Dimensiones de la memoria

«Al fin puedo verme también. Ya no recordaba mi rostro. Está ahí, atorado entre lágrimas que fluyen dentro de sus cuencas». 

Puerta cerrada

Hay ciertas constantes: los rostros, la sonrisas, los roces de sus manos y los hombros, el estrechar palmas, beber juntos. Estas se repiten como una suerte de planilla, un molde preestablecido que persigue a los recuerdos, impidiéndoles volverse bruma. Ciertos filtros mentales ayudan: recordamos más lo bueno que lo malo (aunque esto último se recuerda más hondamente).

Las constantes en mi vida han perdido todo su peso. Recuerdo la estridencia de los roses. Había tanto llanto desmesurado, gritos, peleas inconsolables. De ahí provenían las sonrisas de los otros apenas ocurría el encuentro. Eran sonrisas-consuelo, caricias-compañía. El peso les venía dado por la calma con la que aparecían luego de la estridencia.

El mundo -y por mundo, hablo de mi parte limitada de este, el que sólo es mío- se cansaba en mi pecho de tanto gritar. Y yo me aferraba fuerte a las personas, muchas inadecuadas, otras fueron personas-despedida. De pronto ya no hay gestos, no están sus rostros, y con el tiempo se llevan también su peso en la memoria. Uno puede ver la hondura ahí, como los pozos y los caminos secos donde las enciclopedias nos juran que alguna vez hubo agua.

Las nuevas constantes son mudas. No hay tantas sonrisas. Se hacen más ligeras: en peso y en presencia. Las caricias no vienen a mí, sino que soy yo quien las da (y estas también son demasiado pocas).  Persona-del-adiós se ha vuelto una forma común de definir a los transeúntes de mi mundo. Quizá muchos siguen ahí, pero yo me giro y no puedo ya notar su presencia.

Tanta constante y su ausencia para decir que mi mundo ha perdido sus explosivos. El mundo ya no explota en mi pecho, ya no grita. Soy yo el que ya no grita, en realidad.

Lo noté primero en mi vida. Ya no más encuentros-pelea, no más encuentros-estallido. Hay cierta belleza en la descomposición absoluta de un lazo. Su degradación pone en evidencia la naturaleza de su origen, y ahí, entre los restos, es posible vislumbrar un pasado que se cristaliza por momentos más fuerte que nuestra columna.

Pero este año, las nuevas constantes pasan sin pena ni gloria. Enmudecidos ellos y yo, la distancia es más grande. El campo de la visión se tiene que extender para reconocer los bultos lejanos que aún pertenecen al mundo que antes estuvo cerca.

Lo segundo en notar las nuevas constantes fue mi escritura. La muerte ya no se muere, ni caen animales del cielo en todo el mundo. El tiempo no se detiene para siempre, ni los padres dan de comer a los buitres con el cuerpo de sus hijos. Ya no más los dolidos que matan para comprobar su verdad. Ahora, hay gente aislada, gente que pasa sin pena ni gloria, advirtiendo la rareza del mundo que ya nadie escucha. Ya no hay gritos, en ningún lugar. Tan sólo distancia, a lo ancho y en profundidad.

Si tuviera que definir este año, sus constantes, tendría que remitirme a cierto dolor: los rostros-ausencia, los labios-silencio, el pecho-vacío, las manos-temblor, los ojos-sequía. No suelo construir adjetivaciones así, pero quizá la resolución que necesita mi año es plantearme nuevas constantes.

O quizá simplemente deba olvidar los estallidos, contándome historias en las que los huecos siempre estuvieron ahí.

Fotografía: Astrid Westvang

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Publicación de “Puerta cerrada”.

Me entusiasma y complace presentarles mi primer libro: Puerta cerrada.

Portada

Sobre él, escrito en la contraportada, dice: “Una habitación de hospital, el silencio forzado, un hombre postrado incapaz de entender si existe un futuro. Tras la puerta se suceden encuentros, miradas, compasión, palabras no dichas y descubrimientos que cambiarán la perspectiva desde la que se observa el devenir de la vida.

Daniel Centeno permite al lector confrontarse con el misterio del otro, del que es capaz de quedarse hasta el final”.

El libro se estrenará en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (2017)

De la Editorial Paraíso Perdido

Para comprar en línea -formato físico-, los invito a que pasen por AQUÍ 

 

 

El perro, la playa y el mar

Sigue moviendo la cola. No entiendo cómo es tan feliz. La arena se va haciendo a un lado porque está húmeda, porque el atardecer humedece y nos tiñe de naranja dando espacio a su felicidad.

Es inconsciente del viaje. Durmió todo el camino. Yo la veía con el retrovisor, su pecho de pronto disminuido respirando lento. Llegamos a la playa y no despertó hasta que sus patas tocaron la arena y aun después. Abrió los ojos varias veces. No se sorprendió por el mar, o quizá ya se sentía aquí desde hace mucho; quizá siente que ha despertado realmente de ese sueño en el que vivió estando lejos.

Me recuesto junto a ella. Permanece cerca de mi pecho y alcanzo a sentir cómo la arena se va hundiendo de tanta felicidad. La miro desde ahí abajo, a la altura de la playa, con su rostro pegado igual que el mío a los granitos que nos pican el mentón. A ella menos que a mí, por su pelaje blanco con manchas cafés.

Acaricio su lomo y me pregunto cuánto falta para que la oscuridad se haga presente junto a las estrellas que ahora, invisibles, yacen igual que nosotros como a la espera.

La primera aparece de pronto como un destello tan fugaz y tímido como las olas cuando llegamos. Pero se hace más honda, su luz, cava en el cielo y entre nubes que acaban por desaparecer. Llega hasta nosotros la luz de esa estrella y de otra más, y luego otras tantas.

Luego la miro a ella, con la cola ralentizada de repente como su pecho. Me pregunto si sus ojos pueden ver las estrellas cuya luz ya no crece. Tan profundas en la noche, tan llenas de vida. ¿Pero qué fin tienen las estrellas si ninguna es capaz de mantener el movimiento vivo de una cola, de una simple cola en la arena?

Fotografía: Beth Ann. 

 

 

Amistad

«Me gusta pensar que la amistad es imperecedera. Así es, al menos hasta ahora. Hasta el final.

Ese final es la muerte. Las cosas se acaban. La gente deja de vivir. El azar hará que uno se quede mirando fijamente los restos mortales del otro cuando llegue el momento. Es terrible pensarlo, ya lo sé, pero la única posibilidad que tienes de no asistir al entierro de tus amigos es que ellos asistan al tuyo.

La amistad en parte se parece a otro sueño compartido como es el matrimonio, en el que los integrantes tienen que creérselo y poner en ello toda su confianza. Confiar en que durará siempre.

¿Elegiría, suponiendo que tuviera que elegir, una vida de pobreza y enfermedades si fuera el único modo de conservar los amigos que tengo? No. ¿Dejaría mi sitio en el bote salvavidas y me enfrentaría a la muerte por alguno de mis amigos? No, sin heroísmos. Tampoco lo harían ellos por mí y no querría lo contrario».

Raymond Carver.

Imagen: Guy Denning.

Los vestigios del dolor

El poema estaba en el suelo. Urgido por la necesidad de ponerlo de pie, comencé a arrancar trozos de cinta de otros carteles junto al poema y logré devolverlo a su sitio. Me pregunté -aún, en realidad- hace cuánto lo habían dejado caer: un poema sobre el derrumbe, sobre la muerte por el sismo y sobre todo un grito de aliento; las palabras de una joven, sensible al dolor.

Caminé por los pasillos de mi escuela, buscando los vestigios de aquel dolor plasmado en dibujos, canciones, cuentos y poesías. Encontré un dibujo, coloreado con pasteles secos que reflejaban a la perfección la tierra que flota en el aire de la tempestad. Un niño yace de pie, en la imagen, observando; entre los escombros hay un montón de moscas azules: anómalas, gigantescas, recorren el espacio del cielo hasta que este parece tener su color en un intento por imitarlas.

Unos pasos más y el dolor de pronto ya no ocupaba las paredes. Se habían esfumado para siempre de la memoria de los muros. Ni rastro de cinta, siquiera.

Lo primero que dijeron mis alumnos (cada uno por su parte) fue: “Yo pegué mi dibujo, pero lo quitaron. Alguien lo quitó”. Son tantos los que dicen que alguien arrancó lo que hicieron que no sé qué creer. En cambio ahí siguen, flotando como adornos de una navidad que ya recorrió el año entero lejos de las fiestas, trabajos de literatura y de historia. Nadie se tomó la molestia de arrancar la línea del tiempo de las corrientes de la narrativa, ni tampoco de las presidencias de México.

Supongo que ninguna de esas cosas importa tanto como para desaparecerlas.

Según entiendo, les molesta tanto el dolor ajeno que tienen que arrancarlo.

La alternativa me resulta tan dolorosa como el primer escenario: que ellos me mienten, que jamás pegaron los dibujos que no hicieron y las canciones que no nació de ellos escribir. Pienso en lo terrible que debió ser para algunos que yo llegara, de pronto, a decirles que expresaran su sentir por un evento como el sismo. Porque quizá no sentían nada, o porque sus emociones son inaccesibles para ellos. Incluso, pudiera ser, porque desean guardarlas, ocultarlas en la bruma del silencio. Tienen derecho a callar. Después de todo, el silencio es uno de esos derechos que conservamos hasta en la muerte.

Como de costumbre, no sé qué pensar.

Antes de irme, antes de dejar atrás los dolores no expresados, las versiones que no acabo de entender, las posibles mentiras, regreso hasta donde está el poema que rescaté del suelo. Lo leo una vez más. Y mi corazón recuerda. Sonrío y sufro por igual.

Fotografía: Troy Moth. 

La estática del derrumbe

Sobrevivir es un asunto de geografía. O eso pareciera. No es que no lo supiera antes, ni que necesitara pruebas, pero desde hace una semana no dejo de pensar que el techo sobre mi cama es un mero asunto de geografía.

El fin de semana pasado, a medio camino de la crisis y esta calma extraña en la que ya no recibimos tantas noticias (uno que es provincia, debe conformarse con los mensajes que como bengalas iluminan la noche de las redes sociales, esa oscuridad llena de memes que de pronto a uno le irritan más de lo debido por su vacuidad), me fui de viaje. Ya estaba pautado, los boletos comprados y el compromiso ineludible. Un viaje que había esperado quizá toda una vida. Pero mi alegría, como los seres humanos para el planeta (me di cuenta entonces), es diminuta en el orden de todas las cosas.

No puedo quitarme de la cabeza el gusano que surca entre las circunvoluciones de estas ansiedades que no logro desvanecer con el sueño.

Llevo días con taquicardia, días pensando que el techo sobre mi cama es un asunto de geografía. Pienso que esa felicidad que debía de vivir ya no volverá nunca, y que ni siquiera ello se equipara al dolor que sienten quienes presenciaron el hecho (que no es más que un eufemismo, en muchos casos, para decir “aquellos que lo perdieron todo”). Nada me ha costado tanto trabajo como visualizar la geografía de su dolor.

He pensado estos días que mientras viajaba el techo se pudo haber caído sobre mi cama, la de siempre incluso en mi ausencia, sobreviviendo yo de milagro y perdiendo a mi familia, siendo el caso apuesto que ellos me perderían a mí si la desgracia alcanzaba también el lugar de mi destino. Me siento egoísta de sólo pensar que mis pesadillas no son sino el reflejo de la realidad para alguien más. En mi defensa, si la hubiera, puedo decir que me resulta imposible no empatizar con su dolor. Pienso en lo que me decía una amiga, que recién viajó a la ciudad de México el día del sismo: “Pienso en lo que dejé allá, cuando volví. Pienso que aquí la vida sigue, pero allá no”. De nuevo parece ser que la vida y la muerte, la dicha y la angustia, son una cuestión de kilómetros, a lo ancho y a profundidad, pues de haber sido más profundo el sismo, cree uno, quizá todo sería menos terrible. Quizá.

Y es que, mientras pasan los días, leo más y más crónicas de quienes se encuentran allá. De sus dolores y sus traumas. Pienso como psicólogo –que eso soy, según mi título-, y me cuesta creer que uno pueda tener un trauma por algo que no vivió. Que la imaginación y la empatía sean capaces de provocar el espanto del escombro, de la tierra que se eleva como polvo entre la gente.

Siento que mi dolor es inmerecido, que no debería de decir nada. Entonces, también, siento que esto nos ha golpeado a todos. Que los afortunados de la geografía distante del sismo acabamos sintiendo el choque diferido, como si allá estallara el concierto y a uno le resonara la estática en los tímpanos. No es en absoluto comparable, pero para qué negar que el sonido viaja a todos lados, y que oídos tenemos todos.

Hoy les leí a mis alumnos el poema “Las ruinas de México”, de José Emilio Pacheco, y escuché a algunos reírse. No supe si reían de la desgracia que cuenta el poema, o si es que el estruendo del sismo les parecía tan distante que podían hablar de temas diversos mientras otros perdíamos un poco de nuestra piel con cada laceración poética. Me estremecí mientras leía, y vi a un par, con los ojos cerrados y reflexionando, silenciosos. Al abrir los ojos, no parecían ser los mismos. Como decía Pacheco, parecía que todos habíamos evitado mirar, de pronto, evitando así ver la muerte.

No voy a ningún lado. Tan sólo intento conectar los puntos de este dolor inmerecido y cartografiado por palabras que persiguen ciegas un fin invisible. No dejo de pensar que la risa de mis alumnos es un asunto de geografía. Los imagino dándose cuenta, la epifanía de su salvación en esa clase donde hacen maquetas del sistema solar. Esas maquetas ordenadas y limpias. Como si el universo fuese en realidad así, como si el orden de las cosas fuera limpio.

Hoy me gustaría acostarme agradecido de que mi dolor sea un dolor deslucido por la geografía, aunque eso es mentira. Una mentira que me digo para intentar desaparecer un poco de la tensión que no cesa en mis hombros. Porque sin importar cuánto ayude uno, siempre queda la oportunidad de hacer más. Porque para el dolor no existen geografías. Porque el dolor es universal.

 

Las cosas que aprendí del agua

He pensado mucho en esa frase durante los últimos días. Digo “del”, y no “con”, porque el agua no aprendió nada de mí. Estoy seguro de que el mar no es distinto luego de casi ahogarme, por ejemplo, ni esa luz que se presenta cuando uno empieza a morir.

Lo anterior es curioso porque este año mis cuentos, pareciera, han decidido retomar mis aprendizajes del mar. Puedo rastrear el agua en todos lados: lluvia, lágrimas, océanos y mares, ríos, arroyos… y, así como el mar, a la luz: como la muerte, la luz como enemiga, como espacio para el sufrimiento y también como liberación.

Nada de lo dicho antes debe ser novedad: no soy el primero que casi muere en el agua; no soy el primero, tampoco, que ve la luz como si se tratara del fin. Algunos han vivido lo primero, y de lo segundo todos seremos participes.

***

Pienso, por ejemplo, en un microcuento que escribí hace unos meses:

«Mientras buscaba qué hacer por ocio, leí un anuncio que decía: “Liga de nadadoras suicidas”, del Instituto Virginia Woolf».

Sobra decir que Virginia se suicidó caminando con aplomo hasta el corazón del mar.

***

Son muchas las cosas que he aprendido del agua. Aprendí, por ejemplo, que la luz sobre el mar se asemeja al infierno, ese brillo sinuoso que como espejismo invita a querer reflejarse en su profundidad.

***

La luz irradia sobre todos los cuentos de este año. Eso ya lo dije. Mucho del recuerdo desde donde nacen se lo debo a “Luminous” y “The nature of the daylight”. Ambas melodías me parecen preciosas, ambas me recuerdan la luz en mis ojos cuando estaba por irme. Igual que al mar, creí que la veía por última vez. Creía que de todas las luces del mundo, como si cada una perteneciera a un lugar y a un momento, ésa me despedía sólo a mí.

Ambos, la luz y el mar, pueden ser el fin. Ambos terminan el mundo. El corazón sabe que no hay nada más allá cuando los mira unirse como un paraíso en el cielo, incluso si el infierno se encuentra bajo la superficie.

*La frase me vino a la mente al leer por ahí, en algún lugar, el título de un libro “Las cosas que perdimos en el fuego”, de Mariana Enriquez.

*Ambas melodías fueron compuestas por Max Ritcher 

*Fotografía: David Talley. 

El balón no está hecho para detenerse en la red

Cuento ganador (empate) de la edición n°9 de #InstantáneaExpress

(Editorial Paraíso Perdido) (Julio, 2017). 

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora es la epitome del deporte, ora una recreación sana para el espíritu. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

 

Fotografía:  Rob Woodcox.

Los secretos de la memoria

Cuento ganador de la edición n°7 de #InstantáneaExpress (Editorial Paraíso Perdido) (Junio, 2017). 

Luis lo llevó la última noche. Lo presentó como su hermano. Increíble. Me dijo una vez: “Hay una ventaja en los parecidos físicos”, refiriéndose a nosotros. No sé cómo pudo causarme gracia entonces. Sólo nos parecíamos al fingir.

Saludaban a Luis en la fiesta y lo dejaban atrás como si solo hiciera falta otro día para volverlo a ver. No se despedían porque nadie –excepto yo- sabía que era su última noche en el campus. Era nuestro secreto. El fin.

Hablando de finales, hay algo enfermo en jurar Hasta luego cuando se mira con un Adiós escondido bajo los párpados. Hay que ser mentiroso o falto de dignidad. Sin embargo, hay algo menos digno en no despedirse de quien estuvo a nada de arrancar la superficie por amor. Yo fui ese alguien. Quien arañó la verdad. Luis, en cambio, simulaba que nada pasó -como si con ello volviera invisible nuestra memoria para el resto de quienes estaban en la fiesta; como si con ello evitara la sospecha de que alguna vez estuvimos tan cerca que fuimos una sola sombra.

Sin cruzar palabra, esperé paciente. Luis estaba junto al otro. Esperé al amor, aunque no fuera mío. Quería verlo besar, por última vez, a quien fuera. Si lo hacían ellos dos —Luis y cualquier hombre— podría haberlo hecho yo también. Haber gritado Te amo sin acabar de arrancarle el secreto del cuerpo. Jamás podría traicionar nuestro secreto. Esperé que hiciera cualquier cosa, algo de verdad. Pero no lo hizo. Siguió simulando.

Fotografía: Mark Liddell

Una oferta generosa

El insomnio no es el mayor dilema de la princesa que durmió cien años. Lo es, en cambio, aceptar o no la “lipo. Liposucción, claro. Se lo sugirió su nuevo representante, del que supo hasta hace dos días cuando emergió de las profundidades de un cuarto para utilería de Princessland.

Ahí la habían dejado, luego de hacer una copia idéntica (pero más bonita), que usarían como su mayor atracción. Cuando la princesa despertó, acostumbrada ya a las catacumbas de su viejo castillo, se escapó del cuarto y comenzó a gritar: ¡Me han raptado! ¡Infames!

La gente de Princessland, ya sin poder evitar el escándalo, le ofreció un trato generoso: le harían una película si aceptaba que su historia acabase donde la original. No entendía qué era una película así que se la mostraron. Era animada y le dijeron que se basaba en un cuento. La princesa no sabía que habían hecho cuentos sobre ella.

Resultó ser que, dormida, varios hombres acudieron a su lecho y le hicieron cosas horrorosas. La mayor de todas fue dejarla ahí. Un escritor anciano había escrito de ella para que alguien la salvara, y en lugar de eso lo habían vuelto famoso –su cuento, al menos.

Así, tardaron muchos años en que el cuerpo de la princesa fuese comprado por Princessland, y a días de entrevistarla su representante sugirió que se hiciera la “lipo”, pues debía parecerse a la copia que habían puesto en su lugar.

Su dilema había sido planteado, ¿aceptar o no? ¿Y si luego le cambiaban la cara y las posaderas? Había visto criaturas de partes removibles ahí en el parque, y pensó en su destino. Que la volverían eso.

Pero Princessland no quería borrar del todo su identidad para que nadie la reconociera, sino lo opuesto. Le deseaban la fama, igual que al escritor que una vez quiso que la salvaran. Ella no alcanzaba a ver la bondad de quienes la habían comprado.

Fotografía: Nightlights, Lissy Laricchia

Gula

Cuento ganador de la edición n°1 de #InstantáneaExpress

(Editorial Paraíso Perdido) (Marzo, 2017).

Pasamos por debajo de una valla rota, cruzando el sonido sordo de hojas sin futuro. Ya lejos de la choza y del pueblo, un hombre apareció delante. No lo habíamos visto al caminar. Al principio no me pareció muy distinto a nosotros. Llevaba, sobre su mano, un algodón de azúcar que sujetaba con los dedos. El dulce nublado entraba a su boca como resistiéndose. Creí que era el dueño de aquél espacio cercado, así que lo saludé. Sofía, que estaba junto a mí, negó con la cabeza. Parecía suplicarme que nos fuéramos. Pedí disculpas por irrumpir, notando entonces que el hombre llevaba las uñas muy largas. El algodón se pegaba en el anverso de las uñas como bacterias que se adhieren a la carne en la gangrena. Nos fijamos entonces en su boca, mientras comía. Sus dientes eran rosas, consumidos ya de tanto comer. Parecía que uno y otro se alimentaban de sí, y decidimos que el miedo a ser atrapados por irrumpir ilegalmente era menor al miedo a lo que él pudiera hacernos. Avanzamos de regreso, cruzando los espacios vacíos entre los árboles, llenos de pronto de una bruma rosa, como el algodón que él comía. Debía ser por el cielo, rosa sobre nosotros. Estaba por caernos la noche encima. La bruma se hizo muy densa, casi pantanosa, y notamos de pronto que frente a nosotros, lejos, parecían haber forjado muros de concreto. No era posible. Debían ser arboles de raíz descomunal. Tampoco eso. La apretujé, tembloroso. Eran dientes.

Fotografía: Paulo Bortolini. 

Pedregal

Para el boletín escolar de mis alumnos
Me propuso que nos fuéramos de viaje.
– A donde tú quieras –me dijo. Tenía esa sonrisa, cuando me lo dijo. Un gesto enorme de felicidad que yo conocía de sobra en su rostro. Yo no quería ir, y aunque supe que acabaría aceptando, mantuve el silencio cuanto pude, estiré el tiempo. Quería seguir viendo su sonrisa.
Fui a mi casa e hice las maletas. Pensé, mientras las hacía, en cómo sería nuestro trayecto por las calles pedregosas del pueblo. Él me dijo que sería yo quien elegiría. Después, no mucho después, me mostró una fotografía de un pueblo mágico donde por las tardes la neblina baja desde la parte oculta de las montañas. Eso dijo él, intentando convencerme cuando ya me había convencido. Sólo que él no lo supo.
– Sí, ya, es bonito –le dije. Lo cierto es que me parecía hermoso. No entonces, claro, pero sí al imaginarme caminando con mis botas, las que no usaba hace mucho porque en casa siempre hace calor. Un calor insoportable. ¿Está mal, de vez en cuando, añorar una ligera ventisca?
Acabé de prepararme para el viaje y fui hasta la central de autobuses, donde me dijo que debía esperar su arribo. Me senté, al llegar, viendo a la otra gente mientras se marchaba, contenta. A quién engaño. Es probable que yo viera sonrisas en todos lados porque seguía pensando en la suya.
Al cabo de una hora, me di cuenta de que el camión, nuestro camión, estaba por partir. Revisé mi celular. Ni una llamada suya. Le llamé, entonces:
– ¿Dónde estás?
– No te escucho.
– Estoy aquí, esperando. ¿Recuerdas? Dijiste que hoy nos iríamos de viaje.
– ¿Te dije hoy?
Escuché su voz. Sé cuándo sonríe, mientras habla. Su voz se nota más ligera, como nubes deslizándose.
– ¿No vas a venir, entonces?
No respondió. No sonreía. Dijo un montón de cosas. El tráfico, un dolor, un dolor terrible que de pronto le hubo dado. El mundo es terrible. Eso ya lo sabía, y lo sé. Lo sé todo el tiempo, excepto cuando me olvido de ello, por instantes, mientras sonrío. Antes sonreía en su nombre, ahora lo hago sola.
Tomé mis maletas. Se me hacía tarde. Iba con retraso.
– Te lo compensaré.
– Quiero que me escuches –le dije, antes de colgar-. No estaré en casa.
– ¿Hoy?
– Sí. Hoy.
– ¿Y mañana?
Nuestro viaje duraría sólo dos días, volveríamos la mañana del tercero Pero yo podía volver, en realidad, cuando quisiera. Pensé en lo mucho que me hacía falta la distancia.
Respondí, entonces:
– No. Ni el día que sigue a ése, ni el que sigue.
Pude haber dicho: “Sé que no lo compensarás”, pero eso lo sabíamos ambos.
Me fui, llegué hasta la cabaña y salí apenas pude. Caminé como si mi destino hubiese sido, desde el principio, viajar sola.
Pese a que han pasado los días, pese a que ya he visto muchas veces las calles pedregosas, la gente y sus bufandas y sus botas, el pueblo aparece frente a mí cada día como si cada piedra, cada persona y cada bufanda fuesen maravillosas. Como si la luz, la oscuridad, la niebla y el atardecer les proporcionaran un brillo distinto cada vez. Incluso mis botas lucen distintas. Me gustan más, ahora.
Fotografía: Laura Zalenga. 
 

Una puerta

Publicado en Revista Rojo Siena (Noviembre, 2016). 

Le prometí un pase al inframundo a cambio de un six-pack de cerveza. Yo sé que es pedir poco, pero los tiempos son duros y es más fácil ir a las puertas del averno que conseguir dinero suficiente para aquella endemoniada bebida.
Él llegó con sólo cinco botellas, y le dije que estaba loco si creía que bastaba. ¡Me he tomado una para darme valor!, me dijo hincándose. Se arrastró hasta mí, viéndome a moco tendido, y yo dije bah, está bien, tomé una y me la bebí de un gran sorbo. Vamos, pues.
Nos tomó once minutos llegar hasta la puerta. Él no comprendía nada. Es… sólo una puerta, dijo mirándome con los ojos como a punto de salirse de su cara. Habíamos recorrido un largo pasillo subterráneo, pintado con blanco percudido; estábamos al final del corredor, como el de una escuela o una oficina gubernamental. Sí, le dije, y me apresuré a poner mi palma sobre el picaporte. Es… es sólo una puerta, repitió. Una puerta que rechina demasiado, pensé. ¿Aquél tipo era idiota? Claro, el miedo, sí. Que no cualquiera llega al inframundo por voluntad propia. O no así, con tal ímpetu. Aquél pobre imbécil había necesitado una cerveza —una de las mías— con tal de aplacar su cobardía. Está bien, le dije, acércate. Él avanzó despacio, tanteando sobre el suelo que, parecía por su mirada, estaba por desaparecer. ¿Qué temía? Aquella podría ser la puerta al cuarto de limpieza. No había nada ahí distinto a cualquier otro lugar. Anda, idiota, no tengo tiempo para estas cosas.
Él se puso un paso detrás de mí, entonces empujé la puerta gris. ¿No necesitas llave? Dijo jalándome de la camisa. No, le dije, quitándolo de golpe. Avanza, si es que quieres llegar. Asintió y me siguió hasta lo que había más allá de la puerta. Luego comenzó a cerrarse y la detuve con la punta de los dedos.
Al notar que no había fuego, ni gritos, el tipo salió de su escondite —mi espalda— y se apresuró a caminar en todas direcciones. Caminó por casi cinco minutos. Cinco más y podría irme, sí, cinco; lo justo y necesario. ¿Qué… qué es esto?, dijo, No entiendo. El tipo me había pedido llevarlo hasta el inframundo, pero hubiera dado lo mismo si en su lugar hubiese dicho al infierno o el averno. La mitología humana es sumamente curiosa: tiene tanto tormento en tantas palabras, tanta destrucción y remordimiento… Como si fuese necesario, pero no era necesario ningún nombre para aquél lugar. Tampoco era necesario el perpetuo azote de quimeras demoníacas. No había un río al cuál iría a parar su alma. El muy idiota no sabía nada de eso, pero tampoco me lo preguntó. Él dijo llévame, y eso hice.
Estás justo donde querías, le dije, y luego giré moviendo la puerta. Espera, me dijo, ¿a dónde vas? Abrí la puerta por completo y salí. Escuché sus pasos, corriendo detrás, y luego cómo se estrelló contra la puerta apenas un momento, porque al cerrarse desapareció de su lado y él, seguramente, estaría golpeando el aire, en vano.
Yo me quedé recargado a la puerta, me dejé caer al suelo y tomé otra de las cervezas.
Ya sólo me quedaban la mitad.

Reflejo

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Noviembre, 2016).
Vi a mi esposa muerta situada en el centro comercial. Estaba frente a una tienda de ropa que ella visitaba por horas, arrastrándome a su lado. Nunca me gustó ese lugar porque la convertía en un ser absorto. Enmudecía al trenzar su mirada en las telas de vestidos que habiendo sido más joven le hubiese gustado usar sobre su piel satinada.
     La tarde cuando la vi luego de su muerte -mucho tiempo después-, llevaba un vestido rosa. Su cuerpo entero parecía reflectarse gracias al cristal que atesoraba años de luces artificiales.
     – ¡Lucía! – le grité -. ¡Eres tú!
      Lucía no respondió. Sus brazos, caídos y faltos de vigor, iban a juego con el resto de su cuerpo que se sostenía por inercia en su lugar.
      – ¡Amor!
      Pensé que mi nostalgia se había enredado con la realidad hasta traérmela de vuelta.
      – ¿Lucía?
     A unos pasos del encuentro comencé a titubear. ¿Sería ella realmente, mi esposa muerta? Nadie reparaba en el trance mortuorio de Lucía.
      Llegué hasta ella e intenté abrazarla, daba igual si estaba absorta, pero ella me retiró de inmediato. Sus ojos, cargados de un vacío que aún hoy me causa pesadillas, me sentenciaron a la mayor de las frialdades.
      Aparté mis brazos y esperé a su lado a que al fin se liberara del trance. Pero las horas pasaron -y los años también- y ella no se mudó ni un ápice. Mis esfuerzos fueron y siguen siendo inútiles. Lucía sigue ahí, inmóvil.
Pintura: Mia Bergeron 

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Tributo a Juan José Arreola 

Estudios recientes han encontrado que los jóvenes sienten mayor comodidad ante sistemas electrónicos y computacionales. Les prefieren, sobre todo, ante la alternativa de sujetos humanos.

En respuesta, MorbidTechnologies ™ propone la utilización de PrefectMás ©. PrefectMás es un sistema computarizado que funciona a distancia, con única sede (una computadora madre que opera como reguladora de todos los sistemas escolares incluidos); de utilización portátil. Su finalidad es servir de sustituto mejorado a la prefectura costumbrista (que genera sueldos cada vez más altos ante las imperiosas y ciertamente evitables necesidades de los sujetos humanos tradicionales).

El sistema permite su uso como una aplicación móvil, lo que facilita la vida de los estudiantes. Al no ser de carácter obligatorio, la disidencia esperada en los adolescentes no parece posible.

Entre sus atractivos, PrefectMás © hace uso de las redes sociales del estudiante (a través de algoritmos especializados, como aquellos que dictan de antemano los contactos con los que han de relacionarse por gustos afines), de tal modo que provee beneficios ante logros académicos (individuales, ciertamente; el sistema es personalizado), así como administrativos.

Casos de éxito sobran en nuestro conglomerado. En uno de tantos planteles en que ha sido utilizado el sistema PrefectMás © se redujo la inasistencia en un 89%, el retardo en un 69% y el incumplimiento de tareas en casi 100%. Ello debido a los novedosos métodos automatizados de nuestro sistema.

El educando pronto descubre que su arribo oportuno supone no sòlo un mejor aprovechamiento para su clase (conocemos al estudiante de hoy y la precaria importancia que obsequia a su desarrollo), sino la acumulación de puntos que puede intercambiar por mejoras a las distintas redes sociales. Contamos con un amplio abanico de éstas. Las posibilidades maravillosas de nuestro sistema se fundamentan en nuestras relaciones profesionales y convenios. Gracias a nuestro acuerdo con Facebook, por ejemplo, se permite al educando el cambio de colores en su perfil personal, así como el agrandamiento de las fotografías que comparte (esto es especialmente útil para jóvenes socialmente activos, que suelen tener menor desarrollo curricular comparado con sujetos retraídos, según estudios recientes). Para los otros (el resto, PrefectMás © no segrega en forma alguna), también hay beneficios. Desde la colaboración con Nintendo ™, se le proporciona acceso a pokemones aún no liberados para el público (lo que a su vez aumenta su sensación de valía y de auto-aprecio).

Nuestro sistema permite la acumulación de puntos. Cuando el educando posterga la recompensa (favoreciendo así la auto monitoreo y regulación), se obtienen beneficios tales como: tiempo gratis en telcel (llamadas ilimitadas, útiles para los que cuentan con pareja(s), hasta agotar existencia), suscripciones a netflix, clarovideo y descarga en demanda de películas de cinepolis klick (actualmente contamos con Avengers 2 y Batman contra Superman. Próximamente, El escuadrón suicida).

Para hacer más ameno el sistema, y favoreciendo la regulación en clase, el educando recibe memes personalizados (imágenes viralizadas en internet, para aquellos que no se encuentran familarizados con el término). En ellos se colocan mensajes que incitan al educando a regresar su atención a la clase. Contamos con una base extendida de memes, actualizados siempre gracias a nuestro monitoreo de las redes sociales de los educandos.

MorbidTechnologies ™ siempre a la vanguardia.

Regresar

 

Mamá me dijo que no hablara con el león de rostro por la mitad. Tenía ojos profundos, como huequitos en la tierra. Llenos de oscuridad. El león estaba sentado detrás de nosotras. Ocupaba dos asientos. Su pelaje era negro, como sus ojos, y se extendía de la cabeza hasta los pies. Sólo el pecho lo llevaba azul. El león me miraba y yo le regresaba la mirada. Al principio incluso le sonreí, pero mamá me giró para que ya no lo viera. Sentí el resoplido del león detrás de mí. Mamá dijo “Cuídate de él”, también dijo “No lo escuches”.

Pero yo lo escuché. Cuando el autobús dio la primera vuelta luego de un largo camino en línea recta, el león me preguntó, “¿A dónde quieres ir?”. Yo no supe qué decirle. Había dejado que mamá me llevara a donde ella quería. ¿No es eso lo que se supone que yo debía querer también? El león se quedó callado, esperando a que yo respondiera. De repente me pregunté a dónde iba, y no lo supe. No saberlo me desesperó porque sentí que estaba perdida.

Cuando nos subimos al autobús, hace ya demasiado, mamá me dijo que la abuela ya no regresaría con nosotras. Que ya nunca regresaría. Pero éramos nosotras las que nos íbamos. Yo quería estar con la abuela, que me regalara los mazapanes que tanto me gustan y mamá me prohíbe. Le pregunté, ¿mamá, a dónde vamos?, y ella me miró apenas de reojo, con la pura puntita del ojo. “A casa”, dijo, pero no le creí.

El león me habló de nuevo cuando lo miré. Quería que él me respondiera. Tenía a su lado la ventana abierta, así que su melena se movió como un torbellino de pelusa, como una sábana al distenderse sobre la cama. “¿Sabes qué te hace falta?”, me preguntó, “¿Sabes cómo debes preguntárselo a tu mamá?”. Yo negué con la cabeza en silencio, para que mamá no viera. Aunque mamá pudo ver si hubiese querido. Estaba a lado de mí. Pero no quiso, no quiso como tampoco había querido decirme a dónde íbamos.

Dimos otra vuelta y mamá parecía desesperada. Miraba hacia todos lados, como intentando recordar dónde debíamos bajar, pero lo cierto es que yo sabía que nunca habíamos estado ahí. Era algo totalmente nuevo para nosotras, como el león de pecho azul y melena enorme. Me dijo el león, “Ya sabes qué quieres, ¿también sabes qué quiere tu mamá?”. Miré a mamá como miraría a un cachorrito, como mi abuela la miraba a ella, y le pregunté. Mamá, ¿qué es lo que tú quieres? Ella, que no pareció entender, me apretó en un abrazo rápido y sin mucho sentimiento. Mamá, repetí, ¿a dónde quieres ir? Yo estoy aquí, le dije, estoy contigo. No estamos perdidas. Podemos volver. Vámonos a casa.

Entonces se giró entera, con su pecho frente a mí, que estaba también de frente. Me apretó contra ella, fuertemente, y me dijo “No lo sé, amor”. Apreté su blusa mientras ella temblaba. Le dije “mamá, el León puede ayudarnos”. Mamá se asustó. Giró con lentitud y con mucho miedo hacia el león, que nos sonreía a las dos. Entonces habló. Nos dijo, “¿A dónde quieren ir? ¿Qué necesitan? ¿Qué puedo hacer por ustedes?”.

Él nunca nos dijo qué hacer. Sólo nos hizo preguntas, y mamá respondía y respondía y él seguía preguntando. Y sólo hasta que mamá comenzó a reírse con sus respuestas, el león también respondió “Bueno, ahora ya sabe en dónde debe bajarse, si lo que quiere es volver a casa. ¿Es eso lo que quiere?”. Mamá respondió “Sí, estoy segura”. Se le hinchó el pecho, como si respirara muy lento. Yo hice lo mismo, me hinché como ella y me erguí como el león. Yo también, dije. Mamá, volvamos a casa. Quiero ver a la abuela por última vez antes de que se vaya.

Bajamos del autobús y me despedí con la mano. Le dije adiós al león que nos había preguntado a las dos qué queríamos. No sabíamos cuánto nos tomaría volver, pero lo haríamos.

A Esmeralda

He recibido tu última carta con casi un mes de retraso. El sobre delató al cartero, que seguramente sintió culpa por habérsela quedado para sí mismo. O quizá fueron los de la oficina de correos. Uno nunca sabe en quién confiar.

Hablando de mentiras y medias verdades, o quizá sólo de cosas escondidas, hay algo que no me acaba de quedar claro de tu última carta. Siempre has sido tan hermética. Transcribo la parte que me descoloca, para evitar malentendidos:

He estado mejor desde nuestra última plática”.

¿Mejor que cuando, Eme? Me ha inquietado pensar que, cuando decías que estabas mejor, algo te había pasado. Así que rebusqué en tus cartas pasadas.

Lo primero que noté es que te has vuelto especialista de mis emociones. Has dicho, en las últimas diez, que se nota a leguas mi dicha, mi alegría, mi gozo, mi placer, mi éxtasis, mi satisfacción, mi beneplácito y ve tú a saber cuántas cosas que no son emociones pero que terminan siéndolo. Como amor. ¿No sientes que el amor es a veces algo tan personal y tan instintivo que no puede ser sino natural? Que el mundo no lo ha influenciado, como lágrimas nacidas de tristeza.

Hablando de tristeza, ¿por qué no la noté antes? No había notado la forma en que te expresabas sobre tus propias emociones, no sino hasta que leí “mejor”. ¿Mejor que cuándo? Seguí buscando, Eme.

¿Escuchas mi voz, Rodri? ¿Logras escucharme desde aquí?.

Maldije que eligiéramos las cartas como medio para comunicarnos. Me sentí como un imbécil por no haber atendido a tu pregunta como un lamento. ¿Por qué esperar tanto por lo que podríamos hacer en un segundo, con tan sólo apretar un botón?

Pero aquí estoy, escribiendo, leyendo tus viejas cartas, sin tomar el teléfono. Prefiriendo el papel. ¿No sientes que sólo el papel sobrevive a la nostalgia? Se tiñe, se opaca, pero las palabras permanecen. Alguien, probablemente un mentor o quizá mi padre, me dijo que la tinta de un libro no se borra salvo que uno la talle con tanta fuerza que la página se rompa. Lo cierto es que las palabras envejecen, como nosotros, pero sobreviven mejor. Las palabras no se pudren, Eme. ¿Pero eso tú ya lo sabes, no? Fuiste tú la que comenzó con esto de las cartas. No lo recuerdo, pero sé que fuiste tú.

A veces, durante el último mes sin recibir respuesta, cuanto temía tanto y me ganaba la ansiedad, pensaba que quizá la imagen que hay de ti en mi mente no era sino falsa o cuando menos incompleta. Te pido perdón, Eme. Pensé que las palabras no te completaban, que te ocultabas entre las palabras, pero ahí estás, en realidad.

Cuando recibí la carta, cuando al fin la tuve en mis manos y abrí el sobre con cuidado, cuando temí romperlo, olvidé pagar las cuentas, tomar una ducha, desayunar. Me hiciste pensar en ti. Me di cuenta de que tu letra había cambiado. Se notaba temblorosa. A ratos, casi traspasando el papel. Apenas ligeramente, pero lo noté. Aun así, tengo la certeza de que eres tú quien la escribió.

Confío en ti, Eme. En que estás aquí.

Supongo que de eso hablabas hace cuatro cartas, y hace doce, y hace treintaicinco. De eso que tú llamas “Amarlias”. He puesto círculos alrededor de la palabra, cada vez que decides usarla. Han sido pocas.

Tú y tus amarlias”, fue la primera vez. No tuve idea de qué decías. No te interrogué tampoco. La segunda vez, quizá dándote cuenta de que nunca te lo pregunté, dijiste: “¿No te hacen daño las amarlias, Rodri?”. Tuve que ceder. Caí en la curiosidad. ¿Qué es una amarlia?, te escribí. Tú contestaste, como posdata:

“¿No sabes qué son, Rodri? Bueno, te explicaré. No, no te explicaré, porque yo no soy quién para hacerlo. Déjame mostrártelas. ¿Ves el mismo árbol que yo veo? Es un árbol bello. Está afuera de mi ventana. Lo ha estado todo el tiempo. Es un árbol de flores rosadas, de sombra profunda y fresca. Es hermoso porque está ahí, de pie. ¿Sabes a qué huele? Siempre huele a primavera.  A veces también creo que yo huelo a primavera cuando estoy lejos de él; sólo a veces. Pero a veces no. En cambio, su fragancia persiste. Porque el árbol sigue y seguirá siendo un árbol, y las flores harán lo mismo naciendo de él sin importar cuántas veces deban morir. Sigue oliendo a primavera, incluso en su ocaso. No sé si es porque yo huelo las flores aunque se han ido, o porque siguen ahí como vestigios atrapados en el viento. ¿Sabes cuál es la constante, Rodri? El amor. El amor es la constante. Yo amo a ese árbol, y mientras lo ame viviré eternamente oliendo y viviendo en él la primavera. Así tú, Rodri. Una amarlia, eso eres. Tú eres como aquel árbol, para mí. Siempre hueles a primavera”. 

Después de leer eso no supe qué decir. Tardé tanto en escribir una carta que diera respuesta. Cada vez que decías “amarlia” yo sentía un estremecimiento, un profundo bienestar. Pero, más que eso, sentía el olor de la primavera en la casa.

Así que, aunque he tardado mucho en notarlo, quiero que sepas que lo he hecho. Que no soy tan cabeza dura, que he notado que ahora estás mejor, pero que antes algo pasó y no me di cuenta. Así que, déjame ser quien ahora te muestre algo.

Estoy sentado sobre mi cama. Estoy mirando a la ventana. Afuera hay niños. Los niños juegan a algo que no entiendo. Usan palos, pelotas, y corren de un lado al otro. Se gritan, pero entre los gritos… ríen. La risa de los niños llena toda la calle. Los padres suben el volumen de sus televisores, pero los niños siguen escuchándose en cada rincón. Su voz llena todo, hasta esta carta. “¿Quieres jugar conmigo? ¿No? Pues no juegues”. ¿Lo ves? Esos niños no respetan ninguna regla. Esos niños van a crecer. Se irán de la calle. Tendrán parejas. Se abrazarán, se darán besos, y entonces pensaré que quizá yo debería estar haciendo lo mismo. Pensaré en su risa estruendosa y en cuánto la extraño. Esos mismos niños, ya adultos, se irán, dejando a sus padres, visitándolos cada fin de semana al principio, luego cada mes. Algún día estaré a punto de olvidar el sonido de la risa de esos niños. Entonces aparecerán los hijos de ellos, y reirán igual por otro juego que tampoco entenderé. No seré yo quien mantenga la risa viva, Eme, pero seguirá ahí. De algún modo se las apañará para vivir. Y pienso, ¿sabes qué no va a cambiar? ¿Sabes que será una amarlia, en todo esto?

Tú ya sabes la respuesta.

Antes me preguntaste si las amarlias no me hacían daño. No, Eme. No me hacen daño. Si dices que soy como aquel árbol, ¿te hago daño, Eme?

En fin, no me culpes si escuchas, entre todo lo que digo, la risa de los niños. Dicen que el buen humor contrarresta los malos ánimos. Yo espero que su alegría te haga tanto bien como a mí me hace la sombra del árbol de flores rosadas frente a tu ventana, sobre todo en tiempos calurosos.

Esa tarde, mientras escribías que estabas mejor, ¿en qué pensabas? ¿Qué sentías? No me importa leer un diccionario entero de significados, escríbelos para mí. No, no para mí, pero escríbelos. Quiero saber qué significa estar mejor, como me mostraste antes lo que significa una amarlia. Quizá yo debería ser capaz de hacerlo sin tu ayuda, pero ¿no amas que te sea yo quien te pregunte estas cosas? Sé que respondes ante mis interrogatorios. No sé si porque amas que me dé cuenta de que no sé nada, o si descubres que tú no lo sabías sino hasta que lo escribes en una carta. Una carta como esta.

A veces eso me pasa a mí.

Con amor, Rodrigo.

Este ha sido el reto 10 de Insectos Comunes: Típicos tópicos: El amor en estado puro.

El objetivo era partir del manido tema del amor e intentar que sonara a nuevo. Para ello, cada uno de los autores teníamos que escribir una carta de amor sin trampa ni cartón, algo romántico, pero que fuera original y que conmoviera al lector sin recurrir a la ñoñería. ¿Creen que lo he conseguido?

Pueden leer el resto de cartas en los siguientes enlaces:

Amo cómo comes naranjas, por Cerdo Venusiano

Carta de amor. La distancia, por LaRataGris

Me das paz, de Benjamín Recacha

6 de junio de 2016, de Esther Magar

Pintura: Peach Tree in Bloom, Vincent Van Gogh

 

El testigo

De: Jesús “Chukes” Rivers

Algunos invitados charlaban, ignorando la música de fondo; otros comenzaron a acomodarse en sus respectivos asientos.

¡Clap, clap, clap!; se escuchó el sonido metálico contra un objeto de cristal. El festejado inició su discurso:

-Buenas noches, damas y caballeros. Quisiera poder decir que tenerlos a todos aquí reunidos esta noche me hace feliz. Lamentablemente, no es cierto. No se alarmen. Resulta que, cuando me dijeron que no olvidaría el día de mi boda, nunca imaginé algo así.

Se hizo el silencio y los invitados se miraron, intrigados.

– Entiendo que para uno de ustedes la novia es como su hermana, y que se preocupe por su futuro; sin embargo considero muy inmaduro de su parte el que, gracias a su negativa de estar presente en el mismo lugar que yo, se me haya obligado a firmar el documento sólo en presencia de mi testigo. El colmo hubiera sido que se me negara el acceso a la fiesta. Pero aquí estoy. Como puede ver.

La copa tambaleó en su mano.

-Entiendo que se te ocurrió la grandiosa idea de amenazarme, por lo cual me gustaría decir que arrojar piedras no te libra de todo pecado.

Hizo una pausa y se manifestó el silencio.

-Quisiera poder decir más –continuó-, pero no quiero arruinar la celebración. ¡Salud! –finalizó el discurso y se retiró de la fiesta y de sus vidas, dejando el acta de matrimonio, con dos firmas iguales, sobre la mesa.

Fotografía: Stefan Lengsfeld

“El cuervo enfermo”, Esopo

“Un cuervo que se encontraba muy enfermo le dijo a su madre:

-Madre, ruega a los dioses por mí y ya no llores más.

La madre contestó:

-¿Y cuál de todos, hijo mío, tendrá piedad de ti? ¿Quedará alguno a quien aún no le hayas robado la carne?”

Día 1: Esopo, “El cuervo enfermo”.

365 días, 365 autores.

Me llama la atención que una fábula que data del siglo VI a.c. tenga aún tanto poder, en tan pocas líneas, y que además sea capaz de sugerir múltiples lecturas.

Otras fábulas despliegan, sobre todo, una crudeza que se antojaría incorrectas hoy en día (águilas a las que les arrancan las alas, cisnes a los que les jalan el pescuezo, etc), sobre todo considerando que la fábula es un terreno que hoy se conserva casi estrictamente en el terreno de lo “infantil”.

De los cuentos leídos (“El abeto y el espino”, “El águila de ala cortada y la zorra”, “El águila, el cuervo y el pastor”, “El águila y el escarabajo”, “El cerdo y los carneros”,  “El cisne tomado por ganso” y “El cuervo enfermo”) es el cuento que compartí al inicio de este texto el que me parece más complejo y más desconcertante de todos.

¿El cuervo le pide a su madre que pida por él… porque él así lo quiere? ¿O quiere que pida por él… para que así su madre deje de llorar? La forma en que está estructurada la narración da ambas posibilidades, y ambas tienen sentido y ambas dan cuenta de dos realidades.

Eso me ha dado a pensar que quizá se deba simplemente al carácter moderno de la traducción que pude leer, y que quizá (con mucha probabilidad) esa intención, la de dar múltiples interpretaciones, era algo ajeno a la historia y quizá incluso le jugaría mal.

Porque según dice la fábula, la moraleja es que…

No te llenes de enemigos innecesariamente,
pues no encontrarás un solo amigo cuando lo necesites.

… pero yo creo que hoy podemos prescindir totalmente de ella y sentirnos desconcertados por la fábula en sí.

Toda una sorpresa, Esopo.

Para leer más del autor, recomiendo visitar éste sitio.

¡Ey, Sofi!

casual (1 de 1)-78
Así se ve el rostro de un joven amargoso cuando le publican por primera vez un cuento: menos amargoso. Casi feliz. Bueno, sin el casi.

Le prometí a Sofia Guardiola (pongo tu apellido para evitar conflicto de identidades, pequeña saltamontes amante de las cámaras voladoras) que subiría una foto mía sosteniendo la revista donde me publicaron. Pues aquí está. Porque yo  soy un hombre de palabra, excepto cuando se trata, obviamente, de cerrar mi blog. El cierre ha ocurrido ya unas seis veces y contando. Es como una adicción. O, siendo más preciso, un hermoso hábito compulsivo. ¿No parece ya una tradición que lo cierre? Es casi como el festejo por un aniversario, pero colgando el letrero de “aquí ya no hay nadie” precedido de un cuento donde intento echar la casa por la ventana. O mi casa al menos. Por sus ventanas. Sí, lo siento por quebrar los vidrios…

¡Saludos a todos!