La verdad, la docencia y el animé japonés

La docencia se parece a la alquimia, una mezcolanza de magia y ciencia que funciona bajo la ley del intercambio equivalente: no puede obtenerse nada sin dar a cambio algo del mismo valor.

En mi paso por la escuela, como alumno, algunas clases no suponían para mí ningún valor. Costaba interesarse en ellas. Había maestros que durante el semestre sólo hablaban de su vida, poco interesante (para colmo), otros nos ponían a copiar información de libros que ningún profesional utilizaría como bibliografía. Los menos, nos saturaban con tal cantidad de información que necesitaba un descanso para no caer en la demencia.

En esos lapsos de descanso casi forzado, veía “Fullmetal alchemist: Brotherhood” con una amiga. Cada episodio duraba 20 minutos, y pasábamos 1 hora y pico discutiendo lo que acabábamos de ver. La serie comenzaba así: Dos niños pierden a su madre, intentan revivirla con alquimia y fracasan. En el camino de intentar revivir a su madre, encuentran un individuo curioso que se hace llamar a sí mismo “La verdad”, que exige, como sacrificio por el conocimiento que otorga, una parte del ser de quien esté frente a ella.

Desde entonces han pasado 8 años. Ahora soy docente. Los del 5to de prepa dan largos suspiros al entrar al salón. “Al fin, descanso”, dicen. Al principio me convencí de que mi clase les parecía un desperdicio de tiempo, de ahí que prefirieran llamarle “hora de descanso” al nombre que le corresponde, o a “La clase del profesor Daniel”. Me costó creer que mi clase fuera ésa, la que resultaba en un aburrimiento tal que un animé japonés supone una mejor enseñanza. Sin embargo, tarde que temprano acabé enterándome de la verdad: “La maestra sólo nos dicta, y nosotros escribimos y escribimos”.

Descubrí que no era mi clase la que les aburría (no a todos, al menos): en la mía podían respirar luego de casi dos horas de escribir sin parar en absoluto silencio. Comencé a conectar los puntos: otros maestros, orgullosos siempre del orden de su clase, les dejaban trabajos y cartelones que ellos entregaban con diligencia sin entender ni una palabra después de que se deshicieran de ellos.

En las juntas, algunos maestros se enorgullecían de los dieces de sus alumnos y se admiraban de quien dice que estos no quieren trabajar. ¿Cómo no iban a admirarse, si para concluir sus materias los alumnos sólo necesitan tener acceso a internet y una impresora? (o unas manos diligentes, capaces de copiar y copiar).

Entre más pensaba en lo que unos y otros decían, más seguro me sentía.

Descubrí la verdad.

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La verdad es siempre la respuesta correcta, pero para encontrarla hay que pagar un precio.

Con la verdad frente a mis ojos, comencé a permitir que mis alumnos se tomaran un par de minutos para despejarse antes de comenzar a trabajar en algo que valiera la pena, dejé de pedirles que leyeran textos que sabía que copiarían en lugar de intentar comprender, y confiando en sus capacidades convertí mis clases en talleres donde podrían hacer algo que requiriera algo más que habilidad motriz.

No tardé en darme cuenta de que el precio por haber visto aquello sería un caos total.

En algunos grupos, los chicos comenzaron a debatir en clase con una ferocidad digna de Edward Elric (protagonista de Fullmetal alchemist).

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Recuerdo a un grupo que pasó casi dos meses intentando hacer ensayos, y no pararon hasta que se sintieron satisfechos con su trabajo.

Pocos salones pasaron de estar llenos de pláticas de pasillo a discusiones del tipo: ¿Qué es la normalidad?, ¿qué constituye la responsabilidad de un rompimiento?, ¿es la tortura algo inherente al corazón del ser humano? Algunos alumnos me hicieron saber de sus aficiones: está el chico que estudia ruso de forma autodidacta (todos los días me saluda diciendo КАК ДЕЛА, qué, según él, significa ¿qué tal? o ¿qué tal le va?), el que intenta entender las teorías de Stephen Hawking y se deprimió con su muerte, para luego plantearme un dilema ético sobre la pertinencia de decir “está en un lugar mejor” cuando se trata de un ateo que muere; la chica que utiliza las clases  para estudiar cálculo avanzado, porque se cansa de copiar y pegar lo que les pide el maestro; el que hace retratos impresionantes mientras observa a sus compañeros, con la voz docente como ruido de fondo. Un largo etcétera que no deja de impresionarme, los días buenos.

Así, del mismo modo, como un intercambio alquímico equivalente (el costo de mi visión), descubrí la verdad de los otros grupos (la mayoría): están tan acostumbrados a que el movimiento de su cuerpo sea el de sus manos, que se quedan inmóviles y mudos cuando toca el momento de crear algo más allá de copiar. Con esos grupos comprendí, con una velocidad envidiable, que la verdad es que ellos estaban conformes con hacer eso, con copiar y pegar, con transcribir, con mover las manos una y otra vez hasta que el timbre suena y pueden comenzar a platicar. Quizá no sea conformidad, sino otra cosa: la costumbre.

El peso de la verdad, en Fullmetal alchemist, suele ser irónico y terrible: a aquel que quería ver un futuro mejor, la verdad lo dejó ciego; a aquella que quiso revivir a su hijo, la dejó estéril arrancándole órganos; a aquel que quiso salvar a su hermano con sus propias manos, le arrancó un brazo. Pienso en eso y en mis clases, en lo que mis alumnos aprenden conmigo y en la clase de profesor que soy para ellos.

Quería encontrar la verdad de sus motivaciones y pagué el precio: algunos han descubierto que mover las manos no siempre es necesario, y sin saber qué hacer o sin querer hacerlo, simplemente ya no hacen nada.

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Y así es como un docente puede llegar a perder la razón.

 

 

 

 

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