Escribir es repetirse

I

La narrativa, como toda la literatura, ofrece la oportunidad de encontrar el sentido en aquellas situaciones de la vida que, por su intensidad, por su aparición inoportuna, hasta por su fugacidad, se nos escapan de las manos del mismo modo en que llegaron a nosotros. Cuando la vida golpea como se supone que debe golpear, puede que no sepamos ni qué nos golpeó (los golpes son sensaciones, son ideas, son imágenes. Cada objeto que pasa frente a nosotros nos golpea esperando comprendamos su existencia). Si uno es de esos raros afortunados que sí lo pudo ver, se pregunta la razón. ¿Por qué a mí?

Generalmente, estas pistas, los por qué, los qué, los cómo, no los proporciona la vida. No así, en su existencia desnuda. La realidad es tan compleja que necesita cientos de ciencias para ser comprendida (del mismo modo, la realidad necesita a cientos, quizá miles de escritores en toda la historia para encontrar sentido a todo cuanto es objeto de imaginación). Pero siempre se puede descubrir algo nuevo y para muestra los físicos, que aún no saben, a ciencia cierta, qué es el tiempo. Sin embargo, todos comprendemos la importancia del tiempo en una historia cuya extensión no rebasa las dos páginas. Uno sabe que algo debe ocurrir, que el punto final apremia a esa realidad que, de apariencia pequeña, puede contener un gran significado. Del mismo modo, uno imagina que habrá tiempo suficiente en una novela. Ya habrá tiempo, decimos cuando soltamos el libro y apartamos la mirada.

Recuerdo haberle leído a James Joyce que la epifanía es hallar la configuración exacta en el modo de mirar un objeto (una situación, una persona), casi como si al mirar cada cosa uno tuviera que resolver un cubo rubik, con el peligro de no hacerlo a tiempo y de que el objeto se nos escape para siempre de la vista. Pero a veces, cuando somos afortunados, alcanzamos a resolver el código, nos volvemos la máquina de Turing y desciframos lo que sea que ese objeto trata de decirnos (o nos esconde) en código.

La narrativa está plagada de instantes en los que los personajes más diversos buscan encontrar el sentido, incluso cuando no saben que lo que buscan. Pero llega la epifanía, sus vidas cambian, se quedan igual o resulta ser todo una mentira, y nosotros, los lectores, comprendemos que alguien nos ha mostrado una configuración del cubo. Alguien descifró el código de la maquina enigma por al menos una tarde. El narrador nos revela, con su obra, un modo único y particular de ver el mundo que nos permite acceder a nuevos significados.

La narrativa es como un banco de miradas que encuentran historias que justifican su modo de mirar.

 

II

Alguna vez leí que todos los cuentos de Raymond Carver son una sola historia compuesta de escenas dispersas con títulos que las diferencian pero que en esencia son todas la misma. Hay quien dice que todos los cuentos de Dick están llenos de paranoía, robots y mutantes. Las criaturas que pueblan todo el imaginario de Lovecraft ya son todo un culto. Aunque la originalidad suele estar asociada, en el imaginario popular, al acto creativo, sobran ejemplos en los que escribir constituye un acto de repetición. Uno puede asociar el acto compulsivo de repetir la mirada sobre un mismo objeto (situación, recuerdo, persona) con el de intentar, con desesperación y con calma, llegar a la verdadera naturaleza de su existencia, su revelación. A uno se le puede ir la vida en hallar el modo correcto de iluminar un único objeto. (Un poeta, cuyo nombre no recuerdo porque leí en un recorte de periódico, lo expresaba mejor que yo: cada autor tiene apenas un par de obsesiones en toda su vida, si tiene suerte, y su papel es mostrarlas lo mejor posible, de tal manera que después, cuando alguien haga un recuento de aquel objeto, alguien recuerde ese modo de mirarlo tan particular. Para los que no se fían del poeta sin nombre, algo similar decía Scott Fitzgerald).

“Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad”, escribió Raymond Carver en su ensayo Escribir un cuento. Yo añadiría que no sólo elabora un mundo en consonancia con su especificidad, sino que elabora un mundo con el fin de mostrar dicha especificidad. El mundo alrededor de la revelación es el contexto necesario para saber mirar del modo que el escritor espera. Bajo esa óptica, tiene sentido (e incluso, sería algo deseado), que algunas de las historias hagan eco de lo que otras ya intentaron mostrarnos.

Sin embargo, a veces la repetición va más allá.

III

Una de las imágenes que más me acompañan, a la hora de escribir un cuento, es la de Nueva York siendo enterrada en Marte. “Nueva York se derrumbó, cayó y fue enterrada”. Me gusta usar ese ejemplo con mis alumnos. ¿Cómo imaginan que Nueva York es enterrada en Marte? Algunos se imaginan a una ciudad desmoronándose en un páramo sangriento, otros más visualizan a la ciudad siendo enterrada por el polvo, con los edificios todavía de pie, ya sin personas. Para Bradbury, Nueva York es un hombre que es cubierto por tierra marciana luego de ser asesinado. Es la tristeza extraordinaria de una muerte cualquiera. Nueva York es una idea, también. Nueva York son los recuerdos. El hombre que cava la tumba, Saúl, llora sabiendo que ha perdido para siempre la ciudad que tanto amaba. Mark, el muerto, tenía la habilidad de poder recrear lo que sea ante sus ojos.

En El visitante, uno de los cuentos de El hombre ilustrado, los hombres son enviados a la luna cuando enferman de algo incurable. Saúl, recién llega, se lamenta la pérdida de Nueva York. Amaba tanto sus edificios y ha sido condenado a pasar sus últimos días en un paraje desértico. Se lamenta en silencio hasta que aparece Mark, un hombre que es enviado a la luna después que él, quien le muestra que podrá recrear la ciudad siempre que él desee.

El egoísmo lleva a Saúl a querer apartar a Mark a una caverna, quedárselo para sí. Pero los otros hombres se han dado cuenta de la ciudad de Nueva York, edificándose en medio de la nada, y llegan hasta la caverna esperando, todos y cada uno, lo mismo que el primero: que sea suyo y solo suyo. Mark les propone un trato: les ayudará a todos a recordar lo que quieran, pero será en rotación. No puede –ni tiene necesidad- de hacerlo todos los días con todos ellos. Los hombres, frustrados, pelean con armas para quedárselo. Nadie desea compartir, todos añoran ser satisfechos por el tiempo que les quede de vida. En el enfrentamiento, Mark intenta defenderse haciéndose invisible, encubriéndose entre todas sus ilusiones, pero acaban asesinándolo con un tiro. Saúl es quien lo entierra, con pesar.

Fue su egoísmo lo que lo aparto para siempre de una segunda oportunidad. Pudo haber disfrutado una vez más de los recuerdos de esa ciudad que ya jamás vería sin la ayuda de Mark.  Y, en última instancia, Mark murió presa de la avaricia. De un egoísmo desesperado que Bradbury se asegura que entendamos.

 

IV

En Crónicas marcianas (un libro que algunos afirman que es novela y otros que son una serie de cuentos), una de las historias, El marciano, gira en torno a dos ancianos, La Farge y Anna, quienes llegan a marte a pasar sus últimos días. Ambos resienten la pérdida de su hijo Tom, muerto hace ya mucho tiempo. Un día, en su nueva casa marciana, escuchan como algo ronda la casa, y Anna se dispone a correr a la criatura, cuando La Farge le hace notar que se parece muchísimo a Tom. Por la noche escuchan como algo entra a la casa y suponen que ha sido él. Y así se confirma por la mañana, cuando un niño que es idéntico a Tom saluda a La Farge llamándole papá. Ninguno de los dos puede creer que hayan recuperado a su hijo. Es una segunda oportunidad que marte les ofrece cuando parecía que la vida estaba por terminar.

El Tom de marte les dice que no le gusta el pueblo, no le gusta la otra gente. Estuvo a punto de caer en una trampa ahí y no quiere volver jamás. La Farge lo defiende. Si el chico no quiere salir, que no salga. La casa, pues, funciona como una fortaleza para que nadie le haga daño a su hijo (La Farge sabe que el chico es un marciano, pero lo trata como si fuera su hijo de verdad. A lo largo de todo Crónicas Marcianas, Bradbury nos deja en claro que los marcianos usan la ilusión de “cambio de apariencia” como una forma de salvaguardarse de los humanos).

Pero el chico, que le afirma se siente seguro ahí, acaba yéndose cuando lo obligan a salir al pueblo. Los viejos no paran de preguntarse dónde está. Hasta que un hombre les dice que pasó algo que no pueden comprender. La gente del pueblo pensaba que una niña, hija de unos vecinos, había muerto. Incluso habían encontrado su cuerpo. Pero, de forma inexplicable, la hija volvió. La Farge sabe por qué. Su Tom se ha convertido en esa niña. Su Tom, maldita sea.

La Farge lo busca e intenta convencer a Tom que regrese a casa. Ya no soy tu hijo, le increpa, pero al final acaba con La Farge en una lancha, a punto de regresar a casa. Mientras intentan huir, los detienen con la excusa de que a bordo de la lancha va un asesino, y en un momento tensísimo Tom acaba transformándose en muchas personas a la vez, lo que desata que le den un disparo. Tom acaba muerto. La niña que él remplazaba, también.

Su hijo ha muerto por segunda vez y para siempre. Ya no les queda más que llorar de una vez por todas al hijo que se supone que ya no llorarían en marte. Si hubiesen hecho caso a su nuevo hijo marciano, si no lo hubiesen llevado al pueblo, habría estado a salvo, piensan. Pero qué más remedio. Ya nada puede hacerse. Está muerto… Está muerto…

V

Ambas historias pueden ser leídas como narraciones sobre las consecuencias de la avaricia, del egoísmo; pueden ser leídas, también, como la incapacidad de superar la pérdida, y los modos en que nos aferramos a todo aquello que nos recuerda lo que perdimos. Bradbury escribía en clave de nostalgia. Uno puede leer sus cuentos como algo que ocurrió hace mucho, un recuerdo doloroso, incluso cuando hablaba de Marte, incluso al hablar del futuro.

Ambas historias retratan una muerte que se siente injusta. Ambos eran seres capaces de cosas extraordinarias, muertos por la incapacidad de otros de avanzar (quizá la caída de una ciudad entera no es exageración: en Crónicas marcianas la humanidad entera se enfrenta a su propia decadencia, quizá hasta su extinción; no a causa de los marcianos, sino a su incapacidad de cambiar, de ser mejores).

Bradbury, quizá sin darse cuenta, establece tal paralelismo entre ambas historias que la estructura de éstas acaba siendo común a las dos de un modo que resulta identificable:

  1. Llegar a un sitio a pasar los últimos días. A morir.
  2. Hay una pérdida terrible que parece imposible superar.
  3. Alguien aparece en la escena, posibilitando aferrarse a esos recuerdos.
  4. Se teme perder esa posibilidad, así que se intenta apartar a ese ser de los demás. Debe ser sólo para uno mismo.
  5. El ser indica cómo quiere vivir. Tiene sus condiciones.
  6. Aparece una muchedumbre que pone en peligro esa posibilidad añorada.
  7. Todos luchan por quedárselo.
  8. Las condiciones no son respetadas.
  9. El individuo único, especial, acaba siendo asesinado pese a sus esfuerzos. Sus dotes no le ayudan a permanecer vivo (les asesinan precisamente debido a ellos).
  10. Se llora la pérdida de quien muere como la realización final de que jamás se tendrá la oportunidad otra vez.

Vale la pena rescatar que, en ambos casos, es posible identificarnos con los dos lados: con el que, desesperado, busca conservar lo poco que podría quedarle en el mundo, el recordatorio de todo cuanto perdió; también con aquel que sólo quiere vivir su vida y acaba siendo arrastrado a la muerte por algo que nunca quiso hacer en verdad.

Ambos personajes, Mark y el Tom marciano, tienen  en común, además, que plantean su ser en forma siniestra. Ellos se saben especiales. Saben que tienen un potencial que pueden usar a su favor. No necesitan de esos que están arrastrándolos al vacío. Lo irónico es que quienes acaban invocando a la muerte (y no hay cosa más siniestra que ésa) son precisamente quienes Mark y Tom pensaban que no tenían relevancia alguna en sus vidas.

VI

La mirada ha sido puesta en la pérdida. Cuando uno ve morir a un hijo, se ve morir al mundo entero. En ese sentido, presenciar la caída de Nueva York, sepultarla con tristeza, no es muy distinto que enterrar a un ser amado. Un recuerdo. Un sueño.

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