Cuento: Por favor, hagamos el intento

A la memoria de María Isabel.

Publicado en Luvina 91

 

Primera página. Carta del padre.

Mucho antes de tu nacimiento, tu madre comenzó a robar juguetes de otras casas para que tuvieras con qué jugar. Decía que un juguete sin uso es un crimen, así que entraba a los hogares de los vecinos y se llevaba sus animales de peluche. Mis favoritos, la pareja de elefantes blancos, los tomó de una casa abandonada que ella debía cuidar; se suponía que encendiera la luz los domingos por la noche y se marchara luego de hacerlo, pero a veces se quedaba todo el fin de semana leyendo algún libro de poesía o pegada a su máquina de escribir.

Al principio ella escondía los juguetes porque no quería que yo me percatara de los hurtos.

Ibas a pensar que estoy loca si te lo decía, reclamó cuando le hice saber que la descubrí. No le dije hacía cuánto. Para entonces, ya había conseguido cinco parejas de animales.

Mejor que estés loca y yo no me entere.

Sí, justo así, contestó. Una locura silenciosa.

Esa noche la había visto a través de la ventana, su silueta oscura e infantil esperando que me fuera. Silenciosa e inmóvil, permaneció distante y no respondió cuando la llamé desde la calle.

Perdón por importunarte mientras les robas peluches a los vecinos, le dije a tu madre cuando llegó por la noche.

Te perdono, me dijo gentil.

No era el primer secreto que me escondía tu madre. Un día la descubrí yéndose con un montón de libros. La seguí. Me quedé en la esquina, a dos casas de donde ella había entrado. Encendió las luces. Dejó los libros sobre la mesa y pude ver que su máquina de escribir estaba entre sus cosas. Esa no se la robó a nadie. Se la dio tu abuelo como un regalo de bodas.

Para que le escribas historias a mi nieto, le dijo tu abuelo.

Tu madre insistía en que debíamos darnos prisa. Miraba el calendario todas las tardes como si de pronto no quisiera que el día anterior hubiera terminado, negándose a seguir adelante. Faltaba solo un año para que se cumpliera el límite de edad pero ella quería hacerlo ya, sin esperar ni un solo segundo. Tu madre tenía veintisiete. Habíamos pasado dos años decidiendo cómo te ibas a llamar, especulando si serías niño o niña, y también quién de los dos se haría cargo cuando el otro no estuviera.

Ella dijo que debía ser yo.

 ***

Primera página. Carta de la madre.

Con cuan poco puede una contentarse. Miro los peluches junto al escritorio, puestos unos sobre otros sobre cajas que forman un altar. Qué hermosos resultan juntitos, en parejas, absortos de este mundo con sus botones y sus hilos en lugar de ojos. Disculpa si divago, no sé hacer otra cosa.

Comencé a tomarlos de sus casas cuando no pude más soportar su tristeza. Muchos de sus dueños ni siquiera dejaban fotografías, con tal de que nadie supiera de su fracaso si no regresaban. Sentían desde el inicio que todo podía salir mal, construían un hogar sin fotos con apenas recuerdos suficientes para no olvidar quienes eran los dos. Enmudezco al encontrar sus nombres tirados en algún papel sin nadie que sepa cuánto significaban. Veo las letras, pero rehúsa mi cerebro el darles forma. Si supiera quienes fueron me sentiría obligada a recordarlos y no sé si podría escribirte esto, ansiosa de tenerte conmigo.

Tu padre espera en casa. Va a regañarme por los peluches y por no habérselo dicho. Dice que soy una loca. Loco le he dicho yo, muchas veces, cuando está viciado en sus videojuegos y pasa la tarde entera en pijama sin apartar sus ojos de la televisión.

Espero no lleves a nuestro hijo al vicio de los juegos, le solté una tarde, como una amenaza juguetona.

No necesitará que lo lleven a ningún lado, respondió tu padre, muy seguro de que tú tendrás tus propias herramientas para acabar igual que él.

Cuando le dije que quería que te diéramos a luz, el rostro de tu padre se conmovió hasta las lágrimas. Se lo dije hace un año, cuando cumplió veintiséis. ¿No te parece que es muy guapo, tu padre?

 ***

Segunda página. Carta del padre.

Habíamos acordado que te llamarías David si eras niño y Ana si eras niña. Nos tomó tanto decidir eso que apenas quedó tiempo para los preparativos del ritual. Según tu madre, el altar de peluches era su ofrenda a la diosa del amor. Esperaba que nosotros fuésemos los elegidos de alguna clase de selección bendita. Que la suerte estuviera de nuestro lado.

Según tu madre, la diosa del amor nos observaba. Estaba atenta a nosotros porque ya no quedaba nadie cerca. Los vecinos junto a la casa, los de enfrente y los de espaldas, todos ellos habían fracasado.

Ella no tiene nadie más a quien mirar salvo a nosotros, me dijo, orgullosa de sobrevivir y avergonzada de no haber intentado aun eso que podría matarla.

Tu madre perdía la cordura cuando se trataba de ti. No soportaba la posibilidad de no tenerte, así que miraba el calendario como si fuera una sentencia. Como si le hubiesen dicho que en su cumpleaños veintiocho se le iba a terminar la felicidad.

Por eso no me sorprendió que se pusiera a practicar el ritual todas las noches, en un agujero que había hecho en la casa donde se escondía. Había dispuesto de tal modo el agujero que brillaba con la noche, sinuoso.

Sumergida, miraba hacia el cielo. Emergía echándose el cabello hacia atrás con largas exhalaciones. Respiraba con fuerza y luego volvía a sumergirse por un minuto, a veces dos. Los primeros meses no sobrepasó su marca y sólo hasta mediados del año, en mayo, casi junio, descubrió el secreto para aguantar por más tiempo la respiración.

Me ponía tan tensa que jamás se me ocurrió que sólo hacía falta relajarme.

¿Y ya?

Sí, y ya. Si me relajo, puedo pasar más tiempo sumergida. Mírame.

Eventualmente tendrás que saberlo. Tu madre se lanzaba desnuda al pozo y ahí permanecía flotando hasta que su respiración volvía a la normalidad, como si no hubiese saltado, o como si no temiera la posibilidad de tu ausencia. Entonces se sumergía.

Por favor, obsérvame mientras lo hago, me diría tu madre muchas veces, cuando yo apartaba la vista. No quería verla practicar porque yo también sentía temor.

Tu madre quería que fuera yo quien se quedara contigo. Estaba decidida a enseñarme cómo aguantar la respiración en aquel pozo, para eventualmente sobrevivir en el mar.

Es tu turno, decía, saliendo desnuda de aquél espacio reducido donde no podíamos estar los dos, poniendo su mano fría en mi espalda. Debemos estar listos.

Debíamos estarlo.

***

Segunda página. Carta de la madre.

Tu padre y yo nos recostábamos junto al pozo en el que practicábamos el arte de sobrevivir. Él soportaba cada día más el peso de lo que yo le impuse: el alba luminosa del día en que te sostendría, saliendo del mar.

Espero no pienses que soy pesimista por pensar lo peor, aunque resulte sencillo. Espero que entiendas que quizá yo no esté aquí cuando leas esto. Puede que sea tu padre quien se haya ido, pero desearía que no. Es tu madre quien debe irse.

La juventud le dará a tu padre lo que espero tú tengas de sobra: segundas oportunidades. Él no debe hundirse conmigo. Espero no seas tú quien lo juzgue por querer intentarlo una vez más, si lo desea. Confío en que tu padre retendrá esta carta para entonces y tú serás capaz de mirarlo no sólo como a tu padre sino como el hombre que es, y velarás porque, igual que tú, sea feliz.

Él puede intentarlo otra vez y yo quiero que lo intente.

 ***

Tercera página. Carta del padre.

Formalmente no tienes tíos, pero los amigos de mamá y los míos comenzaron a darnos regalos cuando supieron que pensábamos tenerte. Al principio temieron, pero sabían que era lo mejor, que no podían exigirnos que desistiéramos de traerte al mundo.

Nosotros la cuidaremos si algo sale mal, dijo uno de tus tíos, mi mejor amigo. Él y su esposa me organizaron una fiesta antes de casarme con tu madre; él me visitaba todos los sábados. No es que apruebe el alcohol, pero verlo aparecer con un montón de cerveza ponía a tu padre muy feliz. Tú no bebas. No hasta que seas lo suficiente mayor para decir al menos quince dígitos de pi, o recitar la historia completa de los rituales de la diosa del amor (dudo que tu madre o yo te dejemos leer sobre eso hasta que hayas pasado la mayoría de edad).

Él me ayudó a pintar las paredes y tu madre se lo agradeció con abrazos largos y tendidos.

Cuando crezca, dijo tu madre, le voy a decir que te lleve algún regalo por el favor que le hiciste al decorar su habitación.

Tu madre no admitiría que era ella quien deseaba irse para traerte.

Me conformo con que no se parezca a su padre, respondió tu tío.

Los tres reímos mientras la pintura se secaba y acomodábamos los regalos que los otros invitados trajeron. Tu tío me preguntó cuándo llevaríamos a cabo el ritual tu madre y yo. Le dije:

La próxima semana, antes de octubre.

Se van a morir de frío, contestó temeroso. ¿Por qué no lo hicieron en abril? Debieron intentar en primavera.

Lo que tu tío no sabía es que habíamos practicado en el pozo de agua fría. No nos había visto sumergidos; primero a tu madre, mirando al cielo con sus ojos de agua, después a mí, adorándola desde el fondo y sintiendo la próxima despedida.

 ***

Tercera página. Carta de la madre.

Heme aquí, quieta y desesperándome. Fernando, si eres tú quien lee está carta, si fracasamos, por favor, haz el intento una vez más. Si obtenemos lo que buscábamos y quien sostendrá esta carta es la luz de los dos, dale la primera y la segunda página. Rompe ésta.

No necesita saber nada excepto cuanto le amamos, aunque yo necesite escribir otras cosas.

Haz que mi nombre suene formidable en sus labios. Enséñaselo desde joven. Que me llame en la casa, mientras juegue, aunque yo no esté.

Por favor.

***

Cuarta y última página. Carta del padre.

Que tu madre te amaba antes de que existieras es una verdad tan ineludible como la muerte de uno de los dos. Te encontrarás con un mundo en el que los autos pueden pasar semanas sin moverse de su sitio, porque han sido abandonados. Los vecinos nos hacemos cargo de limpiarles el polvo porque secretamente no soportamos ver cómo se acumula sobre los cristales.

También es cierto que encontrarás un mundo en donde escucharás decir que la diosa del amor es injusta, por pedirle a los hombres sacrificar tanto solo para traer vidas al mundo. Cuando escuches algo así, no olvides que tu madre y tu padre no sienten que hayan sacrificado nada. Sólo se sacrifica algo cuando se siente como una pérdida y ninguno de los dos perdió nada, si se trata de hacerte vivir.

Cuando llegues a la mayoría de edad alguien te dirá que tienes una brecha de diez años para que seas padre o madre. Insistirán en eso. Te dirán que pasados los veintiocho ya no serás capaz. No tengas miedo. Lo harás, si es lo que deseas.

Hijo. Hija. Cuando leas esto, yo ya no estaré aquí. Mi vida está en el pasado.

No te hablo de mí en esta carta porque cualquier cosa que yo pudiera decir, tu madre lo dirá mejor. Ella me recuerda con los ojos de la diosa del amor; dicen que sólo cuando es así uno puede crear vida. Y estoy convencido de que tú estás leyendo esto, de que no son palabras al aire abandonadas en ningún sitio esperando ser borradas por el tiempo.

Que leas esto significa que ganamos. Tú madre y yo, también la humanidad.

Ganamos.

 ***

Cuarta y última página. Carta de la madre.

Estoy preparada. Iré al mar. Iremos juntos. Tu padre me ayuda a cerrar la casa. Apagar las luces es insoportable cuando eres tú quien vivías de encenderlas.

Mi trabajo era pasar de casa en casa, quitando el polvo y encendiendo las luces los domingos. Nuestros vecinos y amigos, todos los que se fueron antes de nosotros, habían guardado sus esperanzas en volver. Al pasar en la noche, fuera de sus casas, lo menos que podía hacer era asegurarme de que otros pudieran transitar por un camino de luz entre la oscuridad.

Ni tu padre ni yo entendemos del todo por qué el mundo funciona como lo hace. Eso es algo que no podremos explicarte ni aquí, ni en ningún otro sitio. Él ya no juega videojuegos ni yo enciendo luces, porque solo podemos pensar en ti. Nos sumergimos en el pozo todo el día, y por la noche descansamos en la cama que de tanto estar en el agua nos resulta insoportable.

Hoy es el día. Tu padre ha cerrado las puertas y apagado las luces. Está esperando a que yo me ponga de pie y lo siga.

No arruinaremos allá nuestra vida, como dicen los otros. Nunca les creas, pase lo que pase. Iremos a encontrarte.

Con amor, tu madre.

Fotografía: Olivia Bee. 

 

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