Una oferta generosa

El insomnio no es el mayor dilema de la princesa que durmió cien años. Lo es, en cambio, aceptar o no la “lipo. Liposucción, claro. Se lo sugirió su nuevo representante, del que supo hasta hace dos días cuando emergió de las profundidades de un cuarto para utilería de Princessland.

Ahí la habían dejado, luego de hacer una copia idéntica (pero más bonita), que usarían como su mayor atracción. Cuando la princesa despertó, acostumbrada ya a las catacumbas de su viejo castillo, se escapó del cuarto y comenzó a gritar: ¡Me han raptado! ¡Infames!

La gente de Princessland, ya sin poder evitar el escándalo, le ofreció un trato generoso: le harían una película si aceptaba que su historia acabase donde la original. No entendía qué era una película así que se la mostraron. Era animada y le dijeron que se basaba en un cuento. La princesa no sabía que habían hecho cuentos sobre ella.

Resultó ser que, dormida, varios hombres acudieron a su lecho y le hicieron cosas horrorosas. La mayor de todas fue dejarla ahí. Un escritor anciano había escrito de ella para que alguien la salvara, y en lugar de eso lo habían vuelto famoso –su cuento, al menos.

Así, tardaron muchos años en que el cuerpo de la princesa fuese comprado por Princessland, y a días de entrevistarla su representante sugirió que se hiciera la “lipo”, pues debía parecerse a la copia que habían puesto en su lugar.

Su dilema había sido planteado, ¿aceptar o no? ¿Y si luego le cambiaban la cara y las posaderas? Había visto criaturas de partes removibles ahí en el parque, y pensó en su destino. Que la volverían eso.

Pero Princessland no quería borrar del todo su identidad para que nadie la reconociera, sino lo opuesto. Le deseaban la fama, igual que al escritor que una vez quiso que la salvaran. Ella no alcanzaba a ver la bondad de quienes la habían comprado.

Fotografía: Nightlights, Lissy Laricchia

Gula

Cuento ganador de la primera edición de #InstantáneaExpress

(Editorial Paraíso Perdido) (Marzo, 2017).

Pasamos por debajo de una valla rota, cruzando el sonido sordo de hojas sin futuro. Ya lejos de la choza y del pueblo, un hombre apareció delante. No lo habíamos visto al caminar. Al principio no me pareció muy distinto a nosotros. Llevaba, sobre su mano, un algodón de azúcar que sujetaba con los dedos. El dulce nublado entraba a su boca como resistiéndose. Creí que era el dueño de aquél espacio cercado, así que lo saludé. Sofía, que estaba junto a mí, negó con la cabeza. Parecía suplicarme que nos fuéramos. Pedí disculpas por irrumpir, notando entonces que el hombre llevaba las uñas muy largas. El algodón se pegaba en el anverso de las uñas como bacterias que se adhieren a la carne en la gangrena. Nos fijamos entonces en su boca, mientras comía. Sus dientes eran rosas, consumidos ya de tanto comer. Parecía que uno y otro se alimentaban de sí, y decidimos que el miedo a ser atrapados por irrumpir ilegalmente era menor al miedo a lo que él pudiera hacernos. Avanzamos de regreso, cruzando los espacios vacíos entre los árboles, llenos de pronto de una bruma rosa, como el algodón que él comía. Debía ser por el cielo, rosa sobre nosotros. Estaba por caernos la noche encima. La bruma se hizo muy densa, casi pantanosa, y notamos de pronto que frente a nosotros, lejos, parecían haber forjado muros de concreto. No era posible. Debían ser arboles de raíz descomunal. Tampoco eso. La apretujé, tembloroso. Eran dientes.

Pedregal

Me propuso que nos fuéramos de viaje.
– A donde tú quieras –me dijo. Tenía esa sonrisa, cuando me lo dijo. Un gesto enorme de felicidad que yo conocía de sobra en su rostro. Yo no quería ir, y aunque supe que acabaría aceptando, mantuve el silencio cuanto pude, estiré el tiempo. Quería seguir viendo su sonrisa.
Fui a mi casa e hice las maletas. Pensé, mientras las hacía, en cómo sería nuestro trayecto por las calles pedregosas del pueblo. Él me dijo que sería yo quien elegiría. Después, no mucho después, me mostró una fotografía de un pueblo mágico donde por las tardes la neblina baja desde la parte oculta de las montañas. Eso dijo él, intentando convencerme cuando ya me había convencido. Sólo que él no lo supo.
– Sí, ya, es bonito –le dije. Lo cierto es que me parecía hermoso. No entonces, claro, pero sí al imaginarme caminando con mis botas, las que no usaba hace mucho porque en casa siempre hace calor. Un calor insoportable. ¿Está mal, de vez en cuando, añorar una ligera ventisca?
Acabé de prepararme para el viaje y fui hasta la central de autobuses, donde me dijo que debía esperar su arribo. Me senté, al llegar, viendo a la otra gente mientras se marchaba, contenta. A quién engaño. Es probable que yo viera sonrisas en todos lados porque seguía pensando en la suya.
Al cabo de una hora, me di cuenta de que el camión, nuestro camión, estaba por partir. Revisé mi celular. Ni una llamada suya. Le llamé, entonces:
– ¿Dónde estás?
– No te escucho.
– Estoy aquí, esperando. ¿Recuerdas? Dijiste que hoy nos iríamos de viaje.
– ¿Te dije hoy?
Escuché su voz. Sé cuándo sonríe, mientras habla. Su voz se nota más ligera, como nubes deslizándose.
– ¿No vas a venir, entonces?
No respondió. No sonreía. Dijo un montón de cosas. El tráfico, un dolor, un dolor terrible que de pronto le hubo dado. El mundo es terrible. Eso ya lo sabía, y lo sé. Lo sé todo el tiempo, excepto cuando me olvido de ello, por instantes, mientras sonrío. Antes sonreía en su nombre, ahora lo hago sola.
Tomé mis maletas. Se me hacía tarde. Iba con retraso.
– Te lo compensaré.
– Quiero que me escuches –le dije, antes de colgar-. No estaré en casa.
– ¿Hoy?
– Sí. Hoy.
– ¿Y mañana?
Nuestro viaje duraría sólo dos días, volveríamos la mañana del tercero Pero yo podía volver, en realidad, cuando quisiera. Pensé en lo mucho que me hacía falta la distancia.
Respondí, entonces:
– No. Ni el día que sigue a ése, ni el que sigue.
Pude haber dicho: “Sé que no lo compensarás”, pero eso lo sabíamos ambos.
Me fui, llegué hasta la cabaña y salí apenas pude. Caminé como si mi destino hubiese sido, desde el principio, viajar sola.
Pese a que han pasado los días, pese a que ya he visto muchas veces las calles pedregosas, la gente y sus bufandas y sus botas, el pueblo aparece frente a mí cada día como si cada piedra, cada persona y cada bufanda fuesen maravillosas. Como si la luz, la oscuridad, la niebla y el atardecer les proporcionaran un brillo distinto cada vez. Incluso mis botas lucen distintas. Me gustan más, ahora.
[Un brevísimo ejercicio que hice hace unos días. Hace mucho que no escribo cosas tan cortas. Un poco por eso es mi ausencia en estos lares, y otro porque apenas y tengo tiempo para lo que sea.  Aunque, en última instancia, uno nunca tiene el tiempo... 

Un saludo afectuoso ].

 

Aproximaciones provisionales (concurso)

Comparto una serie de definiciones, concursantes para un lote de 10 libros y dinero para comprar más. Si les gustan, favor de entrar AQUÍ y votar por mi participación (se llama justo así: Aproximaciones provisionales). 

Amistad: hablar con alguien y no saber el motivo; que no importe que la charla se alargue y luego venga el silencio, y ambos (de a dos es siempre más íntimo) no puedan acabar de explicarse por qué ha sido tan grato y deseen repetirlo una y otra vez hasta la eternidad. [Nota: así deja la amistad, sin aliento].

Aburrimiento: es sentir la náusea del tiempo que pega de golpe, luego de horas de ausencia de la mente. Conciencia equivale, siempre, a incertidumbre. La incertidumbre da miedo. Aburrimiento es igual a inconsciencia.

Felicidad: antónimo de aburrimiento. Repele las definiciones (incluso esta). Preferible la presencia de un amigo (véase: amistad).

Arrebol: charquitos de agua de Jamaica evaporada codeándose con las estrellas.

Taco: dicho de una tortilla con algo adentro (aún no se saben todas las implicaciones. Véase, como ejemplo comparativo: maquina enigma, con 105.456 posibles combinaciones. El taco ha superado ya esa cifra, y va en aumento).

La (súper)vivencia del amor

Se enamoró de ella al violín. No de ella, en realidad. El amor así funciona. En parte se debió a que él amaba la música, era de Bach la melodía. Su cerebro, torpe e inútil, mezcló a la mujer con toda la orquesta: apabullante pero hermosa creatura viviente de armonías que acariciaban al recinto hasta el resquicio más calmo del alma. A él sólo alcanzó a llegar un vídeo. Nunca estaría ahí, presente. Así pasa también con el amor, a veces. Un vistazo lejano, la descripción dicha por alguien con la voz adecuada (sensualidad, palabras como arrancadas a mordidas por labios amantes), puede ser más que suficiente. Así, se enamoró de ella con apenas un segundo. ¿Y cómo no?, si además de la música – atmósfera casi boscosa – su presencia se distinguía como una mora prendida de una ramita. Cabía, como aquel segundo, deliciosa entre sus dedos. Era una mujer de violácea melena y ojos que brillaban purpúreos por las luces de la cúpula que no hacía sino enmarcar la belleza (que otros dirían fue causada por un error humano al tratar de iluminar su gesto). Soñó entonces, desde aquél segundo, con la imagen de la mujer purpurea. Una imagen provista de tonos que la elevaban como si ella fuese parte esencial de la composición, ya no de la melodía de Bach sino de la existencia. Guardaba silencio, al pensarla, dejando que fuese ella la que ocupara el aire alrededor y en su cabeza. Música. Aromas. Destellos de luz. La tragedia de dos amantes envueltos por un bosque frutal a punto del atardecer. Nunca un cuerpo le había parecido más bello que ése. Nunca una mujer más imposible. 

Fotografía: Maud Chalard

Una puerta

Publicado en Revista Rojo Siena (Noviembre, 2016). 

Le prometí un pase al inframundo a cambio de un six-pack de cerveza. Yo sé que es pedir poco, pero los tiempos son duros y es más fácil ir a las puertas del averno que conseguir dinero suficiente para aquella endemoniada bebida.
 
Él llegó con sólo cinco botellas, y le dije que estaba loco si creía que bastaba. ¡Me he tomado una para darme valor!, me dijo hincándose. Se arrastró hasta mí, viéndome a moco tendido, y yo dije bah, está bien, tomé una y me la bebí de un gran sorbo. Vamos, pues.
 
Nos tomó once minutos llegar hasta la puerta. Él no comprendía nada. Es… sólo una puerta, dijo mirándome con los ojos como a punto de salirse de su cara. Habíamos recorrido un largo pasillo subterráneo, pintado con blanco percudido; estábamos al final del corredor, como el de una escuela o una oficina gubernamental. Sí, le dije, y me apresuré a poner mi palma sobre el picaporte. Es… es sólo una puerta, repitió. Una puerta que rechina demasiado, pensé. ¿Aquél tipo era idiota? Claro, el miedo, sí. Que no cualquiera llega al inframundo por voluntad propia. O no así, con tal ímpetu. Aquél pobre imbécil había necesitado una cerveza —una de las mías— con tal de aplacar su cobardía. Está bien, le dije, acércate. Él avanzó despacio, tanteando sobre el suelo que, parecía por su mirada, estaba por desaparecer. ¿Qué temía? Aquella podría ser la puerta al cuarto de limpieza. No había nada ahí distinto a cualquier otro lugar. Anda, idiota, no tengo tiempo para estas cosas.
 
Él se puso un paso detrás de mí, entonces empujé la puerta gris. ¿No necesitas llave? Dijo jalándome de la camisa. No, le dije, quitándolo de golpe. Avanza, si es que quieres llegar. Asintió y me siguió hasta lo que había más allá de la puerta. Luego comenzó a cerrarse y la detuve con la punta de los dedos.
 
Al notar que no había fuego, ni gritos, el tipo salió de su escondite —mi espalda— y se apresuró a caminar en todas direcciones. Caminó por casi cinco minutos. Cinco más y podría irme, sí, cinco; lo justo y necesario. ¿Qué… qué es esto?, dijo, No entiendo. El tipo me había pedido llevarlo hasta el inframundo, pero hubiera dado lo mismo si en su lugar hubiese dicho al infierno o el averno. La mitología humana es sumamente curiosa: tiene tanto tormento en tantas palabras, tanta destrucción y remordimiento… Como si fuese necesario, pero no era necesario ningún nombre para aquél lugar. Tampoco era necesario el perpetuo azote de quimeras demoníacas. No había un río al cuál iría a parar su alma. El muy idiota no sabía nada de eso, pero tampoco me lo preguntó. Él dijo llévame, y eso hice.
 
Estás justo donde querías, le dije, y luego giré moviendo la puerta. Espera, me dijo, ¿a dónde vas? Abrí la puerta por completo y salí. Escuché sus pasos, corriendo detrás, y luego cómo se estrelló contra la puerta apenas un momento, porque al cerrarse desapareció de su lado y él, seguramente, estaría golpeando el aire, en vano.
 
Yo me quedé recargado a la puerta, me dejé caer al suelo y tomé otra de las cervezas.
 
Ya sólo me quedaban la mitad.

Pintura: Zdzisław Beksiński

Cara larga

Tenía la cara larga. Me acerqué para preguntar qué estaba pasando, si necesitaba mi ayuda. Me dijo: no, vete. Asentí, sabiendo inútil mi presencia, pero antes quise despedirme. La besé con tanta pasión que esperé que el corazón se le saliera del pecho y la cara se le cayera de felicidad. Al apartarme de ella, sin embargo, noté que tenía pegado, como un chicle, un trozo de carne. Retrocedí horrorizado y el trozo siguió alargándose, más y más. Di un tirón, intentando arrancarlo, y sólo entonces noté que la carne tenía desdibujada una cara que yo conocía y amaba.

Pintura: Francoise, Nielly.

En la víspera del fin

«El amor es la infinita mutabilidad del mundo; las mentiras, el odio, incluso el asesinato, están entretejidos con él; es el inevitable florecimiento de sus opuestos, una rosa magnífica que huele ligeramente a sangre».

Tony Kishner, The illusion.

Decía Sartre que el hombre, al estar en la tierra sin ningún modelo al cual seguir, debiera ser su propio ejemplo, actuar como deseando ser el modelo de todos los hombres. A veces no sé si me gustaría que todos fuesen como yo.

Amo crear. La creación tiene, por ventaja, ser un encuentro: el mensaje que uno construye, célula por célula, llega hasta al receptor y es este quien decide si irse, mirar apenas o abrazar de lleno. A veces me gustaría creer que siempre se puede lo último, incluso cuando la norma es resultar incómodo. Pero es que, como decía Bradbury, a veces necesitamos que nos zarandeen, que nos alejen de nuestra inútil comodidad; que partan el océano en nuestro interior con un hacha (diría Kafka).

Sin embargo, mantener tal ritmo ha causado en mí estragos que van más hondo de lo que cualquiera que me conozca sepa o pueda imaginar (para muestra, pensar un momento: si mis personajes alcanzan cuotas de introspección alarmantes, ¿cuáles serán las mías?). Tengo más dudas que nunca. No ya sobre la utilidad de mi labor, sino de su sentido, y no sólo eso sino de su relevancia. Si da igual hacer algo que no hacerlo, ¿qué es, en definitiva, lo que lo mueve a uno para salir de la abulia?

Gabriel Marcel habla de un mundo que ya no late, que está roto y donde el encuentro de dos seres no es sino el sonido de cacharros oxidados. Si el mundo es realmente así, ¿qué caso tiene un encuentro, de la clase que sea?

Ahora mismo voy raqueando por el mundo. Yo mismo soy un naufragio, a ratos. Le decía a una de mis alumnas, por ejemplo, que no pude ir a la presentación de su orquesta porque pasé todo el fin de semana abatido por un cuento que realicé ese día. Lo cierto es que no sólo ese día, sino los que le siguieron, y antes de ése hubo otros cuentos que no hicieron sino llevarme, lenta pero directamente, a donde estoy. A un estado que ya no sé ni cómo llamar, pero que está ahí, floreciendo.

He llegado a ese punto en que todo carece de sentido y de relevancia. A donde la duda lo gobierna todo. Incluido a mí.

Y hasta eso es difícil de explicar, muchas veces. Me pasa un poco como en aquella tercera película del Batman de Chritopher Nolan, cuando Robin le dice a Bruce que a los huérfanos todo el mundo los entiende, pero sólo un tiempo. Luego esperan que sigan adelante como todos los demás. Resulta el propio estado, en términos psicológicos, una afrenta contra quienes le miran a uno. ¿Por qué uno puede darse el lujo de vivir en perpetua duda? ¿Por qué uno puede quedarse en casa, abatido por un cuento de propia creación? No tiene sentido, no debería hacerse una cosa así. Es de locos, en todo caso, ¿no?

Pero es que, al crear, uno lo vuelca todo o no vale nada. O eso decía Henry James en voz de uno de sus personajes. ¿Y es eso cierto? ¿No vale nada si no se da todo? Imagino la creación cuentística como un universo. Si algo sale mal en su confección, si no contiene dentro de sí emoción genuina, viva, latente, la materia de lo que está hecho está condenada al fracaso y al desvanecimiento. A no sobrevivir una segunda lectura, mucho menos al tiempo.

Pero quizá el tiempo no debiese ser la medida con la que medir todo este asunto. Tampoco la cultura de “los otros”, en realidad. Ortega y Gasset y Nietzsche acordarían que hemos dejado que la cultura nos aplaste, inhibiendo nuestra experiencia individual. La individualidad y más que la individualidad la subjetividad (aquella experiencia subjetiva y subjetivada, explica González Rey) brotan como una flor de sangre enterrada en el corazón del universo de ficción. Como un hoyo negro. La luz gira y gira sólo porque, en su centro, se encuentra la muerte que hace avanzar todas las cosas.

Lo que está a simple vista en el cuento es, si bien le va a uno en su creación, la materia que agoniza hirviendo en su horizonte. Pero el agujero, el hoyo enorme, permanece para siempre velado por completo. Uno sólo puede inferir qué pasa. Está ahí, en ese conjeturar, en la perpetua separatidad, donde está la belleza y el tormento de un buen cuento. De la individualidad que busca encontrarse con el otro. Y es esa mi cuentística. Mi visión del mundo.

Aspiro a la comprensión que sólo es posible con los personajes de apariencia incomprensible.

No se me malinterprete: estoy más vivo que nunca. Veo el mundo con una sobria claridad que nunca antes tuve, con todo y que he sido prácticamente abstemio toda la vida. Yo estoy más vivo que nunca, y precisamente por eso siento más y más hondo cada experiencia. Ya no es tristeza, sino desasosiego. Afortunadamente, poco sé ya de la felicidad, y normalmente, cuando se da, es dicha lo que siento. A ratos, éxtasis.

Pero es ese un modo extraño de vivir, sobre todo cuando eres un ermitaño que apenas sale, que ve a unos cuantos amigos al año y que cada día pierde más vínculos de los que hizo en un lustro.

Lo que escribo: uno tras otro, mis cuentos hablando del abandono, de cómo todo se va al diablo por su carencia de sentido y relevancia. Ya no digamos para el universo, sino para las otras personas, las que son significativas.

Pero he descubierto también, y es el motivo de este texto, quizá, que esos mismos personajes no dejan de buscar el sentido y encontrarlo en las cosas más nimias e incluso la más absurda soledad, en el encuentro fortuito de otros solitarios. Incluso cuando el resto piensa, no del todo erradamente, que han “perdido la cabeza”. Quizá precisamente por eso la han perdido, sí; pero es debido a ello que logran mostrar, con abrumadora contundencia, que las cosas marchan mal y que, de algún modo, vale la pena buscar la plenitud. Que nos quedan ya sólo resquicios de humanidad pero que en tales se puede abreviar la separatidad. Mis personajes, pues, siguen a pie de lucha, siguen, pese a todo, remplazando las estrellas con el movimiento de unas flores muy altas, flores de maleza, entre las que se acuestan en una noche en la que el viento las hace simular la trayectoria de cometas.

Borges habla de que las palabras son símbolos muertos, y no es sino en el encuentro con el lector adecuado que cobran vida, que ambos cobran vida como nunca. En última instancia, el encuentro produce vida ahí donde se da.

Sobra concluir que no deseo que todos sean como yo, mas yo quisiera ser como mis personajes. Al menos dentro de lo que cabe, en lo que son en el fondo. En su lucidez a veces terrible. Un encuentro al que otros me acompañaran. Esa debería ser prueba suficiente de que aun hay esperanza.

Horario de oficina

Estoy cansado. El reloj no se oye al funcionar porque sólo es un numerito en la pantalla. Aquella vieja historia de que en medio del silencio sólo se escuchan sus manecillas es obsoleta. Ahora sólo me queda el breve instante en que el dos cambia y se vuelve un tres, y luego un cinco y así hasta las nueve. Qué números tan brillantes y tan tediosos, inmóviles como yo durante todo este tiempo. El de a lado se pone en pie para comer algo. Comí cuando eran las cuatro. Al cabo de dos parpadeos sobrios él vuelve y se oculta con lentitud pasmosa hasta el asiento que aún sigue caliente de tanta calma. Está oculto en su cubículo. No quiero ponerme de pie para ver si me ha traído algo aunque, ¿por qué debería? ¿qué me debe él a mí? Sigo cansado pero de pronto me ha dado hambre, así que le digo que me pase lo que sea que me haya traído, si lo ha hecho. Me pongo a pensar que hay algo ahí que es demasiado grande. Confianza. ¿Confío en él tan ciegamente? Hago para atrás la silla, o lo intento, porque no tiene ruedas. Así que, si no puedo ir hacia atrás, si ya no hay retroceso, subir con toda mi fuerza; sólo eso queda. Estiro mi mano todo lo que puedo sobre la pared diminuta que nos divide a los dos: siempre me impide ver su rostro. Anda, le digo, ¿trajiste algo para mí?, pero él no me oye. ¡Anda!, ya, ¡por favor, escúchame!, y en verdad espero que él me escuche, porque aquí solo hay silencio, todo el tiempo.

Fotografía: David Talley

Manojo de cabello

Mientras iba durmiéndome, pensaba en un horno de microondas, una coca-cola y la cena que me había perdido por salir con retraso. Mariana sostenía mi cabeza entre sus piernas, hilando mi cabello con sus dedos.

Tenía algo extraño aquella lata. Era morada. Tenía burbujas (quizá no era una coca-cola, pero yo me sentía tan seguro de que lo era). Mariana dice que, mientras yo me quedaba dormido, le dije: “La lata de hamburguesa”. Quizá quería una hamburguesa. Quizá tenía gases en mi interior, contenidos por estar con Mariana.

Había sido un día largo muy largo y al llegar a casa caí en la cuenta de que mi cita con Mariana era esa noche. Llegué apenas, corriendo. Escuché todo lo que decía, pero en algún punto mis ojos dejaron de verla y ella me dijo, con la sonrisa más radiante que pueda dibujar una mujer alguna vez en un rostro como el de ella, un rostro hermoso -quizá vi la luna, y no su rostro, tampoco sé-: ¿Por qué no te recuestas? Ven, descansa. Se suponía que era una cita y yo sólo divagué en imágenes sin ningún sentido. Ella habló de su día y su voz no hizo sino arrullarme. Luché por mantenerme cuerdo, pero es imposible. Nadie se mantiene en sus cabales cuando se está enamorado.

Ese momento aclaró mis deseos: la deseaba a mi lado todas las noches. Imaginé mis desviaros futuros,  las escenas absurdas que nublarían mi juicio y mis sentidos. Ella se reiría de mí, y luego me contaría su día transmitiéndome el calor desde sus piernas siempre tiernas. Esa noche, apenas recordé nuestro acuerdo, nada me fue más imperioso que alcanzarla. Ni siquiera comer, dormir tampoco. No tuve tiempo de llamarla de tan rápido que avance para estar ahí.

Fue una noche profética. Durante nuestros años juntos, y fueron más de los que puedo agradecer, yo divagaría demasiado y ella, sin excepción, hilaría mis cabellos como aquella primera vez. Incluso cuando los perdí casi todos, al dejar mi vida atrás.

Racionalidad

Hablábamos de los alimentos orgánicos y de la sustentabilidad mundial. En eso, llegó Carlos. Tenía en el rostro una expresión terrible, como si supiera algo acerca de las tierras del mundo, de su futuro estéril. Como si se hubiese visto en la obligación inmunda de comer cadáveres.

– El CITLAC ha compartido una noticia terrible.

El CITLAC tiene cede en Suiza, Alemania y Gaza. Qué bueno que no la tiene en México, porque si no se habría vendido hace mucho. O se la habrían robado.

– ¿Qué noticia?

– Han publicado un artículo sobre inteligencia humana.

Carlos sudaba como un hermoso marrano. Incluso tenía la expresión de uno. Esos ojitos vacíos y oscuros.

– Han publicado una tesis sobre la inteligencia interracial.

– ¿No habíamos superado eso? – comenzó a decir Ágata. Ella eligió ese nombre, porque la identidad se elige y su antiguo nombre, María, no le gustaba para nada. Ágata no podía soportar el peso de una virgen santa como guía. ¿Quién lo haría? Procrear a un dios sin siquiera haber cogido es una hazaña titánica.

– No es lo que crees – le dijo Carlos. Era como si pudiera leer sus pensamientos. Debían ser las neuronas espejo.

– ¿Ah, no? ¿Y entonces qué? Ya otros centros de investigación poco profesionales han dicho que los blancos son más inteligentes que los negros. Y que los asiáticos son los más inteligentes de todos.

– Es racista llamarles asiáticos – dijo Harumi, con sus grandes ojos azules. El cabello largo, negro entonces, dejaba entrever raíces rubias. Ella también se había cambiado el nombre.

– Han desmentido a los otros centros – dijo. Todos sonreímos. Pero Carlos no sonreía. Su piel pálida se había congelado. Parecía que podíamos cortar un trozo sólo con tocar, como carnitas -. Han llegado a la conclusión de que los negros son más inteligentes que los blancos.

Era una tontería. Una tremenda tontería. ¿Qué tipo de metodología habían usado? La inteligencia no se puede aislar a través de parámetros objetivos. Mucho menos usar la etnia como una variable. Negué con la cabeza y le pedí que me mostrara dónde había leído eso. Debieron falsificar la cuenta del CITLAC.

– Aquí está – dijo Carlos. Me mostró el encabezado del artículo. El índice de la tesis. Las conclusiones. Era una tontería.

– Debieron equivocarse.

– El CITLAC nunca se equivoca – comenzó a decirnos otro hombre, en una mesa de junto -. ¿Se equivocaron al descubrir que los carnívoros son estúpidos?

Negamos con la cabeza. El CITLAC no se había equivocado en eso.

– ¿Se equivocaron al decir que el futbol reduce la inteligencia?

Volvimos a negar. ¡Claro que era cierto! ¿Cómo lo dudaría alguien?

– Bueno – continúo el hombre -, pues entonces es verdad. Los hombres negros somos más inteligentes que los de raza blanca. Lo que es igual… yo soy más inteligente que ustedes.

El hombre sonrío con su sonrisa blanquísima, contrastante con su piel enlodada, sucia y llena de prejuicio. Se vanagloriaba de un error común, de un sabotaje al gran CITLAC.

– Escríbeles – le dije a Carlos, dándole la espalda al inmundo entrometido. La CITLAC identificó, en un 68% de los casos, que aquellos que oyen conversaciones ajenas en los cafés son pervertidos, artistas o inmundos. Él no tenía rasgos de perversión. La perversión, además, es un concepto lastrado de la religión teísta. Él sólo tenía un poco de inmundicia. Los artistas no se afanan de su inteligencia sino de su sensibilidad. Él no podía ser un artista. Además, si lo fuera, ¿por qué jamás había oído hablar de él? Debí haber oído hablar de él. En las artes, si no te nombran, ¿quién eres?

– No sé qué decirles – dijo Carlos. Le temblaban los labios y el sudor de marrano le había empapado la camisa completa. Se le veían los pezones erectos por una reacción de miedo, muy animal –y natural– sin duda.

– Diles que están en un error.

Carlos les escribió, temblando: “Están en un error”. A los pocos minutos, los miembros del CITLAC respondieron:

Ninguno de otros podía creer que alguien hubiese logrado entrar al CITLAC y usarlo a su conveniencia. ¿Qué se creían? ¿Qué la ciencia está para ir validando sólo lo que quieren que los demás crean? La ciencia es lo más racional que tiene el ser humano. Sin ella no somos nada.

Salimos del café, andando a prisa en nuestras bicicletas hechas artesanalmente, con nuestros cascos tejidos a mano y nuestros relojes ahorradores de luz, asegurándonos de no llegar tarde. Alcanzamos a llegar a la UNIPRURA. Buscamos al rector. Le pedimos que entrara a la página del CITLAC. Él se encogió de hombros.

– ¿Qué quieren que les diga? Si lo ha dicho la CITLAC…

– ¡Alguien debe informar a la comunidad internacional! – le dije. Harumi sugirió entonces que hiciéramos un vídeo, que lo subiéramos con el hashtag #WhiteWomenIntelligence y esperáramos a que lo retransmitieran en varios blogs, notas virtuales y nos llamaran para entrevistarnos.

– Es nuestro deber desinteresado el hacer notar cómo nos afecta el error del CITLAC.

– Sí. No se puede quedar así.

Al salir, nos encontramos con una comunidad de gente de color, mirándonos con superioridad moral. Como si se creyeran la idiotez de que son más listos que nosotros. ¿Quién se creen que son?, les dije a los otros. Ellos negaron, alarmados. Tampoco podían creerlo. Sólo Carlos parecía dudar. Y claro que dudaba, siempre ha tenido dificultades de aprendizaje. Es un chico especial.

– ¿Quién va a grabarme? – les dije -. Para el vídeo.

– ¿Grabarte? – preguntó Harumi, riendo.

– Sí, ¿quién?

– Yo no te voy a grabar. Tú eres hombre, blanco y heterosexual. A ti nadie te hará caso. ¿Olvidas los hallazgos de otros centros, sobre el patriarcado?

– Pero el CITLAC no ha hablado nunca de eso. Aún no es un hecho comprobado.

Harumi me vio como si quisiera cortarme la cabeza, como una mantis religiosa en celo. ¿Quería poseerme? Sentí que su mirada me objetivaba, así que le dije amablemente que apartara su vista a otro lado. Como no lo hizo, reiteré que de no hacerlo me vería en la obligación de ejercer mi libertad de defensa y tendría que soltarle un par de puñetazos en el hocico. Me confundí por un momento, pero ella debía entenderlo. ¿Qué hay de malo ser comparado con un animal? ¡Maldito antropocentrismo! Después de todo, su boca es un poco como la de los animales, y yo amo a los animales.

– Como sea, es más probable que yo tenga éxito donde tú fracasarás.

– Está bien, pero hagámoslo ya.

Comenzamos a grabar el vídeo. El discurso lo preparamos entre todos, como buen colectivo de autogestión. Ignorantes idiotas los que aún no saben que trabajar individualmente es puro egoísmo. Por eso yo trabajo siempre con otros, así obtengo mejores resultados.

– A las mujeres de clase baja, a las mujeres de clase media, a las mujeres de clase alta; a las mujeres negras, las blancas, las asiáticas, las mestizas, y al resto de las etnias; a las mujeres trabajadoras, a las que hacen otras labores, a las que son su templo y a las que son tienda de autoservicio. A todas ustedes y a todos los hombres, a todos ellos por igual, les traigo una noticia alarmante. El CITLAC ha sido corrompido. El CITLAC ha dado un comunicado falso con una falsa tesis sobre la inteligencia. Y podrán pensar que esto está en contra de que se haya dicho que las negras son más inteligentes que las blancas. Pero no es así. Nos oponemos a la “inteligencia” como un baremo con el cual catalogar a la gente. No somos cosas. Estamos hartas de que se nos trate así. Por siglos fuimos menos que un pedazo de carne al cual venderle actualizaciones, ropa de moda y modos de vivir. Ahora ya no somos eso. Hemos alcanzado la racionalidad. ¡Un ser racional no debe limitarse a pensar así, con etiquetas! Nos hacen daño, mujeres del mundo. También a ustedes, hombres. Sí, también a ustedes.

Al final no utilizamos el hashtag planeado, sino #nomoreintelligence, #racionalityisthebest.

Recibimos miles de respuestas. La gente nos daba la razón (los que no, tenían justificaciones paupérrimas: como que lo había dicho una joven que pretendía ser asiática sin serlo, que incluso su acento se notaba falso; ¿cómo creerle algo tan serio?, decían, parece un payaso; otros, que los hombres habían sido discriminados en el discurso, y cosas igual de absurdas y sin sentido). Ninguna de las respuestas era del CITLAC o de sus miembros.

Entonces, casi una semana después, apareció una respuesta de ellos:

– El CITLAC no puede ponerse al servicio de la ideología. Somos un instituto de ciencia.

La oleada de comentarios reflexivos se hizo llegar.

– ¿Qué clase de tesis estúpida es esa? No. No hay forma posible en que hayan identificado una superioridad de la raza negra. Para empezar, ni siquiera existen las razas. Son etnias.

Al día siguiente, todos usábamos los hashtag #AllGirlsAreEqual #menToo. Habían sido idea de Harumi y un grupo de ponis pansilosexuales pancrosas.

– ¡Que el CITLAC dé la cara! No podemos seguir ciegamente lo que nos dicen esos falsos investigadores. Necesitamos a los que son de verdad. Hagamos la ciencia nosotros mismos, si es necesario.

Entonces la gente comenzó a hacer investigaciones. Hacían historias de vida luego de una hora de entrevistas, encuestas con preguntas asumidas por consenso igualitario y democrático (como: ¿usted cree que los blancos somos menos inteligentes que los negros?). Al final, el CITLAC terminó por distraernos a todos, en medio de nuestro arduo trabajo. Publicó otra tesis. El articulo con el que la daban a conocer tenía por encabezado: “Las personas adoctrinadas tienen menor nivel de inteligencia”.

Todos estuvimos de acuerdo. La gente sin criterio propio es así: se unen a otros que piensan lo mismo que ellos, creen que tienen la razón y se resisten a que les digan lo contrario. Idiotas adoctrinados.

Para el final de la semana, habíamos llegado a las noticias mundiales. Los medios locales hicieron lo suyo también. Los titulares eran claros y sinceros: “El CITLAC, ¿vendido a la mafia del viejo estado?”.

Cuando creímos que ya no podían empeorar las cosas, el CITLAC soltó una última tesis. Harumi se puso tan roja, ardía tanto del coraje, que creí que el tinte se le caería. “Un estudio ha demostrado que los hombres son 71% más inteligentes que las mujeres”.

Harumi movió todos los recursos que se ocurrieron. No se le ocurrieron tantos como a mí. La dejé hacerlo, ocuparse de esa lucha. Ella debía demostrarles, demostrarnos, que el titular estaba equivocado y que el CITLAC había caído en manos perversas de presidentes corruptos y mezquinos. Sólo eso pedía: pruebas.

El CITLAC no se retractó de nada. Incluso cuando, por causa suya, se produjo el malintencionado prejuicio de que las mujeres blancas y adoctrinadas eran los seres humanos menos inteligentes de la tierra. O lo que era igual, las menos dotadas. Las menos habilidosas. Las más estúpidas.

Yo, por mi parte, aún sigo sin creerle al CITLAC. La última vez que les hice llegar un mensaje casi me salía espuma por la boca. Era transparente y nutritiva, porque hace más de cinco años que no comía carne y mi cuerpo había podido desintoxicarse. Le dije a Harumi que no tenía caso. Que lo mejor que podíamos hacer era lo más sensato: dejar de hacer caso al CITLAC. Si no podíamos cambiarlo, ¿no era mejor negarlo y ya? Él no se había adaptado a nuestra realidad, la real.

Pero ella siguió reclutando gente. La mayoría, por internet, y otras más en las calles. Todas firmando peticiones de renuncia de los miembros actuales del CITLAC, por favorecer el horrible racismo y la irracionalidad. En una época como la nuestra, dijo Harumi cuando nos vio, un par de días antes de que todo estallara, ¿quién puede darse el lujo de actuar como un irracional?

Entonces se aglutinaron todas. Le pidieron al estado que les proporcionara dinero para manifestarse en contra del CITLAC en sus oficinas de Alemania. Cuando el gobierno les pregunto por qué no en Gaza, todas le recriminaron que por ser hombre pensara que podía cuestionarlas.

Harumi me envió una foto la tarde antes de la revuelta. Era una selfie, molesta y rabiosa, con un paisaje hermoso a su espalda, mientras sostenía un café Starbucks con la otra mano. Noté, también, que llevaba un colgante de HelloKitty en una oreja.

Supe de todo lo que pasó gracias a twitter. Microsegundo a microsegundo, la gente nos informaba de lo que en realidad sucedía.

“Los miembros del CITLAC tienen miedo y no salen a darnos la cara”.

Lo cierto es que ese día el CITLAC no trabajaba, así que no tendría por qué haber alguien, pero igual eso no cambiaba en nada que fueran unos malditos miedosos y arrogantes.

Al día siguiente, cuando los trabajadores llegaron, las mujeres estaban desayunando en cafés locales, cerca del instituto. Apenas los vieron, ellas fueron corriendo contra ellos. Les gritaron. Les lanzaron excremento. “No contaminaremos al planeta con nuestra revuelta”, dijo la chica en un twit con una foto. Tenía el trozo de mierda en la mano. También tenía, según alcancé a entender, un poco de sangre. Probablemente menstrual.

Harían con ella, como con la mierda, un mándala en la plaza Alemana frente al instituto.

“No es una protesta agresiva” publicó Harumi. “El CITLAC quiere desviar la atención del problema real”.

En otra fotografía, los miembros del CITLAC tenían la misma expresión que Carlos, esos mismos ojos de marrano, oscuros, profundos y asustados. Sin saber qué pasa por la mente de un ser humano, como las de aquellas mujeres racionales.

Como ninguno de ellos cedió a sus demandas de borrar las tesis en cuestión y retratarse, una mujer blanca se acercó a los directivos y les escupió. Eso lo vi en una transmisión en vivo. Había miles de visitantes, en ese momento. Todas aplaudieron.

¡Abajo la violencia y los estereotipos! ¡Arriba la racionalidad! ¡Queremos ciencia, ciencia de verdad!

Desde entonces, las mujeres que marcharon a Alemania han ido ocupando las instalaciones del CITLAC para realizar investigaciones, dicen, genuinamente científicas.

En el primer día, contrario a los meses de ineficiencia de los miembros anteriores, “todos hombres”, diría Harumi, llegaron a la conclusión de que los hombres éramos más torpes que las mujeres. Que no cabía la menor duda. Que, si deseábamos tener estabilidad psicológica y emocional plena, si queríamos que el sistema funcionara, debíamos dejárselo a ellas. Yo no comprendí si se referían a ellas como mujeres, a ellas como blancas, como ponis pansilosexuales pancrosas, o si a ellas como ciencia.

– Quizá tengan razón, quizá si soy más torpe que ellas – me dijo Carlos.

Yo lo insté a ignorar las publicaciones del CITLAC mientras los dos nos bebíamos una cerveza. Él no alcanzó a escucharme, entonces le dije:

– Además, mira, quiero que mires.

Un nuevo hashtag había surgido esa mañana. Yo sólo pude imaginar el caos y una parte de mí se sintió extasiado. Las mujeres que no habían podido ir al CITLAC publicaron, furiosas: #NoMorePrivilegeOppressiveWomen.

Fotografía: Andrew Kinder

 

Los intelectuales

Publicado en Abril de Romero (Agosto, 2016). 

En la universidad escuché tantas veces la queja, ya trillada, de que no tenemos memoria. De que “el sistema” nos oprime hasta ponernos bajo sus pies y nosotros caemos en desgracia. De cuán victimas somos, de cuán unidos debemos estar. Lo escuché por los pasillos, mientras grupos enteros salían de los salones evadiendo las clases, para ir al bar que está cruzando la calle y discutir cuán podrido estaba todo mientras bebían cerveza y mate.

Quienes decían esas cosas eran siempre los mismos. Casi desde el inicio, quizá por ser una escuela de humanidades, pude ver su vocación de servicio hacia el prójimo: esa entrega a causas más allá de ellos pero que se apropiaban como suyas. Eso siempre me pareció curioso, siendo que en el propio grupo no dudaban en perjudicar al resto, sin importarles nada. Había tal dualidad de amor al desvalido y odio al estudiante promedio que, pensé muchas veces, no tardarían en volverse “esquizofrénicos”. O quizá ya lo eran.

De entre todos, conocí a unos tipos curiosos. Eran de esos que se indignan ante el dolor humano, con el celular en la mano y leyendo en voz alta la nota del periódico alternativo en turno y diciendo que no la imprimieron para salvaguardar la ecología. De los que, apenas gritaban a todo pulmón que el mundo se muere, encendían su cigarrillo sin importarles nada ni nadie. Entraban al salón y buscaban con la mirada a quién criticar: por lo que ellos decían “su estupidez”, o su “conformismo”, o por “ser agachones”, o por alguna de esas etiquetas raras y al uso que se le ocurren a un estudiante de humanidades molesto con el mundo (o, al menos, con cierta parte).

Yo no tenía mucho problema con ello, aunque no dejaba de parecerme contradictorio. ¿Cómo era posible que alguien que se preocupara tanto por el mundo lo odiara tanto? Quizá había una parte en el rompecabezas que yo nunca pude ver, quizá por ser “estúpido”, como ellos decían. Pero, para ser justos, no fue de lo único que me acusaron: de idiota, de imbécil, de “promedio”, sólo para luego saltar a la yugular de los docentes cuando decían, con un tono más bajo, “las clases bajas”. ¿A caso habrán notado el paralelismo de su conducta? ¿O será que su inteligencia fue siempre selectiva? Quién sabe. Yo no tengo todas las respuestas. No soy ellos.

Un día, recuerdo bien, uno de ellos llegó tomándome por el pecho con una de sus manos y se rio de mí por ser “una bola de grasa”, sólo por no ser tan esquelético como “ella” (por alguna razón, hablaba de sí mismo en masculino o en femenino, según la temporada). Dijo, textualmente, que yo era demasiado estúpido por comer chatarra y que me merecía lo que me pasara. Con el tiempo yo me admiré doblemente: por mi paciencia al no haber respondido y por la ironía de sus palabras, siendo que luego se volvió un defensor de la libertad en todos sus rubros, de “ser como uno quisiera”. De nuevo admito que quizá la ironía no es lo suyo, quizá no están hechos para percibirla o yo soy demasiado sensible a sus “encantos”.

Como sea, yo siempre me pregunté si alguna vez se dieron cuenta de que, pese a lo que su gran juicio y enorme inteligencia dictaban, quizá no entendían que el poder que tanto criticaban funciona precisamente de esa forma: atormentando a los otros por “razones justificadas“. Es claro que se negarán tajantes (lo presencié tantas veces que casi memoricé el proceso: atacar a la ignorancia de la persona, citar autores a diestra y siniestra y, si la cosa se pone fea, apelar a que el juicio del oponente está comprometido por su clase social o hasta por su ortografía), tan claro como el hecho de que responderán con la violencia típica de algunos “intelectuales” (porque lo de hoy no son los golpes, eso es barbárico; mejor llamarle ignorante, acusarle de vendido y cualquier otro adjetivo disponible en la lista de “el pensador ilustre”). Reconozco que no todos eran así, pero así como es difícil ver el sol directamente sin quemarse los ojos, lo mismo pasaba con ellos: en grupo su luz terminaba por cegarnos a todos.

Aquello era tan claro como es para mí que ese teatro que inventaron, en el que les importaban otros, no es era más que eso: una puesta en escena, máscaras y otros artificios. Para que, de algún modo, su historia no fuera la de quienes abusaban sino la de aquellos que a los oprimidos defendían.

Porque sin importar cuán subversivos decían ser, me daba la impresión de que ansiaban ser los buenos. “Invertir los valores”, de tal forma que lo suyo fuese admirable y no lo opuesto. Y es ahí donde yo les di siempre la razón, para su sorpresa y su gusto: pero es que, ¿cómo negar que casi siempre son los que se dicen buenos los peores de entre todos?

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Confesión

Admito ser incapaz de apreciar la belleza. Miope, me dicen quienes saben la historia. Éste, mi sufrimiento: de entre todas, sólo a una mujer la he considerado magistralmente bella. No hay razón para negarlo. Implica mi afirmación, como una verdad bañada de clarividencia, que sólo he sido capaz de amar una vez como lo dictan las más altas pasiones. Las que, apenas aparecen, se avivan como epifanías.

Fotografía: Laura Zalenga

Oferta

Tributo a Juan José Arreola 

Estudios recientes han encontrado que los jóvenes sienten mayor comodidad ante sistemas electrónicos y computacionales. Les prefieren, sobre todo, ante la alternativa de sujetos humanos.

En respuesta, MorbidTechnologies ™ propone la utilización de PrefectMás ©. PrefectMás es un sistema computarizado que funciona a distancia, con única sede (una computadora madre que opera como reguladora de todos los sistemas escolares incluidos); de utilización portátil. Su finalidad es servir de sustituto mejorado a la prefectura costumbrista (que genera sueldos cada vez más altos ante las imperiosas y ciertamente evitables necesidades de los sujetos humanos tradicionales).

El sistema permite su uso como una aplicación móvil, lo que facilita la vida de los estudiantes. Al no ser de carácter obligatorio, la disidencia esperada en los adolescentes no parece posible.

Entre sus atractivos, PrefectMás © hace uso de las redes sociales del estudiante (a través de algoritmos especializados, como aquellos que dictan de antemano los contactos con los que han de relacionarse por gustos afines), de tal modo que provee beneficios ante logros académicos (individuales, ciertamente; el sistema es personalizado), así como administrativos.

Casos de éxito sobran en nuestro conglomerado. En uno de tantos planteles en que ha sido utilizado el sistema PrefectMás © se redujo la inasistencia en un 89%, el retardo en un 69% y el incumplimiento de tareas en casi 100%. Ello debido a los novedosos métodos automatizados de nuestro sistema.

El educando pronto descubre que su arribo oportuno supone no sòlo un mejor aprovechamiento para su clase (conocemos al estudiante de hoy y la precaria importancia que obsequia a su desarrollo), sino la acumulación de puntos que puede intercambiar por mejoras a las distintas redes sociales. Contamos con un amplio abanico de éstas. Las posibilidades maravillosas de nuestro sistema se fundamentan en nuestras relaciones profesionales y convenios. Gracias a nuestro acuerdo con Facebook, por ejemplo, se permite al educando el cambio de colores en su perfil personal, así como el agrandamiento de las fotografías que comparte (esto es especialmente útil para jóvenes socialmente activos, que suelen tener menor desarrollo curricular comparado con sujetos retraídos, según estudios recientes). Para los otros (el resto, PrefectMás © no segrega en forma alguna), también hay beneficios. Desde la colaboración con Nintendo ™, se le proporciona acceso a pokemones aún no liberados para el público (lo que a su vez aumenta su sensación de valía y de auto-aprecio).

Nuestro sistema permite la acumulación de puntos. Cuando el educando posterga la recompensa (favoreciendo así la auto monitoreo y regulación), se obtienen beneficios tales como: tiempo gratis en telcel (llamadas ilimitadas, útiles para los que cuentan con pareja(s), hasta agotar existencia), suscripciones a netflix, clarovideo y descarga en demanda de películas de cinepolis klick (actualmente contamos con Avengers 2 y Batman contra Superman. Próximamente, El escuadrón suicida).

Para hacer más ameno el sistema, y favoreciendo la regulación en clase, el educando recibe memes personalizados (imágenes viralizadas en internet, para aquellos que no se encuentran familarizados con el término). En ellos se colocan mensajes que incitan al educando a regresar su atención a la clase. Contamos con una base extendida de memes, actualizados siempre gracias a nuestro monitoreo de las redes sociales de los educandos.

MorbidTechnologies ™ siempre a la vanguardia.

Regresar

 

Mamá me dijo que no hablara con el león de rostro por la mitad. Tenía ojos profundos, como huequitos en la tierra. Llenos de oscuridad. El león estaba sentado detrás de nosotras. Ocupaba dos asientos. Su pelaje era negro, como sus ojos, y se extendía de la cabeza hasta los pies. Sólo el pecho lo llevaba azul. El león me miraba y yo le regresaba la mirada. Al principio incluso le sonreí, pero mamá me giró para que ya no lo viera. Sentí el resoplido del león detrás de mí. Mamá dijo “Cuídate de él”, también dijo “No lo escuches”.

Pero yo lo escuché. Cuando el autobús dio la primera vuelta luego de un largo camino en línea recta, el león me preguntó, “¿A dónde quieres ir?”. Yo no supe qué decirle. Había dejado que mamá me llevara a donde ella quería. ¿No es eso lo que se supone que yo debía querer también? El león se quedó callado, esperando a que yo respondiera. De repente me pregunté a dónde iba, y no lo supe. No saberlo me desesperó porque sentí que estaba perdida.

Cuando nos subimos al autobús, hace ya demasiado, mamá me dijo que la abuela ya no regresaría con nosotras. Que ya nunca regresaría. Pero éramos nosotras las que nos íbamos. Yo quería estar con la abuela, que me regalara los mazapanes que tanto me gustan y mamá me prohíbe. Le pregunté, ¿mamá, a dónde vamos?, y ella me miró apenas de reojo, con la pura puntita del ojo. “A casa”, dijo, pero no le creí.

El león me habló de nuevo cuando lo miré. Quería que él me respondiera. Tenía a su lado la ventana abierta, así que su melena se movió como un torbellino de pelusa, como una sábana al distenderse sobre la cama. “¿Sabes qué te hace falta?”, me preguntó, “¿Sabes cómo debes preguntárselo a tu mamá?”. Yo negué con la cabeza en silencio, para que mamá no viera. Aunque mamá pudo ver si hubiese querido. Estaba a lado de mí. Pero no quiso, no quiso como tampoco había querido decirme a dónde íbamos.

Dimos otra vuelta y mamá parecía desesperada. Miraba hacia todos lados, como intentando recordar dónde debíamos bajar, pero lo cierto es que yo sabía que nunca habíamos estado ahí. Era algo totalmente nuevo para nosotras, como el león de pecho azul y melena enorme. Me dijo el león, “Ya sabes qué quieres, ¿también sabes qué quiere tu mamá?”. Miré a mamá como miraría a un cachorrito, como mi abuela la miraba a ella, y le pregunté. Mamá, ¿qué es lo que tú quieres? Ella, que no pareció entender, me apretó en un abrazo rápido y sin mucho sentimiento. Mamá, repetí, ¿a dónde quieres ir? Yo estoy aquí, le dije, estoy contigo. No estamos perdidas. Podemos volver. Vámonos a casa.

Entonces se giró entera, con su pecho frente a mí, que estaba también de frente. Me apretó contra ella, fuertemente, y me dijo “No lo sé, amor”. Apreté su blusa mientras ella temblaba. Le dije “mamá, el León puede ayudarnos”. Mamá se asustó. Giró con lentitud y con mucho miedo hacia el león, que nos sonreía a las dos. Entonces habló. Nos dijo, “¿A dónde quieren ir? ¿Qué necesitan? ¿Qué puedo hacer por ustedes?”.

Él nunca nos dijo qué hacer. Sólo nos hizo preguntas, y mamá respondía y respondía y él seguía preguntando. Y sólo hasta que mamá comenzó a reírse con sus respuestas, el león también respondió “Bueno, ahora ya sabe en dónde debe bajarse, si lo que quiere es volver a casa. ¿Es eso lo que quiere?”. Mamá respondió “Sí, estoy segura”. Se le hinchó el pecho, como si respirara muy lento. Yo hice lo mismo, me hinché como ella y me erguí como el león. Yo también, dije. Mamá, volvamos a casa. Quiero ver a la abuela por última vez antes de que se vaya.

Bajamos del autobús y me despedí con la mano. Le dije adiós al león que nos había preguntado a las dos qué queríamos. No sabíamos cuánto nos tomaría volver, pero lo haríamos.

He vuelto

– Sabes, a veces siento que ya he sentido todo lo que voy a sentir jamás. Y de aquí en adelante nunca voy a sentir algo nuevo. Solo versiones más pequeñas de lo que ya he sentido.

– Sé que eso no es verdad. Te he visto sentir. Te he visto maravillarte de las cosas. Digo, puede que no lo puedas ver en este momento. Pero es entendible. Has pasado por mucho últimamente. Perdiste una parte de ti mismo.

Her.

Perdí una parte de mí mismo.

En otras noticias, el agua moja.

Hace unos meses mi hermana se fue de la casa.

Hace otros cuantos meses, murió chispa, mi perra, luego de casi 20 años de ser fiel y temperamental compañía.

Quienes leían mis cuentos (a estas alturas ya no sé si alguien me lee o si le hablo al viento, como últimamente hacen todos mis personajes), sabrán que la desgracia sigue lo que escribo como un perro sigue el olor de un trasero ajeno. Así de sucio, así de desagradable, y así de natural.

Quienes leían mis cuentos saben que soy tan dramático como abyecto y ambas cosas suelen convivir con sanidad.

El asunto es que, este año ha sido raro. De abril para acá escribo distinto mis cuentos, escribo menos, pero me gusta más. Siento que tiene más sentido. Ya dejé atrás el ejercicio por ejercitar y pase al hacer por expresar. La necesidad ya no de sacarme un tema del pecho sino de sumergirme en él para comprenderlo.

Desde hace unos meses, justamente, mis cuentos me gritan desde el título: “¿Y a mí, amor?” “¿Todavía me amas?” “Amor” “¿Lo olvidaste?” “No nos pasará nada”…

El grito es intenso y me quiebra cada vez que emerge, mas no puedo evitar escuchar cada tanto, como una reminiscencia distante de un tiempo que no sé si es pasado, futuro o presente, esa misma voz, voz transformada en tenue susurro.

Me dice, más sabía: “Nos merecemos algo mejor”.

No es que yo sea esquizofrénico o crea que hay dos yo dentro de mí, es que a veces siento que con cada cambio me voy desdoblando un poco, que dejo de reconocerme porque me olvido. Hoy, por ejemplo, descubrí que había olvidado a una persona con la que pasé casi dos años hablando todas las noches.

Hace unos meses, también, me descubrí monstruo: una figura horrorosa, oscura y temible para mí. Yo mismo era un monstruo para mí. Asumo que, más de uno aquí, se ha de sentir igual, o lo debió de experimentar al menos una vez. La sensación de que lo que creíamos invaluable de repente ya no nos importa, o resulta ya no tener valor. Descubrir que las promesas a uno mismo no significan nada en tanto que se olvidan. Y el olvido no trae nada, solo se lleva… se lleva todo.

Pero eso no es cierto, ¿no es así? Nunca se lo lleva todo. Por eso sigo escribiendo. Antes, hasta el año pasado, corregía. Corregía gran parte del año y me paralizaba el resto porque ya no sabía qué hacer con lo escrito y lo corregido. Este año escribo y no corrijo (salvo al instante, mientras lo hago). Escribo y disfruto y también sufro como en el año pasado no pude sentir.

Porque, ¿saben cuánto tiempo llevo escribiendo como un demente? Dos años. Anteayer, hace dos años, tomé mi primer curso de escritura. Un curso brevísimo que más que enseñarme a escribir me dio un buen puñetazo en la cara para “hacer que me pusiera las pilas” (como dirían por mi casa).

¿A donde voy con todo esto? A ningún lado, ciertamente. No es una trayectoria que apunte hacia un destino sino hacia una profundidad.

Hace poco más de un mes, la mayoría de mi contenido en este blog fue “plagiado”, motivo por el que dejé terminamente de publicar. Y ni siquiera fue por el plagio, porque la mayoría del material ya está a mi nombre en su debido lugar. El problema fue sentir, y lo diré como buen amante de los superhéroes, que profanaron mi “fortaleza de la soledad” (a.k.a. el espacio intimo de Superman).

Sentí que mi espacio particular era de repente robado, que mis palabras eran apropiadas por otro. En su momento pensé en cierta frase de cierta película (The words), cuando uno de los personajes, el que ha sido plagiado, le dice al otro, el plagiador: tomaste mis palabras, toma mi dolor.

En ese momento sentí que “de eso iba todo”, de haber cedido mi dolor gratuitamente a alguien que lo usaría sin siquiera darme el crédito.

Pero hoy, justamente hoy, comencé a notar que me hacía falta hablar con ustedes (esos que aún pasan por aquí, de vez en cuando, a saludarme silenciosamente). Que nunca ha sido suficiente el agradecimiento de mi parte, por mantenerse firmes ahí donde yo voy y vengo como si fuese un animal que emigra para hibernar indefinidamente.

Quiero contarles, también, que hace un par de días me presenté a leer un cuento a la biblioteca más grande del estado en el que vivo (o al menos una de las más bonitas y modernas), y me fue muy bien, sentí que les leía a ustedes. Al escuchar las dudas de la gente, recordé sus comentarios. Y es que son tantos, y es que yo soy tan cursi. Sí, soy más cursi que una película con tonos rositas (excepto cuando me sale lo sucio, lo abyecto, lo infame y lo pecaminoso; entonces soy rojo y negro por todos lados).

Tampoco pasé por aquí a decirles que la revista en la que me publicaron hace algún tiempo, La cigarra, la primera que tuvo uno de mis cuentos en papel, “cerró sus filas” y ya no habrá más números ni más revista. Aquello me pegó duro. Un cierre más.

Anteayer dieron los resultados de un concurso en el que participé con uno de mis mejores cuentos del año pasado y no sólo no gané, sino que tampoco quedé como finalista. Y me molesté tanto, y luego no me importó en lo absoluto. Resulta que en realidad, según parece, sólo me leyó un lector, quizá dos, quizá un poco más, y fueron ellos los que me descartaron.

De repente lo puse así, en perspectiva: personas. Lo que yo hago, lo que la gente hace y lo que lee en lo que escribo. Es todo una relación, una red de personas. Quería hacerles saber que espero retomar este espacio, de un modo o otro, porque en el fondo no quiero perder contacto con la gente valiosa que tuve la fortuna de conocer aquí.

Lo demás (el cuento publicado en un libro, la revista en el museo, que estoy por iniciarme como docente, que ya soy psicoterapeuta, que estoy esperando resultados de una beca, que quizá me mude pronto, que sigo extrañando a mi hermana, y a mi perra, y a cierto amigo que también perdí a principios de este año) es una historia muy larga. Pero todo se resume a esto: no me he ido.

He perdido una parte de mí mismo, sí, pero he venido a recuperarla.

“Patriotismo”, Yukio Mishima

“Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso”.

Día #10

Yukio Mishima, “Patriotismo” (1965).

Admito que, en el caso de Yukio, me dejé llevar por el prejuicio. Lo primero que supe de él fue que llevó a cabo el seppuku: un ritual a través del cual se clava un arma en las entrañas. Un ritual suicida que devuelve el honor a quien lo ejecuta. Es tan doloroso que requiere (la mayoría de las veces) un “ejecutor”, un ayudante que se encargue de decapitar al que ha llevado a cabo el ritual.

Así, pues, lo primero que supe de Yukio fue había llevado a cabo dicho ritual. De ello me enteré el día de ayer. El día de hoy, por otro lado, se añadió un detalle horrible: quien debía decapitarlo falló en varias ocasiones, hasta que otro completó la tarea.

Nada más leída la noticia, siento escalofríos y desesperación nada más de pensar en lo terriblemente dolorosa que fue su muerte.

Con esa sensación me acerqué a su “Patriotismo“, un cuento que increíblemente, pese a retratar un suicidio tal como el suyo, habla de amor.

El primer párrafo del cuento no da rodeos. Así concluyen sus últimas líneas:

“Tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación de ocho tatami de su residencia privada en la sexta manzana de Aoba-cho, en el distrito Yotsuya. Su esposa, Reiko, lo siguió clavándose un puñal hasta morir”.

Va, como dicen, directo al grano. La historia comienza con el recuento de hecho: una pareja (Reiko, ella, y Shinji, él) ha muerto por suicidio. La gente contempla la imagen de ellos en su ceremonia luctuosa y es entonces que la historia retrocede para contarnos cómo llegaron a la decisión del suicidio.

El inicio del cuento es violento. Y no es que el resto del cuento no lo sea. Lo desconcertante es que los contrapuestos son explorados con tal nivel de naturalidad que la muerte se antoja tan bella como a los propios personajes.

“Sus corazones estaban tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Reiko se sentía nuevamente en la noche de bodas. Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes”.

¿Por qué se suicida el hombre? Porque será obligado a matar a sus amigos, y no desea hacerlo. Sería una deshonra matarlos. Prefiere, entonces, suicidarse. La mujer decide acompañarlo voluntariamente:

“Cuando Reiko dijo: “Permíteme acompañarte”, el teniente apreció en estas palabras el fruto final de las enseñanzas impartidas a su mujer desde la noche del casamiento. La había educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos que correspondían. Era éste un halago a la confianza en sí mismo que alimentaba Shinji… No era ni tan romántico ni tan presuntuoso como para creer que esas palabras eran dichas espontáneamente, sólo por amor.”

El amor que se profesan los personajes es tal que no cuestionan: tan sólo se siguen mutuamente, se complacen. El amor y el deber se encuentran entremezclados en la historia todo el tiempo. La mujer lleva a cabo el suicidio no sólo porque ame a su esposo, sino porque está en armonía con él. Es su deber como parte de un solo ser.

“El teniente podía entonces considerar su patriotismo y las urgencias de su carne como un todo”.

Durante todo el cuento, llama la atención el nivel de detalle en, justamente, “los pequeños detalles”. Saber que morirán sirve a ambos protagonistas como una oportunidad para revalorar la vida, a su amor, lo que están a punto de perder. Aquel sentimiento es plasmado por Yukio de forma magistral:

“No pronunciaron palabra alguna, pero sus cuerpos y sus corazones se inflamaron al saber que aquel sería el último encuentro. Era como si las palabras “ÚLTIMA VEZ” hubieran sido estampadas con pinceladas invisibles sobre cada centímetro de sus cuerpos”.

Ejemplos hay de sobra, todos magistrales. En el caso de él:

“Los pasos de Reiko resonaron en la escalera. Crujían los empinados escalones de la antigua morada y estos sonidos inundaron al teniente de gratos recuerdos. En cuantas ocasiones los había escuchado desde la cama. Al reflexionar en que ya no volvería a percibirlos, se concentró en ellos tratando de que cada rincón de aquel tiempo precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas de la vieja escalera. Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior”.

En el caso de ella:

“Se dedicó, entonces, a ordenar sus pertenencias personales. Eligió su mejor conjunto de kimonos como recuerdo para sus amigas de colegio y escribió un nombre y una dirección sobre el rígido papel en el que los había doblado uno por uno.

Como su marido le recordaba constantemente que no hay que pensar en el mañana, Reiko ni siquiera había escrito un diario, y se encontraba, ahora, en la imposibilidad de releer los pasajes en los que hubiera dado testimonio de su felicidad. Sobre la radio se destacaban un perrito de porcelana, un conejo, una ardilla, un oso y un zorro. Tampoco faltaban allí un jarrón y un recipiente para el agua. Estos objetos constituían la única colección de Reiko. Sin embargo, de nada serviría regalarlos como recuerdos. Tampoco sería apropiado pedir específicamente que fueran incluidos en su ataúd. Mientras estos objetos desfilaban por su mente, Reiko tuvo la sensación de que los animalitos parecían cada vez más tristes y desamparados”.

Es precisamente ahí donde, creo, se encuentran las dos grandes virtudes que encontré en Yukio en este cuento. Más allá de su uso profético y atmosférico del lenguaje (esos animalitos “tristes” y “desamparados”).

La primera de ellas, central durante todo el cuento, es la mezcla perfecta que hace de elementos de apariencia contradictoria. Adjudico su maestría, quizá con error, a que tal perspectiva no es un desarrollo técnico sino la ejecución literaria de su propia ideología de vida: que el amor y el patriotismo (Yukio se suicidó luego de un intento fallido de golpe de estado), la vida y la muerte. Porque cada instante plasmado en el cuento, sin excepción alguna, tiene ambos componentes: un enaltecer la vida a partir de la muerte, una aceptación de la muerte como prolongación de la vida; un patriotismo amoroso y un amor patriótico (el protagonista prefiere morir, como ya dije antes, a matar a sus amigos; y antes que fallarle a su nación, prefiere suicidarse con honor. Esto último es llevado al extremo, pues no permite la ayuda de su mujer como ejecutora, pues desea que esta no sea juzgada, ya muerta, como participe de su deceso. Amor y patriotismo indisociados.)

Un ejemplo de ello se da cuando, al tener relaciones previo al suicidio, él ve en ella a la muerte.

“-Es la ultima vez que voy a verte -murmuró el teniente-. Déjame mirar… -y tomando la lámpara en su mano, dirigió un haz de luz sobre el cuerpo extendido de Reiko.

Ella había cerrado los ojos. La luz de la lámpara destacaba la majestuosidad de su carne blanca. El teniente con un dejo de egocentrismo, se alegró pensando en que jamás vería esa belleza derrumbándose frente a la muerte.

El teniente contempló sin apuro aquel inolvidable espectáculo. Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos donde se detenía su mirada. La frente alta tenía una serena frescura, los ojos cerrados se orlaban de largas pestañas bajo las cejas finamente dibujadas y el brillo de los dientes se entreveía por los labios llenos y regulares… Todo ello configuraba en la mente del teniente la visión de una máscara mortuoria verdaderamente radiante y una y otra vez apretó sus labios contra la blanca garganta donde la mano de Reiko no tardaría en descargar su certero golpe. El cuello enrojeció bajo los besos y volviendo suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos con el fluctuante movimiento de un pequeño bote. Cerrando los ojos, el mundo se convertirá, así, en una mecedora”.

O en el caso de ella:

“Un olor dulce y melancólico se desprendía de las axilas profundamente sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros. En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella dulzura”.

La segunda cualidad, tan bien llevada como la anterior, es que el lenguaje y la atmósfera responden, más que a un narrador involucrado (pues es todo lo contrario: se siente aletargada, pasmosa, como si se demorara en suceder. Como una lluvia calma), a reflejar las emociones de los personajes, emociones que ellos mismos no reconocen. Así pues, uno como lector presencia las dudas de los personajes, el dolor y la tristeza, sin que ellos acaben de advertir que no está allá afuera, sino en su interior.

“Advirtió que, pese a hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su cara. Su rostro estaba fresco y sus labios húmedos. Era imposible encontrar en ella el menor rastro de tristeza, y al observar aquella demostración de la personalidad apasionada de su mujer, el teniente pensó que había elegido la esposa que le correspondía”.

En la cita anterior, por ejemplo, pareciera que es él quien busca su propia tristeza en el rostro de su mujer. Y la mujer hace lo mismo. Ambos están constantemente mirándose, notando cada detalle, aferrándose uno al otro. Hablan de la muerte, del honor de morir juntos, de la gran felicidad, pero lo cierto es que en cada momento el cuento destila nostalgia, ese querer mantenerse firmes incluso cuando saben que será el final. Una emoción paradójica: la felicidad de morir por el motivo correcto y la tristeza no reconocida por la muerte por venir.

“El teniente contempló las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes”.

Ambos protagonistas se preparan (se rasuran, se maquillan) no para ellos, no entre sí, sino para que cuando los encuentren muertos estos se vean presentables. Serán sus rostros de difuntos:

“Sería su rostro de difunto. En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle para convertirse en el busto de un soldado muerto. A título de experimento, cerró fuertemente los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad. Ya no era una criatura viviente”.

Sin duda, las virtudes del cuento lo hacen un dolor exquisito. Un lenguaje cuidado, acompasado con la emoción de los personajes que no se dan cuenta de lo que sienten, que lo buscan en el otro (en esa mirada siempre presente), en ese otro que lo oculta precisamente para ser firme con su pareja y para no derramar el maquillaje que se ha puesto para los demás. Porque desean ser vistos con honor, incluso cuando en el fondo, muy en el fondo, no desean morir. Una realidad compleja, contradictoria y paradójica en que el amor, el amor de dos, el amor íntimo, no es sino algo pequeño, pero precioso. Es ahí donde reside una tercera e inesperada cualidad: en darle a cada cual su espacio, en prepararlos de a poco, con amor y con honor, para lo inevitable de su destino. Sólo les queda eso, y les basta de algún modo: elegir con quien morir por honor.

Al mirar el estómago firme y joven, púdicamente cubierto por un vello vigoroso, Reiko pensó que pronto iba a ser cruelmente lacerado por la espada y, reclinando la cabeza, rompió en sollozos y lo cubrió con sus besos.

Al sentir las lágrimas de su mujer, el teniente se sintió capaz de afrontar valerosamente las más crueles agonías del suicidio. […] Contemplo las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes”.

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Yukio Mishima (三島由紀夫 Mishima Yukio?), cuyo verdadero nombre era Kimitake Hiraoka (平岡公威?) (Tokio, 14 de enero de1925ibídem, 25 de noviembre de 1970), fue un novelista, ensayista y dramaturgo japonés, considerado uno de los más grandes escritores de la historia del Japón.

“La mentira no contada”, Sherwood Anderson

” La mayoría de los muchachos atraviesan épocas cuando anhelan morir gloriosamente en vez de limitarse a ser abarroteros y continuar con la monotonía de sus vidas.”.

Día #9

La mentira no contada (1919), Sherwood Anderson.

En la introducción a una compilación de sus cuentos, Ana Rosa González Matute dice al respecto del autor: “Fue maestro de autores como Ernest Hemingway, Thomas Wolfe, John Steinbeck, Erskine Caldwell, William Saroyan, Henry Miller y el ya citado Faulkner, quienes, bajo su influencia, incorporaron a su arte elementos naturalistas y experimentaron con el simbolismo.” Creo que ello constituye una carta de presentación más que suficiente.

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Los cuentos leídos para esta revisión: “El libro de lo grotesco”, “Manos” y “La mentira no contada”; los tres (disponibles aquí) son pertenecientes al libro “Winesburg Ohio”, una novela atípica por, esencialmente, estar compuesta de relatos… los relatos de los habitantes de una comunidad en donde todos, de algún modo, tienen algo de grotesco (y también de hermoso, si a esas vamos.)

El cuento que mejor ilustra el panorama general es “El libro de lo grotesco”, pues hace un retrato de los personajes porvenir en los otros cuentos. Sirva, pues, como contexto:

“En un principio, cuando el mundo era joven, existían muchos pensamientos, pero ninguno que constituyera una verdad. El hombre construía sus verdades y cada una era un compuesto de muchos pensamientos vagos. En todo el mundo había verdades y todas ellas eran hermosas.

El novelista enlistó cientos de verdades en su libro. No le hablaré de todas ellas, pero sí incluía las siguientes: la verdad de la virginidad y de la pasión, la de la riqueza y de la pobreza, la de la frugalidad y del desenfreno, la del descuido y del abandono. Eran cientos de verdades y todas hermosas.

Luego llegó la gente. Conforme cada uno aparecía se apoderaba de una verdad, y los más fuertes, de una docena. Las verdades convirtieron a la gente en grotesca. El autor tenía una teoría muy elaborada al respecto. Su idea era que en cuanto una persona se apropiaba de una de las verdades, la llamaba suya, intentaba vivir su vida regido por ella, se transformaba en grotesco y esta verdad se convertía en falsedad”.

(El libro de lo grotesco)

Sin embargo, el que enaltece con mayor virtud las cualidades de Sherwood, al menos de los tres cuentos leídos, es “La mentira no contada”.

Una de las características que llaman la atención del cuento es el retrato detallado que hace de los personajes que intervienen en la narración de un modo u otro. Es decir, para contar la vida de un personaje debe, primero, hablar de los que lo rodean. Para ello, el autor se detiene en tres personajes. El primero de ellos es un hombre que, escapando de la comunidad con ayuda de una carroza y sus caballos, muere golpeado por un tren. A su muerte, siguió que el resto, en silencio, admiraran lo que había hecho, incluso si lo reprobaban en público y afirmaban que seguramente se había ido al infierno. ¿El motivo de la admiración? El épigrafe de esta entrada es la respuesta: el deseo de morir por encima de vivir una vida rutinaria, una vida no deseada. Esto es algo que también aparece en “El libro de lo grotesco”

Se le había metido la idea de que un día moriría inesperadamente y cada vez que se acostaba pensaba en ello. No se alarmaba. De hecho reaccionaba de forma muy especial e inexplicable. La posibilidad de no levantarse le infundía más vida que cualquier otro momento“.

(El libro de lo grotesco)

La historia es, para quien esto escribe, atípica desde su estructura. La descripción de los personajes crea no sólo una atmósfera, sino la sensación de estar frente a un lugar vivo. Para hablar del protagonista, pues, nos habla de un segundo personaje: el hijo de aquél hombre que se suicidó con el tren,  a quien dedica gran parte de la narración. Luego de introducir a los dos habla de un tercero: el protagonista.

“Ésta no es la historia de Windpeter Winters ni la de su hijo Hal que trabajaba en la granja Wills con Ray Pearson, sino la de Ray. Sin embargo, será necesario hablar un poco del joven Hal para que usted pueda comprender el espíritu de este suceso”.

Por si fuera poco lo anterior, Anderson se sitúa como narrador participe, al ir y venir de la historia y al llamar la atención del lector a notar ciertas cosas.

“Se encontraba triste, distraído y la belleza del lugar lo conmovía. Si usted hubiera conocido la campiña de Winesburg en el otoño y hubiera visto cómo las colinas bajas están salpicadas de amarillos y rojos, comprendería este sentimiento”.

Lo anterior no hace sino dar la impresión de estar ante una narración oral, lo que le da un toque de “cuento local”, de que ha narrado la vida de alguien que unos y otros conocen como real. Por otro lado, introduce al lector directamente en la construcción de la historia, pues la campiña cobra vida gracias a la empatía del lector al intentar comprender el sentimiento del protagonista, más que del lugar en sí. Como si Anderson nos situara frente al personaje y nos hiciera mirar sus ojos.

Y son precisamente los ojos, la mirada, la empatía, el eje del cuento. En los tres cuentos que componen esta lectura… la empatía hacia el otro, hacia ese ser extraño que ronda frente a nosotros, es un eje medular. En “El libro de lo monstruoso” hay un ejemplo maravilloso de ello:

“Al ver cigarros regados por todos lados el carpintero empezó a fumar”.

(El libro de lo grotesco)

Luego de comenzar a fumar, como el protagonista, el carpintero pasa de estar a punto de iniciar su labor a hablar, a sincerarse, a llorar incluso.

Algo parecido ocurre también en “Manos”. El cuento narra la historia de un hombre, Wing Biddlebaum, acusado de pedofilia por la forma en que usaba sus manos para conectarse con los niños (acariciándolos, abrazándolos, alborotándoles el cabello). Es expulsado de donde vive y desde entonces esconde las manos. Se reprime todo el tiempo. Entonces se hace un amigo, George Willard, con el que pierde el miedo y comienza a mover sus manos, las saca de sus bolsillos y se siente dichoso otra vez. Hasta que un día:

“Wing Biddlebaum se inspiró plenamente. Por una vez se olvidó, de sus manos. Poco a poco se deslizaron frente a él hasta posarse en los hombros de George Willard. En su voz aparecía algo nuevo e intrépido.

—Debe procurar olvidar todo lo que ha aprendido –dijo el anciano–. Debe empezar a soñar. De hoy en adelante no prestará atención a las voces que rugen. 

Wing Biddlebaum interrumpió su discurso y miró prolongada y vehementemente a George Willard. Sus ojos brillaban. De nuevo alzó las manos para acariciar al joven y, de repente, una expresión de horror cruzó por su rostro.”

(Manos)

En el caso de “La mentira no contada”, Anderson retrata a la empatía íntima y profunda, como ya lo fuera en manos, como algo que termina por lastimar a quien la siente.

Comienza con el retrato de los inicios de la amistad entre Hal y Ray, el protagonista. Un retrato de como comenzamos a mirarnos, ya no como sujetos extraños, entes grotescos que deambulan todos idénticos.

—He metido a Nell Gunther en un lío –dijo–. Te lo digo a ti pero cállate la boca.

Ray Pearson se levantó y se le quedó mirando. Era casi unos 30 centímetros más bajo que Hal y cuando el joven se le acercó y le puso las manos en los hombros parecían un retrato. Permanecieron en el extenso terreno vacío con las hileras silenciosas de los montones de
maíz detrás de ellos y las colinas rojas y amarillas a la distancia, y de ser solamente dos trabajadores indiferentes pasaron a cobrar vida el uno para el otro. Hal lo percibió así y porque era su modo de ser se rió.

“Pasaron a cobrar vida el uno para el otro”, ¿hay mejor forma de decirlo? (aquí estoy yo, haciéndole ojitos a Sherwood).

 Hal le pide consejo. No sabe si acabar por comprometerse con su pareja o dejarla. Le dice:

—Bueno, viejo –dijo torpemente–, ven y aconséjame. He metido a Nell en un lío. Puede que tú mismo hayas pasado por lo mismo. Sé muy bien lo que según los demás es correcto hacer. Pero, ¿tú qué dices? ¿Me caso con ella y siento cabeza? ¿Dejo que me pongan las riendas y que me lleven por ahí como un caballo viejo? Tú me conoces, Ray. Nadie puede doblegarme, sólo yo puedo hacerlo. ¿Lo hago o le digo a Nell que se vaya al diablo? Anda, dime. Sea lo que sea, Ray, lo haré.

La búsqueda de respuesta, de empatía; la falta de sentido de Hal cala hondo en Ray. Al intentar comprenderlo, al permitir al otro entrar y exponerse ante él, Ray comienza a cuestionarse su propia vida. El contacto con el otro ha resultado en mirarse a sí mismo también. Comienza a cuestionar la decisión de haberse casado; no su amigo, sino él. Se sitúa en el lugar del amigo en el sentido más existencial (¿no es el existencialismo el que hablaba del temor a exponerse uno mismo a través de la mirada?).

“Ray salió de la casa, saltó la cerca y se internó en el campo. Apenas empezaba a anochecer y el paisaje era muy bello. Todas las colinas bajas estaban bañadas de color, e incluso los pequeños racimos de los arbustos en las esquinas de las cercas radiaban de belleza. Por algún motivo Ray Pearson sentía que el mundo entero cobraba vida del mismo modo que él y Hal habían revivido al estar en los maizales mirándose fijamente a los ojos”.

Siente entonces que nada vale la pena, que necesita advertirle a su amigo de lo que está por hacer: ¡no debe casarse! ¡Debe ser libre! (¡Él también debe ser libre!).

Es en ese momento cuando Anderson ejecuta con maestría el arte de su simbolismo, su naturalismo y su oralidad. La narración, de repente, se convierte en una revelación violenta, y hermosa, un grito de vida:

“La belleza de la campiña de los alrededores deWinesburg era excesiva para Ray aquel atardecer de otoño. Eso era todo. No podía soportarlo. De repente se olvidó por completo de que era un tranquilo y viejo peón. Aventó el abrigo roto y atravesó corriendo los campos,  lanzando gritos de protesta en contra de su vida, de toda la vida y de sus horrores.

—No le prometí nada –gritó a los espacios vacíos que se abrían ante él–. No le prometí nada a mi Minnie y Hal tampoco le prometió nada a Nell. Sé que no lo hizo. Se fue al bosque con él porque así lo quiso. Ambos desearon lo mismo. ¿Por qué debo pagar? ¿Por qué Hal debe pagar? ¿Por qué cualquiera tiene que pagar? No quiero que Hal se vuelva viejo y se arruine. Se lo diré. No permitiré que continúe. Lo alcanzaré antes de que llegue al pueblo y se lo diré”.

La revelación empática es a la vez simbólica y existencial: él busca liberarse al tiempo que busca liberar a su amigo. Se va liberando en el otro y gracias al otro, incluso cuando es él quien ha corrido y no su amigo, cuando es él quien ahora pretende salvarlo.

El final es congruente no sólo con el cuento sino con los otros cuentos: se cierne sobre ellos la oscuridad. Los cuentos de Anderson están llenos de matices, parecieran anticlimaticos (un parón emocional semejante al que siento en muchos de los cuentos de Carver); están llenos de detalle, involucran a los personajes en todas las aristas posibles de ese medio siempre fantástico pero creíble que es su realidad como ficción. Sobre todos los personajes: lo grotesco. Su luz, su revelación, sus ganas de vivir terminan siendo eclipsadas por los seres que les rodean. Como si la propia silueta, antes luminosa y contrastante con la oscuridad del fondo, terminara por confundirse y fundirse en la noche de todos.

Al respecto recuerdo, sobre todo, cierta cita de una novela existencialista: “El túnel”, de Sabato.

“A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren, y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. ¿Sería eso, verdaderamente? ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?”

Es como si los personajes grotescos de Anderson se negaran a desvanecerse. De un modo, lo hacen, pero antes de extinguirse, antes de desaparecer entre sombras, brillan, todos ellos lo hacen.

***

Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 13 de septiembre de 1876Colón (Panamá), 8 de marzo de 1941), escritorestadounidense, maestro de la técnica del relato corto, y uno de los primeros en abordar los problemas generados por la industrialización.

“La culpa es de los Tlaxcaltecas”, Elena Garro

“Me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco”.

Día #8

La culpa es de los Tlaxcaltecas (1963), Elena Garro.

Los últimos días han estado plagados de pequeñas catarsis, violentas todas, todas ellas liberadoras. Ha sido tan así que no puedo pensar en otra cosa.

Para mi suerte, o quizá mi desgracia, el día de hoy me he topado con dos cuentos que hablan directa o indirectamente de “La malinche”, un personaje de la historia mexicana que se caracteriza, en resumen y para no entrar en detalle, por dos cosas: la traición que lleva a cabo y la incomprensión que sufre. Cuál vino primero es en absoluto irrelevante.

Uno de ellos es precisamente del que va esta entrada: La culpa es de los tlaxcaltecas, de Elena Garro. En él, la protagonista se ve inmersa en las consecuencias de su traición. En la traición en sí y su lucha por sobrevivir. Ésta escapa una y otra vez a un pasado lejano y atemporal, ¿mental, acaso?, como si alguien la invocara para tenerla a su lado. Es una doble traición: al presente y al pasado.

Lo maravilloso en Garro, a consideración de quien esto escribe, está vertido sobre todo en:

  1. El lenguaje
  2. El manejo del tiempo y del narrador.
  3. Los personajes y los diálogos.

(Sí: todo es maravilloso en éste cuento de Garro, ¿qué puedo decirles?). En primer lugar el lenguaje, puesto que a éste le subvienen el ritmo, la atmósfera y las metáforas poderosísimas que emplea sin tocarse un pelo.

Por citar un ejemplo de muchos:

– Yo soy como ellos; traidora … – dijo Laura con melancolía. 

La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.

– ¿Y tú Nachita, eres traidora?

La miró con esperanzas. Si Nachita compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entediera esa noche“.

¿Y si en lugar de mirar esperanzada a Nachita la mirara suplicante? Garro no sólo mantiene la traición sobre la mesa todo el tiempo (en apenas 4 líneas, es mencionada 3 veces), sino que la complejiza al hacer que a tal traición sobrevenga la “melancolía” y la “esperanza”. Ambas eluden al presente. La traición, pues, no tiene solución cabida en el presente. La maestría está en expresarlo sin haberlo dicho textualmente. No hay solución, uno comprende, excepto una: “Si compartía su calidad traidora, la entendería“. Ello, al igual que dotar a la traición con la imposibilidad de resolución presente, ancla a la protagonista a otro no sólo en el hecho de traicionar sino en su redención. El problema inicia y termina en los otros. ¿Qué es lo más terrible? ¿Qué es lo que la devasta? El personaje inicia no con la afirmación de su propia “calidad”, sino la de todos. Los otros. Siempre los otros: “Yo soy como ellos”. ¿Qué hay de terrible en traicionar, si todos lo hacen? La doble traición justifica su dolor: no puede decirse que encuentre la paz en alguno de los lados de la balanza, no hay catarsis en la traición cuando se traiciona ambos momentos. Al respecto, Garro escribe:

“-Estás desteñida, parece una mano de ellos – me dijo.

-Hace tiempo que ya no me pega el sol.

Bajó los ojos y me dejó caer la mano. Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno sólo”.

Se ha “desteñido”, piensa el otro: es decir, ha perdido algo de ella, de lo que la hacía ella. Pero ella siempre ha sido así, ella es así.  ¿Son los otros los que imponen la prisión de lo que ella debe ser? ¿Es traición no cumplir?

Ella piensa que él sabe muy bien que era capaz de traicionarlo; y en ese gesto, en ése saber, comprende que el amor y el tiempo (su anhelo por el pasado y el futuro, por la eternidad de aquello que no es presente) son uno. Su esperanza y su nostalgia se funden en un otro lejano, inalcanzable. Siendo comprendida, espera, siendo aceptada en su cualidad de traidora, la protagonista, Laura, encontrará la redención. Porque él la ama a pesar de su traición, sí, porque “su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo“. Ello le ofrece consuelo a Laura: el recuerdo.

Porque, ¿él existe ahora, ese hombre en ningún tiempo? Una referencia más al pasado (un pasado que, además, se antoja imaginario.)

Y es precisamente ahí donde está la que considero su segunda gran virtud: el tiempo y la voz narrativa cambiante. Un ir y venir que se desdibuja todo el tiempo. De una línea a la próxima, la protagonista pasa del dialogo a la narración, para luego dejarle una vez más la voz a ese narrador siempre mutable. La protagonista se roba el tiempo narrativo cuando describe lo que ha ocurrido en ese pasado que, como parte de la historia, le roba al presente su tiempo (ella se va por horas al pasado y, al volver, descubre que de hecho pasaron semanas). ¿Alguien dijo nostalgia? ¿Vivir en el pasado, incluso si éste es inexistente?

Ese ir y venir hace plausible el viaje temporal de la protagonista sin que ello resulte en lo absoluto inverosímil (¿ha perdido la cabeza? ¿ha viajado en el tiempo, en realidad? Poco importa. Ninguna de las dos acaba por reconfortarla). Está, por el contrario, al servicio de la narración no como el acto de irrumpir la realidad sino de darle sentido: la protagonista, que ansia perpetuamente un tiempo que no está en ningún lugar, que está en el pasado y en el futuro, no se mantiene en un sólo tiempo. Fondo y forma perfectamente en comunión.

Del tercer punto, los protagonistas y los diálogos, quisiera mencionar sólo un ejemplo presente en la segunda página del cuento (el otro ejemplo ya está como epígrafe a esta publicación), ya que ilustra, además, todos los elementos señalados con anterioridad:

“Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé a la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como esta”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?”

La atmósfera, el tema, la historia en sí, la narración: todo confluye en aquél tiempo que se cierra sobre ella, pasado y presente rodeándola. Esa lucha entre lo que otros han dicho de ella, la carga histórica y su propio devenir. Lo que ella es, por encima del tiempo. Es a la vez, la historia que se repite, la redención que no llega sino con los otros, esos otros que ella espera la entiendan al haber repetido lo mismo (actores que no llegan nunca: la redención no aparece sino como añoranza.)

No puedo sino pensar que este cuento parece escrito para el momento en que lo he leído. Porque, por momentos, yo comprendo a Laura, a esa malinche simbólica. La comprendo y quisiera abrazarla.

***

Elena Garro (11 de diciembre de 1916122 de agosto de 1998) fue una escritora, poeta, periodista y dramaturga mexicana.

“Felicidad” y “La señorita Brill”, Katherine Mansfield

“¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?”.

Día #7

Felicidad y La señorita Brill de Katherine Mansfield.

De entrada he de decir que los dos cuentos me han parecido prodigiosos, complementando con su lectura la comprensión que tuve de cada uno por separado. Hasta ahora había decidido hablar de un sólo texto y mencionar, por añadidura, aquellos que habían servido para contextualizar mi apreciación de una obra particular.

Pero es que, tras leer La señorita Brill y Felicidad (en ese orden lo he hecho), no puedo sino pensar que, en cierto modo, son facetas in disociables. Ello me ha pasado muy pocas veces. Puntualmente recuerdo sólo una, con los cuentos “¿Dónde está todo el mundo?” e “Intimidad” de Raymond Carver, donde en un momento de sinceridad, las mujeres de ambos cuentos le dicen al protagonista lo que sintieron por él:

“Cuando estaba embarazada de Mike me llevabas al cuarto de baño porque no podía ni levantarme de la cama de lo preñada que estaba. Me llevabas tú. Nadie volverá a hacer eso nunca, nadie podrá amarme de esa forma, tanto. Teníamos eso, pasara lo que pasara. Nos amábamos el uno al otro como nadie podrá amarnos ni volverá a amarnos nunca”.

“¿Dónde está todo el mundo?”

“Te quise tanto. Te quise con locura. Sí, así te quise. Más que a nada en el mundo. ¿Te das cuenta? Es para morirse de risa. ¿Te imaginas? Estábamos tan íntimamente unidos en aquella época que apenas puedo creerlo. Creo que eso es precisamente lo que más extraño se me hace ahora. El recuerdo de haber tenido tal intimidad con alguien. Una intimidad tan grande que me dan ganas de vomitar. No me cabe en la cabeza una intimidad así con otra persona. Nunca he vuelto a tenerla”.

“Intimidad”

Ambas mujeres hablan del gran afecto que sentían, ese amor que no han tenido ni tendrán por nadie más. La primera, con cierta nostalgia,  como una sonrisa calma y resignada; la segunda, como algo violento, como una queja, como algo que dan ganas de vomitar (nunca mejor dicho.) Así como ambos cuentos, en el caso de Carver, se complementan entre sí en su visión del amor, así lo hacen “Felicidad” y “La señorita Brill” (no mostrando sus opuestos, sino sus facetas).

El concepto de la embriaguez, de la emoción que explota, se encuentra tanto en el lenguaje como en la forma de emplearlo. Sirva de ejemplo la cita al inicio de este texto, así como la siguiente:

“El fuego del salón convertido en ascuas brillaba como un ojo intenso y vacilante hecho un nido de pequeños Fénix” (Felicidad)

En la forma, Katherine recurre constante a las exclamaciones y a una narración ansiosa, reiterando las palabras, encadenando las distintas partes de una oración como si estas se descubrieran, como una revelación, mientras las dice:

Pero ahora lo deseaba, ¡ardientemente, ardientemente! Esta sola palabra la sentía de una forma dolorosa en su cuerpo abrasado. ¿Era esto lo que aquella sensación de felicidad significaba? Pero, ¡entonces, entonces!…“. (Felicidad)

Ello le confiere un tono jubiloso a ambos cuentos. A la vez que tal júbilo se demuestra en la embriaguez, un llenarse del mundo, no caber en sí mismo. Ello refiere tanto a la realidad (la realidad posible, la que debería ocurrir como única consecuencia natural a esa felicidad creciente), como a la propia (el cuerpo, el espíritu.)

En el caso de “Felicidad”, la protagonista se obliga a no expresar del todo su felicidad, porque, dice, sería juzgada como una loca.

Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?” (Felicidad)

En el ejemplo anterior, cuestionar la normalidad la lleva a preguntarse por sí misma, a qué tanto puede o no mostrar su felicidad.

En “La señorita Brill”, el cuestionamiento de la realidad por la dicha se da a un nivel incluso más allá: en su normalidad, en su función social y hasta en el mecanismo mismo de leer la realidad.

¡Oh, qué fascinante era aquello! ¡Cómo le divertía sentarse allí! ¡Le agradaba tanto contemplarlo todo! Era como si estuviese en el teatro. Igualito que en el teatro. ¿Quién habría adivinado que el cielo del fondo no estaba pintado? Pero hasta que un perrito de color castaño pasó con un trotecillo solemne y luego se alejó lentamente, como un perro «teatral», como un perro amaestrado para el teatro, la señorita Brill no terminó de descubrir con exactitud qué era lo que hacía que todo fuese tan excitante. Todos se hallaban sobre un escenario. No era simplemente el público, la gente que miraba; no, también estaban actuando. Incluso ella tenía un papel, por eso acudía todos los domingos. No le cabía la menor duda de que si hubiese faltado algún día alguien habría advertido su ausencia; después de todo ella también era parte de aquella representación.” (La señorita Brill)

En ambos cuentos resalta, pues, que la dicha es una embriaguez que no atona sino que constituye en sí un acto revolucionario. Ser dichoso en un mundo donde no se permite serlo, donde se acusa de loco a quien siente tanta felicidad, a quien asume y reconstruye dichoso su papel en la sociedad y lo explota hasta regocijarse. En el caso de ambos cuentos, son mujeres quienes llevan a cabo tal acto revolucionario.

El otro punto en común en ambos cuentos es justamente la noción de los otros como predecibles, como actores que funcionan precisamente con los códigos que se les han establecido. O que ellos mismos han establecido. Una normalidad social y hasta íntima.

Véase, por ejemplo, estos dos casos.

Otros preferían sentarse en los bancos y en las sillas pintadas de verde, pero estos eran casi siempre los mismos un domingo tras otro y -tal como la señorita Brill había advertido a menudo- casi todos ellos tenían algún detalle curioso y divertido“. (La señorita Brill)

El segundo:

“Berta no pudo contener una sonrisa. Sabía que a Harry le gustaba hacer las cosas a gran velocidad, aunque al fin y al cabo, ¿qué importaban cinco minutos más o menos? Pero él se convencía a sí mismo de que eran importantísimos y además luego tenía el puntillo de entrar en el salón muy lento y sosegado. […] Su marido entró en el salón exactamente como ella se había figurado.” (Felicidad)

La diferencia del protagonista y de los otros personajes estriba principalmente, pues, en que presenciamos de primera mano como la primera es consciente de su actuar y lo modula, cambia o dirige hacia un fin. Incluso si el fin es el mismo que los demás, la consciencia de su realización, de su transgresión o uso a voluntad de los códigos, se antoja lleno de una viveza que atinadamente Katherine refleja a partir de metáforas. Tan sólo en en el cuento “La señorita Brill”, se pueden evidenciar algunas que van de lo notable a la belleza.

  • El azul del firmamento estaba salpicado de oro y grandes focos de luz como uvas blancas bañaban losJardins Publiques. 

  • El aire permanecía inmóvil, pero cuando una abría la boca se notaba una ligera brisa helada, como el frío que nos llega de un vaso de agua helada antes de sorber.

  • Y aunque la banda tocaba absolutamente todos los domingos, fuera de temporada nunca era lo mismo. Era como si tocasen sólo para un auditorio familiar; cuando no había extraños no les importaba mucho cómo tocaban.

  • Frotó los pies y levantó ambos brazos como un gallo a punto de cantar.

  • Ahora hubo un fragmento de flauta -¡hermosísimo!-, como una cadenita de refulgentes notas.

  • Los ancianos continuaban sentados en el banco, quietos como estatuas.

  • A veces algún pequeño que apenas caminaba aparecía tambaleándose entre los árboles, se detenía, miraba, y de pronto se dejaba caer sentado, ¡flop!, hasta que su mamaíta, calzada con altos tacones, corría a socorrerlo, como una clueca joven, regañándolo.

  • Una hermosísima mujer perdió su ramillete de violetas mientras se acercaba paseando, y un niñito corrió a devolvérselas, pero ella las tomó y las arrojó lejos, como si estuviesen envenenadas.

  • la toca de armiño se giró, levantó una mano, como si hubiese visto a algún conocido, a alguien mucho más agradable, por aquel lado, y se dirigió hacia allí.

  • ¡Oh, qué fascinante era aquello! ¡Cómo le divertía sentarse allí! ¡Le agradaba tanto contemplarlo todo! Era como si estuviese en el teatro.

  • Pero hasta que un perrito de color castaño pasó con un trotecillo solemne y luego se alejó lentamente, como un perro «teatral», como un perro amaestrado para el teatro, la señorita Brill no terminó de descubrir con exactitud qué era lo que hacía que todo fuese tan excitante.

  • De pronto el anciano había comprendido que quien le leía el periódico era una actriz. «¡Una actriz!» Su vieja cabeza se incorporó; dos luceritos refulgieron en el fondo de sus pupilas. «Actriz…, usted es actriz, ¿verdad?», y la señorita Brill alisó el periódico como si fuese el libreto con su parte y respondió amablemente: «Sí, he sido actriz durante mucho tiempo».

  • Camino de casa acostumbraba a comprar un trocito de pastel de miel en la pastelería. Era su extra de los domingos. A veces le tocaba un trocito con almendra, otras no. Aunque entre uno y otro existía una gran diferencia. Si tenía almendra era como volver a casa con un pequeño regalo.

Cabe resaltar, como último punto, que la viveza y la irrealidad transgresora se perciben incluso hasta el detalle mínimo, como son los objetos. Katherine dota de vida a los objetos, les da intenciones, los hace interactuar (a través del lenguaje) con los protagonistas sin resultar en lo absoluto inverosímiles o fuera de contexto.

“Se dirigió al salón y encendió el fuego en la chimenea. Luego cogió uno de los cojines que Mary había arreglado con tanto esmero y volvió a disponerlos sobre los sillones y los sofás. Así ya era otra cosa. La habitación pareció de repente cobrar vida. Mientras dejaba el último almohadón, quedó sorprendida al ver que lo abrazaba fuerte y apasionadamente. Pero esto no logró extinguir el fuego que ardía en su pecho. ¡Oh, no, no; al contrario!” (Felicidad)

“¡Ah, picarón! Sí, eso era lo que en verdad sentía. Un zorrito picarón que se mordía la cola junto a su oreja izquierda. Hubiera sido capaz de quitárselo, colocarlo sobre su falda y acariciarlo. Sentía un hormigueo en los brazos y las manos, aunque supuso que debía ser de caminar. Y cuando respiraba algo leve y triste -no, no era exactamente triste- algo delicado parecía moverse en su pecho.” (La señorita Brill)

Sin duda, ha sido una lectura provechosa, llena de un jubilo vigorizante que hace que a uno le den ganas de dejar de leer y ponerse a bailar. O eso me ha pasado a mí, que mejor termino aquí sin haber develado de qué va la trama de ambos cuentos (tramas que, dicho sea de paso, son sencillas, extraordinariamente sencillas), y algunas de las más bellas y poderosas imágenes que poseen, pues deben presentarse en su momento justo: cuando los comiencen a leer. Los invito a que los lean y los disfruten, espero, tanto como yo lo he hecho.

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Katherine Mansfield es el pseudónimo que usó Kathleen Beauchamp (Wellington, Nueva Zelanda, 14 de octubre de 1888Fontainebleau, Francia, 9 de enero de 1923), una destacada escritora modernista de origen neozelandés.