¿Ves lo mismo que yo?

Cuento publicado en Revista  Contrasentido (Septiembre, 2016). 

Estábamos frente a un árbol cuando me dijo:

— ¿Ves lo mismo que yo?

Sus ojos estaban puestos en mí de tal forma y con tal intensidad que me sentí estremecida.

Horas atrás me había llamado.

Dijo:

— Necesito decirte algo.

Yo le pregunté qué cosa, le pedí que hablara, pero entonces añadió:

— No. No así. Necesito verte.

Le pregunté si todo estaba bien. Él, con la misma voz de siempre, sólo más baja y más insegura que antes, me contestó:

— Todo estará bien.

Sentí que eso no era cierto, que no todo estaría bien.

Acordamos vernos en un camino en la periferia de la ciudad. No supe, entonces, si lo había elegido por morbo o vaya cualquiera a saber por qué. Él sabía lo mucho que detestaba ese camino. Lo poco que el tiempo había aminorado la tristeza. Era un callejón alargado y pedregal que no iba a ningún lado. Pasando los muros residenciales, cada uno a un costado del camino, no había nada. No hablo de metáforas. Era un páramo enorme de tierra árida y matas de hierba regadas en el suelo en la mitad de ningún lugar, y allá lejos, muy lejos, se divisaba cómo el mundo se derretía bajo el cobijo de un sol despiadado.

Así lo recordaba aquel camino, como mi infierno. La última vez que estuve ahí había caído de rodillas al suelo y me había llenado de tierra los pantalones. Lloraba inconsolable, sola, sin poder asirme a nada porque no había ahí ni siquiera una piedra grande de la cual sostenerme. Por eso me sorprendió que él eligiera aquél camino. No quise preguntarle por qué decidió que fuera ahí donde quería hablar conmigo.

Cuando llegué al encuentro, me miró apenado. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su suéter y sonreía como un estúpido nervioso. Su cuerpo, tenso como si sólo lo formara hueso y nada más, tenía un pie apuntando al camino. Ahí, justamente de pie, lo vi y comencé a pensar que hacía mucho tiempo no lo notaba tan nervioso.

La última vez fue luego de nuestro primer lustro juntos. Él se sentó junto a mí en el sillón, como tantas otras veces. Veíamos algo en la tele, una tontería que ya no puedo recordar. Lo he olvidado, pero sé que era tonto porque yo me sentí estúpida dejando que él se reclinara en el sillón como queriendo hundirse, dejando que permaneciera en un silencio pesaroso por casi una hora.

Cuando al fin reaccioné, y aún me culpo por haber tardado tanto, acerqué mi mano hacia el control de la tele, pero él lo tomó y lo apartó de mí. Luego me miró. Le temblaban los ojos y los labios lucían como hechos de cemento.

Me dejé caer sobre él, con mi pecho pegado al suyo y mis rodillas entre sus piernas.

Él no cedía.

— Dame el control — le pedí.

En vez de hacer eso, lo apretó con fuerza.

— Que me lo des — repetí.

Los canales sucedieron uno tras otro en la tele. Él había puesto su dedo, o mejor sería decir lo enterró, en el botón de los canales.

Puse mis manos sobre su pecho, por encima de su camisa.

— Sólo lo diré una vez más.

Metí mis dedos entre los botones de su camisa, y cuando lo dejé expuesto, ordené:

— Hazme caso.

*** 

Aquella noche me dijo que no sabía a dónde iba, a dónde lo estaba llevando su camino por la vida; que todo lo que pasaba se sentía ajeno como si él no lo hubiese deseado ni lo hiciera.

— Tuve un sueño — me dijo. Sentí un leve estremecimiento cuando sus manos tomaron mi cintura, y sus vellos, los de sus brazos, se erizaron como si el viento se hubiera colado a la habitación. Pero teníamos las ventanas cerradas —. Es una bobada.

— ¿Qué bobada? Dime.

— Es absurdo, si lo piensas.

— Sorprenderme — le susurré.

— Es qué… ¿En verdad quieres saber? —. Su pregunta me ofendió, pero no se lo dije. Sólo asentí —. Soñé que mi cuerpo no era mío, que mi rostro era el de otra persona. Era éste, el que tú ves, el que que he tenido siempre. Pero no podía reconocerlo. No pude acertar a quién le pertenecía.

La tele había quedado en un programa de comedia, luego de que dejó el control a un lado. En ella, alcancé a escuchar cómo uno de los personajes le decía a otro:

— No eres tú mismo.

Ya habíamos visto ese capitulo, no sé cuántas veces. Un tipo aparecía disfrazado de payaso en la sala de su casa y les decía a los otros que nadie lo tomaba en serio. Luego se escuchaban las risas del público.

Él me tomaba con sus manos. Estaban frías.

— Sentir que ya no eras tú. Como si ya no quedara nada de ti.

— Eso. Tienes razón — me dijo, despacio —. No era yo mismo… en el sueño. Justo eso. Sentí que no era yo.

Hicimos una pausa. Sus manos se aflojaron.

— ¿Cómo terminó el sueño? — le pregunté.

— No es nada —dijo.

Me inclinó hacia él y me besó, acariciándome mientras yo permanecía helada. No quería dejar de besarlo, pero sus labios no hacían sino recordarme lo que él había dicho. Ése sueño. Su sueño. Pensé por momentos que yo tampoco lo reconocía, que ya no era capaz, ni a él ni a nosotros; que nos esperaría un futuro en el que tarde o temprano ni uno ni otro nos reconoceríamos al vernos la cara. Que ese beso, esa pasión que él me entregaba, no había sido dada en siglos, aunque recién cumpliéramos un lustro sobre las sábanas. Temblé ante el presentimiento de que su rostro, un rostro extrañado de sí, no sería capaz de reconocer ni sus lágrimas. Mucho menos las mías. Así que no lloré, y tampoco dejé de besarlo.

*** 

Tras colgar, esperé sentada en la cocina. Esperé a que pasara un rato, aunque no tenía idea de cuánto debía ser eso. Sólo quería que pasara.

Salí de la casa, caminé un par de calles y tomé el autobús. De algún modo, preví que no querría conducir de regreso, o que no podría. Es una sensación extraña, desear que otro conduzca y ser llevada sin remedio. Quería llegar a la terminal, irme cuando todos los demás se fueran, y ver partir al camión detrás de mí. La idea me pareció tranquilizadora.

Lo cierto es que, durante todo el trayecto, pensé en bajarme antes. Pensé en que caminaría hasta quedar exhausta y entonces llegaría a mi cita con él. Pero me bajé donde había planeado, donde debía, y caminé muy poco hasta que lo vi en una esquina, junto a un arbusto colgante de flores marchitas.

Él se giró despacio, luego de verme con sus manos metidas en los bolsillos, y me dio la espalda mientras se encaminaba. Lo alcancé y me puse frente a él. Se detuvo. Estaba mirándome con los mismos ojos temblorosos que aquella vez en el sillón. Y aunque creí que lo reconocía, que ya lo había visto antes, era mentira. No eran iguales. Nada en él lo era.

Avanzó cuando me hice a un lado. Me aparté para dejarlo pasar, porque nada podía decirle así, con él irreconocible. Me dijo:

— Sígueme —, y yo lo seguí.

— ¿A dónde vamos? —pregunté luego de casi dos minutos de silencio. Creí que su rostro respondería tan extraño como antes, pero no.

— Hay algo que quiero mostrarte.

Seguí avanzando, concentrándome en las piedras.

— Hoy no he podido dejar de pensar en ti, y en mí. Y quiero mostrártelo antes de que llegué la noche.

Se detuvo, me tomó por el codo y sonrió:

— Es algo que debes ver.

No le sonreí de regreso. No podía. Aquél sendero… yo sabía a donde íbamos, a esa nada inmensa. Intenté sonreír, pero fue imposible para mí.

***

Luego de que me contara su sueño, por la noche, ya en la cama, lo apreté contra mí.

— Hace un par de noches recordé aquél camino.

— ¿Donde…?

— Sí — le dije —. Hace años que no paso por ahí, pero de vez en cuando lo recuerdo, y es terrible. ¿Qué hacía ahí mi padre? ¿Por qué lo encontraron muerto entre la maleza?

Él me abrazó muy fuerte, y sentir que el aire escapaba de mí fue en cierto modo reconfortante.

— No pienses en eso. No ahora. No aquí. Estás en casa. Todo está bien.

— Sí — le dije —. Me da gusto que estemos juntos. Que estés aquí, conmigo.

Sus ojos me pasaron por encima, apenas.

— A mí también.

La voz que salió de él era grave. Sentí de repente que debía hacer más.

— ¿En qué terminó el sueño? — pregunté. Se fijó de nuevo en mí.

— Es una bobada, ya te dije. No hablemos de eso.

— El otro día — empecé a decir —, mi día se arruinó porque el auto se quedó sin gasolina y yo ni cuenta me había dado. Eso es una bobada. Que tuviera que tomar el autobús.

— ¿El camión? ¿Y por qué no revisaste antes el auto?

Él se encogió de hombros. Había dejado de abrazarme, quedando de costado. Sostuvo su cabeza con una mano y con la otra me acarició despacio.

— No lo sé. Por confiada, por ir pensando en otras cosas. Quizá el auto falló y no me avisó que hacía falta gasolina.

— Pero él siempre avisa.

— Ahora lo sé — le dije —. No me volverá a pasar.

— Eso espero. No quiero ni imaginar tu cara cuando te diste cuenta.

— Fue más o menos así — añadí, luego intenté reproducir el gesto de frustración que había sentido.

Comenzó a reírse. La cama temblaba con su risa, como meciéndose. Me dieron ganas de que siguiera riendo hasta tumbar el suelo bajo la cama. Pensar que caeríamos hasta la sala, que volveríamos a estar frente a la tele y que se encendería con nuestra caída, me hizo reír tan fuerte… como reía él. Entonces fue como si nuestras risas hicieran temblar las paredes, el suelo, hasta el aire mismo. Pero nada de eso temblaba realmente.

***

Junto a los muros residenciales había bolsas llenas de hojas, hierba y ramitas. Los jardineros salían por los portones y dejaban más y más bolsas. Lo hacían como si no se dieran cuenta, como si diera lo mismo. Tenían la mirada en otro lado, esos hombres. Parecían oír música mientras hacían lo suyo.

— ¿Qué le pasó al auto? — me preguntó —. ¿Caminaste mucho para llegar?

Las bolsas amontonadas sonaban como un murmullo, golpeadas por el aire que entraba por la boca del camino.

— Lo dejé en casa.

— Ya veo — dijo, y una de las bolsas cayó desparramando los restos que llevaba en su interior.

— ¿A qué vine realmente? — pregunté. Ambos teníamos la mirada fija en el camino, que poco a poco quedaba atrás. Nuestros pasos eran cortos y nuestro andar lento. Nos acercábamos hacia la nada. Lo sentía en el calor del aire, en la presión de los recuerdos —. Dime, ¿era necesario traerme aquí? ¿Donde le lloré a mi padre?

Sentí que habían pasado apenas unos días desde que lo perdí. El viento me golpeaba el rostro y mi cara se desdibujaba por culpa del cabello, así que me lo recogí.

— Dímelo.

El cabello de él, por otro lado, iba de arriba a bajo. Sus cortos cabellos grises bailaban como en una caricatura.

— ¿No vas a decirme?

Negó con la cabeza, nervioso y conteniendo una sonrisa.

Quería hacerle frente, pero ya no podía. Quizá fue por tanto caminar, quizá el calor, quizá la imagen de los restos de los árboles metidos en las bolsas. Simplemente no podía.

Entonces oí su voz cerca de mí. Se había acercado hasta mi oído.

— Mira. Allá.

Su mirada quedó fija en el horizonte. Sólo me vio por un momento, un segundo, pero eso bastaba. Supe que nos acercábamos al fin.

Caminé más a prisa. Quería comprender qué cosa era la sombra a la distancia. Un punto irrumpiendo en el cielo, una cosa que subía desde el suelo derretido hasta las nubes. Parecían venas. Venas que latían con un movimiento ligero, por el calor.

Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, me detuve.

— Un árbol — le dije.

Era un árbol de hojas amarillentas y flores rosadas, la mayoría en el suelo pero igualmente hermosas. Era delgado, pero firme. Un árbol que no había estado ahí antes.

— ¿Dónde estamos? — pregunté. Sentí que estaba en un lugar nuevo. No podía reconocerlo en mis recuerdos.

Él me tomó un hombro con su mano. Lo acarició tiernamente. Luego añadió:

— Es como un sueño, ¿no?

Su voz era suave y cálida.

— ¿Lo ves? Dime, ¿ves lo mismo que yo? —. Hizo una pausa y añadió —. Soñé con él, hace años. Nunca te lo dije. Aunque quizá nunca soñé con eso, sino hasta ahora. Da igual, ¿no lo crees? Luego vine hasta aquí y me aseguré de que mi sueño fuera real. Ya no recuerdo si fui yo quien lo planté o lo encontré así, justo como ahora. Sólo me recuerdo regándolo. No sé en qué momento creció. Eso tampoco lo recuerdo. Ay, las cosas que uno elige recordar.

Me apretó contra él. Era una sensación conocida, nueva también.

— Dime, ¿no crees que es muy hermosa?

Apartó su vista del árbol y me miró. No había notado cuán jóvenes lucían sus ojos, luego de tres décadas. Estiré mi brazo hasta tomar la mano que él tenía libre. La piel de ambos ya no era tan firme, pero seguía siendo cálida. La apreté fuerte, como nunca lo había hecho.

Fotografía: Orlane Paquet, Azur

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7 comentarios sobre “¿Ves lo mismo que yo?

      1. Me inventé una media estandarizada para comparar la nostalgia acumulada en tus relatos, la he denominado centeno.
        Podemos definir un centeno como la cantidad de nostalgia presente en tu relato “Tirar”.
        La publicación promedio de Instagram tiene 0.8 centenos de nostalgia o 800 milicentenos y este relato en específico tiene 2.8 centenos totales.

        Le gusta a 2 personas

      2. ¿Hay una medida de nostalgia con base en mis cuentos? Me siento extrañamente halagado. No creí que “Tirar” fuese la línea base. Si es esa, yo diría que éste son 3 centenos como mínimo.

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