La naturaleza de lo real: Pájaros en la boca, de Schweblin

-“Hola papá.

Mi nena era realmente una dulzura, pero dos palabras alcanzaban para entender que algo estaba mal con esa chica, algo seguramente relacionado con la madre…”

Pájaros en la boca, Samanta Schweblin

 

Los límites entre lo real y lo extraño han sido, para quien esto escribe, uno de los temas más interesantes cuando se trata de escribir algo que intente trastocar lo que se da por sentado. ¿Lo extraño es distinto del realismo, al menos en lo formal?, me pregunto. Quizá por eso llamó mi atención que, como un consenso y sin cuestionar, se asuma de tajo que lo que Samanta Schweblin escribe pertenece al género fantástico.

Alarmante me parece no sólo como ejemplo de nulo ejercicio de reflexión de los alcances del género en el que se le impronta (pues lo que la autora hace es, cuando menos, fronterizo: las líneas que trazan la naturaleza de sus historias son más difusas que marcadas), sino de las lecturas que se hacen de lo que escribe en concreto, en este caso Samanta.

¿Lo que hace Samanta es, sin lugar a dudas, narrativa fantástica?

Las reglas del juego, las básicas al menos, fueron ya dilucidadas por autores como Todorov, quien apuntaba que lo fantástico es el viaje que se hace en una historia entre aquello que es extraño (que puede ocurrir, pero que es atípico) y lo que es maravilloso (aquello cuya existencia desafía las reglas de nuestro mundo). A cuento viene también el realismo mágico, donde lo real causa extrañeza y lo fantástico no es sino algo cotidiano, una parte natural del funcionamiento de las cosas.

… A veces pienso que quizá debí habérmela llevado conmigo, pero casi siempre pienso que no. A unos metros del televisor, junto a la ventana, había una jaula. Era una jaula para pájaros – de unos setenta, ochenta centímetros -, colgaba del techo, vacía.

 ¿Qué es eso?

-Una jaula – dijo Sara, y sonrío…”

Uno de sus libros más comentados, “Pájaros en la boca”, ganador del premio Casa de las Americas en 2009, da cuenta de lo que la misma autora apunta en una entrevista: “Me interesan mucho las historias que ponen en duda lo que asumimos como normalidad.” Dice la autora, lo normal no es sino un código. Apunta, además, que la forma y estilo de su escritura se deben más a autores como Raymond Carver que a Julio Cortázar, por citar un ejemplo.

Lo anterior es importante en tanto que anuncia, de entrada, una influencia que pone en duda el género que tan animosamente no dudan en achacarle. ¿Es la extrañeza de un hombre que toma fotografías de casas con manos de garfio, como ocurre en “Visor”, un anuncio negado de que en realidad Carver escribía cuentos fantásticos? Asumo, quizá con error, que a la pregunta anterior todos han de responder con un contundente “no”. ¿Por qué con Samanta, en cambio, no se duda en afirmar lo contrario? ¿A qué viene el sí inmediato?

Con el cuento “Pájaros en la boca”, al que pertenecen los fragmentos seriados (se leen juntos), pone en evidencia no sólo su lectura de lo que es real, sino de los mecanismos a través de los cuales lo lleva a cabo. Así, no sería de extrañar que lo cierto es que lo peculiar de las situaciones que narra se deba a un realismo amenazante, de ausencia y omisión, como lo era el de Carver, y no un ejercicio de cuento fantástico.

La misma Samanta dice, en la entrevista antes citada, que lo fantástico pareciera ser, en la lectura de sus cuentos, algo que busca o adjudica el lector como el código que elije para dar sentido a las historias. Porque lo cierto es que ni en su lenguaje, ni en su forma ni en su contenido, Samanta busca la fascinación o la duda acerca de la naturaleza de lo que está ocurriendo. No se respira un viaje fantástico, sino una extrañeza. Uno duda de lo que ocurre, por sobre todo, y no por su posibilidad de ocurrir.

“…Silvia [su madre] me hizo una seña para que la siguiera a la cocina. Fuimos hasta el ventanal y ella se volvió para verificar que Sara no nos escuchara. Seguía erguida en el sillón, mirando hacia la calle, como si nunca hubiéramos llegado. Silvia me habló en voz baja.

– Mira, vas a tener que tomarte esto con calma.

-Déjame de joder. ¿Qué pasa?

-La tengo sin comer desde ayer.

-¿Me estás cargando?

-Para que lo veas con tus propios ojos.

-Aha… ¿estás loca?…”

Basta preguntar, hasta este punto, ¿es acaso probable que la asunción de lo fantástico se deba a los lectores, a un ejercicio de intertextualidad, más que al contenido en sí de lo narrado o a los medios a través de los cuales se cuenta?

“…Dijo que volviéramos al living y me señaló el sillón. Me senté frente a Sara. Silvia salió de la casa y la vimos cruzar el ventanal y entrar al garaje.

 ¿Qué le pasa a tu madre?

Sara levantó los hombros, dando a entender que no lo sabía. Su pelo negro y lacio estaba atado en una cola de caballo, con un flquiello que le llegaba casi hasta los ojos. Silvia volvió con una caja de zapatos. La traía derecha, con ambas manos, como si se tratara de algo delicado. Fue hasta la jaula, la abrió, sacó de la caja un gorrión muy pequeño, del tamaño de una pelota de golf, lo metió dentro de la jaula y la cerró. Tiró la caja al piso y la hizo a un lado de una patada, junto a otras nueve o diez cajas similares que se iban sumando bajo el escritorio. Entonces Sara se levantó, su cola de caballo brilló a un lado y otro de su nuca, y fue hasta la jaula dando un salto paso de por medio, como hacen las chicas que tienen cinco años menos que ella. De espaldas a nosotros, poniéndose en puntas de pie, abrió la jaula y sacó el pájaro. No pude ver lo que hizo. El pájaro chilló y ella forcejeó un momento, quizá porque el pájaro intentó escaparse. Silvia se tapó la boca con la mano.  Cuando Sara se volvió hacia nosotros el pájaro ya no estaba. Tenía la boca, la nariz, el mentón y las dos manos manchadas de sangre.”

Lo antes citado (en su conjunto, uniendo las partes a lo largo del texto) da cuenta de una realidad insospechada, extraña, pero perfectamente plausible. Real. Los otros cuentos, algunos más difusos en esa línea, recurren a la misma peculiaridad en el modo de omitir lo que ocurre (como ese “no pude ver lo que hizo”) para generar la sensación de irrealidad, de que hay algo más que se le escapa al lector. Que no es, en el caso citado por ejemplo, sólo una niña que come pájaros: sino que esa niña debe ser algo más, debe esconder esa imagen, poderosa eso sí, algo de irreal.

Lo mismo sucede con otro de sus cuentos, en el que un grupo de padres esperan a la salida de la escuela de sus hijos a que estos crucen el umbral y lleguen a sus brazos. En lugar de niños, el cuento termina con un grupo de mariposas, cada una rodeando a uno de los padres, y como uno de ellos llega a la conclusión de que mató a su hija al pisar la mariposa que se posó sobre él. ¿A caso la autora nos da una pista de que los niños no van a salir? Los otros padres lo miran extraño cuando pisa a la mariposa, ¿pero no lo haría cualquiera, siendo las mariposas uno de los insectos que socialmente se consideran de mayor belleza?

¿No es en ese caso el lector quien asume que está frente a una historia fantástica, como en el de Pájaros en la boca?

Y si bien es cierto que lo “extraño” es uno de los dos finales posibles a un cuento fantástico, no implica por ello que se rija con los mismos mecanismos y que por ende deba ser juzgado como tal. ¿Cómo serían leídas sus historias, cómo serían las miles de reseñas que no dudan en alabar sus cuentos fantásticos, de ser consideradas como realistas?

De fondo considero hay detrás no sólo un ejercicio de falta de reflexión, sino de reiterado trivializar. Como decir, en burdo ejemplo, que un documental sobre guerra no es sino ciencia ficción.

Para notarlo basta un ejercicio más de intertextualidad. ¿No es la crudeza del fondo y la forma de Carver un retrato de la sociedad norteamericana? ¿Y si en realidad lo que hace Samanta no fuera sino un retrato de un mundo globalizado en el que lo extraño se presenta como constante, como las decenas de cajas en el suelo junto a la jaula en el cuento? Sería, a consideración de quien se lo pregunta aquí, algo capaz de horrorizar. No como un juego retorico, ni como un recurso narrativo más, sino como una realidad que trasciende la ficción. Pensarlo me estremece de un modo que ningún cuento fantástico puede, porque la duda no está en si puede ocurrir o si es imposible, sino en dónde ya ocurre. Porque quizá allá afuera en algún otro lugar, quizá en la casa de algún vecino, se encuentra una niña que come pájaros, sonriendo con los dientes manchados de sangre.

Pintura: Adrian Ghenie 

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3 comentarios sobre “La naturaleza de lo real: Pájaros en la boca, de Schweblin

  1. Muy interesante. Mucho. En realidad, deberíamos definir qué es lo fantástico en la ficción, claro, cuando la ficción no es más que una interpretación de la realidad puesta de tal manera que creamos que es cierta. Y eso es tal en todos los géneros, pero como hay maneras de plasmar esa realidad y, sobre todo, hay un público, un mercado, hay que distinguir para vender. Ciertamente al “buen lector” le daría igual una cosa u otra, lo que pretende es disfrutar leyendo y en creer; y sumergirse en lo que lee, me parece está la clave. Esa es la búsqueda de todo autor, ¿no? Que el lector crea que es verdad lo que narramos y todo en la búsqueda de un interés por seguir leyendo, por atraparle en las páginas de nuestra ficción. A mí Samanta me gusta mucho y creo que me la descubriste tú (lo cual te agradezco enormemente) porque pone el ojo en lo extraño de tal forma que lo convierte en algo cotidiano y no es lo extraño tanto el centro de su atención como hablar de otras cosas, de las relaciones familiares, del amor, del desamor, del abandono, de la soledad. Pero utiliza esos elementos que yo creo que son clave en cualquier relato: el elemento perturbador, singular, raro, ya sea en una descripción o como elemento central narrativo o como esa forma para hablar de otras cosas. Y, de nuevo, yo también creo que Samanta no es una autora de lo fantástico. Lo fantástico como género es otra cosa. Y aquí podríamos entrar en otro largo debate. Pero lo cierto es que esa habilidad para hacernos creer lo imposible es lo que admiro de cualquier autor, escriba lo que sea, y Samanta además tiene la capacidad de penetrar en nuevos territorios narrativos que me interesan mucho, como un surrealismo contenido y fascinante que te impulsa a conocer más de esos seres, de su mundo y de lo que está pasando. ¡Un abrazo!

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    1. Lo suyo también es el arte de la advertencia, y del llamar la atención. Constantemente sus cuentos caen en ese ir y venir entre lo que unos creen normal, casi siempre el protagonista, y lo que los otros asumen como “eso que está pasando”. El cavador me parece el cuento que refleja eso con mayor precisión. No sé si recuerdas que, en realidad, ahí lo extraño radica en la omisión del motivo de la zanja que está cavando justamente el cavador, un elemento tan propio de un realismo que oculta la realidad, como el de Carver. Al final el cuento permite ambas lecturas, como si fuera fantástico, pero es porque Samanta empleó tanto tiempo en que uno crea que hay algo más, pero su estilo realista no sólo de narrar sino en su lenguaje hace que uno se decante más por creer que es un cuento donde simple y llanamente el motivo real quedó vedado de la narración. Y es ahí donde creo que radica que Samanta parezca fantástica, aunque no lo sea: en sus finales. En que no corta, en que sí pone un punto final, si desarrolla una conclusión, y es esa conclusión la que hace que uno vea los dos escenarios posibles y ya no sólo el extraño que, si nunca seduce lo fantástico, es realismo y ya.
      Justo hoy, que releí mi reflexión al respecto, me parece todavía más difusa la línea de lo extraño como género con respecto al realismo. Como si estuviese, más bien, no en el enfoque, ni en la forma, sino en el tema: el realismo lo que puede ser o no oculto, pero que podríamos creer sin un gran ejercicio de imaginación sino de empatía. Y en cambio, lo extraño sería eso que no alcanzamos a situar en ningún lugar (y en eso no ayuda Samanta, con sus ambientes brumosos e inespecificos). Todo un caso la señorita Schweblin. Eso sí, me encanta.
      Un abrazo, Toni. Me alegra que hayas descubierto a la autora. Yo le eché el ojo con 7 casas vacías, del que empecé un cuento y jamás pude terminarlo porque no tengo el libro jajaja. Espero hacerme con él pronto.

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      1. Si tienes un lector digital o alguna forma de leer Epub yo puedo mandártelo. Y cuando puedas le devuelves a Samanta el pecado comprándole el libro. 😉 Si es así, dímelo, y te lo envío.

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