El balón no está hecho para detenerse en la red

Cuento ganador (empate) de la edición n°9 de #InstantáneaExpress

(Editorial Paraíso Perdido) (Julio, 2017). 

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora es la epitome del deporte, ora una recreación sana para el espíritu. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

 

Fotografía:  Rob Woodcox.

Los secretos de la memoria

Cuento ganador de la edición n°7 de #InstantáneaExpress (Editorial Paraíso Perdido) (Junio, 2017). 

Luis lo llevó la última noche. Lo presentó como su hermano. Increíble. Me dijo una vez: “Hay una ventaja en los parecidos físicos”, refiriéndose a nosotros. No sé cómo pudo causarme gracia entonces. Sólo nos parecíamos al fingir.

Saludaban a Luis en la fiesta y lo dejaban atrás como si solo hiciera falta otro día para volverlo a ver. No se despedían porque nadie –excepto yo- sabía que era su última noche en el campus. Era nuestro secreto. El fin.

Hablando de finales, hay algo enfermo en jurar Hasta luego cuando se mira con un Adiós escondido bajo los párpados. Hay que ser mentiroso o falto de dignidad. Sin embargo, hay algo menos digno en no despedirse de quien estuvo a nada de arrancar la superficie por amor. Yo fui ese alguien. Quien arañó la verdad. Luis, en cambio, simulaba que nada pasó -como si con ello volviera invisible nuestra memoria para el resto de quienes estaban en la fiesta; como si con ello evitara la sospecha de que alguna vez estuvimos tan cerca que fuimos una sola sombra.

Sin cruzar palabra, esperé paciente. Luis estaba junto al otro. Esperé al amor, aunque no fuera mío. Quería verlo besar, por última vez, a quien fuera. Si lo hacían ellos dos —Luis y cualquier hombre— podría haberlo hecho yo también. Haber gritado Te amo sin acabar de arrancarle el secreto del cuerpo. Jamás podría traicionar nuestro secreto. Esperé que hiciera cualquier cosa, algo de verdad. Pero no lo hizo. Siguió simulando.

Fotografía: Mark Liddell

Una oferta generosa

El insomnio no es el mayor dilema de la princesa que durmió cien años. Lo es, en cambio, aceptar o no la “lipo. Liposucción, claro. Se lo sugirió su nuevo representante, del que supo hasta hace dos días cuando emergió de las profundidades de un cuarto para utilería de Princessland.

Ahí la habían dejado, luego de hacer una copia idéntica (pero más bonita), que usarían como su mayor atracción. Cuando la princesa despertó, acostumbrada ya a las catacumbas de su viejo castillo, se escapó del cuarto y comenzó a gritar: ¡Me han raptado! ¡Infames!

La gente de Princessland, ya sin poder evitar el escándalo, le ofreció un trato generoso: le harían una película si aceptaba que su historia acabase donde la original. No entendía qué era una película así que se la mostraron. Era animada y le dijeron que se basaba en un cuento. La princesa no sabía que habían hecho cuentos sobre ella.

Resultó ser que, dormida, varios hombres acudieron a su lecho y le hicieron cosas horrorosas. La mayor de todas fue dejarla ahí. Un escritor anciano había escrito de ella para que alguien la salvara, y en lugar de eso lo habían vuelto famoso –su cuento, al menos.

Así, tardaron muchos años en que el cuerpo de la princesa fuese comprado por Princessland, y a días de entrevistarla su representante sugirió que se hiciera la “lipo”, pues debía parecerse a la copia que habían puesto en su lugar.

Su dilema había sido planteado, ¿aceptar o no? ¿Y si luego le cambiaban la cara y las posaderas? Había visto criaturas de partes removibles ahí en el parque, y pensó en su destino. Que la volverían eso.

Pero Princessland no quería borrar del todo su identidad para que nadie la reconociera, sino lo opuesto. Le deseaban la fama, igual que al escritor que una vez quiso que la salvaran. Ella no alcanzaba a ver la bondad de quienes la habían comprado.

Fotografía: Nightlights, Lissy Laricchia

Gula

Cuento ganador de la edición n°1 de #InstantáneaExpress

(Editorial Paraíso Perdido) (Marzo, 2017).

Pasamos por debajo de una valla rota, cruzando el sonido sordo de hojas sin futuro. Ya lejos de la choza y del pueblo, un hombre apareció delante. No lo habíamos visto al caminar. Al principio no me pareció muy distinto a nosotros. Llevaba, sobre su mano, un algodón de azúcar que sujetaba con los dedos. El dulce nublado entraba a su boca como resistiéndose. Creí que era el dueño de aquél espacio cercado, así que lo saludé. Sofía, que estaba junto a mí, negó con la cabeza. Parecía suplicarme que nos fuéramos. Pedí disculpas por irrumpir, notando entonces que el hombre llevaba las uñas muy largas. El algodón se pegaba en el anverso de las uñas como bacterias que se adhieren a la carne en la gangrena. Nos fijamos entonces en su boca, mientras comía. Sus dientes eran rosas, consumidos ya de tanto comer. Parecía que uno y otro se alimentaban de sí, y decidimos que el miedo a ser atrapados por irrumpir ilegalmente era menor al miedo a lo que él pudiera hacernos. Avanzamos de regreso, cruzando los espacios vacíos entre los árboles, llenos de pronto de una bruma rosa, como el algodón que él comía. Debía ser por el cielo, rosa sobre nosotros. Estaba por caernos la noche encima. La bruma se hizo muy densa, casi pantanosa, y notamos de pronto que frente a nosotros, lejos, parecían haber forjado muros de concreto. No era posible. Debían ser arboles de raíz descomunal. Tampoco eso. La apretujé, tembloroso. Eran dientes.

Fotografía: Paulo Bortolini. 

Pedregal

Para el boletín escolar de mis alumnos
Me propuso que nos fuéramos de viaje.
– A donde tú quieras –me dijo. Tenía esa sonrisa, cuando me lo dijo. Un gesto enorme de felicidad que yo conocía de sobra en su rostro. Yo no quería ir, y aunque supe que acabaría aceptando, mantuve el silencio cuanto pude, estiré el tiempo. Quería seguir viendo su sonrisa.
Fui a mi casa e hice las maletas. Pensé, mientras las hacía, en cómo sería nuestro trayecto por las calles pedregosas del pueblo. Él me dijo que sería yo quien elegiría. Después, no mucho después, me mostró una fotografía de un pueblo mágico donde por las tardes la neblina baja desde la parte oculta de las montañas. Eso dijo él, intentando convencerme cuando ya me había convencido. Sólo que él no lo supo.
– Sí, ya, es bonito –le dije. Lo cierto es que me parecía hermoso. No entonces, claro, pero sí al imaginarme caminando con mis botas, las que no usaba hace mucho porque en casa siempre hace calor. Un calor insoportable. ¿Está mal, de vez en cuando, añorar una ligera ventisca?
Acabé de prepararme para el viaje y fui hasta la central de autobuses, donde me dijo que debía esperar su arribo. Me senté, al llegar, viendo a la otra gente mientras se marchaba, contenta. A quién engaño. Es probable que yo viera sonrisas en todos lados porque seguía pensando en la suya.
Al cabo de una hora, me di cuenta de que el camión, nuestro camión, estaba por partir. Revisé mi celular. Ni una llamada suya. Le llamé, entonces:
– ¿Dónde estás?
– No te escucho.
– Estoy aquí, esperando. ¿Recuerdas? Dijiste que hoy nos iríamos de viaje.
– ¿Te dije hoy?
Escuché su voz. Sé cuándo sonríe, mientras habla. Su voz se nota más ligera, como nubes deslizándose.
– ¿No vas a venir, entonces?
No respondió. No sonreía. Dijo un montón de cosas. El tráfico, un dolor, un dolor terrible que de pronto le hubo dado. El mundo es terrible. Eso ya lo sabía, y lo sé. Lo sé todo el tiempo, excepto cuando me olvido de ello, por instantes, mientras sonrío. Antes sonreía en su nombre, ahora lo hago sola.
Tomé mis maletas. Se me hacía tarde. Iba con retraso.
– Te lo compensaré.
– Quiero que me escuches –le dije, antes de colgar-. No estaré en casa.
– ¿Hoy?
– Sí. Hoy.
– ¿Y mañana?
Nuestro viaje duraría sólo dos días, volveríamos la mañana del tercero Pero yo podía volver, en realidad, cuando quisiera. Pensé en lo mucho que me hacía falta la distancia.
Respondí, entonces:
– No. Ni el día que sigue a ése, ni el que sigue.
Pude haber dicho: “Sé que no lo compensarás”, pero eso lo sabíamos ambos.
Me fui, llegué hasta la cabaña y salí apenas pude. Caminé como si mi destino hubiese sido, desde el principio, viajar sola.
Pese a que han pasado los días, pese a que ya he visto muchas veces las calles pedregosas, la gente y sus bufandas y sus botas, el pueblo aparece frente a mí cada día como si cada piedra, cada persona y cada bufanda fuesen maravillosas. Como si la luz, la oscuridad, la niebla y el atardecer les proporcionaran un brillo distinto cada vez. Incluso mis botas lucen distintas. Me gustan más, ahora.
Fotografía: Laura Zalenga. 
 

Una puerta

Publicado en Revista Rojo Siena (Noviembre, 2016). 

Le prometí un pase al inframundo a cambio de un six-pack de cerveza. Yo sé que es pedir poco, pero los tiempos son duros y es más fácil ir a las puertas del averno que conseguir dinero suficiente para aquella endemoniada bebida.
Él llegó con sólo cinco botellas, y le dije que estaba loco si creía que bastaba. ¡Me he tomado una para darme valor!, me dijo hincándose. Se arrastró hasta mí, viéndome a moco tendido, y yo dije bah, está bien, tomé una y me la bebí de un gran sorbo. Vamos, pues.
Nos tomó once minutos llegar hasta la puerta. Él no comprendía nada. Es… sólo una puerta, dijo mirándome con los ojos como a punto de salirse de su cara. Habíamos recorrido un largo pasillo subterráneo, pintado con blanco percudido; estábamos al final del corredor, como el de una escuela o una oficina gubernamental. Sí, le dije, y me apresuré a poner mi palma sobre el picaporte. Es… es sólo una puerta, repitió. Una puerta que rechina demasiado, pensé. ¿Aquél tipo era idiota? Claro, el miedo, sí. Que no cualquiera llega al inframundo por voluntad propia. O no así, con tal ímpetu. Aquél pobre imbécil había necesitado una cerveza —una de las mías— con tal de aplacar su cobardía. Está bien, le dije, acércate. Él avanzó despacio, tanteando sobre el suelo que, parecía por su mirada, estaba por desaparecer. ¿Qué temía? Aquella podría ser la puerta al cuarto de limpieza. No había nada ahí distinto a cualquier otro lugar. Anda, idiota, no tengo tiempo para estas cosas.
Él se puso un paso detrás de mí, entonces empujé la puerta gris. ¿No necesitas llave? Dijo jalándome de la camisa. No, le dije, quitándolo de golpe. Avanza, si es que quieres llegar. Asintió y me siguió hasta lo que había más allá de la puerta. Luego comenzó a cerrarse y la detuve con la punta de los dedos.
Al notar que no había fuego, ni gritos, el tipo salió de su escondite —mi espalda— y se apresuró a caminar en todas direcciones. Caminó por casi cinco minutos. Cinco más y podría irme, sí, cinco; lo justo y necesario. ¿Qué… qué es esto?, dijo, No entiendo. El tipo me había pedido llevarlo hasta el inframundo, pero hubiera dado lo mismo si en su lugar hubiese dicho al infierno o el averno. La mitología humana es sumamente curiosa: tiene tanto tormento en tantas palabras, tanta destrucción y remordimiento… Como si fuese necesario, pero no era necesario ningún nombre para aquél lugar. Tampoco era necesario el perpetuo azote de quimeras demoníacas. No había un río al cuál iría a parar su alma. El muy idiota no sabía nada de eso, pero tampoco me lo preguntó. Él dijo llévame, y eso hice.
Estás justo donde querías, le dije, y luego giré moviendo la puerta. Espera, me dijo, ¿a dónde vas? Abrí la puerta por completo y salí. Escuché sus pasos, corriendo detrás, y luego cómo se estrelló contra la puerta apenas un momento, porque al cerrarse desapareció de su lado y él, seguramente, estaría golpeando el aire, en vano.
Yo me quedé recargado a la puerta, me dejé caer al suelo y tomé otra de las cervezas.
Ya sólo me quedaban la mitad.

Reflejo

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Noviembre, 2016).
Vi a mi esposa muerta situada en el centro comercial. Estaba frente a una tienda de ropa que ella visitaba por horas, arrastrándome a su lado. Nunca me gustó ese lugar porque la convertía en un ser absorto. Enmudecía al trenzar su mirada en las telas de vestidos que habiendo sido más joven le hubiese gustado usar sobre su piel satinada.
     La tarde cuando la vi luego de su muerte -mucho tiempo después-, llevaba un vestido rosa. Su cuerpo entero parecía reflectarse gracias al cristal que atesoraba años de luces artificiales.
     – ¡Lucía! – le grité -. ¡Eres tú!
      Lucía no respondió. Sus brazos, caídos y faltos de vigor, iban a juego con el resto de su cuerpo que se sostenía por inercia en su lugar.
      – ¡Amor!
      Pensé que mi nostalgia se había enredado con la realidad hasta traérmela de vuelta.
      – ¿Lucía?
     A unos pasos del encuentro comencé a titubear. ¿Sería ella realmente, mi esposa muerta? Nadie reparaba en el trance mortuorio de Lucía.
      Llegué hasta ella e intenté abrazarla, daba igual si estaba absorta, pero ella me retiró de inmediato. Sus ojos, cargados de un vacío que aún hoy me causa pesadillas, me sentenciaron a la mayor de las frialdades.
      Aparté mis brazos y esperé a su lado a que al fin se liberara del trance. Pero las horas pasaron -y los años también- y ella no se mudó ni un ápice. Mis esfuerzos fueron y siguen siendo inútiles. Lucía sigue ahí, inmóvil.
Pintura: Mia Bergeron 

Oferta

Tributo a Juan José Arreola 

Estudios recientes han encontrado que los jóvenes sienten mayor comodidad ante sistemas electrónicos y computacionales. Les prefieren, sobre todo, ante la alternativa de sujetos humanos.

En respuesta, MorbidTechnologies ™ propone la utilización de PrefectMás ©. PrefectMás es un sistema computarizado que funciona a distancia, con única sede (una computadora madre que opera como reguladora de todos los sistemas escolares incluidos); de utilización portátil. Su finalidad es servir de sustituto mejorado a la prefectura costumbrista (que genera sueldos cada vez más altos ante las imperiosas y ciertamente evitables necesidades de los sujetos humanos tradicionales).

El sistema permite su uso como una aplicación móvil, lo que facilita la vida de los estudiantes. Al no ser de carácter obligatorio, la disidencia esperada en los adolescentes no parece posible.

Entre sus atractivos, PrefectMás © hace uso de las redes sociales del estudiante (a través de algoritmos especializados, como aquellos que dictan de antemano los contactos con los que han de relacionarse por gustos afines), de tal modo que provee beneficios ante logros académicos (individuales, ciertamente; el sistema es personalizado), así como administrativos.

Casos de éxito sobran en nuestro conglomerado. En uno de tantos planteles en que ha sido utilizado el sistema PrefectMás © se redujo la inasistencia en un 89%, el retardo en un 69% y el incumplimiento de tareas en casi 100%. Ello debido a los novedosos métodos automatizados de nuestro sistema.

El educando pronto descubre que su arribo oportuno supone no sòlo un mejor aprovechamiento para su clase (conocemos al estudiante de hoy y la precaria importancia que obsequia a su desarrollo), sino la acumulación de puntos que puede intercambiar por mejoras a las distintas redes sociales. Contamos con un amplio abanico de éstas. Las posibilidades maravillosas de nuestro sistema se fundamentan en nuestras relaciones profesionales y convenios. Gracias a nuestro acuerdo con Facebook, por ejemplo, se permite al educando el cambio de colores en su perfil personal, así como el agrandamiento de las fotografías que comparte (esto es especialmente útil para jóvenes socialmente activos, que suelen tener menor desarrollo curricular comparado con sujetos retraídos, según estudios recientes). Para los otros (el resto, PrefectMás © no segrega en forma alguna), también hay beneficios. Desde la colaboración con Nintendo ™, se le proporciona acceso a pokemones aún no liberados para el público (lo que a su vez aumenta su sensación de valía y de auto-aprecio).

Nuestro sistema permite la acumulación de puntos. Cuando el educando posterga la recompensa (favoreciendo así la auto monitoreo y regulación), se obtienen beneficios tales como: tiempo gratis en telcel (llamadas ilimitadas, útiles para los que cuentan con pareja(s), hasta agotar existencia), suscripciones a netflix, clarovideo y descarga en demanda de películas de cinepolis klick (actualmente contamos con Avengers 2 y Batman contra Superman. Próximamente, El escuadrón suicida).

Para hacer más ameno el sistema, y favoreciendo la regulación en clase, el educando recibe memes personalizados (imágenes viralizadas en internet, para aquellos que no se encuentran familarizados con el término). En ellos se colocan mensajes que incitan al educando a regresar su atención a la clase. Contamos con una base extendida de memes, actualizados siempre gracias a nuestro monitoreo de las redes sociales de los educandos.

MorbidTechnologies ™ siempre a la vanguardia.

Regresar

 

Mamá me dijo que no hablara con el león de rostro por la mitad. Tenía ojos profundos, como huequitos en la tierra. Llenos de oscuridad. El león estaba sentado detrás de nosotras. Ocupaba dos asientos. Su pelaje era negro, como sus ojos, y se extendía de la cabeza hasta los pies. Sólo el pecho lo llevaba azul. El león me miraba y yo le regresaba la mirada. Al principio incluso le sonreí, pero mamá me giró para que ya no lo viera. Sentí el resoplido del león detrás de mí. Mamá dijo “Cuídate de él”, también dijo “No lo escuches”.

Pero yo lo escuché. Cuando el autobús dio la primera vuelta luego de un largo camino en línea recta, el león me preguntó, “¿A dónde quieres ir?”. Yo no supe qué decirle. Había dejado que mamá me llevara a donde ella quería. ¿No es eso lo que se supone que yo debía querer también? El león se quedó callado, esperando a que yo respondiera. De repente me pregunté a dónde iba, y no lo supe. No saberlo me desesperó porque sentí que estaba perdida.

Cuando nos subimos al autobús, hace ya demasiado, mamá me dijo que la abuela ya no regresaría con nosotras. Que ya nunca regresaría. Pero éramos nosotras las que nos íbamos. Yo quería estar con la abuela, que me regalara los mazapanes que tanto me gustan y mamá me prohíbe. Le pregunté, ¿mamá, a dónde vamos?, y ella me miró apenas de reojo, con la pura puntita del ojo. “A casa”, dijo, pero no le creí.

El león me habló de nuevo cuando lo miré. Quería que él me respondiera. Tenía a su lado la ventana abierta, así que su melena se movió como un torbellino de pelusa, como una sábana al distenderse sobre la cama. “¿Sabes qué te hace falta?”, me preguntó, “¿Sabes cómo debes preguntárselo a tu mamá?”. Yo negué con la cabeza en silencio, para que mamá no viera. Aunque mamá pudo ver si hubiese querido. Estaba a lado de mí. Pero no quiso, no quiso como tampoco había querido decirme a dónde íbamos.

Dimos otra vuelta y mamá parecía desesperada. Miraba hacia todos lados, como intentando recordar dónde debíamos bajar, pero lo cierto es que yo sabía que nunca habíamos estado ahí. Era algo totalmente nuevo para nosotras, como el león de pecho azul y melena enorme. Me dijo el león, “Ya sabes qué quieres, ¿también sabes qué quiere tu mamá?”. Miré a mamá como miraría a un cachorrito, como mi abuela la miraba a ella, y le pregunté. Mamá, ¿qué es lo que tú quieres? Ella, que no pareció entender, me apretó en un abrazo rápido y sin mucho sentimiento. Mamá, repetí, ¿a dónde quieres ir? Yo estoy aquí, le dije, estoy contigo. No estamos perdidas. Podemos volver. Vámonos a casa.

Entonces se giró entera, con su pecho frente a mí, que estaba también de frente. Me apretó contra ella, fuertemente, y me dijo “No lo sé, amor”. Apreté su blusa mientras ella temblaba. Le dije “mamá, el León puede ayudarnos”. Mamá se asustó. Giró con lentitud y con mucho miedo hacia el león, que nos sonreía a las dos. Entonces habló. Nos dijo, “¿A dónde quieren ir? ¿Qué necesitan? ¿Qué puedo hacer por ustedes?”.

Él nunca nos dijo qué hacer. Sólo nos hizo preguntas, y mamá respondía y respondía y él seguía preguntando. Y sólo hasta que mamá comenzó a reírse con sus respuestas, el león también respondió “Bueno, ahora ya sabe en dónde debe bajarse, si lo que quiere es volver a casa. ¿Es eso lo que quiere?”. Mamá respondió “Sí, estoy segura”. Se le hinchó el pecho, como si respirara muy lento. Yo hice lo mismo, me hinché como ella y me erguí como el león. Yo también, dije. Mamá, volvamos a casa. Quiero ver a la abuela por última vez antes de que se vaya.

Bajamos del autobús y me despedí con la mano. Le dije adiós al león que nos había preguntado a las dos qué queríamos. No sabíamos cuánto nos tomaría volver, pero lo haríamos.

A Esmeralda

He recibido tu última carta con casi un mes de retraso. El sobre delató al cartero, que seguramente sintió culpa por habérsela quedado para sí mismo. O quizá fueron los de la oficina de correos. Uno nunca sabe en quién confiar.

Hablando de mentiras y medias verdades, o quizá sólo de cosas escondidas, hay algo que no me acaba de quedar claro de tu última carta. Siempre has sido tan hermética. Transcribo la parte que me descoloca, para evitar malentendidos:

He estado mejor desde nuestra última plática”.

¿Mejor que cuando, Eme? Me ha inquietado pensar que, cuando decías que estabas mejor, algo te había pasado. Así que rebusqué en tus cartas pasadas.

Lo primero que noté es que te has vuelto especialista de mis emociones. Has dicho, en las últimas diez, que se nota a leguas mi dicha, mi alegría, mi gozo, mi placer, mi éxtasis, mi satisfacción, mi beneplácito y ve tú a saber cuántas cosas que no son emociones pero que terminan siéndolo. Como amor. ¿No sientes que el amor es a veces algo tan personal y tan instintivo que no puede ser sino natural? Que el mundo no lo ha influenciado, como lágrimas nacidas de tristeza.

Hablando de tristeza, ¿por qué no la noté antes? No había notado la forma en que te expresabas sobre tus propias emociones, no sino hasta que leí “mejor”. ¿Mejor que cuándo? Seguí buscando, Eme.

¿Escuchas mi voz, Rodri? ¿Logras escucharme desde aquí?.

Maldije que eligiéramos las cartas como medio para comunicarnos. Me sentí como un imbécil por no haber atendido a tu pregunta como un lamento. ¿Por qué esperar tanto por lo que podríamos hacer en un segundo, con tan sólo apretar un botón?

Pero aquí estoy, escribiendo, leyendo tus viejas cartas, sin tomar el teléfono. Prefiriendo el papel. ¿No sientes que sólo el papel sobrevive a la nostalgia? Se tiñe, se opaca, pero las palabras permanecen. Alguien, probablemente un mentor o quizá mi padre, me dijo que la tinta de un libro no se borra salvo que uno la talle con tanta fuerza que la página se rompa. Lo cierto es que las palabras envejecen, como nosotros, pero sobreviven mejor. Las palabras no se pudren, Eme. ¿Pero eso tú ya lo sabes, no? Fuiste tú la que comenzó con esto de las cartas. No lo recuerdo, pero sé que fuiste tú.

A veces, durante el último mes sin recibir respuesta, cuanto temía tanto y me ganaba la ansiedad, pensaba que quizá la imagen que hay de ti en mi mente no era sino falsa o cuando menos incompleta. Te pido perdón, Eme. Pensé que las palabras no te completaban, que te ocultabas entre las palabras, pero ahí estás, en realidad.

Cuando recibí la carta, cuando al fin la tuve en mis manos y abrí el sobre con cuidado, cuando temí romperlo, olvidé pagar las cuentas, tomar una ducha, desayunar. Me hiciste pensar en ti. Me di cuenta de que tu letra había cambiado. Se notaba temblorosa. A ratos, casi traspasando el papel. Apenas ligeramente, pero lo noté. Aun así, tengo la certeza de que eres tú quien la escribió.

Confío en ti, Eme. En que estás aquí.

Supongo que de eso hablabas hace cuatro cartas, y hace doce, y hace treintaicinco. De eso que tú llamas “Amarlias”. He puesto círculos alrededor de la palabra, cada vez que decides usarla. Han sido pocas.

Tú y tus amarlias”, fue la primera vez. No tuve idea de qué decías. No te interrogué tampoco. La segunda vez, quizá dándote cuenta de que nunca te lo pregunté, dijiste: “¿No te hacen daño las amarlias, Rodri?”. Tuve que ceder. Caí en la curiosidad. ¿Qué es una amarlia?, te escribí. Tú contestaste, como posdata:

“¿No sabes qué son, Rodri? Bueno, te explicaré. No, no te explicaré, porque yo no soy quién para hacerlo. Déjame mostrártelas. ¿Ves el mismo árbol que yo veo? Es un árbol bello. Está afuera de mi ventana. Lo ha estado todo el tiempo. Es un árbol de flores rosadas, de sombra profunda y fresca. Es hermoso porque está ahí, de pie. ¿Sabes a qué huele? Siempre huele a primavera.  A veces también creo que yo huelo a primavera cuando estoy lejos de él; sólo a veces. Pero a veces no. En cambio, su fragancia persiste. Porque el árbol sigue y seguirá siendo un árbol, y las flores harán lo mismo naciendo de él sin importar cuántas veces deban morir. Sigue oliendo a primavera, incluso en su ocaso. No sé si es porque yo huelo las flores aunque se han ido, o porque siguen ahí como vestigios atrapados en el viento. ¿Sabes cuál es la constante, Rodri? El amor. El amor es la constante. Yo amo a ese árbol, y mientras lo ame viviré eternamente oliendo y viviendo en él la primavera. Así tú, Rodri. Una amarlia, eso eres. Tú eres como aquel árbol, para mí. Siempre hueles a primavera”. 

Después de leer eso no supe qué decir. Tardé tanto en escribir una carta que diera respuesta. Cada vez que decías “amarlia” yo sentía un estremecimiento, un profundo bienestar. Pero, más que eso, sentía el olor de la primavera en la casa.

Así que, aunque he tardado mucho en notarlo, quiero que sepas que lo he hecho. Que no soy tan cabeza dura, que he notado que ahora estás mejor, pero que antes algo pasó y no me di cuenta. Así que, déjame ser quien ahora te muestre algo.

Estoy sentado sobre mi cama. Estoy mirando a la ventana. Afuera hay niños. Los niños juegan a algo que no entiendo. Usan palos, pelotas, y corren de un lado al otro. Se gritan, pero entre los gritos… ríen. La risa de los niños llena toda la calle. Los padres suben el volumen de sus televisores, pero los niños siguen escuchándose en cada rincón. Su voz llena todo, hasta esta carta. “¿Quieres jugar conmigo? ¿No? Pues no juegues”. ¿Lo ves? Esos niños no respetan ninguna regla. Esos niños van a crecer. Se irán de la calle. Tendrán parejas. Se abrazarán, se darán besos, y entonces pensaré que quizá yo debería estar haciendo lo mismo. Pensaré en su risa estruendosa y en cuánto la extraño. Esos mismos niños, ya adultos, se irán, dejando a sus padres, visitándolos cada fin de semana al principio, luego cada mes. Algún día estaré a punto de olvidar el sonido de la risa de esos niños. Entonces aparecerán los hijos de ellos, y reirán igual por otro juego que tampoco entenderé. No seré yo quien mantenga la risa viva, Eme, pero seguirá ahí. De algún modo se las apañará para vivir. Y pienso, ¿sabes qué no va a cambiar? ¿Sabes que será una amarlia, en todo esto?

Tú ya sabes la respuesta.

Antes me preguntaste si las amarlias no me hacían daño. No, Eme. No me hacen daño. Si dices que soy como aquel árbol, ¿te hago daño, Eme?

En fin, no me culpes si escuchas, entre todo lo que digo, la risa de los niños. Dicen que el buen humor contrarresta los malos ánimos. Yo espero que su alegría te haga tanto bien como a mí me hace la sombra del árbol de flores rosadas frente a tu ventana, sobre todo en tiempos calurosos.

Esa tarde, mientras escribías que estabas mejor, ¿en qué pensabas? ¿Qué sentías? No me importa leer un diccionario entero de significados, escríbelos para mí. No, no para mí, pero escríbelos. Quiero saber qué significa estar mejor, como me mostraste antes lo que significa una amarlia. Quizá yo debería ser capaz de hacerlo sin tu ayuda, pero ¿no amas que te sea yo quien te pregunte estas cosas? Sé que respondes ante mis interrogatorios. No sé si porque amas que me dé cuenta de que no sé nada, o si descubres que tú no lo sabías sino hasta que lo escribes en una carta. Una carta como esta.

A veces eso me pasa a mí.

Con amor, Rodrigo.

Este ha sido el reto 10 de Insectos Comunes: Típicos tópicos: El amor en estado puro.

El objetivo era partir del manido tema del amor e intentar que sonara a nuevo. Para ello, cada uno de los autores teníamos que escribir una carta de amor sin trampa ni cartón, algo romántico, pero que fuera original y que conmoviera al lector sin recurrir a la ñoñería. ¿Creen que lo he conseguido?

Pueden leer el resto de cartas en los siguientes enlaces:

Amo cómo comes naranjas, por Cerdo Venusiano

Carta de amor. La distancia, por LaRataGris

Me das paz, de Benjamín Recacha

6 de junio de 2016, de Esther Magar

Pintura: Peach Tree in Bloom, Vincent Van Gogh

 

El testigo

De: Jesús “Chukes” Rivers

Algunos invitados charlaban, ignorando la música de fondo; otros comenzaron a acomodarse en sus respectivos asientos.

¡Clap, clap, clap!; se escuchó el sonido metálico contra un objeto de cristal. El festejado inició su discurso:

-Buenas noches, damas y caballeros. Quisiera poder decir que tenerlos a todos aquí reunidos esta noche me hace feliz. Lamentablemente, no es cierto. No se alarmen. Resulta que, cuando me dijeron que no olvidaría el día de mi boda, nunca imaginé algo así.

Se hizo el silencio y los invitados se miraron, intrigados.

– Entiendo que para uno de ustedes la novia es como su hermana, y que se preocupe por su futuro; sin embargo considero muy inmaduro de su parte el que, gracias a su negativa de estar presente en el mismo lugar que yo, se me haya obligado a firmar el documento sólo en presencia de mi testigo. El colmo hubiera sido que se me negara el acceso a la fiesta. Pero aquí estoy. Como puede ver.

La copa tambaleó en su mano.

-Entiendo que se te ocurrió la grandiosa idea de amenazarme, por lo cual me gustaría decir que arrojar piedras no te libra de todo pecado.

Hizo una pausa y se manifestó el silencio.

-Quisiera poder decir más –continuó-, pero no quiero arruinar la celebración. ¡Salud! –finalizó el discurso y se retiró de la fiesta y de sus vidas, dejando el acta de matrimonio, con dos firmas iguales, sobre la mesa.

Fotografía: Stefan Lengsfeld

“El cuervo enfermo”, Esopo

“Un cuervo que se encontraba muy enfermo le dijo a su madre:

-Madre, ruega a los dioses por mí y ya no llores más.

La madre contestó:

-¿Y cuál de todos, hijo mío, tendrá piedad de ti? ¿Quedará alguno a quien aún no le hayas robado la carne?”

Día 1: Esopo, “El cuervo enfermo”.

365 días, 365 autores.

Me llama la atención que una fábula que data del siglo VI a.c. tenga aún tanto poder, en tan pocas líneas, y que además sea capaz de sugerir múltiples lecturas.

Otras fábulas despliegan, sobre todo, una crudeza que se antojaría incorrectas hoy en día (águilas a las que les arrancan las alas, cisnes a los que les jalan el pescuezo, etc), sobre todo considerando que la fábula es un terreno que hoy se conserva casi estrictamente en el terreno de lo “infantil”.

De los cuentos leídos (“El abeto y el espino”, “El águila de ala cortada y la zorra”, “El águila, el cuervo y el pastor”, “El águila y el escarabajo”, “El cerdo y los carneros”,  “El cisne tomado por ganso” y “El cuervo enfermo”) es el cuento que compartí al inicio de este texto el que me parece más complejo y más desconcertante de todos.

¿El cuervo le pide a su madre que pida por él… porque él así lo quiere? ¿O quiere que pida por él… para que así su madre deje de llorar? La forma en que está estructurada la narración da ambas posibilidades, y ambas tienen sentido y ambas dan cuenta de dos realidades.

Eso me ha dado a pensar que quizá se deba simplemente al carácter moderno de la traducción que pude leer, y que quizá (con mucha probabilidad) esa intención, la de dar múltiples interpretaciones, era algo ajeno a la historia y quizá incluso le jugaría mal.

Porque según dice la fábula, la moraleja es que…

No te llenes de enemigos innecesariamente,
pues no encontrarás un solo amigo cuando lo necesites.

… pero yo creo que hoy podemos prescindir totalmente de ella y sentirnos desconcertados por la fábula en sí.

Toda una sorpresa, Esopo.

Para leer más del autor, recomiendo visitar éste sitio.

¡Ey, Sofi!

casual (1 de 1)-78
Así se ve el rostro de un joven amargoso cuando le publican por primera vez un cuento: menos amargoso. Casi feliz. Bueno, sin el casi.

Le prometí a Sofia Guardiola (pongo tu apellido para evitar conflicto de identidades, pequeña saltamontes amante de las cámaras voladoras) que subiría una foto mía sosteniendo la revista donde me publicaron. Pues aquí está. Porque yo  soy un hombre de palabra, excepto cuando se trata, obviamente, de cerrar mi blog. El cierre ha ocurrido ya unas seis veces y contando. Es como una adicción. O, siendo más preciso, un hermoso hábito compulsivo. ¿No parece ya una tradición que lo cierre? Es casi como el festejo por un aniversario, pero colgando el letrero de “aquí ya no hay nadie” precedido de un cuento donde intento echar la casa por la ventana. O mi casa al menos. Por sus ventanas. Sí, lo siento por quebrar los vidrios…

¡Saludos a todos!

Órbitas

A Paulina,

mi hermana y compañera de toda la vida. 

Dicen que la Luna nos observa. Que se posa sobre el cielo estrellado y sobresale frente a las estrellas. Dicen. Dicen que la Luna llena es todo un espectáculo. Que uno puede quedarse toda la noche observando, en silencio, en absoluta complacencia.

     Dicen.

     Yo no lo sabía.

     Cuando era niño, la Luna no llegó a mi casa. Mi madre decía que salir de noche estaba prohibido y las casas de enfrente se alargaban hasta el cielo. Vivíamos en un barrio peligroso. O eso creía mi padre, que una noche llegó a casa furioso, gritándole:

     ¿Y dónde está Manuel?

     Ella no supo dónde estaba. Tenía idea de que fui a la tienda unos minutos antes, pero resultó que había intentado subir por la calle empinada a unas tres esquinas de la mía, donde sólo había lotes baldíos.

     Aquella vez la luna no estaba. Indispuesta, supongo, dejó que las nubes la cubrieran. Tuve que conformarme con unos cuantos destellos tenues, los de otros soles allá a lo lejos, donde el hombre no llega.

     Mi madre me alcanzó corriendo. Me dijo:

     No vuelvas a salirte — y me abrazó como si me hubiese perdido. Yo sólo quería encontrarla aquella noche.

     Tiempo después, unos meses desde que me prohibieron salir, pasaron en la televisión un programa nocturno que se realizó en la plaza de mi ciudad. De fondo, como un lunar infrarrojo, la Luna lucía esplendida, haciendo que ni sus palabras, ni los focos que tenían iluminándolos fuesen sino una lámpara molesta que podía apagarse sin que alguien lo notara.

     ¿Han visto la luna? — les pregunté a mis compañeros la mañana siguiente. Ellos me vieron entre risas, luego extrañados.

     Espera, ¿tú no?

     No les contesté. Me quedé callado el resto de las clases porque no tenía caso lo contrario: la privación que padecía por culpa de tipos que disparaban por la noche a los vecinos no era algo que les concerniera. A nosotros nunca nos hicieron algo. Ni una sola cosa que valiera su ausencia antes de quedarme dormido.

     Un día le pedí a mi padre que me dejara subir a la azotea. La casa era de dos pisos altos, así que supuse que ahí no tendría ningún impedimento.

     No — me dijo —. Puedes caerte.

     Insistí en que fuera conmigo, que estuviera ahí detrás si así lo quería. Él cerró sus ojos, como aquella luna oculta por nubes, y me dijo:

     No

     Y no volvimos a hablar del asunto.

Conocí a Aniela un domingo. Yo estaba en el parque, a unas calles de la universidad. Ella caminaba comiendo un helado de galleta; eecién había bebido un agua de jamaica, lo supe porque tenía los labios rojos, igual que su lengua, igual que un poco por encima de la nariz, quizá porque había intentado beberla sin la pajilla.

     Pasó de largo, sin detenerse en mi presencia. Yo no hablé. Tan sólo la vi pasar, y luego fui hasta la tienda para comprar unas galletas o algo para mitigar el hambre. Hacía horas que estaba ahí sentado, sin hacer nada salvo esperar.

     Aniela volvió luego de un rato. Notó entonces que yo estaba ahí, o más bien que no me fui.

  Caminó despacio, viéndome por el rabillo del ojo, tanteando sus pasos y regresándose sin motivo. Le dije entonces, con una seña.

      Hola

     Ella se rió, enseñando sus dientes blancos con su sonrisa ancha y sus ojos azules.

     ¿Te dejaron plantado? — preguntó la muy descarada. Yo me cuestioné si la sonrisa se debía a que le daba gusto que alguien no llegara o porque eso le daba oportunidad de llevarme con ella por las buenas.

     Picara.

     Algo así — le dije —. Hoy el cielo está lleno de nubes.

     Sí, me gusta, aunque prefiero las estrellas.

     Me dijo que iba de camino a la nevería, porque recién se había dado cuenta de que olvidó su cartera.

     ¿Crees que aún la tengan?

     Depende — le dije.

     ¿De qué?

      No sé.

      Reímos quedo

    Nos quedamos fijos uno en el otro, con nuestras órbitas paralelas. Pensé en las llamas, en el calor inmenso que desprendía, en las ganas que tuve de tomarla en un abrazo como si la necesitara y me hubiese vuelto estéril, ahí, sentado sólo en aquél lugar sin ella. Y algo de eso era cierto: ya no era ese niño entusiasmado por ver la luna, me había cansado de intentarlo. Yo pensé que quizá algo estaba haciendo mal, viéndola cada noche. Quizá era tan grande mi deseo por encontrarnos que ella, angustiada, se escondía para no verme. Porque, por una razón u otra, ella se rehusaba a mirarme a mí. Sólo a mí. Entonces yo bajé la vista del cielo y me detuve un momento en Aniela, en sus ojos preciosos como cometas fugaces, y yo también le sonreí.

Luego de que decidiéramos vivir juntos, tuvimos que comenzar a discutir un tema que a ella le parecía no del todo urgente, pero que a mí me parecía importantísimo.

  ¿Dónde viviremos? Mi departamento es muy pequeño y tú te quedas con un excompañero. Necesitamos nuestro espacio.

     Lo sé — aclaré tosiendo. Hacía un par de noches que pesqué un resfriado y estaba pegado al sillón con un tazón de frituras y un refresco tibio.

     He pensado que quizá sea bueno que tengamos una casa en el centro, para que podamos llegar a tiempo a tu trabajo y el mío. Ya sabes, por el tráfico.

     Aniela lo decía muy en serio. Pasaba más de una hora atorada entre los autos, con sus luces diminutas estrellándose unos contra otros haciendo saber de la urgencia que tenían de llegar a algún lado. Ella volvía consternada a su departamento, y hubo días en que no contestó mis llamadas — presumiblemente por el estado en que estaban sus nervios —. Las pocas veces en que lo hacía molesta, me reclamaba a mí por el congestionamiento; ¿pensaba acaso que yo era un dios o el dueño del pavimento?

     Tus llamadas me desconcentran — me dijo una noche.

     ¿Mis qué?

     ¡Tus llamadas, Manuel! Tus llamadas. Siento que me sigues a todos lados.

     Dijo aquella vez que estuvo a punto de rebasar a una camioneta roja con los faros encendidos al máximo. Parecía que sufrió un accidente o algo así, aclaró elevando el tono.

     Pude haber llegado quince minutos antes, Manuel.

     Pero ni siquiera me contestaste — exclamé agotado.

     No importa, tú insististe.

    Cuando al fin se tranquilizó, me pidió disculpas en persona pegando su rostro a mi pecho, elevando la mirada. Sujetaba mis orejas, acariciándolas, y se alejó de mí para quitarse la blusa.

     Un día de estos al fin tendremos nuestra propia casa y ya no pasará un día en que nos molestemos por algo tan insignificante como el tráfico. Podremos volver caminando, viendo las estrellas. Amo las estrellas, ¿sabías eso?

     Yo asentí con el rostro.

     Las amo. De niña amaba verlas, a lo lejos, desde el cuarto de mi hermano. Yo le pedía que me dejara subirme a una silla para poder ver esos puntitos brillantes, y me quedaba como una tonta observando cómo se movían lentamente. O nosotros. Sí, más bien nosotros.

     Llegó hasta el espejo y tomó su desmaquillador, un algodón y comenzó a tallar la piel del rostro.

     A mi madre le gustaba unírsenos de vez en cuando. Ella nunca fue fanática de los astros. Dijo una vez, recuerdo bien, que la hacían sentir diminuta. Que al vernos y voltear al cielo le parecía que todo era más insignificante de lo que en realidad le parecía si mantenía la mirada en la tierra. Le pregunté que si ella no creía que no podría haber tierra sin estrellas. Era una niña. Una hace esa clase de preguntas.

     Tiró el algodón llenó de manchas oscuras, y luego enjuagó su cara.

     Ella nunca supo qué decirme. Al final prefirió ya no asomarse con nosotros, y se quedaba viendo la tele. Igual mi padre.

     Cuando al fin se secó  con la toalla, se bajó los pantalones y se quitó la liga que sujetaba su cabello. Se dejó caer sobre la cama, exhausta, con los ojos tanteando el techo y la mano extendida, girando la muñeca y luego fijándose en que yo seguía ahí, parado, esperando a saber qué haría.

     Anda, ven, no tiene caso que hablemos.

     Y tras decirlo, me contempló como si no hubiese nada más en el cuarto y la luz que chocaba contra mi espalda desde el pasillo fuese mi destello, como si el acercarme a ella fuese a cubrirla como un eclipse lo hace sobre los ojos de aquellos que miran a lo lejos.

Luego de mucho discutirlo, tomé el teléfono una tarde y llamé a Aniela. Era su hora de descanso.

     He encontrado un sitio perfecto.

     ¿Ah, sí? ¿Dónde? — inquirió emocionada. No pudo contenerlo —. Anda. Dime.

     Pues, es un departamento de un nuevo edificio que están construyendo cerca del tren. Podríamos llegar al centro fácilmente. No gastaríamos mucho. No habría tráfico.

     Manu, me estás convenciendo. ¿Está caro?

     No — le dije.

     ¿Y entonces? ¿Qué estamos esperando? Vamos hoy cuando salga del trabajo.

     No — repetí.

     ¿Por qué?

     Estoy ocupado, Any. Mejor vayamos mañana. ¿Te parece?

     Ella no respondió al instante, al contrario: pareció tomarse su tiempo, saboreando la espera, el hacerse la difícil conmigo; disfrutó el ocultarse al otro lado de la línea, donde no estaba yo.

      Está bien — me dijo —. Me has convencido.

      Llegamos con la corredora a tiempo. Eran las seis y tanto. Nos abrió la puerta y nos dijo que aquél era tan sólo un departamento de muestra, que hacía falta el del último piso.

      Se ha retrasado un poco — nos comentó señalándolos el cuarto donde se supone que dormiríamos —. Esta es la habitación principal.

     ¿Por qué se retrasó? — pregunté yo.

     Problemas con los permisos, ya sabe, por la cantidad de pisos que se pueden hacer en una zona como esta.

     Podría ser más alto — le dije.

      — apuntó ella.

     Aniela se acercó a mí cuando la corredora se alejó.

     ¿No te parece un poco caro?

     No

    ¿Estás seguro? Porque podríamos comprar la casa que vimos el otro día, de regreso de con tu amigo. La del portón blanco y las macetas colgando.

     Ya sé cuál — le corté, y volví a donde la corredora.

     ¿Alguna pregunta?

     Sí —. Aniela creyó que preguntaría si el costo contaba con la posibilidad de ser reducido. De acordar un precio un poco más bajo, alegando aquello de los permisos. Lo sé porque una noche mientras cenábamos dejó los palillos chinos y la cajita de cartón en que comía el arroz y me confrontó. “Pudimos haber elegido aquella casa, o el departamento de abajo. ¿Qué manía la tuya con estar tan alto?”. Yo le dije que no cambiaría de decisión, y no lo hice sin importar cuánto le molestó —. ¿Cuándo estaría listo?

     En un año o dos.

     Dos años después volvimos. Aniela, con ojeras cubiertas por una capa de corrector que recién se puso en el auto, me daba la espalda. Se aseguró de estar siempre frente a mí, para que no viera su cara.

     Buenas tardes —. Él era distinto. La vieja corredora había sido sancionada por mencionar la falta de permisos, o eso supongo. Quizá sólo había encontrado algo mejor que anunciar casas que quizá deseaba habitar y no podía por su bajo sueldo. Cansada entonces de soñar con llenar los espacios vacíos con su propia vida, renunció sin remedio.

     Queremos ver el departamento del último piso.

     Él nos dijo que lo siguiéramos, y cuando al fin nos abrió la puerta se quedó ahí. Yo le pedí, en voz baja, que nos dejara solos.

      ¿Qué opinas? — le pregunté a Aniela, pero ella siguió caminando.

     Yo creí que no me diría nada, así que caminé por donde debía ir la cocina, el pasillo al baño, un estudio pequeño y la habitación. Tenía un balcón pequeño donde sólo cabían dos, uno muy junto del otro.

     Ahí estaba ella, de pie, con los brazos cruzados.

     Desde aquí no se ven las estrellas — dijo cuando entré, cruzándome de brazos.

     Lo siento.

     No estoy segura de que me moleste — apunto de inmediato —. A veces pienso que verlas es saber que no soy más que un punto en el universo. Que todo dura tan poco. Es perderme y sentirme estúpida, ¿sabes? Por estar molesta por algo como esperar por este departamento.

      Lo lamento — repetí, acariciando su hombro. Ella destrabó sus brazos y tomó con sus dedos los míos. Me sonrió.

      No, está bien.

     Los dos nos quedamos en silencio por un rato. El corredor no nos interrumpió. A lo lejos, bajo nosotros, un montón de luces se proyectaban hasta donde estábamos. Puntos que se movían con rapidez, incesantes, y que le recordaron a ella los viajes intensos que hacía cada mañana y cada noche, sin el sol a cuestas salvo un resquicio al estacionar el coche.

   Antes me gustaban más. Ahora pienso que quizá las estrellas no son lo que esperaba. Sólo son gas. No son las figuras hechas de picos, destellantes, que yo imaginé de niña. Sólo son puntos. Nada más.

     La abracé hasta que nos volvimos uno en aquél espacio diminuto. Ella respiraba mi respiración y yo la suya. Como si de repente comprendiera yo que la inmensidad del cielo era un espacio vetado a sus ojos, igual que los míos. Los de ella, por elección.

     Entonces apareció.

     Las nubes se corrieron y pude ver un contorno de luz apenas visible. Una mancha rojiza se apareció en el cielo, y yo sentí por momentos que se movía lentamente. Eran mis ojos. Mis ojos que iban y venían, fascinados, viendo una luna de sangre.

   No sé por cuánto tiempo la vi. El latido de mi corazón se espació por siglos, rehusándose a seguir hasta no verla desvanecerse en el horizonte. La vi mirándome, escurriendo la sangre de todos aquellos que la veían, que le cantaban canciones ya sin importarle realmente. Ella ya estaba cansada de ser apenas un adorno de la noche.

     El sonido de los autos desapareció, igual que sus luces, igual que las estrellas. Nada hubo ahí salvo la luna y yo. Entonces sentí otro corazón. Sangre corriendo fuera de mí, pero cuyo calor irradiaba hasta el mío, haciéndolo latir. Agaché apenas un poco la vista y me di cuenta, pese a que lo olvidé por un momento, que Aniela estaba ahí. Ella, con los ojos encontrando lo que yo había visto, apuntó con el dedo.

       Qué curioso. La luna aquí es muy grande. ¿La ves? Es hermosa.

       Lo es — le dije —. Lo es —. Y la miré a ella.

Pintura: Peace, Alyssa Monks

Fotografía

Hoy es día mundial de la Fotografía, y no se me ocurre mejor forma de celebrarlo que compartir lo que he hecho para el proyecto Ciudad de Rostros Gdl (tenemos un poco abandonada la página por falta de tiempo, pero pronto la actualizaremos). Es un proyecto que iniciamos una buena amiga y yo, y que nos tiene muy entusiasmados.

El proyecto consiste en crear un retrato de la ciudad: no en su arquitectura, sino en sus personas. Tan simple y tan basto como puede ser eso.

Un saludo a todos.

Nuestro facebook 

Nuestro flickr 

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Angelos’s Universe

        Autora: Henar de Andrés 

     Como cada mañana, hacía una ronda por los blogs que seguía: un poco de música, un poco de cultura, nuevas historias, poesía, filosofía, humor… lo de siempre, excepto por aquel nuevo seguidor. Entré a ver que era aquello a lo que dedicaba su tiempo, pero solo había un post, con un mensaje en letras bien grandes que decía:

       “Por lo que más quieras, no des al botón“.

      El botón rojo con neones gritaba otra cosa. En realidad no decía nada. Es un botón y los botones no hablan, menos aún si son una imagen (pero yo lo escuchaba en mi mente con una vocecilla chillona).

      – Púlsame. Púlsame. Te gustará. Como mucho será un virus o intentarán darte un susto. Hazlo. Sabes que quieres hacerlo. Sólo a un leve movimiento de muñeca.

       No me pude resistir.

     Así, de repente y sin previo aviso me encontraba en… ¿Dónde estaba? ¿En la nada, en el vacío? Flotaba entre la niebla y lo peor de todo, no estaba solo. A lo lejos se podía divisar una silueta que poco a poco se acercó ondulante.

      – Bienvenida –me dijo aquel chico de pelo negro y ojos claros que se parecía a mí. No aparentaba ser peligroso, quizá un poco desesperado. A saber cuánto llevaba aquí. Era razonable su sonrisa desquiciada.

       – ¿Dónde estamos?

       – Él lo llama Angelos’s Universe.

      – ¿Quién es Él? – tuve que preguntar, pero solo me respondió encogiéndose de hombros–. ¿Y cómo hemos llegado hasta aquí?

       Por un momento me imaginé a la pantalla del ordenador absorbiéndome (digno de ver como se me atascaba el culo). O mejor: al puro estilo Star Trek con el rayo tele transportador.

        – ¿Quieres ver algo?

       Puesto que no le iba a sacar ninguna respuesta útil, decidí seguirlo en esa extraña gravedad cero. ¿No dicen que una imagen vale más que mil palabras?

     Al salir de la niebla vi lo que no se podría describir con mil palabras, ni con diez mil. Sobrevolábamos una ciudad de fantasía. Todo tipo de personajes parecían inmersos en sus tramas, conectados y a la vez no.

      – Lo he hecho yo – me dijo como si fuera un niño orgulloso de su trabajo–. Y ahora lo seguirás haciendo tú.

      En su mano apareció una pistola y ¡pum!

Pintura: Vesod 

30 años de relojes binarios

Capitulo I

     Emily Clarke despertó asustada, luego de haber tenido una pesadilla. Había soñado que una línea plateada se extendía sobre el cielo y que, tras unos segundos, se hacía roja y la gente comenzaba a gritar. Sintió en su interior la absoluta certeza de que moriría. Su cuerpo comenzaba a degradarse, la piel de su rostro caía hasta el suelo y, al correr para salvarse, veía como los edificios y las casas se habían convertido en pequeños puntos luminosos que alternaban en encenderse. Esa imagen le pareció familiar pero no supo por qué. Era un reloj binario. Maldito reloj.

     Ella se puso en pie, se estiró sobre la cama y le dijo a madre que le prepara café para ir a trabajar esa mañana. Tenía prisa. Se le había hecho tarde. Corrió con el termo en mano y se apresuró hasta el camión, que justo esperaba en la esquina a que ella llegara. Era el camión de la empresa. Tenía un reloj sobre los controles, en la parte delantera. Anunciaba que eran las 5 de la mañana. Estuvo a diez segundos de que el camión se fuera, y lo supo. Lo intuyó al ver que todos la miraban a través de la ventana y tuvo la certeza cuando el operador, sin quitarle los ojos de encima, le dijo por poco y te despiden.

     El corazón se le aceleró, y recordó a su padre. Y a su hermano. Ambos habían sido llevados al gran salón, luego de haber faltado a sus tiempos en tres trabajos distintos. En el primero, su padre y hermano habían llegado tarde porque se habían contagiado de una fiebre rara. Tenían casi 40°C, y llegaron apenas 3 minutos tarde. Pero los Señores del tiempo eran exactos e implacables, así que los despidieron a los dos. Luego, en el segundo empleo, su madre estuvo en un accidente, al que ambos acudieron para llevarla al hospital. El padre le dijo a su hermano que se fuera al trabajo, pero este, con todo y que le dio un ataque de pánico por el estrés, se quedó ahí. Llegaron veinte minutos tarde, y los Señores del tiempo les enviaron una advertencia: eso no podía repetirse otra vez. Aquello había sido una falta mayor. Cuando ocurrió el tercer incidente…

     Ella sabía que su padre y hermano habían sido llevados ante las autoridades por culpa suya. Eso le taladraba la mente cada mañana, luego de las pesadillas. El cambio de la luz en el cielo se proyectaba en los relojes del camión, de la oficina, de las calles. Ella era abrumadoramente consciente de que no podía permitirse lo mismo. Alguien debía mantener a su madre, que ya no podía salir de casa pues, apenas intentaba poner un pie fuera, los relojes se encendían con su luz roja y sabía que de no volver en menos de tres segundos… la matarían.

     Cuando al fin estuvo frente a su cubículo, en el gran salón de Soluciones Integrales M.A.C., se percató de que algo lucía diferente. El ruido de los dedos tecleando era el mismo, las voces quedas al teléfono igual, los pasos de los pocos encargados de sección. Todo estaba en su lugar. ¿Qué le molestaba, entonces? ¿De dónde venía la sensación extraña de que algo ahí no era como debía ser?

     Inspeccionó la pared. Buscó en el techo. En su escritorio. En su pc. En los rostros de los hombres, lejos de ella. En los que estaban cerca. Luego, en ella misma. No encontró nada, nada había cambiado. No. Algo había cambiado. ¿Y su tic? Ella había desarrollado un parpadeo que se había sincronizado con el cambio de las luces en el reloj. Con el cambio de colores, uno sólo de sus ojos hacía todo el trabajo, haciendo que el otro pudiera recrear los puntos de luz sobre el escritorio, sobre la pantalla o el teclado. No estaba su tic, porque no estaba la luz. ¿Y el reloj? ¿A dónde rayos se había ido el reloj?

     Se puso en pie, aunque supo que no debía, y fue hasta el supervisor de su área. Le dijo, intentando mantenerse tranquila, que el reloj no funcionaba. El hombre le dijo que ella mentía y que volviera a su trabajo o se le multaría. Luego, comenzó a contar los segundos con su propio reloj, el que llevaba en el brazo, pero apenas llegó a cinco, este se apagó. El hombre, negándose a creer lo que sus ojos ya no veían, esperó paciente a que el reloj recuperara su brillo pero no lo hizo. Él le habló a otro supervisor, que tampoco le creyó, y al que también se le apagó su reloj binario.

     Todos ahí estaban en problemas. Nadie le había explicado a Emily Clarke. Nadie le dijo nunca cómo funcionaba el mundo, más allá de su oficina. Ella temía a que el reloj cambiara a rojo, por ser llevada ante los Señores del tiempo. Ella temía a la luz, al brillo, y a los tonos cambiantes. Ella no tenía idea de que, al apagarse los relojes, su tiempo había acabado. No habría juicio, ni presencia de los Señores del tiempo. No serían ellos los que acudirían ante los empleados de aquella empresa. Serían los Señores de la nada. Y acabarían con ellos.

Fotografía: Gabriel Isak

Este proyecto tiene toda la pinta de ser un Best Seller. Se los auguro. Aquí, lo dicho por una escritora sobre mi trabajo:

“Salido de un barrio bronco de Guadalajara, Daniel Centeno es una pistola apuntándole a tu sien, un taladro hurgándote las tripas. Uno no puede sólo leerlo y seguir yendo a trabajar, seguir respirando, seguir comprando chicles en el Oxxo porque su vómito de realidad te incapacita para funcionar en el mundo barato de los seres mortales. Daniel Centeno es la evolución que nos escupe en la cara y como tal su lectura es imprescindible si uno no quiere quedarse atrás en los registros de la historia natural y de la vida. Daniel Centeno es un cyborg, un escritor del futuro que nos ilumina desde allá con la humilde sabiduría de un choque brutal pero insoslayable.

Daniela Guzmán, Editora del Misterio Times, 2015.

P.D. El texto en cuestión es un ejercicio más de Los Insectos Comunes.

El primer capitulo de los próximos Best Seller de Los insectos comunes:

Poe y los castigos rojos de E. Magar

Los ejércitos de los robots tecnológicos de Jean R.

Las torres de los orgasmos secretos de Tony C.

5 Historias de castigos binarios de Cerdo Venusiano

Los misterios de los monumentos ridículos de La Rata Gris

 

Huele a fuego, mujercita.

Quise cargar las pistolas y haber llevado a mis amigos a esa aburrida tarde, irme mientras discutían – los que me contrataron – sobre su asistencia a la boda. Hablaban de la novia; creo que su nombre era Meg.  Nunca me la presentaron. Yo estaba ahí porque me pidieron ser el músico y porque mis poderes de clarividencia les serían útiles, aunque ellos no lo supieran. La gente cree que se deben a las drogas y que no sé de lo que hablo, pero sí lo sé.

     – Lo tomo como buen presagio del futuro, y te invito a mi boda.

      – Asistiré, aunque tenga que venir del fin del mundo.

¿También tenía clarividencia? La imagen del fuego ascendiendo del suelo hasta los confines de las nubes se me vino a la mente – nítida – y un número también. No recuerdo bien cuál es, tan solo el calor infernal de los libros que brillaban hasta desaparecer, del humo negro, de la sensación extraña de placer que sentí en mi interior, como si un loco se hubiese apoderado de mi mente. Oh bueno, lo que sea, no importa.

     – No renuncias a ella.

Seguían discutiendo mientras yo pensaba en la forma de decirles que la boda no tenía caso y que, a la luz del infierno, sus preocupaciones eran absurdas.

     – Nunca puede ser lo mismo. He perdido a mi amiga más querida – dijo la mujer, llamada Jo.

Jo era demasiado aburrida. Debía saber que perdería a todos y que probablemente ella también moriría, rodeada por flamas rojizas, naranjas y por la oscuridad. Quise decírselo, pero yo no conocía realmente a ninguno y me pareció que de querer saberlo me lo preguntarían.

     – De todas maneras, me tienes a mí. Te seré fiel toda mi vida; te doy mi palabra.

Intenté imaginar a esos dos en el final de sus días. Le dijo la verdad. Morirían, cerca uno del otro bajo una gigantesca serpiente que escupía ríos de petróleo venenoso sobre un mundo estéril, cubierto de sangre. Me siento tan estúpido y temo contagiarlos.

     – Sé que lo serás y te estoy muy agradecida. Siempre eres un gran consuelo para mí, Teddy.

     – Ahora no estés triste. Todo está bien, ya lo ves. Meg es feliz, ¡qué alegre será ver a Meg en su propia casita! ¿No te consuela eso?

     – ¡Vaya si me consuela! Pero quién sabe lo que sucederá dentro de tres años.

Carraspeé un poco, era mi deber decirles lo que pasaría. Pensé en componer una canción para decírselos, pero quizá no lo entenderían. Más de alguna ocasión me acusaron de no entender mis letras. Se me ocurrió un titulo para aquella en particular: huele a mujercita.

     – ¡Es verdad! ¿No te gustaría poder echar una mirada al porvenir y ver dónde estaremos entonces? A mí sí.

Yo puedo mostrárselos, pensé, luego Jo habló y mejor callé.

     – Creo que no, porque podría ver algo triste.

Ella no lo soportaría, así que mejor me limité a ser el cantante de la boda. Y aquí estoy, es hermosa. Todo salió bien. Incluso puedo recordar la imagen completa que antes no, el arrebato por incendiar todo bajo la excusa de apagarlo. Llevaba, en mi mente, un traje de bombero. El casco tenía un número. Soy malo en lo que hago mejor, aunque por ese don me siento bendecido. Pude recordarlo. Era el 451.

Cuarto ejercicio creativo del grupo “Los insectos comunes”. En este se buscó integrar la página final de “Mujercitas” de  Louisa May Alcott, con “Fahrenheit 451″ de Ray Bradbury, narrado por Kurt Cobain. ¿Suena loco, no? Fue interesante hacerlo. En fin. Les comparto este mismo ejercicio, hecho por los otros miembros del grupo.

Una hoja chamuscada al vuelo, por Luis Ernesto Molina

Muerto“, por Larata Gris

Mujercitas- Farenheit 451 – Kurt Cobain”, por Manu LF

¡Muera la inteligencia, viva la muerte!“, por Esther Mg

Jesús no me quiere para ser un rayo de sol, por Benjamín Recacha

Pintura: Souls in hell, de Mikiaboom.

Artículo de un libro imposible: “El tiempo”, de Jean Nietzschebach Le Munro de Circonio

Los insectos comunes, grupo de escritores de los que he tenido la oportunidad de leer un par de textos, llevaron a cabo un ejercicio que llamó mucho mi atención: hacer un articulo, sinopsis o prólogo a un libro imposible en menos de 570 palabras, entre las que se debían incluir frases tan ridículas como “el libro del año” o “El nuevo tolkien”. He decidido, con motivo del ejercicio, realizar un articulo sobre un libro sumamente interesante: “El tiempo”. Los invito a leer mi ejercicio y los de quienes integran el grupo de Los insectos comunes (al final del texto, los links).

El tiempo”, de Jean Nietzschebach Le Munro de Circonio, es una obra compleja, atrapada en la deconstrucción del simbolismo del tiempo dominante sobre el cuerpo transgresor.  El autor, vertido en cada palabra usada para la elaboración del libro, ha envejecido ya casi cincuenta años, haciendo que los lectores se pregunten si deben parar o seguir leyendo.

El libro fue hecho con mi tiempo de vida”, afirmó Jean Nietzschebach Le Munro de Circonio, a quien de ahora en adelante referiremos como JNLMC o, para facilitar la lectura, Junilmuc. Así, Junilmuc ve amenazada su propia esperanza de vida apenas el lector avanza por las  páginas del libro, devorando años enteros de la vida del personaje que, siendo el autor, se acerca hacia la muerte.

La obra en sí es mi forma de demostrar el valor de las letras en la vida y, sobre todo, de cómo el arte consume el espíritu”, escribió el autor en el prólogo. Sin embargo, algunos críticos señalan que la obra de Junilmuc es realmente contradictoria, a la vez que pasajera. “El autor pretende que creamos que su obra representa fielmente el espíritu de la literatura, sin embargo, es su carne la que envejece con cada uno de los visionados, no su mente ni su alma. No se ha entregado por completo en su obra, por lo que, creo, se trata de un intento cobarde por aproximarse a la belleza de la alta literatura”.

Otros críticos afirman que, de seguir así, las obras deberán ser llevadas hasta el hospital de la National Literature Institute of Bulgar-Viena, pues desconocen si la vida del autor se ve condicionada a la de los ejemplares físicos que, hoy en día, son suficientes para fulminarlo si decidieran llegar a la página cuatro. “Es claro que los lectores no han pasado del prólogo, lo que nos es un alivio, pues nos permite mantenerlo vivo”, dicen sus editores. Ante el cuestionamiento de cómo ha logrado sobrevivir a la presión que su obra ha ejercido sobre él, Junilmuc se ve tranquilo, a la vez que en su mirada es posible percibir un dejo de tristeza. “He sobrevivido gracias al cuidado médico que he pagado con los ejemplares vendidos. Sin embargo, me es decepcionante seguir aquí. Ello significa que mis lectores no han acabado por consumirme, lo que me desilusiona y me entristece”.

Ante tales declaraciones, sería lógico pensar que el autor saldrá a las calles a regalar más copias o, peor aún, subirla al internet (aunque se desconoce si en tal medio el efecto de la obra afectaría de igual modo a Junilmuc). Para protegerlo de ello, las autoridades han confinado al autor en un cuarto en el que sólo pueden entrar reporteros y mensajeros con los premios que ha ganado desde que el libro fue publicado. Con los galardones de “Novela del año”, por la Academia Nacional de Literatura Existencialista y, “Novela pre-postuma” (cuyo primer premio será entregado a Junilmuc), de la Real Academia de la Lengua Vulgarisñola.

Pese a que algunos la llaman “la obra del año”, se invita a los lectores de esta revista a mantenerse alejados de la obra del autor, pues podría suponer el inicio de una tendencia en literatura que, al igual que sus predecesoras (los libros hechos con tinta-sanguínea y los hechos de piel de los autores), lleva a los autores a la muerte y a la discusión de sus obras no por su contenido sino por su forma.

Fotografía: Robert Cornelius Photography

Los ejercicios de los miembros oficiales de Los insectos comunes (yo no soy miembro, pero me pareció interesante)

Contactos reales, páginas de mantequilla, Toni Cifuentes

Principios algebraicos para comprender al sexo opuesto. Herreire (Cerdo Venusiano)

Diario de un sexador de pollos. Esther.

Pan duro; El consuelo de los necios, de Alicia Ilich Zaitsev. Manu LF.

Rock and troll con corbata, de Terry Pratchett. LaRataGris.

‘Presidente, servidor, ciudadano’, un libro imposible. Benjamín Recacha.

“El extraño libro de Alejandro Heimer”, Universos Jean Rush

Púdrete, querido.

Me cansé de tus desplantes. Ya no quiero que cierres la puerta mientras te hablo o, peor aún, que la dejes abierta y me ignores. De llegar cada día a casa, saludar con una sonrisa y no recibir nada más que un asentimiento de tu cabeza. ¿Ni siquiera puedes alzar la mano? A veces creo que lo tuyo es un reflejo condicionado. Que, al verme llegar, tu cabeza se mueve sabiendo que yo habré de quejarme si no te viese interesado.

Pienso demasiado en eso, incluso cuando no debo. Cuando alguien más me abraza, me pregunto por qué tú no lo haces. Aquel primer encuentro dijiste que estarías ahí conmigo, a mi lado, que no me soltarías de entre tus brazos salvo para dejarme volar. Pero lo tuyo, más que un aprecio por mi libertad es una patada de indiferencia aderezada con un poco de molestia, decidía y maldad: de no saber si acabar de mandarme al demonio o fingir alegría ante mi presencia. Pero no veo ninguna, sea no cual sea.

Entonces decido afrontarte. Me armo de valor. Tomo café, coca y un vaso de jugo. Necesito energía, los ojos bien abiertos y el coraje suficiente para no irme incluso si decides gritarme. Pero no lo haces. Ni siquiera respondes. Sólo una miserable sonrisa.

Saber que me hierbe la sangre apenas te veo me es insoportable. Quiero golpearte. Deseo tomarte entre esas manos que dijiste que agradecías por el cariño que te daban y estrellarte contra la pared. Estampar tu rostro hasta desfigurarlo. Quizá así decidas dejar de asentir con esa petulante sonrisa a medio coser. Porque he pensado ya tantas veces en romperte la boca a puñetazos, porque quizá solo así podría ver en tu cara una emoción genuina ante mí, incluso un escupitajo. Pienso en convertir todo ese silencio en llanto, y esa indiferencia en cualquier otra emoción. La que sea. Ya no importa.

Luego dudo, un segundo. Vuelvo a verte, esperando que hagas algo distinto, pero ya no puedo esperar. Apenas te giras de nuevo sé lo que harás. No tienes remedio. Entonces dejo de imaginarlo, y lo hago.

Fotografía: the last look at a dying man, Kavan the kid.