Significados

Publicado en el libro El arte del microrrelato (Ediciones Contrabando, 2016.)

Me han dicho que la vida está en el arte, en la literatura. Los sociólogos afirman que el mundo se construye de significados; los filósofos, que los límites de mi mundo son los de mi lengua. Si así fuera, quiero que este mundo de cinco líneas tenga lo que es esencial para una vida: un río, un árbol, también aves; nieve por todos lados; dos chocolates, sonrisas y un abrazo que transpire calidez. Un amigo.

*** 

A Esmeralda

He recibido tu última carta con casi un mes de retraso. El sobre delató al cartero, que seguramente sintió culpa por habérsela quedado para sí mismo. O quizá fueron los de la oficina de correos. Uno nunca sabe en quién confiar.

Hablando de mentiras y medias verdades, o quizá sólo de cosas escondidas, hay algo que no me acaba de quedar claro de tu última carta. Siempre has sido tan hermética. Transcribo la parte que me descoloca, para evitar malentendidos:

He estado mejor desde nuestra última plática”.

¿Mejor que cuando, Eme? Me ha inquietado pensar que, cuando decías que estabas mejor, algo te había pasado. Así que rebusqué en tus cartas pasadas.

Lo primero que noté es que te has vuelto especialista de mis emociones. Has dicho, en las últimas diez, que se nota a leguas mi dicha, mi alegría, mi gozo, mi placer, mi éxtasis, mi satisfacción, mi beneplácito y ve tú a saber cuántas cosas que no son emociones pero que terminan siéndolo. Como amor. ¿No sientes que el amor es a veces algo tan personal y tan instintivo que no puede ser sino natural? Que el mundo no lo ha influenciado, como lágrimas nacidas de tristeza.

Hablando de tristeza, ¿por qué no la noté antes? No había notado la forma en que te expresabas sobre tus propias emociones, no sino hasta que leí “mejor”. ¿Mejor que cuándo? Seguí buscando, Eme.

¿Escuchas mi voz, Rodri? ¿Logras escucharme desde aquí?.

Maldije que eligiéramos las cartas como medio para comunicarnos. Me sentí como un imbécil por no haber atendido a tu pregunta como un lamento. ¿Por qué esperar tanto por lo que podríamos hacer en un segundo, con tan sólo apretar un botón?

Pero aquí estoy, escribiendo, leyendo tus viejas cartas, sin tomar el teléfono. Prefiriendo el papel. ¿No sientes que sólo el papel sobrevive a la nostalgia? Se tiñe, se opaca, pero las palabras permanecen. Alguien, probablemente un mentor o quizá mi padre, me dijo que la tinta de un libro no se borra salvo que uno la talle con tanta fuerza que la página se rompa. Lo cierto es que las palabras envejecen, como nosotros, pero sobreviven mejor. Las palabras no se pudren, Eme. ¿Pero eso tú ya lo sabes, no? Fuiste tú la que comenzó con esto de las cartas. No lo recuerdo, pero sé que fuiste tú.

A veces, durante el último mes sin recibir respuesta, cuanto temía tanto y me ganaba la ansiedad, pensaba que quizá la imagen que hay de ti en mi mente no era sino falsa o cuando menos incompleta. Te pido perdón, Eme. Pensé que las palabras no te completaban, que te ocultabas entre las palabras, pero ahí estás, en realidad.

Cuando recibí la carta, cuando al fin la tuve en mis manos y abrí el sobre con cuidado, cuando temí romperlo, olvidé pagar las cuentas, tomar una ducha, desayunar. Me hiciste pensar en ti. Me di cuenta de que tu letra había cambiado. Se notaba temblorosa. A ratos, casi traspasando el papel. Apenas ligeramente, pero lo noté. Aun así, tengo la certeza de que eres tú quien la escribió.

Confío en ti, Eme. En que estás aquí.

Supongo que de eso hablabas hace cuatro cartas, y hace doce, y hace treintaicinco. De eso que tú llamas “Amarlias”. He puesto círculos alrededor de la palabra, cada vez que decides usarla. Han sido pocas.

Tú y tus amarlias”, fue la primera vez. No tuve idea de qué decías. No te interrogué tampoco. La segunda vez, quizá dándote cuenta de que nunca te lo pregunté, dijiste: “¿No te hacen daño las amarlias, Rodri?”. Tuve que ceder. Caí en la curiosidad. ¿Qué es una amarlia?, te escribí. Tú contestaste, como posdata:

“¿No sabes qué son, Rodri? Bueno, te explicaré. No, no te explicaré, porque yo no soy quién para hacerlo. Déjame mostrártelas. ¿Ves el mismo árbol que yo veo? Es un árbol bello. Está afuera de mi ventana. Lo ha estado todo el tiempo. Es un árbol de flores rosadas, de sombra profunda y fresca. Es hermoso porque está ahí, de pie. ¿Sabes a qué huele? Siempre huele a primavera.  A veces también creo que yo huelo a primavera cuando estoy lejos de él; sólo a veces. Pero a veces no. En cambio, su fragancia persiste. Porque el árbol sigue y seguirá siendo un árbol, y las flores harán lo mismo naciendo de él sin importar cuántas veces deban morir. Sigue oliendo a primavera, incluso en su ocaso. No sé si es porque yo huelo las flores aunque se han ido, o porque siguen ahí como vestigios atrapados en el viento. ¿Sabes cuál es la constante, Rodri? El amor. El amor es la constante. Yo amo a ese árbol, y mientras lo ame viviré eternamente oliendo y viviendo en él la primavera. Así tú, Rodri. Una amarlia, eso eres. Tú eres como aquel árbol, para mí. Siempre hueles a primavera”. 

Después de leer eso no supe qué decir. Tardé tanto en escribir una carta que diera respuesta. Cada vez que decías “amarlia” yo sentía un estremecimiento, un profundo bienestar. Pero, más que eso, sentía el olor de la primavera en la casa.

Así que, aunque he tardado mucho en notarlo, quiero que sepas que lo he hecho. Que no soy tan cabeza dura, que he notado que ahora estás mejor, pero que antes algo pasó y no me di cuenta. Así que, déjame ser quien ahora te muestre algo.

Estoy sentado sobre mi cama. Estoy mirando a la ventana. Afuera hay niños. Los niños juegan a algo que no entiendo. Usan palos, pelotas, y corren de un lado al otro. Se gritan, pero entre los gritos… ríen. La risa de los niños llena toda la calle. Los padres suben el volumen de sus televisores, pero los niños siguen escuchándose en cada rincón. Su voz llena todo, hasta esta carta. “¿Quieres jugar conmigo? ¿No? Pues no juegues”. ¿Lo ves? Esos niños no respetan ninguna regla. Esos niños van a crecer. Se irán de la calle. Tendrán parejas. Se abrazarán, se darán besos, y entonces pensaré que quizá yo debería estar haciendo lo mismo. Pensaré en su risa estruendosa y en cuánto la extraño. Esos mismos niños, ya adultos, se irán, dejando a sus padres, visitándolos cada fin de semana al principio, luego cada mes. Algún día estaré a punto de olvidar el sonido de la risa de esos niños. Entonces aparecerán los hijos de ellos, y reirán igual por otro juego que tampoco entenderé. No seré yo quien mantenga la risa viva, Eme, pero seguirá ahí. De algún modo se las apañará para vivir. Y pienso, ¿sabes qué no va a cambiar? ¿Sabes que será una amarlia, en todo esto?

Tú ya sabes la respuesta.

Antes me preguntaste si las amarlias no me hacían daño. No, Eme. No me hacen daño. Si dices que soy como aquel árbol, ¿te hago daño, Eme?

En fin, no me culpes si escuchas, entre todo lo que digo, la risa de los niños. Dicen que el buen humor contrarresta los malos ánimos. Yo espero que su alegría te haga tanto bien como a mí me hace la sombra del árbol de flores rosadas frente a tu ventana, sobre todo en tiempos calurosos.

Esa tarde, mientras escribías que estabas mejor, ¿en qué pensabas? ¿Qué sentías? No me importa leer un diccionario entero de significados, escríbelos para mí. No, no para mí, pero escríbelos. Quiero saber qué significa estar mejor, como me mostraste antes lo que significa una amarlia. Quizá yo debería ser capaz de hacerlo sin tu ayuda, pero ¿no amas que te sea yo quien te pregunte estas cosas? Sé que respondes ante mis interrogatorios. No sé si porque amas que me dé cuenta de que no sé nada, o si descubres que tú no lo sabías sino hasta que lo escribes en una carta. Una carta como esta.

A veces eso me pasa a mí.

Con amor, Rodrigo.

Este ha sido el reto 10 de Insectos Comunes: Típicos tópicos: El amor en estado puro.

El objetivo era partir del manido tema del amor e intentar que sonara a nuevo. Para ello, cada uno de los autores teníamos que escribir una carta de amor sin trampa ni cartón, algo romántico, pero que fuera original y que conmoviera al lector sin recurrir a la ñoñería. ¿Creen que lo he conseguido?

Pueden leer el resto de cartas en los siguientes enlaces:

Amo cómo comes naranjas, por Cerdo Venusiano

Carta de amor. La distancia, por LaRataGris

Me das paz, de Benjamín Recacha

6 de junio de 2016, de Esther Magar

Pintura: Peach Tree in Bloom, Vincent Van Gogh

 

Perder la cabeza

Estremece que lo peor de todo es que el hombre me haya resultado atractivo. Dudo de su monstruosidad, de quien sólo sé que tenía ojos de cielo.

     Mientras estudiaba, los profesores nos enviaron a mis conocidas y a mí a una conferencia sobre abuso sexual; dijeron que las personas se espantan ante el grito de una mujer que clama ayuda. Que, en su lugar, debiésemos decir algo como “fuego” y todos se acercarían. Nos dijo “no por ayudar, en realidad”, y aunque no completó la frase, supe que lo que hizo falta añadir.

     Desde entonces, la imagen de montones de mujeres como cenizas me acosaba en todos lados. Las vi entremezclarse con el polen en primavera y con el viento de las heladas; incluso con la bruma de los ladrillos de esas construcciones en abandono, cuyas vigas y cimientos me obligan a mirar bajo mis pies.

     Un amigo de mi padre, psiquiatra, dijo que aquello era un indicio temprano de esquizofrenia. No quería que lo escuchara, pero lo hice. ¿Cómo podía ser yo la loca? Decían que perdí la cabeza. ¿Cómo es que nadie veía a las mujeres muertas?

      Descubrí un hedor proveniente de los lotes cercanos a mi casa, y de la escuela, donde cabezas pelirrojas, rubias y morenas abundaban entre la maleza. Parecían arbustos multicolores cubiertos por hollín. Habían sido dejadas ahí, como muñecas rotas.

      Me acerqué para observar, metiéndome entre los montones de plástico y comida rancia. Mis amigas dijeron que estaba loca. Dijeron “vuelve”, sin atreverse a entrar.

      Noté que los cortes habían sido profundos, pero ninguno había sido por si solo mortífero. Impactaron en sus cuellos algo con filo más de una vez hasta partirlas, cualesquiera que haya sido su instrumento. Ellas debieron sentir cómo su cabeza caía a un lado, frente a quienes vieron apenas como una sombra; como en un sueño.

      Me quedé en el basurero por horas, sentada acompañando a esas mujeres, hasta que mis padres, preocupados, volvieron junto a la policía para llevarme a la fuerza a una evaluación psiquiátrica.

      Eso parece que le pasó a otra mujer, a otra vida. No a mí. Eso fue lo que le dije al psiquiatra. No le dije que el entumecimiento se propagó; ni que una vez, mientras me llevaban de un ala a otra, sentí que era yo quien me esparcía.

      Desde entonces me asumí descompuesta, y recorrí las calles a paso lento, con la mirada ajena. Dejé de percibir el polvo como una corriente aislada. Me di cuenta de la muerte, rondando, con ojos alzados y oídos cubiertos por plástico; ojos ocultos bajo lentillas oscuras, cabellos aplastados por capuchas.

      Me pregunté si toda esa música y ese aislamiento les bastaban a ellos para ignorar la tortura.

      Ya no pude pensar más en eso. Me daba nauseas. Dejé de notar los colores con los que la gente vestía. Todo se volvió gris, como el polvo de antes. Gris, al principio, y luego amarillento. Como si el mundo estuviese enfermo.

Una vieja conocida me visitó en ese punto. Decía que de seguir así no quedaría más remedio que volver a solicitar ayuda de una institución mental. La convencí de que estaba bien. No fue difícil. Me maquillé para ella.

      Incluso creyendo la mentira, me dijo que debía salir; acompañarla a alguno de esos lugares de los que me olvidé. Luego de aceptar, me vestí como esperé que a ella le gustara.

      Llegué al lugar acordado.

     Un hombre atractivo, y sé que era atractivo porque una parte de mí se sintió atraída hacia él, me sonrío a unos pasos, cerca del bar donde me vería con mi vieja conocida. Su mirada me recordó al cielo de día, ahí en medio de la noche.

      Me invitó a acercarme, y lo hice.

      Él me sonrió. Dijo algo que no fui capaz de comprender, pero su voz era de tal gravedad que incluso su falta de sentido me pareció un llamado profético. Avancé, y la oscuridad fue cubriendo mis pasos.

      Al principio intentó seducirme. Le dije que no. Él se apartó. Me fui. Busqué a mi amiga dentro del bar, pero no estaba.

     Salí otra vez y el cielo en los ojos de aquel hombre había descubierto su velo. El cielo no era sino muerte por todos lados. Lo supe, pero imaginé que podría cruzar la calle sin que su voz me encantara otra vez.

     Me susurró al pasar a su lado, y al no verlo, me tomó por los hombros y me obligó a fijarme en su mirada.

      -¿Estás sorda? –me preguntó.

      Negué, acaso creyendo que él me vería mientras agitaba la cabeza.

      -Escucha, estúpida –dijo, pero ya no agregó más.

      Se calló de repente y me soltó. Pareció arrepentido. Se sacudió la ropa y se apartó por el callejón. Lo vi desvanecerse como una sombra. Me giré.

      Entonces sentí la sacudida.

     Sentí mi cabello siendo jalado; el ardor de la raíz arrancándose. Caí con la cabeza directo al suelo. Alcancé a cubrirme un poco con las manos. Las uñas se me rompieron. También me vi desaparecer entre las sombras. Su voz, ya indistinguible con el eco de la música del bar, escapando por las rendijas de la puerta y las ventas abiertas, me recordó que estaba sola.

     No supe en qué momento se quitó el pantalón, o si lo hizo. Tan sólo intenté ver una vez más sus ojos brillantes. No supe tampoco para qué, pero creí que hacerlo podría ayudarme.

      Me dejó tirada luego de terminar. Creí que me patearía. Los cuerpos. Los cuerpos no están por ningún lado, pensé. Seguramente es porque los magullan hasta volverlos indeseables, como carne en el mercado. Pero no me tocó después de separarse de mí. Un dejo de respeto, creí; o de inutilidad. Ni yo podía verme. ¿Cómo podía esperar que él me notara ahí, rendida, con los ojos fundidos en la noche de una fiesta interminable?

      Me quedé tirada hasta que la luz comenzó a reflejarse en las esquinas de los botes de basura. La gente había pasado toda la noche. Escuché sus pasos alcoholizados. Temblaban algunos, otros simplemente desaparecían a medio camino. El parloteo era, casi todo, sobre los planes para el fin próximo. No supe qué haría en ese preciso momento.

      No sentía los pies. El ardor de la noche se había acallado. ¿Y si ya no podía levantar las piernas? No lo hice, por si acaso. No me moví.

      Escuché el grito cuando la luz me caló tanto los ojos que no me bastó con cerrarlos. Apreté el entrecejo, porque mis manos estaban tendidas también.

      Alguien gritó con fuerza. Esa voz me fue desconocida. Después mi cuerpo se levantó del suelo sin que yo me pusiera en pie y la luz se hizo más intensa. Quizá el psiquiatra tenía razón, o quizá la tenía yo. Luego vino el estruendo de la voz de mis padres. Lloraban. Sentí sus manos acariciando mi rostro desde algún sitio lejano. Se volvieron sombras sobre mí, ocultando una luz infinita. Me decían:

     – Quédate.

     Me hubiese gustado decirles que no estaba segura de soportarlo.

Fotografía: Hüseyin yilmaz

 

El testigo

De: Jesús “Chukes” Rivers

Algunos invitados charlaban, ignorando la música de fondo; otros comenzaron a acomodarse en sus respectivos asientos.

¡Clap, clap, clap!; se escuchó el sonido metálico contra un objeto de cristal. El festejado inició su discurso:

-Buenas noches, damas y caballeros. Quisiera poder decir que tenerlos a todos aquí reunidos esta noche me hace feliz. Lamentablemente, no es cierto. No se alarmen. Resulta que, cuando me dijeron que no olvidaría el día de mi boda, nunca imaginé algo así.

Se hizo el silencio y los invitados se miraron, intrigados.

– Entiendo que para uno de ustedes la novia es como su hermana, y que se preocupe por su futuro; sin embargo considero muy inmaduro de su parte el que, gracias a su negativa de estar presente en el mismo lugar que yo, se me haya obligado a firmar el documento sólo en presencia de mi testigo. El colmo hubiera sido que se me negara el acceso a la fiesta. Pero aquí estoy. Como puede ver.

La copa tambaleó en su mano.

-Entiendo que se te ocurrió la grandiosa idea de amenazarme, por lo cual me gustaría decir que arrojar piedras no te libra de todo pecado.

Hizo una pausa y se manifestó el silencio.

-Quisiera poder decir más –continuó-, pero no quiero arruinar la celebración. ¡Salud! –finalizó el discurso y se retiró de la fiesta y de sus vidas, dejando el acta de matrimonio, con dos firmas iguales, sobre la mesa.

Fotografía: Stefan Lengsfeld

El crujir de las ramas

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Abril, 2016.)

Recogí un par de semillas. Las encontré junto a un montón de piedras ocultas bajo un arroyo. Golpeé su superficie con un cincel, que usaba para tallar madera, hasta que simularon un par de corazones.

Al enterrarlas en el jardín trasero de mi casa creció un árbol. Es un milagro, pensé mientras la tierra daba paso, con los años, a un espécimen único. Tenía dos raíces entrecruzadas, cuyos frutos, rojos unos y otros, parecían manzanas estiradas que palpitaban colgadas en racimos.

La primera vez que vi brotar un corazón pensé que no había explicación posible. Pero con el tiempo otros más comenzaron a latir, creciendo con calma junto a los demás. Ir al jardín se convirtió en religión y yo pregonaba por todos lados la belleza que suponía para mí.

Por años vi a los corazones en solitario, pues nadie creía mis palabras. Los amigos se alejaron y la familia temió que me hubiese vuelto loco.

Uno de ellos, que decía confiar aún en mí, se me acercó luego de mucho tiempo y me preguntó a qué sabían esos frutos. Yo le dije que un corazón no se come, y él alegó que debían ser comestibles.

Así que una tarde, cuando el sol estaba oculantándose y una luz dorada se reflejaba como rocío, me acerqué hasta situarme bajo la sombra del árbol. Fue como si se despertara, quizá por el ruido de mis pasos, porque el latido en comunión se intensificó.

Podía escucharse, entre el viento y mi propia agitación, el crujir de sus ramas.

Toqué la corteza de ambas raíces y su ritmo volvió a ser el que había sido hasta entonces. Calmo y hermoso.

Pensé en lo que me habían dicho, que tomar un fruto no sería malo. Que al árbol no le afectaría. Arranqué uno de los corazones con mi mano y pude sentir su calor fundiéndose conmigo. Un segundo después, sin apenas darme tiempo, se detuvo. Me horroricé, alzando la vista para ver qué había sido de los otros.

El sol daba la impresión de quemar al árbol hasta sus raíces, ardiendo en una melodía que sólo se apagó con la noche. No tardaron, los corazones, en desfallecer hasta la hierva que se oscureció por la podredumbre.

FOTOGRAFÍA: © Y U R I • S H W E D O F F

El hombre dentro del rayo

Nicolás vio la sombra de un hombre dentro de un rayo.

Había dormido las últimas veinticuatro horas, presa del cansancio, y la luz que por fuera brotaba como una grieta fue tan intensa que al principio se vio obligado a cerrar los ojos. Luego, cuando su vista se habituó a la iluminación de las lámparas de la calle que parpadeaban asustadas, alcanzó a notar como la sombra del hombre se movía de aquí a allá, flotando, con los pliegues de su ropa ondulando por la tormenta.

Cerró entonces las cortinas y se apartó de la ventana, creyendo que aún dormía. Que era su sueño el que se proyectaba en los bostezos que como corrientes afiladas recorrían la acera. Pero se asomó una vez más, cuando escuchó el estruendo, presenciando un infierno azulado cuyas llamas descendían.

Ése debía ser el fin. La luz iluminando las costuras del mundo, de un mundo que se había roto sin que nadie lo notara.

El hombre en el rayo, como sea que hubiese quedado atrapado, debía ya estar muerto. Debía ser que su cuerpo era ya parte de la naturaleza que los engulliría a todos. Fue algo que le invadió como una suerte de premonición y se sintió seguro. Al menos sería un rayo, y no una persona, el que destruiría la realidad. Pero Nicolás vio las manos del hombre, acaso a la distancia simples líneas negras, diminutas, moviéndose como quien atrapa a una parvada con una red de pesca.

El rayó comenzó, entonces, a convulsionarse.

Era el augurio de algo terrible, así que Nicolás permaneció al pie de la ventana, con las manos prendidas a la cortina, mirando con detenimiento. No quería perderse nada, aunque el miedo lo matase. Moriría de todos modos.

Como una mancha en el cielo, flotando junto de las nubes, el hombre el en rayo elevó con sus manos la luz hasta devolverla al cielo y el grito de su desespero, de aquél rayo terrible, lo bañó todo con llanto.

Entonces comenzó la llovizna.

Y el hombre, la figura ensombrecida en medio de la luz de un infierno celeste, se desvaneció en la oscuridad.

Fotografía: Nicolás Robles

“Wash”, William Faulkner

De nuevo su cara se fue desdibujando… ya él no la veía más que como una mancha lívida a la luz del crepúsculo.

Día #5

Wash, William Faulkner

El caso de Faulkner es un caso único, al menos por mi parte. No he leído, hasta ahora y en ningún lugar, una sola crítica negativa asociada a su obra (sobra decir que me uniré, ahora mismo, a ese grupo que le aplaude). Quizá por eso me alejaba de su trabajo, motivo por el cual sigo sin retomar “Las palmeras salvajes”. No suelo leer sino autores que yo mismo encuentro y de los que poco o nada he oído y con él fue lo opuesto (en algún blog de crítica literaria, recuerdo, leí algo así como “Necesitamos más Faulkners y menos de todos los demás”; así de grave).

Sin embargo, los elogios de su labor cuentistica sólo provinieron de parte de Manuel (a quien agradezco profundamente la recomendación), así que me pareció algo más intimo y algo con lo que podía lidiar (el autoengaño tiene muchas formas).

Pasando a su obra, he de decir que una vez más no me ha bastado un sólo cuento del autor (ya se me hará costumbre eso de leer por lo menos dos): “Una rosa para Emily” y “Wash”. He elegido el segundo porque, me parece, es el que explora con mayor brutalidad los límites de la cuentistica de Faulkner.

-¿Negros? -repetían ellos-. ¿Negros? -volvían a decir, riéndose ya descaradamente-. ¿Quién es él para llamarnos negros?

Lo primero que llama mi atención es una coincidencia presente en ambos cuentos: el tema del racismo.  El autor refiere a sus personajes negros como entes que vienen y van, prescindibles y sin embargo atados por el esclavismo,  los únicos personajes a los que se les describe y agrupa más tarde bajo una categoría (“los negros”, “la negra”). Sin embargo, no alcanzo a notar si ese menosprecio es un llamado de atención ante el racismo, una alerta que sobresale en el retrato que hace Faulkner de su sociedad al ser, justamente, algo tan propio de aquellos tiempos; o si, por otro lado, genuinamente era Faulkner un racista y no perdía oportunidad en denigrar a los personajes al tratarlos como una etiqueta. Me inclino a pensar que se trata de lo primero. 

Otro tema que resalta en ambos cuentos es el costumbrismo y  el paso del tiempo, el cómo esas costumbres y esas gentes que pertenecen a otra época resultan inadecuadas, aunque casi siempre respetadas, en los nuevos contextos. Frente al implicable futuro que va sustituyendo el pasado, los personajes del autor recurren a medidas extremas, consideradas patológicas incluso (el caso de “Una rosa para Emily” es excepcional). Ello me hace pensar, aunque todo lo que digo sólo se desprende de dos cuentos, que Faulker retrataba el cambio como una constante que descoloca todo a su paso.

Un ejemplo de lo anterior es un magnifico fragmento de “Wash”:

Mejor sería que ninguno de ellos hubiese vuelto a casa en 1865. -Pero en realidad, pensaba: “Mejor sería que ni él ni yo, ni los suyos ni los míos hubiésemos nacido en esta tierra. Mejor sería que cuantos quedamos de nosotros fuésemos arrojados a tiros de la faz de la tierra, antes que otro Wash Jones vea su vida entera arrancada a tiras, arrugándose y retorciéndose como un manojo seco arrojado al fuego”.

Pero el tiempo no sólo funciona como un cambio entre momentos, sino como un situar en contexto. Un mismo individuo, situado en su momento, de repente se trasforma a los ojos de quien lo describe:

En su estupor, casi no oyó los cascos galopantes, ni la silueta arrogante que volvió a emerger. Se quedó observándola, como si la viese pasar al galope a través de acontecimientos que marcasen la acumulación de los años, del tiempo, hasta el momento sublime en que cabalgaba bajo el sable que blandía y una bandera desgarradora, precipitándose furiosamente contra un cielo del color del azufre explosivo. Era la primera vez en su vida que pensaba que acaso Sutpen fuese un hombre y un viejo como él mismo.

Y pasando al tema de lo formal, el tiempo también está presente en el autor como una irrupción: se inicia con un presente y, conforme se avanza en la narración, se hacen saltos a muchos años atrás, a años inmediatamente previos y así en saltos que no siguen necesariamente un orden cronológico. Al acercarse al climax de la historia, Faulkner retoma el presente. Resalta su estilo, además, por no escatimar en la enunciación de aquello que quiere transmitir. Así pues, uno encuentra fragmentos como éste:

“Él entonces los injuriaba; a veces los perseguía con algún palo que agarraba del suelo poniéndolos en fuga, pero sin lograr que no volvieran a rodearlo de nuevo con aquellas risotadas negras, burlonas, huidizas, inevitables, que lo dejaban jadeante, impotente y furioso.”

Lo anterior es una constante siempre que describe personajes, escenarios e incluso emociones. Faulkner no sólo no rehuía a la adjetivación (algo ahora tan criticado) sino que la abrazaba en pasajes que resaltan por su claridad y nitidez  y la belleza lingüística empleada para crear su imaginario.

Llama también la atención la cadencia en su ritmo, plagado de comas y dobles comas, de oraciones en cascadas gracias a esas pausas que se antojan cortas. Hay párrafos enteros en donde no hay un sólo punto, lo que ciertamente se traduce en una tensión dramática pausada, mesurada. El efecto sorpresivo de sus cuentos, algo que se da en ambos, no ocurre por el ritmo de la narración sino por la forma en que se concatenan los hechos que previamente narró. Faulkner no pasa por alto detalles.

Si él no dice que un personaje haga algo, no creas que lo ha hecho; asume que algo le espera después. Ese sería mi consejo. Ese y leerlo. Leer a Faulkner. No dejar de leer a Faulkner. Quiero más Faulkners en mi lista de lectura, más autores que me sorprendan gratamente.

William Faulkner /ˈfɔːlknɚ/ (nacido William Cuthbert Falkner, New Albany, Misisipi, 25 de septiembre de 1897 – Byhalia, 6 de juliode 1962) fue un narrador y poeta estadounidense. En sus obras destacan el drama psicológico y la profundidad emocional, utilizó para ello una larga y serpenteada prosa, además de un léxico meticuloso. Ganador del Nobel de Literatura de 1949.

El cuento, aquí

 

“Con los ojos cerrados”, Reinaldo Arenas

…Seguí caminando con los ojos cerrados. Y no se lo vaya usted a decir a mi madre, pero con los ojos cerrados uno ve muchas cosas, y hasta mejor que si los lleváramos abiertos…

Día #4

Con los ojos cerrados, Reinaldo Arenas

Llama mi atención que, junto a la recomendación del autor (te lo agradezco, María), se me dijera “no creo que haya que decir más de él“. Y fue toda una sorpresa porque… ¡jamás había oído hablar de él! Nunca, en toda mi vida, ni una sola mención. La recomendación fue “Los zapatos vacíos“, cuento curioso con un ritmo envidiable y un mimo por el lenguaje que denota oficio y sobre todo cariño por la palabra.

Sin embargo el cuento es en sí muy breve y la emoción que explora (la añoranza, una nostalgia casi mágica que, según parece, es una constante en sus cuentos) se antoja insuficiente para saciar mi sed de “autor del día”, por lo que tomé otro cuento suyo, que da nombre a uno de sus libros: Con los ojos cerrados.  

La historia es, de hecho, simple: un niño va de camino al colegio. Es curioso porque, recuerdo haber leído el día de hoy, en una disertación sobre lo que es el cuento (de Cortazár, Quiroga, O’Connor, Carver y Borges; no logro recordar a cuál pertenece la observación, pero todas valen la pena) que la historia de un niño que va al colegio es todo menos literaria, no hay drama y es sólo cuando algo terrible ocurre, cuando el niño muere, o es secuestrado o presencia algo extraordinario, que la historia podría ser un cuento. Y digo curioso porque, en sí, lo mágico del cuento está en borrar todo ése drama a través de un elemento que irrumpe en la realidad. Irónico, inclusive.

Lo mágico de “Con los ojos cerrados” es que, siendo una historia cuyo narrador es un niño, cuenta las cosas, cosas terribles que ocurren en el trayecto, o cuando menos crudas, desde un extrañamiento de lo real que emblandece lo narrado.

Y cuando fui a cruzar la calle me tropecé con un gato que estaba acostado en el contén de la acera. Vaya lugar que escogiste para dormir -le dije-, y lo toqué con la punta del pie. Pero no se movió. Entonces me agaché junto a él y pude comprobar que estaba muerto. El pobre, pensé, seguramente lo arrolló alguna máquina, y alguien lo tiró en ese rincón para que no lo siguieran aplastando. Qué lástima, porque era un gato grande y de color amarillo que seguramente no tenía ningún deseo de morirse. Pero bueno: ya no tiene remedio. Y seguí andando.

Lo anterior no es sino el ejemplo más endulzado de la indiferencia, a saber si infantil al no comprender la gravedad de la muerte o por lo natural de ésta en su medio (algo que, ciertamente, parece ser la intención del autor: evidenciarla con otros ojos, ojos de niño; otro ejemplo terrible, más adelante en la narración, lo protagonizan otros jóvenes y una rata).

El autor recurre, en ambos cuentos, a la ensoñación, a ese “cerrar los ojos” en el que el mundo ya no es como se supone que es sino como debería ser, o como quisiera que fuera. Ya sea a través de recuerdos que alteran el sentido del tiempo, como en “Los zapatos vacíos” o como en éste cuento, en donde el protagonista cuenta cómo al cerrar los ojos el mundo cambia. Apela al realismo al describir sensaciones corporales “fantásticas” como alucinatorias, y dando al lector una excusa en ése sentido (un guiño, quizá, a la lógica adulta).

Mi lectura de éste autor ha sido una revisión a una niñez que no se cansa de gritarle al mundo, luego de cerrar los ojos y ver todo de un modo distinto: ¿quién dijo que así es como debe ser todo esto?

¡Caramba!, como diría Arenas en ambos cuentos.

Reinaldo Arenas nació en Holguín, Oriente, Cuba en 1943. Pasó su primera infancia en el campo, hecho que lo marcó como escritor, según sus propias palabras: “El hecho de haber sido un niño aislado y haber crecido en una granja, lejos de la gente y de la civilización y en condiciones de pobreza, constituyó un factor motivador importante en mi formación de escritor. En mis libros trato de comunícar mi felicidad y mi infelicidad, mi soledad y mi esperanza.” …. 

Una breve aproximación al autor y el cuento, AQUÍ. 

“Los novios”, Haroldo Conti

Las copas de los árboles ardían en silencio pero la luz en la calle de tierra era cada vez más débil, un polvillo de miel.”

Día #3,

Los novios, Haroldo Conti

A diferencia de los autores de los dos días previos (llevo atrasado el diario de lectura, pero no la lectura), a Haroldo Conti ya lo había leído antes. Sus entrañables “Los caminos” y “Muerte de un hermano“.

Lo cierto es que disfruté más esos cuentos que éste, que leí como parte de mi diario de lectura. Sin embargo, es “Los novios” el que me parece mejor confeccionado, con mayor mimo, si se quiere.

A lo largo de todo el cuento, Conti utiliza la luz como una forma de llevar un registro del tono emocional de la historia, del estado de la relación entre los personajes y del propio avance del cuento. Como valor añadido, su mención suele implicar una prosa que sobresale con respecto al resto del cuento (que ya es decir algo, considerando que Conti es, cuando menos, disfutable).

La historia se centra en la relación de dos personajes, un amor que acaso se avecina con algo a ocurrir en el futuro cuando, desde el primer dialogo, advierte:

—¿Qué tal? ¿Cómo está usted?

—Mejor —dijo la señorita Adela con una voz algo frágil pero alegre.

Mientras se sentaban él pensó por qué habría dicho “mejor” y no simplemente “bien”, pero se alegró de todas maneras.

Esa atención al detalle sutil es algo de agradecer, y ciertamente va a tono con la atmósfera nostálgica que baña todo el cuento.

La narración no posee grandes sobresaltos, y ciertamente los recursos de Conti, tanto en éste como en los otros dos cuentos leídos hasta ahora, están todos al servicio de historias que se antojan anécdotas de un amigo viajero, contadas como cae una llovizna: frescas y sin hacer sentir la necesidad de resguardarse en algún lado por los golpes.

Haroldo Conti es considerado como uno de los mejores escritores argentinos su generación. Ganador  del Premio Universidad de Veracruz, por su novela Alrededor de la jaula y el Premio Barral por En vida. En cuanto a sus cuentos, ganó el Premio Municipal Buenos Aires con Todos los veranos y el de Casa de las Américas con Mascaró. Publicó también La balada del álamo carolina. Fue víctima de desaparición forzada el 5 de mayo de 1976, por su participación en el Partido Revolucionario de los trabajadores. 

El cuento lo pueden leer AQUÍ

“Un hombre bueno es difícil de encontrar”, Flannery O’Connor

La madre de los chicos estaba sentada en la cuneta, con el chico, que no paraba de llorar, en brazos, pero solo había sufrido un corte en la cara y tenía un hombro roto. «¡Hemos tenío un accidente!», gritaban los chicos en un delirio de felicidad.
—Pero nadie se ha muerto —señaló june Star con cierta desilusión.

Día #2 

Un hombre bueno es difícil de encontrar, Flannery O’Connor

Son muchas y muy variadas las referencias a O’Connor que he tenido la oportunidad de leer. Casi todas en relación a Raymond Carver y Alice Munro, dos de mis escritores favoritos. No me había decidido a leer su obra, no sé porqué, sino hasta hoy, que mi compañera y amiga de Daniela me dijo, efusivamente: “Leí a una autora que yo creo que te va a encantar. Es tan norteamericana, realista y frightening.” Con tan personal carta de presentación, eludir su lectura suponía un ejercicio de sandez, así que me di a la tarea de devorar con ansiedad el cuento “Un hombre bueno es difícil de encontrar“.

Primero debo decirles una cosa: yo no me sorprendo fácilmente. No soy de los que, conforme se acercan al final, sienten que no saben lo que va a ocurrir. O’Connor me sorprendió en cambio, y resalto ello por sobre todo, por su tratamiento a la maldad, tan crudo y a la vez tan complejo. Tan sorpresivo. Los personajes se entregan a ella como una forma de hablar con la divinidad, con lo que se supone es bueno, con lo que les corresponde hacer. Una maldad con motivo y a la vez ausente del juicio moral típico, como si O’Connor nos mostrara un debate en el que unos y otros piensan de cada cual una cosa, y sin embargo no son eso.

Desde “Dimensiones” de Alice Munro, donde un padre mata a sus tres hijos porque les evitará el flagelo de la pérdida de su madre, que salió por una noche, no me sentía tan aturdido por una narración. Y no es para menos.

“—Si rezaras —dijo la anciana—, Cristo te ayudaría.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué no rezas? —preguntó ella, temblando de súbita alegría.
—No quiero ninguna ayuda. Solo, las cosas me van bien.”

Con apenas unas líneas, O’Connor traza caminos que separan a sus personajes de otros que ahora mismo se me antojan mucho menos amenazantes. Los personajes vienen y van de la narración con igual un par de líneas, trazos oscuros, como si nosotros, los lectores, fuésemos parte de ése terrible mirar de reojo para saber qué pasa detrás. De ver si el peligro de acerca.

Y es que, O’Connor no se tienta al ir pautando la atmosfera del cuento en cuanto indicio es posible:

“El cuello y los puños eran de organdí blanco adornado con encaje, y en el cuello se había prendido un ramillete de violetas de tela de color púrpura perfumado. En caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al instante que era una dama.”

Describir a un personaje aludiendo a la muerte es algo que ciertamente no había visto, como tampoco llenar el espacio de estos con ecos tan claros de lo que podría sucederles:

“Pasaron junto a un vasto campo de algodón con cinco o seis tumbas en medio, rodeadas de un cerco, como una isla pequeñita.
—¡Mirar el camposanto! —dijo la abuela señalándolo—. Era el antiguo camposanto de la familia. Pertenecía a la plantación.
—¿Dónde está la plantación? —preguntó John Wesley.
—El viento se la llevó —dijo la abuela—. Ja, ja.”

Admito que lo que más me sorprende es cómo todo en la historia se construye como una flecha que apunta inequivocamente en una dirección, considerando que, decía Carver, O’Connor no sabía y no podía entender cómo otros escritores sabían de antemano en qué terminarían sus historias: ella las hacía sobre la marcha. Como si los indicios que nosotros los lectores reconocemos en la narración fuesen, de hecho, los que la misma historia le hacía a la autora para concluirla como debía. Como si la historia se escribiera sola. Como una una amenaza que no acaba sino hasta que “se acaba”.

Su obra abarca “apenas” 31 cuentos. Murió a los 39, joven, presa de una enfermedad que la aquejó por muchos años. Increíble.

Les comparto la versión en español y en inglés.

“El cuervo enfermo”, Esopo

“Un cuervo que se encontraba muy enfermo le dijo a su madre:

-Madre, ruega a los dioses por mí y ya no llores más.

La madre contestó:

-¿Y cuál de todos, hijo mío, tendrá piedad de ti? ¿Quedará alguno a quien aún no le hayas robado la carne?”

Día 1: Esopo, “El cuervo enfermo”.

365 días, 365 autores.

Me llama la atención que una fábula que data del siglo VI a.c. tenga aún tanto poder, en tan pocas líneas, y que además sea capaz de sugerir múltiples lecturas.

Otras fábulas despliegan, sobre todo, una crudeza que se antojaría incorrectas hoy en día (águilas a las que les arrancan las alas, cisnes a los que les jalan el pescuezo, etc), sobre todo considerando que la fábula es un terreno que hoy se conserva casi estrictamente en el terreno de lo “infantil”.

De los cuentos leídos (“El abeto y el espino”, “El águila de ala cortada y la zorra”, “El águila, el cuervo y el pastor”, “El águila y el escarabajo”, “El cerdo y los carneros”,  “El cisne tomado por ganso” y “El cuervo enfermo”) es el cuento que compartí al inicio de este texto el que me parece más complejo y más desconcertante de todos.

¿El cuervo le pide a su madre que pida por él… porque él así lo quiere? ¿O quiere que pida por él… para que así su madre deje de llorar? La forma en que está estructurada la narración da ambas posibilidades, y ambas tienen sentido y ambas dan cuenta de dos realidades.

Eso me ha dado a pensar que quizá se deba simplemente al carácter moderno de la traducción que pude leer, y que quizá (con mucha probabilidad) esa intención, la de dar múltiples interpretaciones, era algo ajeno a la historia y quizá incluso le jugaría mal.

Porque según dice la fábula, la moraleja es que…

No te llenes de enemigos innecesariamente,
pues no encontrarás un solo amigo cuando lo necesites.

… pero yo creo que hoy podemos prescindir totalmente de ella y sentirnos desconcertados por la fábula en sí.

Toda una sorpresa, Esopo.

Para leer más del autor, recomiendo visitar éste sitio.

La naturaleza de lo real: Pájaros en la boca, de Schweblin

-“Hola papá.

Mi nena era realmente una dulzura, pero dos palabras alcanzaban para entender que algo estaba mal con esa chica, algo seguramente relacionado con la madre…”

Pájaros en la boca, Samanta Schweblin

 

Los límites entre lo real y lo extraño han sido, para quien esto escribe, uno de los temas más interesantes cuando se trata de escribir algo que intente trastocar lo que se da por sentado. ¿Lo extraño es distinto del realismo, al menos en lo formal?, me pregunto. Quizá por eso llamó mi atención que, como un consenso y sin cuestionar, se asuma de tajo que lo que Samanta Schweblin escribe pertenece al género fantástico.

Alarmante me parece no sólo como ejemplo de nulo ejercicio de reflexión de los alcances del género en el que se le impronta (pues lo que la autora hace es, cuando menos, fronterizo: las líneas que trazan la naturaleza de sus historias son más difusas que marcadas), sino de las lecturas que se hacen de lo que escribe en concreto, en este caso Samanta.

¿Lo que hace Samanta es, sin lugar a dudas, narrativa fantástica?

Las reglas del juego, las básicas al menos, fueron ya dilucidadas por autores como Todorov, quien apuntaba que lo fantástico es el viaje que se hace en una historia entre aquello que es extraño (que puede ocurrir, pero que es atípico) y lo que es maravilloso (aquello cuya existencia desafía las reglas de nuestro mundo). A cuento viene también el realismo mágico, donde lo real causa extrañeza y lo fantástico no es sino algo cotidiano, una parte natural del funcionamiento de las cosas.

… A veces pienso que quizá debí habérmela llevado conmigo, pero casi siempre pienso que no. A unos metros del televisor, junto a la ventana, había una jaula. Era una jaula para pájaros – de unos setenta, ochenta centímetros -, colgaba del techo, vacía.

 ¿Qué es eso?

-Una jaula – dijo Sara, y sonrío…”

Uno de sus libros más comentados, “Pájaros en la boca”, ganador del premio Casa de las Americas en 2009, da cuenta de lo que la misma autora apunta en una entrevista: “Me interesan mucho las historias que ponen en duda lo que asumimos como normalidad.” Dice la autora, lo normal no es sino un código. Apunta, además, que la forma y estilo de su escritura se deben más a autores como Raymond Carver que a Julio Cortázar, por citar un ejemplo.

Lo anterior es importante en tanto que anuncia, de entrada, una influencia que pone en duda el género que tan animosamente no dudan en achacarle. ¿Es la extrañeza de un hombre que toma fotografías de casas con manos de garfio, como ocurre en “Visor”, un anuncio negado de que en realidad Carver escribía cuentos fantásticos? Asumo, quizá con error, que a la pregunta anterior todos han de responder con un contundente “no”. ¿Por qué con Samanta, en cambio, no se duda en afirmar lo contrario? ¿A qué viene el sí inmediato?

Con el cuento “Pájaros en la boca”, al que pertenecen los fragmentos seriados (se leen juntos), pone en evidencia no sólo su lectura de lo que es real, sino de los mecanismos a través de los cuales lo lleva a cabo. Así, no sería de extrañar que lo cierto es que lo peculiar de las situaciones que narra se deba a un realismo amenazante, de ausencia y omisión, como lo era el de Carver, y no un ejercicio de cuento fantástico.

La misma Samanta dice, en la entrevista antes citada, que lo fantástico pareciera ser, en la lectura de sus cuentos, algo que busca o adjudica el lector como el código que elije para dar sentido a las historias. Porque lo cierto es que ni en su lenguaje, ni en su forma ni en su contenido, Samanta busca la fascinación o la duda acerca de la naturaleza de lo que está ocurriendo. No se respira un viaje fantástico, sino una extrañeza. Uno duda de lo que ocurre, por sobre todo, y no por su posibilidad de ocurrir.

“…Silvia [su madre] me hizo una seña para que la siguiera a la cocina. Fuimos hasta el ventanal y ella se volvió para verificar que Sara no nos escuchara. Seguía erguida en el sillón, mirando hacia la calle, como si nunca hubiéramos llegado. Silvia me habló en voz baja.

– Mira, vas a tener que tomarte esto con calma.

-Déjame de joder. ¿Qué pasa?

-La tengo sin comer desde ayer.

-¿Me estás cargando?

-Para que lo veas con tus propios ojos.

-Aha… ¿estás loca?…”

Basta preguntar, hasta este punto, ¿es acaso probable que la asunción de lo fantástico se deba a los lectores, a un ejercicio de intertextualidad, más que al contenido en sí de lo narrado o a los medios a través de los cuales se cuenta?

“…Dijo que volviéramos al living y me señaló el sillón. Me senté frente a Sara. Silvia salió de la casa y la vimos cruzar el ventanal y entrar al garaje.

 ¿Qué le pasa a tu madre?

Sara levantó los hombros, dando a entender que no lo sabía. Su pelo negro y lacio estaba atado en una cola de caballo, con un flquiello que le llegaba casi hasta los ojos. Silvia volvió con una caja de zapatos. La traía derecha, con ambas manos, como si se tratara de algo delicado. Fue hasta la jaula, la abrió, sacó de la caja un gorrión muy pequeño, del tamaño de una pelota de golf, lo metió dentro de la jaula y la cerró. Tiró la caja al piso y la hizo a un lado de una patada, junto a otras nueve o diez cajas similares que se iban sumando bajo el escritorio. Entonces Sara se levantó, su cola de caballo brilló a un lado y otro de su nuca, y fue hasta la jaula dando un salto paso de por medio, como hacen las chicas que tienen cinco años menos que ella. De espaldas a nosotros, poniéndose en puntas de pie, abrió la jaula y sacó el pájaro. No pude ver lo que hizo. El pájaro chilló y ella forcejeó un momento, quizá porque el pájaro intentó escaparse. Silvia se tapó la boca con la mano.  Cuando Sara se volvió hacia nosotros el pájaro ya no estaba. Tenía la boca, la nariz, el mentón y las dos manos manchadas de sangre.”

Lo antes citado (en su conjunto, uniendo las partes a lo largo del texto) da cuenta de una realidad insospechada, extraña, pero perfectamente plausible. Real. Los otros cuentos, algunos más difusos en esa línea, recurren a la misma peculiaridad en el modo de omitir lo que ocurre (como ese “no pude ver lo que hizo”) para generar la sensación de irrealidad, de que hay algo más que se le escapa al lector. Que no es, en el caso citado por ejemplo, sólo una niña que come pájaros: sino que esa niña debe ser algo más, debe esconder esa imagen, poderosa eso sí, algo de irreal.

Lo mismo sucede con otro de sus cuentos, en el que un grupo de padres esperan a la salida de la escuela de sus hijos a que estos crucen el umbral y lleguen a sus brazos. En lugar de niños, el cuento termina con un grupo de mariposas, cada una rodeando a uno de los padres, y como uno de ellos llega a la conclusión de que mató a su hija al pisar la mariposa que se posó sobre él. ¿A caso la autora nos da una pista de que los niños no van a salir? Los otros padres lo miran extraño cuando pisa a la mariposa, ¿pero no lo haría cualquiera, siendo las mariposas uno de los insectos que socialmente se consideran de mayor belleza?

¿No es en ese caso el lector quien asume que está frente a una historia fantástica, como en el de Pájaros en la boca?

Y si bien es cierto que lo “extraño” es uno de los dos finales posibles a un cuento fantástico, no implica por ello que se rija con los mismos mecanismos y que por ende deba ser juzgado como tal. ¿Cómo serían leídas sus historias, cómo serían las miles de reseñas que no dudan en alabar sus cuentos fantásticos, de ser consideradas como realistas?

De fondo considero hay detrás no sólo un ejercicio de falta de reflexión, sino de reiterado trivializar. Como decir, en burdo ejemplo, que un documental sobre guerra no es sino ciencia ficción.

Para notarlo basta un ejercicio más de intertextualidad. ¿No es la crudeza del fondo y la forma de Carver un retrato de la sociedad norteamericana? ¿Y si en realidad lo que hace Samanta no fuera sino un retrato de un mundo globalizado en el que lo extraño se presenta como constante, como las decenas de cajas en el suelo junto a la jaula en el cuento? Sería, a consideración de quien se lo pregunta aquí, algo capaz de horrorizar. No como un juego retorico, ni como un recurso narrativo más, sino como una realidad que trasciende la ficción. Pensarlo me estremece de un modo que ningún cuento fantástico puede, porque la duda no está en si puede ocurrir o si es imposible, sino en dónde ya ocurre. Porque quizá allá afuera en algún otro lugar, quizá en la casa de algún vecino, se encuentra una niña que come pájaros, sonriendo con los dientes manchados de sangre.

Pintura: Adrian Ghenie 

Vivir en “Desgracia”: el ensayo novelado de Coetzee

Llama la atención que en “Desgracia”, de Coetzee, la palabra que le confiere el título apenas se mencione un puñado de veces. Habla no sólo de la maestría en tocar un tema eludiendo el nombrarle, como una experiencia viva, sino de las intenciones del autor. De la importancia capital que tendrá una vez mencionada. Diez, para ser exacto, son las veces. Es particularmente interesante, además, que tres de ellas estén presentes, como encadenadas, a un solo párrafo, en el último donde se le hace mención. El detalle puede, de hecho, resultar relativamente desapercibido excepto que “desgracia” es una palabra que difícilmente puede ser ignorada, incluso cuando activamente uno se propone a ello.

   Según la RAE,  desgracia es: situación de quien sufre un suceso doloroso; suceso que produce dolor o pena; situación de infelicidad; mala suerte; situación de quien ha perdido la gracia o amistad; desagrado, desabrimiento y aspereza; y falta de gracia o de maña. Coetzee va más allá y construye un entramado en el que todas las significaciones (y más) se encuentran entrelazadas. Tengo la sospecha de que, en el fondo, la intención de Coetzee no fue retratar la desgracia sino reconstruirla en quien leía, de que la palabra no creara la emoción, ni la describiera, sugiriendo apenas la intención y el rumbo en el nombre de la novela como punto de partida (siendo además un ejemplo perfecto de lo útil del título y su significativad.)

      La historia está compuesta esencialmente de los tres actos siguientes: el protagonista seduce a una joven estudiante, alumna suya, y termina renunciando a ése mundo intelectual y de deseo al enfrentarse a las consecuencias de sus acciones; luego, el protagonista huye lejos de todos sus problemas y de su antigua vida, refugiándose en casa de la hija, una hija que parece recordar, a ratos, a esa joven que seducía; el tercer acto supone un regreso a su antiguo hogar, sólo para descubrir que todo, inclusive él, ha cedido ante el peso de la desgracia.

      Las primeras dos menciones al concepto las hace la ex esposa del protagonista, cuando al reunirse a hablar del escándalo de su amorío con la estudiante éste le dice:

      “ – Ella no es la responsable de eso. No le eches la culpa.

       -¡Que no le eche la culpa! Pero… pero… ¿tú de qué lado estás? ¡Pues claro que le echo la culpa! Te culpo a ti y la culpo a ella. Todo esto es una desgracia de principio a fin. Una desgracia y una vulgaridad. Y no te creas que lamento lo que te he dicho.”

      La desgracia aparece ante el protagonista como algo externo: es otro, en este caso la ex esposa, quien la presenta en su vida. Antes de ello la experiencia no había supuesto una significación de desgracia. En este punto, la introducción a la palabra se acompaña del desarrollo del contenido de la novela: el protagonista no percibe como problema lo que le ha ocurrido, no como suyo al menos. La negación le sirve para encarar la desgracia: le huye simbólicamente, no la conoce aún.

      La tercera mención, ya en el segundo acto, se da cuando el protagonista acude ante una amiga de su hija. Discuten sobre el consumo de carne y el cuidado de animales, pues la mujer en cuestión se encarga de arreglar los decesos de los perros en agonía. Él no es empático con los animales, en aquél momento. Y ahí, entre el olor a muerte de los canes y la lejanía de su antigua vida (llena de problemas intelectuales), el protagonista le dice a la mujer:

      “-¿Sabe usted por qué me ha enviado mi hija a verla?

      -Me dijo que tiene usted problemas.

      -No solo problemas. Supongo que he caído en desgracia.”

      Sigue siendo, en la historia, una desgracia que se asume externa. El protagonista identifica el origen de tal pensamiento, y duda. “Supongo…”, dice, pero no afirma. La duda constituye sin embargo el primer paso del personaje a su caída en desgracia. La pérdida del orgullo y de la seguridad que sentía, de saber que la desgracia le era ajena por omisión, se vislumbran como el significado mismo de ésta.

       Sufre, después, la desgracia de que sean él y su hija víctimas de un grupo de hombres que la violan a ella y lo queman a él. Como añadido, los perros que él había cuidado mueren a tiros por esos mismos hombres, con total salvajismo y crueldad (contraponiendo el lugar en el que la amiga de su hija los ayudaba a morir), lo que afianza la desgracia que dejó entrar como duda en el fragmento antes citado.

       “Ay, ay, ay: ¿qué podrá ser? El secreto de Lucy; su desgracia.”

        A lo largo del resto de la novela, aquello que le hicieron los hombres a la hija acontece para ambos, padre e hija, como un asunto vetado de la casa. Una duda que sin embargo ambos alcanzan a notar por la gravedad de eso que se oculta. Ella no habla de eso, tan sólo se entrega a una desgracia lenta y mortífera, igual que él.

        “Prefiere ocultar la cara, y él sabe por qué. Es por la desgracia. Es por la vergüenza. Eso es lo que han conseguido los visitantes; eso es lo que le han hecho a esa mujer tan segura de sí, tan moderna, tan joven. Como una mancha, la historia se extiende por toda la provincia. No es la historia de Lucy la que se extiende, sino la de ellos: ellos son sus dueños. Así la han puesto en su sitio, así le han enseñado para qué sirve una mujer.”

        Lo anterior sitúa a la desgracia, en forma y fondo, como la imposición de unos otros que niegan la historia de ese a quien se imponen. Como él a su hija, intentando en vano saber el motivo de su dolor.

       En algún punto del segundo acto los animales se vuelven capitales para él y su forma de percibir el mundo (en respuesta, seguramente, al salvajismo con el que los perros fueron asesinados a la par del daño que recibió su hija). Se vuelve compasivo con estos y ayuda, en lo posible, a disminuir el dolor y la dificultad de sus decesos.

       “Agachan las orejas y bajan el rabo como si también ellos sintieran la desgracia de la muerte; se aferran al suelo y han de ser arrastrados o empujados o llevados en brazos hasta traspasar el umbral.”

       La desgracia sitúa al protagonista, por primera vez, en una posición compasiva: ha visto el horror de la muerte miserable y hace cuánto puede para dignificarla. Porque, cuando otro le ha quitado al ser sus posibilidades (y la imagen perfecta de ello es la muerte de los animales, indefensos en sus jaulas y sobre la mesa donde los “duermen”), él hacía cuanto podía por regresarles un poco. Devolverles algo de lo que les fue quitado. Cuando comprende el significado de lo que ello implica para con su hija, deja la casa (lo que comprende un punto capital para la historia, formando parte del tercer acto).

       La última vez que se hace mención a la desgracia, luego de todo el camino recorrido en la novela, ya con el protagonista de regreso a su antiguo mundo, ya no se trata de un concepto extranjero, ni de una duda, ni tampoco de un misterio silencioso y cargado de dolor. La desgracia, de repente, aparece para el protagonista como una certeza: no en la vida de su hija sino en la suya.

       “Estoy sumido en una desgracia de la que no será nada fácil que salga por mis propios medios. Y no es un castigo a cuyo cumplimiento yo me haya negado, al contrario. Ni siquiera he murmurado contra lo que me ha caído encima. Al contrario: estoy viviéndolo día a día, procurando aceptar mi desgracia como si fuera mi estado natural. ¿Cree usted que a Dios le parecerá suficiente que viva en la desgracia sin saber cuándo ha de terminar?”

       La desgracia es, pues, un concepto rector no sólo en el fondo (pues la historia se corresponde a una desgracia), sino en la forma (la caída, sutil y otras veces en picada), y Coetzee logra con la novela establecer un ensayo novelado, un diagnóstico del paso de ésta como un ente vivo a manos de quienes quitan, torturan, y de quienes a su vez son perpetradores como resultado de un sistema que se retroalimenta. La diferencia estriba para Coetzee, y de ahí que sea el protagonista quien logre tal hazaña en la historia, en asumirse desgraciado. Resulta capital ese estado de consciencia, tan lumínico entre tanta miseria y a tono con el estilo sobrio de la narración, pues resulta ser una declaración de intenciones ante la desgracia por parte del autor: se puede ir y volver, caer en desgracia, pero siempre, y eso es lo más importante, seguir.

Pintura: El descenso, Adrian Ghenie. 

¡Ey, Sofi!

casual (1 de 1)-78
Así se ve el rostro de un joven amargoso cuando le publican por primera vez un cuento: menos amargoso. Casi feliz. Bueno, sin el casi.

Le prometí a Sofia Guardiola (pongo tu apellido para evitar conflicto de identidades, pequeña saltamontes amante de las cámaras voladoras) que subiría una foto mía sosteniendo la revista donde me publicaron. Pues aquí está. Porque yo  soy un hombre de palabra, excepto cuando se trata, obviamente, de cerrar mi blog. El cierre ha ocurrido ya unas seis veces y contando. Es como una adicción. O, siendo más preciso, un hermoso hábito compulsivo. ¿No parece ya una tradición que lo cierre? Es casi como el festejo por un aniversario, pero colgando el letrero de “aquí ya no hay nadie” precedido de un cuento donde intento echar la casa por la ventana. O mi casa al menos. Por sus ventanas. Sí, lo siento por quebrar los vidrios…

¡Saludos a todos!

Amor

Cuento publicado como “Nuestro pequeño secreto” en Subtrama (Abril 2016.)

No le creí cuando se hizo pasar por un viajero en el tiempo. Éramos esposos hacía dos años, ¿por qué hacerlo apenas? No me explicó cómo funcionaba. No dijo nada. Tan sólo acarició mi rostro con el dorso de su mano mientras yo veía su cara de cejas blanquecinas, besándome como si sus labios no me hubieran tocado en décadas.

A la mañana siguiente, cuando apareció ante mi regazo con su cabello oscuro de nuevo, sonriendo sin el disfraz de viejo, no le dije nada, al igual que él, fingí que nada había pasado. Me pareció que era nuestro pequeño secreto.

Entonces un día, luego de algunos años juntos, me di cuenta de que las canas comenzaban a aparecer en su cabello y decidí preguntarle por qué había hecho eso. ¿Por qué, mi amor?, le dije. ¿Por qué disfrazarte de viejo y besarme como lo hiciste?

Él se quedó a mi lado, frío. Su gesto se tornó triste y sus manos temblorosas apretaron las mías. No se acercó. Me vio y hubo algo en su mirada que me recordó a la de aquella tarde, cuando me besó. Entonces lo supe. Era verdad. Él aún no había viajado, pero lo haría. Solo.

Dibujo: Guy Denning. 

 

Melancolía

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Enero, 2016.)

Emilia pasó la punta de los dedos por encima de los muros, formando olas y corrientes de viento invisibles. A ella nunca le gustó el color de la casa. Se imaginó recorriendo el antiguo corredor, el del hogar de su madre, cuando era niña. Ella prefería el azul, y no el amarillo, un azul pálido; igual que los ojos de Martín, su hijo.

Fue hasta la habitación de él. Antes, tomó una taza de té tibio mientras contemplaba la lluvia que se arremolinaba melodiosa fuera de la ventana. Las flores, como en una fiesta, bailaban gustosas ante su ritmo lleno de vida. Emilia sonrió a los pétalos que no podían observarla.

Al volver al pasillo, se sintió atraída por los sillones cubiertos por mantas blancas, igual que las cajas de cartón encintadas. En los primeros no se sentó, ni abrió las segundas, tan sólo las vio imaginando cómo podrían ser. Nunca habían estado ahí, en realidad. Había sido solo una ilusión. La lámpara ausente en la mesita junto al sillón nunca alumbró el cuarto. La luz, como muchas otras cosas, sólo había sido una ensoñación, lagañas en los ojos.

Volvió al pasillo tras estar ahí, inmóvil frente a los recuerdos de posibles mundos que nunca vivió. Al pasar junto a la primera puerta escuchó el sonido de la lluvia. Del otro lado había un ventanal, y al asomarse por el rabillo notó que estaba abierto. No lo cerró, sólo inclinó su cabeza semejando su postura a la de las gotas que caían.

Al llegar a la siguiente habitación se detuvo. Se asomó primero, igual que en el anterior, pero luego entró cerrando la puerta consigo. Había cajas también, pero la cinta estaba rota. Una hilera de juguetes y ropa llegaban hasta la cama. Su hijo la miraba, acostado y cubierto por sábanas. Al principio, le dio la impresión, él ya tenía sus ojos fijos, incluso en su ausencia, y se preguntó qué hubo ahí previo a su arribo o si sólo la esperaba.

Emilia se acercó hasta él, poniéndose de rodillas. Martín no parpadeaba. Ella no hizo ningún gesto.

Pasado un rato, la lluvia se coló por pequeñas grietas desde el techo. Era una mancha que se propagaba, despacio, haciendo suya la casa. Madre e hijo dejaron de mirarse, notando cómo desde el cristal de la ventana ya no podía verse la calle. Apenas una neblina dormida, como los restos de un beso en una mejilla.

Martín separó sus labios y los dejó así, luego se cubrió con la sábana y comenzó a llorar. Emilia negó despacio, y él asintió. Se apretujó con fuerza sobre la cama, hundiendo todo su cuerpo en ella, como las gotas en forma de humedad que descendían en silencio.

— No — dijo Martín. Sólo no. Un no que Emilia había escuchado ya muchas otras veces, en labios de su padre. Ella intentó subirse a la cama, pero Martín no se movió. Sólo la miró. Emilia se quedó ahí, con su cabeza sobre la cama, mirando hacia los ojos de él desde un punto en el mundo en que jamás había estado. Le pareció tan crecido, su hijo, y le sonrió. Al final, Martín cedió y lentamente se recorrió sobre el colchón hasta que su madre se hubo subido.

— Cariño — susurró Emilia, luego de abrazarlo. Lo envolvió con sus manos como aquella manta, acariciando su cabello, luego sus mejillas tiernas, húmedas igual que la casa.

— Llamó — le dijo —. Papá ya viene.

Martín seguía con el rostro cubierto, empapando la tela. Cuando volvió a abrir la boca quedó enmudecido.

— Está bien. El silencio está bien. No es motivo de pena, ni vergüenza.

Afuera la lluvia se volvió tormenta, y ahí donde antes durmió la neblina se despertó con furia, azotando ramas y piedritas perdidas.

— Es tan sólo otra forma de decir las cosas — Continúo —. ¿Entiendes? Sin apartar tus labios, uno de otro, decir lo que piensas. Como cuando visitas a tu amigo, sin moverte de la cama, desde la foto de ustedes dos en su habitación. Yo comprendo tu silencio, ¿lo sabes?

Martín la admiró a través de la sábana.

— Desde que naciste yo lo comprendo. No sólo tus lágrimas. O tu mirada. Yo lo comprendo, tu silencio.

Las manos de Martín soltaron la tela que se mantuvo sobre su rostro y su pecho, con su respiración visible, y pausada, igual que sus ojos de azul intenso.

— No me iré — dijo Emilia, inclinando su cabeza y apoyándola en la sien de su hijo. Él tenía la vista alzada. Por un momento el ruido del diluvio no se escuchó más. Allá afuera, fuera de la casa, la tormenta se agravó. En su habitación el sonido de los charcos se asemejó al de las olas calmas de un amanecer —. No me iré — le repitió.

Henry James dijo, en voz de uno de sus personajes:

“La convicción de haber hecho todo lo posible: esa certeza que dota de sentido a la vida del artista y cuya ausencia equivale a la muerte, de haber arrancado de su instrumento intelectual hasta la última nota de la música más excelsa que la naturaleza hubiera cifrado en él, de haberlo tocado con todo el virtuosismo posible. Ahora bien, en eso no hay medias tintas: o lo borda, o no vale nada.”

No quise despedirme sin haberlo dado todo una última vez. La próxima, cuando sepan de mí, será con grandes noticias.

A un año de haber iniciado este espacio, de compartirlo con ustedes, me despido con un abrazo y una sonrisa sincera.

Pintura: Kiko Rodriguez, “El abrazo. Melodía: Luminous, Max Ritcher

 

Mis días en Shanghai

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No puedo recordar si voy o vengo. Lo he pensado y me da igual, tal vez el regreso es sólo otra forma de partir. Y partir otra forma del regreso“.

Hawaii, Aura Estrada

Hacía años que no ponía un pie en la feria. Allá donde en cualquier otra hay luces de colores, juegos y payasos, en aquella era más o menos lo mismo: estantes iluminados con libros terribles, cojines para sentarse y leer bajo el refugio del aire acondicionado y autores que en sus historias no temen atacar al mundo pero que con gusto posan para una foto con todo y autógrafo. Ahí, perdido entre camino de árboles muertos ordenados en rectángulos de tres dimensiones, encontré una editorial que me hizo sucumbir como lo hace una vieja frente a una tienda de tejidos (o lo que sea que haga sucumbir a las viejas: nunca se sabe, conozco una que más bien buscaría algún prostíbulo para que le bailen).

     Hileras de apenas unos cuantos libros, con portadas de colores, acartonadas todas pero encubriendo algo, algo mucho más grande que ellas. Me puse a leer lo que decían en las contraportadas y, según entendí, todos eran los mejores libros del último siglo. Sin embargo, tres fueron los que alcanzaron a llamar suficiente mi atención (aunque por motivos caprichosos). Libros de cuento y relato de mujeres que escribían en habla hispana: una bella y curiosa joya a mi colección de gringos del siglo pasado y ancianas de cachondearía reprimida. Una señora se me acercó, diciendome que si gustaba una recomendación. “¿Qué has elegido?”, me preguntó. Yo le dije “estos tres” y le mostré un abanico multicolor: uno gris con un pájaro en la portada, otro naranja con un rostro deformado y un último con un circulo que asomaba el rostro de un oso. “Los primeros dos son muy buenos”, me dijo, ignorando al oso. Le pregunté qué opina de ese y me dijo “Es extraño, pero bueno. Acá te puedo recomendar otro.” Leí el que me recomendó (y no los que tomé), y me encantó. Pero algo me hizo decidirme por esos tres libros, incluso el que aquella señora negó con sumo cuidado. “Mis días en Shanghai”, de Aura Estrada, es ese libro “extraño”.

     Llegué a mi casa, luego de muchas vueltas viendo las atracciones para aficionados y turistas (ofertas casi siempre ficticias, presentaciones de autores anónimos cuyos libros se dejan en la primera página).  Devoré a prisa aquél otro libro, con el pájaro en la portada, soltándolo de vez en cuando con horror pero siguiendo hasta terminarlo con ansia. Me sentí tan trastocado que quise de inmediato empezar con el que seguía, que era el naranja, pero el oso acabó de llamarme más fuerte, o quizá es que simplemente me gustan más los osos que otras especies.

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Uno va y viene como las olas de una playa, de la que primero emergen sonrisas y luego en ella se sumergen eternas.

     Resultó que, al abrir el libro, me encontré con la conmovedora historia de un autora fallecida en su momento de despunte: con treinta años, cursando maestrías y doctorados en New York y siendo asistente de un premio nobel. Un currículum nada despreciable que fue consumido por una playa mexicana en una tarde. Como lo hace la muerte, siempre. Y yo, al comenzar a leer su interior, lo que ella había escrito, esperé la misma emoción y el mismo desasosiego del prólogo (escrito por su viudo). Sin embargo, me encontré con relatos curiosos (nada más), un aforismo sacado de un post-it pegado en el refrigerador (no encontré otra explicación la primera vez) y un par de ensayos que, si bien interesantes, no vi venir al caso en un libro de relatos.

     Lo dejé a un lado. Me dije “no, gracias”, y no dudé en des-recomendarlo a quien me preguntaba qué tal mi lectura con ese libro. “¿Qué tal los cuentos?”, “no, no son cuentos, es una mezcla rara”. Al final me decidí por retomarlo cuando mi ansiaMis días en Shanghai, Aura Estrada de completísimo fue más grande que mi deseo por una buena lectura. ¡Oh, sorpresa! Me llevé las manos a la cara mientras leía el resto de los relatos y descubría (ahí la sorpresa) que recordaba las imágenes que ella había puesto en mi cabeza. Imágenes más o menos duraderas a la luz del rechazo, del tiempo y de otras lecturas. Aquél libro, que el viudo de la autora esperaba nos acompañara al dormir, logró su cometido conmigo: ¡se me grabó como aquél oso, aquél maldito oso de ojos negros, y ya no podía sacármelo!

    Releí fragmentos, me apropié de algunos que siendo suyos los sentí como salidos de mis manos, aunque su voz es tan suya que ni cómo ponerla en mis labios. Aura Estrada, con aquél libro póstumo, con esos cuentos inconexos, aforismos, ensayos y un par de poemas y crónicas logró lo que no creí posible: ser una experiencia. ¡Cómo olvidar que me rehusé a dejar de leerlo mientras los demás, en una mañana en mi escuela, se movían a prisa por culpa de un sismo! Y yo haciéndolo hasta que me dijeron “tienes que bajar con el resto”. Tantos y tantos libros abiertos y cerrados sin sentir nada, ¡y viene esta muchacha a moverme las fibras sensibles sólo para decirme, ya desde el prólogo y en voz de su amor, que ya no diría nada más, que ya no escribiría otra vez!

Y por primera vez en mucho tiempo maldigo a la muerte por arrebatar del mundo a una persona cuyo futuro lucía prometedor. Preguntándome, al cerrar el libro y ver un retrato de Aura, con ella sonriendo, qué más nos pudo haber dado. Qué me pudo haber dado a mí. Qué emociones me privo la vida con su muerte, como con la de tantos autores.

Al final no m44estrada01e queda salvo admitir que, tras leerlo, siento una necesidad imperiosa. No vaya a ser que un día de estos, como cualquiera, muera y ya no pueda escribir. Y no por mí, sino por los otros. Los que, quizá desde hoy o quizá en un futuro, llevarán a la cama lo que hoy digo, como un sueño, y que olvidado o no, se quedará en sus pensamientos.

Gracias, Aura.

Bajo su piel

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Enero, 2016.)

Encontré la punta de un hilo mientras escarbaba silencioso entre los pliegues de su piel. Seguía dormida. Soplé despacio la hebra para que cayera de su cuerpo. Parecía una mancha diminuta, como una vena que se ha muerto. Soplar no bastó, parecía sujeta a su cuerpo desnudo. La jalé, tomándola con cuidado, y entre más la elevaba más larga se hizo. Nunca la vi, antes de esa mañana. No le pertenecía a ninguno de sus vestidos. Noté entonces, al seguir el camino que formaba la hebra, que estaba sujeta a su carne. La carne de su pierna estaba abierta, como una muñeca sin cerrar, inconclusa, dejando expuestos los músculos y las venas que llevaban, sin saber lo que ocurría allá afuera, hasta su corazón. Temí tanto que al despertar ella se viera de ese modo; que, habiendo perdido el control, terminara por perder la pierna entera. Así que lentamente y conteniendo mis fuerzas volví a pasar la punta por los orificios de su piel entreabierta. Con el primero sudé por el esfuerzo de no moverme, pues de apoyar demasiado mi mano la cama se habría hundido y ella hubiese despertado. Para el último, mis brazos se caían por el esfuerzo de mantenerse, precisos como los de un cirujano sobre su cuerpo durmiente. Cuando acabé me tiré al suelo para que ella no sintiera mi peso sobre la cama. Y ahí, sobre la alfombra, estaba un hilo. No pude evitar soltar una risa nerviosa. Mi esfuerzo no había tenido sentido. Fue lo primero que pensé, y después intenté cubrir mi boca con mis manos, silenciarme. El hilo cayó hasta mi cara, colgando desde un muñón que sobresalía desde mi camiseta. Era largo, tanto como el de su pierna. Y entonces lo noté. Mi brazo se había quedado sobre la cama, junto a ella.

Fotografía: Beata Banach

Inspirado por “Under her skin”, de Max Ritcher.

Tirar

Roger la esperaba hacía una hora. La vio acercarse por el camino que da a las tierras de Mr. Fietzgerald, un tipo de apellido sofisticado que mascaba chicle como vaca. Fitz, como Roger le decía, le pidió a Katherine que lo hicieran otra vez, alegando la agonía de no verla por dos noches que pasaría fuera en un hotel. Con una coleta y un moño, su cabello golpeaba su espalda a la par que el hombre al otro lado del camino y de la cerca giraba un revolver con sus dedos.

      Era él la clase de granjero que espanta a los borregos con el estruendo de sus disparos, montando a los caballos de un lado al otro del campo sin desenfundar, por cariño. Al ver a la joven esposa del hombre que le parecía un chiste, sentíase atraído por el peligro a la vez que apretujaba los dientes al pensar en todo lo que habría de desatarse: mientras Roger era apenas un tipo cualquiera con sus armas, Fitz podría convertirse en una horda de infames burócratas y barrigones con demandas lanzadas con escopeta en paquetes. A la luz del escenario, enseñarle a Katherine cómo disparar en el blanco era más bien una suerte de excelso sacrificio.

      La joven mujer, casi veinte años menor que su marido, lo alcanzó dando tumbos y estrellándose contra la cerca, que no pudo cruzar sino hasta que Roger le extendió su mano. Yo puedo sola, dijo ella, pero Roger no prestó atención porque aquél era un asunto nimio. Su capacidad de tiro, por otro lado, era vital en el entrenamiento. ¿Sería al fin capaz de dejar de contenerse al soltar las balas? El peso del revolver era apenas suficiente para hacerla retroceder al apretar el gatillo.

      Dispara, le dijo él cuando al fin estuvieron listos. Ella tenía un mechón de cabello suelto. Se lo restregaba en la comisura de la oreja una y otra vez, girándose apenas y fulminándolo de reojo. No me presiones, respondía pedante. En algún punto, diríase que ambos tenían similares virtudes: ambos con buenos reflejos, velocidad competente para detonar y disposición a tirar cuantas veces fuera necesario. ¿Qué esperas?, espetó él. Ella, con un rubor creciente en su piel pálida, pretendía ignorarlo mientras fallaba por apenas unos centímetros (a nada estaban las latas y botellas de volar en pedazos).

      Cuando ella tiró la penúltima botella, esperó por largo rato con las manos temblorosas. Roger, al verla, elevó tanto la voz que sus borregos pudieron escucharlo. ¿Eh? Tira, maldita sea, tírala. De un tiro. Hazla pedazos. Katherine no respondió, salvo con bramidos. ¡Hazlo de una buena vez! Katherine acertó en el último con la mano firme, soltando el revólver al suelo y encarándo a Roger. ¿Quién te crees para gritarme? Soy tu maestro, le dijo él. No eres nada. Sí, lo soy, apuntó él, tomando el arma. ¿Por qué seguimos practicando con botellas? Preguntó ella, dejándose caer. Hacen demasiado ruido al despedazarse. Quedan restos regados por todos lados. Los trozos de vidrio son difíciles de recoger. ¿Qué esperabas?, le preguntó Roger duramente. No seas estúpida, así son todas las cosas. No todas, dijo señalando hacia el madero con un gran agujero; ella lo hizo en su primera vez. Dispárale a maderos entonces. Hoy no, dijo Katherine. ¿Puedo quedarme en tu casa? Él se sorprendió, pero asintió con calma.

      Ella durmió en la cama y él en el sillón. Salió por la noche en pijama, la de él. Katherine le deseo buenas noches y luego se encerró, pero no durmió. Roger escuchó como los pensamientos de ella escapaban por las rendijas como susurros.

     Por la mañana tomó su vestido, se lo puso una vez más y se fue de ahí como si nada hubiera pasado. A Roger le extrañó que ella no dijera cuándo habrían de verse de nuevo. La vio partir, sorteando por sí sola la cerca y andando tranquila, con paso hundido. Cuando él fue a su cuarto la noche de ese día, encontró que el revólver no estaba.

    A los dos días ella tocó su puerta. Katherine había vuelto. Con una sonrisa le extendió su arma extraviada. La he llevado a casa entre las faldas. No se disculpó, tan sólo esperó a que él respondiera. Entonces Roger le sonrió. ¿Al fin le disparaste al madero? Y ella, con el cabello suelto y su rostro sin pintar, asintió en silencio.

Art: Michael Macrae 

(Celebrando el 11vo mes del blog)

Las puertas rojas

Les comparto un cuento de navidad que espero disfruten. 

Por: Luis Ernesto Molina

A Sofía no le gusta el viejo gordo. Era algo en su manera de contonearse, de entrar a las habitaciones, su rostro sonriente o tal vez la mirada que le dirigía…

Santa siempre estaba contento, tenía una lista de todas las niñas malas del mundo, se aprovechaba de ello, pero no le bastaba. Sofía llevaba diez años con el viejo, había visto a Karen y a Mariana. Cuando ella llegó al polo norte, Mariana era la mayor, la que pasaba las noches en la habitación roja, mientras Karen hacia lo imposible por fingir que Santa Claus no era real, que aquella puerta roja solo existía en la pesadillas y que al día siguiente verían a Mariana descansada y feliz, no como aquellos desayunos silenciosos cuando tenías que mirar fijamente al cereal para no comentar los golpes que empobrecían el bello rostro de la mujer.

Un día Mariana desapareció y llegó Helga. Al igual que todas las chicas que habían habitado la cabaña, la pequeña tenía ocho años, era huérfana y había aceptado a montar el trineo. Terrible error. En esa época Sofía tenía trece y Mariana tenía dieciocho. No hablaron mucho del asunto, pero aquella navidad las tres chicas estrenaron habitación.

Eso fue hace cinco años.

Ayer Mariana desapareció y llegó Cindy. No pueden evitar sentirse mal por la emoción de la niña, solo tiene ocho años y no sabe nada de la chica de veintitrés que durante los últimos 10 años habitó la cabaña. Las otras chicas no la mencionarán jamás. Helga ahora tiene trece y ha cedido su habitación a la recién llegada.

Sofía atraviesa las puertas rojas, a la habitación de Santa Claus. Trata de no pensar en Karen ni en Mariana. Si al menos se hubiera llevado algo con ella tendrá menos miedo, pero en realidad ella no posee nada, ni siquiera su propio cuerpo. Trata de no pensar en todas las chicas que han estado antes aquí. Ojalá no se escuché nada,  Helga se sigue asustando con los golpes y no sabe cómo va a reaccionar la nueva.

Las puertas rojas se cierran detrás de ella, la habitación tiene cientos de marcos navideños con las fotografías de otras chicas, sonrisas forzadas y miradas perdidas. Es la madrugada del 26, el viejo tiene una cámara y una fusta para renos.

El maldito inmortal es un infeliz. Cambia de “señora Claus” cada 5 años…

Fotografía: Brooke Shaden