Divague: Preferiría que lo hagas tú.

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Te dicen que la docencia es un acto de “vocación” porque sólo la vocación justificaría trabajar tantas horas extra, revisar trabajos en tu tiempo libre, dedicarle un tiempo de tus vacaciones a planear qué harás cuando vuelvas al trabajo y tomar cursos que a veces ocupan más horas a la semana que las horas pagadas. Decir que uno lo hace por vocación es la respuesta socialmente aceptada, la más desinteresada y por lo tanto la de más orgullo, como si hubiese algo vergonzoso en trabajar en la docencia por el sueldo, por las prestaciones y los horarios. Ese honor no merecido a la vocación, que permite que tantos docentes sean explotados, acaba siendo adornado por los mismos explotados porque sólo así su martirio adquiere tintes de autosacrificio moral: Es por vocación que trabajo tanto, dicen, porque lo hago por los niños, lo hago por los jóvenes, lo hago por el futuro. Tal suerte de disertación sobre lo abstracto encubre un hecho fundamental: que sólo mintiéndose con esperanzas sobre un futuro abstracto es que el docente no se arranca con saña la cabeza luego de que los alumnos reales, tangibles, de carne y hueso, que sudan y escupen, le recuerden a su progenitora en medio de muchas groserías, que no le dejen ni hablar entre tanto grito, que le dejen afónico luego de un par de días. El discurso de la vocación no es muy distinto al del coaching, al de la superación personal y en lo general, es idéntico al del capitalismo bonachón: no sólo tienes que entregar tu alma al trabajo por un salario que no justifica tal entrega, sino que debes hacerlo porque quieres hacerlo, tiene que gustarte, tienes que amarlo, tienes que vender la idea de que ser docente es lo mejor que pudo pasarte. Ser docente es ser Sísifo y cargar la piedra con gusto, porque cargar la piedra hasta una cima no puede ser otra cosa que no sea un autosacificio excepcional.

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De un tiempo para acá, los alumnos ingresan al bachillerato con un chip en la cabeza que sin importar los años parece difícil de quitar: que el docente tiene la obligación de pasarlo, que no es él quien tiene que esforzarse, ni quien tiene que aprender, ni trabajar; ¿para qué? La labor de pasar al alumno le corresponde al maestro. El sistema educativo parece afirmarlo. Imaginen el mito de Sisifo, pero en lugar de que Sísifo suba a la cima cargando la piedra, alguien la carga por él mientras lo arrastran. Así imagino que son muchos que tienen un nivel de descaro que parece de caricatura. Te dicen: No voy a hacer nada, y hágase a la idea. Hágale como quiera. Tiene que pasarme. Es uno el que debe hacerse a la idea y no ellos. A veces me preguntó cómo sería ese mismo escenario extrapolado al trabajo: No voy a hacer lo que me toca, aunque todo se venga abajo, y hágale como quiera, de todos modos va a pagarme. O en la familia: No voy a aportar nada para la casa, ni ayudaré en las labores de limpieza, ni ayudaré a cuidar a los niños o al perro, hazle como quieras. Hay algo de Bartleby en el asunto: Preferiría no hacerlo llevado al límite de lo insospechado del cinismo: Preferiría que lo hagas tú. La moral de auto-sacrificio del docente se complementa con la de la indiferencia absoluta del alumno: Cárgame si quieres, enséñame si quieres, pásame si quieres. Eres tú quien se siente orgulloso de que yo suba. 

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En la vida cotidiana, el síndrome de “Preferiría que lo hagas tú” puede verse en un mar de situaciones variopintas. Por ejemplo: Cuando vas por el carril rápido y un auto decide ir a mucha menos velocidad de la debida, y al rebasarlo te grita, desde su ventana, ¡Rebásame, pendejo!, o cuando alguien se sube al camión con unas bocinas enormes y te obliga a escuchar su música, y apenas le dices que el camión no es un sitio para ello, te responde ¡Bájate, si te molesta!, o cuando alguien se pone a fumar en un área de no fumadores, y al reclamarle tu espacio libre de humo te dice ¡Lárgate si quieres! Hay algo común y repetido en todas esas respuestas: el que debe cambiar eres tú, el que debe adecuarse eres tú, el que debe cargar con la responsabilidad de superar lo que el otro hace es siempre tuya. En el fondo, aquellos que acometen tales actos parecieran decirnos, en su desinterés, que el mundo es suyo hasta que alguien le demuestre lo contrario. No hay regla que valga, ni social ni de ninguna clase, que los haga sentirse obligados a nada. En el fondo, nunca ha habido mayor muestra de solipsismo: si el mundo de afuera no significa nada para mí porque su existencia no me consta, no hay razón de peso para que me interese lo suficiente para cargar mi propia piedra.

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Quizá lo que hace falta es que los docentes aprendan de sus alumnos y adopten la misma postura: Aprende tú. Estudia tú. Hazlo tú. Si quieres. Si te apetece. Si lo necesitas. A lo mejor lo que le falta a la educación es atacar al enemigo (el desinterés absoluto) con sus mismas armas: Pásate tú si quieres, no lo voy a hacer yo. Un duelo de desintereses que, por su pura fricción, genere un estallido necesario para romperlos a los dos. A lo mejor falta eso, o a lo mejor no hay cosa que funcione. Hoy es Día del Maestro y a veces parece que tal celebración es como la del Día de la Mujer: existe sólo para maltratarnos los otros 364 días del año.

Cuando uno se piensa como Sísifo, a veces dan ganas de dejarse aplastar por la piedra. Seamos honestos.

Fotografía: Tango Jack.

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