Dimensiones de la memoria

«Al fin puedo verme también. Ya no recordaba mi rostro. Está ahí, atorado entre lágrimas que fluyen dentro de sus cuencas». 

Puerta cerrada

Hay ciertas constantes: los rostros, la sonrisas, los roces de sus manos y los hombros, el estrechar palmas, beber juntos. Estas se repiten como una suerte de planilla, un molde preestablecido que persigue a los recuerdos, impidiéndoles volverse bruma. Ciertos filtros mentales ayudan: recordamos más lo bueno que lo malo (aunque esto último se recuerda más hondamente).

Las constantes en mi vida han perdido todo su peso. Recuerdo la estridencia de los roses. Había tanto llanto desmesurado, gritos, peleas inconsolables. De ahí provenían las sonrisas de los otros apenas ocurría el encuentro. Eran sonrisas-consuelo, caricias-compañía. El peso les venía dado por la calma con la que aparecían luego de la estridencia.

El mundo -y por mundo, hablo de mi parte limitada de este, el que sólo es mío- se cansaba en mi pecho de tanto gritar. Y yo me aferraba fuerte a las personas, muchas inadecuadas, otras fueron personas-despedida. De pronto ya no hay gestos, no están sus rostros, y con el tiempo se llevan también su peso en la memoria. Uno puede ver la hondura ahí, como los pozos y los caminos secos donde las enciclopedias nos juran que alguna vez hubo agua.

Las nuevas constantes son mudas. No hay tantas sonrisas. Se hacen más ligeras: en peso y en presencia. Las caricias no vienen a mí, sino que soy yo quien las da (y estas también son demasiado pocas).  Persona-del-adiós se ha vuelto una forma común de definir a los transeúntes de mi mundo. Quizá muchos siguen ahí, pero yo me giro y no puedo ya notar su presencia.

Tanta constante y su ausencia para decir que mi mundo ha perdido sus explosivos. El mundo ya no explota en mi pecho, ya no grita. Soy yo el que ya no grita, en realidad.

Lo noté primero en mi vida. Ya no más encuentros-pelea, no más encuentros-estallido. Hay cierta belleza en la descomposición absoluta de un lazo. Su degradación pone en evidencia la naturaleza de su origen, y ahí, entre los restos, es posible vislumbrar un pasado que se cristaliza por momentos más fuerte que nuestra columna.

Pero este año, las nuevas constantes pasan sin pena ni gloria. Enmudecidos ellos y yo, la distancia es más grande. El campo de la visión se tiene que extender para reconocer los bultos lejanos que aún pertenecen al mundo que antes estuvo cerca.

Lo segundo en notar las nuevas constantes fue mi escritura. La muerte ya no se muere, ni caen animales del cielo en todo el mundo. El tiempo no se detiene para siempre, ni los padres dan de comer a los buitres con el cuerpo de sus hijos. Ya no más los dolidos que matan para comprobar su verdad. Ahora, hay gente aislada, gente que pasa sin pena ni gloria, advirtiendo la rareza del mundo que ya nadie escucha. Ya no hay gritos, en ningún lugar. Tan sólo distancia, a lo ancho y en profundidad.

Si tuviera que definir este año, sus constantes, tendría que remitirme a cierto dolor: los rostros-ausencia, los labios-silencio, el pecho-vacío, las manos-temblor, los ojos-sequía. No suelo construir adjetivaciones así, pero quizá la resolución que necesita mi año es plantearme nuevas constantes.

O quizá simplemente deba olvidar los estallidos, contándome historias en las que los huecos siempre estuvieron ahí.

Fotografía: Astrid Westvang

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