La estática del derrumbe

Sobrevivir es un asunto de geografía. O eso pareciera. No es que no lo supiera antes, ni que necesitara pruebas, pero desde hace una semana no dejo de pensar que el techo sobre mi cama es un mero asunto de geografía.

El fin de semana pasado, a medio camino de la crisis y esta calma extraña en la que ya no recibimos tantas noticias (uno que es provincia, debe conformarse con los mensajes que como bengalas iluminan la noche de las redes sociales, esa oscuridad llena de memes que de pronto a uno le irritan más de lo debido por su vacuidad), me fui de viaje. Ya estaba pautado, los boletos comprados y el compromiso ineludible. Un viaje que había esperado quizá toda una vida. Pero mi alegría, como los seres humanos para el planeta (me di cuenta entonces), es diminuta en el orden de todas las cosas.

No puedo quitarme de la cabeza el gusano que surca entre las circunvoluciones de estas ansiedades que no logro desvanecer con el sueño.

Llevo días con taquicardia, días pensando que el techo sobre mi cama es un asunto de geografía. Pienso que esa felicidad que debía de vivir ya no volverá nunca, y que ni siquiera ello se equipara al dolor que sienten quienes presenciaron el hecho (que no es más que un eufemismo, en muchos casos, para decir “aquellos que lo perdieron todo”). Nada me ha costado tanto trabajo como visualizar la geografía de su dolor.

He pensado estos días que mientras viajaba el techo se pudo haber caído sobre mi cama, la de siempre incluso en mi ausencia, sobreviviendo yo de milagro y perdiendo a mi familia, siendo el caso apuesto que ellos me perderían a mí si la desgracia alcanzaba también el lugar de mi destino. Me siento egoísta de sólo pensar que mis pesadillas no son sino el reflejo de la realidad para alguien más. En mi defensa, si la hubiera, puedo decir que me resulta imposible no empatizar con su dolor. Pienso en lo que me decía una amiga, que recién viajó a la ciudad de México el día del sismo: “Pienso en lo que dejé allá, cuando volví. Pienso que aquí la vida sigue, pero allá no”. De nuevo parece ser que la vida y la muerte, la dicha y la angustia, son una cuestión de kilómetros, a lo ancho y a profundidad, pues de haber sido más profundo el sismo, cree uno, quizá todo sería menos terrible. Quizá.

Y es que, mientras pasan los días, leo más y más crónicas de quienes se encuentran allá. De sus dolores y sus traumas. Pienso como psicólogo –que eso soy, según mi título-, y me cuesta creer que uno pueda tener un trauma por algo que no vivió. Que la imaginación y la empatía sean capaces de provocar el espanto del escombro, de la tierra que se eleva como polvo entre la gente.

Siento que mi dolor es inmerecido, que no debería de decir nada. Entonces, también, siento que esto nos ha golpeado a todos. Que los afortunados de la geografía distante del sismo acabamos sintiendo el choque diferido, como si allá estallara el concierto y a uno le resonara la estática en los tímpanos. No es en absoluto comparable, pero para qué negar que el sonido viaja a todos lados, y que oídos tenemos todos.

Hoy les leí a mis alumnos el poema “Las ruinas de México”, de José Emilio Pacheco, y escuché a algunos reírse. No supe si reían de la desgracia que cuenta el poema, o si es que el estruendo del sismo les parecía tan distante que podían hablar de temas diversos mientras otros perdíamos un poco de nuestra piel con cada laceración poética. Me estremecí mientras leía, y vi a un par, con los ojos cerrados y reflexionando, silenciosos. Al abrir los ojos, no parecían ser los mismos. Como decía Pacheco, parecía que todos habíamos evitado mirar, de pronto, evitando así ver la muerte.

No voy a ningún lado. Tan sólo intento conectar los puntos de este dolor inmerecido y cartografiado por palabras que persiguen ciegas un fin invisible. No dejo de pensar que la risa de mis alumnos es un asunto de geografía. Los imagino dándose cuenta, la epifanía de su salvación en esa clase donde hacen maquetas del sistema solar. Esas maquetas ordenadas y limpias. Como si el universo fuese en realidad así, como si el orden de las cosas fuera limpio.

Hoy me gustaría acostarme agradecido de que mi dolor sea un dolor deslucido por la geografía, aunque eso es mentira. Una mentira que me digo para intentar desaparecer un poco de la tensión que no cesa en mis hombros. Porque sin importar cuánto ayude uno, siempre queda la oportunidad de hacer más. Porque para el dolor no existen geografías. Porque el dolor es universal.

 

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