Noturo

Cuento ganador del XXXV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (Puebla, 2019).

Mi padre me puso el nombre de un chimpancé. Jesús. Una palabra le bastaba para invocar al hombre de la cruz a la que rezaba mi madre, para hablar de su chimpancé consentido y para nombrarme a mí.

Comencé a imitarlo cuando llegaba del trabajo, paseándose en la casa con su bata de laboratorio y sus botas siempre cubiertas por tierra y lodo, haciendo señas en el aire, diciendo mi nombre en tercera persona aunque me tenía junto a él. Debo llevarle juguetes a Jesús, decía. Jesús lo hizo increíble. ¡Jesús es tan prometedor! Yo pensaba que mi padre era tan distante que se sentía obligado a nombrarme como si no estuviera ahí. Quería decirle que no temiera, que podía decirme Te quiero. ¡Papá es increíble!, le decía, al verlo llegar; ¡Papá traerá juguetes!, también; ¡Papá es el mejor papá! Quería mostrarle que lo comprendía. Aquella deformación de la lengua era una cosa que compartíamos los dos en secreto.

Al principio no me di cuenta de que mi padre decía Jesús para hablar de un chimpancé, o que las señas en el aire escondían un mensaje que yo no comprendía. Yo tenía cinco años cuando lo descubrí.

Una mañana, mientras él desayunaba y yo le decía las mismas tonterías de siempre, se quedó muy serio, apretó con fuerza el tenedor con el que estaba comiendo y me dijo que parara. 

—Ya me cansaste. ¿Por qué hablas así? ¿No te enseñan a hablar en el kínder? —me preguntó, todavía sujetando el tenedor frío. Luego le hizo la misma pregunta a mi madre—: ¿No le enseñan a hablar en el kínder? —Como si ni una ni otra expresión hubiesen bastado, lo afirmó tajante—: No le enseñan a hablar en el kínder.

—Por Dios, déjalo tranquilo —le respondió mi madre, haciendo la seña con la que invocaba a su Jesús—. Él no tiene problemas para hablar. Olvídate de tu chimpancé ese.

—No le digas así.

—¿Y entonces cómo le digo?

—Jesús —le corrigió mi padre.

Entonces descubrí que mi padre no hablaba de mí cuando lo veía rebosante de orgullo al decir mi nombre, gastado a fuerza de referirse a un chimpancé; tampoco hablaba de ese otro Jesús al que mi madre le dedicaba sus plegarias aunque él no estuviera de acuerdo. Era otro, un Jesús distinto. Comprendí ese día que un nombre sirve para representar generalidades, bultos. Me di cuenta de que era parte de una triada de Jesús donde yo era el menos destacado.

—Debes estar confundido —me dijo mi padre. Sacó una fotografía de su bolsillo, se sentó a mi lado y me la mostró—. Él se llama Jesús.

Mi padre esperó hasta ese día para mostrarme una foto de su chimpancé aprendiz. No debía olvidar quién era el otro Jesús; y yo no iba a olvidarlo nunca, porque las señas que mi padre hacía con sus manos mientras caminaba, que yo interpreté como emoción al hablar de mí, les pertenecían a ellos dos. Yo no había entendido qué había querido decir, todo ese tiempo. Mi padre y yo no nos habíamos comunicado nunca.

¿Por qué nadie me dijo que esa lengua les pertenecía solo a ellos? Fue como si mi padre me hubiera dicho que no se me permitía la misma lengua que a él, como si la lengua de señas fuera una cosa para gente mayor y yo todavía no tuviera permitido acercarme, como un arma.

Yo había visto a un hombre sostener un arma frente a mi padre. Es un recuerdo vago. Era un arma real, pero mi padre, sonriendo, me dijo que era de juguete, que todo estaba bien y me fuera a mi cuarto. Cuando le pedí que me comprara una por mi cumpleaños, oí a mi madre pelear con él en su habitación y luego ir hasta la mía, diciéndome que nunca me darían una.

Mi madre estaba asustada.

—Papá me dijo que era un juguete —le reclamé.

Yo le había creído a mi padre. El arma apuntando a su rostro no me causaba miedo; era solo un juego. Con la emoción correcta, algunos adultos todavía confunden un arma de verdad con una de juguete.

—Era real —me dijo mi madre, persignándose—, nunca te acerques a una. ¿Me entendiste? Cuando veas un arma, huye. ¿Entendiste? Hijo. ¿Me entendiste?

Asentí solo para que desistiera de hacerme preguntas.

En ese entonces pensaba: mi madre reza por todo; rezaba al ver bolsas negras en la televisión, rezaba al ver incendios, rezaba con los animales, muertos en la playa cuando el mar se volvía negro como las bolsas y como montañas de ceniza. Cuando rezaba por las armas, volteaba a verme y me repetía que jamás jugara con algo así.

Pensé: a lo mejor la lengua es como un arma de verdad. A mí solo se me daban palabras de plástico para jugar con ellas, metérmelas en la nariz si quería, llenarlas de saliva. Cuando crezca me dejarán aprenderla, me consolaba diciendo. Pero al otro Jesús sí le habían enseñado aquella lengua secreta. ¿Por qué él sí y yo no?

—Te puse como a él —me dijo mi padre con una sonrisa de orgullo. Hacía tanto tiempo que no estaba en mi cuarto, sobre mi cama. Alcé mi rostro para ver su expresión. Sus ojos estaban fijos en la foto. Mi padre de veras estaba orgulloso del otro Jesús.

Es un hecho harto conocido que algunos chimpancés aprendieron la lengua de señas humana a principios del siglo XX. En aquel entonces yo no lo sabía. La presencia del otro Jesús fue la que me hizo buscar los recortes que mi padre guardaba amontonados en los cajones de su ropa.

Mi madre le pedía a su Jesús, colgado de la pared, que por favor le diera paciencia para soportar a mi padre. Yo le habría hecho compañía si me lo hubiera pedido, pero ella también prefería a otro Jesús que no era yo.

Yo estaba harto de seguir jugando con mi capacidad para el lenguaje, limitándome a ver Jirafa y Oso y Burro en letreros de foami en la pared del kínder. Le pedí a mi madre que me leyera los recortes de papá, que me hablara sobre los chimpancés y su lenguaje secreto.

—¿No quieres que te lea otra cosa? —me preguntó, como dudando de que pudiera comprender las palabras de los viejos periódicos.

Yo estaba listo para las armas de verdad.  

—No, mamá. Lee. Por favor —Me miró indecisa—. Por favor —le insistí—. Por favor.

En los recortes de aquel entonces se decía que los chimpancés ya no aprendían como los de los 60. No fue difícil hallar información de esos años pasados en la pila que guardaba mi padre. Se decía que un chimpancé conocía al menos doscientas señas diferentes; sin embargo, los científicos ignoraban cómo habían aprendido la lengua y la utilidad que tendría su aprendizaje. La mayoría decían lo mismo: todo comenzó cuando los chimpancés señalaron cosas con los dedos, luego aprendieron hasta doscientas señas y de pronto, sin explicación alguna, dejaron de utilizar casi todas las señas. En su peor momento, se limitaron a expresarse con apenas dos: ACICALAR y VEN.

Parecían sujetos a un trauma que los obligaba a querer consolarse y nada más.

—Creo que tengo una revista por acá —me dijo mi madre, dejando los recortes a un lado.

Fue a buscar una revista de chismes vieja que tenía por ahí guardada. Ella recordaba que en los 70 habían entrevistado a un cantante muy famoso. ¿Quién va a quererme oír a mí si unos chimpancés se roban mis canciones?, decía el titular.

—Imagínate un concierto de chimpancés alborotando las manos—dijo mi madre.

—¡Sí, sí, sí! —le contesté con fingido entusiasmo. A mi madre y a mí nos unía lo que nos separaba de mi padre y eso parecía ponerla contenta, así que no me atreví a decirle que en el fondo comenzaba a odiar a los chimpancés por quitarme a mi padre igual que odiaba a su Jesús por quitármela a ella. En el escenario, yo los había imaginado contándole un secreto, haciéndolo sonreír con señas nuevas y fascinantes.

—Los chimpancés no crean nuevos conceptos —me diría mi padre, esa misma tarde, mientras me mostraba unos vídeos.

Mi padre se apareció esa tarde diciendo que el otro Jesús ya conocía doscientas palabras con apenas cinco años. ¿A qué viene tanto orgullo?, me pregunté. Otros chimpancés ya habían logrado lo mismo en los 60. Luego recordé que los chimpancés habían callado desde entonces y no me expliqué por qué Jesús era distinto. ¿Por qué él sí hablaba?

—¿Te interesa mi investigación? —me preguntó mi padre apenas me aparecí frente a él. Quizá mi madre le contó lo que habíamos leído.

Mi padre parecía feliz. En el monitor, el otro Jesús movía sus manos con la fluidez de un malabarista que lanza un discurso con una mano y recibe la admiración del público con la otra.

Durante un tiempo mi padre me mostraría esos vídeos, y cada vez, sin falta, tendría los mismos ojos de orgullo que había tenido hacia la fotografía y que luego tendría cuando yo al fin conociera al otro Jesús.

Mi padre se sentía tan satisfecho. Él tenía toda la información que yo buscaba a retazos.

Yo ardía en rabia: quería saber lo que le decía el otro Jesús a mi padre. Cuando al fin lo descubriera, me daría cuenta de que su chimpancé también le guardaba secretos.

Mi maestra de quinto de primaria me descubrió practicando la lengua de señas. Solía practicarlo a escondidas. Aunque no le había dado uso, me motivaba la esperanza de comprender algún día qué le había dicho a mi padre el otro Jesús durante todos esos años. La maestra me buscó porque no comprendía el motivo por el que yo me apartaba del resto. Al encontrarme haciendo señas, me dijo que yo sería muy útil en el futuro:

—Cuando tengamos un compañero sordo —me dijo—, tú nos ayudarás a comprenderlo. Tú sabrás comunicarte con él.

Yo no sabía cómo decirle a mi maestra que mis manos no ayudarían a nadie a comunicar nada, porque ni siquiera a mí me habían servido.

—Lo voy a usar para hablar con chimpancés —le dije a la maestra mientras me llevaba al patio principal—. Quiero comprender por qué un chimpancé y yo nos llamamos igual.

Ella pareció creer que bromeaba.

La siguiente clase nos habló de Darwin, de cómo él nos hermanó con los chimpancés y otra clase de simios. Me guiñó un ojo. Solo yo entendí por qué lo hizo. Las señas son así. Pero aquello de Darwin era mentira: más bien éramos como primos lejanos que nunca han tenido que hablar ni soportarse, que no saben nada el uno del otro más que lo que dicen las fotos de un álbum familiar.  

Lo que Darwin ignoraba, como mi maestra, es que los chimpancés tenían una capacidad de lenguaje similar a la de los humanos. En algún punto, hasta gemela.

—A los dos años un chimpancé y un humano pueden expresar la misma cantidad de palabras —expliqué en una exposición por la que la maestra, cada vez más contenta conmigo, me puso un diez. Yo sabía muy bien lo que decía. La expresión hermana era un hecho comprobado desde antes de que mis padres aprendieran a señalar algo con sus dedos.

Mi madre me lo explicó apuntando con sus dedos a la foto de un chimpancé, que yo había robado del estudio de mi padre.

—Eso que tienes ahí no es un chimpancé —me dijo—, no es real, pero puedes reconocerlo gracias a la foto. El lenguaje funciona como una fotografía. O, más bien, como una pintura. 

—O como una escultura —le dije, señalando la cruz que había puesto sobre mi cama.

Mi madre sonrió como si yo entendiera mucho más de lo que le decía. 

Durante los años de nuestra infancia, el otro Jesús había estado aprendiendo señas como si sus antepasados no hubiesen enmudecido.

—Igual que tú y que todos —me dijo mamá con ternura.

Ese mismo día mi padre me restregó en la cara una fotografía del hábitat del otro Jesús. Habían construido un jardín de juegos soñado: tenía columpios, tenía árboles, tenía un jardín donde uno podía correr por largo rato. ¿Por qué él y yo no?, volví a preguntarme.

Me pregunté qué tenía de impresionante que él aprendiera unas cuantas señas más. Yo ya sabía unas cincuenta. ¿Por qué a mí no me ponía un hábitat así, ni me compraba sus juguetes, ni hablaba de mí con sus manos?

Yo tenía pesadillas cada vez más recurrentes, igual que las noticias: bolsas negras, armas disparándose, mi cuerpo perdido en algún lugar sin que nadie pudiera enterrarme. Todo era culpa de aquel otro Jesús, que me quitaba a mi padre sin que entendiera por qué.

Los recortes de mi padre decían tantas cosas. Parecía que sin importar cuánto me esforzara en aprender su lengua secreta, no comprendería por qué habían comenzado a hablarse.

Mi padre celebraba al llegar a casa, cuando creía que nadie estaba viéndolo. Era una celebración nerviosa, temblaba a ratos, pero el orgullo era más fuerte que el miedo: Jesús, igual que los chimpancés antes que él, había superado las doscientas señas para comunicarse.

La principal diferencia entre él y el resto de las décadas de los 80 y 90 era que Jesús había recuperado para su especie la habilidad de estructurar frases con más de tres señas, dándoles un orden, una sintaxis, que los chimpancés del siglo pasado parecían haber perdido de repente a finales de los 60.

—En realidad, los chimpancés de los años 60 podían ordenar las palabras —me dijo mi padre, que sonreía al hablar de su chimpancé con quien fuera, y parecía que entonces solo podía hablar de él conmigo.

Yo no comprendía que el otro Jesús era nuestro secreto.

Aquellos días duraron muy poco. Sin embargo, me explicó lo suficiente: los chimpancés comenzaron a decir cosas erráticas luego de alcanzar una cumbre en su uso de la lengua de señas. Nadie entendía por qué. Ni siquiera mi padre. La degradación fue violenta. Pasaron de expresarse con más de doscientas señas a usar unas decenas, y cuando parecieron recuperar el número perdido, controlaban sus gestos de un modo teatral.

—Míralos —me enseñó mi padre. Luego yo vería esos mismos vídeos cientos de veces, a sus espaldas, con él lejos de la casa. Entraba a su estudio y revisaba una y otra vez lo que los chimpancés decían, esperando encontrar algún mensaje escondido.

Empezaron así: ACICALAR, o VEN, o DAME COSQUILLAS (aunque la mayoría decían eso sobre todo: DAME COSQUILLAS. Parecían disfrutarlo más que nada).

Luego siguieron con combinaciones de tres señas: ACICALAR AHORA DAME; una oración así podía entenderla cualquiera, sin importar el orden de las señas.

Con el tiempo, su expresión del lenguaje evolucionó y se volvieron capaces de decir oraciones complejas: MAÑANA ACICALAR BAÑO AGUA JUGUETE PATO AMARILLO. Otros investigadores, como entonces le ocurría a mi padre con el otro Jesús muchos años después, no pudieron creer que los chimpancés alcanzaran la cumbre de la sintaxis. Estos no solo conocían las señas, sino que las expresaban en el orden correcto y formulaban ideas mucho más complejas que sus predecesores.

Aquel descubrimiento vino de la mano de otro: los chimpancés aumentaban exponencialmente el uso de las señas cuando se las enseñaban a otro chimpancé. Se apropiaban de las señas como si les hubieran pertenecido siempre, también como si jugaran. Solo lo último lo aprendí de niño: que los chimpancés habían jugado con la lengua de señas alguna vez, que la expresaban dichosos con todo el cuerpo; que se apuntaban con ellas a la cara, como si sus manos fueran armas de juguete con las que las heridas eran imposibles.

La más tierna de todas las señas que vi en los vídeos de la computadora de mi padre, de otros investigadores en la década de los 60, fue la de ABRAZO: un chimpancé le hacía la seña a otro. DAME ABRAZO, le decía, con los brazos cubriéndole el pecho y las manos en los hombros formando una cruz. Le hacía una y otra vez la seña. ABRAZO. ABRAZO. ABRAZO. Cuando se dio cuenta de que el otro chimpancé no le hacía caso, fue hasta él, manipuló su cuerpo para que formara la seña y luego lo abrazó. Apartándose de él, repitió el gesto una vez más para asegurarse de que entendiera. ABRAZO, dibujó con el cuerpo del otro chimpancé, y volvió a abrazarlo. Al cabo de varios vídeos me di cuenta de que ya no hacía falta que el otro lo tocara. Tan solo bastaba que el chimpancé expresara DAME ABRAZO para que el otro fuera hasta él y lo tomara entre sus brazos. Luego el otro le dijo DAME ABRAZO y así estuvieron un rato, abrazándose.

No podía creer que aquellos chimpancés fuesen tan emocionales. Quizá a eso se refería Darwin con que habíamos salido de la misma familia. Yo mismo no paraba de mirar mis brazos, pensando, de pronto, que para eso servían. Que la lengua de señas sí podría unirme a mis compañeros, algún día, como había dicho la maestra, y que no solo estaba aprendiendo las señas para descifrar el secreto del otro Jesús, o para decirle que lo odiaba. También podía decir Te quiero.

Quizá mi padre al fin me miraría con aquel brillo de orgullo en sus ojos.

Esa noche le hice la seña a mi padre, mientras subía a mi habitación luego de la cena, despidiéndome de él. Le dije con mi cuerpo: DAME ABRAZO, y él pareció no entender qué me estaba ocurriendo. Me reclamó por quedarme ahí nomás, al pie de la escalera, cruzándome de brazos en el pecho.

—¡Por Dios! —le dijo mi madre, como si mi padre se pareciera a Dios, que había dejado a su hijo en la cruz. Por primera vez volteé a ver la cruz de mi madre con lástima. Todo ese tiempo, herido con los brazos abiertos. Quizá a su Jesús le había pasado lo mismo que a mí. Quizá a ninguno de los dos querían abrazarnos. A mí también me dolía el costado del pecho algunos días, cuando me quedaba sin respiración luego de intentar, en vano otra vez, comunicarme con mi padre.

Mientras lo oía gritar, cerré los ojos. No quería verlo. Imaginé a los chimpancés de los vídeos, todos juntos, sin perder la cabeza todavía, abrazándose una y otra vez. Su Jesús, el de mi madre, bajándose de la cruz y abrazándome con su cuerpo frágil y gastado por los rezos. El otro Jesús, uniéndosenos.

Mi madre, después de todo, se la pasaba pidiéndole a su Jesús que me cuidara, que me cuidara para que no me pasara lo mismo que a él. Quizá debía abrazarlo como si juntara mis manos, decirle Te entiendo. Decirle a mi madre, también, que al fin la entendía, que al fin entendía por qué rezaba tanto.

El otro Jesús, el Jesús de mi madre y yo, muy juntos, nos abrazamos en mi mente, donde nadie veía nuestros movimientos ni escuchaba la lengua de nuestros labios. Ahí, juntos y en silencio, nos olvidamos de nuestro padre.

Cuando estaba por salir de la primaria, mi padre me prometió que me llevaría a conocer al otro Jesús si sacaba diez de calificación. Yo quería conocer a Jesús: ya no lo odiaba, como antes; tampoco quería saber qué le decía a mi padre; solo quería hablar con él.

Mi padre debió pensar que era imposible que yo sacara diez. Me creía un tonto por mi forma de hablarle, también porque no solía dirigirle la palabra en absoluto. Tan solo lo escuchaba, cuando me hablaba de los chimpancés.

Mi madre lo sorprendió dándole mi boleta: Diez perfecto. Incluso habían enviado una nota felicitándome.

—Una promesa es una promesa —me dijo mi padre mientras nos subíamos al auto. Él volvió a revisar la boleta, dudoso de los números.

Me llevó a una casa dentro del bosque, a la orilla de la ciudad. Yo ni siquiera sabía que había casas en el bosque.

—El CUCBA está aquí cerca —me explicó.

Era el nombre de la universidad para la que él decía que trabajaba. Aquello era parcialmente cierto. Mi padre nos guardaba secretos de muchas formas. Desde hacía un tiempo yo había descubierto que mi padre nos ocultaba algo. Las señas que hacía con sus manos decían cosas como PELIGRO, AMENAZA, HOMBRE NEGRO. Parecía que mi padre se decía con señas lo que no podía permitirse pensar por miedo a un colapso nervioso. Según parecía, mi padre debía estar cerca de la universidad para ir y volver al hábitat a cualquier hora. No podía permitirse perder ninguno de los dos trabajos que tenía.

La casa, bien oculta entre los árboles, estaba construida en una zona que decía PROHIBIDA LA CONSTRUCCIÓN. No me atreví a preguntarle por qué la casa desafiaba tan groseramente aquel letrero, porque seguramente aquella casa, igual que mi padre, desafiaba al lenguaje por razones que yo no lograba comprender.

Las ventanas de la casa eran enormes. Cuando llegué, estaban ocultas por cortinas. En cuanto mi padre las deslizó, el suelo brilló tanto que me pareció que alguien había tomado una foto del cielo y la habían puesto bajo nuestros pies.

A través de una de esas ventanas vi al otro Jesús. Estaba enfrascado en señas que le hacía a mi padre, junto a mí. Tenía el gesto tenso. El cuerpo, expectante pero con la mirada caída, era el de quien no quiere importunar a nadie con su presencia, sabiéndose visto por todos, a la espera de un error; también era el cuerpo de quien esconde algo. El otro Jesús estaba actuando, igual que yo. El otro Jesús y yo sí éramos como hermanos, ambos buscando que mi padre no nos descubriera.

Recuerdo que en ese momento no me sorprendió que no hubiera otros científicos. Solo estaba mi padre. Pero un hombre vestido de negro se apareció detrás de nosotros. Era la clase de hombre que aparece en la televisión con un letrero de SE BUSCA. Él también se llamaba Jesús. O eso me dijo.

—Vaya que has crecido, chiquillo.                                        

—Me llamo Jesús —le dije.

Él soltó una carcajada y se le quedó viendo a mi padre. Le hizo una seña de respeto, como si se quitara un sombrero que no llevaba en la cabeza. Los humanos estamos llenos de señas.

—Supongo que aquí todos nos llamamos igual, entonces —me dijo el oscuro Jesús, sonriéndome con igual gesto calculado. Me examinaba de un modo frío, como si pudiera abrirme el cuerpo con un tenedor y saber mis pensamientos por la adrenalina regada en mis órganos. Al voltear a ver al otro Jesús me di cuenta de que me había hecho una seña que cualquiera podría entender. La hizo de prisa, para que no pareciera que la había hecho. Colocó sus manos frente a él y extendió el pulgar y el índice, simulando el martillo y el cañón de una pistola: ARMA.

Volví a fijarme en el oscuro Jesús. Su arma no es un juguete, me dije apenas la vi pegada al cinturón. El otro Jesús tenía razones para guardarse secretos. Ahora entendía por qué.

—Dile a tu hijo que se calle —puntualizó el oscuro Jesús. Le dio instrucciones a mi padre. Le recordó en dónde estábamos y quién podía saber que estábamos haciendo ahí.

Luego nos dejó solos, haciendo otra señal con la mano, como no decidiéndose si decirme Hola o Adiós, si irse o quedarse, o quizá diciéndome que no hacía ninguna de las dos cosas. Que él, igual que mi padre lo hacía con el otro Jesús, me estaría viendo a la distancia, siguiendo todos mis movimientos a través del cristal de sus ojos negros.  

—Él es Jesús —dijo mi padre, con la misma alegría amenazada de sus regresos del trabajo. Del orgullo atravesado por el pánico.

Me explicó que entraría para estar con él durante un rato, para que el otro Jesús estuviera receptivo a mi presencia. No podía presentarme así nada más. Tuvo sentido para mí: después de todo, aquel hábitat era suyo y yo me presentaba sin su invitación.

Mi padre salió al hábitat y se puso a conversar con el otro Jesús de un modo que me desconcertó. Solo le hacía preguntas. QUÉ. DÓNDE. CUÁNDO. Toda la conversación giraba en torno a conocer las necesidades del otro Jesús, esperando satisfacerlas antes de que yo entrara. El otro Jesús, en cambio, se expresaba con tantas señas como le era posible. Y aunque yo conocía algunas, me parecieron erráticas, convulsas, como si el otro Jesús tuviera miedo de hablar, como si con cada movimiento se arriesgara a que mi padre lo descubriera.

Imaginé que un arma ya había sido usada frente a sus ojos, y su miedo, como el de mi padre, se me coló mientras trataba de sonreírle por haberme advertido.

Desde entonces, el otro Jesús ya me había salvado.

Años más tarde, la misma revista de chismes que leía mi madre habló de la captura del oscuro Jesús y otros miembros de su cártel. El lenguaje de los chimpancés había vuelto al ojo público. Entonces lo conocí. Un científico aprovechó la explosión mediática para recordarles a sus colegas que lo que mi padre había hecho era imperdonable.

—Tú sabías que estaba mal, que aquello no era ciencia; incluso siendo un niño, tú reconocías la tortura —me dijo la primera vez que hablé con él.

Aquel científico del CUCBA dijo que los chimpancés se habían vuelto rehenes. Retirado de su hábitat natural, el otro Jesús le daba a mi padre lo que quería.

—Como un prisionero de guerra que hace todo con tal de no morir y, quizá si tiene suerte, esperando que lo regresen a los suyos.

—¿Qué tenía de especial el otro Jesús? —le pregunté.

—¿El otro Jesús?

Solo yo le llamo así, recordé. Solo para mí es el otro.

Cuando le expliqué por qué le llamaba así, negó con la cabeza y le dio un sorbo profundo a su café.

—Vaya, tu padre era un tipazo.

Él científico me explicó algo que yo desconocía, la razón por la que el otro Jesús era tan especial.

—Un solo chimpancé podía cambiarlo todo, y tu padre lo sabía.

La terrible pérdida de la sintaxis ganada a mediados del siglo pasado se debió a un incidente con un único chimpancé. Yo me pregunté cómo una lengua podía morirse por la muerte de un solo individuo, quizá porque no entendía aún cómo funciona el lenguaje.

Volví a los viejos recortes de mi padre, a su pila de viejos estudios y artículos en revistas. Los chimpancés de los 60, que habían desarrollado la sintaxis, comenzaron a prescindir de las sesiones de enseñanza presencial con los humanos y de los doble ciego con imágenes que proyectaban las señas que debían aprender sin intervención de los humanos. Los chimpancés no solo aprendían sin ayuda de los humanos, sino que lo hacían mejor sin ellos. Perfeccionaron su comunicación.

Los primeros chimpancés le enseñaron la lengua de señas a los que llegaron después. Al final de la década, todos los chimpancés del estudio original dominaban el lenguaje de un modo tan natural que las estimaciones de aprendizaje se habían elevado a los cielos. Habían pasado de utilizar las señas en intervalos a hacerlo a todas horas. Es más: hablaban solos (algo a lo que los científicos, torpemente, no le dieron importancia. Yo sabía, por mi padre, que subestimar las señas que uno hace en solitario es subestimar la lengua de señas en su conjunto).

Había guardado los vídeos de mi padre, que vi obsesivamente cuando era niño. Recordaba el deterioro del que los estudios hablaban.

Al parecer todo el incidente comenzó cuando uno de los chimpancés vio morir a uno de los investigadores. Un infarto fulminante. El chimpancé señaló el lugar de su muerte del mismo modo en que yo señalaba las bolsas con cuerpos en la televisión cuando mi madre rezaba.

Cuando él les preguntó al resto de los investigadores: DÓNDE HUMANO BATA, señalando con la mirada fija y las manos muy tensas el lugar que solía ocupar, que fue el mismo sitio de su muerte, los investigadores le respondieron: MUERTO VA LUGAR LEJOS. Lo que más desconcertó al chimpancé no fue el concepto de la muerte, que ya conocía de antemano (los científicos se habían excedido: en su intento por enseñarles lo fundamental del lenguaje de los humanos, creyeron que no había nada más fundamental que la muerte, el amor y el tiempo, así que les enseñaron los tres conceptos, pensando que lo peor que podría pasar es que ellos no los entenderían, pero sí lo hicieron). Para él, lo más desconcertante fue que MUERTO iniciara la oración. No podía entender cómo la muerte, que era el final, podía preceder al resto. La sintaxis le hacía preguntarse por qué le decían que un muerto podía ir a un lugar. No tenía sentido. El chimpancé preguntó: FUTURO MUERTO, como dando a entender que aún no se moría, que estar muerto era el destino que le esperaba cuando llegara a donde sea que el hombre de la bata había ido. Pero no. Los investigadores, sorprendidos por el nivel de dominio de aquel chimpancé sobre la lengua de señas, lo dejaron claro: MUERTO VA LUGAR LEJOS OTROS MUERTOS. Todavía más desconcertado, el chimpancé hizo una seña que los investigadores no sabían lo que significaba.

—NOTURO —me dijo el investigador del CUCBA, muchos años después de lo que le pasaría al otro Jesús, de que mi padre lo robara para ellos y lo que pasaría la última vez que lo vi; De lo que le haría mi padre con su negligencia y de lo que le haría yo también. Yo ya conocía esa palabra. NOTURO. La había visto en vídeos sin saber lo que significaba. Ya la había usado con el otro Jesús. El investigador me la dijo con la misma pena con la que yo la había pronunciado con mis manos.

Miré al investigador, que me sonreía con pena, y no pude evitar hacerle un gesto de ABRAZO.

Mi madre estuvo a punto de sacarle un ojo a mi padre con la figura de su Jesús cuando se enteró de lo que pasó en el bosque. No recuerdo si él le dijo Perdón, mi amor, o Te amo, o Lo siento tanto. Lo que sea que le haya dicho por teléfono, mientras volvíamos, mi madre pareció suavizar su rabia, como si la textura de las emociones solo precisara de las palabras correctas para rendirse, lívida, contra el suelo.

En la televisión solo hablaban de dos cosas esos días: de los incendios por todo el estado y de los muertos, hallados en todos lados de la ciudad. No supe cuál escenario era peor: hallarme a aquel oscuro Jesús con su mirada que me abría el cuerpo como a una bolsa, al fuego, a los muertos. Así debió sentirse el chimpancé de los 60 cuando tuvo la loca idea de inventarse un tiempo verbal. El otro Jesús debía conocer el NOTURO también. Ahora lo sé.

Mi padre me llevó varias veces con el otro Jesús. Yo le decía BIEN cada vez que podía. Le hacía la seña de NO y de ARMA. Intentaba tranquilizarlo. ÉL LEJOS, le decía, y el otro Jesús parecía suspirar.

A diferencia de mí, que tenía a mi madre, a mis compañeros, mi privacidad, el otro Jesús no tenía a nadie. Él tenía que hablar todo el tiempo, comprendí entonces, y después me lo confirmaría el científico del CUCBA.

—Si te sirve de algo, debes saber que él resistió cuanto pudo. Si el otro Jesús hubiera dejado de comunicarse —me dijo luego de que le contara lo que le pasó—, no lo habrían regresado a su hábitat.

El oscuro Jesús no iba a permitir que nadie, ni siquiera un chimpancé, pusiera en riesgo su operación. Así de pronto entendí que yo también había estado en riesgo. Agradecí haberme comportado, en aquel entonces, como si no comprendiera nada de lo que mi padre me decía. La única razón por la que el oscuro Jesús no me descubrió del todo fue porque estaba más ocupado en mi padre. La única razón por la que no usó su arma conmigo es porque, cuando quiso usarla, no pudo encontrarme.

La última vez que mi padre me llevó a ver a Jesús había ceniza junto a las ventanas. Mi padre estaba preocupado. No podía mantener al otro Jesús en casa todo el tiempo. Debía sacarlo al hábitat, pero los incendios, que al fin habían alcanzado el bosque en donde estaba la casa, podían lastimar sus pulmones. Mi padre no quería que el otro Jesús se hiciera daño. El oscuro Jesús le recordó a mi padre que cuidara muy bien su inversión. (Inversión: una palabra para llamar a un ser vivo prisionero de guerra, sometido a un experimento de apropiación de lenguaje. Quién sabe de qué es esa inversión, pensé.)

El otro Jesús, apenas lo dejaron salir, se subió a uno de los árboles más altos del hábitat y miró hacia un punto distante, perdido en el bosque igual que nosotros. A lo mejor ve un incendió, pensé. A lo mejor busca a los suyos. A lo mejor solo está ahí, en la cima, recordando cómo es el aire, lejos de los humanos que no dejan de pedirle que diga algo cuando quizá él no quiere decir nada. Fue allá arriba por el silencio, en medio del humo, que le hizo toser pero también le dio una claridad que había perdido abajo, cerca de mi padre.

NOTURO fue una palabra que inventaron los chimpancés. La primera. Un tiempo verbal. Imitando la seña del futuro (una línea recta que partía del pecho con la palma abierta), de pronto su mano se desviaba del curso, se iba a otro sitio, como trazando la seña del NO. El FUTURO se desviaba hacia el NO como si el futuro fuera un tiempo de negación, un tiempo verbal de las no-cosas, como los muertos. Un muerto no podía ir a ningún lado porque estaba muerto. Quién sabe por qué los humanos hablan así, debió preguntarse aquel primer chimpancé. Y como el resto, como todos los chimpancés hacían, repitió la seña una y otra vez esperando atendieran a lo que les estaba diciendo: NOTURO. NOTURO. NOTURO.

Igual que mi padre, el chimpancé empezó preguntando. NOTURO fue una duda: ¿Por qué hablábamos así?; luego, NOTURO se volvió una queja: ¿por qué no vemos el error?; al final, NOTURO era una afirmación: los humanos no teníamos futuro, no había un camino en línea recta sino una desviación hacia el no.

La muerte era un no. El no-final que debía iniciar las oraciones. Hasta entonces nunca se había visto a un chimpancé hablar de la muerte, mucho menos inventar un concepto.

Cuando un chimpancé muere, el más cercano a él, emocionalmente, se acerca a limpiarle la boca, a sacarle los dientes con un palito esperando encontrar qué lo mató (los chimpancés le sacan filo a un palo: así crearon sus primeras herramientas). Esperan encontrar lo que comió, para evitar comerlo también.

Aquello no cambió con su aprendizaje del concepto de MUERTE. Los chimpancés se desentendieron del concepto como si fuéramos alienígenas y no tuvieran idea de cómo funcionaba la muerte; hicieron preguntas al inicio, querían saber qué era, y al darse una idea, no volvieron a hablar del asunto. No les concernía. Pero todo cambió con el NOTURO.

La muerte seguía siendo nuestra, pero el chimpancé que inició todo parecía advertir a la humanidad algo que la humanidad no se había dado cuenta. El chimpancé empezó a decir NOTURO MUERTO VA LEJOS OTROS MUERTOS, repitiendo a los investigadores. Al empezar así, negaba el resto de la oración.

El NOTURO fue el primer intento transespecie por entender el concepto de muerte de los humanos, su intento desesperado por empatizar con nosotros.

Aquel chimpancé fue el primero en ponerse en nuestro lugar y se volvió loco al hacerlo. Algunos dirán que no logró la empatía. Yo digo que haber empatizado lo enloqueció. 

—Los chimpancés pueden usar el lenguaje como una distracción —me dijo el investigador del CUCBA, mientras los dos caminábamos hacia el estacionamiento luego de tomarnos un café. Luego añadió, dando un suspiro—. Pobres de ellos.

Acababa de explicarme algo que no podía hacerse público, algo que yo ya intuía y que le pregunté en una carta, luego de mucha desidia, de no saber si aquello acabaría de enterrar el trabajo de mi padre o lo sacaría a la luz de un modo más atroz.

Los chimpancés, compañeros de aquel que se volvió loco repitiendo NOTURO una y otra vez, no tardaron en descubrir que a este se lo llevaron a un no-lugar, que los días que siguieron a su ausencia apenas eran los primeros de un número infinito. Los chimpancés, alarmados por lo que pasó, pactaron en silencio no volver a repetir aquel gesto frente a un humano. NOTURO fue el primer tabú de los chimpancés.

Con el desarrollo de la tecnología humana, sin embargo, no bastaba que se cuidaran de la presencia de los investigadores, sino de las cámaras. Debían cifrar sus códigos, debían hablar en clave, como espías en terreno enemigo. Así, los chimpancés aprendieron a desarrollar su propia lengua de señas, una lengua derivada, igual que el español del latín. Los más grandes se aseguraban de conocer la vieja lengua de señas de los humanos, de enseñárselas a los nuevos chimpancés del estudio y de reproducirla, pero, siempre que podían, se esforzaban en inventar nuevas señas para expresarse en secreto.

—Nadie los descubrió porque todos los subestimaron —me dijo antes de subir a su auto. Había puesto la carpeta con los resultados de mi padre, con su expediente legal, con recortes donde se preguntaban qué fue de él. Todo eso me parecía estar en un no-lugar y en un no-tiempo—. El problema es que tu padre llegó demasiado tarde. Llegó después del NOTURO, cuando las investigaciones del lenguaje de los chimpancés se habían estancado, cuando ya no tenía caso hacerlo porque la ciencia ya sabía la respuesta. Cuando la ética le dijo que no.

Los chimpancés podían hablar solos: fue así como practicaron su nueva lengua. Practicaban sin interrupciones porque nadie les hacía caso a sus soliloquios. ¿Qué podía estar rumiando un chimpancé?

El avance tecnológico más grande de los chimpancés de la época fue la creación de una nueva lengua y, en cierta forma, el espionaje. Tomaban turnos para observar si las cámaras estaban encendidas, si había alguien observando, y el resto se perdían por ahí enseñándose su nueva lengua a la distancia. El que enseñaba podía estar colgado de un árbol mientras los otros, desde abajo, fingiendo hacer otra cosa, ponían atención a las señas. Cuando se acicalaban, muy cercas unos de los otros, en realidad se hacían saber nuevos códigos. Debían sobrevivir a toda costa. Quién sabe qué otro avance tecnológico habrían logrado sin la excesiva intervención, si tan solo les hubieran regalado nuestra lengua. El científico del CUCBA había hecho un gran descubrimiento, pero se lo calló. Según él, lo hacía por ellos.

—No podían dejar del todo nuestra lengua —me dijo antes de irse. Aquel científico sentía pena por mí. Él sabía lo que yo había visto tantos años atrás.

—¿Cómo es que él supo esa seña? —le pregunté, pensando en el otro Jesús—. Él sabía la seña. O al menos, creo que la supo al final.

—Tu padre debió robarlo de otro experimento —me dijo. Ambos desviamos la mirada. Luego añadió—: ¿Sabes? Tiene sentido que hablara tanto con tu padre. Si no hablaba con él, ¿con quién lo haría? Ya no tenía a nadie. Todos necesitamos a alguien que nos escuche.

Los chimpancés no pudieron dejar del todo la lengua de señas de los humanos. El primero en cesar la comunicación sería el primero en acabar solo en un zoológico. Luego de haberle hecho conocer la lengua de los humanos, se le condenaría a pasar el resto de sus días sin poder expresar lo que sabía a ningún otro. Se enfrentaría a una comunidad de chimpancés que no iban a aceptar lo que él quisiera enseñarles. Aquel que sufriera ese destino, sería atacado; sería relegado a quedarse en una orilla, apartado del resto, paria por haberse metido con nosotros y crear una lengua que nos emparentaba.

El otro Jesús fue el primero en quedarse solo. Padecía, sin que nadie lo supiera, su propio NOTURO.

Pensé en mi madre, en la forma en que había cedido a mi padre cuando le dijo Te amo, o Lo siento. Para mi padre el amor era una lengua señuelo. Cuando mi padre decía Te amo, hacía lo mismo que el otro Jesús al verlo a través del cristal: actuaba. Su vida dependía de ello. Todo el tiempo estaba actuando, igual que nosotros. 

Mientras la ceniza se impactaba en las ventanas, mi padre se puso a beber tequila y a escuchar la música del viejo cantante de los 70 que me había puesto mi madre años atrás. Quería ponerse ebrio. Mi padre también se incendiaba.

El otro Jesús estaba arriba, en la copa del árbol, esperando llamar la atención de los suyos, quizá, por si acaso estaban buscando desde otro árbol en el bosque con los ojos bien abiertos. Pero el humo impedía ver cualquier cosa excepto el fuego. Mi padre me pidió que me quedara sentado. Él iría a buscar al oscuro Jesús, a ese que en realidad no tenía nombre, que se había agregado al bulto de nosotros tres porque quería parecerme familiar y porque se burlaba de mi padre.

Nunca entendí qué querían los jefes del oscuro Jesús, qué esperaban de los chimpancés. Probablemente adiestrarlos para cumplir tareas en sus ritos de iniciación para los nuevos reclutas, quizá enseñarles a usar armas; a lo mejor los usarían como vigías a los que no tendrían que pagarles, que podrían usar para darles señas a la distancia. No sé en qué pensar.

Mi padre salió a buscar al otro hombre para que lo ayudara a bajar a Jesús, desesperado por hacerlo volver al interior de la casa mientras yo solo deseaba abrazarlo.

Entré al hábitat. Si alguien podía entenderlo era yo, igual que solo él parecía comprenderme sin decir una sola palabra. El otro Jesús no levantó la mirada cuando me acerqué. En aquel entonces malinterpreté su gesto como miedo; no me pasó por la cabeza que fuera su modo de comunicarse. Me acerqué despacio hasta él. Me quedé de pie.

DAME ABRAZO, le dije en señas.

Él se abalanzó sobre mí de inmediato. Hacía tanto tiempo de mi odio que ya no recordaba cómo se sentía. Solo podía sentir el calor del otro Jesús, de ese por quien me habían llamado, abrazándose de mí como lo había hecho del árbol, como si al tenerme cerca pudiera ver a través de mí un horizonte sin humo.

Me separé de él y caminé de regreso hasta la puerta, tomándolo de la mano. Lo dejé salir, porque no toleraba verlo ahí un segundo más. Él debía huir. Él sí podía huir. Él hallaría a los suyos allá afuera, pensé, aunque no era verdad. Me consolé a mí mismo con el gesto de un abrazo. El otro Jesús me miró. No se atrevía a dar un solo paso más sin mí. Yo, en respuesta, señalé con firmeza la tierra bajo mis pies, viéndolo fijamente a los ojos, y le grité la seña que había visto en los vídeos de mi padre y que entonces no comprendía, la que había sido capaz de volver loco a uno de los suyos hacía ya tanto tiempo: NOTURO.

Rogué porque fuera la seña correcta, que el otro Jesús me comprendiera de un modo que ni siquiera yo alcanzaba a comprender. Y así lo hizo. Me respondió con la misma seña y se alejó.

Repetí la seña igual que el chimpancé que se había vuelto loco. Sin saberlo, le decía: NOTURO, NOTURO, NOTURO. El otro Jesús se alejó de prisa. Lo vi perderse en el humo que no llevaba a ningún sitio pero que al mismo tiempo lo liberaba.

El grito de mi padre me golpeó tan fuerte que no sentí el golpe que me dio con sus manos al girarme para ver mi cara. Yo también vi la suya. Estaba sudoroso, lleno de pánico.

—¿Por qué lo dejaste salir? ¡¿Por qué?!

Cuando alcanzamos al otro Jesús, vimos que intentaba desenterrar algo cerca del fuego. Era un cuerpo en una bolsa. Y bajo el cuerpo, en una tierra tan quemada como el aire mismo, tan negra como el humo que nublaba nuestra vista y desviaba la respiración de nuestro pecho, había otras bolsas. Decenas de bolsas, quizá cientos. El otro Jesús las abría todas con un palo. Acometía el acto de darles un ritual funerario a unos humanos tan desaparecidos de los suyos como él. Desaparecidos es otra palabra bulto donde cabe un mundo entero. La única diferencia entre los humanos y el chimpancé que abría sus bolsas es que ellos se habían muerto primero. El otro Jesús abrió las bolsas, dibujando ABRAZO en todos los cuerpos. Los dejó ahí, en el suelo, con el pecho apuntando al cielo. Entonces comprendí que el otro Jesús quizá reconocía aquel concepto distante, el mismo que representaba el Jesús de mi madre, que rezaba por cosas que no estaban ahí, pero que intuía; algo tan arcaico y terrenal como el esfuerzo desesperado, colérico, triste, de ese chimpancé que seguía abriendo bolsas y cruzando brazos, que se negaba a abandonar unos cuerpos que ya estaban muertos.

—Súbete al carro, maldita sea —me dijo mi padre, haciendo señas para sí mismo, gritándose como lo había hecho los últimos días, ya sin orgullo, solo miedo.

Mientras nos alejábamos, el estruendo de un disparo al aire se amortiguó con el sonido del fuego, que lo arrasaba todo detrás de nosotros.

Pienso en mi padre, que me llevó a casa y no alcanzó a dar explicaciones. Que nos escondió antes de que se lo llevaran. Que me dijo: ARMA, con las manos firmes, porque al final supo que yo entendía su lengua secreta, porque al final compartió conmigo un secreto, mientras yo le pedía a mi madre que guardara silencio y le decía, con mi prisa, que huyéramos; que ella tenía razón, que las armas no eran un juguete y debíamos huir a como diera lugar si no quería que desapareciéramos como lo haría mi padre.  

El fuego eventualmente alcanzó las bolsas, que se prendieron con una facilidad inaudita. Del mismo modo se quemó el otro Jesús, con la misma facilidad con la que mi madre tiraría al suelo todas las cruces de la casa, igual de furiosa que el chimpancé ardiendo frente a nosotros. La tarde que se llevaron a mi padre, ella también aprendió el concepto de NOTURO.

A fin de cuentas, comprendí después, todos podíamos sentirlo, incluso antes de conocerlo. Esa sensación debió orillar a los chimpancés a crearlo en primer lugar. Mi madre lo había visto en la despedida de mi padre, que no volveríamos a ver, y yo al verla quebrar todas sus cruces con rabia, gritándole a su Jesús por haberla abandonado y también agradecida porque yo seguía vivo.

Nunca olvidaré a aquel por quien tengo un nombre, presente en el fuego. Y en medio del fuego, antes de que lo alcanzaran, me hizo a lo lejos la seña de un abrazo. El otro Jesús también quería despedirse. Ambos sabíamos que no había un futuro.

Yo elevé mis brazos al pecho e imité el gesto que él me hacía, todavía con mi padre junto a mí. El otro Jesús me había enseñado a hablar. El otro Jesús me había dado vida de un modo que no sé explicar todavía. También es cierto que fue por él que perdí a mi padre, que por un breve instante me miró a mí con orgullo y miedo.

Agradecí su gesto final ocultándole al mundo el hallazgo que ellos habían hecho. Igual que el investigador que había hablado conmigo, yo sabía que no los dejarían en paz. Ningún chimpancé estaría a salvo si los humanos todavía creían que ellos podían aprender su lengua. Y sería peor cuando se enteraran de que podían crear la suya. Que no nos necesitaban.

El fuego ardió ese día y muchos otros. El incendio tardaría una semana en controlarse. Los bomberos no se pudieron explicar la presencia del chimpancé entre los otros cadáveres.

NOTURO MUERTO LEJOS OTROS MUERTOS.

Aquel chimpancé lejano en el tiempo había sido un profeta.

Mi padre me puso el nombre de un chimpancé. Jesús. Todavía lo veo en la copa de los árboles cuando miro hacia arriba, tumbado en el pasto con los ojos en el cielo. Lo imagino diciéndole a otro chimpancé: DAME COSQUILLAS.

Fotografía en portada: Valerie https://www.flickr.com/people/ucumari/

5 comentarios sobre “Noturo

  1. Este fragmento ❤

    «NOTURO fue una palabra que inventaron los chimpancés. La primera. Un tiempo verbal. Imitando la seña del futuro (una línea recta que partía del pecho con la palma abierta), de pronto su mano se desviaba del curso, se iba a otro sitio, como trazando la seña del NO. El FUTURO se desviaba hacia el NO como si el futuro fuera un tiempo de negación, un tiempo verbal de las no-cosas, como los muertos. Un muerto no podía ir a ningún lado porque estaba muerto. Quién sabe por qué los humanos hablan así, debió preguntarse aquel primer chimpancé. Y como el resto, como todos los chimpancés hacían, repitió la seña una y otra vez esperando atendieran a lo que les estaba diciendo: NOTURO. NOTURO. NOTURO»

    Tu cuento tiene un fuerte contenido emocional, y también un fuerte contenido teórico de ideas. Perfecto balance.

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    1. Me alegra mucho que te guste el cuento, Víctor. Le tengo mucho cariño, no solo porque me dio la alegría del premio sino porque quizá es el único cuento que me propuse con un género determinado a la hora de escribirlo. Normalmente nunca hago eso, pero acá me permití usar los códigos y las formas de la scfi.

      Un abrazo.

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  2. Daniel, tienes un estilo que a gusto personal pocas veces he visto en otros escritores, es magnífico como se conjugan las ideas con la emociones que por mucho fuiste capaz de transmitir, me quedo con buen sabor de boca, y pronto leeré tu libro, gracias por este deleite literario.

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