Salirse de la historia

     “Nos estamos saliendo de esta historia, cariño“, le dijo.

     Habían olvidado despedirse. Él le sonrió mientras se apartaba, sin enseñar los dientes: un gesto ligero como el aire que la envolvía a ella, ondeando su cabello que ocultaba una expresión de tristeza insoslayable. Luego, al verlo partir, sintió como si su aroma permaneciese sobre la mesa, los muebles y sobre la tapa de los libros que él había escrito, años atrás. Apenas un momento, luego el aroma de la casa sin él la obligo a salir a despejarse.

     Salió a las cuatro de la tarde. Se dijo “Necesito un poco de aire“, y anduvo por el parque hasta que los niños volvieron a sus casas. Sus madres les habían amenazado alzando el puño, la mano abierta, un zapato. Ellos, mirándose entre risas, hacían caso porque era mejor hacerlo que darles la contra. Las madres volvían, pues, mientras Tess dejaba pasar a los niños, deteniéndose cada tanto, como abstraída en las hojas de los árboles que tampoco se movían.

     No fue sino hasta la irrupción del sonido de una motocicleta y los gritos del conductor que pudo salir del trance catatónico en el que estaba. Se encogió de hombros como disculpándose, aunque el hombre no lo notó porque ella llevaba un bordado gris que le recorría el cuello y caía hasta su pecho. Se perdía ahí, en la línea que separaba un seno del otro, cerca del corazón, aunque la mayoría creyera que estaba en otro lado.

    Llevaba unas sandalias azul claro que se confundían con la palidez del pavimento. Olvidó, al caminar, que llevaba los pies casi desnudos. Movía los dedos, apenas se detenía, esperando sentir bajo ellos una presión que sin importar cuánto repitió – cual automatismo – no pudo percibir en lo absoluto. Igual sus piernas, que pese a la indecisión, parecían deslizarse sobre el pavimento. Era como si la humedad se hubiese ido de aquél parque, lleno de árboles que parecían sacados de una pintura rupestre: manchones sin vida, identificables y sin nada que ofrecer a quienes morían por falta de sombra o de hambre.

    Se sentó en una de las bancas, luego de comprar en la tienda un paquete de galletas integrales. Mordisqueó una, y otra más la trituró entre sus dedos, para notar después que los pedazos se habían ido hasta el fondo, semejándose a la cubierta de las galletas, como si no las hubiese desbaratado. Las dejó a un lado y se arremangó los pantalones, pensando quizá en el mar, y se puso a caminar aventando las piernas, forzando quizá al aire a sentirse bajo sus pies.

     Notó entonces que, a lo lejos, sobre una pared pintada de verde, el cielo cambió de azul claro a rosado, y por un momento se sintió dichosa. Luego, al volver a casa, encontró a Ray esperando, sentado en un sillón a la orilla de la habitación, en el límite de la casa.

     Sonrío como a él le gustaba. Le dijo que había sido una tarde amena. Le dio un beso en la mejilla y luego hablaron por un rato sobre lo que habrían de hacer el fin de semana. Ray la invitó a acompañarlo a una ceremonia importante, y ella asintió sin preguntarle de qué era.

     Cuando ambos fueron a la cama, ella acarició su abdomen, deteniéndose en el ombligo y respirando sobre los vellos de su brazo, que se movían ante el más ligero toque. Nada podía escucharse ahí, salvo el ir y venir lento de su pecho elevándose, y el de ella, acompasándose. Las olas suaves se convirtieron en huracanes, y la calma vino tras la tormenta cerca de la media noche. Ella lo sujetó con fuerza que contuvo en su piel, para no lastimarlo mientras lo tocaba.

    Tess soñó un gran océano. Sobre su superficie, basta como el alma, se deslizaba un hombre impulsado por una ligera corriente de viento sobre el oleaje. Ray era ése hombre. Tenía los ojos cerrados y se alejaba de Tess hasta el horizonte, en imperturbable calma, sin ese golpeteo intranquilo que le hacía dormir por la noche. Tess intentó seguirlo pero sus pasos elevaban la tierra, manteniendo la distancia entre ellos. El océano no tenía fin y cuando lo comprendió, con sus ojos observando el movimiento de los dedos de sus pies, se detuvo. La humedad en la arena le recordó que algún día lo alcanzaría allá a lo lejos. Entonces las olas no fueron sino sábanas bañadas de oscuridad. Tess apretó los parpados, intentando mantener el sueño. Cuando la luz atravesó el grosor de las cortinas y llegó hasta su rostro, golpeándolo, no tuvo más remedio que abrirlos y despertar. Ray no respiraba. Tess acopió toda la dulzura, la de cada mañana a su lado, e imaginó todo el porvenir en un único gesto como el que Ray le dedicó un día antes, aquella sonrisa de agradecimiento y, a la luz de lo ocurrido, despedida. Su historia con Ray terminó mientras dormía.

Pintura: Zhaoming Wu, Pastel Shades

Cuento homenaje a Raymond Carver, mi maestro atemporal y escritor favorito.
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11 comentarios sobre “Salirse de la historia

    1. En este caso, es un texto mío. Quise homenajear más el espíritu de Carver (lo que intentaba plasmar con su literatura – aunque a veces, para hacerlo, escribiera lo contrario -) que realmente “copiar” su estilo. Que a fin de cuentas el suyo y el mío no son tan distintos, incluso aun antes de leerlo así era.
      Me da gusto leer que te lo parezca, Rosa. Gracias.

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    1. Recuerdo que su “Tres rosas amarillas” me descolocó por completo, precisamente por ser el primer texto (y quizá único) de Carver que netamente sentí dedicado a un otro identificable. Más que a enaltecer su propia prosa, o a su quehacer como escritor, fue como si en verdad el finalidad mayor hubiese sido homenajear a Chejov. Aquí intenté hacer eso.

      Un saludo, Manuel. Gracias por tus palabras.

      Le gusta a 1 persona

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