Cementerio

La autobiografía vive en la forma, más que en el contenido.

Alice Munro

     Supe que se iba a morir cuando comenzó a citar un cementerio de nombres.

     El primero fue Javier.

   Yo hurgué su mente muchas veces, entre tanta charla conmigo y otras más para consigo mismo, y nunca supe de él. Retazos apenas, una sombra diluida bajo el agua de un pozo. Lo conservó como a un secreto.

     Luego dijo:

     Las ventanas.

    Tampoco entendí qué estaba diciendo. ¿Quería que las abriera? ¿Que me fuera por aquél hueco? Fui y de un tirón alejé las cortinas, empujando los cristales con calma para no hacer ruido. Él cerró los ojos, recibiendo la nimia brisa que venía de fuera. Llovió después, pero en ese momento el viento era apenas suficiente para hacer temblar a una hoja.

    Le acerqué comida, pero él ni la notó o quizá simplemente ya no quería. Sus ojos parecían ansiosos de nadar en otro lado y el puerto estaba sólo en su cabeza. No me invitó, ni dijo algo que me diera una idea de cuándo saldría. Así que esperé. Esperé a que pareciera recobrar el sentido, luego que dibujara algo de vida en su gesto; al final quise escuchar su risa o cualquier sonido que evidenciara que seguía cuerdo, pero eso era pedirle demasiado. Él nunca estuvo cuerdo.

   Tengo la teoría de que él no salió nunca de su escondrijo (su mente era una cueva, y él prefería la oscuridad). Que sus intentos por encontrarse con el mundo fueron frustrados al ver destruidos los puentes que hacía, cayendo en aguas negras. No pudo surcar esas olas, tan sólo asomarse a la distancia como quien espera en la playa con los pies cubiertos por algas. Él no era un pez. No sabía nadar. Nunca aprendió a hacerlo, por mucho que lo intentara.

    Y entonces comenzó a decir esos nombres.

    Jorge.

    Alejandro.

   Los decía de tal forma que me daba la impresión de que eran sólo suyos, que no alcanzaban a ser personas porque las retenía en su cerebro como una imagen preciosa que se llevaría consigo. Y así lo hizo. Siguió pronunciando sus nombres, al principio con una sonrisa y luego entrecerrando los ojos, fijo en la ventana y en la brisa que se acrecentaba. Por momentos no podía ver y se limpiaba el rostro con la sábana que lo envolvía. Yo no me puse en pie para cerrarla porque él pareció disfrutar la fugaz llovizna. Un encuentro íntimo el de las gotas solitarias y él, recibiéndolas.

    El agua le salpicó el rostro y él dejó que le escurriera.

    Alejandra.

    Karla.

   Iris.

   Julieta.

   Repitió ese último nombre sólo una vez y se quedó callado por casi una hora. Abrazó a Julieta. Cerró los ojos, abriéndolos tan sólo para asomarse luego de haberse escondido allá adentro, donde quiera que fuera. Estiraba el cuello y su mirada iba y venía entre las hojas del árbol a un par de calles, abajo, lejos. Parecía que sus manos acariciaban hojas invisibles, pegadas junto a sus mejillas como si sólo así se sintiera cómodo.

   Tras callarse, suspiró un último nombre. Me acerqué para oír porque parecía notar al fin que yo estaba ahí escuchando. Quedé al pie de su regazo atento, y dijo incomodo:

   Ángel.

   ¿A caso veía al ángel de la muerte frente a su cama? Lo escuché decir todos los nombres en un torbellino, pero quizá sólo fue en mi cabeza. Quizá yo también estaba viendo a través de la ventana. Aparté mis ojos, observando hacia dónde él lo había hecho, perdiéndome en el cielo de nubes violetas.

   Él no murió mientras llovía. Pasó la tormenta, el sol regresó y tuvieron que encender varios ventiladores y poner sobre él una sábana delgada.

  Luego murió. No dijo más una sola palabra.

   Me pregunté entonces si pude ver en su cabeza algo que me diera un indicio de cuál había sido su último pensamiento o el último nombre en su historia. Yo me dije, como aún lo hago, que no lo sabría nunca. Recuerdo entonces. al pronunciar el suyo, nuestras historias que se vierten como si fuesen sólo una: una última sonrisa, un último apretón de manos, una última carcajada y un último silencio.

   Tuve un último trozo de él antes de que lo enterraran en el cementerio.

Pintura: Nicola Samori

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