Crónicas para compartir por teléfono

29 de noviembre 2019

Hace años me llamaban a diario buscando a una tal Señora Lourdes. No entendían que ese ya no era su número. “¿Cómo no va a ser su número? ¡Si es el suyo!”, me decían, o “¿No es ella? Pásemela, entonces”. Poco a poco, con el tiempo, fueron menguando las llamadas, conforme les explicaba que telcel recicla los números cuando dejan de pagar la línea, luego de un tiempo; les repetía que no sabía de su amiga. En cada llamada se oían cada vez más desesperadas y más tristes al altavoz, porque no tenían idea de qué fue de ella. 

Hoy, casi dos años después de la última llamada que recibí, volvieron a buscar a la Señora Lourdes, y apenas le dije que ese número ya no es el suyo, me respondió “Bueno, ya, ni modo. Tendré que tacharla de la lista”, y colgó con un largo suspiro. A diferencia de las otras llamadas, tiempo atrás, no insistió.

Una parte de mí siente que acaba de asistir al último intento por mantener vivo un recuerdo, y lo acabo de oír extinguirse.

***

29 de mayo de 2018

Hoy, como todas las mañanas, estaba esperando el camión para ir al trabajo. Estresado, sin haber dormido o habiendo dormido casi nada.

No tengo forma de saber a qué hora pasará el camión. Así que siempre espero con anticipación prudente. Espero.

Distinto al resto de los días, escuché que alguien se acercó en mi dirección, me hablaba. Lo escuché jadeando. Creí que lloraba, primero, luego creí que le faltaba la respiración. Se me acerca este hombre y me dice “Oye amigo, ¿traes celular?”. Mi primer instinto fue pensar lo peor: no suelo desconfiar de la gente, y la última vez que no desconfíe de personas que se me acercaron así me arruinaron la nariz a puro golpe de empuñadura de una pistola. De inmediato sentí miedo. Dije Esto es lo que me hacía falta, esto es lo que va a romperme. Y justo creí que mi cuerpo iba a colapsar con la sola idea de un asalto tan temprano.

Pero estaba el jadeo, ese que sonaba a llanto, así que me palpé los bolsillos. Como siempre, no llevo celular conmigo. Le dije que no traía celular y el hombre comenzó a jadear más fuerte. Lo vi a punto de llorar. Es que necesito una ambulancia, comenzó a decirme.

Hasta entonces reparé en sus manos. Temblaban. Mucho.

Creo que me está dando un ataque, me dijo. Le dije que si ya había llamado a una ambulancia y dónde estaba su casa, y él me dijo No vienen, ya los llamé, salí para ver si vienen. Y no vienen.

Su respiración se iba entrecortando con cada palabra que decía.

Te juro que no estoy drogado, repetía el hombre sin parar, apenas audible entre el jadeo. Te juro que no estoy drogado. Era culpa y muchísima tristeza; él también sentía esas cosas. Sus ojos tenían tanto miedo como yo.

Corrí hasta la casa más cercana y toqué muchas veces. En esa casa siempre salen a sacar los autos más o menos a la hora en que yo estaba ahí. Les grité que por favor atendieran, y cuando al fin se asomó una señora por la ventana, al otro lado de la cochera, recelosa, le pedí, le urgí a que pidiera una ambulancia.

El hombre se sentó, donde yo suelo sentarme a esperar el camión, y comenzó a tocarse el hombro. Su agitación era tal que parecía que ya ni respiraba.

Por favor. Llame a una ambulancia, le dije.

La señora se metió y cerró la ventana, y ya no supe más. Le dije que pidiéramos ayuda a alguien más (no pasaba nadie por la calle, para mala suerte de los dos), y él me dijo Mejor acompáñame a mi casa, por favor. Al menos quiero estar allá.

Pocas veces he sentido tanto miedo. Mi colonia no es conocida por ser de las más seguras, y justo en la calle a donde me pidió acompañarlo seguido hay balaceras. El hombre no dejaba de mirarme con miedo, así que tuve que olvidarme del mío y llevarlo hasta su casa, cuidando que no se cayera y que, por difícil que le resultara, siguiera respirando.

Te juro que no me estoy drogando, ¿me crees?, me repitió una vez más, y yo le dije que sí, que le creía, y él abrió los ojos como si le fuera a dar un ataque al corazón.

Cuando al fin llegamos a su casa, luego de mucho trabajo por sus temblores (su casa estaba, en realidad, muy cerca de la parada), le dije que me dejara llamar desde su teléfono para pedir la ambulancia otra vez. Entonces me pidió que me callara. ¿La oyes?

La sirena se escuchó por todos lados, como si viniera de todas direcciones y fuese a cualquier sitio menos a donde nosotros la esperábamos. La ambulancia acudió a donde vive la señora a quien le urgí que llamara, y cuando estaban por irse les grité y alcé las manos en la oscuridad esperando pudieran ver en dónde los necesitábamos. El jadeo se hizo insoportable. El mío. Era yo quien estaba jadeando.

Lo había conocido unos minutos antes y de pronto no podía concebir que le pasara nada malo. La ambulancia se detuvo y los paramédicos lo observaron desde sus asientos. El hombre comenzó a decirles No, les juro que no estoy drogado, ¿me creen? Ellos, sin bajarse aún, con él jadeando, apretándose el brazo, le dijeron Ya, dinos la verdad, ¿estás drogado, cierto? El hombre, aturdido, les dijo que sí, que sólo un poco pero sí.

Entonces voltearon a verme y me preguntaron que quien era. Les dije que era un sujeto al que él le pidió ayuda en la parada del camión. Lo conozco hace diez minutos, les dije. A lo mejor no habían pasado ni cinco, pero yo sentía que eran más de diez; diez fue mi forma de minimizar lo que pasaba. Apenas les dije eso, se bajaron y me dijeron que me fuera a donde sea que tenía que ir, que ellos se harían cargo, y por lo que pude ver lo subieron a la ambulancia para hacerle un chequeo.

Cuando llegué a la esquina, pasó el camión como si hubiese estado esperando por mí, esperando que mi día iniciara como siempre, sin el menor percance; llegar a la misma hora, ver a los alumnos de siempre, fingir lo que finjo a diario, soportar lo insoportable esperando no volverme loco.

Cuando salí de la escuela y llegué a mi casa, hace un rato, me paralicé por completo. La rutina no me dejó paralizarme, porque a nadie le habría importado lo que me pasó, como a nadie parecía importarle el miedo en los ojos del hombre que conocí, buscando que le creyeran, esperando que no se rompiera sin remedio.

Cuando al fin salí de mi parálisis, luego de casi 3 horas, comencé a escribir esto. Ahora que estoy terminando solo quiero hacer una cosa… 

Quiero gritar.

***

16 de marzo de 2019

Hace unos minutos recibí una llamada que mi identificador no quiso registrar. No sé cuál es el número, así que no puedo intentar llamar de vuelta. Era una mujer. Una mujer que gritaba. Entre todas las cosas que decía, sólo pude entender algo como “accidente” “carro” “no puede ser”. Fuera de eso, no fui capaz de comprender nada. Le pedí que me lo repitiera, porque la voz estaba tan alterada que no me siento capaz de afirmar que no la conocía. Volvió a repetir lo mismo, añadiendo detalles incluso más incomprensibles que los anteriores. Le pedí que por favor respirara para oírla bien. Le pregunté que si había ocurrido un accidente y le pedí disculpas por no entender. Ella lloraba y lloraba, se le desgarraba la voz. Luego dijo algo más, algo fuerte, algo que parecía querer ser claro, y la línea se quedó en silencio.

No sé quién me llamó, y si quien me llamó me conoce. Si es así, lo siento mucho en verdad. Lo siento como he sentido pocas cosas. Su número sigue sin aparecerme en ninguno de mis teléfonos.

Sólo espero que, quien haya sido, esté bien.

***

2 de noviembre 2020

Hace unos años, una anciana me contó su encrucijada: o reunía el dinero para ir a Argentina a visitar la tumba de su amor muerto, o lo destinaba a su propio ataúd. Me dijo: “No sé si prefiero que mi cuerpo esté seguro cuando muerta o si quiero un último consuelo viva”.

Ella tuvo un gran amor en ese hombre, del que estuvo separada casi toda su vida. Quería morir cerca de él, aunque eso significara que la pusieran en una fosa común. Luego, algo la hizo pensar que lo digno era un ataúd, y dudaba. “No puedo morir digna y con amor. Debo elegir”.

Hoy, en el Día de muertos, pienso en que, cuando le dije que escribiera su historia, me dijo que por eso me la contaba. “No tengo tiempo de escribirla. Si escribo”, me dijo, “me quedaré sin amor y sin dignidad”. No olvido sus palabras. Espero haya obtenido ambas. Quiero imaginar que sí.

***

29 de agosto 2018

Hace unos meses viví un episodio estresante: una persona sufría un infarto en plena calle y nadie lo ayudaba (o a mí, sin celular) a llamar a una ambulancia.

Hoy, mientras esperaba el camión, sentí que alguien se detuvo a mi lado. Al girarme, sonrió y me preguntó si lo reconocía. Pasamos un rato hablando. Me dijo que estaba mejor. Luego empezó a hablarme de su soledad, de las cosas que suelen tenerlo muy triste y de lo mucho que me tiene en estima por haberlo ayudado. Dijo que soy una persona curiosa. No dejas de verme, no imaginas cómo me miras, me dijo. Le dije que me gusta mirar a las personas con las que hablo. Es mi forma de prestarle atención a la presencia del otro. Me dice: Es que eso es muy curioso, y se sentó conmigo a esperar a que mi camión pasara. Ahora yo te haré compañía, me dijo cuando notó que yo no dejaba de toser. Me quedo aquí hasta que pase tu camión, insistió. Él me hizo recordar que yo dejé pasar dos camiones y llegué tarde al trabajo por quedarme con él. Yo me quedo contigo, repitió. Y por primera vez en semanas, me sentí bien.

***

29 de agosto de 2021

Hoy recordé la vigencia por los nichos en los cementerios. El pago se extiende por 10 años, solamente. Luego de esto, el cuerpo se incinera o se entierra en un espacio común. Igual que los números de teléfono, los espacios para los muertos se reciclan constantemente, por falta de pagos. El dinero nos hermana con los muertos: sin él nos reciclan.

A la luz de eso, me pregunto cuántas décadas de entierro se compró la mujer que ahorraba para su ataúd, o si al enterarse de eso, prefirió irse. Ahora muchos ya no pueden elegir si ser enterrados. Ojalá que ella sí haya podido.

Me pregunto también si el hombre sigue vivo, aunque esto me lo pregunto más a mundo estos días, sobre mucha gente. Perdí mi otro celular, y con él muchos contactos que sólo quedaban ahí. No es que no vayan a contestarme, o que vaya a responderme alguien más, sino que ya no les puedo llamar.

Me di cuenta de que me repito mucho, al decir esto, pero es que lo siento, cada vez: ojalá estén bien.

Un comentario sobre “Crónicas para compartir por teléfono

  1. 29 de agosto de 2021

    I
    Me apareció un chichón en la nuca. Enciendo la luz. La cabeza me palpita entera. Me leo tu texto como quien pensándolo bien, mejor no comenta. Pero aquí estoy, interviniendo en una conversación ajena, distrayendo la molestia de la protuberancia que no sé cómo salió y si no doliera tampoco me importaría.

    II
    La impresión más bonita con la que me he quedado de cuánto acabo de leer es la idea de decidir entre el amor y y dignidad. Yo me iría a Argentina, lo que pase con mi cuerpo luego de morir ya no es asunto mío. Yo me iría. Yo también me iría a Argentina porque allá está la tumba del amor de mi vida. Macedonio Fernández.

    III
    Estar para un desconocido que necesita ayuda es convertir ese día en una historia que contar. Para ambos. Salvo en el caso de ser testigo de un suicidio o morirse.

    IV
    Mentiría si escribo que no me gusta entrometerme en los textos de los demás, porque lo disfruto. Llegará el momento en que se interesen también por lo que no he escrito. Por el libro vacío. Los años falsos. Lo que no fue.

    V
    Se me ocurren cosas que no llegan a suceder y que se van yendo como las hojas secas de los árboles.

    VI
    Un libro que no se escribió nunca aparece en el decálogo de Librerías Gandhi. Publicidad para un candidato que no existe se imprime en revistas, espectaculares y medios de transporte. Una guerra se extiende en todos los noticiarios.

    VII
    Te lo cuento a ti porque para escribirlo debo renunciar a ser la que no escribe.Te lo cuento a ti porque así me quedo deseando haberlo escrito yo.

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