Racionalidad

Hablábamos de los alimentos orgánicos y de la sustentabilidad mundial. En eso, llegó Carlos. Tenía en el rostro una expresión terrible, como si supiera algo acerca de las tierras del mundo, de su futuro estéril. Como si se hubiese visto en la obligación inmunda de comer cadáveres.

– El CITLAC ha compartido una noticia terrible.

El CITLAC tiene cede en Suiza, Alemania y Gaza. Qué bueno que no la tiene en México, porque si no se habría vendido hace mucho. O se la habrían robado.

– ¿Qué noticia?

– Han publicado un artículo sobre inteligencia humana.

Carlos sudaba como un hermoso marrano. Incluso tenía la expresión de uno. Esos ojitos vacíos y oscuros.

– Han publicado una tesis sobre la inteligencia interracial.

– ¿No habíamos superado eso? – comenzó a decir Ágata. Ella eligió ese nombre, porque la identidad se elige y su antiguo nombre, María, no le gustaba para nada. Ágata no podía soportar el peso de una virgen santa como guía. ¿Quién lo haría? Procrear a un dios sin siquiera haber cogido es una hazaña titánica.

– No es lo que crees – le dijo Carlos. Era como si pudiera leer sus pensamientos. Debían ser las neuronas espejo.

– ¿Ah, no? ¿Y entonces qué? Ya otros centros de investigación poco profesionales han dicho que los blancos son más inteligentes que los negros. Y que los asiáticos son los más inteligentes de todos.

– Es racista llamarles asiáticos – dijo Harumi, con sus grandes ojos azules. El cabello largo, negro entonces, dejaba entrever raíces rubias. Ella también se había cambiado el nombre.

– Han desmentido a los otros centros – dijo. Todos sonreímos. Pero Carlos no sonreía. Su piel pálida se había congelado. Parecía que podíamos cortar un trozo sólo con tocar, como carnitas -. Han llegado a la conclusión de que los negros son más inteligentes que los blancos.

Era una tontería. Una tremenda tontería. ¿Qué tipo de metodología habían usado? La inteligencia no se puede aislar a través de parámetros objetivos. Mucho menos usar la etnia como una variable. Negué con la cabeza y le pedí que me mostrara dónde había leído eso. Debieron falsificar la cuenta del CITLAC.

– Aquí está – dijo Carlos. Me mostró el encabezado del artículo. El índice de la tesis. Las conclusiones. Era una tontería.

– Debieron equivocarse.

– El CITLAC nunca se equivoca – comenzó a decirnos otro hombre, en una mesa de junto -. ¿Se equivocaron al descubrir que los carnívoros son estúpidos?

Negamos con la cabeza. El CITLAC no se había equivocado en eso.

– ¿Se equivocaron al decir que el futbol reduce la inteligencia?

Volvimos a negar. ¡Claro que era cierto! ¿Cómo lo dudaría alguien?

– Bueno – continúo el hombre -, pues entonces es verdad. Los hombres negros somos más inteligentes que los de raza blanca. Lo que es igual… yo soy más inteligente que ustedes.

El hombre sonrío con su sonrisa blanquísima, contrastante con su piel enlodada, sucia y llena de prejuicio. Se vanagloriaba de un error común, de un sabotaje al gran CITLAC.

– Escríbeles – le dije a Carlos, dándole la espalda al inmundo entrometido. La CITLAC identificó, en un 68% de los casos, que aquellos que oyen conversaciones ajenas en los cafés son pervertidos, artistas o inmundos. Él no tenía rasgos de perversión. La perversión, además, es un concepto lastrado de la religión teísta. Él sólo tenía un poco de inmundicia. Los artistas no se afanan de su inteligencia sino de su sensibilidad. Él no podía ser un artista. Además, si lo fuera, ¿por qué jamás había oído hablar de él? Debí haber oído hablar de él. En las artes, si no te nombran, ¿quién eres?

– No sé qué decirles – dijo Carlos. Le temblaban los labios y el sudor de marrano le había empapado la camisa completa. Se le veían los pezones erectos por una reacción de miedo, muy animal –y natural– sin duda.

– Diles que están en un error.

Carlos les escribió, temblando: “Están en un error”. A los pocos minutos, los miembros del CITLAC respondieron:

Ninguno de otros podía creer que alguien hubiese logrado entrar al CITLAC y usarlo a su conveniencia. ¿Qué se creían? ¿Qué la ciencia está para ir validando sólo lo que quieren que los demás crean? La ciencia es lo más racional que tiene el ser humano. Sin ella no somos nada.

Salimos del café, andando a prisa en nuestras bicicletas hechas artesanalmente, con nuestros cascos tejidos a mano y nuestros relojes ahorradores de luz, asegurándonos de no llegar tarde. Alcanzamos a llegar a la UNIPRURA. Buscamos al rector. Le pedimos que entrara a la página del CITLAC. Él se encogió de hombros.

– ¿Qué quieren que les diga? Si lo ha dicho la CITLAC…

– ¡Alguien debe informar a la comunidad internacional! – le dije. Harumi sugirió entonces que hiciéramos un vídeo, que lo subiéramos con el hashtag #WhiteWomenIntelligence y esperáramos a que lo retransmitieran en varios blogs, notas virtuales y nos llamaran para entrevistarnos.

– Es nuestro deber desinteresado el hacer notar cómo nos afecta el error del CITLAC.

– Sí. No se puede quedar así.

Al salir, nos encontramos con una comunidad de gente de color, mirándonos con superioridad moral. Como si se creyeran la idiotez de que son más listos que nosotros. ¿Quién se creen que son?, les dije a los otros. Ellos negaron, alarmados. Tampoco podían creerlo. Sólo Carlos parecía dudar. Y claro que dudaba, siempre ha tenido dificultades de aprendizaje. Es un chico especial.

– ¿Quién va a grabarme? – les dije -. Para el vídeo.

– ¿Grabarte? – preguntó Harumi, riendo.

– Sí, ¿quién?

– Yo no te voy a grabar. Tú eres hombre, blanco y heterosexual. A ti nadie te hará caso. ¿Olvidas los hallazgos de otros centros, sobre el patriarcado?

– Pero el CITLAC no ha hablado nunca de eso. Aún no es un hecho comprobado.

Harumi me vio como si quisiera cortarme la cabeza, como una mantis religiosa en celo. ¿Quería poseerme? Sentí que su mirada me objetivaba, así que le dije amablemente que apartara su vista a otro lado. Como no lo hizo, reiteré que de no hacerlo me vería en la obligación de ejercer mi libertad de defensa y tendría que soltarle un par de puñetazos en el hocico. Me confundí por un momento, pero ella debía entenderlo. ¿Qué hay de malo ser comparado con un animal? ¡Maldito antropocentrismo! Después de todo, su boca es un poco como la de los animales, y yo amo a los animales.

– Como sea, es más probable que yo tenga éxito donde tú fracasarás.

– Está bien, pero hagámoslo ya.

Comenzamos a grabar el vídeo. El discurso lo preparamos entre todos, como buen colectivo de autogestión. Ignorantes idiotas los que aún no saben que trabajar individualmente es puro egoísmo. Por eso yo trabajo siempre con otros, así obtengo mejores resultados.

– A las mujeres de clase baja, a las mujeres de clase media, a las mujeres de clase alta; a las mujeres negras, las blancas, las asiáticas, las mestizas, y al resto de las etnias; a las mujeres trabajadoras, a las que hacen otras labores, a las que son su templo y a las que son tienda de autoservicio. A todas ustedes y a todos los hombres, a todos ellos por igual, les traigo una noticia alarmante. El CITLAC ha sido corrompido. El CITLAC ha dado un comunicado falso con una falsa tesis sobre la inteligencia. Y podrán pensar que esto está en contra de que se haya dicho que las negras son más inteligentes que las blancas. Pero no es así. Nos oponemos a la “inteligencia” como un baremo con el cual catalogar a la gente. No somos cosas. Estamos hartas de que se nos trate así. Por siglos fuimos menos que un pedazo de carne al cual venderle actualizaciones, ropa de moda y modos de vivir. Ahora ya no somos eso. Hemos alcanzado la racionalidad. ¡Un ser racional no debe limitarse a pensar así, con etiquetas! Nos hacen daño, mujeres del mundo. También a ustedes, hombres. Sí, también a ustedes.

Al final no utilizamos el hashtag planeado, sino #nomoreintelligence, #racionalityisthebest.

Recibimos miles de respuestas. La gente nos daba la razón (los que no, tenían justificaciones paupérrimas: como que lo había dicho una joven que pretendía ser asiática sin serlo, que incluso su acento se notaba falso; ¿cómo creerle algo tan serio?, decían, parece un payaso; otros, que los hombres habían sido discriminados en el discurso, y cosas igual de absurdas y sin sentido). Ninguna de las respuestas era del CITLAC o de sus miembros.

Entonces, casi una semana después, apareció una respuesta de ellos:

– El CITLAC no puede ponerse al servicio de la ideología. Somos un instituto de ciencia.

La oleada de comentarios reflexivos se hizo llegar.

– ¿Qué clase de tesis estúpida es esa? No. No hay forma posible en que hayan identificado una superioridad de la raza negra. Para empezar, ni siquiera existen las razas. Son etnias.

Al día siguiente, todos usábamos los hashtag #AllGirlsAreEqual #menToo. Habían sido idea de Harumi y un grupo de ponis pansilosexuales pancrosas.

– ¡Que el CITLAC dé la cara! No podemos seguir ciegamente lo que nos dicen esos falsos investigadores. Necesitamos a los que son de verdad. Hagamos la ciencia nosotros mismos, si es necesario.

Entonces la gente comenzó a hacer investigaciones. Hacían historias de vida luego de una hora de entrevistas, encuestas con preguntas asumidas por consenso igualitario y democrático (como: ¿usted cree que los blancos somos menos inteligentes que los negros?). Al final, el CITLAC terminó por distraernos a todos, en medio de nuestro arduo trabajo. Publicó otra tesis. El articulo con el que la daban a conocer tenía por encabezado: “Las personas adoctrinadas tienen menor nivel de inteligencia”.

Todos estuvimos de acuerdo. La gente sin criterio propio es así: se unen a otros que piensan lo mismo que ellos, creen que tienen la razón y se resisten a que les digan lo contrario. Idiotas adoctrinados.

Para el final de la semana, habíamos llegado a las noticias mundiales. Los medios locales hicieron lo suyo también. Los titulares eran claros y sinceros: “El CITLAC, ¿vendido a la mafia del viejo estado?”.

Cuando creímos que ya no podían empeorar las cosas, el CITLAC soltó una última tesis. Harumi se puso tan roja, ardía tanto del coraje, que creí que el tinte se le caería. “Un estudio ha demostrado que los hombres son 71% más inteligentes que las mujeres”.

Harumi movió todos los recursos que se ocurrieron. No se le ocurrieron tantos como a mí. La dejé hacerlo, ocuparse de esa lucha. Ella debía demostrarles, demostrarnos, que el titular estaba equivocado y que el CITLAC había caído en manos perversas de presidentes corruptos y mezquinos. Sólo eso pedía: pruebas.

El CITLAC no se retractó de nada. Incluso cuando, por causa suya, se produjo el malintencionado prejuicio de que las mujeres blancas y adoctrinadas eran los seres humanos menos inteligentes de la tierra. O lo que era igual, las menos dotadas. Las menos habilidosas. Las más estúpidas.

Yo, por mi parte, aún sigo sin creerle al CITLAC. La última vez que les hice llegar un mensaje casi me salía espuma por la boca. Era transparente y nutritiva, porque hace más de cinco años que no comía carne y mi cuerpo había podido desintoxicarse. Le dije a Harumi que no tenía caso. Que lo mejor que podíamos hacer era lo más sensato: dejar de hacer caso al CITLAC. Si no podíamos cambiarlo, ¿no era mejor negarlo y ya? Él no se había adaptado a nuestra realidad, la real.

Pero ella siguió reclutando gente. La mayoría, por internet, y otras más en las calles. Todas firmando peticiones de renuncia de los miembros actuales del CITLAC, por favorecer el horrible racismo y la irracionalidad. En una época como la nuestra, dijo Harumi cuando nos vio, un par de días antes de que todo estallara, ¿quién puede darse el lujo de actuar como un irracional?

Entonces se aglutinaron todas. Le pidieron al estado que les proporcionara dinero para manifestarse en contra del CITLAC en sus oficinas de Alemania. Cuando el gobierno les pregunto por qué no en Gaza, todas le recriminaron que por ser hombre pensara que podía cuestionarlas.

Harumi me envió una foto la tarde antes de la revuelta. Era una selfie, molesta y rabiosa, con un paisaje hermoso a su espalda, mientras sostenía un café Starbucks con la otra mano. Noté, también, que llevaba un colgante de HelloKitty en una oreja.

Supe de todo lo que pasó gracias a twitter. Microsegundo a microsegundo, la gente nos informaba de lo que en realidad sucedía.

“Los miembros del CITLAC tienen miedo y no salen a darnos la cara”.

Lo cierto es que ese día el CITLAC no trabajaba, así que no tendría por qué haber alguien, pero igual eso no cambiaba en nada que fueran unos malditos miedosos y arrogantes.

Al día siguiente, cuando los trabajadores llegaron, las mujeres estaban desayunando en cafés locales, cerca del instituto. Apenas los vieron, ellas fueron corriendo contra ellos. Les gritaron. Les lanzaron excremento. “No contaminaremos al planeta con nuestra revuelta”, dijo la chica en un twit con una foto. Tenía el trozo de mierda en la mano. También tenía, según alcancé a entender, un poco de sangre. Probablemente menstrual.

Harían con ella, como con la mierda, un mándala en la plaza Alemana frente al instituto.

“No es una protesta agresiva” publicó Harumi. “El CITLAC quiere desviar la atención del problema real”.

En otra fotografía, los miembros del CITLAC tenían la misma expresión que Carlos, esos mismos ojos de marrano, oscuros, profundos y asustados. Sin saber qué pasa por la mente de un ser humano, como las de aquellas mujeres racionales.

Como ninguno de ellos cedió a sus demandas de borrar las tesis en cuestión y retratarse, una mujer blanca se acercó a los directivos y les escupió. Eso lo vi en una transmisión en vivo. Había miles de visitantes, en ese momento. Todas aplaudieron.

¡Abajo la violencia y los estereotipos! ¡Arriba la racionalidad! ¡Queremos ciencia, ciencia de verdad!

Desde entonces, las mujeres que marcharon a Alemania han ido ocupando las instalaciones del CITLAC para realizar investigaciones, dicen, genuinamente científicas.

En el primer día, contrario a los meses de ineficiencia de los miembros anteriores, “todos hombres”, diría Harumi, llegaron a la conclusión de que los hombres éramos más torpes que las mujeres. Que no cabía la menor duda. Que, si deseábamos tener estabilidad psicológica y emocional plena, si queríamos que el sistema funcionara, debíamos dejárselo a ellas. Yo no comprendí si se referían a ellas como mujeres, a ellas como blancas, como ponis pansilosexuales pancrosas, o si a ellas como ciencia.

– Quizá tengan razón, quizá si soy más torpe que ellas – me dijo Carlos.

Yo lo insté a ignorar las publicaciones del CITLAC mientras los dos nos bebíamos una cerveza. Él no alcanzó a escucharme, entonces le dije:

– Además, mira, quiero que mires.

Un nuevo hashtag había surgido esa mañana. Yo sólo pude imaginar el caos y una parte de mí se sintió extasiado. Las mujeres que no habían podido ir al CITLAC publicaron, furiosas: #NoMorePrivilegeOppressiveWomen.

Fotografía: Andrew Kinder

 

Anuncios
Categorías:

2 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s