En la víspera del fin

«El amor es la infinita mutabilidad del mundo; las mentiras, el odio, incluso el asesinato, están entretejidos con él; es el inevitable florecimiento de sus opuestos, una rosa magnífica que huele ligeramente a sangre».

Tony Kishner, The illusion.

Decía Sartre que el hombre, al estar en la tierra sin ningún modelo al cual seguir, debiera ser su propio ejemplo, actuar como deseando ser el modelo de todos los hombres. A veces no sé si me gustaría que todos fuesen como yo.

Amo crear. La creación tiene, por ventaja, ser un encuentro: el mensaje que uno construye, célula por célula, llega hasta al receptor y es este quien decide si irse, mirar apenas o abrazar de lleno. A veces me gustaría creer que siempre se puede lo último, incluso cuando la norma es resultar incómodo. Pero es que, como decía Bradbury, a veces necesitamos que nos zarandeen, que nos alejen de nuestra inútil comodidad; que partan el océano en nuestro interior con un hacha (diría Kafka).

Sin embargo, mantener tal ritmo ha causado en mí estragos que van más hondo de lo que cualquiera que me conozca sepa o pueda imaginar (para muestra, pensar un momento: si mis personajes alcanzan cuotas de introspección alarmantes, ¿cuáles serán las mías?). Tengo más dudas que nunca. No ya sobre la utilidad de mi labor, sino de su sentido, y no sólo eso sino de su relevancia. Si da igual hacer algo que no hacerlo, ¿qué es, en definitiva, lo que lo mueve a uno para salir de la abulia?

Gabriel Marcel habla de un mundo que ya no late, que está roto y donde el encuentro de dos seres no es sino el sonido de cacharros oxidados. Si el mundo es realmente así, ¿qué caso tiene un encuentro, de la clase que sea?

Ahora mismo voy raqueando por el mundo. Yo mismo soy un naufragio, a ratos. Le decía a una de mis alumnas, por ejemplo, que no pude ir a la presentación de su orquesta porque pasé todo el fin de semana abatido por un cuento que realicé ese día. Lo cierto es que no sólo ese día, sino los que le siguieron, y antes de ése hubo otros cuentos que no hicieron sino llevarme, lenta pero directamente, a donde estoy. A un estado que ya no sé ni cómo llamar, pero que está ahí, floreciendo.

He llegado a ese punto en que todo carece de sentido y de relevancia. A donde la duda lo gobierna todo. Incluido a mí.

Y hasta eso es difícil de explicar, muchas veces. Me pasa un poco como en aquella tercera película del Batman de Chritopher Nolan, cuando Robin le dice a Bruce que a los huérfanos todo el mundo los entiende, pero sólo un tiempo. Luego esperan que sigan adelante como todos los demás. Resulta el propio estado, en términos psicológicos, una afrenta contra quienes le miran a uno. ¿Por qué uno puede darse el lujo de vivir en perpetua duda? ¿Por qué uno puede quedarse en casa, abatido por un cuento de propia creación? No tiene sentido, no debería hacerse una cosa así. Es de locos, en todo caso, ¿no?

Pero es que, al crear, uno lo vuelca todo o no vale nada. O eso decía Henry James en voz de uno de sus personajes. ¿Y es eso cierto? ¿No vale nada si no se da todo? Imagino la creación cuentística como un universo. Si algo sale mal en su confección, si no contiene dentro de sí emoción genuina, viva, latente, la materia de lo que está hecho está condenada al fracaso y al desvanecimiento. A no sobrevivir una segunda lectura, mucho menos al tiempo.

Pero quizá el tiempo no debiese ser la medida con la que medir todo este asunto. Tampoco la cultura de “los otros”, en realidad. Ortega y Gasset y Nietzsche acordarían que hemos dejado que la cultura nos aplaste, inhibiendo nuestra experiencia individual. La individualidad y más que la individualidad la subjetividad (aquella experiencia subjetiva y subjetivada, explica González Rey) brotan como una flor de sangre enterrada en el corazón del universo de ficción. Como un hoyo negro. La luz gira y gira sólo porque, en su centro, se encuentra la muerte que hace avanzar todas las cosas.

Lo que está a simple vista en el cuento es, si bien le va a uno en su creación, la materia que agoniza hirviendo en su horizonte. Pero el agujero, el hoyo enorme, permanece para siempre velado por completo. Uno sólo puede inferir qué pasa. Está ahí, en ese conjeturar, en la perpetua separatidad, donde está la belleza y el tormento de un buen cuento. De la individualidad que busca encontrarse con el otro. Y es esa mi cuentística. Mi visión del mundo.

Aspiro a la comprensión que sólo es posible con los personajes de apariencia incomprensible.

No se me malinterprete: estoy más vivo que nunca. Veo el mundo con una sobria claridad que nunca antes tuve, con todo y que he sido prácticamente abstemio toda la vida. Yo estoy más vivo que nunca, y precisamente por eso siento más y más hondo cada experiencia. Ya no es tristeza, sino desasosiego. Afortunadamente, poco sé ya de la felicidad, y normalmente, cuando se da, es dicha lo que siento. A ratos, éxtasis.

Pero es ese un modo extraño de vivir, sobre todo cuando eres un ermitaño que apenas sale, que ve a unos cuantos amigos al año y que cada día pierde más vínculos de los que hizo en un lustro.

Lo que escribo: uno tras otro, mis cuentos hablando del abandono, de cómo todo se va al diablo por su carencia de sentido y relevancia. Ya no digamos para el universo, sino para las otras personas, las que son significativas.

Pero he descubierto también, y es el motivo de este texto, quizá, que esos mismos personajes no dejan de buscar el sentido y encontrarlo en las cosas más nimias e incluso la más absurda soledad, en el encuentro fortuito de otros solitarios. Incluso cuando el resto piensa, no del todo erradamente, que han “perdido la cabeza”. Quizá precisamente por eso la han perdido, sí; pero es debido a ello que logran mostrar, con abrumadora contundencia, que las cosas marchan mal y que, de algún modo, vale la pena buscar la plenitud. Que nos quedan ya sólo resquicios de humanidad pero que en tales se puede abreviar la separatidad. Mis personajes, pues, siguen a pie de lucha, siguen, pese a todo, remplazando las estrellas con el movimiento de unas flores muy altas, flores de maleza, entre las que se acuestan en una noche en la que el viento las hace simular la trayectoria de cometas.

Borges habla de que las palabras son símbolos muertos, y no es sino en el encuentro con el lector adecuado que cobran vida, que ambos cobran vida como nunca. En última instancia, el encuentro produce vida ahí donde se da.

Sobra concluir que no deseo que todos sean como yo, mas yo quisiera ser como mis personajes. Al menos dentro de lo que cabe, en lo que son en el fondo. En su lucidez a veces terrible. Un encuentro al que otros me acompañaran. Esa debería ser prueba suficiente de que aun hay esperanza.

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