Amanecer

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Julio, 2016).

Tres semanas antes de su partida, Amalia me envió un mensaje diciendo: “Ven a la fiesta el próximo viernes. Trae tu bebida”. La fiesta se llevaría a cabo en la casa de su pareja; la que fue su pareja entonces, un tal Esteban. Él vivía en el centro de la ciudad y yo pensé en lo cerca que estaba de mi propia casa. Pensé que incluso podría volver caminando si me lo proponía. Pero para cuando el día de la fiesta llegó, Amalia ya no era novia de Esteban, así que ella y sus amigos improvisaron. Uno de ellos, Adrián, ofreció su casa (a una hora de la periferia de la ciudad). Muchos decidieron ir en caravana. Yo, que no conocía a nadie, me las apañé para llegar allá en una pieza. Di tumbos, eso sí, pero llegué justo cuando la música se elevó tan alto que podía oírse desde el camino de tierra, junto a los árboles verdísimos de los que colgaban frutas de las cuales no he sido capaz, aun hoy, de recordar sus formas.

Al abrirme la puerta, Amalia sonrió como la última vez. Aunque aquella vez, en el pasado, no sería la última; sino ésa que ocurría apenas, justamente ésa.

No vivíamos tan lejos uno del otro. Su departamento se podía ver desde el techo de mi casa y de vez en cuando la llamaba desde ahí sólo para que se asomara también; para que, como dos sombras diminutas, nos diéramos un saludo a la antigua: de frente, con la mano alzada y una sonrisa. A veces simplemente la veía detrás de su ventana, a veces simplemente la veía. Su silueta detrás del cristal. Su melena clara contagiada por el sol. El sol en su piel, brillante y hermoso. Sus ojos. Ella. 

Volviendo a la fiesta, los dos estábamos en la entrada de la casa de su amigo Adrián. Ella me sonrió y yo le sonreí. Su sonrisa era sin duda más bella que la mía. Sus dientes eran blancos, pero no tan blancos; sólo lo suficientemente blancos para seguir siendo creíbles. Un poco más y podría haberme parecido una muñeca, y Amalia era todo menos una muñeca. Cualquiera diría lo mismo en mi lugar. Y es que, apenas entré, Amalia se puso a bailar como si la música la poseyera. No una posesión curiosa, sino demoníaca; el demonio de las mil noches de sobriedad dolida y ganas de alcohol la habían tomado completa. Su cuerpo ya no respondía a sus deseos. O quizá, sólo quizá, su cuerpo era puro deseo.

Me tomó de la mano y yo la seguí como si fuese su apóstol. Los otros hicieron lo mismo. Tomaron la mía, como si por extensión tuvieran la suya entre sus dedos. No pude culparlos. Incluso mi mano, sudorosa como estaba, servía para el propósito. Bailamos todos como el agua de un río que empapaba toda la casa. La música estaba en nosotros, nos lideraba, tenía cuerpo de mujer, el de Amalia, y para cuando la noche se hizo muy noche todos estábamos ensordecidos de vida.

Amalia sonreía y todos tenían en el rostro una expresión grave de alivio y pérdida.

Amalia se iría.

Amalia había hecho una fiesta para no decirnos que se se iría. No planeó volver. Se iba para siempre. No lo dijo así. No dijo nada.

Ni siquiera dijo: “Volveré antes de que me extrañen”.

Yo ya la extrañaba.

Nos miró a todos. No se detuvo en ninguno. Quizá todos pensaron igual que yo, que no se detuvo en ninguno. Lo cierto es que, cuando me vio a mí, sentí que no soportaba mirarme. Que le costó tanto despedirse que tuvo que limitar el adiós a un simple vistazo de lo que había sido y ya no sería. Pero Amalia seguiría siendo ella. Ella no se despediría.

Esa noche Amalia durmió sobre el sillón de Adrián. La mayoría pudieron volver a sus casas, pero no lo hicieron. Se quedaron hasta que se hizo ya tarde; se levantaron todos juntos con lagañas en los ojos, sufriendo la cruda y el vacío en sus estómagos. Todos buscando en todas direcciones a Amalia. Pero ella ya se había ido.

Yo la vi irse. Se levantó poco después de caer dormida. En realidad, dudo que haya dormido. Se alejó del sillón y tomó una bolsa que había en el suelo junto a la entrada. Yo estaba recargado en una pared, justo donde se colocan los sombrillas y esas cosas que la gente tira y no nota. Amalía no me volteó a ver. Igual que las sombrillas, no fui necesario a donde ella iba.

Salió de la casa. Alcancé a escuchar sus pasos bajando por las escaleras de la entrada, pisando los charcos de la lluvia de otros días. Mi oído, pegado a la pared, sintió la fuerza de su viaje, de su huida insospechada.

¿Era ése el adiós? Podía no serlo. Para alcanzarla sólo tenía que ponerme en pie, al igual que ella lo había hecho. Pensé eso y sentí un alivio momentáneo. Como si olvidara que no la vería de nuevo. Luego me vino a la mente que ella había llegado en auto, y yo no tenía posibilidad alguna de alcanzarla. No tenía las fuerzas para correr hasta ella. Para nada, en realidad. Me sentí devastado. Estaba en el suelo, justo donde debía estar.

No me moví. Incluso cuando los otros despertaron, me atrincheré contra la pared, escondido por objetos varios. No podía verlos a ellos. No podía decirles que ella se había ido.

Ellos… ¡Ellos!

Recordé que todos habían llegado juntos. Ella y sus amigos. ¿Cómo se había ido Amalia? ¿Cómo llegó? ¿Llevaba un auto? ¿Anduvo sola por el camino de tierra?

Mientras yo me preguntaba esas cosas, la imaginé sosteniendo la mano frente a su rostro en el amanecer, ocultándose del brillo incandescente. Imaginé su silueta, entonces oscura y desdibujada. ¿Habrá girado para verme despedirla? Sus huellas seguirían ahí para cuando yo saliera. Pero no me atreví a salir.

Fotografía: Peter Zelei

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9 comentarios sobre “Amanecer

  1. Quizás se fue porque nunca había llegado… nunca había estado… era una imagen diferida… proyectada, desde otro tiempo, desde una realidad alternativa… el paso fugaz que se resume en una convergencia, más o menos prolongada en un espacio determinado… Y esa relatividad depende nada más que del sujeto que la percibe…
    Tu relato me pareció genial… y por cierto, como Amalia que soy… me identifico con ese carácter algo esquivo que define a tu personaje… aunque creo que por distintas razones…
    Un fuerte abrazo. Aquileana (Amalia) 🙂

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    1. Es algo que tienen las Amalias, no sé por qué…
      Lo cierto es que toda despedida es muerte, acompañada sin embargo de cierta esperanza dilatada, que luego se olvida pero que calma: ¿le volveremos a ver? Esperamos que sí, y se hace tan natural que luego no esperamos, pero tampoco creemos que jamás volveremos a ver a quien se fue.
      Muchas gracias, Demian.

      Le gusta a 1 persona

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