Órbitas

A Paulina,

mi hermana y compañera de toda la vida. 

Dicen que la Luna nos observa. Que se posa sobre el cielo estrellado y sobresale frente a las estrellas. Dicen. Dicen que la Luna llena es todo un espectáculo. Que uno puede quedarse toda la noche observando, en silencio, en absoluta complacencia.

     Dicen.

     Yo no lo sabía.

     Cuando era niño, la Luna no llegó a mi casa. Mi madre decía que salir de noche estaba prohibido y las casas de enfrente se alargaban hasta el cielo. Vivíamos en un barrio peligroso. O eso creía mi padre, que una noche llegó a casa furioso, gritándole:

     ¿Y dónde está Manuel?

     Ella no supo dónde estaba. Tenía idea de que fui a la tienda unos minutos antes, pero resultó que había intentado subir por la calle empinada a unas tres esquinas de la mía, donde sólo había lotes baldíos.

     Aquella vez la luna no estaba. Indispuesta, supongo, dejó que las nubes la cubrieran. Tuve que conformarme con unos cuantos destellos tenues, los de otros soles allá a lo lejos, donde el hombre no llega.

     Mi madre me alcanzó corriendo. Me dijo:

     No vuelvas a salirte — y me abrazó como si me hubiese perdido. Yo sólo quería encontrarla aquella noche.

     Tiempo después, unos meses desde que me prohibieron salir, pasaron en la televisión un programa nocturno que se realizó en la plaza de mi ciudad. De fondo, como un lunar infrarrojo, la Luna lucía esplendida, haciendo que ni sus palabras, ni los focos que tenían iluminándolos fuesen sino una lámpara molesta que podía apagarse sin que alguien lo notara.

     ¿Han visto la luna? — les pregunté a mis compañeros la mañana siguiente. Ellos me vieron entre risas, luego extrañados.

     Espera, ¿tú no?

     No les contesté. Me quedé callado el resto de las clases porque no tenía caso lo contrario: la privación que padecía por culpa de tipos que disparaban por la noche a los vecinos no era algo que les concerniera. A nosotros nunca nos hicieron algo. Ni una sola cosa que valiera su ausencia antes de quedarme dormido.

     Un día le pedí a mi padre que me dejara subir a la azotea. La casa era de dos pisos altos, así que supuse que ahí no tendría ningún impedimento.

     No — me dijo —. Puedes caerte.

     Insistí en que fuera conmigo, que estuviera ahí detrás si así lo quería. Él cerró sus ojos, como aquella luna oculta por nubes, y me dijo:

     No

     Y no volvimos a hablar del asunto.

Conocí a Aniela un domingo. Yo estaba en el parque, a unas calles de la universidad. Ella caminaba comiendo un helado de galleta; eecién había bebido un agua de jamaica, lo supe porque tenía los labios rojos, igual que su lengua, igual que un poco por encima de la nariz, quizá porque había intentado beberla sin la pajilla.

     Pasó de largo, sin detenerse en mi presencia. Yo no hablé. Tan sólo la vi pasar, y luego fui hasta la tienda para comprar unas galletas o algo para mitigar el hambre. Hacía horas que estaba ahí sentado, sin hacer nada salvo esperar.

     Aniela volvió luego de un rato. Notó entonces que yo estaba ahí, o más bien que no me fui.

  Caminó despacio, viéndome por el rabillo del ojo, tanteando sus pasos y regresándose sin motivo. Le dije entonces, con una seña.

      Hola

     Ella se rió, enseñando sus dientes blancos con su sonrisa ancha y sus ojos azules.

     ¿Te dejaron plantado? — preguntó la muy descarada. Yo me cuestioné si la sonrisa se debía a que le daba gusto que alguien no llegara o porque eso le daba oportunidad de llevarme con ella por las buenas.

     Picara.

     Algo así — le dije —. Hoy el cielo está lleno de nubes.

     Sí, me gusta, aunque prefiero las estrellas.

     Me dijo que iba de camino a la nevería, porque recién se había dado cuenta de que olvidó su cartera.

     ¿Crees que aún la tengan?

     Depende — le dije.

     ¿De qué?

      No sé.

      Reímos quedo

    Nos quedamos fijos uno en el otro, con nuestras órbitas paralelas. Pensé en las llamas, en el calor inmenso que desprendía, en las ganas que tuve de tomarla en un abrazo como si la necesitara y me hubiese vuelto estéril, ahí, sentado sólo en aquél lugar sin ella. Y algo de eso era cierto: ya no era ese niño entusiasmado por ver la luna, me había cansado de intentarlo. Yo pensé que quizá algo estaba haciendo mal, viéndola cada noche. Quizá era tan grande mi deseo por encontrarnos que ella, angustiada, se escondía para no verme. Porque, por una razón u otra, ella se rehusaba a mirarme a mí. Sólo a mí. Entonces yo bajé la vista del cielo y me detuve un momento en Aniela, en sus ojos preciosos como cometas fugaces, y yo también le sonreí.

Luego de que decidiéramos vivir juntos, tuvimos que comenzar a discutir un tema que a ella le parecía no del todo urgente, pero que a mí me parecía importantísimo.

  ¿Dónde viviremos? Mi departamento es muy pequeño y tú te quedas con un excompañero. Necesitamos nuestro espacio.

     Lo sé — aclaré tosiendo. Hacía un par de noches que pesqué un resfriado y estaba pegado al sillón con un tazón de frituras y un refresco tibio.

     He pensado que quizá sea bueno que tengamos una casa en el centro, para que podamos llegar a tiempo a tu trabajo y el mío. Ya sabes, por el tráfico.

     Aniela lo decía muy en serio. Pasaba más de una hora atorada entre los autos, con sus luces diminutas estrellándose unos contra otros haciendo saber de la urgencia que tenían de llegar a algún lado. Ella volvía consternada a su departamento, y hubo días en que no contestó mis llamadas — presumiblemente por el estado en que estaban sus nervios —. Las pocas veces en que lo hacía molesta, me reclamaba a mí por el congestionamiento; ¿pensaba acaso que yo era un dios o el dueño del pavimento?

     Tus llamadas me desconcentran — me dijo una noche.

     ¿Mis qué?

     ¡Tus llamadas, Manuel! Tus llamadas. Siento que me sigues a todos lados.

     Dijo aquella vez que estuvo a punto de rebasar a una camioneta roja con los faros encendidos al máximo. Parecía que sufrió un accidente o algo así, aclaró elevando el tono.

     Pude haber llegado quince minutos antes, Manuel.

     Pero ni siquiera me contestaste — exclamé agotado.

     No importa, tú insististe.

    Cuando al fin se tranquilizó, me pidió disculpas en persona pegando su rostro a mi pecho, elevando la mirada. Sujetaba mis orejas, acariciándolas, y se alejó de mí para quitarse la blusa.

     Un día de estos al fin tendremos nuestra propia casa y ya no pasará un día en que nos molestemos por algo tan insignificante como el tráfico. Podremos volver caminando, viendo las estrellas. Amo las estrellas, ¿sabías eso?

     Yo asentí con el rostro.

     Las amo. De niña amaba verlas, a lo lejos, desde el cuarto de mi hermano. Yo le pedía que me dejara subirme a una silla para poder ver esos puntitos brillantes, y me quedaba como una tonta observando cómo se movían lentamente. O nosotros. Sí, más bien nosotros.

     Llegó hasta el espejo y tomó su desmaquillador, un algodón y comenzó a tallar la piel del rostro.

     A mi madre le gustaba unírsenos de vez en cuando. Ella nunca fue fanática de los astros. Dijo una vez, recuerdo bien, que la hacían sentir diminuta. Que al vernos y voltear al cielo le parecía que todo era más insignificante de lo que en realidad le parecía si mantenía la mirada en la tierra. Le pregunté que si ella no creía que no podría haber tierra sin estrellas. Era una niña. Una hace esa clase de preguntas.

     Tiró el algodón llenó de manchas oscuras, y luego enjuagó su cara.

     Ella nunca supo qué decirme. Al final prefirió ya no asomarse con nosotros, y se quedaba viendo la tele. Igual mi padre.

     Cuando al fin se secó  con la toalla, se bajó los pantalones y se quitó la liga que sujetaba su cabello. Se dejó caer sobre la cama, exhausta, con los ojos tanteando el techo y la mano extendida, girando la muñeca y luego fijándose en que yo seguía ahí, parado, esperando a saber qué haría.

     Anda, ven, no tiene caso que hablemos.

     Y tras decirlo, me contempló como si no hubiese nada más en el cuarto y la luz que chocaba contra mi espalda desde el pasillo fuese mi destello, como si el acercarme a ella fuese a cubrirla como un eclipse lo hace sobre los ojos de aquellos que miran a lo lejos.

Luego de mucho discutirlo, tomé el teléfono una tarde y llamé a Aniela. Era su hora de descanso.

     He encontrado un sitio perfecto.

     ¿Ah, sí? ¿Dónde? — inquirió emocionada. No pudo contenerlo —. Anda. Dime.

     Pues, es un departamento de un nuevo edificio que están construyendo cerca del tren. Podríamos llegar al centro fácilmente. No gastaríamos mucho. No habría tráfico.

     Manu, me estás convenciendo. ¿Está caro?

     No — le dije.

     ¿Y entonces? ¿Qué estamos esperando? Vamos hoy cuando salga del trabajo.

     No — repetí.

     ¿Por qué?

     Estoy ocupado, Any. Mejor vayamos mañana. ¿Te parece?

     Ella no respondió al instante, al contrario: pareció tomarse su tiempo, saboreando la espera, el hacerse la difícil conmigo; disfrutó el ocultarse al otro lado de la línea, donde no estaba yo.

      Está bien — me dijo —. Me has convencido.

      Llegamos con la corredora a tiempo. Eran las seis y tanto. Nos abrió la puerta y nos dijo que aquél era tan sólo un departamento de muestra, que hacía falta el del último piso.

      Se ha retrasado un poco — nos comentó señalándolos el cuarto donde se supone que dormiríamos —. Esta es la habitación principal.

     ¿Por qué se retrasó? — pregunté yo.

     Problemas con los permisos, ya sabe, por la cantidad de pisos que se pueden hacer en una zona como esta.

     Podría ser más alto — le dije.

      — apuntó ella.

     Aniela se acercó a mí cuando la corredora se alejó.

     ¿No te parece un poco caro?

     No

    ¿Estás seguro? Porque podríamos comprar la casa que vimos el otro día, de regreso de con tu amigo. La del portón blanco y las macetas colgando.

     Ya sé cuál — le corté, y volví a donde la corredora.

     ¿Alguna pregunta?

     Sí —. Aniela creyó que preguntaría si el costo contaba con la posibilidad de ser reducido. De acordar un precio un poco más bajo, alegando aquello de los permisos. Lo sé porque una noche mientras cenábamos dejó los palillos chinos y la cajita de cartón en que comía el arroz y me confrontó. “Pudimos haber elegido aquella casa, o el departamento de abajo. ¿Qué manía la tuya con estar tan alto?”. Yo le dije que no cambiaría de decisión, y no lo hice sin importar cuánto le molestó —. ¿Cuándo estaría listo?

     En un año o dos.

     Dos años después volvimos. Aniela, con ojeras cubiertas por una capa de corrector que recién se puso en el auto, me daba la espalda. Se aseguró de estar siempre frente a mí, para que no viera su cara.

     Buenas tardes —. Él era distinto. La vieja corredora había sido sancionada por mencionar la falta de permisos, o eso supongo. Quizá sólo había encontrado algo mejor que anunciar casas que quizá deseaba habitar y no podía por su bajo sueldo. Cansada entonces de soñar con llenar los espacios vacíos con su propia vida, renunció sin remedio.

     Queremos ver el departamento del último piso.

     Él nos dijo que lo siguiéramos, y cuando al fin nos abrió la puerta se quedó ahí. Yo le pedí, en voz baja, que nos dejara solos.

      ¿Qué opinas? — le pregunté a Aniela, pero ella siguió caminando.

     Yo creí que no me diría nada, así que caminé por donde debía ir la cocina, el pasillo al baño, un estudio pequeño y la habitación. Tenía un balcón pequeño donde sólo cabían dos, uno muy junto del otro.

     Ahí estaba ella, de pie, con los brazos cruzados.

     Desde aquí no se ven las estrellas — dijo cuando entré, cruzándome de brazos.

     Lo siento.

     No estoy segura de que me moleste — apunto de inmediato —. A veces pienso que verlas es saber que no soy más que un punto en el universo. Que todo dura tan poco. Es perderme y sentirme estúpida, ¿sabes? Por estar molesta por algo como esperar por este departamento.

      Lo lamento — repetí, acariciando su hombro. Ella destrabó sus brazos y tomó con sus dedos los míos. Me sonrió.

      No, está bien.

     Los dos nos quedamos en silencio por un rato. El corredor no nos interrumpió. A lo lejos, bajo nosotros, un montón de luces se proyectaban hasta donde estábamos. Puntos que se movían con rapidez, incesantes, y que le recordaron a ella los viajes intensos que hacía cada mañana y cada noche, sin el sol a cuestas salvo un resquicio al estacionar el coche.

   Antes me gustaban más. Ahora pienso que quizá las estrellas no son lo que esperaba. Sólo son gas. No son las figuras hechas de picos, destellantes, que yo imaginé de niña. Sólo son puntos. Nada más.

     La abracé hasta que nos volvimos uno en aquél espacio diminuto. Ella respiraba mi respiración y yo la suya. Como si de repente comprendiera yo que la inmensidad del cielo era un espacio vetado a sus ojos, igual que los míos. Los de ella, por elección.

     Entonces apareció.

     Las nubes se corrieron y pude ver un contorno de luz apenas visible. Una mancha rojiza se apareció en el cielo, y yo sentí por momentos que se movía lentamente. Eran mis ojos. Mis ojos que iban y venían, fascinados, viendo una luna de sangre.

   No sé por cuánto tiempo la vi. El latido de mi corazón se espació por siglos, rehusándose a seguir hasta no verla desvanecerse en el horizonte. La vi mirándome, escurriendo la sangre de todos aquellos que la veían, que le cantaban canciones ya sin importarle realmente. Ella ya estaba cansada de ser apenas un adorno de la noche.

     El sonido de los autos desapareció, igual que sus luces, igual que las estrellas. Nada hubo ahí salvo la luna y yo. Entonces sentí otro corazón. Sangre corriendo fuera de mí, pero cuyo calor irradiaba hasta el mío, haciéndolo latir. Agaché apenas un poco la vista y me di cuenta, pese a que lo olvidé por un momento, que Aniela estaba ahí. Ella, con los ojos encontrando lo que yo había visto, apuntó con el dedo.

       Qué curioso. La luna aquí es muy grande. ¿La ves? Es hermosa.

       Lo es — le dije —. Lo es —. Y la miré a ella.

Pintura: Peace, Alyssa Monks

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5 comentarios sobre “Órbitas

  1. Me encanta. Todo un relato, un ir y venir de búsqueda de casa, que al final es una búsqueda de estrellas, de universo.
    Mi hijo, que me enseña millones de cosas cada día, cuando tenía dos años me comentó preocupado mirando al cielo: “Ay mamá, ¿qué le pasa hoy a la luna que parece una uña?. Yo le dije que la luna cambiaba que no siempre estaba igual, que le gustaba sorprendernos.
    Desde ese día: “Esta luna, mamá, mira cómo se ha disfrazado hoy, a la mitad”.
    En fin…..el 12 de agosto esperábamos con ansiedad la lluvia de estrellas y salimos a verla pero….zas…..el cielo nublado. Mi hijo, ya con cinco años me dice: ” Pero mamá, están detrás de las nubes, no pasa nada. Nosotros no las vemos, pero están ahí cayendo una detrás de otra”.

    No pude ni responderle.

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    1. Me da tanto gusto leer esto.
      El cuento lo hice, recuerdo bien, la noche del último eclipse lunar y luna de sangre que hubo, hace un par de semanas. Caminé unas calles para poder ver la luna y vi como se fue ocultando, luego como se volvió roja y como una nube, una gran nube, la ocultó de mí y así se quedó por largo rato, como si se apenara de verme o algo así (la luna), o la nube se pusiera celosa porque nadie la veía a ella. Pensarlo me causó gracia y a la vez me conmovió, no sé muy bien por qué. Así que, me da gusto que haya podido ayudar a que veas las nubes de diferente manera, porque yo mismo las vi así el día que lo escribí.
      Un abrazo, amigo.

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