Todo estará bien

Cuento publicado en Revista Contrasentido (Septiembre, 2016).
 

Fui yo quien puso los restos de su vida en un montón de cajas. Cafés, ásperas, llenas de polvo y de él, de mi amigo que había muerto. Cajas con su nombre. Él se lo puso a todas cuando se mudó la última vez. Yo lo conocí antes, cuando la distancia eran quince calles y no diez horas en autobús.

     Hacía ya mucho de mi última visita. Me costaba notar cierto nivel de detalle, pero la habitación no era tan distinta a la que tuvo antes. Como si en lugar de llevarse sus cosas hubiese escondido el cuarto de su infancia en una caja, porque el cuarto era justo eso, una caja enorme.

Aquella no había sido su habitación toda la vida, sin embargo podían verse juguetes y un oso de peluche dentro del ropero. Tenía la puerta entreabierta. Los ojos del oso se asomaban, mirando en dirección hacia el colchón. Lo vi al sentarme y no pude sino pensar que cada noche Joel dormía observando los ojos de ese oso. ¿Cómo se habría sentido? ¿Qué veía en esos ojos negrísimos?

     Luego de su muerte, no sé muy bien ya cuán después, fue su tía la que me pidió que les ayudara. Ellos, su tía y sus padres, me conocían porque Joel me llevó tantas veces como su invitado estrella. Incluso si no somos los mejores amigos, decía él, y luego añadía cualquier otra oración. Incluso si no somos los mejores amigos, te digo que hueles mal. Te digo que te falta una novia. Consíguete a alguien. ¿Te ayudo? ¿No sabes ligar? ¿Sabes masturbarte o también para eso me necesitas?  No tienes mucha competencia, decía. Yo jamás imaginé que ser amigo de Joel fuese una competencia, pero no importó nunca. Yo iba de todos modos aunque no ganara nada salvo verlo  despidiéndose desde el auto elevando su mano dificultad, cada vez mayor. Parecía sostener la una con la otra.  Decía cosas como “debo ir al hospital, nos vemos luego”.

    Él nunca me invitó a acompañarlo. Le decía adiós y me quedaba de pie, pensando en dónde pasaría la noche. Luego de un par de ocasiones, le dije a Joel que me dijera de algún hostal o donde pudiera quedarme a dormir. Le dije que el viaje era largo y no me apetecía volver de noche, aunque a veces lo hacía. Me mencionó a su tía y se disculpó por no recibirme.

     Así que fue ella quien, con calma, me pidió que recogiera las cosas. Me dijo que sus padres, sobre todo su papá, temían llorar al recoger los juguetes. Era un niño, dijo su tía, eso dice su padre. Su niño. Él no quiere llorar, ay estos hombres. Se hace el fuerte. Se le murió el hijo y está haciéndose el firme. No tiene caso, insistió, ¿tú qué dices? Tú, que eres hombre, me dijo. ¿Piensas que debería quedarse inmutable?

     Asumí que era un rasgo de familia. Joel, después de todo, nunca me dejó acompañarlo al hospital. Jamás le supe a él ni a su padre un solo dolor. Ni siquiera sabía que estaba enfermo. Jamás me habló de la enfermedad, tampoco. A veces nos veíamos con tal intensidad que queríamos simplemente estar juntos en silencio.

     Una vez mi madre me preguntó, también hace ya mucho, que a qué iba hasta la casa de Joel. Me dijo, ¿y tu amigo, quién es? ¿Por qué vas hasta allá? ¿No está muy lejos? Contesté como pude, cada vez, con la verdad. No sé, mamá. La verdad es que no sé.

     Pensaba en eso cuando llegué a la casa de Joel. Me abrió su tía. Lo primero que noté al entrar en su habitación fue su infancia regada en los estantes. Igual que el polvo. Su inocencia yacía ahí donde mirara como un árbol vuelto cenizas por el sol que dio paso al crepúsculo. Había en uno de los estantes un guerrero de pies y visor plata, con el resto en color púrpura. Tenía un águila impresa en el pecho. Estaba desgastada su cabeza, y los tornillos de los pies parecían mal puestos. Sus movimientos eran torpes, según recordé, y no importaba la fuerza que uno imprimiera en ellos. Era como si apenas pudiese moverse. Era un juguete desecho.

     Había algo más sobre los estantes. Una caja con un signo de interrogación. Nada en ella que yo pudiera escuchar al sujetarla, pero no podía ser algo serio. Una caja con un signo que la cubre, rodeada de cinta y hojas de colores, ¿qué más podía ser, sino un juego?

     La tía, desde la sala, me seguía hablando de su sobrino. Que si yo sabía que él era terminal, y yo le dije que no, que no sabía eso ni qué cosa era ser terminal. Ella se sorprendió, pero siguió hablando como si no me hubiese oído. Era terminal, repitió. Ay, sus padres. Están tan destrozados. Qué bueno que estás tú para ayudarlos. Ellos no querían mover nada, me dijo, pero ya pasó tiempo y debe mover lo que ha quedado.

     Ella tenía razón. Había pasado tanto tiempo que de Joel ya nada recordaba, salvo su silencio. A ratos también venía a mi mente su mano a la distancia, con el cuerpo oculto entre el metal. Pero lo cierto es que sólo su silencio permanecía vivo.

     Aun así, incluso sin poder recordar nada más, acudí tan pronto me llamó su tía. Me dijo que no sabía a quién más decirle. No se llevaba bien con otros parientes, y lo cierto es que nadie lo conocía mejor que yo. Sus padres opinan igual, dijo, tú eras su mejor amigo.

     Joel se habría molestado con eso. Yo no era su mejor amigo. Ni él el mío. Ciertamente jamás me dio un consejo, salvo que mezclar pólvora, aceite y estopa no era recomendable si no quería destrozos. O que no metiera salchichas al microondas.

Llené las cajas con sus notas de la escuela, sus juguetes, las fotografías en su pared (fotografías de gente que él no conocía, retratos callejeros, ojos que me miraban a lo largo y ancho de la habitación como si ellos estuviesen afuera, en otro lado, al otro lado del muro juzgando con severidad cada cosa que yo hacía con lo que dejó regado. Pero esos ojos no me miraban en lo absoluto, y de hacerlo no les habría importado lo que ahí ocurría. No había nada más allá. Ni detrás del muro, ni en ningún otro lugar).

     Dejé las cajas junto al sillón de tres cojines, en la sala. La tía me pidió que las llevara al fondo de la casa, al otro extremo. Allá es donde deben ir, vamos, yo te abro. Luego comenzó a hablar de la casa, de lo pequeña que siempre le pareció antes y de lo enorme que estaba en contraste. Mira, su cuarto ha quedado vacío, me dijo cuando pasamos junto a la habitación de Joel. Se quedó junto a la puerta y le dedicó apenas un segundo, como si eso (¿había sido un segundo?) le hubiese bastado para acostumbrarse a la ausencia de su sobrino.

      La seguí hasta el fondo de la casa. Estaba oscuro. ¿Tú sabes dónde está la luz?, me preguntó. Parecía desorientada. Caminé unos pasos como por instinto. No recordaba haber estado ahí.

     Palpé con mi mano el interruptor. Lo apreté con suavidad y de pronto la habitación se descubrió ante nosotros. Era un cuarto lleno de cajas. Cajas por todos lados. Cajas de toda clase,  llenas de vestigios de vidas pasadas.

     Mira esto, me dijo la tía de Joel. Apuntó con sus manos una fotografía sobre una pila de libros que estaba a la vista. Era un rostro observando como lo hacían los otros en el muro de fotografías. Yo seguía atareado, así que sólo asentí y comencé a buscar en dónde podía dejarlo, el peso, lo que cargaba. Fue difícil. El cuarto entero parecía haberse ocupado, salvo el espacio que ocupábamos con nuestra presencia. Déjala donde sea, me dijo secándose la piel bajo sus ojos y haciendo lo mismo con sus manos, en la parte trasera del pantalón. Luego cruzó sus brazos, salió del cuarto y repitió: Déjala donde sea. No importa.

      Eso era todo.

      Si la ponía sobre las cosas de sus padres, o sus abuelos… no importaba. Joel, como todos los que lo precedieron, terminaría como un montón de cosas olvidadas dentro de una habitación llena de cajas. Un cuarto sin espacio para nada más, salvo para lo que ya no tiene cabida en ningún lugar.

      De pronto ya no supe dónde dejar sus cosas. Sentí que era un asunto importantísimo, que merecía reflexionarlo con calma. Pero no tenía idea de qué hacer. Sujeté la caja, no sé por cuánto, hasta que comencé a pensar. Pensé en su mano derecha, alzada con ayuda de la otra, manteniéndola firme. En su expresión de complicidad y el secretismo con el que me decía que nos veríamos luego. Fui entonces hasta el fondo de la habitación, en donde estaba un montón altísimo que sobresalía del resto. Estiré mi cuerpo cuanto pude sobre las cajas y con la punta de los dedos empuje la suya, justo hacia el centro. Entonces me aparté despacio.

      Por un momento me pareció que aquel montón era un mausoleo.

      Al apagar la luz ya no pude ver ninguna caja. Me sentí absorbido por la nueva oscuridad de la habitación. No supe, en el fondo, si haber hecho lo que hice supuso alguna diferencia. Pero lo hice de todos modos. Por él. Por mí. Porque mis cosas también acabarán en una caja, pensé. Yo acabaría en una.

      Salí y cerré la puerta del cuarto. Volví hasta su habitación. Me senté en la cama. Su cama. El colchón estaba ya sin fundas, ni almohada ni sábanas. Estiré mis pies hasta recostarme completamente. Lo dejé caído, todo mi cuerpo, y con la mirada le eché a todo un último vistazo. No se me había ocurrido, no sino hasta entonces, que ya no volvería luego de eso.

     Incliné la cabeza para ver el ropero y el oso aún me observaba. Fue lo único que no metí dentro de las cajas. En sus ojos no había severidad sino contemplación, un brillo infantil que sólo tienen los peluches, y que también tenía Joel ciertos días.

     Recordé entonces que no supe qué decirle cuando me confesó haber pensado en el suicidio. No como algo que le causara curiosidad sino como un deseo. Suicidarse, eso quería.

      – ¿Tiene sentido esta vida? – me preguntó aquella vez. Estaba recargado en ese mismo ropero, desde donde el oso me vio tiempo después, cuando Joel ya no estaba.

     Pero entonces, cuando aún vivía, observó algo al mirarme. Tenía los ojos fijos en algún punto de mi interior, una parte inaccesible para mí.

     No supe qué decirle, en verdad. ¿Qué podía hacer? ¿Mentir? ¿Haber dicho algo como “Sí, amigo, la vida tiene sentido”? Quizá, pero yo no lo creía. Me puso en una situación difícil, porque yo vivía sin creer algo como eso. ¿A quién se le había ocurrido engañarnos para que no nos diéramos un tiro desde que terminó nuestra inocencia?

     No creía que tuviese caso decirle que no desechara todo cuanto tenía, tampoco.

     – Tuve una epifanía –me dijo. Se sobaba las muñecas y tenía los hombros muy tensos. Los subía y los bajaba, y su pecho me dio la impresión de ser una caja también -. Mañana no estaré vivo, Robert. Mañana a esta misma hora estaré en otro lugar. Un lugar sin fronteras. ¿Lo imaginas? La ausencia de límites; no más aristas, rigidez o fronteras. No será un lugar como éste. Claro que no como éste.

     Lo cierto es en que el fondo yo estaba convencido de que todas las cajas eran iguales. Todo el mundo debería haberlo notado entonces, y mucho tiempo atrás. No sólo me lo parecía. Así era. El pecho de cada persona, de todas las que han vivido, siempre será una caja, una caja como cualquiera, y algunos olvidaron ahí su corazón.

       – Será como ningún lugar que hayamos visto – me sonrió.

    Nada cambiaría, en realidad. Ese pensamiento cruzó mi mente. Tenía sentido. Tan sólo se iría, luego de esa tarde, como lo había hecho tantas otras veces. Tan sólo se irá más lejos. Luego un arrebato se apoderó de mí, como el que sentiría después al subir su caja hasta la cima. Pensé, ¿y si le digo que quisiera acompañarlo?, ¿y si le digo que estaré a su lado ahí donde ya no había fin? Pensé en esas cosas como si tuviera la certeza de que todo sería mejor si lo acompañaba hasta ese lugar, en silencio. Pero luego dijo:

       – Iré allá. Solo.

     Como antes, asentí. Asentí aunque quizá el no pudo verlo porque mi rostro apuntaba a su techo. Me causó admiración cómo el cemento, los ladrillos, la pintura, la bombilla que permanecía siempre quieta, el techo en sí, estaba suspendido en el aire justo donde había estado unido a las otras paredes de la casa. Sin el menor atisbo de pesadez, noté que el techo flotaba sobre nosotros, separándonos del cielo.

     Luego dijo algo más. No lo vi mirarme, pero sé que lo hizo.

     – Estará bien. Te lo juro. Todo estará bien.

     Y así sería, después. Todo estaría bien.

 

 

Perder la cabeza

Estremece que lo peor de todo es que el hombre me haya resultado atractivo. Dudo de su monstruosidad, de quien sólo sé que tenía ojos de cielo.

     Mientras estudiaba, los profesores nos enviaron a mis conocidas y a mí a una conferencia sobre abuso sexual; dijeron que las personas se espantan ante el grito de una mujer que clama ayuda. Que, en su lugar, debiésemos decir algo como “fuego” y todos se acercarían. Nos dijo “no por ayudar, en realidad”, y aunque no completó la frase, supe que lo que hizo falta añadir.

     Desde entonces, la imagen de montones de mujeres como cenizas me acosaba en todos lados. Las vi entremezclarse con el polen en primavera y con el viento de las heladas; incluso con la bruma de los ladrillos de esas construcciones en abandono, cuyas vigas y cimientos me obligan a mirar bajo mis pies.

     Un amigo de mi padre, psiquiatra, dijo que aquello era un indicio temprano de esquizofrenia. No quería que lo escuchara, pero lo hice. ¿Cómo podía ser yo la loca? Decían que perdí la cabeza. ¿Cómo es que nadie veía a las mujeres muertas?

      Descubrí un hedor proveniente de los lotes cercanos a mi casa, y de la escuela, donde cabezas pelirrojas, rubias y morenas abundaban entre la maleza. Parecían arbustos multicolores cubiertos por hollín. Habían sido dejadas ahí, como muñecas rotas.

      Me acerqué para observar, metiéndome entre los montones de plástico y comida rancia. Mis amigas dijeron que estaba loca. Dijeron “vuelve”, sin atreverse a entrar.

      Noté que los cortes habían sido profundos, pero ninguno había sido por si solo mortífero. Impactaron en sus cuellos algo con filo más de una vez hasta partirlas, cualesquiera que haya sido su instrumento. Ellas debieron sentir cómo su cabeza caía a un lado, frente a quienes vieron apenas como una sombra; como en un sueño.

      Me quedé en el basurero por horas, sentada acompañando a esas mujeres, hasta que mis padres, preocupados, volvieron junto a la policía para llevarme a la fuerza a una evaluación psiquiátrica.

      Eso parece que le pasó a otra mujer, a otra vida. No a mí. Eso fue lo que le dije al psiquiatra. No le dije que el entumecimiento se propagó; ni que una vez, mientras me llevaban de un ala a otra, sentí que era yo quien me esparcía.

      Desde entonces me asumí descompuesta, y recorrí las calles a paso lento, con la mirada ajena. Dejé de percibir el polvo como una corriente aislada. Me di cuenta de la muerte, rondando, con ojos alzados y oídos cubiertos por plástico; ojos ocultos bajo lentillas oscuras, cabellos aplastados por capuchas.

      Me pregunté si toda esa música y ese aislamiento les bastaban a ellos para ignorar la tortura.

      Ya no pude pensar más en eso. Me daba nauseas. Dejé de notar los colores con los que la gente vestía. Todo se volvió gris, como el polvo de antes. Gris, al principio, y luego amarillento. Como si el mundo estuviese enfermo.

Una vieja conocida me visitó en ese punto. Decía que de seguir así no quedaría más remedio que volver a solicitar ayuda de una institución mental. La convencí de que estaba bien. No fue difícil. Me maquillé para ella.

      Incluso creyendo la mentira, me dijo que debía salir; acompañarla a alguno de esos lugares de los que me olvidé. Luego de aceptar, me vestí como esperé que a ella le gustara.

      Llegué al lugar acordado.

     Un hombre atractivo, y sé que era atractivo porque una parte de mí se sintió atraída hacia él, me sonrío a unos pasos, cerca del bar donde me vería con mi vieja conocida. Su mirada me recordó al cielo de día, ahí en medio de la noche.

      Me invitó a acercarme, y lo hice.

      Él me sonrió. Dijo algo que no fui capaz de comprender, pero su voz era de tal gravedad que incluso su falta de sentido me pareció un llamado profético. Avancé, y la oscuridad fue cubriendo mis pasos.

      Al principio intentó seducirme. Le dije que no. Él se apartó. Me fui. Busqué a mi amiga dentro del bar, pero no estaba.

     Salí otra vez y el cielo en los ojos de aquel hombre había descubierto su velo. El cielo no era sino muerte por todos lados. Lo supe, pero imaginé que podría cruzar la calle sin que su voz me encantara otra vez.

     Me susurró al pasar a su lado, y al no verlo, me tomó por los hombros y me obligó a fijarme en su mirada.

      -¿Estás sorda? –me preguntó.

      Negué, acaso creyendo que él me vería mientras agitaba la cabeza.

      -Escucha, estúpida –dijo, pero ya no agregó más.

      Se calló de repente y me soltó. Pareció arrepentido. Se sacudió la ropa y se apartó por el callejón. Lo vi desvanecerse como una sombra. Me giré.

      Entonces sentí la sacudida.

     Sentí mi cabello siendo jalado; el ardor de la raíz arrancándose. Caí con la cabeza directo al suelo. Alcancé a cubrirme un poco con las manos. Las uñas se me rompieron. También me vi desaparecer entre las sombras. Su voz, ya indistinguible con el eco de la música del bar, escapando por las rendijas de la puerta y las ventas abiertas, me recordó que estaba sola.

     No supe en qué momento se quitó el pantalón, o si lo hizo. Tan sólo intenté ver una vez más sus ojos brillantes. No supe tampoco para qué, pero creí que hacerlo podría ayudarme.

      Me dejó tirada luego de terminar. Creí que me patearía. Los cuerpos. Los cuerpos no están por ningún lado, pensé. Seguramente es porque los magullan hasta volverlos indeseables, como carne en el mercado. Pero no me tocó después de separarse de mí. Un dejo de respeto, creí; o de inutilidad. Ni yo podía verme. ¿Cómo podía esperar que él me notara ahí, rendida, con los ojos fundidos en la noche de una fiesta interminable?

      Me quedé tirada hasta que la luz comenzó a reflejarse en las esquinas de los botes de basura. La gente había pasado toda la noche. Escuché sus pasos alcoholizados. Temblaban algunos, otros simplemente desaparecían a medio camino. El parloteo era, casi todo, sobre los planes para el fin próximo. No supe qué haría en ese preciso momento.

      No sentía los pies. El ardor de la noche se había acallado. ¿Y si ya no podía levantar las piernas? No lo hice, por si acaso. No me moví.

      Escuché el grito cuando la luz me caló tanto los ojos que no me bastó con cerrarlos. Apreté el entrecejo, porque mis manos estaban tendidas también.

      Alguien gritó con fuerza. Esa voz me fue desconocida. Después mi cuerpo se levantó del suelo sin que yo me pusiera en pie y la luz se hizo más intensa. Quizá el psiquiatra tenía razón, o quizá la tenía yo. Luego vino el estruendo de la voz de mis padres. Lloraban. Sentí sus manos acariciando mi rostro desde algún sitio lejano. Se volvieron sombras sobre mí, ocultando una luz infinita. Me decían:

     – Quédate.

     Me hubiese gustado decirles que no estaba segura de soportarlo.

Fotografía: Hüseyin yilmaz