De aquí a la luna

Autora: Sofía Guardiola 

     Fuera de la habitación se oían gritos agudos y persistentes, típicos de adolescentes empeñados en llenar su vacío interior con litros y litros del alcohol.

     En el interior de la habitación en penumbra solo estábamos él, yo y el fino colchón tirado en el suelo en el que estaba él tumbado, sintiendo como toda la habitación daba vueltas a su alrededor. Yo permanecía sentada a su lado, mirándole con una mezcla de preocupación y ternura, notando como el olor a alcohol flotaba en el ambiente y se adhería a nuestra piel.

     Lo cierto es que me podría haber quedado fuera, riendo y cantando como si no hubiese un mañana, pero preferí permanecer allí, dejando que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad mientras yo seguía a la orilla del colchón, porque supuse que eso es lo que hacen las buenas amigas. Las mejores.

     – Por dios, Miguel, duérmete – supliqué, por enésima vez.

     Él por enésima vez repitió que no quería, y luego añadió de nuevo que no me quedara con él, que era su culpa estar tan borracho y que no se lo merecía. Aquello comenzaba a parecer el estribillo de una de esas horribles canciones del verano, pero aun así yo suspiré hondo y volví a enfrentarme a aquella conversación (comenzando ya a sabérmela de memoria):

      – Estarás mejor si duermes, borracho.

     – ¿Quieres que duerma? – contestó, cambiando el patrón establecido.

     – Sí.

     – Pues cuéntame un cuento.

     Yo le sonreí mientras la luz anaranjada de una farola que se colaba por la ventana nos bañaba a ambos, y, como si se tratara de un niño pequeño, le conté el cuento del mejor amigo idiota y borracho y de la mejor amiga insistente (por no decir pesada) que le contaba cuentos para conseguir que se durmiera, aunque eso ya no sea lo que se supone y se espera de cualquier mejor amiga.

    – ¿Sabes qué? – dijo él cuando acabé el cuento, haciéndome creer (seguramente de manera acertada) que no me había escuchado ni una palabra.

    – Dime

    – Te quiero.

    – ¿Cuánto? – pregunté, divertida, porque era raro escuchar aquellas dos palabras saliendo de su boca cuando el alcohol no corría por sus venas, y porque quería dilatar el momento al máximo: alargarlo como se hace con esos cinco minutos más que te permites cada mañana antes de salir de la cama.

    – De aquí a la luna.

     Yo reí como única respuesta, porque aquello comenzaba a parecerse a un mal guión de una de esas comedias románticas que ambos tanto odiábamos.

      – ¿Te parece poco? – preguntó él, tras unos segundos en silencio, con ese aire de estar perdido en otra dimensión, tan característico de la ebriedad.

    – Sí – contesté, porque siempre he tenido un talento oculto (además de una gran afición) para exasperar a los borrachos.

     – Pues eres una hija de puta.

     – Y tú eres un borracho.

     Después de aquello ambos reímos, ya que era lo que hacíamos siempre que no encontrábamos manera mejor para continuar una conversación.

 ◊

    Ya ha pasado más de un año de aquel lejano verano en el que la historia del mejor amigo idiota y borracho y la mejor amiga insistente (por no decir pesada) se convirtió en un cuento para ir a dormir que nunca cumplió su cometido.

     Las cosas han cambiado mucho (y han sido de esos cambios tan horribles y rápidos que nos dan ganas de taparnos los ojos ante ellos, como ocurre con las peores escenas de las películas de terror), y creo que la mejor amiga destronada y olvidada que supongo que soy ahora no recuerda una vez en la que haya oído un “te quiero” más sincero de ese mejor amigo (al que ahora podría llamar “desconocido con más de media vida en común”) que el de aquella lejana noche en la que ella no se emborrachó y él no se durmió.

Fotografía:  ASHLEY MACHOST 

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