Ni la muerte los separó

Mención especial en el II Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS (Categoría: Cuento corto) (Septiembre 2016)

Podría decirse que discutían como cualquier pareja, salvo porque ella estaba muerta. Le aquejaba por las noches, apareciéndose cuando él se encerraba en el baño para orinar o masturbarse. Privacidad fue una palabra que Roy no tuvo más remedio que trasladar a un callejón vacío por el que pasaba de regreso a casa.

      Ya se había hecho a la idea de una cama vacía, de prescindir del olor de su perfume por la mañana y de sus gritos durante todo el día. Conforme acabó la primera semana tras su muerte, incluso pensaba en la posibilidad de comenzar a salir con alguien. Todos le preguntaban, “¿estás bien?”, pero él estaba mejor que nunca. Le dolían los ojos por llorar, pero no era tristeza lo que caía de su rostro sino alegría. Quizá por eso bailaba mientras recorría el callejón, o al tirarse sobre la cama, retorciéndose y envolviéndose en las sábanas.

     La segunda semana dio paso con la barba crecida en el mentón y el resto de su mandíbula. A ella no le gustaba, y para evitar conflicto, mejor la rasuraba. “Te ves como un vagabundo”, le decía. Comió un par de hamburguesas cada día, con queso extra, y por las noches alternaba entre whisky y cerveza. Andaba desnudo por la casa, que pronto se acostumbró a que su calor ocupara los sillones, dejando la marca de sus nalgas. Pero nada es eterno, ni siquiera la muerte, así que ella volvió la tercera semana. Se escuchó su llegada con el azote de la puerta. Él creyó que alguien había entrado a robar, así que fue corriendo por su pistola y se asomó por las escaleras. Ella, de pie, lo esperaba con los brazos cruzados y el rostro con una rabieta. “Qué horrible te ves”, le decía, “Pareces vagabundo”. Él miró perplejo al esperpento que tenía de frente, ¿sería un reflejo tardío de su esposa muerta o un simple holograma hecho por algún genio local que quería torturarlo? Nada de eso era probable, pero tampoco la alternativa que pasó por su mente de inmediato y que acalló con un golpe: su fantasma se ha quedado aquí, para siempre. “Baja esa cosa”, le dijo, señalando a su pene desnudo con la punta mojada.

     Volvió a tomar las riendas de la casa apenas una hora de su llegada, y como no necesitaba descansar podía gritar con aún más fuerza. Claro que ello no le impidió decir que estaba exhausta, y excusarse de hacer algo en la casa. “¿No ves que estoy muerta?”, decía. “He sufrido el flagelo de ir al más allá y volver por ti, querido, que no sabes hacer nada”.

     La primera noche llegó tarde. Le pareció que él quizá había muerto también, que el tiempo ya no transcurría como era debido. ¿Será que yo también estoy atado?, se preguntó, y le dijo a su mujer (o ex, considerando que estaba muerta) que saldría por unos cigarrillos. “Tú no fumas”, le interrumpió ella con suspicacia: estaba muerta, más no era estúpida. Él la fulminó con la mirada y al notar que ella se enfurecía prefirió seguir con la mentira. “He fumado luego de que murieras, cariño. Me ha afectado mucho tu partida”. Ella, admirada por la fijación oral resultado de su muerte, asintió levemente con una sonrisa de colegiala reprimida (pero excitada en el fondo), y le dio la espalda, a manera de aprobación.

     El pobre hombre intentó vender la casa, pero apenas saludaban a Roy, la mujer aparecía de repente. “Yo soy parte de esta casa”, decía orgullosa con su traslucida apariencia. Ellos negaban y decían que no tolerarían las interrupciones de aquella mujer. “Se ve fastidiosa”, decían los maridos, y las mujeres aún más rabiosas le susurraban a sus esposos que no querían quedarse donde fuera que durmiera otra mujer. Los pocos entusiasmados les respondían, “Pero amor… está muerta”, a lo que todas y cada una, a su modo, dijeron “No me importa”.

     Se resignó entonces a vivir con aquella mujer, anclada a la casa. La cama seguía sintiéndose fría, así que ella le pedía que pusiera unos trapos calientes para que así se sintiera como si ella siguiera con vida. “Pero estás muerta”, le decía Roy. Ella se exasperaba. “¿Necesitas decírmelo todos los días? ¿Te gusta torturarme, no es así? Sádico vagabundo bueno para nada”. Es mi penitencia, se repitió cada mañana, e iba al trabajo, esperando allá pudiera descansar. El problema era que siempre tenía cosas por hacer, así que sólo al salir podía permitirse relajar la mente del estrés.

      No entendía a su mujer. ¿No tenía claro que convivía con ella sólo porque no podía vender la casa y la economía era muy dura como para pagarse otra? Él creyó que dispararle a la cara luego de su última discusión con vida había dejado las cosas claras, acabando así el ruido de su voz chillona. Pero ella, que había sido criada a la antigua, no podía tolerar que su marido la dejara. Incluso si él la había matado, e incluso si él no se arrepentía. “Hay cosas que una debe pasar por alto si quiere que la relación siga viva”, le dijo un día, cuando él al fin admitió que estaba cansado.

     Roy tomó el arma para cuando se cumplieron dos meses. Fue hasta el callejón por el que pasaba para ir a casa y se disparó en la boca.

     Él no le aviso a ella. Su mujer, desde su casa, se preguntaba que había hecho para merecer tal trato. “Ni una llamada, ni una nota”, decía mientras cepillaba sus cabellos de materia traslucida.

Fotografía: H O L L Y • B U R N S

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14 Comments

  1. Me ha gustado, buen ritmo, ese elemento fantástico asimilado con naturalidad, el toque de humor negro, la intriga por conocer el final y saber por qué murió ella. Tenemos gustos comunes. Es tontería, pero me falta la inclusión de más diálogo, desvelar por sus bocas más qur por el narrador. Pero es cosa de gustos. ¿Y otro giro al final? Roy regresa y la vida sigue, pero ya no hay manera de romper la relación. Seguro que lo pensaste. También me ha gustado este final. Ella obtiene venganza. El mal pierde. 🙂

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    1. O gana… Por el tono del relato, no hay dramatización. No importan ni el bien ni el mal. Nadie juzga. Simplemente, él opta por la vía más práctica para deshacerse del fastidio que es que ella haya vuelto. Aunque claro, igual acaban viviendo los dos en la casa como fantasmas, por siempre jamás…
      Me ha gustado, Dan. Enhorabuena por el reconocimiento.

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      1. Sí. En este cuento, en particular, no hay una postura “buena” ni una “mala”. Simplemente es una pareja que no se soporta y donde ambos hacen hasta lo imposible por conseguir lo que quieren (ella, mantener vivo su matrimonio; él, librarse de ella).
        Muchas gracias a los dos (Toni, Benjamin) 😀 😀

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      2. Pero, vamos a ver, ¡él le pega un tiro! “Él creyó que dispararle a la cara luego de su última discusión con vida”. Digo yo que disparar a personas es malo, ¿no? ¡Jajajaja! Otra cosa es que es verdad que no haya posicionamiento del narrador y sea una descripción objetiva de un suceso. Pero, tíos, aquí ha habido un asesinato y ese hombre se pegó un tiro porque la mujer regresó para continuar amargándole la vida. 🙂

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      3. Bueno, pero desde el punto de vista del micromundo del relato, este hombre comete un asesinato y luego paga por ello, aunque sea suicidándose. Es verdad que podemos pensar que el mal ha triunfado por encima de todo porque no sólo se ha llevado el alma de una mujer inocente si no también la de un hombre capaz de matar a esa mujer. El tono relaja todo eso. Sí, creo que tienes razón. Hay cierta justicia, pero el tipo debería haber ido a la cárcel o haber pagado una condena de prostituto fantasmagórico en un geriátrico de obsesas del sexo, como comentaba Daniel.

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    2. En el final original, él regresaba como fantasma anclado a esa calle, y entonces el gobierno lo usaba como bien público para satisfacer a ancianas deseosas de sexo. Lo volvían prostituto fantasmal, pues jajaja. Pero aquello me parecía demasiado, igual que otros detalle que quité para esta versión, que fue la que envié a concurso (que, dicho sea de paso, me sorprende haber tenido mención, porque el concurso era sobre fomentar el amor en la pareja y así jajaja).

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      1. Pues, oye, ese final me gusta mucho. Le veo vagando por las calles en busca de una nueva viejecita, deteniéndose para fumar un cigarrillo y sacando una pistola, poniéndosela en la boca y disparando otra vez. Pero nada. Así que sube y ahí le espera la viejecita… Por cierto, ¡enhorabuena! Y, ostrás, si te premian, te premian y punto; el jurado sabe perfectamente lo que hace. 😀

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      2. A mí me parecía excesivo porque se salía de la dinámica que intenté originalmente reflejar que fue la que quedó en esta revisión jaja. Pero sí, de qué me parece absurdamente divertido lo de Roy como un fantasma prostituto no lo negaré.
        P.D. Pues, por primera vez sé lo que se siente que un juez te elija ❤

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