El crujir de las ramas

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Abril, 2016.)

Recogí un par de semillas. Las encontré junto a un montón de piedras ocultas bajo un arroyo. Golpeé su superficie con un cincel, que usaba para tallar madera, hasta que simularon un par de corazones.

Al enterrarlas en el jardín trasero de mi casa creció un árbol. Es un milagro, pensé mientras la tierra daba paso, con los años, a un espécimen único. Tenía dos raíces entrecruzadas, cuyos frutos, rojos unos y otros, parecían manzanas estiradas que palpitaban colgadas en racimos.

La primera vez que vi brotar un corazón pensé que no había explicación posible. Pero con el tiempo otros más comenzaron a latir, creciendo con calma junto a los demás. Ir al jardín se convirtió en religión y yo pregonaba por todos lados la belleza que suponía para mí.

Por años vi a los corazones en solitario, pues nadie creía mis palabras. Los amigos se alejaron y la familia temió que me hubiese vuelto loco.

Uno de ellos, que decía confiar aún en mí, se me acercó luego de mucho tiempo y me preguntó a qué sabían esos frutos. Yo le dije que un corazón no se come, y él alegó que debían ser comestibles.

Así que una tarde, cuando el sol estaba oculantándose y una luz dorada se reflejaba como rocío, me acerqué hasta situarme bajo la sombra del árbol. Fue como si se despertara, quizá por el ruido de mis pasos, porque el latido en comunión se intensificó.

Podía escucharse, entre el viento y mi propia agitación, el crujir de sus ramas.

Toqué la corteza de ambas raíces y su ritmo volvió a ser el que había sido hasta entonces. Calmo y hermoso.

Pensé en lo que me habían dicho, que tomar un fruto no sería malo. Que al árbol no le afectaría. Arranqué uno de los corazones con mi mano y pude sentir su calor fundiéndose conmigo. Un segundo después, sin apenas darme tiempo, se detuvo. Me horroricé, alzando la vista para ver qué había sido de los otros.

El sol daba la impresión de quemar al árbol hasta sus raíces, ardiendo en una melodía que sólo se apagó con la noche. No tardaron, los corazones, en desfallecer hasta la hierva que se oscureció por la podredumbre.

FOTOGRAFÍA: © Y U R I • S H W E D O F F

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