Cazar

     Me gusta alimentar a los perros. Ellos lo agradecen con sus colas moviéndose frenéticas. Lucen contentos.

     Voy por su comida en la madrugada. Es la hora propicia para pasearse por los basureros. Siempre rebosan de carne. Los perros no distinguen raza, así que puedo llevarles de toda clase. Es cosa mía el darles niñas blancas o de melenas oscuras. Las distribuyo equitativamente para que ninguno de ellos se malacostumbre. Podría ser que luego alguno se atragante.

     Los más pequeños se resisten. Parecen reconocer el olor a niño, que en algún sitio les habrá acariciado el lomo o algún mimo parecido. Lo olvidan al poco tiempo, como todos. No son tan distintos a los futuros hombres y mujeres que saborean entre colmillos. Un par de días a lo sumo y comen sin apuro. Aúllan cuando me oyen salir y saltan con el sonido de las bolsas de plástico. Al desenrollar la carne, salivan. Me rodean como al líder de su grupo. A mí me gusta pensar que soy más bien como su tutor, su padre incluso.

     Las últimas semanas, sin embargo, un tipo me puso las cosas difíciles (solo ligeramente, entretenidas si acaso). Al principio rondó en un radio de casi un kilómetro. Media hora por aquí, otra por allá. Un torpe adicto a los relojes baratos. Le daba la vuelta por los callejones, apenas se quedaba pasmado.

    El olor a recién nacido, a mierda entre talco y otros aromas impostados (y el resto de la basura, claro), no alcanzaba a molestarlo, así que optó por permanecer en aquellos donde sabía las madres tiraban a sus vástagos. Demasiado era el trabajo que requería evitarlo, así que comencé a robarme a las madres que salían solas del hospital de la colonia. Tan sencillo como robar un taxi, subirlas con una sonrisa amable y luego callarlas con una bala o un palazo en la cabeza. Nadie imagina cuanta mujer es dejada a su suerte, todas recién paridas.

     Sin embargo, el tipo aquél era persistente. Notó que los bebés retomaron su presencia en los contenedores, y en lugar de calmarse pareció aquello alterar con más fuerza su mente. Una suerte de paranoia justificada lo acosó de repente. Es la clase de sujeto desagradable que tiene por misión estropear la de otros. La mía es alimentar a mis perros. A ellos les gusta la carne humana. Y a mí me gusta proveerles.

     Él se escandalizaba. Se profundizaron sus ojeras. Lo vi hace un par de semanas, de frente, y él no supo que era yo a quien él buscaba. Asintió ligeramente con su cabeza, casi temblorosa, mientras yo sonreía despacio hasta enseñar los dientes, los caninos. Nadie creía en sus palabras. Entonces le di un incentivo. Un trozo de carne llegó al hospital esa misma tarde, para alimentar a los enfermeros, médicos y otros asistentes, a quienes había acudido creyendo que el asunto no había terminado. Anexa, una nota para él, en gratitud por su persistencia.

    “Tiene usted razón”, decía mi nota.

    Movió aquél el cielo, el techo, las camas y el hospital hasta sus cimientos con tal de que le creyeran. No hiló los puntos. No supo que la carne era en realidad de la mujer última que él tanto buscaba. Los médicos comían mientras él los alarmaba sin motivo. La nota fue suficientemente ambigua. Él era tan sólo un recogedor de basura.

     “Tiene usted razón. Las mujeres, las tengo yo. Son para mis hijos”.

      Torpemente, creyó que se trataba de un asunto religioso. Les dijo a sus supervisores que una secta rondaba por las calles, robando a los niños dejados a su suerte, y le advirtieron que la próxima vez que acudiera con locuras sería despedido. Quedarse sentado o andar sin llamar la atención tiene sus beneficios. Agazapado nadie sospecha. Ni siquiera él, a quien rondé tantas veces.

     “Usted tenía razón, señor don basurero. Me he llevado a todas esas mujeres, y con ellas he alimentado a los doctores. Pregúnteles. Quizá hayan visto a una de sus pacientes en el retrete”.

     Estoy a la espera de respuesta. No ha salido de su casa. Sus vecinos no notan su ausencia, quizá creyendo que aún está trabajando. Yo espero un día recuerde esa sonrisa mía, apareciendo en todas partes. Que no la olvide nunca, como las presas antes de que las maten.

Pintura: Françoise Nielly  

Este es un cuento hecho para un reto más de Los insectos comunes. En breve etiquetaré los otros, conforme los publiquen.

La ratagris, Tradición familiar 

El cerdo venusiano, Discurso y castigo

 Manu LF, El juicio

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5 comentarios sobre “Cazar

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