Las cosas que aprendí del agua

He pensado mucho en esa frase durante los últimos días. Digo “del”, y no “con”, porque el agua no aprendió nada de mí. Estoy seguro de que el mar no es distinto luego de casi ahogarme, por ejemplo, ni esa luz que se presenta cuando uno empieza a morir.

Lo anterior es curioso porque este año mis cuentos, pareciera, han decidido retomar mis aprendizajes del mar. Puedo rastrear el agua en todos lados: lluvia, lágrimas, océanos y mares, ríos, arroyos… y, así como el mar, a la luz: como la muerte, la luz como enemiga, como espacio para el sufrimiento y también como liberación.

Nada de lo dicho antes debe ser novedad: no soy el primero que casi muere en el agua; no soy el primero, tampoco, que ve la luz como si se tratara del fin. Algunos han vivido lo primero, y de lo segundo todos seremos participes.

***

Pienso, por ejemplo, en un microcuento que escribí hace unos meses:

«Mientras buscaba qué hacer por ocio, leí un anuncio que decía: “Liga de nadadoras suicidas”, del Instituto Virginia Woolf».

Sobra decir que Virginia se suicidó caminando con aplomo hasta el corazón del mar.

***

Son muchas las cosas que he aprendido del agua. Aprendí, por ejemplo, que la luz sobre el mar se asemeja al infierno, ese brillo sinuoso que como espejismo invita a querer reflejarse en su profundidad.

***

La luz irradia sobre todos los cuentos de este año. Eso ya lo dije. Mucho del recuerdo desde donde nacen se lo debo a “Luminous” y “The nature of the daylight”. Ambas melodías me parecen preciosas, ambas me recuerdan la luz en mis ojos cuando estaba por irme. Igual que al mar, creí que la veía por última vez. Creía que de todas las luces del mundo, como si cada una perteneciera a un lugar y a un momento, ésa me despedía sólo a mí.

Ambos, la luz y el mar, pueden ser el fin. Ambos terminan el mundo. El corazón sabe que no hay nada más allá cuando los mira unirse como un paraíso en el cielo, incluso si el infierno se encuentra bajo la superficie.

*La frase me vino a la mente al leer por ahí, en algún lugar, el título de un libro “Las cosas que perdimos en el fuego”, de Mariana Enriquez.

*Ambas melodías fueron compuestas por Max Ritcher 

*Fotografía: David Talley. 

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El balón no está hecho para detenerse en la red

Cuento ganador (empate) de la edición n°9 de #InstantáneaExpress

(Editorial Paraíso Perdido) (Julio, 2017). 

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora es la epitome del deporte, ora una recreación sana para el espíritu. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

 

Fotografía:  Rob Woodcox.

Los secretos de la memoria

Cuento ganador de la edición n°7 de #InstantáneaExpress (Editorial Paraíso Perdido) (Junio, 2017). 

Luis lo llevó la última noche. Lo presentó como su hermano. Increíble. Me dijo una vez: “Hay una ventaja en los parecidos físicos”, refiriéndose a nosotros. No sé cómo pudo causarme gracia entonces. Sólo nos parecíamos al fingir.

Saludaban a Luis en la fiesta y lo dejaban atrás como si solo hiciera falta otro día para volverlo a ver. No se despedían porque nadie –excepto yo- sabía que era su última noche en el campus. Era nuestro secreto. El fin.

Hablando de finales, hay algo enfermo en jurar Hasta luego cuando se mira con un Adiós escondido bajo los párpados. Hay que ser mentiroso o falto de dignidad. Sin embargo, hay algo menos digno en no despedirse de quien estuvo a nada de arrancar la superficie por amor. Yo fui ese alguien. Quien arañó la verdad. Luis, en cambio, simulaba que nada pasó -como si con ello volviera invisible nuestra memoria para el resto de quienes estaban en la fiesta; como si con ello evitara la sospecha de que alguna vez estuvimos tan cerca que fuimos una sola sombra.

Sin cruzar palabra, esperé paciente. Luis estaba junto al otro. Esperé al amor, aunque no fuera mío. Quería verlo besar, por última vez, a quien fuera. Si lo hacían ellos dos —Luis y cualquier hombre— podría haberlo hecho yo también. Haber gritado Te amo sin acabar de arrancarle el secreto del cuerpo. Jamás podría traicionar nuestro secreto. Esperé que hiciera cualquier cosa, algo de verdad. Pero no lo hizo. Siguió simulando.

Fotografía: Mark Liddell

Una oferta generosa

El insomnio no es el mayor dilema de la princesa que durmió cien años. Lo es, en cambio, aceptar o no la “lipo. Liposucción, claro. Se lo sugirió su nuevo representante, del que supo hasta hace dos días cuando emergió de las profundidades de un cuarto para utilería de Princessland.

Ahí la habían dejado, luego de hacer una copia idéntica (pero más bonita), que usarían como su mayor atracción. Cuando la princesa despertó, acostumbrada ya a las catacumbas de su viejo castillo, se escapó del cuarto y comenzó a gritar: ¡Me han raptado! ¡Infames!

La gente de Princessland, ya sin poder evitar el escándalo, le ofreció un trato generoso: le harían una película si aceptaba que su historia acabase donde la original. No entendía qué era una película así que se la mostraron. Era animada y le dijeron que se basaba en un cuento. La princesa no sabía que habían hecho cuentos sobre ella.

Resultó ser que, dormida, varios hombres acudieron a su lecho y le hicieron cosas horrorosas. La mayor de todas fue dejarla ahí. Un escritor anciano había escrito de ella para que alguien la salvara, y en lugar de eso lo habían vuelto famoso –su cuento, al menos.

Así, tardaron muchos años en que el cuerpo de la princesa fuese comprado por Princessland, y a días de entrevistarla su representante sugirió que se hiciera la “lipo”, pues debía parecerse a la copia que habían puesto en su lugar.

Su dilema había sido planteado, ¿aceptar o no? ¿Y si luego le cambiaban la cara y las posaderas? Había visto criaturas de partes removibles ahí en el parque, y pensó en su destino. Que la volverían eso.

Pero Princessland no quería borrar del todo su identidad para que nadie la reconociera, sino lo opuesto. Le deseaban la fama, igual que al escritor que una vez quiso que la salvaran. Ella no alcanzaba a ver la bondad de quienes la habían comprado.

Fotografía: Nightlights, Lissy Laricchia

Gula

Cuento ganador de la edición n°1 de #InstantáneaExpress

(Editorial Paraíso Perdido) (Marzo, 2017).

Pasamos por debajo de una valla rota, cruzando el sonido sordo de hojas sin futuro. Ya lejos de la choza y del pueblo, un hombre apareció delante. No lo habíamos visto al caminar. Al principio no me pareció muy distinto a nosotros. Llevaba, sobre su mano, un algodón de azúcar que sujetaba con los dedos. El dulce nublado entraba a su boca como resistiéndose. Creí que era el dueño de aquél espacio cercado, así que lo saludé. Sofía, que estaba junto a mí, negó con la cabeza. Parecía suplicarme que nos fuéramos. Pedí disculpas por irrumpir, notando entonces que el hombre llevaba las uñas muy largas. El algodón se pegaba en el anverso de las uñas como bacterias que se adhieren a la carne en la gangrena. Nos fijamos entonces en su boca, mientras comía. Sus dientes eran rosas, consumidos ya de tanto comer. Parecía que uno y otro se alimentaban de sí, y decidimos que el miedo a ser atrapados por irrumpir ilegalmente era menor al miedo a lo que él pudiera hacernos. Avanzamos de regreso, cruzando los espacios vacíos entre los árboles, llenos de pronto de una bruma rosa, como el algodón que él comía. Debía ser por el cielo, rosa sobre nosotros. Estaba por caernos la noche encima. La bruma se hizo muy densa, casi pantanosa, y notamos de pronto que frente a nosotros, lejos, parecían haber forjado muros de concreto. No era posible. Debían ser arboles de raíz descomunal. Tampoco eso. La apretujé, tembloroso. Eran dientes.

Fotografía: Paulo Bortolini. 

Pedregal

Para el boletín escolar de mis alumnos
Me propuso que nos fuéramos de viaje.
– A donde tú quieras –me dijo. Tenía esa sonrisa, cuando me lo dijo. Un gesto enorme de felicidad que yo conocía de sobra en su rostro. Yo no quería ir, y aunque supe que acabaría aceptando, mantuve el silencio cuanto pude, estiré el tiempo. Quería seguir viendo su sonrisa.
Fui a mi casa e hice las maletas. Pensé, mientras las hacía, en cómo sería nuestro trayecto por las calles pedregosas del pueblo. Él me dijo que sería yo quien elegiría. Después, no mucho después, me mostró una fotografía de un pueblo mágico donde por las tardes la neblina baja desde la parte oculta de las montañas. Eso dijo él, intentando convencerme cuando ya me había convencido. Sólo que él no lo supo.
– Sí, ya, es bonito –le dije. Lo cierto es que me parecía hermoso. No entonces, claro, pero sí al imaginarme caminando con mis botas, las que no usaba hace mucho porque en casa siempre hace calor. Un calor insoportable. ¿Está mal, de vez en cuando, añorar una ligera ventisca?
Acabé de prepararme para el viaje y fui hasta la central de autobuses, donde me dijo que debía esperar su arribo. Me senté, al llegar, viendo a la otra gente mientras se marchaba, contenta. A quién engaño. Es probable que yo viera sonrisas en todos lados porque seguía pensando en la suya.
Al cabo de una hora, me di cuenta de que el camión, nuestro camión, estaba por partir. Revisé mi celular. Ni una llamada suya. Le llamé, entonces:
– ¿Dónde estás?
– No te escucho.
– Estoy aquí, esperando. ¿Recuerdas? Dijiste que hoy nos iríamos de viaje.
– ¿Te dije hoy?
Escuché su voz. Sé cuándo sonríe, mientras habla. Su voz se nota más ligera, como nubes deslizándose.
– ¿No vas a venir, entonces?
No respondió. No sonreía. Dijo un montón de cosas. El tráfico, un dolor, un dolor terrible que de pronto le hubo dado. El mundo es terrible. Eso ya lo sabía, y lo sé. Lo sé todo el tiempo, excepto cuando me olvido de ello, por instantes, mientras sonrío. Antes sonreía en su nombre, ahora lo hago sola.
Tomé mis maletas. Se me hacía tarde. Iba con retraso.
– Te lo compensaré.
– Quiero que me escuches –le dije, antes de colgar-. No estaré en casa.
– ¿Hoy?
– Sí. Hoy.
– ¿Y mañana?
Nuestro viaje duraría sólo dos días, volveríamos la mañana del tercero Pero yo podía volver, en realidad, cuando quisiera. Pensé en lo mucho que me hacía falta la distancia.
Respondí, entonces:
– No. Ni el día que sigue a ése, ni el que sigue.
Pude haber dicho: “Sé que no lo compensarás”, pero eso lo sabíamos ambos.
Me fui, llegué hasta la cabaña y salí apenas pude. Caminé como si mi destino hubiese sido, desde el principio, viajar sola.
Pese a que han pasado los días, pese a que ya he visto muchas veces las calles pedregosas, la gente y sus bufandas y sus botas, el pueblo aparece frente a mí cada día como si cada piedra, cada persona y cada bufanda fuesen maravillosas. Como si la luz, la oscuridad, la niebla y el atardecer les proporcionaran un brillo distinto cada vez. Incluso mis botas lucen distintas. Me gustan más, ahora.
Fotografía: Laura Zalenga. 
 

Una puerta

Publicado en Revista Rojo Siena (Noviembre, 2016). 

Le prometí un pase al inframundo a cambio de un six-pack de cerveza. Yo sé que es pedir poco, pero los tiempos son duros y es más fácil ir a las puertas del averno que conseguir dinero suficiente para aquella endemoniada bebida.
Él llegó con sólo cinco botellas, y le dije que estaba loco si creía que bastaba. ¡Me he tomado una para darme valor!, me dijo hincándose. Se arrastró hasta mí, viéndome a moco tendido, y yo dije bah, está bien, tomé una y me la bebí de un gran sorbo. Vamos, pues.
Nos tomó once minutos llegar hasta la puerta. Él no comprendía nada. Es… sólo una puerta, dijo mirándome con los ojos como a punto de salirse de su cara. Habíamos recorrido un largo pasillo subterráneo, pintado con blanco percudido; estábamos al final del corredor, como el de una escuela o una oficina gubernamental. Sí, le dije, y me apresuré a poner mi palma sobre el picaporte. Es… es sólo una puerta, repitió. Una puerta que rechina demasiado, pensé. ¿Aquél tipo era idiota? Claro, el miedo, sí. Que no cualquiera llega al inframundo por voluntad propia. O no así, con tal ímpetu. Aquél pobre imbécil había necesitado una cerveza —una de las mías— con tal de aplacar su cobardía. Está bien, le dije, acércate. Él avanzó despacio, tanteando sobre el suelo que, parecía por su mirada, estaba por desaparecer. ¿Qué temía? Aquella podría ser la puerta al cuarto de limpieza. No había nada ahí distinto a cualquier otro lugar. Anda, idiota, no tengo tiempo para estas cosas.
Él se puso un paso detrás de mí, entonces empujé la puerta gris. ¿No necesitas llave? Dijo jalándome de la camisa. No, le dije, quitándolo de golpe. Avanza, si es que quieres llegar. Asintió y me siguió hasta lo que había más allá de la puerta. Luego comenzó a cerrarse y la detuve con la punta de los dedos.
Al notar que no había fuego, ni gritos, el tipo salió de su escondite —mi espalda— y se apresuró a caminar en todas direcciones. Caminó por casi cinco minutos. Cinco más y podría irme, sí, cinco; lo justo y necesario. ¿Qué… qué es esto?, dijo, No entiendo. El tipo me había pedido llevarlo hasta el inframundo, pero hubiera dado lo mismo si en su lugar hubiese dicho al infierno o el averno. La mitología humana es sumamente curiosa: tiene tanto tormento en tantas palabras, tanta destrucción y remordimiento… Como si fuese necesario, pero no era necesario ningún nombre para aquél lugar. Tampoco era necesario el perpetuo azote de quimeras demoníacas. No había un río al cuál iría a parar su alma. El muy idiota no sabía nada de eso, pero tampoco me lo preguntó. Él dijo llévame, y eso hice.
Estás justo donde querías, le dije, y luego giré moviendo la puerta. Espera, me dijo, ¿a dónde vas? Abrí la puerta por completo y salí. Escuché sus pasos, corriendo detrás, y luego cómo se estrelló contra la puerta apenas un momento, porque al cerrarse desapareció de su lado y él, seguramente, estaría golpeando el aire, en vano.
Yo me quedé recargado a la puerta, me dejé caer al suelo y tomé otra de las cervezas.
Ya sólo me quedaban la mitad.

Reflejo

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Noviembre, 2016).
Vi a mi esposa muerta situada en el centro comercial. Estaba frente a una tienda de ropa que ella visitaba por horas, arrastrándome a su lado. Nunca me gustó ese lugar porque la convertía en un ser absorto. Enmudecía al trenzar su mirada en las telas de vestidos que habiendo sido más joven le hubiese gustado usar sobre su piel satinada.
     La tarde cuando la vi luego de su muerte -mucho tiempo después-, llevaba un vestido rosa. Su cuerpo entero parecía reflectarse gracias al cristal que atesoraba años de luces artificiales.
     – ¡Lucía! – le grité -. ¡Eres tú!
      Lucía no respondió. Sus brazos, caídos y faltos de vigor, iban a juego con el resto de su cuerpo que se sostenía por inercia en su lugar.
      – ¡Amor!
      Pensé que mi nostalgia se había enredado con la realidad hasta traérmela de vuelta.
      – ¿Lucía?
     A unos pasos del encuentro comencé a titubear. ¿Sería ella realmente, mi esposa muerta? Nadie reparaba en el trance mortuorio de Lucía.
      Llegué hasta ella e intenté abrazarla, daba igual si estaba absorta, pero ella me retiró de inmediato. Sus ojos, cargados de un vacío que aún hoy me causa pesadillas, me sentenciaron a la mayor de las frialdades.
      Aparté mis brazos y esperé a su lado a que al fin se liberara del trance. Pero las horas pasaron -y los años también- y ella no se mudó ni un ápice. Mis esfuerzos fueron y siguen siendo inútiles. Lucía sigue ahí, inmóvil.
Pintura: Mia Bergeron 

Ni la muerte los separó

Mención especial en el II Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS (Categoría: Cuento corto) (Septiembre 2016)

Podría decirse que discutían como cualquier pareja, salvo porque ella estaba muerta. Le aquejaba por las noches, apareciéndose cuando él se encerraba en el baño para orinar o masturbarse. Privacidad fue una palabra que Roy no tuvo más remedio que trasladar a un callejón vacío por el que pasaba de regreso a casa.

      Ya se había hecho a la idea de una cama vacía, de prescindir del olor de su perfume por la mañana y de sus gritos durante todo el día. Conforme acabó la primera semana tras su muerte, incluso pensaba en la posibilidad de comenzar a salir con alguien. Todos le preguntaban, “¿estás bien?”, pero él estaba mejor que nunca. Le dolían los ojos por llorar, pero no era tristeza lo que caía de su rostro sino alegría. Quizá por eso bailaba mientras recorría el callejón, o al tirarse sobre la cama, retorciéndose y envolviéndose en las sábanas.

     La segunda semana dio paso con la barba crecida en el mentón y el resto de su mandíbula. A ella no le gustaba, y para evitar conflicto, mejor la rasuraba. “Te ves como un vagabundo”, le decía. Comió un par de hamburguesas cada día, con queso extra, y por las noches alternaba entre whisky y cerveza. Andaba desnudo por la casa, que pronto se acostumbró a que su calor ocupara los sillones, dejando la marca de sus nalgas. Pero nada es eterno, ni siquiera la muerte, así que ella volvió la tercera semana. Se escuchó su llegada con el azote de la puerta. Él creyó que alguien había entrado a robar, así que fue corriendo por su pistola y se asomó por las escaleras. Ella, de pie, lo esperaba con los brazos cruzados y el rostro con una rabieta. “Qué horrible te ves”, le decía, “Pareces vagabundo”. Él miró perplejo al esperpento que tenía de frente, ¿sería un reflejo tardío de su esposa muerta o un simple holograma hecho por algún genio local que quería torturarlo? Nada de eso era probable, pero tampoco la alternativa que pasó por su mente de inmediato y que acalló con un golpe: su fantasma se ha quedado aquí, para siempre. “Baja esa cosa”, le dijo, señalando a su pene desnudo con la punta mojada.

     Volvió a tomar las riendas de la casa apenas una hora de su llegada, y como no necesitaba descansar podía gritar con aún más fuerza. Claro que ello no le impidió decir que estaba exhausta, y excusarse de hacer algo en la casa. “¿No ves que estoy muerta?”, decía. “He sufrido el flagelo de ir al más allá y volver por ti, querido, que no sabes hacer nada”.

     La primera noche llegó tarde. Le pareció que él quizá había muerto también, que el tiempo ya no transcurría como era debido. ¿Será que yo también estoy atado?, se preguntó, y le dijo a su mujer (o ex, considerando que estaba muerta) que saldría por unos cigarrillos. “Tú no fumas”, le interrumpió ella con suspicacia: estaba muerta, más no era estúpida. Él la fulminó con la mirada y al notar que ella se enfurecía prefirió seguir con la mentira. “He fumado luego de que murieras, cariño. Me ha afectado mucho tu partida”. Ella, admirada por la fijación oral resultado de su muerte, asintió levemente con una sonrisa de colegiala reprimida (pero excitada en el fondo), y le dio la espalda, a manera de aprobación.

     El pobre hombre intentó vender la casa, pero apenas saludaban a Roy, la mujer aparecía de repente. “Yo soy parte de esta casa”, decía orgullosa con su traslucida apariencia. Ellos negaban y decían que no tolerarían las interrupciones de aquella mujer. “Se ve fastidiosa”, decían los maridos, y las mujeres aún más rabiosas le susurraban a sus esposos que no querían quedarse donde fuera que durmiera otra mujer. Los pocos entusiasmados les respondían, “Pero amor… está muerta”, a lo que todas y cada una, a su modo, dijeron “No me importa”.

     Se resignó entonces a vivir con aquella mujer, anclada a la casa. La cama seguía sintiéndose fría, así que ella le pedía que pusiera unos trapos calientes para que así se sintiera como si ella siguiera con vida. “Pero estás muerta”, le decía Roy. Ella se exasperaba. “¿Necesitas decírmelo todos los días? ¿Te gusta torturarme, no es así? Sádico vagabundo bueno para nada”. Es mi penitencia, se repitió cada mañana, e iba al trabajo, esperando allá pudiera descansar. El problema era que siempre tenía cosas por hacer, así que sólo al salir podía permitirse relajar la mente del estrés.

      No entendía a su mujer. ¿No tenía claro que convivía con ella sólo porque no podía vender la casa y la economía era muy dura como para pagarse otra? Él creyó que dispararle a la cara luego de su última discusión con vida había dejado las cosas claras, acabando así el ruido de su voz chillona. Pero ella, que había sido criada a la antigua, no podía tolerar que su marido la dejara. Incluso si él la había matado, e incluso si él no se arrepentía. “Hay cosas que una debe pasar por alto si quiere que la relación siga viva”, le dijo un día, cuando él al fin admitió que estaba cansado.

     Roy tomó el arma para cuando se cumplieron dos meses. Fue hasta el callejón por el que pasaba para ir a casa y se disparó en la boca.

     Él no le aviso a ella. Su mujer, desde su casa, se preguntaba que había hecho para merecer tal trato. “Ni una llamada, ni una nota”, decía mientras cepillaba sus cabellos de materia traslucida.

Fotografía: H O L L Y • B U R N S

Los intelectuales

Publicado en Abril de Romero (Agosto, 2016). 

En la universidad escuché tantas veces la queja, ya trillada, de que no tenemos memoria. De que “el sistema” nos oprime hasta ponernos bajo sus pies y nosotros caemos en desgracia. De cuán victimas somos, de cuán unidos debemos estar. Lo escuché por los pasillos, mientras grupos enteros salían de los salones evadiendo las clases, para ir al bar que está cruzando la calle y discutir cuán podrido estaba todo mientras bebían cerveza y mate.

Quienes decían esas cosas eran siempre los mismos. Casi desde el inicio, quizá por ser una escuela de humanidades, pude ver su vocación de servicio hacia el prójimo: esa entrega a causas más allá de ellos pero que se apropiaban como suyas. Eso siempre me pareció curioso, siendo que en el propio grupo no dudaban en perjudicar al resto, sin importarles nada. Había tal dualidad de amor al desvalido y odio al estudiante promedio que, pensé muchas veces, no tardarían en volverse “esquizofrénicos”. O quizá ya lo eran.

De entre todos, conocí a unos tipos curiosos. Eran de esos que se indignan ante el dolor humano, con el celular en la mano y leyendo en voz alta la nota del periódico alternativo en turno y diciendo que no la imprimieron para salvaguardar la ecología. De los que, apenas gritaban a todo pulmón que el mundo se muere, encendían su cigarrillo sin importarles nada ni nadie. Entraban al salón y buscaban con la mirada a quién criticar: por lo que ellos decían “su estupidez”, o su “conformismo”, o por “ser agachones”, o por alguna de esas etiquetas raras y al uso que se le ocurren a un estudiante de humanidades molesto con el mundo (o, al menos, con cierta parte).

Yo no tenía mucho problema con ello, aunque no dejaba de parecerme contradictorio. ¿Cómo era posible que alguien que se preocupara tanto por el mundo lo odiara tanto? Quizá había una parte en el rompecabezas que yo nunca pude ver, quizá por ser “estúpido”, como ellos decían. Pero, para ser justos, no fue de lo único que me acusaron: de idiota, de imbécil, de “promedio”, sólo para luego saltar a la yugular de los docentes cuando decían, con un tono más bajo, “las clases bajas”. ¿A caso habrán notado el paralelismo de su conducta? ¿O será que su inteligencia fue siempre selectiva? Quién sabe. Yo no tengo todas las respuestas. No soy ellos.

Un día, recuerdo bien, uno de ellos llegó tomándome por el pecho con una de sus manos y se rio de mí por ser “una bola de grasa”, sólo por no ser tan esquelético como “ella” (por alguna razón, hablaba de sí mismo en masculino o en femenino, según la temporada). Dijo, textualmente, que yo era demasiado estúpido por comer chatarra y que me merecía lo que me pasara. Con el tiempo yo me admiré doblemente: por mi paciencia al no haber respondido y por la ironía de sus palabras, siendo que luego se volvió un defensor de la libertad en todos sus rubros, de “ser como uno quisiera”. De nuevo admito que quizá la ironía no es lo suyo, quizá no están hechos para percibirla o yo soy demasiado sensible a sus “encantos”.

Como sea, yo siempre me pregunté si alguna vez se dieron cuenta de que, pese a lo que su gran juicio y enorme inteligencia dictaban, quizá no entendían que el poder que tanto criticaban funciona precisamente de esa forma: atormentando a los otros por “razones justificadas“. Es claro que se negarán tajantes (lo presencié tantas veces que casi memoricé el proceso: atacar a la ignorancia de la persona, citar autores a diestra y siniestra y, si la cosa se pone fea, apelar a que el juicio del oponente está comprometido por su clase social o hasta por su ortografía), tan claro como el hecho de que responderán con la violencia típica de algunos “intelectuales” (porque lo de hoy no son los golpes, eso es barbárico; mejor llamarle ignorante, acusarle de vendido y cualquier otro adjetivo disponible en la lista de “el pensador ilustre”). Reconozco que no todos eran así, pero así como es difícil ver el sol directamente sin quemarse los ojos, lo mismo pasaba con ellos: en grupo su luz terminaba por cegarnos a todos.

Aquello era tan claro como es para mí que ese teatro que inventaron, en el que les importaban otros, no es era más que eso: una puesta en escena, máscaras y otros artificios. Para que, de algún modo, su historia no fuera la de quienes abusaban sino la de aquellos que a los oprimidos defendían.

Porque sin importar cuán subversivos decían ser, me daba la impresión de que ansiaban ser los buenos. “Invertir los valores”, de tal forma que lo suyo fuese admirable y no lo opuesto. Y es ahí donde yo les di siempre la razón, para su sorpresa y su gusto: pero es que, ¿cómo negar que casi siempre son los que se dicen buenos los peores de entre todos?

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Todo estará bien

Cuento publicado en Revista Contrasentido (Septiembre, 2016).
 

Fui yo quien puso los restos de su vida en un montón de cajas. Cafés, ásperas, llenas de polvo y de él, de mi amigo que había muerto. Cajas con su nombre. Él se lo puso a todas cuando se mudó la última vez. Yo lo conocí antes, cuando la distancia eran quince calles y no diez horas en autobús.

     Hacía ya mucho de mi última visita. Me costaba notar cierto nivel de detalle, pero la habitación no era tan distinta a la que tuvo antes. Como si en lugar de llevarse sus cosas hubiese escondido el cuarto de su infancia en una caja, porque el cuarto era justo eso, una caja enorme.

Aquella no había sido su habitación toda la vida, sin embargo podían verse juguetes y un oso de peluche dentro del ropero. Tenía la puerta entreabierta. Los ojos del oso se asomaban, mirando en dirección hacia el colchón. Lo vi al sentarme y no pude sino pensar que cada noche Joel dormía observando los ojos de ese oso. ¿Cómo se habría sentido? ¿Qué veía en esos ojos negrísimos?

     Luego de su muerte, no sé muy bien ya cuán después, fue su tía la que me pidió que les ayudara. Ellos, su tía y sus padres, me conocían porque Joel me llevó tantas veces como su invitado estrella. Incluso si no somos los mejores amigos, decía él, y luego añadía cualquier otra oración. Incluso si no somos los mejores amigos, te digo que hueles mal. Te digo que te falta una novia. Consíguete a alguien. ¿Te ayudo? ¿No sabes ligar? ¿Sabes masturbarte o también para eso me necesitas?  No tienes mucha competencia, decía. Yo jamás imaginé que ser amigo de Joel fuese una competencia, pero no importó nunca. Yo iba de todos modos aunque no ganara nada salvo verlo  despidiéndose desde el auto elevando su mano dificultad, cada vez mayor. Parecía sostener la una con la otra.  Decía cosas como “debo ir al hospital, nos vemos luego”.

    Él nunca me invitó a acompañarlo. Le decía adiós y me quedaba de pie, pensando en dónde pasaría la noche. Luego de un par de ocasiones, le dije a Joel que me dijera de algún hostal o donde pudiera quedarme a dormir. Le dije que el viaje era largo y no me apetecía volver de noche, aunque a veces lo hacía. Me mencionó a su tía y se disculpó por no recibirme.

     Así que fue ella quien, con calma, me pidió que recogiera las cosas. Me dijo que sus padres, sobre todo su papá, temían llorar al recoger los juguetes. Era un niño, dijo su tía, eso dice su padre. Su niño. Él no quiere llorar, ay estos hombres. Se hace el fuerte. Se le murió el hijo y está haciéndose el firme. No tiene caso, insistió, ¿tú qué dices? Tú, que eres hombre, me dijo. ¿Piensas que debería quedarse inmutable?

     Asumí que era un rasgo de familia. Joel, después de todo, nunca me dejó acompañarlo al hospital. Jamás le supe a él ni a su padre un solo dolor. Ni siquiera sabía que estaba enfermo. Jamás me habló de la enfermedad, tampoco. A veces nos veíamos con tal intensidad que queríamos simplemente estar juntos en silencio.

     Una vez mi madre me preguntó, también hace ya mucho, que a qué iba hasta la casa de Joel. Me dijo, ¿y tu amigo, quién es? ¿Por qué vas hasta allá? ¿No está muy lejos? Contesté como pude, cada vez, con la verdad. No sé, mamá. La verdad es que no sé.

     Pensaba en eso cuando llegué a la casa de Joel. Me abrió su tía. Lo primero que noté al entrar en su habitación fue su infancia regada en los estantes. Igual que el polvo. Su inocencia yacía ahí donde mirara como un árbol vuelto cenizas por el sol que dio paso al crepúsculo. Había en uno de los estantes un guerrero de pies y visor plata, con el resto en color púrpura. Tenía un águila impresa en el pecho. Estaba desgastada su cabeza, y los tornillos de los pies parecían mal puestos. Sus movimientos eran torpes, según recordé, y no importaba la fuerza que uno imprimiera en ellos. Era como si apenas pudiese moverse. Era un juguete desecho.

     Había algo más sobre los estantes. Una caja con un signo de interrogación. Nada en ella que yo pudiera escuchar al sujetarla, pero no podía ser algo serio. Una caja con un signo que la cubre, rodeada de cinta y hojas de colores, ¿qué más podía ser, sino un juego?

     La tía, desde la sala, me seguía hablando de su sobrino. Que si yo sabía que él era terminal, y yo le dije que no, que no sabía eso ni qué cosa era ser terminal. Ella se sorprendió, pero siguió hablando como si no me hubiese oído. Era terminal, repitió. Ay, sus padres. Están tan destrozados. Qué bueno que estás tú para ayudarlos. Ellos no querían mover nada, me dijo, pero ya pasó tiempo y debe mover lo que ha quedado.

     Ella tenía razón. Había pasado tanto tiempo que de Joel ya nada recordaba, salvo su silencio. A ratos también venía a mi mente su mano a la distancia, con el cuerpo oculto entre el metal. Pero lo cierto es que sólo su silencio permanecía vivo.

     Aun así, incluso sin poder recordar nada más, acudí tan pronto me llamó su tía. Me dijo que no sabía a quién más decirle. No se llevaba bien con otros parientes, y lo cierto es que nadie lo conocía mejor que yo. Sus padres opinan igual, dijo, tú eras su mejor amigo.

     Joel se habría molestado con eso. Yo no era su mejor amigo. Ni él el mío. Ciertamente jamás me dio un consejo, salvo que mezclar pólvora, aceite y estopa no era recomendable si no quería destrozos. O que no metiera salchichas al microondas.

Llené las cajas con sus notas de la escuela, sus juguetes, las fotografías en su pared (fotografías de gente que él no conocía, retratos callejeros, ojos que me miraban a lo largo y ancho de la habitación como si ellos estuviesen afuera, en otro lado, al otro lado del muro juzgando con severidad cada cosa que yo hacía con lo que dejó regado. Pero esos ojos no me miraban en lo absoluto, y de hacerlo no les habría importado lo que ahí ocurría. No había nada más allá. Ni detrás del muro, ni en ningún otro lugar).

     Dejé las cajas junto al sillón de tres cojines, en la sala. La tía me pidió que las llevara al fondo de la casa, al otro extremo. Allá es donde deben ir, vamos, yo te abro. Luego comenzó a hablar de la casa, de lo pequeña que siempre le pareció antes y de lo enorme que estaba en contraste. Mira, su cuarto ha quedado vacío, me dijo cuando pasamos junto a la habitación de Joel. Se quedó junto a la puerta y le dedicó apenas un segundo, como si eso (¿había sido un segundo?) le hubiese bastado para acostumbrarse a la ausencia de su sobrino.

      La seguí hasta el fondo de la casa. Estaba oscuro. ¿Tú sabes dónde está la luz?, me preguntó. Parecía desorientada. Caminé unos pasos como por instinto. No recordaba haber estado ahí.

     Palpé con mi mano el interruptor. Lo apreté con suavidad y de pronto la habitación se descubrió ante nosotros. Era un cuarto lleno de cajas. Cajas por todos lados. Cajas de toda clase,  llenas de vestigios de vidas pasadas.

     Mira esto, me dijo la tía de Joel. Apuntó con sus manos una fotografía sobre una pila de libros que estaba a la vista. Era un rostro observando como lo hacían los otros en el muro de fotografías. Yo seguía atareado, así que sólo asentí y comencé a buscar en dónde podía dejarlo, el peso, lo que cargaba. Fue difícil. El cuarto entero parecía haberse ocupado, salvo el espacio que ocupábamos con nuestra presencia. Déjala donde sea, me dijo secándose la piel bajo sus ojos y haciendo lo mismo con sus manos, en la parte trasera del pantalón. Luego cruzó sus brazos, salió del cuarto y repitió: Déjala donde sea. No importa.

      Eso era todo.

      Si la ponía sobre las cosas de sus padres, o sus abuelos… no importaba. Joel, como todos los que lo precedieron, terminaría como un montón de cosas olvidadas dentro de una habitación llena de cajas. Un cuarto sin espacio para nada más, salvo para lo que ya no tiene cabida en ningún lugar.

      De pronto ya no supe dónde dejar sus cosas. Sentí que era un asunto importantísimo, que merecía reflexionarlo con calma. Pero no tenía idea de qué hacer. Sujeté la caja, no sé por cuánto, hasta que comencé a pensar. Pensé en su mano derecha, alzada con ayuda de la otra, manteniéndola firme. En su expresión de complicidad y el secretismo con el que me decía que nos veríamos luego. Fui entonces hasta el fondo de la habitación, en donde estaba un montón altísimo que sobresalía del resto. Estiré mi cuerpo cuanto pude sobre las cajas y con la punta de los dedos empuje la suya, justo hacia el centro. Entonces me aparté despacio.

      Por un momento me pareció que aquel montón era un mausoleo.

      Al apagar la luz ya no pude ver ninguna caja. Me sentí absorbido por la nueva oscuridad de la habitación. No supe, en el fondo, si haber hecho lo que hice supuso alguna diferencia. Pero lo hice de todos modos. Por él. Por mí. Porque mis cosas también acabarán en una caja, pensé. Yo acabaría en una.

      Salí y cerré la puerta del cuarto. Volví hasta su habitación. Me senté en la cama. Su cama. El colchón estaba ya sin fundas, ni almohada ni sábanas. Estiré mis pies hasta recostarme completamente. Lo dejé caído, todo mi cuerpo, y con la mirada le eché a todo un último vistazo. No se me había ocurrido, no sino hasta entonces, que ya no volvería luego de eso.

     Incliné la cabeza para ver el ropero y el oso aún me observaba. Fue lo único que no metí dentro de las cajas. En sus ojos no había severidad sino contemplación, un brillo infantil que sólo tienen los peluches, y que también tenía Joel ciertos días.

     Recordé entonces que no supe qué decirle cuando me confesó haber pensado en el suicidio. No como algo que le causara curiosidad sino como un deseo. Suicidarse, eso quería.

      – ¿Tiene sentido esta vida? – me preguntó aquella vez. Estaba recargado en ese mismo ropero, desde donde el oso me vio tiempo después, cuando Joel ya no estaba.

     Pero entonces, cuando aún vivía, observó algo al mirarme. Tenía los ojos fijos en algún punto de mi interior, una parte inaccesible para mí.

     No supe qué decirle, en verdad. ¿Qué podía hacer? ¿Mentir? ¿Haber dicho algo como “Sí, amigo, la vida tiene sentido”? Quizá, pero yo no lo creía. Me puso en una situación difícil, porque yo vivía sin creer algo como eso. ¿A quién se le había ocurrido engañarnos para que no nos diéramos un tiro desde que terminó nuestra inocencia?

     No creía que tuviese caso decirle que no desechara todo cuanto tenía, tampoco.

     – Tuve una epifanía –me dijo. Se sobaba las muñecas y tenía los hombros muy tensos. Los subía y los bajaba, y su pecho me dio la impresión de ser una caja también -. Mañana no estaré vivo, Robert. Mañana a esta misma hora estaré en otro lugar. Un lugar sin fronteras. ¿Lo imaginas? La ausencia de límites; no más aristas, rigidez o fronteras. No será un lugar como éste. Claro que no como éste.

     Lo cierto es en que el fondo yo estaba convencido de que todas las cajas eran iguales. Todo el mundo debería haberlo notado entonces, y mucho tiempo atrás. No sólo me lo parecía. Así era. El pecho de cada persona, de todas las que han vivido, siempre será una caja, una caja como cualquiera, y algunos olvidaron ahí su corazón.

       – Será como ningún lugar que hayamos visto – me sonrió.

    Nada cambiaría, en realidad. Ese pensamiento cruzó mi mente. Tenía sentido. Tan sólo se iría, luego de esa tarde, como lo había hecho tantas otras veces. Tan sólo se irá más lejos. Luego un arrebato se apoderó de mí, como el que sentiría después al subir su caja hasta la cima. Pensé, ¿y si le digo que quisiera acompañarlo?, ¿y si le digo que estaré a su lado ahí donde ya no había fin? Pensé en esas cosas como si tuviera la certeza de que todo sería mejor si lo acompañaba hasta ese lugar, en silencio. Pero luego dijo:

       – Iré allá. Solo.

     Como antes, asentí. Asentí aunque quizá el no pudo verlo porque mi rostro apuntaba a su techo. Me causó admiración cómo el cemento, los ladrillos, la pintura, la bombilla que permanecía siempre quieta, el techo en sí, estaba suspendido en el aire justo donde había estado unido a las otras paredes de la casa. Sin el menor atisbo de pesadez, noté que el techo flotaba sobre nosotros, separándonos del cielo.

     Luego dijo algo más. No lo vi mirarme, pero sé que lo hizo.

     – Estará bien. Te lo juro. Todo estará bien.

     Y así sería, después. Todo estaría bien.

 

 

¿Ves lo mismo que yo?

Cuento publicado en Revista  Contrasentido (Septiembre, 2016). 

Estábamos frente a un árbol cuando me dijo:

— ¿Ves lo mismo que yo?

Sus ojos estaban puestos en mí de tal forma y con tal intensidad que me sentí estremecida.

Horas atrás me había llamado.

Dijo:

— Necesito decirte algo.

Yo le pregunté qué cosa, le pedí que hablara, pero entonces añadió:

— No. No así. Necesito verte.

Le pregunté si todo estaba bien. Él, con la misma voz de siempre, sólo más baja y más insegura que antes, me contestó:

— Todo estará bien.

Sentí que eso no era cierto, que no todo estaría bien.

Acordamos vernos en un camino en la periferia de la ciudad. No supe, entonces, si lo había elegido por morbo o vaya cualquiera a saber por qué. Él sabía lo mucho que detestaba ese camino. Lo poco que el tiempo había aminorado la tristeza. Era un callejón alargado y pedregal que no iba a ningún lado. Pasando los muros residenciales, cada uno a un costado del camino, no había nada. No hablo de metáforas. Era un páramo enorme de tierra árida y matas de hierba regadas en el suelo en la mitad de ningún lugar, y allá lejos, muy lejos, se divisaba cómo el mundo se derretía bajo el cobijo de un sol despiadado.

Así lo recordaba aquel camino, como mi infierno. La última vez que estuve ahí había caído de rodillas al suelo y me había llenado de tierra los pantalones. Lloraba inconsolable, sola, sin poder asirme a nada porque no había ahí ni siquiera una piedra grande de la cual sostenerme. Por eso me sorprendió que él eligiera aquél camino. No quise preguntarle por qué decidió que fuera ahí donde quería hablar conmigo.

Cuando llegué al encuentro, me miró apenado. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su suéter y sonreía como un estúpido nervioso. Su cuerpo, tenso como si sólo lo formara hueso y nada más, tenía un pie apuntando al camino. Ahí, justamente de pie, lo vi y comencé a pensar que hacía mucho tiempo no lo notaba tan nervioso.

La última vez fue luego de nuestro primer lustro juntos. Él se sentó junto a mí en el sillón, como tantas otras veces. Veíamos algo en la tele, una tontería que ya no puedo recordar. Lo he olvidado, pero sé que era tonto porque yo me sentí estúpida dejando que él se reclinara en el sillón como queriendo hundirse, dejando que permaneciera en un silencio pesaroso por casi una hora.

Cuando al fin reaccioné, y aún me culpo por haber tardado tanto, acerqué mi mano hacia el control de la tele, pero él lo tomó y lo apartó de mí. Luego me miró. Le temblaban los ojos y los labios lucían como hechos de cemento.

Me dejé caer sobre él, con mi pecho pegado al suyo y mis rodillas entre sus piernas.

Él no cedía.

— Dame el control — le pedí.

En vez de hacer eso, lo apretó con fuerza.

— Que me lo des — repetí.

Los canales sucedieron uno tras otro en la tele. Él había puesto su dedo, o mejor sería decir lo enterró, en el botón de los canales.

Puse mis manos sobre su pecho, por encima de su camisa.

— Sólo lo diré una vez más.

Metí mis dedos entre los botones de su camisa, y cuando lo dejé expuesto, ordené:

— Hazme caso.

*** 

Aquella noche me dijo que no sabía a dónde iba, a dónde lo estaba llevando su camino por la vida; que todo lo que pasaba se sentía ajeno como si él no lo hubiese deseado ni lo hiciera.

— Tuve un sueño — me dijo. Sentí un leve estremecimiento cuando sus manos tomaron mi cintura, y sus vellos, los de sus brazos, se erizaron como si el viento se hubiera colado a la habitación. Pero teníamos las ventanas cerradas —. Es una bobada.

— ¿Qué bobada? Dime.

— Es absurdo, si lo piensas.

— Sorprenderme — le susurré.

— Es qué… ¿En verdad quieres saber? —. Su pregunta me ofendió, pero no se lo dije. Sólo asentí —. Soñé que mi cuerpo no era mío, que mi rostro era el de otra persona. Era éste, el que tú ves, el que que he tenido siempre. Pero no podía reconocerlo. No pude acertar a quién le pertenecía.

La tele había quedado en un programa de comedia, luego de que dejó el control a un lado. En ella, alcancé a escuchar cómo uno de los personajes le decía a otro:

— No eres tú mismo.

Ya habíamos visto ese capitulo, no sé cuántas veces. Un tipo aparecía disfrazado de payaso en la sala de su casa y les decía a los otros que nadie lo tomaba en serio. Luego se escuchaban las risas del público.

Él me tomaba con sus manos. Estaban frías.

— Sentir que ya no eras tú. Como si ya no quedara nada de ti.

— Eso. Tienes razón — me dijo, despacio —. No era yo mismo… en el sueño. Justo eso. Sentí que no era yo.

Hicimos una pausa. Sus manos se aflojaron.

— ¿Cómo terminó el sueño? — le pregunté.

— No es nada —dijo.

Me inclinó hacia él y me besó, acariciándome mientras yo permanecía helada. No quería dejar de besarlo, pero sus labios no hacían sino recordarme lo que él había dicho. Ése sueño. Su sueño. Pensé por momentos que yo tampoco lo reconocía, que ya no era capaz, ni a él ni a nosotros; que nos esperaría un futuro en el que tarde o temprano ni uno ni otro nos reconoceríamos al vernos la cara. Que ese beso, esa pasión que él me entregaba, no había sido dada en siglos, aunque recién cumpliéramos un lustro sobre las sábanas. Temblé ante el presentimiento de que su rostro, un rostro extrañado de sí, no sería capaz de reconocer ni sus lágrimas. Mucho menos las mías. Así que no lloré, y tampoco dejé de besarlo.

*** 

Tras colgar, esperé sentada en la cocina. Esperé a que pasara un rato, aunque no tenía idea de cuánto debía ser eso. Sólo quería que pasara.

Salí de la casa, caminé un par de calles y tomé el autobús. De algún modo, preví que no querría conducir de regreso, o que no podría. Es una sensación extraña, desear que otro conduzca y ser llevada sin remedio. Quería llegar a la terminal, irme cuando todos los demás se fueran, y ver partir al camión detrás de mí. La idea me pareció tranquilizadora.

Lo cierto es que, durante todo el trayecto, pensé en bajarme antes. Pensé en que caminaría hasta quedar exhausta y entonces llegaría a mi cita con él. Pero me bajé donde había planeado, donde debía, y caminé muy poco hasta que lo vi en una esquina, junto a un arbusto colgante de flores marchitas.

Él se giró despacio, luego de verme con sus manos metidas en los bolsillos, y me dio la espalda mientras se encaminaba. Lo alcancé y me puse frente a él. Se detuvo. Estaba mirándome con los mismos ojos temblorosos que aquella vez en el sillón. Y aunque creí que lo reconocía, que ya lo había visto antes, era mentira. No eran iguales. Nada en él lo era.

Avanzó cuando me hice a un lado. Me aparté para dejarlo pasar, porque nada podía decirle así, con él irreconocible. Me dijo:

— Sígueme —, y yo lo seguí.

— ¿A dónde vamos? —pregunté luego de casi dos minutos de silencio. Creí que su rostro respondería tan extraño como antes, pero no.

— Hay algo que quiero mostrarte.

Seguí avanzando, concentrándome en las piedras.

— Hoy no he podido dejar de pensar en ti, y en mí. Y quiero mostrártelo antes de que llegué la noche.

Se detuvo, me tomó por el codo y sonrió:

— Es algo que debes ver.

No le sonreí de regreso. No podía. Aquél sendero… yo sabía a donde íbamos, a esa nada inmensa. Intenté sonreír, pero fue imposible para mí.

***

Luego de que me contara su sueño, por la noche, ya en la cama, lo apreté contra mí.

— Hace un par de noches recordé aquél camino.

— ¿Donde…?

— Sí — le dije —. Hace años que no paso por ahí, pero de vez en cuando lo recuerdo, y es terrible. ¿Qué hacía ahí mi padre? ¿Por qué lo encontraron muerto entre la maleza?

Él me abrazó muy fuerte, y sentir que el aire escapaba de mí fue en cierto modo reconfortante.

— No pienses en eso. No ahora. No aquí. Estás en casa. Todo está bien.

— Sí — le dije —. Me da gusto que estemos juntos. Que estés aquí, conmigo.

Sus ojos me pasaron por encima, apenas.

— A mí también.

La voz que salió de él era grave. Sentí de repente que debía hacer más.

— ¿En qué terminó el sueño? — pregunté. Se fijó de nuevo en mí.

— Es una bobada, ya te dije. No hablemos de eso.

— El otro día — empecé a decir —, mi día se arruinó porque el auto se quedó sin gasolina y yo ni cuenta me había dado. Eso es una bobada. Que tuviera que tomar el autobús.

— ¿El camión? ¿Y por qué no revisaste antes el auto?

Él se encogió de hombros. Había dejado de abrazarme, quedando de costado. Sostuvo su cabeza con una mano y con la otra me acarició despacio.

— No lo sé. Por confiada, por ir pensando en otras cosas. Quizá el auto falló y no me avisó que hacía falta gasolina.

— Pero él siempre avisa.

— Ahora lo sé — le dije —. No me volverá a pasar.

— Eso espero. No quiero ni imaginar tu cara cuando te diste cuenta.

— Fue más o menos así — añadí, luego intenté reproducir el gesto de frustración que había sentido.

Comenzó a reírse. La cama temblaba con su risa, como meciéndose. Me dieron ganas de que siguiera riendo hasta tumbar el suelo bajo la cama. Pensar que caeríamos hasta la sala, que volveríamos a estar frente a la tele y que se encendería con nuestra caída, me hizo reír tan fuerte… como reía él. Entonces fue como si nuestras risas hicieran temblar las paredes, el suelo, hasta el aire mismo. Pero nada de eso temblaba realmente.

***

Junto a los muros residenciales había bolsas llenas de hojas, hierba y ramitas. Los jardineros salían por los portones y dejaban más y más bolsas. Lo hacían como si no se dieran cuenta, como si diera lo mismo. Tenían la mirada en otro lado, esos hombres. Parecían oír música mientras hacían lo suyo.

— ¿Qué le pasó al auto? — me preguntó —. ¿Caminaste mucho para llegar?

Las bolsas amontonadas sonaban como un murmullo, golpeadas por el aire que entraba por la boca del camino.

— Lo dejé en casa.

— Ya veo — dijo, y una de las bolsas cayó desparramando los restos que llevaba en su interior.

— ¿A qué vine realmente? — pregunté. Ambos teníamos la mirada fija en el camino, que poco a poco quedaba atrás. Nuestros pasos eran cortos y nuestro andar lento. Nos acercábamos hacia la nada. Lo sentía en el calor del aire, en la presión de los recuerdos —. Dime, ¿era necesario traerme aquí? ¿Donde le lloré a mi padre?

Sentí que habían pasado apenas unos días desde que lo perdí. El viento me golpeaba el rostro y mi cara se desdibujaba por culpa del cabello, así que me lo recogí.

— Dímelo.

El cabello de él, por otro lado, iba de arriba a bajo. Sus cortos cabellos grises bailaban como en una caricatura.

— ¿No vas a decirme?

Negó con la cabeza, nervioso y conteniendo una sonrisa.

Quería hacerle frente, pero ya no podía. Quizá fue por tanto caminar, quizá el calor, quizá la imagen de los restos de los árboles metidos en las bolsas. Simplemente no podía.

Entonces oí su voz cerca de mí. Se había acercado hasta mi oído.

— Mira. Allá.

Su mirada quedó fija en el horizonte. Sólo me vio por un momento, un segundo, pero eso bastaba. Supe que nos acercábamos al fin.

Caminé más a prisa. Quería comprender qué cosa era la sombra a la distancia. Un punto irrumpiendo en el cielo, una cosa que subía desde el suelo derretido hasta las nubes. Parecían venas. Venas que latían con un movimiento ligero, por el calor.

Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, me detuve.

— Un árbol — le dije.

Era un árbol de hojas amarillentas y flores rosadas, la mayoría en el suelo pero igualmente hermosas. Era delgado, pero firme. Un árbol que no había estado ahí antes.

— ¿Dónde estamos? — pregunté. Sentí que estaba en un lugar nuevo. No podía reconocerlo en mis recuerdos.

Él me tomó un hombro con su mano. Lo acarició tiernamente. Luego añadió:

— Es como un sueño, ¿no?

Su voz era suave y cálida.

— ¿Lo ves? Dime, ¿ves lo mismo que yo? —. Hizo una pausa y añadió —. Soñé con él, hace años. Nunca te lo dije. Aunque quizá nunca soñé con eso, sino hasta ahora. Da igual, ¿no lo crees? Luego vine hasta aquí y me aseguré de que mi sueño fuera real. Ya no recuerdo si fui yo quien lo planté o lo encontré así, justo como ahora. Sólo me recuerdo regándolo. No sé en qué momento creció. Eso tampoco lo recuerdo. Ay, las cosas que uno elige recordar.

Me apretó contra él. Era una sensación conocida, nueva también.

— Dime, ¿no crees que es muy hermosa?

Apartó su vista del árbol y me miró. No había notado cuán jóvenes lucían sus ojos, luego de tres décadas. Estiré mi brazo hasta tomar la mano que él tenía libre. La piel de ambos ya no era tan firme, pero seguía siendo cálida. La apreté fuerte, como nunca lo había hecho.

Fotografía: Orlane Paquet, Azur

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Mamá me dijo que no hablara con el león de rostro por la mitad. Tenía ojos profundos, como huequitos en la tierra. Llenos de oscuridad. El león estaba sentado detrás de nosotras. Ocupaba dos asientos. Su pelaje era negro, como sus ojos, y se extendía de la cabeza hasta los pies. Sólo el pecho lo llevaba azul. El león me miraba y yo le regresaba la mirada. Al principio incluso le sonreí, pero mamá me giró para que ya no lo viera. Sentí el resoplido del león detrás de mí. Mamá dijo “Cuídate de él”, también dijo “No lo escuches”.

Pero yo lo escuché. Cuando el autobús dio la primera vuelta luego de un largo camino en línea recta, el león me preguntó, “¿A dónde quieres ir?”. Yo no supe qué decirle. Había dejado que mamá me llevara a donde ella quería. ¿No es eso lo que se supone que yo debía querer también? El león se quedó callado, esperando a que yo respondiera. De repente me pregunté a dónde iba, y no lo supe. No saberlo me desesperó porque sentí que estaba perdida.

Cuando nos subimos al autobús, hace ya demasiado, mamá me dijo que la abuela ya no regresaría con nosotras. Que ya nunca regresaría. Pero éramos nosotras las que nos íbamos. Yo quería estar con la abuela, que me regalara los mazapanes que tanto me gustan y mamá me prohíbe. Le pregunté, ¿mamá, a dónde vamos?, y ella me miró apenas de reojo, con la pura puntita del ojo. “A casa”, dijo, pero no le creí.

El león me habló de nuevo cuando lo miré. Quería que él me respondiera. Tenía a su lado la ventana abierta, así que su melena se movió como un torbellino de pelusa, como una sábana al distenderse sobre la cama. “¿Sabes qué te hace falta?”, me preguntó, “¿Sabes cómo debes preguntárselo a tu mamá?”. Yo negué con la cabeza en silencio, para que mamá no viera. Aunque mamá pudo ver si hubiese querido. Estaba a lado de mí. Pero no quiso, no quiso como tampoco había querido decirme a dónde íbamos.

Dimos otra vuelta y mamá parecía desesperada. Miraba hacia todos lados, como intentando recordar dónde debíamos bajar, pero lo cierto es que yo sabía que nunca habíamos estado ahí. Era algo totalmente nuevo para nosotras, como el león de pecho azul y melena enorme. Me dijo el león, “Ya sabes qué quieres, ¿también sabes qué quiere tu mamá?”. Miré a mamá como miraría a un cachorrito, como mi abuela la miraba a ella, y le pregunté. Mamá, ¿qué es lo que tú quieres? Ella, que no pareció entender, me apretó en un abrazo rápido y sin mucho sentimiento. Mamá, repetí, ¿a dónde quieres ir? Yo estoy aquí, le dije, estoy contigo. No estamos perdidas. Podemos volver. Vámonos a casa.

Entonces se giró entera, con su pecho frente a mí, que estaba también de frente. Me apretó contra ella, fuertemente, y me dijo “No lo sé, amor”. Apreté su blusa mientras ella temblaba. Le dije “mamá, el León puede ayudarnos”. Mamá se asustó. Giró con lentitud y con mucho miedo hacia el león, que nos sonreía a las dos. Entonces habló. Nos dijo, “¿A dónde quieren ir? ¿Qué necesitan? ¿Qué puedo hacer por ustedes?”.

Él nunca nos dijo qué hacer. Sólo nos hizo preguntas, y mamá respondía y respondía y él seguía preguntando. Y sólo hasta que mamá comenzó a reírse con sus respuestas, el león también respondió “Bueno, ahora ya sabe en dónde debe bajarse, si lo que quiere es volver a casa. ¿Es eso lo que quiere?”. Mamá respondió “Sí, estoy segura”. Se le hinchó el pecho, como si respirara muy lento. Yo hice lo mismo, me hinché como ella y me erguí como el león. Yo también, dije. Mamá, volvamos a casa. Quiero ver a la abuela por última vez antes de que se vaya.

Bajamos del autobús y me despedí con la mano. Le dije adiós al león que nos había preguntado a las dos qué queríamos. No sabíamos cuánto nos tomaría volver, pero lo haríamos.

Los muros.

 Cuento publicado en La cigarra, n°11 (Octubre, 2015.)

Comenzó con los muros. Primero los lavó con un trapo y al ver que la suciedad no alcanzaba a quitarse del todo, decidió pintarlos. Había en ellos un tono naranja apagado. El polvo se había acumulado detrás de los cuadros que una vez colgados se olvidó de mover. Recordó cuando el color hubo de ser intenso, entrando a su casa y sintiendo un calor que le envolvía sin importar la habitación.

Pintó recién se mudó, años atrás. Llenó de periódico el suelo, le pidió una escalera a un amigo suyo y se arremangó la playera. Puso la pintura con calma, asegurándose de que cada recoveco estuviera cubierto. El sudor le escurría y su propio olor lo desconcertaba por su fuerza, así que fue a bañarse en varias ocasiones hasta que terminó pintando su cuarto, el último andando por el pasillo.

Le tomó una fotografía para recordar su nuevo hogar justo como era antes de traer los muebles y habitar ahí por completo. Lo primero que llevó fueron los dos sillones color caqui y la televisión. La colocó en el piso y se recargó en la parte baja de uno de sus sillones, y comió palomitas hasta que se hizo noche. Dejó las cajas a un lado, sin abrir, esperando decorar con calma el día siguiente. Se quedó sobre un cojín, con los pies sobre el respaldo y la mano contra el suelo.

Cuando terminó la decoración invitó a sus amigos, para que vieran dónde vivía. Apenas y cupieron, y le pareció entonces que el espacio era apenas el justo para los invitados. Uno de ellos, sin querer, manchó la pared al recargarse, y a él le dio mucha risa pensar que era como si la casa al fin se estrenase.

Pero de eso hacía años, y él sintió la imperiosa necesidad de repetir el proceso. Aquella era su casa y quería seguir andando por sus pasillos bien pintados, aunque en ocasiones le parecieran enormes. Pasaba las manos por sobre la pintura agotada y se detenía al entrar a otro cuarto: en la sala se quedaba sentado, bebiendo agua mientras recorría con los ojos las esquinas de la casa, cubiertas por pequeñas telarañas; en la cocina se recargaba en el refrigerador, sintiendo por momentos que desde ahí la casa no tenía ese aire sofocante que parecía ser el remanente del calor agonizante en las paredes.

No fue sino hasta llegar a la sala que se decidió a pintar una vez más. Se sentó en uno de los sillones, el que daba hacia la televisión, y le pareció que todos los asientos estaban un poco sumidos. El del centro, sobre todo, incomodo, mucho más hundido que el resto. Se puso en pie y empujó con el pie el sillón hasta la puerta, y pudo ver la marca que había dejado el contorno sobre el muro. Se propuso a quitar la linea negruzca, pero al pasar el trapo por encima y tallar, descubrió que la pintura perdió su brillo y palideció. Parecía una mancha traslucida en comparación al resto que también había perdido su color. Limpió cada rincón, quitando las cosas de la pared. No las envolvió en plástico ni las alejó lo suficiente, así que algunas se alcanzaron a manchar de pedazos de pintura que caían luego de que él oprimía hasta rechinar los dientes .

Al final fue hasta la tienda de pinturas y pidió un color morado intenso. Entró y dejó los baldes en el suelo de la entrada y volvió por la playera que había usado al pintar la primera vez. Ya no le quedaba igual. Él se preguntó si había encogido por tenerla guardada o si él había crecido. Se dispuso entonces a pintar subiéndose al sillón para las partes altas, salpicando por aquí y por allá.

Los asientos se llenaron con pintura, igual que algunos platos en la cocina, un par de sillas junto a la mesa en la sala y un cuadro que le habían regalado. Él se limpió la frente, llenándose a sí mismo con pintura morada y cubriendo los pedazos que se habían colado de naranja sobre su piel.

Fue hasta el baño, desnudándose mientras caminaba, y al llegar al espejo vio que una linea morada le atravesaba del mentón hasta la entrada del cabello, como si la brocha hubiese zanjado su rostro. Tomó la playera del suelo y con ella se talló la cara una y otra vez, intentando quitarse cualquier resto, luego la tiró a la basura.

A punto de meterse a la regadera se dispuso a esperar un rato, sentado, a que el calor lo abandonara. Pero este no desaparecía del todo. Le faltaba el aire, y no supo si se debía al cansancio o si la sequedad de los muros se le pegó a la piel mientras pintaba. Se bañó con agua fría. Dejó que las gotas heladas le cayeran, recorriendo su cuerpo entero, y cuando al fin sintió que se había quitado por entero la pintura, pudo salir, dejando una linea que llegaba hasta el sumidero que se la llevó con el agua.

“Patriotismo”, Yukio Mishima

“Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso”.

Día #10

Yukio Mishima, “Patriotismo” (1965).

Admito que, en el caso de Yukio, me dejé llevar por el prejuicio. Lo primero que supe de él fue que llevó a cabo el seppuku: un ritual a través del cual se clava un arma en las entrañas. Un ritual suicida que devuelve el honor a quien lo ejecuta. Es tan doloroso que requiere (la mayoría de las veces) un “ejecutor”, un ayudante que se encargue de decapitar al que ha llevado a cabo el ritual.

Así, pues, lo primero que supe de Yukio fue había llevado a cabo dicho ritual. De ello me enteré el día de ayer. El día de hoy, por otro lado, se añadió un detalle horrible: quien debía decapitarlo falló en varias ocasiones, hasta que otro completó la tarea.

Nada más leída la noticia, siento escalofríos y desesperación nada más de pensar en lo terriblemente dolorosa que fue su muerte.

Con esa sensación me acerqué a su “Patriotismo“, un cuento que increíblemente, pese a retratar un suicidio tal como el suyo, habla de amor.

El primer párrafo del cuento no da rodeos. Así concluyen sus últimas líneas:

“Tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación de ocho tatami de su residencia privada en la sexta manzana de Aoba-cho, en el distrito Yotsuya. Su esposa, Reiko, lo siguió clavándose un puñal hasta morir”.

Va, como dicen, directo al grano. La historia comienza con el recuento de hecho: una pareja (Reiko, ella, y Shinji, él) ha muerto por suicidio. La gente contempla la imagen de ellos en su ceremonia luctuosa y es entonces que la historia retrocede para contarnos cómo llegaron a la decisión del suicidio.

El inicio del cuento es violento. Y no es que el resto del cuento no lo sea. Lo desconcertante es que los contrapuestos son explorados con tal nivel de naturalidad que la muerte se antoja tan bella como a los propios personajes.

“Sus corazones estaban tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Reiko se sentía nuevamente en la noche de bodas. Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes”.

¿Por qué se suicida el hombre? Porque será obligado a matar a sus amigos, y no desea hacerlo. Sería una deshonra matarlos. Prefiere, entonces, suicidarse. La mujer decide acompañarlo voluntariamente:

“Cuando Reiko dijo: “Permíteme acompañarte”, el teniente apreció en estas palabras el fruto final de las enseñanzas impartidas a su mujer desde la noche del casamiento. La había educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos que correspondían. Era éste un halago a la confianza en sí mismo que alimentaba Shinji… No era ni tan romántico ni tan presuntuoso como para creer que esas palabras eran dichas espontáneamente, sólo por amor.”

El amor que se profesan los personajes es tal que no cuestionan: tan sólo se siguen mutuamente, se complacen. El amor y el deber se encuentran entremezclados en la historia todo el tiempo. La mujer lleva a cabo el suicidio no sólo porque ame a su esposo, sino porque está en armonía con él. Es su deber como parte de un solo ser.

“El teniente podía entonces considerar su patriotismo y las urgencias de su carne como un todo”.

Durante todo el cuento, llama la atención el nivel de detalle en, justamente, “los pequeños detalles”. Saber que morirán sirve a ambos protagonistas como una oportunidad para revalorar la vida, a su amor, lo que están a punto de perder. Aquel sentimiento es plasmado por Yukio de forma magistral:

“No pronunciaron palabra alguna, pero sus cuerpos y sus corazones se inflamaron al saber que aquel sería el último encuentro. Era como si las palabras “ÚLTIMA VEZ” hubieran sido estampadas con pinceladas invisibles sobre cada centímetro de sus cuerpos”.

Ejemplos hay de sobra, todos magistrales. En el caso de él:

“Los pasos de Reiko resonaron en la escalera. Crujían los empinados escalones de la antigua morada y estos sonidos inundaron al teniente de gratos recuerdos. En cuantas ocasiones los había escuchado desde la cama. Al reflexionar en que ya no volvería a percibirlos, se concentró en ellos tratando de que cada rincón de aquel tiempo precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas de la vieja escalera. Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior”.

En el caso de ella:

“Se dedicó, entonces, a ordenar sus pertenencias personales. Eligió su mejor conjunto de kimonos como recuerdo para sus amigas de colegio y escribió un nombre y una dirección sobre el rígido papel en el que los había doblado uno por uno.

Como su marido le recordaba constantemente que no hay que pensar en el mañana, Reiko ni siquiera había escrito un diario, y se encontraba, ahora, en la imposibilidad de releer los pasajes en los que hubiera dado testimonio de su felicidad. Sobre la radio se destacaban un perrito de porcelana, un conejo, una ardilla, un oso y un zorro. Tampoco faltaban allí un jarrón y un recipiente para el agua. Estos objetos constituían la única colección de Reiko. Sin embargo, de nada serviría regalarlos como recuerdos. Tampoco sería apropiado pedir específicamente que fueran incluidos en su ataúd. Mientras estos objetos desfilaban por su mente, Reiko tuvo la sensación de que los animalitos parecían cada vez más tristes y desamparados”.

Es precisamente ahí donde, creo, se encuentran las dos grandes virtudes que encontré en Yukio en este cuento. Más allá de su uso profético y atmosférico del lenguaje (esos animalitos “tristes” y “desamparados”).

La primera de ellas, central durante todo el cuento, es la mezcla perfecta que hace de elementos de apariencia contradictoria. Adjudico su maestría, quizá con error, a que tal perspectiva no es un desarrollo técnico sino la ejecución literaria de su propia ideología de vida: que el amor y el patriotismo (Yukio se suicidó luego de un intento fallido de golpe de estado), la vida y la muerte. Porque cada instante plasmado en el cuento, sin excepción alguna, tiene ambos componentes: un enaltecer la vida a partir de la muerte, una aceptación de la muerte como prolongación de la vida; un patriotismo amoroso y un amor patriótico (el protagonista prefiere morir, como ya dije antes, a matar a sus amigos; y antes que fallarle a su nación, prefiere suicidarse con honor. Esto último es llevado al extremo, pues no permite la ayuda de su mujer como ejecutora, pues desea que esta no sea juzgada, ya muerta, como participe de su deceso. Amor y patriotismo indisociados.)

Un ejemplo de ello se da cuando, al tener relaciones previo al suicidio, él ve en ella a la muerte.

“-Es la ultima vez que voy a verte -murmuró el teniente-. Déjame mirar… -y tomando la lámpara en su mano, dirigió un haz de luz sobre el cuerpo extendido de Reiko.

Ella había cerrado los ojos. La luz de la lámpara destacaba la majestuosidad de su carne blanca. El teniente con un dejo de egocentrismo, se alegró pensando en que jamás vería esa belleza derrumbándose frente a la muerte.

El teniente contempló sin apuro aquel inolvidable espectáculo. Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos donde se detenía su mirada. La frente alta tenía una serena frescura, los ojos cerrados se orlaban de largas pestañas bajo las cejas finamente dibujadas y el brillo de los dientes se entreveía por los labios llenos y regulares… Todo ello configuraba en la mente del teniente la visión de una máscara mortuoria verdaderamente radiante y una y otra vez apretó sus labios contra la blanca garganta donde la mano de Reiko no tardaría en descargar su certero golpe. El cuello enrojeció bajo los besos y volviendo suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos con el fluctuante movimiento de un pequeño bote. Cerrando los ojos, el mundo se convertirá, así, en una mecedora”.

O en el caso de ella:

“Un olor dulce y melancólico se desprendía de las axilas profundamente sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros. En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella dulzura”.

La segunda cualidad, tan bien llevada como la anterior, es que el lenguaje y la atmósfera responden, más que a un narrador involucrado (pues es todo lo contrario: se siente aletargada, pasmosa, como si se demorara en suceder. Como una lluvia calma), a reflejar las emociones de los personajes, emociones que ellos mismos no reconocen. Así pues, uno como lector presencia las dudas de los personajes, el dolor y la tristeza, sin que ellos acaben de advertir que no está allá afuera, sino en su interior.

“Advirtió que, pese a hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su cara. Su rostro estaba fresco y sus labios húmedos. Era imposible encontrar en ella el menor rastro de tristeza, y al observar aquella demostración de la personalidad apasionada de su mujer, el teniente pensó que había elegido la esposa que le correspondía”.

En la cita anterior, por ejemplo, pareciera que es él quien busca su propia tristeza en el rostro de su mujer. Y la mujer hace lo mismo. Ambos están constantemente mirándose, notando cada detalle, aferrándose uno al otro. Hablan de la muerte, del honor de morir juntos, de la gran felicidad, pero lo cierto es que en cada momento el cuento destila nostalgia, ese querer mantenerse firmes incluso cuando saben que será el final. Una emoción paradójica: la felicidad de morir por el motivo correcto y la tristeza no reconocida por la muerte por venir.

“El teniente contempló las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes”.

Ambos protagonistas se preparan (se rasuran, se maquillan) no para ellos, no entre sí, sino para que cuando los encuentren muertos estos se vean presentables. Serán sus rostros de difuntos:

“Sería su rostro de difunto. En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle para convertirse en el busto de un soldado muerto. A título de experimento, cerró fuertemente los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad. Ya no era una criatura viviente”.

Sin duda, las virtudes del cuento lo hacen un dolor exquisito. Un lenguaje cuidado, acompasado con la emoción de los personajes que no se dan cuenta de lo que sienten, que lo buscan en el otro (en esa mirada siempre presente), en ese otro que lo oculta precisamente para ser firme con su pareja y para no derramar el maquillaje que se ha puesto para los demás. Porque desean ser vistos con honor, incluso cuando en el fondo, muy en el fondo, no desean morir. Una realidad compleja, contradictoria y paradójica en que el amor, el amor de dos, el amor íntimo, no es sino algo pequeño, pero precioso. Es ahí donde reside una tercera e inesperada cualidad: en darle a cada cual su espacio, en prepararlos de a poco, con amor y con honor, para lo inevitable de su destino. Sólo les queda eso, y les basta de algún modo: elegir con quien morir por honor.

Al mirar el estómago firme y joven, púdicamente cubierto por un vello vigoroso, Reiko pensó que pronto iba a ser cruelmente lacerado por la espada y, reclinando la cabeza, rompió en sollozos y lo cubrió con sus besos.

Al sentir las lágrimas de su mujer, el teniente se sintió capaz de afrontar valerosamente las más crueles agonías del suicidio. […] Contemplo las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes”.

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Yukio Mishima (三島由紀夫 Mishima Yukio?), cuyo verdadero nombre era Kimitake Hiraoka (平岡公威?) (Tokio, 14 de enero de1925ibídem, 25 de noviembre de 1970), fue un novelista, ensayista y dramaturgo japonés, considerado uno de los más grandes escritores de la historia del Japón.

“La mentira no contada”, Sherwood Anderson

” La mayoría de los muchachos atraviesan épocas cuando anhelan morir gloriosamente en vez de limitarse a ser abarroteros y continuar con la monotonía de sus vidas.”.

Día #9

La mentira no contada (1919), Sherwood Anderson.

En la introducción a una compilación de sus cuentos, Ana Rosa González Matute dice al respecto del autor: “Fue maestro de autores como Ernest Hemingway, Thomas Wolfe, John Steinbeck, Erskine Caldwell, William Saroyan, Henry Miller y el ya citado Faulkner, quienes, bajo su influencia, incorporaron a su arte elementos naturalistas y experimentaron con el simbolismo.” Creo que ello constituye una carta de presentación más que suficiente.

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Los cuentos leídos para esta revisión: “El libro de lo grotesco”, “Manos” y “La mentira no contada”; los tres (disponibles aquí) son pertenecientes al libro “Winesburg Ohio”, una novela atípica por, esencialmente, estar compuesta de relatos… los relatos de los habitantes de una comunidad en donde todos, de algún modo, tienen algo de grotesco (y también de hermoso, si a esas vamos.)

El cuento que mejor ilustra el panorama general es “El libro de lo grotesco”, pues hace un retrato de los personajes porvenir en los otros cuentos. Sirva, pues, como contexto:

“En un principio, cuando el mundo era joven, existían muchos pensamientos, pero ninguno que constituyera una verdad. El hombre construía sus verdades y cada una era un compuesto de muchos pensamientos vagos. En todo el mundo había verdades y todas ellas eran hermosas.

El novelista enlistó cientos de verdades en su libro. No le hablaré de todas ellas, pero sí incluía las siguientes: la verdad de la virginidad y de la pasión, la de la riqueza y de la pobreza, la de la frugalidad y del desenfreno, la del descuido y del abandono. Eran cientos de verdades y todas hermosas.

Luego llegó la gente. Conforme cada uno aparecía se apoderaba de una verdad, y los más fuertes, de una docena. Las verdades convirtieron a la gente en grotesca. El autor tenía una teoría muy elaborada al respecto. Su idea era que en cuanto una persona se apropiaba de una de las verdades, la llamaba suya, intentaba vivir su vida regido por ella, se transformaba en grotesco y esta verdad se convertía en falsedad”.

(El libro de lo grotesco)

Sin embargo, el que enaltece con mayor virtud las cualidades de Sherwood, al menos de los tres cuentos leídos, es “La mentira no contada”.

Una de las características que llaman la atención del cuento es el retrato detallado que hace de los personajes que intervienen en la narración de un modo u otro. Es decir, para contar la vida de un personaje debe, primero, hablar de los que lo rodean. Para ello, el autor se detiene en tres personajes. El primero de ellos es un hombre que, escapando de la comunidad con ayuda de una carroza y sus caballos, muere golpeado por un tren. A su muerte, siguió que el resto, en silencio, admiraran lo que había hecho, incluso si lo reprobaban en público y afirmaban que seguramente se había ido al infierno. ¿El motivo de la admiración? El épigrafe de esta entrada es la respuesta: el deseo de morir por encima de vivir una vida rutinaria, una vida no deseada. Esto es algo que también aparece en “El libro de lo grotesco”

Se le había metido la idea de que un día moriría inesperadamente y cada vez que se acostaba pensaba en ello. No se alarmaba. De hecho reaccionaba de forma muy especial e inexplicable. La posibilidad de no levantarse le infundía más vida que cualquier otro momento“.

(El libro de lo grotesco)

La historia es, para quien esto escribe, atípica desde su estructura. La descripción de los personajes crea no sólo una atmósfera, sino la sensación de estar frente a un lugar vivo. Para hablar del protagonista, pues, nos habla de un segundo personaje: el hijo de aquél hombre que se suicidó con el tren,  a quien dedica gran parte de la narración. Luego de introducir a los dos habla de un tercero: el protagonista.

“Ésta no es la historia de Windpeter Winters ni la de su hijo Hal que trabajaba en la granja Wills con Ray Pearson, sino la de Ray. Sin embargo, será necesario hablar un poco del joven Hal para que usted pueda comprender el espíritu de este suceso”.

Por si fuera poco lo anterior, Anderson se sitúa como narrador participe, al ir y venir de la historia y al llamar la atención del lector a notar ciertas cosas.

“Se encontraba triste, distraído y la belleza del lugar lo conmovía. Si usted hubiera conocido la campiña de Winesburg en el otoño y hubiera visto cómo las colinas bajas están salpicadas de amarillos y rojos, comprendería este sentimiento”.

Lo anterior no hace sino dar la impresión de estar ante una narración oral, lo que le da un toque de “cuento local”, de que ha narrado la vida de alguien que unos y otros conocen como real. Por otro lado, introduce al lector directamente en la construcción de la historia, pues la campiña cobra vida gracias a la empatía del lector al intentar comprender el sentimiento del protagonista, más que del lugar en sí. Como si Anderson nos situara frente al personaje y nos hiciera mirar sus ojos.

Y son precisamente los ojos, la mirada, la empatía, el eje del cuento. En los tres cuentos que componen esta lectura… la empatía hacia el otro, hacia ese ser extraño que ronda frente a nosotros, es un eje medular. En “El libro de lo monstruoso” hay un ejemplo maravilloso de ello:

“Al ver cigarros regados por todos lados el carpintero empezó a fumar”.

(El libro de lo grotesco)

Luego de comenzar a fumar, como el protagonista, el carpintero pasa de estar a punto de iniciar su labor a hablar, a sincerarse, a llorar incluso.

Algo parecido ocurre también en “Manos”. El cuento narra la historia de un hombre, Wing Biddlebaum, acusado de pedofilia por la forma en que usaba sus manos para conectarse con los niños (acariciándolos, abrazándolos, alborotándoles el cabello). Es expulsado de donde vive y desde entonces esconde las manos. Se reprime todo el tiempo. Entonces se hace un amigo, George Willard, con el que pierde el miedo y comienza a mover sus manos, las saca de sus bolsillos y se siente dichoso otra vez. Hasta que un día:

“Wing Biddlebaum se inspiró plenamente. Por una vez se olvidó, de sus manos. Poco a poco se deslizaron frente a él hasta posarse en los hombros de George Willard. En su voz aparecía algo nuevo e intrépido.

—Debe procurar olvidar todo lo que ha aprendido –dijo el anciano–. Debe empezar a soñar. De hoy en adelante no prestará atención a las voces que rugen. 

Wing Biddlebaum interrumpió su discurso y miró prolongada y vehementemente a George Willard. Sus ojos brillaban. De nuevo alzó las manos para acariciar al joven y, de repente, una expresión de horror cruzó por su rostro.”

(Manos)

En el caso de “La mentira no contada”, Anderson retrata a la empatía íntima y profunda, como ya lo fuera en manos, como algo que termina por lastimar a quien la siente.

Comienza con el retrato de los inicios de la amistad entre Hal y Ray, el protagonista. Un retrato de como comenzamos a mirarnos, ya no como sujetos extraños, entes grotescos que deambulan todos idénticos.

—He metido a Nell Gunther en un lío –dijo–. Te lo digo a ti pero cállate la boca.

Ray Pearson se levantó y se le quedó mirando. Era casi unos 30 centímetros más bajo que Hal y cuando el joven se le acercó y le puso las manos en los hombros parecían un retrato. Permanecieron en el extenso terreno vacío con las hileras silenciosas de los montones de
maíz detrás de ellos y las colinas rojas y amarillas a la distancia, y de ser solamente dos trabajadores indiferentes pasaron a cobrar vida el uno para el otro. Hal lo percibió así y porque era su modo de ser se rió.

“Pasaron a cobrar vida el uno para el otro”, ¿hay mejor forma de decirlo? (aquí estoy yo, haciéndole ojitos a Sherwood).

 Hal le pide consejo. No sabe si acabar por comprometerse con su pareja o dejarla. Le dice:

—Bueno, viejo –dijo torpemente–, ven y aconséjame. He metido a Nell en un lío. Puede que tú mismo hayas pasado por lo mismo. Sé muy bien lo que según los demás es correcto hacer. Pero, ¿tú qué dices? ¿Me caso con ella y siento cabeza? ¿Dejo que me pongan las riendas y que me lleven por ahí como un caballo viejo? Tú me conoces, Ray. Nadie puede doblegarme, sólo yo puedo hacerlo. ¿Lo hago o le digo a Nell que se vaya al diablo? Anda, dime. Sea lo que sea, Ray, lo haré.

La búsqueda de respuesta, de empatía; la falta de sentido de Hal cala hondo en Ray. Al intentar comprenderlo, al permitir al otro entrar y exponerse ante él, Ray comienza a cuestionarse su propia vida. El contacto con el otro ha resultado en mirarse a sí mismo también. Comienza a cuestionar la decisión de haberse casado; no su amigo, sino él. Se sitúa en el lugar del amigo en el sentido más existencial (¿no es el existencialismo el que hablaba del temor a exponerse uno mismo a través de la mirada?).

“Ray salió de la casa, saltó la cerca y se internó en el campo. Apenas empezaba a anochecer y el paisaje era muy bello. Todas las colinas bajas estaban bañadas de color, e incluso los pequeños racimos de los arbustos en las esquinas de las cercas radiaban de belleza. Por algún motivo Ray Pearson sentía que el mundo entero cobraba vida del mismo modo que él y Hal habían revivido al estar en los maizales mirándose fijamente a los ojos”.

Siente entonces que nada vale la pena, que necesita advertirle a su amigo de lo que está por hacer: ¡no debe casarse! ¡Debe ser libre! (¡Él también debe ser libre!).

Es en ese momento cuando Anderson ejecuta con maestría el arte de su simbolismo, su naturalismo y su oralidad. La narración, de repente, se convierte en una revelación violenta, y hermosa, un grito de vida:

“La belleza de la campiña de los alrededores deWinesburg era excesiva para Ray aquel atardecer de otoño. Eso era todo. No podía soportarlo. De repente se olvidó por completo de que era un tranquilo y viejo peón. Aventó el abrigo roto y atravesó corriendo los campos,  lanzando gritos de protesta en contra de su vida, de toda la vida y de sus horrores.

—No le prometí nada –gritó a los espacios vacíos que se abrían ante él–. No le prometí nada a mi Minnie y Hal tampoco le prometió nada a Nell. Sé que no lo hizo. Se fue al bosque con él porque así lo quiso. Ambos desearon lo mismo. ¿Por qué debo pagar? ¿Por qué Hal debe pagar? ¿Por qué cualquiera tiene que pagar? No quiero que Hal se vuelva viejo y se arruine. Se lo diré. No permitiré que continúe. Lo alcanzaré antes de que llegue al pueblo y se lo diré”.

La revelación empática es a la vez simbólica y existencial: él busca liberarse al tiempo que busca liberar a su amigo. Se va liberando en el otro y gracias al otro, incluso cuando es él quien ha corrido y no su amigo, cuando es él quien ahora pretende salvarlo.

El final es congruente no sólo con el cuento sino con los otros cuentos: se cierne sobre ellos la oscuridad. Los cuentos de Anderson están llenos de matices, parecieran anticlimaticos (un parón emocional semejante al que siento en muchos de los cuentos de Carver); están llenos de detalle, involucran a los personajes en todas las aristas posibles de ese medio siempre fantástico pero creíble que es su realidad como ficción. Sobre todos los personajes: lo grotesco. Su luz, su revelación, sus ganas de vivir terminan siendo eclipsadas por los seres que les rodean. Como si la propia silueta, antes luminosa y contrastante con la oscuridad del fondo, terminara por confundirse y fundirse en la noche de todos.

Al respecto recuerdo, sobre todo, cierta cita de una novela existencialista: “El túnel”, de Sabato.

“A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren, y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. ¿Sería eso, verdaderamente? ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?”

Es como si los personajes grotescos de Anderson se negaran a desvanecerse. De un modo, lo hacen, pero antes de extinguirse, antes de desaparecer entre sombras, brillan, todos ellos lo hacen.

***

Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 13 de septiembre de 1876Colón (Panamá), 8 de marzo de 1941), escritorestadounidense, maestro de la técnica del relato corto, y uno de los primeros en abordar los problemas generados por la industrialización.

“La culpa es de los Tlaxcaltecas”, Elena Garro

“Me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco”.

Día #8

La culpa es de los Tlaxcaltecas (1963), Elena Garro.

Los últimos días han estado plagados de pequeñas catarsis, violentas todas, todas ellas liberadoras. Ha sido tan así que no puedo pensar en otra cosa.

Para mi suerte, o quizá mi desgracia, el día de hoy me he topado con dos cuentos que hablan directa o indirectamente de “La malinche”, un personaje de la historia mexicana que se caracteriza, en resumen y para no entrar en detalle, por dos cosas: la traición que lleva a cabo y la incomprensión que sufre. Cuál vino primero es en absoluto irrelevante.

Uno de ellos es precisamente del que va esta entrada: La culpa es de los tlaxcaltecas, de Elena Garro. En él, la protagonista se ve inmersa en las consecuencias de su traición. En la traición en sí y su lucha por sobrevivir. Ésta escapa una y otra vez a un pasado lejano y atemporal, ¿mental, acaso?, como si alguien la invocara para tenerla a su lado. Es una doble traición: al presente y al pasado.

Lo maravilloso en Garro, a consideración de quien esto escribe, está vertido sobre todo en:

  1. El lenguaje
  2. El manejo del tiempo y del narrador.
  3. Los personajes y los diálogos.

(Sí: todo es maravilloso en éste cuento de Garro, ¿qué puedo decirles?). En primer lugar el lenguaje, puesto que a éste le subvienen el ritmo, la atmósfera y las metáforas poderosísimas que emplea sin tocarse un pelo.

Por citar un ejemplo de muchos:

– Yo soy como ellos; traidora … – dijo Laura con melancolía. 

La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.

– ¿Y tú Nachita, eres traidora?

La miró con esperanzas. Si Nachita compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entediera esa noche“.

¿Y si en lugar de mirar esperanzada a Nachita la mirara suplicante? Garro no sólo mantiene la traición sobre la mesa todo el tiempo (en apenas 4 líneas, es mencionada 3 veces), sino que la complejiza al hacer que a tal traición sobrevenga la “melancolía” y la “esperanza”. Ambas eluden al presente. La traición, pues, no tiene solución cabida en el presente. La maestría está en expresarlo sin haberlo dicho textualmente. No hay solución, uno comprende, excepto una: “Si compartía su calidad traidora, la entendería“. Ello, al igual que dotar a la traición con la imposibilidad de resolución presente, ancla a la protagonista a otro no sólo en el hecho de traicionar sino en su redención. El problema inicia y termina en los otros. ¿Qué es lo más terrible? ¿Qué es lo que la devasta? El personaje inicia no con la afirmación de su propia “calidad”, sino la de todos. Los otros. Siempre los otros: “Yo soy como ellos”. ¿Qué hay de terrible en traicionar, si todos lo hacen? La doble traición justifica su dolor: no puede decirse que encuentre la paz en alguno de los lados de la balanza, no hay catarsis en la traición cuando se traiciona ambos momentos. Al respecto, Garro escribe:

“-Estás desteñida, parece una mano de ellos – me dijo.

-Hace tiempo que ya no me pega el sol.

Bajó los ojos y me dejó caer la mano. Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno sólo”.

Se ha “desteñido”, piensa el otro: es decir, ha perdido algo de ella, de lo que la hacía ella. Pero ella siempre ha sido así, ella es así.  ¿Son los otros los que imponen la prisión de lo que ella debe ser? ¿Es traición no cumplir?

Ella piensa que él sabe muy bien que era capaz de traicionarlo; y en ese gesto, en ése saber, comprende que el amor y el tiempo (su anhelo por el pasado y el futuro, por la eternidad de aquello que no es presente) son uno. Su esperanza y su nostalgia se funden en un otro lejano, inalcanzable. Siendo comprendida, espera, siendo aceptada en su cualidad de traidora, la protagonista, Laura, encontrará la redención. Porque él la ama a pesar de su traición, sí, porque “su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo“. Ello le ofrece consuelo a Laura: el recuerdo.

Porque, ¿él existe ahora, ese hombre en ningún tiempo? Una referencia más al pasado (un pasado que, además, se antoja imaginario.)

Y es precisamente ahí donde está la que considero su segunda gran virtud: el tiempo y la voz narrativa cambiante. Un ir y venir que se desdibuja todo el tiempo. De una línea a la próxima, la protagonista pasa del dialogo a la narración, para luego dejarle una vez más la voz a ese narrador siempre mutable. La protagonista se roba el tiempo narrativo cuando describe lo que ha ocurrido en ese pasado que, como parte de la historia, le roba al presente su tiempo (ella se va por horas al pasado y, al volver, descubre que de hecho pasaron semanas). ¿Alguien dijo nostalgia? ¿Vivir en el pasado, incluso si éste es inexistente?

Ese ir y venir hace plausible el viaje temporal de la protagonista sin que ello resulte en lo absoluto inverosímil (¿ha perdido la cabeza? ¿ha viajado en el tiempo, en realidad? Poco importa. Ninguna de las dos acaba por reconfortarla). Está, por el contrario, al servicio de la narración no como el acto de irrumpir la realidad sino de darle sentido: la protagonista, que ansia perpetuamente un tiempo que no está en ningún lugar, que está en el pasado y en el futuro, no se mantiene en un sólo tiempo. Fondo y forma perfectamente en comunión.

Del tercer punto, los protagonistas y los diálogos, quisiera mencionar sólo un ejemplo presente en la segunda página del cuento (el otro ejemplo ya está como epígrafe a esta publicación), ya que ilustra, además, todos los elementos señalados con anterioridad:

“Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé a la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como esta”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?”

La atmósfera, el tema, la historia en sí, la narración: todo confluye en aquél tiempo que se cierra sobre ella, pasado y presente rodeándola. Esa lucha entre lo que otros han dicho de ella, la carga histórica y su propio devenir. Lo que ella es, por encima del tiempo. Es a la vez, la historia que se repite, la redención que no llega sino con los otros, esos otros que ella espera la entiendan al haber repetido lo mismo (actores que no llegan nunca: la redención no aparece sino como añoranza.)

No puedo sino pensar que este cuento parece escrito para el momento en que lo he leído. Porque, por momentos, yo comprendo a Laura, a esa malinche simbólica. La comprendo y quisiera abrazarla.

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Elena Garro (11 de diciembre de 1916122 de agosto de 1998) fue una escritora, poeta, periodista y dramaturga mexicana.

“Felicidad” y “La señorita Brill”, Katherine Mansfield

“¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?”.

Día #7

Felicidad y La señorita Brill de Katherine Mansfield.

De entrada he de decir que los dos cuentos me han parecido prodigiosos, complementando con su lectura la comprensión que tuve de cada uno por separado. Hasta ahora había decidido hablar de un sólo texto y mencionar, por añadidura, aquellos que habían servido para contextualizar mi apreciación de una obra particular.

Pero es que, tras leer La señorita Brill y Felicidad (en ese orden lo he hecho), no puedo sino pensar que, en cierto modo, son facetas in disociables. Ello me ha pasado muy pocas veces. Puntualmente recuerdo sólo una, con los cuentos “¿Dónde está todo el mundo?” e “Intimidad” de Raymond Carver, donde en un momento de sinceridad, las mujeres de ambos cuentos le dicen al protagonista lo que sintieron por él:

“Cuando estaba embarazada de Mike me llevabas al cuarto de baño porque no podía ni levantarme de la cama de lo preñada que estaba. Me llevabas tú. Nadie volverá a hacer eso nunca, nadie podrá amarme de esa forma, tanto. Teníamos eso, pasara lo que pasara. Nos amábamos el uno al otro como nadie podrá amarnos ni volverá a amarnos nunca”.

“¿Dónde está todo el mundo?”

“Te quise tanto. Te quise con locura. Sí, así te quise. Más que a nada en el mundo. ¿Te das cuenta? Es para morirse de risa. ¿Te imaginas? Estábamos tan íntimamente unidos en aquella época que apenas puedo creerlo. Creo que eso es precisamente lo que más extraño se me hace ahora. El recuerdo de haber tenido tal intimidad con alguien. Una intimidad tan grande que me dan ganas de vomitar. No me cabe en la cabeza una intimidad así con otra persona. Nunca he vuelto a tenerla”.

“Intimidad”

Ambas mujeres hablan del gran afecto que sentían, ese amor que no han tenido ni tendrán por nadie más. La primera, con cierta nostalgia,  como una sonrisa calma y resignada; la segunda, como algo violento, como una queja, como algo que dan ganas de vomitar (nunca mejor dicho.) Así como ambos cuentos, en el caso de Carver, se complementan entre sí en su visión del amor, así lo hacen “Felicidad” y “La señorita Brill” (no mostrando sus opuestos, sino sus facetas).

El concepto de la embriaguez, de la emoción que explota, se encuentra tanto en el lenguaje como en la forma de emplearlo. Sirva de ejemplo la cita al inicio de este texto, así como la siguiente:

“El fuego del salón convertido en ascuas brillaba como un ojo intenso y vacilante hecho un nido de pequeños Fénix” (Felicidad)

En la forma, Katherine recurre constante a las exclamaciones y a una narración ansiosa, reiterando las palabras, encadenando las distintas partes de una oración como si estas se descubrieran, como una revelación, mientras las dice:

Pero ahora lo deseaba, ¡ardientemente, ardientemente! Esta sola palabra la sentía de una forma dolorosa en su cuerpo abrasado. ¿Era esto lo que aquella sensación de felicidad significaba? Pero, ¡entonces, entonces!…“. (Felicidad)

Ello le confiere un tono jubiloso a ambos cuentos. A la vez que tal júbilo se demuestra en la embriaguez, un llenarse del mundo, no caber en sí mismo. Ello refiere tanto a la realidad (la realidad posible, la que debería ocurrir como única consecuencia natural a esa felicidad creciente), como a la propia (el cuerpo, el espíritu.)

En el caso de “Felicidad”, la protagonista se obliga a no expresar del todo su felicidad, porque, dice, sería juzgada como una loca.

Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?” (Felicidad)

En el ejemplo anterior, cuestionar la normalidad la lleva a preguntarse por sí misma, a qué tanto puede o no mostrar su felicidad.

En “La señorita Brill”, el cuestionamiento de la realidad por la dicha se da a un nivel incluso más allá: en su normalidad, en su función social y hasta en el mecanismo mismo de leer la realidad.

¡Oh, qué fascinante era aquello! ¡Cómo le divertía sentarse allí! ¡Le agradaba tanto contemplarlo todo! Era como si estuviese en el teatro. Igualito que en el teatro. ¿Quién habría adivinado que el cielo del fondo no estaba pintado? Pero hasta que un perrito de color castaño pasó con un trotecillo solemne y luego se alejó lentamente, como un perro «teatral», como un perro amaestrado para el teatro, la señorita Brill no terminó de descubrir con exactitud qué era lo que hacía que todo fuese tan excitante. Todos se hallaban sobre un escenario. No era simplemente el público, la gente que miraba; no, también estaban actuando. Incluso ella tenía un papel, por eso acudía todos los domingos. No le cabía la menor duda de que si hubiese faltado algún día alguien habría advertido su ausencia; después de todo ella también era parte de aquella representación.” (La señorita Brill)

En ambos cuentos resalta, pues, que la dicha es una embriaguez que no atona sino que constituye en sí un acto revolucionario. Ser dichoso en un mundo donde no se permite serlo, donde se acusa de loco a quien siente tanta felicidad, a quien asume y reconstruye dichoso su papel en la sociedad y lo explota hasta regocijarse. En el caso de ambos cuentos, son mujeres quienes llevan a cabo tal acto revolucionario.

El otro punto en común en ambos cuentos es justamente la noción de los otros como predecibles, como actores que funcionan precisamente con los códigos que se les han establecido. O que ellos mismos han establecido. Una normalidad social y hasta íntima.

Véase, por ejemplo, estos dos casos.

Otros preferían sentarse en los bancos y en las sillas pintadas de verde, pero estos eran casi siempre los mismos un domingo tras otro y -tal como la señorita Brill había advertido a menudo- casi todos ellos tenían algún detalle curioso y divertido“. (La señorita Brill)

El segundo:

“Berta no pudo contener una sonrisa. Sabía que a Harry le gustaba hacer las cosas a gran velocidad, aunque al fin y al cabo, ¿qué importaban cinco minutos más o menos? Pero él se convencía a sí mismo de que eran importantísimos y además luego tenía el puntillo de entrar en el salón muy lento y sosegado. […] Su marido entró en el salón exactamente como ella se había figurado.” (Felicidad)

La diferencia del protagonista y de los otros personajes estriba principalmente, pues, en que presenciamos de primera mano como la primera es consciente de su actuar y lo modula, cambia o dirige hacia un fin. Incluso si el fin es el mismo que los demás, la consciencia de su realización, de su transgresión o uso a voluntad de los códigos, se antoja lleno de una viveza que atinadamente Katherine refleja a partir de metáforas. Tan sólo en en el cuento “La señorita Brill”, se pueden evidenciar algunas que van de lo notable a la belleza.

  • El azul del firmamento estaba salpicado de oro y grandes focos de luz como uvas blancas bañaban losJardins Publiques. 

  • El aire permanecía inmóvil, pero cuando una abría la boca se notaba una ligera brisa helada, como el frío que nos llega de un vaso de agua helada antes de sorber.

  • Y aunque la banda tocaba absolutamente todos los domingos, fuera de temporada nunca era lo mismo. Era como si tocasen sólo para un auditorio familiar; cuando no había extraños no les importaba mucho cómo tocaban.

  • Frotó los pies y levantó ambos brazos como un gallo a punto de cantar.

  • Ahora hubo un fragmento de flauta -¡hermosísimo!-, como una cadenita de refulgentes notas.

  • Los ancianos continuaban sentados en el banco, quietos como estatuas.

  • A veces algún pequeño que apenas caminaba aparecía tambaleándose entre los árboles, se detenía, miraba, y de pronto se dejaba caer sentado, ¡flop!, hasta que su mamaíta, calzada con altos tacones, corría a socorrerlo, como una clueca joven, regañándolo.

  • Una hermosísima mujer perdió su ramillete de violetas mientras se acercaba paseando, y un niñito corrió a devolvérselas, pero ella las tomó y las arrojó lejos, como si estuviesen envenenadas.

  • la toca de armiño se giró, levantó una mano, como si hubiese visto a algún conocido, a alguien mucho más agradable, por aquel lado, y se dirigió hacia allí.

  • ¡Oh, qué fascinante era aquello! ¡Cómo le divertía sentarse allí! ¡Le agradaba tanto contemplarlo todo! Era como si estuviese en el teatro.

  • Pero hasta que un perrito de color castaño pasó con un trotecillo solemne y luego se alejó lentamente, como un perro «teatral», como un perro amaestrado para el teatro, la señorita Brill no terminó de descubrir con exactitud qué era lo que hacía que todo fuese tan excitante.

  • De pronto el anciano había comprendido que quien le leía el periódico era una actriz. «¡Una actriz!» Su vieja cabeza se incorporó; dos luceritos refulgieron en el fondo de sus pupilas. «Actriz…, usted es actriz, ¿verdad?», y la señorita Brill alisó el periódico como si fuese el libreto con su parte y respondió amablemente: «Sí, he sido actriz durante mucho tiempo».

  • Camino de casa acostumbraba a comprar un trocito de pastel de miel en la pastelería. Era su extra de los domingos. A veces le tocaba un trocito con almendra, otras no. Aunque entre uno y otro existía una gran diferencia. Si tenía almendra era como volver a casa con un pequeño regalo.

Cabe resaltar, como último punto, que la viveza y la irrealidad transgresora se perciben incluso hasta el detalle mínimo, como son los objetos. Katherine dota de vida a los objetos, les da intenciones, los hace interactuar (a través del lenguaje) con los protagonistas sin resultar en lo absoluto inverosímiles o fuera de contexto.

“Se dirigió al salón y encendió el fuego en la chimenea. Luego cogió uno de los cojines que Mary había arreglado con tanto esmero y volvió a disponerlos sobre los sillones y los sofás. Así ya era otra cosa. La habitación pareció de repente cobrar vida. Mientras dejaba el último almohadón, quedó sorprendida al ver que lo abrazaba fuerte y apasionadamente. Pero esto no logró extinguir el fuego que ardía en su pecho. ¡Oh, no, no; al contrario!” (Felicidad)

“¡Ah, picarón! Sí, eso era lo que en verdad sentía. Un zorrito picarón que se mordía la cola junto a su oreja izquierda. Hubiera sido capaz de quitárselo, colocarlo sobre su falda y acariciarlo. Sentía un hormigueo en los brazos y las manos, aunque supuso que debía ser de caminar. Y cuando respiraba algo leve y triste -no, no era exactamente triste- algo delicado parecía moverse en su pecho.” (La señorita Brill)

Sin duda, ha sido una lectura provechosa, llena de un jubilo vigorizante que hace que a uno le den ganas de dejar de leer y ponerse a bailar. O eso me ha pasado a mí, que mejor termino aquí sin haber develado de qué va la trama de ambos cuentos (tramas que, dicho sea de paso, son sencillas, extraordinariamente sencillas), y algunas de las más bellas y poderosas imágenes que poseen, pues deben presentarse en su momento justo: cuando los comiencen a leer. Los invito a que los lean y los disfruten, espero, tanto como yo lo he hecho.

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Katherine Mansfield es el pseudónimo que usó Kathleen Beauchamp (Wellington, Nueva Zelanda, 14 de octubre de 1888Fontainebleau, Francia, 9 de enero de 1923), una destacada escritora modernista de origen neozelandés.

“El jardín del tiempo”, J.G. Ballard

“La flor, en la mano de Axel, se había contraído hasta adquirir el tamaño de un dedal de cristal. Los pétalos estaban crispados alrededor del desvanecido corazón. Un desmayado centelleo tembló por un instante desde el centro y se extinguió rápidamente; entonces, Axel sintió derretirse la flor como una gota de rocío en su mano”.

Día #6:

El jardín del tiempo, J.G. Ballard

Nota previa: Luego de meses, he decidido retomar la sección del “diario de lectura”. Lo hago con un autor del que nada sabía hasta el día de hoy. J.G.Ballard. La recomendación vino dada por otro autor: Bernardo Esquinca. Decía él (o dice; no sé cómo aplica el tiempo cuando la realidad se detiene en una entrevista grabada) que Ballard es su gurú, el autor al que recurre en repetidas ocasiones. ¿Qué mejor recomendación puede haber que la de un autor al que se recurre como a un maestro? (con todo y que no suelo acercarme a autores de los que sé por recomendaciones.)

A los que por primera vez se topan con esta sección, tiene por fin hacer una revisión breve de un cuento, todos de autores distintos, identificando en éste lo más representativo.

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Entrando en materia, los cuentos que he leído del autor son “Los días maravillosos” y “El jardín del tiempo“. El primero habla de una pareja que ha quedado varada en una isla paradisíaca con toda clase de entretenimiento. El problema, claro, es que una vez que han entrado no pueden salir de ahí. La isla se expande, otras islas hacen lo mismo: siempre está en construcción, aviones vienen y se van, dejando más y más gente. Se trata de un cuento breve en primera persona, narrado a partir de cartas escritas por la protagonista.

El otro cuento, “El jardín del tiempo”, narra los intentos de un hombre por mantener a una horda de gente lejos de su hermoso jardín con flores de tiempo.

Las flores crecían a una altura de dos metros; sus delgados tallos, como varillas de cristal, sostenían una docena de hojas. Al extremo de cada tallo estaba la flor del tiempo, del tamaño de una copa. Los opacos pétalos exteriores guardaban su corazón de cristal. Su brillantez diamantina presentaba mil facetas. Al ser movidas ligeramente por la brisa vespertina, refulgían como lanzas de fuego.

De tal descripción se vislumbran dos de las características que, a lo largo de los dos cuentos (sobre todo en éste),  tienen mayor fuerza: la adjetivación y el uso preponderado de adverbios, así como la cualidad visual de su lenguaje (poderosa cualidad, he de decir.)

De la primera característica hay ejemplos de sobra. El que me parece más representativo, por el uso marcado, es este:

Cuando las delicadas y armoniosas notas de Mozart llegaban a él procedentes de las graciosas manos de su esposa, vio que las primeras filas de un enorme ejército se movían lentamente en el horizonte. A primera vista le pareció que avanzaban ordenadamente, pero en una inspección más detallada pudo comprobar que el ejército estaba formado por un vasto y confuso tropel de gente hombres y mujeres entremezclados con unos cuantos soldados de raídos uniformes, y todos ellos avanzando como una marea humana. Algunos lo hacían dificultosamente, bajo pasadas cargas suspendidas de toscos yugos que rodeaban sus cuellos; otros luchaban con toscas carretas de madera, ayudando con sus manos el girar de las ruedas. Solo unos cuantos caminaban libres, pero todos avanzaban al mismo paso, recortándose sus figuras a la luz del huidizo sol.

(Ojo en las negritas) 

Su uso de los adjetivos dotan a la narración de un ritmo pausado, a la vez que ornamental; incluso tratándose de una tercera persona, es posible percibir cómo el protagonista percibe los objetos, volviendo así a quien narra en ente involucrado en la historia. Resulta acertada su elección de tercera persona, cabe añadir, pues de haber situado el discurso directamente en el protagonista, ¿no resultaría artificioso que ante un ataque se concentrara en tal cantidad de detalles?

Al cuento, pues, le beneficia su uso de los adjetivos (hasta cierto punto): alarga lo narrado y aumenta la tensión ante la inminencia del arribo de los intrusos, pero no a nivel de lenguaje. Por otro lado, le confiere un ritmo artificioso al texto. La tensión sostenida a base de adjetivos y adverbios restan a su vez cierto dinamismo, tanto de la acción en sí como del ritmo del lenguaje: está cargado.

Sin embargo, y en contraposición, Ballard nos regala postales como la siguiente:

Su mujer le sonrió alentadoramente y apretó su brazo con efusión. Ambos sabían que el jardín del tiempo estaba muriendo.

En apenas dos líneas, Ballard explicita lo que el lector ya sabe, y lo hace sin (tanto) adorno. El jardín estaba muriendo. Punto. No hay más.

La interacción entre oraciones más contundentes y las que se describen con puntillismo de detalle, sin embargo, se antoja escasa. Se echa de menos que, a partir del punto de no retorno (ese saber el jardín muerto), tanto el ritmo como el lenguaje de Ballard no sufran mayor cambio. Como si la narración siguiera estirada. Como resultado, la historia parece partirse a la mitad: la tensión estirada hasta la muerte del jardín, y la que sigue luego de su muerte.

Pero no me hagan mucho caso: admito que me gustó la atmósfera pausada que impera en el cuento. Va muy bien con la idea de retrasar el tiempo, que es lo que hace el protagonista durante casi todo el cuento.

La segunda caracteristica de Ballard es lo visual. Como si la descripción de las flores no fuera suficiente, nos regala pasajes como éste:

El clavicordio estaba silencioso y las flores del tiempo no reflejaban su música, ahora inmóviles, formando parte del bosque embalsamando.

Un bosque embalsamado. ¿Cómo es? Un bosque vacío, del que ya sólo queda su cáscara. Ya desde ese momento, en que comienza a subir la tensión en la historia, en que se siente la inminencia del tiempo, Ballard nos da una pista del final y del sentido mismo de lo que está contando. El silencio, lo inmóvil, lo embalsamado. Ese querer permanecer aunque con ello se pierda lo vivo. Estirar la vida hasta que no sea tan distinta a un purgatorio anodino. Y no hay mayor ejemplo de eso que sus flores del tiempo, que son de cristal. Sólo son capaces de reflejar la belleza del sol, pero por sí mismas…

El otro ejemplo prefiero reservarlo para que cada uno lo descubra.

En resumen, Ballard nos regala en ambos cuentos una prosa que estira al tiempo, que sitúa en detalle a su realidad que también estirada porque la ha llevado al límite, y que, sin embargo, cierne a un sólo concepto: la paradójica negación a avanzar.

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Actualización: He dado, entre otros, con un cuento de Ballard que es espectacular. Uno que, pese a mantener el gusto por los adjetivos y adverbios, es contundente como pocos que haya leído (lo que me hace pensar, con mayor fuerza, que forma-fondo se corresponden en gran medida en “El jardín del tiempo”, con ese ritmo estirado y el lenguaje distendido). Se trata de “Ahora: Cero” (Now: Zero), que sirvió de inspiración para el manga-anime Death note. ¿Adivinan de qué trata el cuento?

Hice una pausa, y la última anotación en el diario de Rankin me llamó la atención: …Rankin perdió de pronto el equilibrio, cayó por encima de la baranda y se estrelló en el piso del vestíbulo.

Las palabras parecían estar vivas, con unos vibrantes y extraños armónicos. No sólo predecían con notable exactitud la suerte de Rankin: tenían también una peculiar fuerza compulsiva y magnética, que las separaba nítidamente del resto de las notas. En algún sitio dentro de mi cerebro, una voz, inmensa y sombría, las recitó lentamente.

En un repentino impulso volví la página, busqué una hoja en blanco y escribí:

…A la tarde siguiente Carter murió en un accidente de tráfico frente a la oficina.

James Graham Ballard (Shanghái, 15 de noviembre de 1930Londres, 19 de abril de 2009) fue un escritor inglés de ciencia ficción.

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