Sobre mi visión en algunos asuntos de variada relevancia

En twitter lancé al aire la siguiente consigna: Déjame una pregunta como comentario a este tuit sobre mis pensamientos sobre literatura, ficción especulativa y/o mi trabajo. Luego elegiré las que me parezcan más interesantes y las responderé en extenso en mi blog.

Aquí están las preguntas que me hicieron, y mis respuestas:

  1. ¿Cuál es tu interés primordial en la ciencia ficción? 

Mi primer acercamiento formal con la ciencia ficción no fue leyendo a autores de ciencia ficción, aunque sí leí a algunos (estos me proporcionaron su visión de las cosas, no una herramienta, digamos, “formal”, en el sentido que usan los académicos para hablar de “teoría”); mi primer acercamiento formal a la ciencia ficción fue una tesis, no recuerdo de quién ni de cuándo, que proponía que lo único que hacía falta para que un escritor fuera considerado de ciencia ficción (de scifi, originalmente, pues aludía a las condiciones anglosajonas) era que deliberadamente el autor dijera que lo era, por pura elección o posicionamiento personal. 

En más de una ocasión he dicho que me gusta la ficción especulativa (tratando de ser muy amplio, con el término); a veces hablo específicamente de la ciencia ficción en particular… pero lo cierto es que no podría importarme menos el género de lo que leo, o de lo que escribo. 

Es decir (aclaro esto sólo porque a veces temo perderme en las ramas, y conmigo, perder a otros, con mi divagación): no puedo hablar de un interés primordial porque, en el fondo, nunca me he sentido plenamente identificado con ninguna categoría editorial, o crítica, entre ellas los géneros, porque como ya otros han dicho de sobra, estos les sirven a los críticos, a los “consumidores” (que no necesariamente a los lectores), y a las editoriales, pero no a los escritores. O al menos, a mí no me sirven como quizá se esperaría que lo hicieran: por ejemplo, los géneros me sirven en tanto que sé reconocer que las historias que más me han gustado, en la literatura, son plausibles, lo que llaman realistas, y que la mayoría del tiempo me parece que mi aportación al diálogo con ellas es llevarlas al terreno de lo plausible sólo en las historias. 

Mi primer intento deliberado por escribir ciencia ficción en los códigos formales, estilísticos y conceptuales de la ciencia ficción, fue mi cuento Noturo, precisamente porque me propuse enviar un cuento al concurso nacional de cuento fantástico y de ciencia ficción y me di cuenta de que no tenía ningún cuento que “propiamente hablando” lo fuera, y no quería sentirme como un farsante, o alguien que ocupara un lugar que no le correspondía, si ganaba con él. Pero incluso entonces, digamos, me quedé en los márgenes: se supone que la ciencia ficción explora a través de metáforas tecnológicas, y la que yo decidí usar fue el lenguaje, pero no en los humanos, sino en los animales; y no de una forma espectacular, como por ejemplo El planeta de los Simios, sino algo mucho más tenue, íntimo: la invención de un tiempo verbal, o una palabra, o algo que difícilmente puede ser traducido a otro medio que no sea la literatura. 

  1. ¿Quisieras pertenecer, de un modo u otro, a ellos o prefieres repercutir desde tu propio ámbito? 

Reconozco que no me siento parte de ningún sitio. No de los escritores de mi generación. Ni siquiera de “los mexicanos”, mucho menos de una categoría tan grande como “la ciencia ficción”. No digo esto como una declaración de intenciones, de querer separarme de todo lo que se ha hecho; al contrario: me encanta dialogar con lo que leo, con lo que me gusta. Pero no me siento “parte” de ninguna tradición particular. En todo caso, me siento parte de un grupo de amigos, extraño, un poco abigarrado: no son amigos que se caen bien siempre, ni que tienen todo en común, pero los encuentros que tienen son significativos. Uno le dice a otro verdades que ningún extraño o conocido podría decirle, y su compañía, entonces, resulta fructífera. En mi caso, esos amigos (y lo digo así, porque así los siento a veces), serían sobre todos Raymond Carver y Ray Bradbury. Cuando los leo, o cuando leo ciertas obras de ellos, siento que me cuentan historias como lo hace alguien que te aprecia mucho y espera que la historia que te cuenta sea una indirecta, sea la historia que necesitas para aprender una lección, hallar el nombre del sentimiento que no sabías nombrar, o simplemente pudieras llorar sin tener que aceptar en voz alta que es por ti por quien lloras. Y diría que ese círculo de amigos muy íntimos se expande un poco: ahí caben Inés Arredondo, Juan Rulfo, Katherine Mansfield, Alice Munro, Sherwood Anderson y James Joyce. Los cuatro me han dado momentos muy intensos, y les aprecio siempre (en ciertas obras, al menos, que no cambiaría por nada), pero aunque han llegado a mi corazón, no se quedaron ahí para hacerme compañía. Supongo que soy un lector quisquilloso porque me gusta ver a la persona detrás de las historias, la visión de mundo, y elijo a los autores que me gustan del modo en que uno elige a sus amigos más íntimos: no los elige. Así que no es que yo quiera pertenecer al club. Nadie me preguntó si quería. Simplemente me siento cercano a ellos. 

  1. ¿Qué autores del género son tus predilectos en español y por qué? ¿Conoces cf de otras tradiciones que no sean la inglesa?

El problema que he tenido con la ciencia ficción es el mismo que he tenido con toda la lectura, el que expliqué en mi respuesta anterior: me importa la persona detrás de las historias. Tengo muy mala memoria, así que necesito eso. Necesito un vínculo emocional con lo que leo, necesito sentir que no estoy leyendo, sino que oigo a alguien (casi siempre, alguien muerto, por pura coincidencia) contándome algo que siento tan hondo y tan íntimo que me olvido, por momentos, hasta del hecho mismo de que tengo cuerpo. Y no lo digo por exagerar: cuando leo una buena historia de algún autor que me gusta, al voltearme a ver en el espejo tengo por un momento una sensación alien, de no poder reconocerme, como si mi cuerpo no fuera mío, como si apenas hace unos segundos yo no hubiera necesitado un cuerpo, porque yo sólo oía una voz… Así que, como es difícil que me pase eso, y aún más difícil, he descubierto, que me pase con la llamada “literatura nacional”, lo cierto es que no tengo autores predilectos del género. Acaso Salvador Elizondo, por un par de pequeños cuentos de fantasmas, que me parecen preciosos. 

Y aunque aquí estoy pecando de falta de objetividad, lo cierto es que mi relación con la literatura es íntima, por lo que aquí la objetividad es reconocer que estoy siendo subjetivo, y advertir a quien lea esto. Por ejemplo, me gusta mucho el trabajo de a quien tuve la fortuna de poder editar mientras co-editaba Primero Sueño, porque ahí la relación personal con los textos, el haber trabajado con ellos, me hizo apreciarlos más: Krsna Sanchez, por ejemplo, Alevier Dorja, Andrea Chapela, Sergio Vicencio, Santiago Eximeno, Frida Tovar, Daniel Frini, Javier Lobo, Sergio Orduña, entre otros. 

No puedo evitar sentir que comprendo mejor sus historias, porque tuve oportunidad de conocer un poco mejor la visión que había en su creación, y por lo tanto, me fue más fácil ver a la persona detrás de los cuentos.

  1. ¿Elegiste los epígrafes de Ken Liu, Ted Chiang, Philip Roth, entre otros, en español para ser más legible? ¿O es porque así lo consultaste? 

En mi libro “No hablaremos de muerte a los fantasmas” incluí epígrafes de Ken Liu, Ted Chiang, Raymond Carver, Ray Bradbury, Juan Rulfo, Philip Roth y Max Richter (músico), y en el caso de todos lo hice en español porque, a título personal, siempre me ha fastidiado encontrarme texto de otro idioma en un texto en español. El epígrafe de Chiang, por ejemplo, pertenece a un libro que sólo he leído en inglés, pero no quise ponerlo así porque no quería hacer uno de esos libros que yo no leería, o del que me saltaría partes (siempre, siempre, me salto las partes en otros idiomas, en los libros que leo, incluso si comprendo el idioma, por pura convicción de lo mucho que detesto esa práctica de traducir a medias). 

Creo que es sólo eso: no quise que alguien como yo se saltara mis epígrafes. 

  1. ¿Has considerado escribir otro género además de cuento (que no sea novela)?

Durante un breve lapso de tiempo, unos fines de semana durante unos cuantos meses, asistí a un taller de ensayo donde devoré todas las lecturas que el tallerista nos ofreció. Disfruté mucho leer esos ensayos. Disfruté mucho tratar de comprender su mecánica -creo que nunca he tenido más afilado mi sentido lector que entonces, porque ponía en práctica unas herramientas aprendidas en un género para leer otro-, pero fue precisamente mi forma de leer los ensayos que tanto el tallerista, como mis compañeros y yo, descubrí que aunque amo el ensayo, lo que yo escribo cuando pienso en ensayos es más bien como una narración un poco menos apretada que el cuento, casi siempre autobiográfica, a título enteramente personal. Claro que nunca acabé de comprender cómo es que eso se supone que no era ensayar (mis compañeritos y el tallerista me dijeron, varias veces, que aunque poderosas, mis piezas más bien parecían cuentos, o para ser más preciso: el tipo de texto que haría un cuentista cuando intenta hacer ensayos…).

Sin embargo, y pese a todo eso, me gusta reflexionar sobre cosas, divagar sobre cosas, ensayar sobre ellas, dejando que el pensamiento se recree mientras escribo, así que probablemente mi respuesta sería esa: si alguna vez llegara a trabajar un libro de algo que no fueran cuentos o novela, definitivamente sería ensayo. Ya escribo ensayo a veces, de hecho.

Lo disfruto mucho.

  1. ¿Cómo defines estética y temáticamente el realismo?

Para esta respuesta, no puedo evitar ser psicólogo, y peor: psicologista. Para mí realismo es toda aquella narración donde, incluso en sus límites delirantes, sea posible percibir a una persona real, acometiendo cosas que haría una persona, con la mayor verosimilitud psicológica, en los términos del personaje. En otras palabras, como yo leo el realismo es así: si me hablas de naves espaciales o de un drama familiar, me da igual mientras yo te crea que tus personajes son personas. El problema es que la mayoría de las veces no puedo creerles. Muchos de quienes escriben personajes increíbles son incluso “narradores realistas”. 

Temáticamente, creo que el realismo se ocupa de eso: de las reacciones que tienen los personajes a sus mundos. Estos mundos pueden ser fantásticos, plausibles dentro de “lo real”, o simplemente absurdos… pero mientras su reacción sea creíble para un ser humano, yo la considero realista en su corazón. Cuando una ficción aborda problemas plausibles de modos que son imposibles de creer para mí, ya sea porque me parecen acartonados, increíbles, o simplemente porque los personajes (algunos incluso muy específicos), me resultan de cartón. Y si son de cartón, lo que yo veo es una caricatura. 

Para mí, por ejemplo, es perfectamente realista el Harry Potter del quinto libro, pero no el de la quinta película, que me resulta fantástico, por improbable, aunque sea posible y verosímil.

En cuanto a la estética, me parece que si el realismo se ocupa de cómo reaccionan los personajes a sus mundos, lo hacen desde lo íntimo, el terreno de lo mínimo. No creo que haya que construir personajes específicos para mundos específicos, porque las historias que nos contamos en el día a día, nuestras historias, nos incluyen a nosotros, y el mundo no está construido para nuestra especificidad, aunque quisiéramos. Y precisamente en esa discordancia entre el mundo y nosotros es donde habitamos, y es donde los personajes habitan. 

(Parece que confundo realismo con verosimilitud, pero la verosimilitud tiene otra connotación a la que discuto aquí.)

  1. ¿Qué es para ti la ternura?

Carver decía que la ternura es todo lo que tenemos. La ternura de nuestras palabras, de nuestros actos. Y yo cada vez coincido más con él. Antes, cuando era más joven, habría dicho que la amistad era el valor más elevado de cuantos existen, pero ahora creo que es la ternura. En un mundo tan complicado como este, o al menos un país tan complicado, o un estado, o una calle como esta… lo cierto es que el mundo está aplastandonos todo el tiempo y la ternura es eso que nos ayuda a hacernos a un lado para que no nos aplaste el peso del mundo. No nos salva de estar en el mundo, no cambia el peso que cae, pero nos hace sobrevivir otro día. 

Probablemente mañana le daría otra definición, y al día siguiente otra, porque la ternura viene y va. Es un valor tristemente escaso, si se le busca con la mirada, aunque siempre está ahí, aunque uno no lo vea.

  1. ¿Por qué es importante en esta época?

Mientras respondía a la pregunta anterior, se me ocurrió esta respuesta. No es mi respuesta definitiva (tal cosa no existe), pero es algo: nunca habíamos estado tan expuestos a tantas formas de humanidad. Nunca habíamos conocido a personas tan distintas de tantos lugares, de tantos valores e idiosincrasias tan distintas a las nuestras. Y es la ternura la que nos orilla a ser empáticos. Porque si tratamos de hacer el bien por esos otros, o al menos hacerles el mundo un poco más ligero, o al menos no ser parte de la carga de su mundo… inevitablemente acabaremos siendo empáticos. Pero no siempre la empatía es primero. A veces cuesta trabajo empatizar con el otro, pero la ternura ayuda a hacerlo incluso cuando es un poco más difícil. 

En última instancia, quizá no logramos ser todo lo empáticos que quisiéramos, pero si obramos con ternura, difícilmente haremos un mal. 

  1. ¿Cuál es tu criterio (o cuáles, llegado el caso) para elegir qué leer?

Soy muy caótico con mis lecturas, igual que a la hora de escribir. De pronto recuerdo algo, recuerdo dónde está, lo busco y lo leo. A veces no tengo ganas de leer nada, porque la mayoría de lo que leo no me llena el corazón, y entonces tomo lo primero que tengo a la mano, o si voy a salir y leeré en el camión, o en mi trabajo (en mis ratos libres), elijo el libro que no me importa que se maltrate, o el que me sea más fácil hallar para leer en mi celular…

La verdad es que no tengo criterios para elegir qué leer, pero sí los tengo para elegir qué sigo leyendo: no me gusta leer cosas muy largas, porque soy lector de cortas distancias e intensidad, por lo que no suelo sentir que comprendo del todo lo que leo si es muy largo, al menos tratándose de ficción; no me gusta leer a autores a los que leí y ya no recuerdo que leí, porque significa que no me dejaron nada; no me gusta leer autores que todos, sin concesión, aplauden, porque lo que la experiencia me ha dictado es que la única forma en que exista un consenso, con lo actual, es que todas las voces estén compradas de algún modo, o que la visión presentada sea tan endeble (aunque sea formalmente poderosa) que todos pueden leerla e identificarse igual y amarla igual y todo igual. No creo que sea posible eso, porque no lo creo de las personas, y por experiencia también desconfío de quienes le caen bien a todo el mundo. En lo que a mí concierne, probablemente sean psicópatas. Las personas auténticas en sus relaciones, por lo tanto, también en su modo de escribir y ver el mundo, no pueden ser universales en su aprobación. Todos le caemos mal a alguien. 

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