Pedregal

Me propuso que nos fuéramos de viaje.
– A donde tú quieras –me dijo. Tenía esa sonrisa, cuando me lo dijo. Un gesto enorme de felicidad que yo conocía de sobra en su rostro. Yo no quería ir, y aunque supe que acabaría aceptando, mantuve el silencio cuanto pude, estiré el tiempo. Quería seguir viendo su sonrisa.
Fui a mi casa e hice las maletas. Pensé, mientras las hacía, en cómo sería nuestro trayecto por las calles pedregosas del pueblo. Él me dijo que sería yo quien elegiría. Después, no mucho después, me mostró una fotografía de un pueblo mágico donde por las tardes la neblina baja desde la parte oculta de las montañas. Eso dijo él, intentando convencerme cuando ya me había convencido. Sólo que él no lo supo.
– Sí, ya, es bonito –le dije. Lo cierto es que me parecía hermoso. No entonces, claro, pero sí al imaginarme caminando con mis botas, las que no usaba hace mucho porque en casa siempre hace calor. Un calor insoportable. ¿Está mal, de vez en cuando, añorar una ligera ventisca?
Acabé de prepararme para el viaje y fui hasta la central de autobuses, donde me dijo que debía esperar su arribo. Me senté, al llegar, viendo a la otra gente mientras se marchaba, contenta. A quién engaño. Es probable que yo viera sonrisas en todos lados porque seguía pensando en la suya.
Al cabo de una hora, me di cuenta de que el camión, nuestro camión, estaba por partir. Revisé mi celular. Ni una llamada suya. Le llamé, entonces:
– ¿Dónde estás?
– No te escucho.
– Estoy aquí, esperando. ¿Recuerdas? Dijiste que hoy nos iríamos de viaje.
– ¿Te dije hoy?
Escuché su voz. Sé cuándo sonríe, mientras habla. Su voz se nota más ligera, como nubes deslizándose.
– ¿No vas a venir, entonces?
No respondió. No sonreía. Dijo un montón de cosas. El tráfico, un dolor, un dolor terrible que de pronto le hubo dado. El mundo es terrible. Eso ya lo sabía, y lo sé. Lo sé todo el tiempo, excepto cuando me olvido de ello, por instantes, mientras sonrío. Antes sonreía en su nombre, ahora lo hago sola.
Tomé mis maletas. Se me hacía tarde. Iba con retraso.
– Te lo compensaré.
– Quiero que me escuches –le dije, antes de colgar-. No estaré en casa.
– ¿Hoy?
– Sí. Hoy.
– ¿Y mañana?
Nuestro viaje duraría sólo dos días, volveríamos la mañana del tercero Pero yo podía volver, en realidad, cuando quisiera. Pensé en lo mucho que me hacía falta la distancia.
Respondí, entonces:
– No. Ni el día que sigue a ése, ni el que sigue.
Pude haber dicho: “Sé que no lo compensarás”, pero eso lo sabíamos ambos.
Me fui, llegué hasta la cabaña y salí apenas pude. Caminé como si mi destino hubiese sido, desde el principio, viajar sola.
Pese a que han pasado los días, pese a que ya he visto muchas veces las calles pedregosas, la gente y sus bufandas y sus botas, el pueblo aparece frente a mí cada día como si cada piedra, cada persona y cada bufanda fuesen maravillosas. Como si la luz, la oscuridad, la niebla y el atardecer les proporcionaran un brillo distinto cada vez. Incluso mis botas lucen distintas. Me gustan más, ahora.
[Un brevísimo ejercicio que hice hace unos días. Hace mucho que no escribo cosas tan cortas. Un poco por eso es mi ausencia en estos lares, y otro porque apenas y tengo tiempo para lo que sea.  Aunque, en última instancia, uno nunca tiene el tiempo... 

Un saludo afectuoso ].

 

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