La telequinesis de mi roomie

Cuando me mudé, él me hizo prometer que nunca entraría a su cuarto y prometió que sus cosas nunca estarían en el suelo. Yo no entendí por qué hacía esa promesa, sin haberle pedido que la hiciera. Pero nunca está de más que tu nuevo compañero de casa mantenga sus cosas lejos del suelo, aunque nunca pensé que “lejos del suelo” significara tal cosa. Sus playeras sucias, sus calcetines hechos bolas, también las sobras de la pizza. Todo flotaba por ahí, suspendido como si por haber sido suyos alguna vez alguien les hubiera arrancado su peso; como si por ser suyas, las cosas ya no tuvieran valor, ni siquiera como materia física.

Al principio me maravillé, ¿cómo no iba a hacerlo? La casa era grande, con sus cuartos amplios y su renta barata; ¡mi compañero tenía telequinesis!, o algo parecido, y las posibilidades eran infinitas. Pero que pudiera alzar las cosas del suelo y dejarlas así no lo volvía creativo. No le daba ambición. Por el contrario, suspender sus chucherías como un acto de circo le bastaba para alzar el pecho y sentirse especial. Su desorden era una manifestación de sus proezas. La basura ya no era basura, sino parte de un museo en su honor. Una galeria de lo extraordinario.

No teníamos muchas cosas. Recién me mudaba por primera vez. El espacio de mi habitación me exasperaba: era amplío, pero no me había dado cuenta, no lo percibía de ese modo; su vacío lo sentía como ceñido a mí, como si me apretara. Así que salía a la sala para sentirme rodeado por cosas. Las pertenencias de mi compañero, siempre en el aire, parecían ser tantas, pero a veces podía apilarlas en pequeños montones, como lunas que orbitaban el sillón.

Aquello me causó risa, hasta que comencé a chocar con las cosas de noche. La primera vez fue una sábana; otra, una caja; nada de eso me importó. Las apartaba con la mano y seguía mi camino. Pero una noche, mientras caminaba hacia el baño con la luz apagada, recorriendo el camino de memoria, sentí que mi cabeza era golpeada por una bolsa de agua. Sujeta en medio del aire, como por una membrana, el agua había esperado el encuentro de una boca, de un beso, y en cambio me encontró a mí, de bruces.

Él me había pedido que no entrara; y yo, como su compañero, quería respetar eso. Era lo menos que podía hacer. Pero el agua que él había dejado suspendida me quitó el sueño, y yo pensaba quitárselo a él.

Con el pelo y mi piyama empapados, entré a su habitación y encendí la luz.

Su habitación estaba invertida. Su lámpara colgaba de cabeza desde una mesita de noche, cuyas patas tocaban el techo. Su ropero, su mochila, incluso su bote de basura, estaban suspendidos en el aire. Quise despertarlo sin hacer mucho escándalo; no quería despertar a los vecinos. Pero él también flotaba, pegado a su cama en la esquina del techo.

Tomé una escoba y comencé a picarle el ombligo, que tenía expuesto. Su playera quedaba colgada y en el hueco de la gravedad me hice espacio, esperando que eso bastara. Cuando él hizo volar la escoba con la que yo trataba de despertarlo, tomé cosas del estudio y se las lancé. Pero su cuerpo, aun dormido, las detenía en el aire y las acomodaba en los sitios más diversos de su habitación: cuando le arrojé comida, acabó puesta en el ropero, bajo sus camisas (a la mañana siguiente, él iría al trabajo oliendo a pizza fría); la ropa sucia acabó sobre su mochila (sus cuadernos apestarían a pies). Le lancé una luna que él deshizo con facilidad, como un dios. Quizá sí era extraordinario.

Lo único que me quedó para lanzarle fue mi voz, así que le grité.

¡Despierta!, insistí.

Pero él no se despertó. Me reí al pensar que alguien como él, que mantenía su mundo de cabeza, suspendido en el aire, flotando sin peso, fuera tan dificil de despertar. Al parecer, tenía el sueño pesado.

¡Despierta, fenómeno!, le dije, sabiendo que no me escucharía.

Él no me escuchaba…

Fui hasta mi habitación, y una por una, llevé mis cosas a la suya. Mis camisas colgaron del techo, vueltas de cabeza; mis zapatos me esperaban al pie de la ventana.

¿Acaso sería posible? No podía serlo, pero debía intentarlo…

Fue mi cama, que llevé arrastrando con todas mis fuerzas, la que más me emocionó. Al llevarla no supe cómo haría para que él la notara. No podía lanzarsela. Pero no hizo falta. Mi compañero hizo flotar mi cama, y yo me subí en ella, esperando que no la volteara y que yo pudiera dormir mirando el techo.

Pero mi compañero no hacía las cosas a medias.

Así que poco a poco, sentí cómo la cama rotaba, yo con ella. Tuve miedo. Fue como subirme a una hamaca por primera vez al filo del suelo, temiendo que con su impulso mi cuerpo cayera hasta el vacío. ¿Cómo bajaban las cosas, cuando él despertaba? ¿Lo hacían lentamente o con brusquedad?

Vi los objetos con cuidado. Yo ya era parte del techo con ellos. Ninguno parecía roto. Ni siquiera su lámpara tenía rasguños. Así que confié. Confié en que estaría a salvo, en que mi compañero me pondría en el suelo como a su lámpara, y en que ese sería el sueño más increíble que tendría.

A la mañana siguiente, mi compañero me pidió que tomara todas mis cosas y las sacara.

¿Por qué hiciste eso?, me preguntó. Invadiste mi privacidad. ¿Te gustaría que entrara a tu cuarto mientras duermes? Quizá el fenómeno de circo había sido yo, pensando que podía pasar la trasnoche a su lado sin avisarle.

Comencé a llevar mis cosas a mi habitación, pero él se interpuso en mi camino y señaló la salida de la casa.

Te dije que no entraras a mi habitación, insistió, dolido.

No pude enojarme con él, aunque me dejaba sin hogar y sin depósito. Me reí muy fuerte.

No quiero reírme, lo siento. Perdón. Es horrible, pero también es increíble, le dije, y lo abracé.

Él sonrió también.

¿Lo soy, verdad?

¡A tu cuarto le caben dos camas!, le dije. No podía creerlo: con esa renta, ¡y en cada cuarto cabrían dos camas! Era insólito.

Cualquier día podríamos quedarnos los dos en casa, flotando entre lunas como si nadáramos en el espacio.

Él se volvió pesado en mis brazos. Hablas de la casa. Se oía decepcionado.

, le dije. Fue fácil sonreírle entonces. ¿No había sido él quien esperó a que yo me despertara, para pedirme que moviera mis cosas? ¿No me dejó a solas en su habitación, al despertarse y hallarme dormido? Tú también eres increíble, le dije.

Lo sentí volverse ligero.

Eres increíble, insistí.

Y sí lo era.

Fotografía: Alex Stoddard.

Publicado por Daniel Centeno

Autor de "Puerta cerrada" (Paraíso Perdido, 2017). Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola.

2 comentarios sobre “La telequinesis de mi roomie

  1. «Su desorden era una manifestación de sus proezas. La basura ya no era basura, sino parte de un museo en su honor. Una galeria de lo extraordinario»

    Es un bonito cuento. Me gustó las imágenes que creaste. Es un argumento simple pero que explora matices íntimos en la personalidad de cada personaje. Detrás de todo extraordinario hay algo que es humano que contar.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: