Cómo se mide el tiempo entre amigos

Fue mi amigo por diez años, de los cuáles sólo nos vimos dos. Los otros ocho yo le quise de lejos y no sé si él me quiso. Y si yo le quería, como se quieren los amigos, ¿por qué habría de omitir contar esos años, incluso si no había nada en ellos qué contar? Los dos años que estuvimos cerca, lo estuvimos tanto que la gravedad debió alterar el tiempo por nosotros, como le pasa a los astronautas cuando emprenden su viaje; estábamos tan cerca que, al contar nuestra vida juntos, lo que compartimos, cualquiera creería que nuestra amistad tuvo diez años, incluso nosotros dos, y todo el tiempo que pasamos lejos no existe.

Sigo contando los años, sumándoselos a su vida, para recordar cuántos tuvo al conocerlo, y cuántos al morir. Si alguna vez la gravedad nos había juntado tan cerca que dos años parecieron diez, de pronto nos alejó tanto que el resto de mis días se han sentido como si apenas lo hubiese perdido ayer.

Pero me estoy adelantando.

Cuando me avisaron que murió, supe que no me quedaban tantos años como yo pensaba, que la distancia que nos separaba ya no podía medirse, ni ser salvada. Él estaba muerto hacía unas horas, pero bien podría estarlo desde hace diez años, y yo seguiría sin saber si estaba más cerca de él o más lejos, porque sigo sin saber cuándo he de morir. La distancia que nos separa ahora no es mesurable, tampoco algo que pueda soportar, cuando la mente insiste en tratar de medirla y, de su medición, sólo obtiene como respuesta a la tristeza, que tampoco puede medirse, que no resuelve la pregunta, sólo la complica. Porque pude haber muerto entonces, unos minutos después suyo, y habríamos estado muy cerca; y si muero hoy, que han pasado años y años, aunque se siente apenas como un día muy largo, yo seguiría sintiéndolo igual de cerca. E igual de lejos.

Quizá debería de contar qué hacía con él, cómo nos gastábamos el tiempo en el otro, porque eso es lo que hacen los amigos cuando hacen cosas juntos, gastar el tiempo en aquel con quien lo pasan, y no en aquello que hacen. Porque hoy no recuerdo las horas que pasé viendo películas, sino el tiempo que me senté a lado suyo. Ni recuerdo las horas que reí, o que lloré, sino los pocos segundos que le tomaba consolarme.

Que se haya muerto y hable de él como si estuviera aquí no es puro capricho. Mis palabras, apenas salen de mi boca, arrastran con su gravedad el recuerdo, y lo traen de donde sea que haya estado hasta aquí; y como no dejo de hablar de él, y como las palabras me pesan tanto incluso si descanso por temporadas, sé que está aquí siempre, atraído por lo que digo, aunque ya aclaré que no sé muy bien si realmente estamos lejos el uno del otro, y eso tampoco lo vamos a remediar.

Todo esto para decir que murió mi amigo. Ni siquiera he podido empezar a hablar de él. Su particularidad se me escapa, porque la gravedad de lo que le pasó se traga todo, al tiempo, a la distancia, mis palabras, mis pensamientos… y en última instancia, también a mí. Por eso es difícil hablar de la muerte de un amigo, porque no sólo se muere él, aunque lo que duele es que él haya muerto.

Porque se muere también el tiempo, o al menos aquello que podía medirlo. Era su cara la que veía envejecer, no la mía. Así medía el tiempo. Al verlo muerto, noté su rigor, su falta de naturalidad que parecía poner en él un pesar que no tenía, como si su cuerpo también se hubiera preguntado qué distancia lo separaba del mundo de los vivos, e igual que cuando estaba vivo, sólo la tristeza apareció para responder. Así medí la muerte, y desde entonces me es difícil pensar, al verme, que no estoy muerto yo también.

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