Melancolía

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Enero, 2016.)

Emilia pasó la punta de los dedos por encima de los muros, formando olas y corrientes de viento invisibles. A ella nunca le gustó el color de la casa. Se imaginó recorriendo el antiguo corredor, el del hogar de su madre, cuando era niña. Ella prefería el azul, y no el amarillo, un azul pálido; igual que los ojos de Martín, su hijo.

Fue hasta la habitación de él. Antes, tomó una taza de té tibio mientras contemplaba la lluvia que se arremolinaba melodiosa fuera de la ventana. Las flores, como en una fiesta, bailaban gustosas ante su ritmo lleno de vida. Emilia sonrió a los pétalos que no podían observarla.

Al volver al pasillo, se sintió atraída por los sillones cubiertos por mantas blancas, igual que las cajas de cartón encintadas. En los primeros no se sentó, ni abrió las segundas, tan sólo las vio imaginando cómo podrían ser. Nunca habían estado ahí, en realidad. Había sido solo una ilusión. La lámpara ausente en la mesita junto al sillón nunca alumbró el cuarto. La luz, como muchas otras cosas, sólo había sido una ensoñación, lagañas en los ojos.

Volvió al pasillo tras estar ahí, inmóvil frente a los recuerdos de posibles mundos que nunca vivió. Al pasar junto a la primera puerta escuchó el sonido de la lluvia. Del otro lado había un ventanal, y al asomarse por el rabillo notó que estaba abierto. No lo cerró, sólo inclinó su cabeza semejando su postura a la de las gotas que caían.

Al llegar a la siguiente habitación se detuvo. Se asomó primero, igual que en el anterior, pero luego entró cerrando la puerta consigo. Había cajas también, pero la cinta estaba rota. Una hilera de juguetes y ropa llegaban hasta la cama. Su hijo la miraba, acostado y cubierto por sábanas. Al principio, le dio la impresión, él ya tenía sus ojos fijos, incluso en su ausencia, y se preguntó qué hubo ahí previo a su arribo o si sólo la esperaba.

Emilia se acercó hasta él, poniéndose de rodillas. Martín no parpadeaba. Ella no hizo ningún gesto.

Pasado un rato, la lluvia se coló por pequeñas grietas desde el techo. Era una mancha que se propagaba, despacio, haciendo suya la casa. Madre e hijo dejaron de mirarse, notando cómo desde el cristal de la ventana ya no podía verse la calle. Apenas una neblina dormida, como los restos de un beso en una mejilla.

Martín separó sus labios y los dejó así, luego se cubrió con la sábana y comenzó a llorar. Emilia negó despacio, y él asintió. Se apretujó con fuerza sobre la cama, hundiendo todo su cuerpo en ella, como las gotas en forma de humedad que descendían en silencio.

— No — dijo Martín. Sólo no. Un no que Emilia había escuchado ya muchas otras veces, en labios de su padre. Ella intentó subirse a la cama, pero Martín no se movió. Sólo la miró. Emilia se quedó ahí, con su cabeza sobre la cama, mirando hacia los ojos de él desde un punto en el mundo en que jamás había estado. Le pareció tan crecido, su hijo, y le sonrió. Al final, Martín cedió y lentamente se recorrió sobre el colchón hasta que su madre se hubo subido.

— Cariño — susurró Emilia, luego de abrazarlo. Lo envolvió con sus manos como aquella manta, acariciando su cabello, luego sus mejillas tiernas, húmedas igual que la casa.

— Llamó — le dijo —. Papá ya viene.

Martín seguía con el rostro cubierto, empapando la tela. Cuando volvió a abrir la boca quedó enmudecido.

— Está bien. El silencio está bien. No es motivo de pena, ni vergüenza.

Afuera la lluvia se volvió tormenta, y ahí donde antes durmió la neblina se despertó con furia, azotando ramas y piedritas perdidas.

— Es tan sólo otra forma de decir las cosas — Continúo —. ¿Entiendes? Sin apartar tus labios, uno de otro, decir lo que piensas. Como cuando visitas a tu amigo, sin moverte de la cama, desde la foto de ustedes dos en su habitación. Yo comprendo tu silencio, ¿lo sabes?

Martín la admiró a través de la sábana.

— Desde que naciste yo lo comprendo. No sólo tus lágrimas. O tu mirada. Yo lo comprendo, tu silencio.

Las manos de Martín soltaron la tela que se mantuvo sobre su rostro y su pecho, con su respiración visible, y pausada, igual que sus ojos de azul intenso.

— No me iré — dijo Emilia, inclinando su cabeza y apoyándola en la sien de su hijo. Él tenía la vista alzada. Por un momento el ruido del diluvio no se escuchó más. Allá afuera, fuera de la casa, la tormenta se agravó. En su habitación el sonido de los charcos se asemejó al de las olas calmas de un amanecer —. No me iré — le repitió.

Henry James dijo, en voz de uno de sus personajes:

“La convicción de haber hecho todo lo posible: esa certeza que dota de sentido a la vida del artista y cuya ausencia equivale a la muerte, de haber arrancado de su instrumento intelectual hasta la última nota de la música más excelsa que la naturaleza hubiera cifrado en él, de haberlo tocado con todo el virtuosismo posible. Ahora bien, en eso no hay medias tintas: o lo borda, o no vale nada.”

No quise despedirme sin haberlo dado todo una última vez. La próxima, cuando sepan de mí, será con grandes noticias.

A un año de haber iniciado este espacio, de compartirlo con ustedes, me despido con un abrazo y una sonrisa sincera.

Pintura: Kiko Rodriguez, “El abrazo. Melodía: Luminous, Max Ritcher

 

Anuncios

26 comentarios sobre “Melancolía

    1. He echado toda la casa por la ventana con este cuento, Flor. ¿Con qué cara vendría yo a publicar otra cosa que lo desmereciera? Mejor, cuando tenga buenas noticias que compartir, romperé el silencio. Mientras, que sea él quien hable por mí.
      Un abrazo grande, grande. A ti, que siempre has sido tan fiel a este espacio. Gracias en verdad.

      Le gusta a 1 persona

  1. Aparte de lo excelso de la escritura, de llegar a sensaciones casi ocultas y hacernos viajar hasta esa habitación tan sutilmente, he de decirte que me he sentido identificado, y mucho, por el sencillo hecho de que mi madre se llama Emilia y mi hijo mayor Martín, y yo me veo ahí en esa mitad de camino comprendiendo el porqué de esa sábana que te aparta de la realidad más dura de masticar.
    Bravo, Daniel. Me gustaría poder comprar uno de tus libros muy pronto, porque tiene que existir la justicia literaria…
    Un mega abrazo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Vaya que ha sido toda una casualidad aquello de los nombres. Cuando lo escribí, pensé en Emilia porque siempre me ha parecido un nombre femenino hermoso y lleno de fuerza y elegancia pero que por lo general genera cierto rechazo (es uno de esos nombres que, por lo general, se escuchan en su versión masculina). Y con Martín, ha sido siempre mi segundo nombre y siempre le he tratado así, como algo segundón, y me propuse ponerlo como primero alguna vez, y qué mejor que con mi último cuento.
      Sobre la sábana… nada que añadir. Creo que has sentido el cuento en formas que superan lo que yo esperé alguien pudiera sentir el cuento. Lo cual me ha alegrado la mañana y me ha provocado una sonrisa enorme.
      Y yo espero que, cuando vuelva, les traiga la noticia de que me publicarán en alguna revista o un libro, al fin.
      Un abrazo enorme para ti también, amigo. Seguiré dándome vueltas por tu blog porque me gusta lo que haces, y aprecio enormemente que, desde que inicié el blog, has estado aquí, leyendo y compartiendo lo que sientes. Gracias en verdad.

      Le gusta a 1 persona

  2. Te voy a contar una historia:
    El de hoy a las 9:32 comencé a leer tu relato, avancé rápidamente en las palabras hasta que entré a la habitación luego fui constantemente interrumpido por diversas causas triviales y no tanto que modificaron fuertemente mi actitud hacia la vida (Todo esto antes de conocer el final).
    Cuando por fin leí las últimas palabras, llegue a la conclusión de que en realidad el relato había sido la interrupción a la trivialidad de la vida.

    Le gusta a 1 persona

    1. Has sido uno de mis lectores más críticos, a veces concuerdo contigo, otras veces no. Sin embargo, es la primera vez que me compartes una experiencia personal al leer uno de mis cuentos. Y me has sacado una enorme sonrisa con lo que has dicho, la verdad. Me alegra profundamente saber que así has sentido al cuento.
      Un abrazo, estimado.

      Le gusta a 1 persona

  3. Daniel, las despedidas son como las olas chocando contra la arena….dejan tras de sí un sonido burbujeante y ese sabor a sal……..No te despidas porque seguirá residiendo en la playa ese sonido, esas burbujas explotando en su mínima expresión pero llenando el espacio.
    Y las olas son imparables, como las mareas….y tú volverás, como las mareas, con sus ciclos, esos que sólo tu conoces y que los demás, sin más, esperamos.

    Le gusta a 1 persona

      1. Dice una amiga que yo soy de los que regresa a salvar a sus viejos batallones con más y mejores armas. Estoy robusteciendo los viejos. Me siento orgulloso de ellos, pero sé que pude haberlos hecho mejor, y eso hago.

        Me gusta

    1. Ha sido un gusto inmenso para mí leer este comentario que me haces. En primer lugar, te agradezco la mención. En segundo, yo en verdad espero que la próxima vez que regrese al blog “en forma” sea para darles buenas noticias (la que sea: ganar un concurso, publicar en revista o un libro; no sé).
      Y en tercero, ¡un abrazo! 😀

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s