pegaron los dibujos que no hicieron y las canciones que no nació de ellos escribir. Pienso en lo terrible que debió ser para algunos que yo llegara, de pronto, a decirles que expresaran su sentir por un evento como el sismo. Porque quizá no sentían nada, o porque sus emociones son inaccesibles para ellos. Incluso, pudiera ser, porque desean guardarlas, ocultarlas en la bruma del silencio. Tienen derecho a callar. Después de todo, el silencio es uno de esos derechos que conservamos hasta en la muerte.

Como de costumbre, no sé qué pensar.

Antes de irme, antes de dejar atrás los dolores no expresados, las versiones que no acabo de entender, las posibles mentiras, regreso hasta donde está el poema que rescaté del suelo. Lo leo una vez más. Y mi corazón recuerda. Sonrío y sufro por igual.

Fotografía: Troy Moth. 

La estática del derrumbe

Sobrevivir es un asunto de geografía. O eso pareciera. No es que no lo supiera antes, ni que necesitara pruebas, pero desde hace una semana no dejo de pensar que el techo sobre mi cama es un mero asunto de geografía.

El fin de semana pasado, a medio camino de la crisis y esta calma extraña en la que ya no recibimos tantas noticias (uno que es provincia, debe conformarse con los mensajes que como bengalas iluminan la noche de las redes sociales, esa oscuridad llena de memes que de pronto a uno le irritan más de lo debido por su vacuidad), me fui de viaje. Ya estaba pautado, los boletos comprados y el compromiso ineludible. Un viaje que había esperado quizá toda una vida. Pero mi alegría, como los seres humanos para el planeta (me di cuenta entonces), es diminuta en el orden de todas las cosas.

No puedo quitarme de la cabeza el gusano que surca entre las circunvoluciones de estas ansiedades que no logro desvanecer con el sueño.

Llevo días con taquicardia, días pensando que el techo sobre mi cama es un asunto de geografía. Pienso que esa felicidad que debía de vivir ya no volverá nunca, y que ni siquiera ello se equipara al dolor que sienten quienes presenciaron el hecho (que no es más que un eufemismo, en muchos casos, para decir “aquellos que lo perdieron todo”). Nada me ha costado tanto trabajo como visualizar la geografía de su dolor.

He pensado estos días que mientras viajaba el techo se pudo haber caído sobre mi cama, la de siempre incluso en mi ausencia, sobreviviendo yo de milagro y perdiendo a mi familia, siendo el caso apuesto que ellos me perderían a mí si la desgracia alcanzaba también el lugar de mi destino. Me siento egoísta de sólo pensar que mis pesadillas no son sino el reflejo de la realidad para alguien más. En mi defensa, si la hubiera, puedo decir que me resulta imposible no empatizar con su dolor. Pienso en lo que me decía una amiga, que recién viajó a la ciudad de México el día del sismo: “Pienso en lo que dejé allá, cuando volví. Pienso que aquí la vida sigue, pero allá no”. De nuevo parece ser que la vida y la muerte, la dicha y la angustia, son una cuestión de kilómetros, a lo ancho y a profundidad, pues de haber sido más profundo el sismo, cree uno, quizá todo sería menos terrible. Quizá.

Y es que, mientras pasan los días, leo más y más crónicas de quienes se encuentran allá. De sus dolores y sus traumas. Pienso como psicólogo –que eso soy, según mi título-, y me cuesta creer que uno pueda tener un trauma por algo que no vivió. Que la imaginación y la empatía sean capaces de provocar el espanto del escombro, de la tierra que se eleva como polvo entre la gente.

Siento que mi dolor es inmerecido, que no debería de decir nada. Entonces, también, siento que esto nos ha golpeado a todos. Que los afortunados de la geografía distante del sismo acabamos sintiendo el choque diferido, como si allá estallara el concierto y a uno le resonara la estática en los tímpanos. No es en absoluto comparable, pero para qué negar que el sonido viaja a todos lados, y que oídos tenemos todos.

Hoy les leí a mis alumnos el poema “Las ruinas de México”, de José Emilio Pacheco, y escuché a algunos reírse. No supe si reían de la desgracia que cuenta el poema, o si es que el estruendo del sismo les parecía tan distante que podían hablar de temas diversos mientras otros perdíamos un poco de nuestra piel con cada laceración poética. Me estremecí mientras leía, y vi a un par, con los ojos cerrados y reflexionando, silenciosos. Al abrir los ojos, no parecían ser los mismos. Como decía Pacheco, parecía que todos habíamos evitado mirar, de pronto, evitando así ver la muerte.

No voy a ningún lado. Tan sólo intento conectar los puntos de este dolor inmerecido y cartografiado por palabras que persiguen ciegas un fin invisible. No dejo de pensar que la risa de mis alumnos es un asunto de geografía. Los imagino dándose cuenta, la epifanía de su salvación en esa clase donde hacen maquetas del sistema solar. Esas maquetas ordenadas y limpias. Como si el universo fuese en realidad así, como si el orden de las cosas fuera limpio.

Hoy me gustaría acostarme agradecido de que mi dolor sea un dolor deslucido por la geografía, aunque eso es mentira. Una mentira que me digo para intentar desaparecer un poco de la tensión que no cesa en mis hombros. Porque sin importar cuánto ayude uno, siempre queda la oportunidad de hacer más. Porque para el dolor no existen geografías. Porque el dolor es universal.

 

Las cosas que aprendí del agua

He pensado mucho en esa frase durante los últimos días. Digo “del”, y no “con”, porque el agua no aprendió nada de mí. Estoy seguro de que el mar no es distinto luego de casi ahogarme, por ejemplo, ni esa luz que se presenta cuando uno empieza a morir.

Lo anterior es curioso porque este año mis cuentos, pareciera, han decidido retomar mis aprendizajes del mar. Puedo rastrear el agua en todos lados: lluvia, lágrimas, océanos y mares, ríos, arroyos… y, así como el mar, a la luz: como la muerte, la luz como enemiga, como espacio para el sufrimiento y también como liberación.

Nada de lo dicho antes debe ser novedad: no soy el primero que casi muere en el agua; no soy el primero, tampoco, que ve la luz como si se tratara del fin. Algunos han vivido lo primero, y de lo segundo todos seremos participes.

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Pienso, por ejemplo, en un microcuento que escribí hace unos meses:

«Mientras buscaba qué hacer por ocio, leí un anuncio que decía: “Liga de nadadoras suicidas”, del Instituto Virginia Woolf».

Sobra decir que Virginia se suicidó caminando con aplomo hasta el corazón del mar.

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Son muchas las cosas que he aprendido del agua. Aprendí, por ejemplo, que la luz sobre el mar se asemeja al infierno, ese brillo sinuoso que como espejismo invita a querer reflejarse en su profundidad.

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La luz irradia sobre todos los cuentos de este año. Eso ya lo dije. Mucho del recuerdo desde donde nacen se lo debo a “Luminous” y “The nature of the daylight”. Ambas melodías me parecen preciosas, ambas me recuerdan la luz en mis ojos cuando estaba por irme. Igual que al mar, creí que la veía por última vez. Creía que de todas las luces del mundo, como si cada una perteneciera a un lugar y a un momento, ésa me despedía sólo a mí.

Ambos, la luz y el mar, pueden ser el fin. Ambos terminan el mundo. El corazón sabe que no hay nada más allá cuando los mira unirse como un paraíso en el cielo, incluso si el infierno se encuentra bajo la superficie.

*La frase me vino a la mente al leer por ahí, en algún lugar, el título de un libro “Las cosas que perdimos en el fuego”, de Mariana Enriquez.

*Ambas melodías fueron compuestas por Max Ritcher 

*Fotografía: David Talley. 

El balón no está hecho para detenerse en la red

Cuento ganador (empate) de la edición n°9 de #InstantáneaExpress

(Editorial Paraíso Perdido) (Julio, 2017). 

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora es la epitome del deporte, ora una recreación sana para el espíritu. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

 

Fotografía:  Rob Woodcox.

Los secretos de la memoria

Cuento ganador de la edición n°7 de #InstantáneaExpress (Editorial Paraíso Perdido) (Junio, 2017). 

Luis lo llevó la última noche. Lo presentó como su hermano. Increíble. Me dijo una vez: “Hay una ventaja en los parecidos físicos”, refiriéndose a nosotros. No sé cómo pudo causarme gracia entonces. Sólo nos parecíamos al fingir.

Saludaban a Luis en la fiesta y lo dejaban atrás como si solo hiciera falta otro día para volverlo a ver. No se despedían porque nadie –excepto yo- sabía que era su última noche en el campus. Era nuestro secreto. El fin.

Hablando de finales, hay algo enfermo en jurar Hasta luego cuando se mira con un Adiós escondido bajo los párpados. Hay que ser mentiroso o falto de dignidad. Sin embargo, hay algo menos digno en no despedirse de quien estuvo a nada de arrancar la superficie por amor. Yo fui ese alguien. Quien arañó la verdad. Luis, en cambio, simulaba que nada pasó -como si con ello volviera invisible nuestra memoria para el resto de quienes estaban en la fiesta; como si con ello evitara la sospecha de que alguna vez estuvimos tan cerca que fuimos una sola sombra.

Sin cruzar palabra, esperé paciente. Luis estaba junto al otro. Esperé al amor, aunque no fuera mío. Quería verlo besar, por última vez, a quien fuera. Si lo hacían ellos dos —Luis y cualquier hombre— podría haberlo hecho yo también. Haber gritado Te amo sin acabar de arrancarle el secreto del cuerpo. Jamás podría traicionar nuestro secreto. Esperé que hiciera cualquier cosa, algo de verdad. Pero no lo hizo. Siguió simulando.

Fotografía: Mark Liddell