De papitas y el fin del mundo como lo conocemos

Las marcas de comida chatarra no fomentan una mala alimentación. Ellas quieren que compremos su producto, les da igual que lo comamos.

En México se acostumbra meter tazos o calcomanías en las bolsas de papas fritas para que los niños compren muchas bolsas. Los tazos no tienen nada que ver con el acto de comer. El producto que están vendiendo es el tazo, y los niños lo saben. Quieren los tazos para jugar con ellos, las papas les dan igual. ¿Cuántos de nosotros, siendo unos niños, abrimos una bolsa, le sacamos el tazo y nos olvidamos de las papas para ponernos a jugar? Son los padres los que obligan a los niños comérselas, o son ellos mismos quienes se las comen con tal de no tirarlas: ¡un niño en otro lugar del mundo se muere de hambre y tú, tirando papitas!, dicen. Son ellos los que fomentan la obesidad.

Por otro lado, las papas también sirven al próposito del juego: en una calle cualquiera, un montón de niños vacían en el suelo las bolsas de papas, saltan sobre ellas y se divierten escuchándolas crujir. Probablemente es más nutritivo que comerlas, y también más estimulante. ¿Qué tan seguido puede decir una persona que alimentó su sentido del oído con frituras? Alimentar al gusto con papitas es un lugar común, un cliché; el oído, en cambio…

Hay quien alegará diciendo que las papas no alcanzan para jugar mucho tiempo: apenas se salta una o dos veces sobre ellas, se destruyen. Quizá destruir papitas pueda ser un remedio contra el bruxismo: rechinar el suelo con ellas para que la mente le avise a los dientes que se pueden tomar un descanso.

Las bolsas de frituras suelen estar llenas de aire. Saltar sobre las bolsas cerradas y oírlas estallar, si se hace coordinadamente con otros amigos y muchas bolsitas, podría ser el inicio de una sinfonía post-capitalista. ¡Lleve la ruina del capitalismo! ¡Llévela ya!

Imagino la fascinación de los niños, experimentando con bolsas de distinta clase. ¿Cómo suenan las Zavrita cuando estallan? ¿Y los Chitos? Aquello fomentaría su pensamiento científico. Cuántos cálculos son necesarios para el salto perfecto. Una maestra de física utiliza a los Chitos en su clase. Un grupo entero saltando, para probar las leyes del universo. La historia siendo reescrita: no se calculó la gravedad con una manzana, sino con una fritura haciéndose pedazos al estrellarse contra el suelo.

Explotar frituras debe causar una fascinación tan estimulante como la que sienten algunos explotando las pequeñas burbujas en los empaques para proteger a los objetos de los golpes. Curiosamente, ellas mismas no están hechas para protegerse de ser explotadas por un niño, igual que las papas. A diferencia de los juguetes, que señalan advertencias de edad y de uso, las papitas permiten un uso enteramente libre de ellas.  Son un juguete para todas las edades.

Las papitas se supone que deben ser machacadas por los dientes… sin embargo, si consideran que no son un alimento, no en el sentido amplio de la palabra, tiene sentido que sean los pies y no la boca la que las haga crujir.

Por otro lado, ¿cómo se siente el tacto de una papa sobre el cuerpo? Los  Chitos también pueden servir de maquillaje, por ejemplo. Pasándolos alrededor de los ojos, pueden hacerse sombras anaranjadas, o pintar los labios por un rato. Podrían usarse los días de las votaciones, cuando la gente necesita marcar su pulgar en las boletas. Sería más llamativa una huella anaranjada que una negra. Las elecciones presidenciales serían un asunto de ventas. Zavrita ayudaría con los spots publicitarios. (Al gobierno podría gustarle la idea.)

Pero las frituras no solo alimentan al oído y a la imaginación. La vista también puede satisfacer su necesidad de jugar. ¿Por qué no, por ejemplo, retratar con papitas? Usarlas como se usan recortes de periódico en un collage, y usar las frituras para crear un retrato. Lo peor que puede pasar si a la persona no le gusta, es que se coma el retrato. A lo mejor hasta le sirve de confrontación terapéutica, algo así como raparse cuando uno ya no quiere ser el de antes y no haya otro modo de destruir al yo anterior. Una persona requemada por el sol de la playa podría verse como unas Zavritas adobadas, con el pelo curvilíneo de chicharrones, las cejas de Shurrunays y los dientes de Boritos. Incluso, en un juego más extremo, y también más táctil: los niños remplazando a los tazos con las papitas: las apilan unas sobre otras como un tubo de Krinjles, una torre de tazos, y usando otra papa más gruesa para intentar quebrar las más que se puedan.

A diferencia de los tazos, donde el otro intenta ganar solo por la recompensa que obtendrá de su victoria, luchar con papas supondría un juego más sano: no competirían por ningún premio, porque las papas se destrozarían en el mismo acto de jugar. Quizá aquella mezcla de destrucción masiva y actitud zen, de no apegarnos a lo material, es lo que nuestros niños necesitan.

Se escucharían más atentamente y no harían la guerra, ni usarían armas, pues no necesitarían llenarse de estruendos todo el tiempo: los reservarían para cuando tuvieran dinero para otras papas.

En el remoto caso de que la guerra nos destruyera, las bolsas y sus frituras perdurarían por tanto tiempo en nuestro ecosistema que, para cuando otra especie dominara la tierra, se toparían en sus orígenes aquellas bolsas y, sin saber qué hay en su interior y sin saber cómo abrirlas, las harían pedazos, pensando, al oír el crujido, que algo dentro de ellas es una amenaza. Imagino a un culto que adora una bolsa de papitas. Una civilización entera rezándole al crujido de una bolsa. Los milagros de esas papas. Las historias donde la bolsita curó el hambre. Si aquella nueva religión se parece a la nuestra, quizá en lugar de darnos la carne y la sangre de un Dios, nos den una pequeña replica de sus entrañas. A lo mejor papas con limón, o con chile, o solas. A lo mejor las que tienen chile son para los pecadores, para que les arda. El debate: no hay forma de saber si realmente existieron esas papitas, aunque para ese entonces, la idea de “papita” ni siquiera les cruzaría por la cabeza. Todo sería ruido y mitos fundacionales.

Todo lo cual me lleva a concluir que las papitas, bien empleadas, sirven para jugar con la imaginación (y quizá, en una de esas, hasta a salvar al mundo). Pero eso a la industria no le conviene, porque uno puede jugar con papitas sin comprarlas, uno se las puede inventar como diosas de un mundo sin gastar una sola moneda. Y ya habíamos dejado en claro, al principio, que lo que les importa a los vendedores de papitas no es que nos las comamos, o que fundemos religiones en su nombre. Simplemente les interesa venderlas. Ahora que, en el fondo, quizá a ellos les gustaría esa idea. Los imagino saboreando los ingresos potenciales: ¿cuántas podrían vender en cada misa?, ¿cuántas podrían vender de casa en casa, como misioneros? Podrían evitar el pago de impuestos. Podrían recibir dinero solo por hablar de papitas (¡limosnas!). En las películas de aquella civilización habría millones de frames que enfoquen una bolsita por aquí y por allá. Supongo que el politeísmo se explicaría por las múltiples presentaciones y el modo de crujir de cada bolsita hallada mucho tiempo atrás, proveniente de nuestro tiempo.

Por fortuna para todos, a los vendedores de papitas no se les ha ocurrido nada de esto… todavía.

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