Las cosas que aprendí del agua

He pensado mucho en esa frase durante los últimos días. Digo “del”, y no “con”, porque el agua no aprendió nada de mí. Estoy seguro de que el mar no es distinto luego de casi ahogarme, por ejemplo, ni esa luz que se presenta cuando uno empieza a morir.

Lo anterior es curioso porque este año mis cuentos, pareciera, han decidido retomar mis aprendizajes del mar. Puedo rastrear el agua en todos lados: lluvia, lágrimas, océanos y mares, ríos, arroyos… y, así como el mar, a la luz: como la muerte, la luz como enemiga, como espacio para el sufrimiento y también como liberación.

Nada de lo dicho antes debe ser novedad: no soy el primero que casi muere en el agua; no soy el primero, tampoco, que ve la luz como si se tratara del fin. Algunos han vivido lo primero, y de lo segundo todos seremos participes.

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Pienso, por ejemplo, en un microcuento que escribí hace unos meses:

«Mientras buscaba qué hacer por ocio, leí un anuncio que decía: “Liga de nadadoras suicidas”, del Instituto Virginia Woolf».

Sobra decir que Virginia se suicidó caminando con aplomo hasta el corazón del mar.

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Son muchas las cosas que he aprendido del agua. Aprendí, por ejemplo, que la luz sobre el mar se asemeja al infierno, ese brillo sinuoso que como espejismo invita a querer reflejarse en su profundidad.

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La luz irradia sobre todos los cuentos de este año. Eso ya lo dije. Mucho del recuerdo desde donde nacen se lo debo a “Luminous” y “The nature of the daylight”. Ambas melodías me parecen preciosas, ambas me recuerdan la luz en mis ojos cuando estaba por irme. Igual que al mar, creí que la veía por última vez. Creía que de todas las luces del mundo, como si cada una perteneciera a un lugar y a un momento, ésa me despedía sólo a mí.

Ambos, la luz y el mar, pueden ser el fin. Ambos terminan el mundo. El corazón sabe que no hay nada más allá cuando los mira unirse como un paraíso en el cielo, incluso si el infierno se encuentra bajo la superficie.

*La frase me vino a la mente al leer por ahí, en algún lugar, el título de un libro “Las cosas que perdimos en el fuego”, de Mariana Enriquez.

*Ambas melodías fueron compuestas por Max Ritcher 

*Fotografía: David Talley. 

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