Perder la cabeza

Estremece que lo peor de todo es que el hombre me haya resultado atractivo. Dudo de su monstruosidad, de quien sólo sé que tenía ojos de cielo.

     Mientras estudiaba, los profesores nos enviaron a mis conocidas y a mí a una conferencia sobre abuso sexual; dijeron que las personas se espantan ante el grito de una mujer que clama ayuda. Que, en su lugar, debiésemos decir algo como “fuego” y todos se acercarían. Nos dijo “no por ayudar, en realidad”, y aunque no completó la frase, supe que lo que hizo falta añadir.

     Desde entonces, la imagen de montones de mujeres como cenizas me acosaba en todos lados. Las vi entremezclarse con el polen en primavera y con el viento de las heladas; incluso con la bruma de los ladrillos de esas construcciones en abandono, cuyas vigas y cimientos me obligan a mirar bajo mis pies.

     Un amigo de mi padre, psiquiatra, dijo que aquello era un indicio temprano de esquizofrenia. No quería que lo escuchara, pero lo hice. ¿Cómo podía ser yo la loca? Decían que perdí la cabeza. ¿Cómo es que nadie veía a las mujeres muertas?

      Descubrí un hedor proveniente de los lotes cercanos a mi casa, y de la escuela, donde cabezas pelirrojas, rubias y morenas abundaban entre la maleza. Parecían arbustos multicolores cubiertos por hollín. Habían sido dejadas ahí, como muñecas rotas.

      Me acerqué para observar, metiéndome entre los montones de plástico y comida rancia. Mis amigas dijeron que estaba loca. Dijeron “vuelve”, sin atreverse a entrar.

      Noté que los cortes habían sido profundos, pero ninguno había sido por si solo mortífero. Impactaron en sus cuellos algo con filo más de una vez hasta partirlas, cualesquiera que haya sido su instrumento. Ellas debieron sentir cómo su cabeza caía a un lado, frente a quienes vieron apenas como una sombra; como en un sueño.

      Me quedé en el basurero por horas, sentada acompañando a esas mujeres, hasta que mis padres, preocupados, volvieron junto a la policía para llevarme a la fuerza a una evaluación psiquiátrica.

      Eso parece que le pasó a otra mujer, a otra vida. No a mí. Eso fue lo que le dije al psiquiatra. No le dije que el entumecimiento se propagó; ni que una vez, mientras me llevaban de un ala a otra, sentí que era yo quien me esparcía.

      Desde entonces me asumí descompuesta, y recorrí las calles a paso lento, con la mirada ajena. Dejé de percibir el polvo como una corriente aislada. Me di cuenta de la muerte, rondando, con ojos alzados y oídos cubiertos por plástico; ojos ocultos bajo lentillas oscuras, cabellos aplastados por capuchas.

      Me pregunté si toda esa música y ese aislamiento les bastaban a ellos para ignorar la tortura.

      Ya no pude pensar más en eso. Me daba nauseas. Dejé de notar los colores con los que la gente vestía. Todo se volvió gris, como el polvo de antes. Gris, al principio, y luego amarillento. Como si el mundo estuviese enfermo.

Una vieja conocida me visitó en ese punto. Decía que de seguir así no quedaría más remedio que volver a solicitar ayuda de una institución mental. La convencí de que estaba bien. No fue difícil. Me maquillé para ella.

      Incluso creyendo la mentira, me dijo que debía salir; acompañarla a alguno de esos lugares de los que me olvidé. Luego de aceptar, me vestí como esperé que a ella le gustara.

      Llegué al lugar acordado.

     Un hombre atractivo, y sé que era atractivo porque una parte de mí se sintió atraída hacia él, me sonrío a unos pasos, cerca del bar donde me vería con mi vieja conocida. Su mirada me recordó al cielo de día, ahí en medio de la noche.

      Me invitó a acercarme, y lo hice.

      Él me sonrió. Dijo algo que no fui capaz de comprender, pero su voz era de tal gravedad que incluso su falta de sentido me pareció un llamado profético. Avancé, y la oscuridad fue cubriendo mis pasos.

      Al principio intentó seducirme. Le dije que no. Él se apartó. Me fui. Busqué a mi amiga dentro del bar, pero no estaba.

     Salí otra vez y el cielo en los ojos de aquel hombre había descubierto su velo. El cielo no era sino muerte por todos lados. Lo supe, pero imaginé que podría cruzar la calle sin que su voz me encantara otra vez.

     Me susurró al pasar a su lado, y al no verlo, me tomó por los hombros y me obligó a fijarme en su mirada.

      -¿Estás sorda? –me preguntó.

      Negué, acaso creyendo que él me vería mientras agitaba la cabeza.

      -Escucha, estúpida –dijo, pero ya no agregó más.

      Se calló de repente y me soltó. Pareció arrepentido. Se sacudió la ropa y se apartó por el callejón. Lo vi desvanecerse como una sombra. Me giré.

      Entonces sentí la sacudida.

     Sentí mi cabello siendo jalado; el ardor de la raíz arrancándose. Caí con la cabeza directo al suelo. Alcancé a cubrirme un poco con las manos. Las uñas se me rompieron. También me vi desaparecer entre las sombras. Su voz, ya indistinguible con el eco de la música del bar, escapando por las rendijas de la puerta y las ventas abiertas, me recordó que estaba sola.

     No supe en qué momento se quitó el pantalón, o si lo hizo. Tan sólo intenté ver una vez más sus ojos brillantes. No supe tampoco para qué, pero creí que hacerlo podría ayudarme.

      Me dejó tirada luego de terminar. Creí que me patearía. Los cuerpos. Los cuerpos no están por ningún lado, pensé. Seguramente es porque los magullan hasta volverlos indeseables, como carne en el mercado. Pero no me tocó después de separarse de mí. Un dejo de respeto, creí; o de inutilidad. Ni yo podía verme. ¿Cómo podía esperar que él me notara ahí, rendida, con los ojos fundidos en la noche de una fiesta interminable?

      Me quedé tirada hasta que la luz comenzó a reflejarse en las esquinas de los botes de basura. La gente había pasado toda la noche. Escuché sus pasos alcoholizados. Temblaban algunos, otros simplemente desaparecían a medio camino. El parloteo era, casi todo, sobre los planes para el fin próximo. No supe qué haría en ese preciso momento.

      No sentía los pies. El ardor de la noche se había acallado. ¿Y si ya no podía levantar las piernas? No lo hice, por si acaso. No me moví.

      Escuché el grito cuando la luz me caló tanto los ojos que no me bastó con cerrarlos. Apreté el entrecejo, porque mis manos estaban tendidas también.

      Alguien gritó con fuerza. Esa voz me fue desconocida. Después mi cuerpo se levantó del suelo sin que yo me pusiera en pie y la luz se hizo más intensa. Quizá el psiquiatra tenía razón, o quizá la tenía yo. Luego vino el estruendo de la voz de mis padres. Lloraban. Sentí sus manos acariciando mi rostro desde algún sitio lejano. Se volvieron sombras sobre mí, ocultando una luz infinita. Me decían:

     – Quédate.

     Me hubiese gustado decirles que no estaba segura de soportarlo.

Fotografía: Hüseyin yilmaz

 

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