El cara o cruz de escribir un cuento

Lanza una moneda, y si cae cara, vas a escribir un cuento con un tema en mente, una idea. Si cae cruz, un personaje. Puedes lanzar la moneda hacia arriba, o hacerla girar como un trompo sobre la mesa junto a la computadora o el cuaderno, como la sientas más cómoda.

CARA

Quieres escribir un cuento porque tienes algo qué decir. Una tesis. Piensas: «el mundo es muy injusto, y quisiera que todos pudieran darse cuenta». Okay, el mundo es injusto, anotado. Pero la gente lo ha oído ya mil millones de veces, lo ha visto también. La gente está entumida de tanto saberlo, pero tú quieres que recuerde. Que reviva la sensación de injusticia como si fuera la primera vez. ¿Qué haces, entonces? Piensas en una situación que para ti sea muy injusta, la más injusta que se te pueda ocurrir así, a la rápida, con tu intuición trabajando por ti. «La muerte de un perro», piensas. Por supuesto que la muerte de un perro te parece injusta. Ajá. ¿Pero cómo va a morir ese perro y de qué modo representará la injusticia del mundo? Todos tenemos perros y todos sabemos que van a morir y por supuesto que no creemos que sea justo. ¿Y eso qué? Eso ya lo sabemos sin leer el cuento. Ya nos dimos cuenta. Pero la muerte de un perro, aunque se sienta injusta, no basta para expresar todo lo que quieres decir sobre la injusticia. Hace falta establecer las condiciones. Por ejemplo, te dices: «No es tan malo, ¿sabes? Que un perro muera. Porque hay un más allá. Hay un cielo». Entonces necesitas aniquilar esa idea. Necesitas contar la historia que destruya esa justicia divina. Necesitas destruir el cielo de los perros. Por ejemplo, puedes imaginar que en algún momento hubo uno, que la vida era justa por aquella verdad ulterior, pero un día fue aniquilada. Quizá por la cruza de los perros, sin su consentimiento, las modificaciones genéticas, o quizá simplemente fue la crueldad del cielo, cerrándose sin preguntarle a nadie. Y tú piensas: «Ajá, ahí, es la clase de injusticia que me parece más injusta. La arbitraria». Tienes entonces el primer punto en tu historia. La realidad no te bastó para decir lo que tenías que decir (te pudo bastar, pero no lo hizo). Entonces estableces las condiciones: es decir, ¿qué tiene que pasar para que esa situación injusta ya de por sí muestre lo peor de sí misma? Por ejemplo, imaginas que al menos lo sabe, el humano, que su perro ha muerto, y piensas que hay una suerte de justicia en el conocimiento, incluso si resulta desgarrador. ¡Eureka! El humano no tiene que saber. Porque tú quieres la mayor de las injusticias, la injusticia más injusta. Escribes la historia de un hombre que, luego de morir su perro, se consuela con una vida ulterior que, eventualmente, el lector sabe que no es cierta, que el azar ha hecho que todos los perros desintegren su espíritu en el cosmos, y para sazonar el asunto, haces que sea posible para los humanos conectarse con sus espíritus, y aunque el personaje no muere en tu historia, el lector acaba sabiendo que eventualmente, cuando muera, descubrirá que vivió en un engaño toda su vida, que jamás podrá reencontrarse con él. Entonces, y sólo entonces, tienes una historia. Pero para hacer un cuento no basta la historia que surgió de tu tesis. Hay que saber comunicarla. ¿Cuál es el mejor modo de transmitir esa injusticia? Quizá si todo el tiempo el asunto resultara doloroso, de tanto dolor la injusticia ya ni alcanza a sentirse. Quizá si es demasiado sutil tú mismo no notes la injusticia. Entonces piensas: «Qué injusto cuando te das cuenta que el chiste que alguien te está contando es sobre ti, porque te quita la risa, e incluso si queda, es a costa tuya». Boom. Ya tienes el tono: es una comedia. Todo son risas y diversión hasta que, de pronto, tú comprendes, en tu historia, que el chiste es a costa tuya. Que todo el tiempo la risa te ha estado apuntando. Te parece injusto, ya suficiente tienes con la muerte del perro. Entonces tienes un cuento. Ya es imposible comunicar tu tesis simplemente diciendo: «el mundo es injusto». Cuando menos, tendrías que decir algo como: «el mundo es injusto por la muerte, pero también por la falta de conocimiento, pero también por la risa, pero también por el amor, pero…» y seguir durante mucho tiempo, porque ya no puedes separar todos esos elementos. Es su conjunto el que cuenta algo. Ese conjunto es único. Hay miles de historias de perros, miles de paraísos, miles de comedias, pero sólo tú has hecho de la muerte de tu perro una comedia cósmica de desamparo espiritual y eterno con risas a costa tuya. Tu tesis ya no puede existir sin tu cuento, porque tan sólo fue un punto de partida. Tenías mucho que decir, muchas cosas entrecruzadas, formando esa injusticia que tenías atorada en el pecho.

CRUZ

Quieres escribir porque tienes un personaje. Un sujeto particular. Sabes que tienes entre manos a un ente, vivo, al menos para ti, y te parece tan vivo que no te vas a conformar con nada menos que todos viéndolo del mismo modo, así de vivo. Pero tener un personaje no basta. Lo tienes ahí, de pie frente a ti, en tu imaginación, pero no sabes nada de él, o quizá lo sabes todo, pero ambas situaciones te desamparan. Si no sabes nada, ¿qué puedes decir que resulte significativo? Si lo sabes todo, ¿sabrías qué parte elegir para decir algo que le haga justicia, que muestre lo que tú sabes? Entonces piensas: «Es que él es tan tímido. Es el más tímido de los tímidos. Así resumo su existencia. Puedo decirlo fácilmente». Y lo haces, lo dices fácilmente. Pero, ¿cuántas veces no hemos oído que alguien nos describe sin hacernos justicia, sin comprendernos realmente? Quizá no es tímido, quizá simplemente no hay nada interesante qué decir en la situación, o quizá tú le caigas mal y no quiera decirte nada. Pero tú estás seguro de que es tímido, y tienes todo el tiempo del mundo para demostrarnos a todos que tú mejor que nadie lo conoces. Ajá, sí, todo es excelente, bravísimo, pero quienes leemos no tenemos todo el tiempo del mundo y es probable que tú tampoco lo tengas. Así que tienes que elegir. Debes pensar muy bien qué situación puede revelar su carácter, mejor que ninguna otra. A lo mejor su timidez sólo se nota cuando está rodeado por mucha gente, pero quizá en una fiesta nadie note que es tímido porque todos están celebrando y cada quien se ocupa de su propia felicidad. A lo mejor su timidez tampoco quedaría demostrada en un velorio, porque podría ser confundida con dolor. No, no, lo que tú necesitas es una situación paradigmática, única, que no nos deje lugar a dudas de que lo suyo, verdaderamente, es la timidez. De pronto se te ocurre que incluso la persona más tímida del mundo es capaz de decir que algo le duele, cuando el doctor le pregunta. Nadie, por callado que sea, evitaría señalar aunque sea el lugar que le duele. Pero tú quieres que no haya dudas, así que eliges una consulta que tuvo tu personaje en la que el dolor se le acumuló no por meses, sino por años, y en las últimas horas de pronto comenzó a ver sangre por todos lados. Pero a lo mejor si fuera tan obvio lo que le pasa no sería necesario que se comunique, y por lo tanto, su timidez no tendría consecuencias tan graves porque un médico podría hacerle un examen sin que le señalen en donde buscar. Así que piensas: «No, nadie más debe de poder verlo, él está obligado a comunicarlo». Y lo obligas. Le pones esa traba. «Te vas a morir si no le dices al médico qué te pasa, tímido». Y lo ves ahí, sufriendo, mudo, llevando su ser hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte. ¿De verás preferirá morirse que no decir nada, ni siquiera expresar su dolor con gemidos? A nadie va a cabernos duda de que lo suyo va a en serio. Es un tímido absoluto. Su entera personalidad, sus años de encantos y desencantos han quedado expuestos en una tarde de consulta médica. No necesitamos saber más. Con eso nos imaginamos cómo es en las fiestas, cómo es en los velorios, cómo es en toda su vida. Aquel momento lo captura a la perfección. Si juntas ese momento con el tono adecuado, es decir, cómo necesitas contarlo para que su timidez se haga más notoria (por ejemplo, haciendo que los otros personajes, el médico, las enfermeras, estén hablando todo el tiempo, entre sí y con él, haciendo preguntas, mientras él guarda silencio), ya no hay mucho en qué pensar. Ya tienes un cuento.

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