El testigo

De: Jesús “Chukes” Rivers

Algunos invitados charlaban, ignorando la música de fondo; otros comenzaron a acomodarse en sus respectivos asientos.

¡Clap, clap, clap!; se escuchó el sonido metálico contra un objeto de cristal. El festejado inició su discurso:

-Buenas noches, damas y caballeros. Quisiera poder decir que tenerlos a todos aquí reunidos esta noche me hace feliz. Lamentablemente, no es cierto. No se alarmen. Resulta que, cuando me dijeron que no olvidaría el día de mi boda, nunca imaginé algo así.

Se hizo el silencio y los invitados se miraron, intrigados.

– Entiendo que para uno de ustedes la novia es como su hermana, y que se preocupe por su futuro; sin embargo considero muy inmaduro de su parte el que, gracias a su negativa de estar presente en el mismo lugar que yo, se me haya obligado a firmar el documento sólo en presencia de mi testigo. El colmo hubiera sido que se me negara el acceso a la fiesta. Pero aquí estoy. Como puede ver.

La copa tambaleó en su mano.

-Entiendo que se te ocurrió la grandiosa idea de amenazarme, por lo cual me gustaría decir que arrojar piedras no te libra de todo pecado.

Hizo una pausa y se manifestó el silencio.

-Quisiera poder decir más –continuó-, pero no quiero arruinar la celebración. ¡Salud! –finalizó el discurso y se retiró de la fiesta y de sus vidas, dejando el acta de matrimonio, con dos firmas iguales, sobre la mesa.

Fotografía: Stefan Lengsfeld

Las puertas rojas

Les comparto un cuento de navidad que espero disfruten. 

Por: Luis Ernesto Molina

A Sofía no le gusta el viejo gordo. Era algo en su manera de contonearse, de entrar a las habitaciones, su rostro sonriente o tal vez la mirada que le dirigía…

Santa siempre estaba contento, tenía una lista de todas las niñas malas del mundo, se aprovechaba de ello, pero no le bastaba. Sofía llevaba diez años con el viejo, había visto a Karen y a Mariana. Cuando ella llegó al polo norte, Mariana era la mayor, la que pasaba las noches en la habitación roja, mientras Karen hacia lo imposible por fingir que Santa Claus no era real, que aquella puerta roja solo existía en la pesadillas y que al día siguiente verían a Mariana descansada y feliz, no como aquellos desayunos silenciosos cuando tenías que mirar fijamente al cereal para no comentar los golpes que empobrecían el bello rostro de la mujer.

Un día Mariana desapareció y llegó Helga. Al igual que todas las chicas que habían habitado la cabaña, la pequeña tenía ocho años, era huérfana y había aceptado a montar el trineo. Terrible error. En esa época Sofía tenía trece y Mariana tenía dieciocho. No hablaron mucho del asunto, pero aquella navidad las tres chicas estrenaron habitación.

Eso fue hace cinco años.

Ayer Mariana desapareció y llegó Cindy. No pueden evitar sentirse mal por la emoción de la niña, solo tiene ocho años y no sabe nada de la chica de veintitrés que durante los últimos 10 años habitó la cabaña. Las otras chicas no la mencionarán jamás. Helga ahora tiene trece y ha cedido su habitación a la recién llegada.

Sofía atraviesa las puertas rojas, a la habitación de Santa Claus. Trata de no pensar en Karen ni en Mariana. Si al menos se hubiera llevado algo con ella tendrá menos miedo, pero en realidad ella no posee nada, ni siquiera su propio cuerpo. Trata de no pensar en todas las chicas que han estado antes aquí. Ojalá no se escuché nada,  Helga se sigue asustando con los golpes y no sabe cómo va a reaccionar la nueva.

Las puertas rojas se cierran detrás de ella, la habitación tiene cientos de marcos navideños con las fotografías de otras chicas, sonrisas forzadas y miradas perdidas. Es la madrugada del 26, el viejo tiene una cámara y una fusta para renos.

El maldito inmortal es un infeliz. Cambia de “señora Claus” cada 5 años…

Fotografía: Brooke Shaden

Angelos’s Universe

        Autora: Henar de Andrés 

     Como cada mañana, hacía una ronda por los blogs que seguía: un poco de música, un poco de cultura, nuevas historias, poesía, filosofía, humor… lo de siempre, excepto por aquel nuevo seguidor. Entré a ver que era aquello a lo que dedicaba su tiempo, pero solo había un post, con un mensaje en letras bien grandes que decía:

       “Por lo que más quieras, no des al botón“.

      El botón rojo con neones gritaba otra cosa. En realidad no decía nada. Es un botón y los botones no hablan, menos aún si son una imagen (pero yo lo escuchaba en mi mente con una vocecilla chillona).

      – Púlsame. Púlsame. Te gustará. Como mucho será un virus o intentarán darte un susto. Hazlo. Sabes que quieres hacerlo. Sólo a un leve movimiento de muñeca.

       No me pude resistir.

     Así, de repente y sin previo aviso me encontraba en… ¿Dónde estaba? ¿En la nada, en el vacío? Flotaba entre la niebla y lo peor de todo, no estaba solo. A lo lejos se podía divisar una silueta que poco a poco se acercó ondulante.

      – Bienvenida –me dijo aquel chico de pelo negro y ojos claros que se parecía a mí. No aparentaba ser peligroso, quizá un poco desesperado. A saber cuánto llevaba aquí. Era razonable su sonrisa desquiciada.

       – ¿Dónde estamos?

       – Él lo llama Angelos’s Universe.

      – ¿Quién es Él? – tuve que preguntar, pero solo me respondió encogiéndose de hombros–. ¿Y cómo hemos llegado hasta aquí?

       Por un momento me imaginé a la pantalla del ordenador absorbiéndome (digno de ver como se me atascaba el culo). O mejor: al puro estilo Star Trek con el rayo tele transportador.

        – ¿Quieres ver algo?

       Puesto que no le iba a sacar ninguna respuesta útil, decidí seguirlo en esa extraña gravedad cero. ¿No dicen que una imagen vale más que mil palabras?

     Al salir de la niebla vi lo que no se podría describir con mil palabras, ni con diez mil. Sobrevolábamos una ciudad de fantasía. Todo tipo de personajes parecían inmersos en sus tramas, conectados y a la vez no.

      – Lo he hecho yo – me dijo como si fuera un niño orgulloso de su trabajo–. Y ahora lo seguirás haciendo tú.

      En su mano apareció una pistola y ¡pum!

Pintura: Vesod 

Vino tinto

Que se mueran todos
               – menos tú –
que se acaben las drogas
y se acabe el alcohol
               – pero que no te acabes tú -.
Soy como la muerte
y sólo quiero robarte el aliento
pienso en besarte y besarte más
besos con sabor a vino.
Besos de color rojo
besos con mordidas
besos con sangre
besos con sabor a vino.
Que se vayan todos
                 menos tú
que esta noche seas eterna
que esta noche te conviertas estrella
y que no seas fugaz.
Soy como la muerte
y quiero amarte
amarte para siempre
como lo hace la muerte

De aquí a la luna

Autora: Sofía Guardiola 

     Fuera de la habitación se oían gritos agudos y persistentes, típicos de adolescentes empeñados en llenar su vacío interior con litros y litros del alcohol.

     En el interior de la habitación en penumbra solo estábamos él, yo y el fino colchón tirado en el suelo en el que estaba él tumbado, sintiendo como toda la habitación daba vueltas a su alrededor. Yo permanecía sentada a su lado, mirándole con una mezcla de preocupación y ternura, notando como el olor a alcohol flotaba en el ambiente y se adhería a nuestra piel.

     Lo cierto es que me podría haber quedado fuera, riendo y cantando como si no hubiese un mañana, pero preferí permanecer allí, dejando que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad mientras yo seguía a la orilla del colchón, porque supuse que eso es lo que hacen las buenas amigas. Las mejores.

     – Por dios, Miguel, duérmete – supliqué, por enésima vez.

     Él por enésima vez repitió que no quería, y luego añadió de nuevo que no me quedara con él, que era su culpa estar tan borracho y que no se lo merecía. Aquello comenzaba a parecer el estribillo de una de esas horribles canciones del verano, pero aun así yo suspiré hondo y volví a enfrentarme a aquella conversación (comenzando ya a sabérmela de memoria):

      – Estarás mejor si duermes, borracho.

     – ¿Quieres que duerma? – contestó, cambiando el patrón establecido.

     – Sí.

     – Pues cuéntame un cuento.

     Yo le sonreí mientras la luz anaranjada de una farola que se colaba por la ventana nos bañaba a ambos, y, como si se tratara de un niño pequeño, le conté el cuento del mejor amigo idiota y borracho y de la mejor amiga insistente (por no decir pesada) que le contaba cuentos para conseguir que se durmiera, aunque eso ya no sea lo que se supone y se espera de cualquier mejor amiga.

    – ¿Sabes qué? – dijo él cuando acabé el cuento, haciéndome creer (seguramente de manera acertada) que no me había escuchado ni una palabra.

    – Dime

    – Te quiero.

    – ¿Cuánto? – pregunté, divertida, porque era raro escuchar aquellas dos palabras saliendo de su boca cuando el alcohol no corría por sus venas, y porque quería dilatar el momento al máximo: alargarlo como se hace con esos cinco minutos más que te permites cada mañana antes de salir de la cama.

    – De aquí a la luna.

     Yo reí como única respuesta, porque aquello comenzaba a parecerse a un mal guión de una de esas comedias románticas que ambos tanto odiábamos.

      – ¿Te parece poco? – preguntó él, tras unos segundos en silencio, con ese aire de estar perdido en otra dimensión, tan característico de la ebriedad.

    – Sí – contesté, porque siempre he tenido un talento oculto (además de una gran afición) para exasperar a los borrachos.

     – Pues eres una hija de puta.

     – Y tú eres un borracho.

     Después de aquello ambos reímos, ya que era lo que hacíamos siempre que no encontrábamos manera mejor para continuar una conversación.

 ◊

    Ya ha pasado más de un año de aquel lejano verano en el que la historia del mejor amigo idiota y borracho y la mejor amiga insistente (por no decir pesada) se convirtió en un cuento para ir a dormir que nunca cumplió su cometido.

     Las cosas han cambiado mucho (y han sido de esos cambios tan horribles y rápidos que nos dan ganas de taparnos los ojos ante ellos, como ocurre con las peores escenas de las películas de terror), y creo que la mejor amiga destronada y olvidada que supongo que soy ahora no recuerda una vez en la que haya oído un “te quiero” más sincero de ese mejor amigo (al que ahora podría llamar “desconocido con más de media vida en común”) que el de aquella lejana noche en la que ella no se emborrachó y él no se durmió.

Fotografía:  ASHLEY MACHOST 

Todo lo hicimos bien

Autora: Anezma      

     “Vivamos juntos, para conocernos más”, propusiste una vez hace ya muchos años mirándome como si fuera la idea más loca que se te hubiera ocurrido. “¡Vivamos juntos!”. Y así empezó nuestra aventura que se suponía nunca iba a terminar. Se suponía que vivir juntos era solo el primer paso: que después nos casaríamos, los hijos, la familia, los perros; se suponía que si íbamos a vivir juntos sería porque te ibas a quedar… Nos íbamos a quedar.

     Tomas tu taza de café – que ha sido tuya todo este tiempo -, y quieres hacerme creer que somos el caso de tus trágicos cuentos. Pero no es así, yo nunca lo quise así, nunca quise vivir contigo solo por vivir contigo. Jamás pensé en gastar mi tiempo en conocerte sólo por conocerte y ya. Yo quería alguien que me sirviera, que me ayudara, que aportara algo a mi vida, alguien que se quedara. Y quería que ese alguien fueras tú.

     Ahora suspiras prendiendo tu cigarrillo y miras por la ventana, cómo si tu cuerpo se mintiera y creyera que yo no te estoy mirando. Pero siempre te voy mirar, tonto. Siempre me vas a importar. Aunque tu taza se vaya con tus disculpas, y mi cuerpo se bañe en las promesas rotas. No hice nada malo, no hiciste nada malo. Nosotros todo lo hicimos bien. Quizás el tiempo fue incorrecto, el departamento no fue el idóneo, quizás fue el perro que no debimos adoptar, o las fiestas hasta el amanecer donde los únicos invitados eran tu cuerpo y el mío.

     “Lo siento”, le dices a la ventana que te vio en todas tus mañanas y en las mías también. No lo sientas, Rodrigo, me harás pensar que todos estos años fueron un error, un mal cálculo. No lo sientas, no te disculpes. Ni por la mancha de salsa en la alfombra, o la cama desordenada, nada de eso merece disculpa. Fue todo perfecto contigo, Rodrigo. Así lo siento. ¿No lo sientes tú también?

     “Será mejor que me vaya”, y ahora por fin me miras y yo estoy llorando. “No llores, bonita, no llores”, y me abrazas, pero no sabes por qué me caen las lágrimas; me abrazas creyendo que con eso se me va a pasar, pero tú de todas formas cruzarás la puerta y yo me quedaré abrigada sola con mis recuerdos y lo que alcancen a copiar las paredes de tu perfume.

     “Adiós, linda. Jamás te olvidaré”, y tus palabras se quedan en mi pecho. Lavas la taza sólo con agua – jamás con detergente -, dejas tus llaves en la mesa de siempre, me miras como sintiendo pena por mis lágrimas: cómo si fuera malo estar llorándote, cómo si tu no fueras lo suficientemente valioso para ser llorado, y sin embargo yo te lloro como si no hubiera un mañana.

     No soy capaz de devolverte el adiós, realmente no quiero que te vayas. Pero tus pasos bajando la escalera del pasillo los sintieron hasta los vecinos. Y creo haber escuchado tu voz despidiéndose del conserje y el ruido del portón al cerrarse. Decido ver como desapareces de mi vida por la que ahora es sólo mi ventana. No sacas tus cosas, tu ropa sigue en el closet, te vas con el dinero justo para el pasaje. Quién sabe dónde te quedarás. Quién sabe en qué estarás pensando. Yo nunca lo supe.

     Ojala me recuerdes no con estas lágrimas de despedida, no con la voz entrecortada. Ojala me recuerdes tal cómo me conociste. Ese día en la casa de un amigo, con el pelo largo y aburrido, pidiéndote disculpas por afirmarme de tu brazo para no caer – es que estoy acostumbrada-. “Un día puede que no tengas de quien afirmarte”, me dijiste esa vez, y yo recuerdo que respondí que por ese momento estabas tú. Pero ahora ya no estás, y debo aprender a afirmarme sola.

Fotografía: Mariela Barriga

Franklin, Riazor y las paletas de Sandía

Autor: Anatolli Petrov

     Nos subimos al taxi cerca de las diez. Yo le doy indicaciones vagas: “dé vuelta aquí, dé vuelta allá, tome ese retorno, métase en la cochera de ese local.” Nunca le digo que vamos al motel Riazor, ¿para qué?

     “¿Qué tal si nos encontramos con alguno de mis tíos en el motel?” Le pregunto días atrás. Ella me dice que no sea tonta. “Tus tíos no van a ir tan lejos solamente para coger.” Pero ella qué sabe de las predilecciones geográficas de mis tíos cuando se trata de hacer el amor. Podrían quererlo hacer aquí, justo aquí, porque les gusta el nombre del motel.

     A mí me gustó, por ejemplo. Riazor es una playa en España, según sé. ¿Quién no querría coger en el turquesa del Mediterráneo?

     Yo no, la verdad es que a mí el sexo no me va bien y no sé por qué accedí a todo este follón.

     Por el viaje, sí, ya sé. No fui a San Luis con ella y prometí compensarla, pero, ¿qué quería que hiciera? Papá, mamá, salgo con una chica. Quiere que vayamos a San Luis de luna de miel, tienen que darme permiso. Encima lo tienes que pagar, pá. Tienes que pagar mi boleto para el viaje so we can fuck all day all night, mientras pretendemos estar en un Congreso de Extracción de Minerales. Extracción de Minerales un coño. Un coño, sí. El de ella.

     Así que no fui y ahora me lo hace pagar con los trescientos cincuenta pesos que me va a costar este motel. Una suerte que sea tan barato, ¿no? Muy misteriosa la onda ésta de los moteles. Nada de mis tíos andando por los pasillos del local y preguntándonos “¿qué haces tú por aquí?”, No. Sólo una mucama que sale a recibirnos apenas salimos del taxi.

     No hace preguntas, una sonrisita sarnosa es lo único que tiene en la cara. Cualquiera pensaría que es un cyborg. Un cyborg de motel. Nos dice que subamos al elevador y arriba nos vuelve a abordar –no sé cómo hizo para subir más rápido que nosotras, pero nos aborda otra vez. “Son trescientos cincuenta”, dice y yo pago. ¿Qué raro, no?

     Yo pago y eso que yo soy la del pantalón ajustado y el maquillaje y el cabello larguísimo sobre la blusita de tirantes. Ella, en cambio, es casi un chico, pero de chico nada. Soy yo la que tiene que hacerse cargo de todo.

     Ni siquiera pudo llegar temprano hoy, justo hoy. Le pedí que nos hiciera un playlist, un playlist mágico para hacer el amor. “¿Hiciste el playlist?” Le pregunto mientras inspeccionamos la habitación.

     Pues no: no hizo el playlist, pero igual saca su celular y pone una compilación de éxitos de música de videojuegos de los noventas. Ella es así.

     Tiempo después pienso que quizás todo fracasó por eso, que quizás nos hundimos en el estropicio y en los vidrios rotos y los mensajes de whatsapp sin contestar gracias a que la chica amenizó nuestra primera vez con la banda sonora de Chrono Cross y de Zelda Ocarina of Time.

     – ¿Música de videojuego? Sí que eres rara.

    – Así te encanto – me dice y la empiezo a desvestir y es toda piel de arcilla y barro lento y mientras comienzo a estar dentro de ella y ella dentro de mí voy pensando en todo. Voy pensando en la primera vez, en la biblioteca, con sus lentes de pasta y su libro de Cálculo Aplicado.

     Son otros tiempos, ella me aborda y entre otras cosas pregunta si soy hija única. “Tengo un radar para los hijos únicos.” Y yo me pregunto si tendrá también un radar para la gente sola, para la gente que sabe que nunca ha sido de aquí ni de ninguna parte, pero hoy vas a ser de aquí. Hoy vas a ser mía, de mi país, de mi lenguaje. Me pregunto si tendrá un radar para hallar a su presa y si será precisa, certera y cuántas más habrá como yo.

     “Ninguna.” Me dice siempre. Y recuerdo entonces otra tarde en su casa, ella en un short cortísimo de pijama, con las piernas tersas y exquisitas y yo en su sillón; recuerdo que no es la primera vez que lo intentamos. Recuerdo el primer beso que le robé en casa de Adriana, observadas por su gato y rogando que Adriana se tardara mucho en preparar las palomitas de maíz.

     Luego vimos Nausicaa, una película de Miyazaki y yo me dormí en su vientre. Recuerdo el día después, “tú sólo juegas conmigo”, me dijo, porque se perdió camino a casa. Se perdió en una absurda réplica de una pirámide que está cerca de la casa de Adriana, en esas calles que tienen nombres de héroes prehispánicos. Cuauhtémoc y Tezozomoc y demás. “Era de noche y no me llevaste contigo. Pudiste llevarme a casa”, pero, ¿qué quería que hiciera? Estaba mi padre en el auto. Mi padre vino por mí y mi padre no puede verla. “Es que siempre se trata de tus padres.” Sí, siempre se trata de mis padres. Pero siempre se trata también de Elena.

     Recuerdo cuando viajó con Elena por toda América Central y las fotos que subían de comidas extravagantes y de pueblitos arenosos y playas paupérrimas. Entonces me decía que quería ser solamente mi amiga. “No puedo arruinar lo mío con Elena”, le daba por decirme. “Elena es mi pareja. Tú solamente eres tú.” Y entonces se me partían los huesos y tiempo después me recuerdo pidiéndole que me clavara las uñas y me azotara porque así hubiera sido más fácil. A veces le clavaba las uñas yo también porque la sangre, cualquier cantidad de sangre habría sido más fácil que todo eso, que todo el odio que recuerdo que le tuve cuando estuvimos en la barranca de Huentitán y en aquella alberca en la que ella estaba conmigo, pero en silencio pensaba en la otra chica que era más gorda y más triste que yo, pero aun así la quería más. “Nunca vas a quererme como la quieres a ella.”

     Cualquier cosa, cualquier agua clorada hubiera sido más fácil de tragar.

     Quizás por eso no puedo tener orgasmos. “Piensas mucho”, me digo.

     Y entonces abortamos la misión, por algún motivo ella tampoco está excitada.

    Suele ser más fácil allá, con los cuerpos enlatados adentro de uno de los baños de la escuela. Quizás nos excita el riesgo de que nos atrapen, quizás me excita la sangre y esto es demasiado bello. No lo sé.

     Seguimos desnudas. Ella es una pieza de porcelana oscura adornando la delicadeza sórdida de la recámara, de Riazor, de una playa en España. Una playa en la que nunca voy a estar y mucho menos voy a estar ahí con ella.

    Entonces se pone tierna. Saca un libro de Oscar Wilde y empieza a leerme El príncipe feliz porque yo devoro libros y ella ha leído dos o tres en toda su vida. Ése, el de Oscar Wilde y otro más triste. Me lee mientras me acurruco entre su vientre. Oscar Wilde o ella –porque justo ahora son la misma persona- hablan de un junco y yo la detengo en seco.

     – ¡Cállate! ¡No sabes ni siquiera lo que es un junco!

     Entonces nos reímos. Le inventamos significados nuevos a la palabra junco. Nos estamos besando, estamos bien otra vez, pero la noche ha muerto. ¿Qué digo? El día, el día ha muerto. Todavía tenemos que volver a clases, esto ha sido sólo una escapada, una respiración que desafía a la muerte porque así es todo con ella: un instante, un regalo breve e interrumpido.

     En la mesita del motel Riazor hay unas paletas de sandía. No me gustan las paletas de sandía, pero tomo una y me la quedo. Me la quedo porque sí, y la guardo en mi bolsa, porque ahora siempre que veo paletas de sandía me acuerdo de ella y de ese mediodía estrepitoso en las playas de Riazor, en España o en un cuartito de motel que por un rato fingió ser España. Porque sí.

     Años después estoy en otro motel y encuentro también paletas de sandía. Esta vez es el Villas Franklin, en México Distrito Federal. Yo vengo aterrizando de un vuelo largo y después de pasar todo el día entre librerías, museos, comida deliciosa en la Condesa y en Reforma, Julio y yo llegamos ahí. Llegamos no sólo a pie, sino corriendo, corriendo como si nos persiguiera el ansia de todos los meses en los que mi cabeza no se ha recostado contra su pecho de mármol liso y oscuro y no nos hemos devorado juntos, el uno al otro.

     Entramos, pero como no hay mucamas cyborg, no sabemos si es hotel o es motel.

     – Es un motel. Tiene paletitas de sandía en la mesa- le digo a Julio.

     – ¿Y tú cómo sabes eso?

    Yo me encojo de hombros. Nada. “¿Con quién estuviste en un motel antes?” “Con nadie. Con mi ex.” A Julio no le gusta que hable de ella. No le gusta pensar que antes de él, fue una chica quien me poseyó. Y, como no hablamos de eso, no sabe que nunca me poseyó realmente, no sabe que nunca lo pudimos consumar y no sabe que, en realidad, él es el primero.

     Secretamente me pregunto si Julio está a punto de poner una compilación de éxitos musicales de videojuegos. Cuando estamos en su casa pone a Bob Dylan y a los Doors. Pero hoy quién sabe, hoy estamos en el motel Franklin que bien podría ser una versión capitalina del Riazor.

     Julio me carga y me sienta encima del tocador. Me mira el torso desnudo con sus ojos torvos de indio huasteco. Son los ojos de su abuelo el indio huasteco, seguramente, el que se llamaba Julio porque lo bautizaron por la fuerza y Julio Ignacio, su padre, después de él. Y ahora Julio el que está conmigo con esos ojos torvos que ya no son torvos, porque sonríen. Sonríen como le sonrío yo a él.

     – ¿Qué?

     – Nada. Te extrañaba mucho- me dice.

      No. No creo que Julio vaya a poner música de videojuegos en el motel.

Pintura: Henri de Toulouse-Lautrec

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