Los vestigios del dolor

El poema estaba en el suelo. Urgido por la necesidad de ponerlo de pie, comencé a arrancar trozos de cinta de otros carteles junto al poema y logré devolverlo a su sitio. Me pregunté -aún, en realidad- hace cuánto lo habían dejado caer: un poema sobre el derrumbe, sobre la muerte por el sismo y sobre todo un grito de aliento; las palabras de una joven, sensible al dolor.

Caminé por los pasillos de mi escuela, buscando los vestigios de aquel dolor plasmado en dibujos, canciones, cuentos y poesías. Encontré un dibujo, coloreado con pasteles secos que reflejaban a la perfección la tierra que flota en el aire de la tempestad. Un niño yace de pie, en la imagen, observando; entre los escombros hay un montón de moscas azules: anómalas, gigantescas, recorren el espacio del cielo hasta que este parece tener su color en un intento por imitarlas.

Unos pasos más y el dolor de pronto ya no ocupaba las paredes. Se habían esfumado para siempre de la memoria de los muros. Ni rastro de cinta, siquiera.

Lo primero que dijeron mis alumnos (cada uno por su parte) fue: “Yo pegué mi dibujo, pero lo quitaron. Alguien lo quitó”. Son tantos los que dicen que alguien arrancó lo que hicieron que no sé qué creer. En cambio ahí siguen, flotando como adornos de una navidad que ya recorrió el año entero lejos de las fiestas, trabajos de literatura y de historia. Nadie se tomó la molestia de arrancar la línea del tiempo de las corrientes de la narrativa, ni tampoco de las presidencias de México.

Supongo que ninguna de esas cosas importa tanto como para desaparecerlas.

Según entiendo, les molesta tanto el dolor ajeno que tienen que arrancarlo.

La alternativa me resulta tan dolorosa como el primer escenario: que ellos me mienten, que jamás pegaron los dibujos que no hicieron y las canciones que no nació de ellos escribir. Pienso en lo terrible que debió ser para algunos que yo llegara, de pronto, a decirles que expresaran su sentir por un evento como el sismo. Porque quizá no sentían nada, o porque sus emociones son inaccesibles para ellos. Incluso, pudiera ser, porque desean guardarlas, ocultarlas en la bruma del silencio. Tienen derecho a callar. Después de todo, el silencio es uno de esos derechos que conservamos hasta en la muerte.

Como de costumbre, no sé qué pensar.

Antes de irme, antes de dejar atrás los dolores no expresados, las versiones que no acabo de entender, las posibles mentiras, regreso hasta donde está el poema que rescaté del suelo. Lo leo una vez más. Y mi corazón recuerda. Sonrío y sufro por igual.

Fotografía: Troy Moth. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s