He vuelto

– Sabes, a veces siento que ya he sentido todo lo que voy a sentir jamás. Y de aquí en adelante nunca voy a sentir algo nuevo. Solo versiones más pequeñas de lo que ya he sentido.

– Sé que eso no es verdad. Te he visto sentir. Te he visto maravillarte de las cosas. Digo, puede que no lo puedas ver en este momento. Pero es entendible. Has pasado por mucho últimamente. Perdiste una parte de ti mismo.

Her.

Perdí una parte de mí mismo.

En otras noticias, el agua moja.

Hace unos meses mi hermana se fue de la casa.

Hace otros cuantos meses, murió chispa, mi perra, luego de casi 20 años de ser fiel y temperamental compañía.

Quienes leían mis cuentos (a estas alturas ya no sé si alguien me lee o si le hablo al viento, como últimamente hacen todos mis personajes), sabrán que la desgracia sigue lo que escribo como un perro sigue el olor de un trasero ajeno. Así de sucio, así de desagradable, y así de natural.

Quienes leían mis cuentos saben que soy tan dramático como abyecto y ambas cosas suelen convivir con sanidad.

El asunto es que, este año ha sido raro. De abril para acá escribo distinto mis cuentos, escribo menos, pero me gusta más. Siento que tiene más sentido. Ya dejé atrás el ejercicio por ejercitar y pase al hacer por expresar. La necesidad ya no de sacarme un tema del pecho sino de sumergirme en él para comprenderlo.

Desde hace unos meses, justamente, mis cuentos me gritan desde el título: “¿Y a mí, amor?” “¿Todavía me amas?” “Amor” “¿Lo olvidaste?” “No nos pasará nada”…

El grito es intenso y me quiebra cada vez que emerge, mas no puedo evitar escuchar cada tanto, como una reminiscencia distante de un tiempo que no sé si es pasado, futuro o presente, esa misma voz, voz transformada en tenue susurro.

Me dice, más sabía: “Nos merecemos algo mejor”.

No es que yo sea esquizofrénico o crea que hay dos yo dentro de mí, es que a veces siento que con cada cambio me voy desdoblando un poco, que dejo de reconocerme porque me olvido. Hoy, por ejemplo, descubrí que había olvidado a una persona con la que pasé casi dos años hablando todas las noches.

Hace unos meses, también, me descubrí monstruo: una figura horrorosa, oscura y temible para mí. Yo mismo era un monstruo para mí. Asumo que, más de uno aquí, se ha de sentir igual, o lo debió de experimentar al menos una vez. La sensación de que lo que creíamos invaluable de repente ya no nos importa, o resulta ya no tener valor. Descubrir que las promesas a uno mismo no significan nada en tanto que se olvidan. Y el olvido no trae nada, solo se lleva… se lleva todo.

Pero eso no es cierto, ¿no es así? Nunca se lo lleva todo. Por eso sigo escribiendo. Antes, hasta el año pasado, corregía. Corregía gran parte del año y me paralizaba el resto porque ya no sabía qué hacer con lo escrito y lo corregido. Este año escribo y no corrijo (salvo al instante, mientras lo hago). Escribo y disfruto y también sufro como en el año pasado no pude sentir.

Porque, ¿saben cuánto tiempo llevo escribiendo como un demente? Dos años. Anteayer, hace dos años, tomé mi primer curso de escritura. Un curso brevísimo que más que enseñarme a escribir me dio un buen puñetazo en la cara para “hacer que me pusiera las pilas” (como dirían por mi casa).

¿A donde voy con todo esto? A ningún lado, ciertamente. No es una trayectoria que apunte hacia un destino sino hacia una profundidad.

Hace poco más de un mes, la mayoría de mi contenido en este blog fue “plagiado”, motivo por el que dejé terminamente de publicar. Y ni siquiera fue por el plagio, porque la mayoría del material ya está a mi nombre en su debido lugar. El problema fue sentir, y lo diré como buen amante de los superhéroes, que profanaron mi “fortaleza de la soledad” (a.k.a. el espacio intimo de Superman).

Sentí que mi espacio particular era de repente robado, que mis palabras eran apropiadas por otro. En su momento pensé en cierta frase de cierta película (The words), cuando uno de los personajes, el que ha sido plagiado, le dice al otro, el plagiador: tomaste mis palabras, toma mi dolor.

En ese momento sentí que “de eso iba todo”, de haber cedido mi dolor gratuitamente a alguien que lo usaría sin siquiera darme el crédito.

Pero hoy, justamente hoy, comencé a notar que me hacía falta hablar con ustedes (esos que aún pasan por aquí, de vez en cuando, a saludarme silenciosamente). Que nunca ha sido suficiente el agradecimiento de mi parte, por mantenerse firmes ahí donde yo voy y vengo como si fuese un animal que emigra para hibernar indefinidamente.

Quiero contarles, también, que hace un par de días me presenté a leer un cuento a la biblioteca más grande del estado en el que vivo (o al menos una de las más bonitas y modernas), y me fue muy bien, sentí que les leía a ustedes. Al escuchar las dudas de la gente, recordé sus comentarios. Y es que son tantos, y es que yo soy tan cursi. Sí, soy más cursi que una película con tonos rositas (excepto cuando me sale lo sucio, lo abyecto, lo infame y lo pecaminoso; entonces soy rojo y negro por todos lados).

Tampoco pasé por aquí a decirles que la revista en la que me publicaron hace algún tiempo, La cigarra, la primera que tuvo uno de mis cuentos en papel, “cerró sus filas” y ya no habrá más números ni más revista. Aquello me pegó duro. Un cierre más.

Anteayer dieron los resultados de un concurso en el que participé con uno de mis mejores cuentos del año pasado y no sólo no gané, sino que tampoco quedé como finalista. Y me molesté tanto, y luego no me importó en lo absoluto. Resulta que en realidad, según parece, sólo me leyó un lector, quizá dos, quizá un poco más, y fueron ellos los que me descartaron.

De repente lo puse así, en perspectiva: personas. Lo que yo hago, lo que la gente hace y lo que lee en lo que escribo. Es todo una relación, una red de personas. Quería hacerles saber que espero retomar este espacio, de un modo o otro, porque en el fondo no quiero perder contacto con la gente valiosa que tuve la fortuna de conocer aquí.

Lo demás (el cuento publicado en un libro, la revista en el museo, que estoy por iniciarme como docente, que ya soy psicoterapeuta, que estoy esperando resultados de una beca, que quizá me mude pronto, que sigo extrañando a mi hermana, y a mi perra, y a cierto amigo que también perdí a principios de este año) es una historia muy larga. Pero todo se resume a esto: no me he ido.

He perdido una parte de mí mismo, sí, pero he venido a recuperarla.

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2 Comments

  1. Hay rachas buenas, malas, desilusión, desconfianza, pérdida de la credibilidad propia y hacia otros, pero el chiste es no desfallecer. El recuento que nos has dado en esta entrada es un mero reflejo de todo ello y de tus progresos en la escritura aún cuando no se te reconozcan todavía.
    Tu inherente creatividad es evidentemente legítima y grande, tanto que la han plagiado.
    Aquí continuamos contigo, aunque solo de vez en cuando dejemos algún comentario.
    Un abrazo.

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