Demasiado humano para ser cualquier otra cosa

Cuento publicado en el n°207 de la revista Opción, del ITAM. 

Osvaldo se abrazaba como si su cuerpo no fuera suyo, como si abrazándose pudiera calmar a un enfermo que no era él.

—No estoy enojado —repetía con ternura.

Todavía en su asiento, abatido en la sala de espera del hospital, ensayaba lo que iba a decirle a la enfermera cuando pudiera ponerse de pie. Sus palabras temblaban igual que lo hacía su cuerpo. No hallaba la fuerza para alzar la voz. No sólo temblaban sus músculos; su voz sentía tanto miedo que se deshacía dentro de la boca, del mismo modo en que el grito de alguien atrapado en un derrumbe se escucha hasta que se asienta el polvo que la caída deja detrás.

Osvaldo había renqueado temeroso hacia la sala de espera. “¿Y si no tiene arreglo?”, pensaba. No podía creer que algo así les hubiera pasado a Guillermo y a él. “Van a arreglarlo”, pensaba Osvaldo mientras entraba al hospital. Luego se reprendió por pensar así: su hijo no estaba roto ni estropeado, tampoco hacía falta que lo arreglaran; había que cobijarlo y darle tiempo, permitirle recordar que todo podía estar bien, o lo estaría, igual que antes.

Mientras esperaba, Osvaldo se dio cuenta de lo comunes que eran las deformidades causadas por la transformación animal. Esa mañana, por ejemplo, llegó un hombre mitad pájaro. Mientras volaba con su novia por su aniversario, convertidos los dos en águilas, se descubrió incapaz de mantener su estado de ave por el tiempo requerido para llegar hasta su hotel. Ella trató de sostenerlo, pero le fue imposible. En sus intentos por retener la transformación, el hombre había crecido unas alas que se extendían como una prolongación de sus brazos. Era animal y humano al mismo tiempo. Otra mujer tenía los labios endurecidos como un pico, descubiertos sólo por segundos cuando una enfermera se detenía a su lado para preguntarle por qué estaba ahí.

Osvaldo se puso de pie, como pudo, y le dijo a una enfermera:

—Vengo a ver al doctor Rafael. Dígale que estoy aquí. Que lo necesito ahora. Soy su hermano —la voz se quedó suspendida entre las cuerdas de su garganta. No podía respirar. “No puedes hacerle esto”, pensaba, golpeándose el pecho, como si pudiera remplazar con sus puños la fuerza que impulsaba sus pulmones. Cuando estaba a punto de caer al suelo, un enfermero lo ayudó a mantenerse de pie. Entonces, le regresó la respiración.

—¿Qué es lo que tiene? —le preguntó el enfermero.

—Estoy aquí por mi hijo —le dijo Osvaldo—. Me contagió algo.

Osvaldo había sentido palpitaciones durante los últimos días. Su cuerpo se entumecía y recuperaba la sensibilidad sólo por momentos, como si bombas de sangre golpearan la parte interna de su piel y él sólo pudiera sentir los estallidos.

Mientras era llevado hasta el consultorio de su hermano, Osvaldo se preguntó qué sería de su hijo. Él no podía morir. De todas las veces que había estado en peligro de muerte, esa era la peor. Tenía la absoluta certeza de que, sin importar cómo sucediera, si moría, su hijo moriría con él. Aquél, un asunto a todas luces sentimental, que sólo los padres comprenden con justicia, era para Osvaldo un problema que exigía una respuesta realista, práctica, similar a la que tendría si, de pronto, la cañería de su casa se tapara y las aguas negras subieran por la regadera mientras su hijo tomaba una ducha. Aquello ya había ocurrido. La escena había sido repugnante y Osvaldo rehusaba recordarla. Sin embargo, hacerlo le urgió la necesidad de convencer a su hermano de que lo destripara si se requería.

—Papá, ¡el caño nos está escupiendo y le huele la boca! —le había dicho su hijo, riéndose con cara de asco.

Pensó en la risa de su Guillermo, con los desechos cubriéndole los pies mientras lo sacaba de ahí, procurándole la salvación. Sonrió para sí, intentando darse ánimos. Debía hacer eso una vez más. Debía salvarlo a toda costa.

Cuando al fin lo recibió su hermano, le hizo pasar sin decir una sola palabra; apenas un gesto de prisa y nada más. Rafael sabía que aún le quedaban muchos pacientes antes de poder irse. Ambos se sentaron.

—¿Qué haces aquí? —se apresuró a preguntarle. Osvaldo, abstraído en la risa de su hijo, cubrió sus labios para no dejarlo ver que, al reírse, tosía sangre—. No puedes esperar que me preocupe por ti como si fueras un niño pequeño. Eres el menor, pero no exageres —le recriminó, regresándole a su hermano una sonrisa que desapareció un segundo después.

—El ocho de enero, a las once de la mañana —le dijo Osvaldo, ignorando la pregunta y el comentario de su hermano. Su rostro perdió sus facciones naturales. Su hermano no podía reconocerlo así.

Osvaldo había ensayado, en medio de la fiebre, lo que iba a decir. Se requiere una entereza infranqueable para aprender un discurso cuando los ojos ni siquiera son capaces de fijar la vista en su interlocutor.

Rafael no sabía qué pensar. Su hermano lo tenía estresado desde que, una mañana hacía dos semanas, le había dicho que Guillermo se perdió y que él intentaría recuperarlo.

—¿Dónde está? ¿Cómo que está perdido? —le preguntó Rafael aquella mañana, sin comprender. Osvaldo no le respondió. Sólo atinaba a pensar que el corazón se le iba a hacer pedazos.

—Necesito que me prestes atención —le dijo Osvaldo.

—No deberías estar fuera de la cama. Debiste llamarme si necesitabas algo. ¿Por qué no me llamaste? Te lo he dicho, te lo he repetido, por Dios. ¿Por qué no me escuchas?

Osvaldo estaba demasiado ocupado escuchando el sonido de sus entrañas, reconociendo al invasor que jamás pasó por su vientre, mientras Rafael hablaba del asunto disminuyendo su gravedad.

—No lo sentí entonces —siguió Osvaldo.

“Si no te lo hubiera dicho, maldita sea, Memito. Si no te hubiera dicho nada”, pensó.

—¿Qué? ¿Que tu hijo no estaba en casa? ¿Que se fue? No, no lo sentiste.

Rafael pensó que, a lo mejor, su sobrino se había convertido en gusano y, sin querer, alguno de ellos lo pisó durante su búsqueda. La mañana en que su hermano le llamó, Rafael pasó a su casa y lo encontró sentado en la cama, diciéndose a sí mismo una y otra vez:

—No te preocupes. No estoy enojado contigo. Vamos, sal. Por favor, sal.

“¿Quién podría saberlo?”, pensó Rafael. A lo mejor se había ido por el resumidero o se escondía en las paredes, convertido en una rata. Nunca se tiene suficiente cuidado en el hogar y siempre hay un hueco por el que los niños pueden huir. Se sabe que, entre más pequeño es el espacio, mayor es la imaginación con la que los niños afrontan el ineludible hecho de que lograrán escapar.

—Guillermo no está, hermano. No está, pero tú sí —le dijo, acomodándose la bata, contemplando el fracaso de las manos de su hermano al intentar calmar al resto de su cuerpo—. Si quieres recibirlo cuando regrese, debes estar bien, sano. Mírate nada más. No dejas de temblar. ¿Por qué estás tan nervioso? Deberías llamar a Servicios Infantiles. Decirles lo que pasó. Decirles que tu hijo se perdió en algún lugar de la casa, transformado en quién sabe qué. Ellos lo encontrarían.

—No me has escuchado aún —le reprochó Osvaldo.

Sin importar lo bueno que fuese Rafael en su trabajo, interpretó el temblor de su hermano como un signo de desesperación. Perder a un hijo debe causarle a uno la ansiedad de quien siente que el cuerpo se le ha extraviado y que, de algún modo, se sostiene como un holograma, como un recuerdo. Uno es un muerto al que todavía no le confirman su propia defunción. Sólo en ese dolor, él podía comprender la desesperación de su hermano. A veces, sólo hace falta la idea de la muerte para unir a dos personas.

—Me quedé dormido en su habitación. A las once, me desperté, me dolía la pierna. Quería hablar con Memo, pero no lo encontré. Tú sabes lo mucho que le gusta esconderse debajo de la cama.

Osvaldo sabía la rutina. Nunca pensó que recordar aquello pudiera causarle dolor. Su mente, acostumbrada a ver con alegría la transformación de su hijo, a veces incluso con la sensación de cotidianidad que confiere lo que se da por sentado, le produjo escalofríos. No sólo le temblaba el cuerpo, sino también la cabeza. Todos los recuerdos están a una experiencia de convertirse en traumas.

—Se convierte en una cría de tigre y pretende ser un peluche. Se queda muy quieto, ni siquiera mueve los bigotes. Espera hasta que te cansas de fingir que lo buscas, porque siempre sabes dónde está, y salta hacia ti con sus pequeñas garras. Y no puede evitar que las garras se vuelvan dedos antes de tocarte.

Su hijo, el de las rayas siempre distintas, porque nunca había visto un tigre de verdad, pertenecían a su imaginación. Los había visto en un libro, los había visto en caricaturas, pero el mérito de convertirse en tigre era suyo. “Su imaginación es prodigiosa”, pensó Osvaldo.

—Memito no podría hacerme daño, lo sabes, ¿verdad? —Rafael asintió con indiferencia, ¿cómo iba a saberlo?—. Mientras lo buscaba, comencé a toser. Gritaba su nombre y tosía, Rafa. Él debía saber que me estaba haciendo daño. Debía parar, pero no lo hizo —embarró la mezcla de sangre y saliva en su pantalón, esperando que Rafael no lo notara—. Primero, creí que me dolía la garganta, que se me iba la voz, por Memito. Tú lo sabes. A uno se le va la voz de preocupación cuando un hijo desaparece.

—Insisto en que deberías ir a casa a dormir. A esperarlo, si eso quieres, o llamar…

—Necesito que me internes —lo interrumpió Osvaldo—, y que seas un buen hermano, por mí, pero sobre todo un buen tío. ¿Me oyes? No dejes que alguien más le haga daño. Cualquier otro médico lo lastimaría.

Rafael sentía comezón en el pecho, en el cuello, en las piernas; un hormigueo que debía ser poca cosa comparado con lo que padecía su hermano, así que no se quejó. Su hermano parecía tener la cabeza estropeada por la pérdida.

—La tos se fue haciendo cada vez más fuerte —le explicó Osvaldo—, pero el resto del cuerpo ya no me dolía. Quizá era el estrés, quizá la adrenalina. ¿Quién sabe? Me iba a convertir en un águila para darle vueltas a los alrededores de la casa, pero, apenas lo intenté, comenzó a dolerme el pecho, como si Guillermo me hubiera clavado sus garras.

—¿Memo te estaba arañando? ¿O sea que estaba ahí? Tú dijiste que él no estaba. Cuando fui a tu casa, me dijiste que se había perdido —miraba su reloj—. No entiendo nada. ¿Lo hallaste? ¿Hallaste a mi sobrino?

—Adentro de mi pecho, Rafa —le contestó Osvaldo—. No me rasguñaba por fuera, sino por dentro. Pensé que estaba sufriendo un infarto.

Debía ser eso lo que lo aquejaba. Fue tal la desesperación de su hermano, que los males cardiacos de su herencia al fin se harían presentes.

—¿Te hiciste un electro?

—No, Rafa. Tengo edad para sufrir un infarto y creí que la desaparición de mi hijo y el intento de transformación me habían fulminado. Uno pensaría eso, ¿no? Supongo que algún otro paciente tuyo ha pensado que tiene un infarto cuando no es así —Rafael asintió, recordando casos de pacientes que demoraban una eternidad en explicar sus padecimientos que, con su ayuda, no habían sido fulminantes. En caso contrario, habrían muerto más rápido de lo que duraban hablando en su consultorio para agradecerle—. Pensé que había sido demasiado y que no lo soportaría. Eso fue todo. O pensé que eso era todo.

Una enfermera tocó la puerta. Al parecer, aquello se había extendido demasiado y había una larga lista de pacientes esperando que les dieran esperanza o noticias fúnebres. La enfermera le hizo una seña a Rafael. Debía apresurarse. “Ella tiene razón”, pensó.

—Osvaldo, voy a darte un medicamento para el insomnio. No estás durmiendo, se te nota en la cara. Y lo que tienes es ansiedad. Necesitas un ansiolítico, pero ése no te lo puedo recetar yo. Tendrás que ir a Psiquiatría.

—¡No!

La fiebre era insoportable y su hermano no le hacía ningún favor. Osvaldo sentía que cada partícula de su cuerpo se degradaba y, si una vez pudo transformarse en águila, en perro, en lobo; si había sido todos los animales que un humano puede ser, de pronto habría de desintegrarse, formando un cúmulo de nada. Sintió que estaba por desaparecer y que sólo la preocupación por su hijo lo mantenía íntegro.

—Debes dormir —insistió Rafael.

—¡Yo sé lo que tengo, maldita sea! ¡Escúchame! No es falta de sueño. Te pido que seas un buen tío, no un mal médico.

La enfermera acudió una vez más. Osvaldo, sin soportar su interrupción, esperó a que se fuera, se puso en pie y atrancó la puerta.

—No me hagas llamar a Psiquiatría para que vengan por ti —lo amenazó Rafael—. Me preocupa verte tan cambiado. Te ves muy mal.

—No, no llames a nadie. Escúchame, Rafa, por favor. Yo sé lo que tengo. Necesito tu ayuda. No puedo hacerlo solo. No puedo arreglar esto. Ya lo intenté. Te lo juro. Intenté todo. ¿Puedo confiar en ti? —Rafael asintió una vez más, casi por inercia, a los deseos de su hermano, que parecía sufrir tanto—. Necesito que alguien me ayude y ése vas a ser tú.

Rafael sentía un vacío en el cuerpo, similar al de los órganos mientras se transforman; ese vacío inexplicable que precede al cambio. Imaginaba que algo así podría pasar, que su hermano podría tornarse violento, loco. Había escuchado en los pasillos de Psiquiatría que muchos terminaban ahí por un colapso mental: crisis psicóticas, ataques de pánico, crisis de conversión animal. Aquello ameritaba terribles consecuencias, irreversibles, pero Rafael no creía que fuera necesario alarmarse así. Su hermano estaba mal, sí, pero debía tener arreglo.

Por otra parte, pensó en los objetos que tenía en su oficina, en qué podría utilizar si era necesario defenderse. No quería hacer uso de la fuerza, pero quizá su hermano no entraría en razón y debía estar listo para protegerse. Apenas se dio cuenta de que pensaba en defender su vida de su hermano, afligido por la pérdida, sintió una culpa y una miseria moral que no había experimentado en su vida.

—Está bien —le dijo a Osvaldo adormeciendo su voz, intentando tranquilizarlo.

—Memo está sufriendo. Necesito tu ayuda.

Luego del dolor que lo había aquejado, Osvaldo agradeció al universo por mantenerlo vivo para hallar a Guillermo. Sin embargo, no parecía estar en ningún lado. Osvaldo gritó con fuerza el nombre de su hijo. Luego, calló con una fuerza igual sus gritos. Se dice que el silencio inquebrantable de un hijo puede hacer callar el corazón de un padre, quien espera que, al callar su corazón, sea posible oír el de su hijo.

—Dices que esto es por Memo, ¿no? Está bien. Dime. ¿Qué pasa con Memo? ¿Lo encontraste? ¿Volvió a casa?

—Memo está… vivo —le respondió, y Rafael tembló igual que su hermano. Osvaldo apretaba su pierna con dolor—. Necesito tu ayuda. Le dije algo terrible…

Alguien fuera del consultorio intentó abrir la puerta y Rafael gritó como si con la interrupción amenazaran su vida.

—¡Esto es urgente!

—Gracias, Rafa. Te lo debo.

Osvaldo le pidió que se acercara y pusiera la mano en su pecho. Los dos estaban de pie. Se levantó la playera, empapada de un sudor que parecía saliva, y señaló con su mano el lugar donde debía estar su corazón. Él no lo sabía con total certeza. Quizá lo que escuchaba dentro de su cuerpo lo hacía confundir el lugar exacto, igual que si se hubiesen movido los órganos, ya sin reconocer su sitio. Sin embargo, era ahí donde dolía.

Otra punzada le hizo saber a Osvaldo que, si esperaba más, ninguno de los dos tendría alivio.

—Rafael, mi hijo está aquí adentro.

—¿Disculpa?

—Mi hijo está aquí.

La mañana en que lo visitó, preocupado por lo que Osvaldo le había dicho de su sobrino, escuchó una voz que susurraba cosas inentendibles. Sólo al acercarse, al estar de espaldas a su hermano en su habitación, pudo escucharlo decir:

—No te preocupes. No estoy enojado contigo. Vamos, sal. Por favor, sal.

Al confrontarlo con la posibilidad de que lo hubiesen secuestrado, de que se hubiese salido, de que quizá se convirtió en un animal y se escondió en algún agujero de la casa o en el caño, Osvaldo le dijo:

—Cállate. No va a escucharme. Tiene miedo.

Osvaldo señalaba hacia el interior de su cuerpo, igual que aquella mañana. Primero, el lugar del corazón; luego, los pulmones y las entrañas. Quería hacerle saber a su hermano que su hijo estaba en todas partes, devorándolo por dentro, incapacitándolo para la vida desde el fondo mismo de ésta.

—Mi hijo está en mi corazón. Está creciendo. Se esparce. Lo sé. Voy a morir si no hace algo, y no me importaría, ¿sabes? Morir. Me daría lo mismo morir si así pudiera mantenerlo vivo, pero si yo muero, él también morirá.

—Osvaldo, eso que dices es imposible. ¿Se te olvida dónde estás? Yo lo he visto todo. Ayer atendimos a un hombre que ya no podía respirar porque se convirtió en un insecto y sus pulmones no crecieron de la forma correcta. Todos los días ocurren cosas así, casi siempre tienen remedio. Y eso que dices no ha pasado ni pasará nunca. ¿Una bacteria? Los hombres no pueden convertirse en bacterias. Estás loco.

—¡Quizá dijeron lo mismo del primer hombre que se convirtió en pájaro! —reclamó Osvaldo—. ¿No lo habrán tildado de loco? ¿No le habrán dicho que su imaginación era una locura? ¿Qué diferencia hay? Entiende, la vida de tu sobrino está en juego.

Rafael tocó con su mano la frente de Osvaldo y, al sentir el sudor que se le pegaba como saliva, se dio cuenta de que algo anómalo le ocurría a su hermano. No era una alucinación cualquiera. Era la alucinación de una enfermedad desconocida para él, quien creía conocerlas todas.

—Esto es urgente —le dijo—. Tienes razón. Estás mal. Estás muy enfermo, Osvaldo, y debemos internarte. Necesito llevarte ahora mismo a que te hagas unos estudios para saber qué tienes.

—No me dejas terminar —insistió Osvaldo—. Me interrumpes, ¡siempre me interrumpes! Siempre ha sido así y te pido que, por una vez, no seas el primero ni el más importante en la maldita conversación. Deja que sea yo quien hable esta vez. Estoy diciéndote que mi hijo está dentro de mí, y no me sirve tu ego de doctor al que le urge descubrir una enfermedad. Necesito que lo salves.

“Quizá no es demasiado tarde”, pensó Rafael. Quizá aún podía darle un tratamiento adecuado, antes de que la infección se esparciera a otras áreas de su cerebro. Aún hablaba de manera lógica, pese a las locuras que decía. Su motricidad tampoco parecía afectada.

—Golpéame —le dijo Rafael, casi como por instinto.

—¿Qué?

—Quiero saber si aún tienes fuerza en los músculos. ¡Golpéame!

—Ser médico no te quitó lo imbécil —le contestó Osvaldo.

“La alucinación, el dolor de pecho, los temblores, el sudor viscoso… todo eso tiene arreglo”, pensó Rafael. Él lo arreglaría.

—Necesito que lo saques sin matarlo —retomó Osvaldo, con la voz más aguda, como si su cuerpo requiriera un mayor esfuerzo para hablar—. Haz un cultivo. Sácalo. Saca cada partícula de mi hijo, pero no lo mates. Te lo ruego. Sácame los órganos si los necesita para estar vivo. No lo mates. Él no tiene la culpa. Tiene cuatro. Maldita sea. Un niño de cuatro no sabe lo que hace. No quería que pensara que iba a castigarlo, que se metió en problemas. Quería darle tiempo, Rafa. Él no quería lastimarme.

Osvaldo recordaba que, al calmarse su dolor de garganta y de corazón, reanudó la búsqueda de su hijo, pero algo dentro de él le hacía estar seguro de que no estaba perdido, quizá sólo se escondía. Intentó transformarse en tigre. Esperaba que aquello le pareciera divertido a su hijo y saliera a clavarle sus garras. Sin embargo, lo atravesó un pensamiento terrible. Quizá porque todos los padres creen que sus hijos son únicos, especiales, dotados; quizá porque le dolía el pecho; sin importar la razón, Osvaldo estaba seguro de que su hijo de apenas cuatro había logrado convertirse en un microorganismo, quizá una bacteria, y que, reducido como estaba, se había alojado en el interior de su cuerpo.

—No quiero elegir entre mi vida y la de mi hijo, pero si vas a hacer algo, quiero que lo remuevas y lo dejes vivir. No importa lo que me pase. Antes que cualquier cosa, soy su padre. No voy a dejar que me des ningún antibiótico ni que me inyectes nada que pueda ponerlo en peligro. Si lo haces, juro que te voy a matar.

Rafael se dio cuenta de que su hermano hablaba en serio. Osvaldo podría matarlo. Sus entrañas reconocían, con un miedo animal, la sensación de peligro inminente.

—Me convertiré en bacteria, igual que mi hijo, y voy a destrozarte el corazón con una fiebre incurable. Haré que tu corazón se pare, ¿me escuchas?, o lo que sea que hagan las bacterias, lo haré. Te lo juro por la vida de mi hijo y por la mía. Así que ayúdame. No creas que quiero hacerte daño, o a Memo. Soy un buen padre, te lo juro. No lo perdí, no está perdido, sólo tiene una gran imaginación.

Rafael tuvo que hacer una elección en ese momento. Su hermano le estaba confiando su vida, le confiaba su visión de la realidad y le pedía que no la hiciera pedazos. Si Rafael llamaba loco a su hermano sería peor que la muerte, porque le quitaría todas las esperanzas y le haría sentir la culpa de quien mata con su negligencia a su propio hijo.

Rafael tomó a Osvaldo por los hombros. Sentía el sudor colándose hasta el dorso de sus manos, pero no le importó. Era un momento definitorio para su vida.

—Haré todo lo que esté en mis manos para que ambos estén bien —le dijo.

Osvaldo abrazó a Rafael con la misma ternura con la que habría abrazado a su hijo si no lo tuviera dentro del pecho. Al sentir el tremendo calor de ese cuerpo tan frágil, Rafael lo ayudó a ponerse firme y lo encaminó hacia la puerta. Le pidió que lo esperara afuera. Haría una llamada al laboratorio para avisarles que debían prepararse.

—Vamos a solucionarlo. Te lo prometo. Haré lo imposible.

Osvaldo sonrió para su interior, como si una bacteria pudiera comprender el significado de la curvatura de los labios y alegrarse por ello.

Rafael, en cambio, estaba intranquilo. Antes de que llegaran a su destino, detuvo a su hermano y le preguntó, en confidencia:

—Aquella mañana, y hoy también, me dijiste que estabas dormido.

—¿Qué?

—Dijiste que estabas dormido. No entiendo por qué mi sobrino se habría transformado en algo diminuto o querría huir si tú dormías con él. ¿De qué huía?

Osvaldo intentó hacer avanzar a su hermano. Lo animaba a seguir.

—No entiendo por qué viene al caso.

—Y yo no imagino a mi sobrino convirtiéndose en una bacteria para hacerte daño.

No quedaba más remedio que recordar aquellos momentos, terribles desde entonces y aún peores en la memoria.

—Me dijo que me odiaba. Eso. Me dijo que me odiaba y que ojalá pudiera hacer algo que de verdad me doliera.

—No entiendo, ¿te odiaba?

—Esa tarde, poco antes de quedarme dormido, se convirtió en tigre y sus garras lograron lastimarme —Osvaldo se levantó el pantalón. Tenía una herida infectada. Rafael tembló sin que Osvaldo se percatara—. Le dije que estaba harto de que jugara a ser un tigre. Eso fue todo. Él me dijo que me odiaba porque le gustaba más ser un tigre que un niño. Me reclamó porque yo no podía entenderlo, porque nunca lo entendía. ¿Eso querías saber? ¿Querías saber que mi hijo me odió y que es mi culpa que esté así?

—Yo no…

—Tú querías oírlo, lo sé. Tú me culpas por lo que le pasó. Me culpas porque aún no llamo a Servicios Infantiles, o quizá sólo por ser una molestia. ¿Podemos seguir?

—Lo siento mucho —le dijo Rafael.

Osvaldo, incapaz de soportar tanto dolor, se apoyó en el hombro de su hermano para seguir.

Mientras Rafael guiaba a Osvaldo, se dio cuenta de que él mismo sentía una opresión en el pecho. La tensión le cobraba factura.

—Lo siento mucho —le dijo a Osvaldo, antes de entregarlo en el pabellón de Psiquiatría.

Cuando se aseguró de que internaran a su hermano en un ala aislada, pensó que él también debía hacerse un estudio. No fuera a ser que Osvaldo le hubiese transmitido su terrible fiebre y, con ella, su alucinación. Lo haría mañana.

—¿Qué le pasó a tu hermano? —le preguntó un compañero antes de que se fuera.

—Piensa que mi sobrino se convirtió en una bacteria y se alojó en su corazón. Su hijo está perdido. Sí, perdido y sin rastro. Debe aferrarse a él como sea, ¿no? Mi hermano perdió la razón, pero no es un mal tipo —Rafael le dio la espalda a su compañero y se marchó.

Tomó sus cosas y se fue del hospital. Pensaba en la locura, en la absurda idea de su sobrino anidando entre las fibras de la carne de su hermano, que daría lo que fuera por mantenerlo vivo, incluso su propia vida. La fiebre podría haberlo enloquecido, pero Osvaldo era un buen hombre. Que Memo hubiese desaparecido no era su culpa, pero no haberlo buscado, haberse quedado en la cama, hablándole al aire… Rafael pensó en lo terrible que era que, en el fondo, nada de lo que hiciera por su hermano le daría la paz que necesitaba.

Rafael siguió tosiendo en el camino a casa y se sorprendió al retirar de su frente y su cuello un sudor grumoso. Había manchado su bata con el sudor de sus manos, con las que se había aferrado a las mangas sin darse cuenta. Su cuerpo actuaba solo. Sentía que necesitaba descanso, pero no tuvo tiempo de llegar a casa. De pronto, un súbito dolor le recordó el testimonio de su hermano, ahora vívido en su propio cuerpo. La sangre le escurrió por la boca, mezclada con saliva. Detuvo el auto y llamó a su compañero.

—Creo que es verdad —le dijo, alarmado por sus síntomas. Su compañero también se alarmó.

Rafael le pidió que fuera por él. Era urgente. Debían mandarle una ambulancia.

Cuando lo ingresaron en Urgencias, lo primero que hicieron fue tomarle la temperatura y aislarlo de los demás pacientes.

—No puede ser, Rafa, no puede ser. Si de veras es cierto lo que dijiste… Ojalá no —le dijo su compañero, pero Rafael no lo escuchó. Estaba abstraído en un sonido que sólo podría describir como el de su propia desintegración.

—¡Siento cómo se me deshacen los pulmones! —le gritó a su compañero, llorando como un niño. Desesperado, lo tomó por el cuello, intentando levantarse. Acabó arañándolo sin fuerzas. Las piernas ya no le respondían—. Memo debe estar en la capa superior de mis órganos, está ahí, puede ser que aún tenga solución si haces algo. Hazlo pronto. Mi hermano… ¡Oh, mi hermano!

Ni su compañero ni nadie pudieron ayudarlo. Esa misma noche, Rafael cayó en un coma profundo. Lo habían puesto en cuarentena, al igual que a todos los que habían acudido por él en la ambulancia y aquéllos que, sin cubrirse, habían respirado el mismo aire que su hermano.

Osvaldo, en Psiquiatría, se desquició cuando le inyectaron antibióticos. A veces, tomaban muestras de lo que sea que aquejaba su salud y él chillaba suplicando piedad.

—No te preocupes. No estoy enojado contigo. Vamos, sal. Por favor, sal —decía. Le hablaba a alguien que nadie más podía ver—. Por favor, perdóname.

Convirtiéndose en tigre, intentó evitar que siguieran inyectándolo. Atacaba a los enfermeros y luego daba vueltas en círculo. Corría, esperando que la invitación al juego fuera suficiente para recordarle a Guillermo lo que era ser un niño. Él mismo debía recordárselo si ansiaba convencerlo. Quizá por eso rodaba por el suelo, y no por la fiebre. Quizá por eso se lamía sin pudor, y no intentando quitar de sí mismo los rastros de lo que padecía.

—Rafa, por favor, te dije la verdad. ¡Ayúdame! —gritaba en los breves lapsos en que recobraba su humanidad.

Los enfermeros se sacudían por la impresión. No sabían cómo decirle la verdad. Creían que su estado empeoraría.

Rafael murió en la otra ala del hospital, luego de combatir contra Guillermo… y perder.

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