La dama de blanco

A la luz de la más reciente presentación de la cátedra de Córtazar, todo mundo habla de María Kodama y cuán emocionada estuvo a su llegada. “Emocionada”, repiten otras notas, como si en el mundo de las letras “emocionada” no fuese feliz y a la vez furiosa, o cualquier otra cosa. Por todos lados se pueden leer las mismas palabras en un intento por revelar la realidad literaria (y todo lo que la rodea) como una quimera que se aferra a estar íntegra (y por íntegra entiéndase parcelada entre un par de comillas): “dijo esto”, “dijo aquello”. Lo cierto es que, de entre todo lo acontecido, el que se haya ido la luz en el recinto del Paraninfo justo cuando María hablaba de descender al infierno y lo dantesco ha sido un asunto digno de un cuento Borgeano.

“Se exigía sacrificio”, dijo (más o menos), y entonces los focos se murieron. Fue el primer augurio. Luego los revivió el staff porque sin ellos no habría charla y sin ella nada para contar, y eso en un evento de letras no puede ser perdonado. El silencio tan sólo se quebraba ante el chismorreo de los alumnos de literatura que encontraban la perfección vestida en blanco frente a sus ojos (lagrimosos por asociación al amor profesado a su pareja, el que juran es el mejor escritor fantástico que cualquiera haya conocido).

Porque así es esto: quienes presentaron a María no dudaron en volverla un personaje sacada de un cuento; tristemente, uno que parecía no hablar de ella sino del difundo Borges y de cómo éste tiene un aura mítica que se robustece con cada frase. Dio la impresión de que ninguno de los dos (ni la viva ni el muerto) eran tratados como personas, sino como piezas de una biografía literaria a contarse a la posteridad por la elección de aquellos momentos curiosos que hilados a posteriori se decían (una vez más, por quienes los presentaron) “proféticos” de una vida maravillosa. Como si la identidad de María más allá de Borges fuese el sacrificio propio de la ficción con tal de ser narrada.

Asistí, pues, a una conferencia donde lo fantástico se hizo presente no en el tema a discutir, ni en su tratamiento (que pecó de esquemático, como el autor usado de base para ejemplificarlo: Todorov y sus géneros cuadrados), sino en los eventos que le transcurrieron como una gota de agua que atraviesa la página que se toma demasiado en serio, con sus letras negras clavando palabras que acaban siendo charcas donde todo parece confundido: primero las luces, luego el silencio, más tarde su voz incomprensible ante un micrófono que no acabó de recuperar el aliento. Señales de que ahí, seguramente, rondaba Borges.

Pero no he de pecar de vago, así que me permito un par de apuntes al género fantástico bien señalados por la presente de cabello blanco y semblante sincero: lo importante es el viaje, ese transcurrir en la ficción en el que no se sabe si es perro o es gato o si es un perro-gato caricaturesco (o si es el narrador un perro, y nadie lo ha advertido, ni él mismo). De ahí también la importancia de los sueños y del tiempo, de anclar la realidad a las sensaciones que al final traicionan no sólo al personaje sino al lector, seduciéndolo a creer una cosa que termina por no ser más que eso: sueños. El lector sueña con la literatura fantástica, porque duda por momentos de la realidad, de estar leyendo o de ser un personaje leído por otro, de aquello que da por sentado como que las manzanas caen de los árboles aunque vivamos en la ciudad y no hayamos visto ningún miserable manzano.

¿Qué es lo fantástico? Podría uno preguntarse antes de entrar a escuchar a María, pero al salir queda (y el presente es a propósito) la impresión de que acaba de asistir a un evento donde la realidad misma se ha irrumpido por instantes como chispazos: como la sonrisa de Kodama al hablar de un género que es en sí mismo fantástico, como los aplausos de quienes tienen gesto de no haberle entendido o de ver a Borges en su cara. En la de María Kodama.

Así es el mundo, lleno de senderos que se bifurcan sin que nadie lo note: como la realidad y lo fantástico, o Borges y Kodama.

Texto a raíz de la más reciente presentación de la Cátedra Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara, con María Kodama como invitada.
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