Pozos llenos

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Septiembre, 2015.)

Nadie creyó en sus ojos tristes.

Sus amigos habían visto demasiadas películas con jóvenes de piel pálida y ojos de cielo brillante. Lágrima tras lágrima, contadas en el guion y otras cuantas por añadidura, se vertían sobre el suelo de parques, iglesias y de su cama (donde la actriz pretendía mirar las paredes como si la encerraran de por vida, sin salvación, aunque fuera apenas un set puesto ahí en la mañana): las películas desacreditaron su tristeza antes de que supiera que la sentía, como si ella misma fuese una ficción, y más que ficción: mentira.

Les miró como suplicando, y ellos pensaron “se hace la teatral”. No vieron nunca la tormenta en el brillo de sus ojos a punto de granizar.

Luego decidió que quizá el rojo de sus labios serviría para más. Les dijo “me estoy ahogando”, pero sus palabras fueron desmerecidas por años de estereotípica sensualidad; de labios que ansiaban besos de pasión, y no derrotados buscando verter su vacío y su bastedad humedecida por tristeza, de hielo cubriéndola como a un cristal.

Quedó al final tan sólo su palidez, que les hacía pensar en todas aquellas mujeres hermosas que caminaban sobre las pasarelas de Milán. Pero ella no andaba con la vista alzada, con reflectores frente a su rostro iluminando una cubierta de maquillaje que la ocultaba: su andar presuroso y sus tropiezos, sus pies arrastrándose por el cansancio… era todo un ejercicio alejado de una rectitud que le era ajena, pero que el resto le adjudicó sin preguntar.

La oscuridad que rodeaba su gesto se hizo más grande, como si la noche se hubiese apoderado de ella, confundiéndola ante su similitud con el lienzo habitado por nubes sobre su cabeza. Al final decidió que nada le quedaba, salvo éste y la inmensidad del mar; los veía extenderse hasta el horizonte, ambos sin desdibujar la frontera que imaginó tan amplia como la suya con los demás. El rojo comenzó entonces a borrar toda forma, como en su mirada donde ya sólo quedaba la bruma y sus pensamientos, olas erráticas bajo una luna de invierno, silenciosa y letal.

Al llegar la noche, nada pudieron ver en la orilla. La lluvia cayó sobre la playa y ya no hubo más límites. La línea infranqueable se rompió, igual que su llanto, igual que sus huellas, hundidas en la arena y tragadas por el mar.

Pintura: Taras Loboda Lady in Blue

Los ojos de un amigo, Heartbeat y Pozos llenos son mi agradecimiento a ustedes, quienes me leen, por acudir y permanecer en este espacio que comparto como una lágrima sobre una hoja en la que dibujo palabras. Espero hayan disfrutado lo que aquí pude compartir de mi sentir y mi ser. Un abrazo a todos.
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13 comentarios sobre “Pozos llenos

    1. “People lived; they went here and there about the earth and rode through forests; so much seemed to challenge or to promise, and so many sights to stir our longing: an evening star, a blue harebell, a lake half-covered in green reeds, the eyes of beasts and human eyes; and always it was as though something would happen, something never seen and yet sighed for, as though a veil would be pulled back off the world; till the feeling passed, and there had been nothing.” — Hermann Hesse

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    1. Saber “saberse” solo es quizá más complicado que saber estarlo. Porque uno aprende a estar placenteramente solo hasta que asume que lo está, en el fondo.
      Y sí, el equilibrio es complicado, sobre todo porque asumirse una cosa que hiere menos que la otra hace difícil querer regresar a ella.
      ¿Felicitaciones por qué, María?
      Un saludo.

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