Tirar

Roger la esperaba hacía una hora. La vio acercarse por el camino que da a las tierras de Mr. Fietzgerald, un tipo de apellido sofisticado que mascaba chicle como vaca. Fitz, como Roger le decía, le pidió a Katherine que lo hicieran otra vez, alegando la agonía de no verla por dos noches que pasaría fuera en un hotel. Con una coleta y un moño, su cabello golpeaba su espalda a la par que el hombre al otro lado del camino y de la cerca giraba un revolver con sus dedos.

      Era él la clase de granjero que espanta a los borregos con el estruendo de sus disparos, montando a los caballos de un lado al otro del campo sin desenfundar, por cariño. Al ver a la joven esposa del hombre que le parecía un chiste, sentíase atraído por el peligro a la vez que apretujaba los dientes al pensar en todo lo que habría de desatarse: mientras Roger era apenas un tipo cualquiera con sus armas, Fitz podría convertirse en una horda de infames burócratas y barrigones con demandas lanzadas con escopeta en paquetes. A la luz del escenario, enseñarle a Katherine cómo disparar en el blanco era más bien una suerte de excelso sacrificio.

      La joven mujer, casi veinte años menor que su marido, lo alcanzó dando tumbos y estrellándose contra la cerca, que no pudo cruzar sino hasta que Roger le extendió su mano. Yo puedo sola, dijo ella, pero Roger no prestó atención porque aquél era un asunto nimio. Su capacidad de tiro, por otro lado, era vital en el entrenamiento. ¿Sería al fin capaz de dejar de contenerse al soltar las balas? El peso del revolver era apenas suficiente para hacerla retroceder al apretar el gatillo.

      Dispara, le dijo él cuando al fin estuvieron listos. Ella tenía un mechón de cabello suelto. Se lo restregaba en la comisura de la oreja una y otra vez, girándose apenas y fulminándolo de reojo. No me presiones, respondía pedante. En algún punto, diríase que ambos tenían similares virtudes: ambos con buenos reflejos, velocidad competente para detonar y disposición a tirar cuantas veces fuera necesario. ¿Qué esperas?, espetó él. Ella, con un rubor creciente en su piel pálida, pretendía ignorarlo mientras fallaba por apenas unos centímetros (a nada estaban las latas y botellas de volar en pedazos).

      Cuando ella tiró la penúltima botella, esperó por largo rato con las manos temblorosas. Roger, al verla, elevó tanto la voz que sus borregos pudieron escucharlo. ¿Eh? Tira, maldita sea, tírala. De un tiro. Hazla pedazos. Katherine no respondió, salvo con bramidos. ¡Hazlo de una buena vez! Katherine acertó en el último con la mano firme, soltando el revólver al suelo y encarándo a Roger. ¿Quién te crees para gritarme? Soy tu maestro, le dijo él. No eres nada. Sí, lo soy, apuntó él, tomando el arma. ¿Por qué seguimos practicando con botellas? Preguntó ella, dejándose caer. Hacen demasiado ruido al despedazarse. Quedan restos regados por todos lados. Los trozos de vidrio son difíciles de recoger. ¿Qué esperabas?, le preguntó Roger duramente. No seas estúpida, así son todas las cosas. No todas, dijo señalando hacia el madero con un gran agujero; ella lo hizo en su primera vez. Dispárale a maderos entonces. Hoy no, dijo Katherine. ¿Puedo quedarme en tu casa? Él se sorprendió, pero asintió con calma.

      Ella durmió en la cama y él en el sillón. Salió por la noche en pijama, la de él. Katherine le deseo buenas noches y luego se encerró, pero no durmió. Roger escuchó como los pensamientos de ella escapaban por las rendijas como susurros.

     Por la mañana tomó su vestido, se lo puso una vez más y se fue de ahí como si nada hubiera pasado. A Roger le extrañó que ella no dijera cuándo habrían de verse de nuevo. La vio partir, sorteando por sí sola la cerca y andando tranquila, con paso hundido. Cuando él fue a su cuarto la noche de ese día, encontró que el revólver no estaba.

    A los dos días ella tocó su puerta. Katherine había vuelto. Con una sonrisa le extendió su arma extraviada. La he llevado a casa entre las faldas. No se disculpó, tan sólo esperó a que él respondiera. Entonces Roger le sonrió. ¿Al fin le disparaste al madero? Y ella, con el cabello suelto y su rostro sin pintar, asintió en silencio.

Art: Michael Macrae 

(Celebrando el 11vo mes del blog)

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12 comentarios sobre “Tirar

  1. Como el discípulo/a o alumno/a puede llegar a a volverse maestro/a…
    Es un planteo sumamente interesante… Leo entre líneas e intuyo un juego de poder, un tomar y dar sutil, pero nunca fortuito o espontáneo, sino más bien, todo lo contrario.
    Los disparos perdidos, el dar en el blanco… el tomar lo que no es propio, porque es el objeto del desafío-deseo… hurtarlo, devolverlo…
    Bastante parecido, en términos figurados, al amor y relaciones similares.
    Un abrazo, querido Daniel… Y espero que tengas un excelente 2016. Aquileana ★🎇 ~

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    1. Qué lectura tan interesante haces de mi cuento…. como bien apuntas, hay algo de eso en la historia. Los disparos perdidos de perdidos no tienen nada, por ejemplo.
      Un abrazo 😀 Espero tengas un excelente cierre de año e inicio de otro.

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  2. Me ha llamado la atención la rebelión de la mujer, le da carácter; no hace lo que le mandan y es un personaje crítico; prefiere dispara al madero porque es más limpio. Mew ha entretenido el cuento.

    Felices fiestas.

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