A Esmeralda

He recibido tu última carta con casi un mes de retraso. El sobre delató al cartero, que seguramente sintió culpa por habérsela quedado para sí mismo. O quizá fueron los de la oficina de correos. Uno nunca sabe en quién confiar.

Hablando de mentiras y medias verdades, o quizá sólo de cosas escondidas, hay algo que no me acaba de quedar claro de tu última carta. Siempre has sido tan hermética. Transcribo la parte que me descoloca, para evitar malentendidos:

He estado mejor desde nuestra última plática”.

¿Mejor que cuando, Eme? Me ha inquietado pensar que, cuando decías que estabas mejor, algo te había pasado. Así que rebusqué en tus cartas pasadas.

Lo primero que noté es que te has vuelto especialista de mis emociones. Has dicho, en las últimas diez, que se nota a leguas mi dicha, mi alegría, mi gozo, mi placer, mi éxtasis, mi satisfacción, mi beneplácito y ve tú a saber cuántas cosas que no son emociones pero que terminan siéndolo. Como amor. ¿No sientes que el amor es a veces algo tan personal y tan instintivo que no puede ser sino natural? Que el mundo no lo ha influenciado, como lágrimas nacidas de tristeza.

Hablando de tristeza, ¿por qué no la noté antes? No había notado la forma en que te expresabas sobre tus propias emociones, no sino hasta que leí “mejor”. ¿Mejor que cuándo? Seguí buscando, Eme.

¿Escuchas mi voz, Rodri? ¿Logras escucharme desde aquí?.

Maldije que eligiéramos las cartas como medio para comunicarnos. Me sentí como un imbécil por no haber atendido a tu pregunta como un lamento. ¿Por qué esperar tanto por lo que podríamos hacer en un segundo, con tan sólo apretar un botón?

Pero aquí estoy, escribiendo, leyendo tus viejas cartas, sin tomar el teléfono. Prefiriendo el papel. ¿No sientes que sólo el papel sobrevive a la nostalgia? Se tiñe, se opaca, pero las palabras permanecen. Alguien, probablemente un mentor o quizá mi padre, me dijo que la tinta de un libro no se borra salvo que uno la talle con tanta fuerza que la página se rompa. Lo cierto es que las palabras envejecen, como nosotros, pero sobreviven mejor. Las palabras no se pudren, Eme. ¿Pero eso tú ya lo sabes, no? Fuiste tú la que comenzó con esto de las cartas. No lo recuerdo, pero sé que fuiste tú.

A veces, durante el último mes sin recibir respuesta, cuanto temía tanto y me ganaba la ansiedad, pensaba que quizá la imagen que hay de ti en mi mente no era sino falsa o cuando menos incompleta. Te pido perdón, Eme. Pensé que las palabras no te completaban, que te ocultabas entre las palabras, pero ahí estás, en realidad.

Cuando recibí la carta, cuando al fin la tuve en mis manos y abrí el sobre con cuidado, cuando temí romperlo, olvidé pagar las cuentas, tomar una ducha, desayunar. Me hiciste pensar en ti. Me di cuenta de que tu letra había cambiado. Se notaba temblorosa. A ratos, casi traspasando el papel. Apenas ligeramente, pero lo noté. Aun así, tengo la certeza de que eres tú quien la escribió.

Confío en ti, Eme. En que estás aquí.

Supongo que de eso hablabas hace cuatro cartas, y hace doce, y hace treintaicinco. De eso que tú llamas “Amarlias”. He puesto círculos alrededor de la palabra, cada vez que decides usarla. Han sido pocas.

Tú y tus amarlias”, fue la primera vez. No tuve idea de qué decías. No te interrogué tampoco. La segunda vez, quizá dándote cuenta de que nunca te lo pregunté, dijiste: “¿No te hacen daño las amarlias, Rodri?”. Tuve que ceder. Caí en la curiosidad. ¿Qué es una amarlia?, te escribí. Tú contestaste, como posdata:

“¿No sabes qué son, Rodri? Bueno, te explicaré. No, no te explicaré, porque yo no soy quién para hacerlo. Déjame mostrártelas. ¿Ves el mismo árbol que yo veo? Es un árbol bello. Está afuera de mi ventana. Lo ha estado todo el tiempo. Es un árbol de flores rosadas, de sombra profunda y fresca. Es hermoso porque está ahí, de pie. ¿Sabes a qué huele? Siempre huele a primavera.  A veces también creo que yo huelo a primavera cuando estoy lejos de él; sólo a veces. Pero a veces no. En cambio, su fragancia persiste. Porque el árbol sigue y seguirá siendo un árbol, y las flores harán lo mismo naciendo de él sin importar cuántas veces deban morir. Sigue oliendo a primavera, incluso en su ocaso. No sé si es porque yo huelo las flores aunque se han ido, o porque siguen ahí como vestigios atrapados en el viento. ¿Sabes cuál es la constante, Rodri? El amor. El amor es la constante. Yo amo a ese árbol, y mientras lo ame viviré eternamente oliendo y viviendo en él la primavera. Así tú, Rodri. Una amarlia, eso eres. Tú eres como aquel árbol, para mí. Siempre hueles a primavera”. 

Después de leer eso no supe qué decir. Tardé tanto en escribir una carta que diera respuesta. Cada vez que decías “amarlia” yo sentía un estremecimiento, un profundo bienestar. Pero, más que eso, sentía el olor de la primavera en la casa.

Así que, aunque he tardado mucho en notarlo, quiero que sepas que lo he hecho. Que no soy tan cabeza dura, que he notado que ahora estás mejor, pero que antes algo pasó y no me di cuenta. Así que, déjame ser quien ahora te muestre algo.

Estoy sentado sobre mi cama. Estoy mirando a la ventana. Afuera hay niños. Los niños juegan a algo que no entiendo. Usan palos, pelotas, y corren de un lado al otro. Se gritan, pero entre los gritos… ríen. La risa de los niños llena toda la calle. Los padres suben el volumen de sus televisores, pero los niños siguen escuchándose en cada rincón. Su voz llena todo, hasta esta carta. “¿Quieres jugar conmigo? ¿No? Pues no juegues”. ¿Lo ves? Esos niños no respetan ninguna regla. Esos niños van a crecer. Se irán de la calle. Tendrán parejas. Se abrazarán, se darán besos, y entonces pensaré que quizá yo debería estar haciendo lo mismo. Pensaré en su risa estruendosa y en cuánto la extraño. Esos mismos niños, ya adultos, se irán, dejando a sus padres, visitándolos cada fin de semana al principio, luego cada mes. Algún día estaré a punto de olvidar el sonido de la risa de esos niños. Entonces aparecerán los hijos de ellos, y reirán igual por otro juego que tampoco entenderé. No seré yo quien mantenga la risa viva, Eme, pero seguirá ahí. De algún modo se las apañará para vivir. Y pienso, ¿sabes qué no va a cambiar? ¿Sabes que será una amarlia, en todo esto?

Tú ya sabes la respuesta.

Antes me preguntaste si las amarlias no me hacían daño. No, Eme. No me hacen daño. Si dices que soy como aquel árbol, ¿te hago daño, Eme?

En fin, no me culpes si escuchas, entre todo lo que digo, la risa de los niños. Dicen que el buen humor contrarresta los malos ánimos. Yo espero que su alegría te haga tanto bien como a mí me hace la sombra del árbol de flores rosadas frente a tu ventana, sobre todo en tiempos calurosos.

Esa tarde, mientras escribías que estabas mejor, ¿en qué pensabas? ¿Qué sentías? No me importa leer un diccionario entero de significados, escríbelos para mí. No, no para mí, pero escríbelos. Quiero saber qué significa estar mejor, como me mostraste antes lo que significa una amarlia. Quizá yo debería ser capaz de hacerlo sin tu ayuda, pero ¿no amas que te sea yo quien te pregunte estas cosas? Sé que respondes ante mis interrogatorios. No sé si porque amas que me dé cuenta de que no sé nada, o si descubres que tú no lo sabías sino hasta que lo escribes en una carta. Una carta como esta.

A veces eso me pasa a mí.

Con amor, Rodrigo.

Este ha sido el reto 10 de Insectos Comunes: Típicos tópicos: El amor en estado puro.

El objetivo era partir del manido tema del amor e intentar que sonara a nuevo. Para ello, cada uno de los autores teníamos que escribir una carta de amor sin trampa ni cartón, algo romántico, pero que fuera original y que conmoviera al lector sin recurrir a la ñoñería. ¿Creen que lo he conseguido?

Pueden leer el resto de cartas en los siguientes enlaces:

Amo cómo comes naranjas, por Cerdo Venusiano

Carta de amor. La distancia, por LaRataGris

Me das paz, de Benjamín Recacha

6 de junio de 2016, de Esther Magar

Pintura: Peach Tree in Bloom, Vincent Van Gogh

 

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9 comentarios sobre “A Esmeralda

  1. Interesantes las metáforas relacionadas con los sentimientos, el pasado… el amor y sus desventuras… todo eso condensado en las `amarlias´… hay algo Proustiano en tu texto, querido Daniel.. Pero, incluso también, algo de Julio Cortázar y su libro `Rayuela´… me hiciste recordar a ambos, lo cual, es, evidentemente, un buen signo..
    Un abrazo. Aquileana

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    1. Las amarlias deben ser uno de esos conceptos raros que mis personajes se sacan de la manga. ¿Has leído “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera? Ahí mencionaban algo de un diccionario de significados en una pareja. Recordé eso y bueno, surgieron las amarlias.
      Curioso lo que dices de Proust y de Rayuela, pues al primero no lo he leído y la segunda me repele porque jamás paso de la primera página jaja. Curioso, la verdad.
      Un abrazo 😀

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      1. Bueno leerte… No recuerdo lo que comentabas sobre “La insoportable levedad del ser”… he leído sin demasiada atención el libro ahora que lo mencionas… y hace posiblemente una década … ja 😀 … es extraño lo que mencionas de Cortázar pues realmente me recordaste a alguna carta de Oliveira a la Maga… de cualquier modo, es una novela que resonó mucho en mí también hace tiempo, casi inmediatamente después del Secundario… Y la segunda parte – estos lados sudamericanos- no me pareció buena… Te dejo un abrazo y deseo un muy buen fin de semana para vos, Daniel. Aquileana 🙂

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