Si me necesitas, llámame

“Si me necesitas, llámame” es el nombre de un libro de mi autor favorito. Parece mentira, pero sus personajes usan el teléfono. Llaman en medio de una crisis, desesperados de ayuda o deseosos de un cambio radical; al otro lado, alguien siempre responde, incluso un extraño, no importa la hora, y la historia comienza.

Hoy la gente no quiere responder el teléfono. Los teléfonos ya no suenan. ¿Cuántas historias se han perdido por mudarnos al silencio?

A veces pienso en el óxido que ha acumulado esa expresión: “Si me necesitas, llámame”. Lo siento cuando la digo, como si de algún modo estuviera utilizando una reliquia, un viejo teléfono remplazado, al final de toda su odisea, por un cachivache móvil en el que ya nadie quiere hablar, aunque su propósito haya sido ese. Cuando alguien activa el modo avión de su celular como dando a entender que “viaja”, y por eso no responde, imagino a la gente de hace treinta años, fascinada porque podría hablar mientras viajaba.

Parece igual de increíble que alguna vez los celulares fueron concebidos para ser usados en llamadas. Para que cualquiera oyera nuestra voz, si nos necesitaba. Hoy tenemos llamadas perdidas y mensajes en visto porque no queremos que nos necesiten.

***

Sobran los ejemplos de quienes se quejan porque la gente les envía mensajes de voz o tiemblan cuando suena el teléfono. Algunos describen su relación con el teléfono igual que un niño describiría al chamuco: no saben decir exactamente por qué le tienen miedo, pero solo pensar que tendrán que llamar o ser llamados les provoca pesadillas.

Yo recuerdo un tiempo en el que el sonido del teléfono me angustiaba también. Cuando era niño y el teléfono sonaba de noche, sabía que algo andaba mal. Nadie llama de noche a una pareja con hijos. Según mi madre, esas llamadas nocturnas solo servían para anunciar que alguien se había accidentado, enfermado o muerto.

En el día, no era miedo sino indignación lo que despertaba el teléfono. Luego de que llegó un recibo del teléfono a la casa, mi padre me preguntó porque había llamado más de 30 veces a un amigo si lo veía todos los días. A mi amigo su padre le recriminó algo similar, diciendo que “el teléfono es para acortar distancias, no para alargar conversaciones”. Para nosotros, había una falla en un su lógica: queríamos acortar distancias porque queríamos alargar la conversación.

Las distancias del teléfono han cambiado: al principio no se podía llamar a nadie fuera de una zona geográfica muy limitada, desde teléfonos igualmente restringidos por los cables a los que estaban conectados. Luego, el teléfono inalámbrico nos permitió ocupar espacios de la casa desde donde no habríamos llamado nunca; ya no teníamos que acudir a la llamada, porque esta comenzaba a seguirnos. El celular llevó eso a un límite tan lejano que acabó saliéndose de la geografía total del tema, y hablar ya no está más en la discusión, salvo como algo que no debe hacerse, o para lo que hay que pedir permiso, por cortesía.

Sospecho que nuestra relación con el teléfono no fue la única en afectarse por la geografía.

Un psicólogo propuso que nuestra identidad digital cambió cuando pasamos de tener internet en una computadora de escritorio a llevarlo a todos lados, porque parte de nuestra forma de responder se debía al entorno. No responderíamos igual frente a un extraño en una plaza pública que desde nuestra habitación, no solo por la falta de presencialidad sino porque estaríamos rodeados de “nuestras cosas”: nuestra casa, nuestra seguridad.

Lo que no dijo es que, cuando el celular cediera al internet, la gente ya no querría hablar.

***

Hace días, un amigo dejó de enviarme audios. Desde hace años, me llama cada tanto durante horas para contarme qué ha sido de él, aunque no haya pasado nada. A diferencia de lo que muchos dicen (que llamar sin avisar es una grosería, que primero se debe escribir para anunciar la llamada), él simplemente se hacía notar con el timbrado, a veces de regreso a casa, de camino al trabajo, en el desayuno o un minuto antes de dormir. Daba igual el momento del día. Que me llamara por la noche no significaba que hubiera una crisis, o que su urgencia fuera mayor. Todos los lugares de mi mundo han sido habitados por nuestras conversaciones, al menos una vez.

Pero yo no noté que dejó de llamar, sino hasta hace un par de semanas. Estaba demasiado aturdido por el silencio de los otros, de todos esos que ya no hablan o que nunca han hablado, que tardé en notar que mi teléfono ya no había sonado por él. Así que fui yo quien le habló.

Me respondió tosiendo. Sus audios eran parcos, entrecortados y espaciados, porque no podía sostener una conversación. Asentía, apuntaba algo y se reía, y en todos acababa tosiendo. Oír su voz me preocupó, pero agradecí que la ansiedad que me provocaba su silencio fuese mayor que la que sienten aquellos cuyo timbre en el teléfono los pone bajo la cama.

Me dijo que tenía covid, y que estaba encerrado en su habitación, para no contagiar a su hijo ni a sus padres. Contrario a la teoría del psicólogo, escribirme desde su habitación no le daba seguridad, sino miedo. Miedo a que ya no pudiera salir, miedo a que se hubiera encerrado muy tarde, y allá afuera su familia se hubiera enfermado a causa suya.

Pero él no me dijo que estaba asustado, sino aburrido, así que lo invité a que me enviara mensajes cuando quisiera. Él se cansó de hacerlo muy pronto porque no quería escribir, sino hablar. Mi amigo no se ha enterado de que utilizamos un hábito oxidado, ni le interesa.

Cuando me envió mensajes en audio, de pronto se quedó en medio de una conversación, porque la tos ya no lo dejó seguir.

Ayer supe que al fin está bien, que la tos ha cedido y, más importante que eso (según él), recibió su título. No me llamó para decírmelo; fue apenas un mensaje, pequeño, unas pocas palabras: “No sabes lo feliz que me hace haberlo logrado”. Yo pensé que hablaba del covid. En cambio, me envió una fotografía de su título universitario. Luego de años de tratar de conseguirlo (trabas administrativas, falta de recursos y de tiempo para hacer el trámite), al fin lo tenía en sus manos. Contrario a sus audios de varios minutos y sus llamadas de horas, nuestra conversación se limitó a otro pequeño puñado de mensajes cortos: “Estoy celebrando solo, pero está bien”, “Necesitaba algo bueno”, “No sabes cuánto lo quise”, “Voy a seguir celebrando”, “Ya todo está bien”.

Mientras leía sus mensajes, no paré de preguntarme si realmente estaba bien de salud, y el covid ya había cedido. Quizá no podía hablar de tanta alegría, o porque no quería hablar a través de un cubrebocas; quizá simplemente no tenía ánimos, o el corto tiempo con covid cambió para siempre sus ánimos y ya no va a llamar, y yo ya no podré decirle, igual que siempre, “si me necesitas, llámame”, porque nuestra comunicación se redujo de pronto a unas cuantas palabras por escrito.

Quizá nuestra comunicación al fin se puso al día con los tiempos. Su entusiasmo pasó de las horas a los segundos, cuando se obligó a expresarlo en silencio…

Estoy exagerando, ¿no? El encierro también hace eso. Todo se ve y se oye más grande, porque el mundo se siente más pequeño. Quizá por eso las llamadas con mi amigo eran más largas y más frecuentes, cuando era niño, porque nos llamábamos desde casa, porque queríamos que el mundo fuera más grande y solo nuestra voz lo expandía. Me gusta pensar que el teléfono logró eso: llevar nuestra voz a otro sitio, y traernos de vuelta la de alguien más.

Sospecho que mi amigo no estaría celebrando así haber ido por su título si no fuera porque antes, apenas unos días, no había podido salir ni siquiera a abrazar a su hijo. Aquel papel no pudo llegar en mejor momento. Nunca habría podido significar más.

***

Encerrados en casa, volvemos a un tiempo en el que una llamada puede traer malas noticias. No importa cuántos aviones le pongamos al móvil, estamos en cama, en la cocina o en la sala, siempre en los mismos sitios. Podríamos dejar a un lado el celular y no pasaría nada, si solo fuera para llamar por teléfono. Pero ya no llamamos.

Estamos demasiado tristes para llamar. Tememos que alguien nos dé malas noticias. Que estén esperando al otro lado, aunque nadie nos haya buscado para dárnoslas. También, sobre todo, tememos que al otro lado de la línea, cuando nadie conteste, signifique otra cosa.

Nuestro modo de comunicarnos ha supuesto un cambio que ahora, en medio del silencio, es difícil interpretar. Antes, cuando el teléfono no sonaba, todo marchaba bien. Ahora no estamos seguros, ni siquiera en nuestro hogar.

Hemos sido obligados a volver a casa y ya no podemos ignorar el silencio, pero tampoco lo rompemos, quizá porque ya no sabemos cómo. Hay quienes insisten en que odian que suene el teléfono.

Yo, en cambio, admito que ya nada me da más miedo que me hayan necesitado y no me hayan podido llamar.

Publicado por Daniel Centeno

Autor de "Puerta cerrada" (Paraíso Perdido, 2017). Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola.

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