30 años de relojes binarios

Capitulo I

     Emily Clarke despertó asustada, luego de haber tenido una pesadilla. Había soñado que una línea plateada se extendía sobre el cielo y que, tras unos segundos, se hacía roja y la gente comenzaba a gritar. Sintió en su interior la absoluta certeza de que moriría. Su cuerpo comenzaba a degradarse, la piel de su rostro caía hasta el suelo y, al correr para salvarse, veía como los edificios y las casas se habían convertido en pequeños puntos luminosos que alternaban en encenderse. Esa imagen le pareció familiar pero no supo por qué. Era un reloj binario. Maldito reloj.

     Ella se puso en pie, se estiró sobre la cama y le dijo a madre que le prepara café para ir a trabajar esa mañana. Tenía prisa. Se le había hecho tarde. Corrió con el termo en mano y se apresuró hasta el camión, que justo esperaba en la esquina a que ella llegara. Era el camión de la empresa. Tenía un reloj sobre los controles, en la parte delantera. Anunciaba que eran las 5 de la mañana. Estuvo a diez segundos de que el camión se fuera, y lo supo. Lo intuyó al ver que todos la miraban a través de la ventana y tuvo la certeza cuando el operador, sin quitarle los ojos de encima, le dijo por poco y te despiden.

     El corazón se le aceleró, y recordó a su padre. Y a su hermano. Ambos habían sido llevados al gran salón, luego de haber faltado a sus tiempos en tres trabajos distintos. En el primero, su padre y hermano habían llegado tarde porque se habían contagiado de una fiebre rara. Tenían casi 40°C, y llegaron apenas 3 minutos tarde. Pero los Señores del tiempo eran exactos e implacables, así que los despidieron a los dos. Luego, en el segundo empleo, su madre estuvo en un accidente, al que ambos acudieron para llevarla al hospital. El padre le dijo a su hermano que se fuera al trabajo, pero este, con todo y que le dio un ataque de pánico por el estrés, se quedó ahí. Llegaron veinte minutos tarde, y los Señores del tiempo les enviaron una advertencia: eso no podía repetirse otra vez. Aquello había sido una falta mayor. Cuando ocurrió el tercer incidente…

     Ella sabía que su padre y hermano habían sido llevados ante las autoridades por culpa suya. Eso le taladraba la mente cada mañana, luego de las pesadillas. El cambio de la luz en el cielo se proyectaba en los relojes del camión, de la oficina, de las calles. Ella era abrumadoramente consciente de que no podía permitirse lo mismo. Alguien debía mantener a su madre, que ya no podía salir de casa pues, apenas intentaba poner un pie fuera, los relojes se encendían con su luz roja y sabía que de no volver en menos de tres segundos… la matarían.

     Cuando al fin estuvo frente a su cubículo, en el gran salón de Soluciones Integrales M.A.C., se percató de que algo lucía diferente. El ruido de los dedos tecleando era el mismo, las voces quedas al teléfono igual, los pasos de los pocos encargados de sección. Todo estaba en su lugar. ¿Qué le molestaba, entonces? ¿De dónde venía la sensación extraña de que algo ahí no era como debía ser?

     Inspeccionó la pared. Buscó en el techo. En su escritorio. En su pc. En los rostros de los hombres, lejos de ella. En los que estaban cerca. Luego, en ella misma. No encontró nada, nada había cambiado. No. Algo había cambiado. ¿Y su tic? Ella había desarrollado un parpadeo que se había sincronizado con el cambio de las luces en el reloj. Con el cambio de colores, uno sólo de sus ojos hacía todo el trabajo, haciendo que el otro pudiera recrear los puntos de luz sobre el escritorio, sobre la pantalla o el teclado. No estaba su tic, porque no estaba la luz. ¿Y el reloj? ¿A dónde rayos se había ido el reloj?

     Se puso en pie, aunque supo que no debía, y fue hasta el supervisor de su área. Le dijo, intentando mantenerse tranquila, que el reloj no funcionaba. El hombre le dijo que ella mentía y que volviera a su trabajo o se le multaría. Luego, comenzó a contar los segundos con su propio reloj, el que llevaba en el brazo, pero apenas llegó a cinco, este se apagó. El hombre, negándose a creer lo que sus ojos ya no veían, esperó paciente a que el reloj recuperara su brillo pero no lo hizo. Él le habló a otro supervisor, que tampoco le creyó, y al que también se le apagó su reloj binario.

     Todos ahí estaban en problemas. Nadie le había explicado a Emily Clarke. Nadie le dijo nunca cómo funcionaba el mundo, más allá de su oficina. Ella temía a que el reloj cambiara a rojo, por ser llevada ante los Señores del tiempo. Ella temía a la luz, al brillo, y a los tonos cambiantes. Ella no tenía idea de que, al apagarse los relojes, su tiempo había acabado. No habría juicio, ni presencia de los Señores del tiempo. No serían ellos los que acudirían ante los empleados de aquella empresa. Serían los Señores de la nada. Y acabarían con ellos.

Fotografía: Gabriel Isak

Este proyecto tiene toda la pinta de ser un Best Seller. Se los auguro. Aquí, lo dicho por una escritora sobre mi trabajo:

“Salido de un barrio bronco de Guadalajara, Daniel Centeno es una pistola apuntándole a tu sien, un taladro hurgándote las tripas. Uno no puede sólo leerlo y seguir yendo a trabajar, seguir respirando, seguir comprando chicles en el Oxxo porque su vómito de realidad te incapacita para funcionar en el mundo barato de los seres mortales. Daniel Centeno es la evolución que nos escupe en la cara y como tal su lectura es imprescindible si uno no quiere quedarse atrás en los registros de la historia natural y de la vida. Daniel Centeno es un cyborg, un escritor del futuro que nos ilumina desde allá con la humilde sabiduría de un choque brutal pero insoslayable.

Daniela Guzmán, Editora del Misterio Times, 2015.

P.D. El texto en cuestión es un ejercicio más de Los Insectos Comunes.

El primer capitulo de los próximos Best Seller de Los insectos comunes:

Poe y los castigos rojos de E. Magar

Los ejércitos de los robots tecnológicos de Jean R.

Las torres de los orgasmos secretos de Tony C.

5 Historias de castigos binarios de Cerdo Venusiano

Los misterios de los monumentos ridículos de La Rata Gris

 

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15 comentarios sobre “30 años de relojes binarios

  1. Los likes son sólo puro formato. Lo realmente substancial son tus relatos.
    Yo comencé a leerte como el que tararea una canción durante días, sin conocer el autor. De repente te detienes y te interesas por el autor de esa canción, porque te ha llegado, porque es distinta al resto.
    Tras días de lectura, me interesé por Daniel Centeno…..pero fueron tus palabras las que me llevaron al autor y no a la inversa.
    Yo seguiré sin pulsar el like…aunque si no hacerlo supone el ocaso de tu musa, cederé al formato.

    Le gusta a 1 persona

    1. Para nada: tú sígueme leyendo en silencio, sin decir nada si no te apetece y sin dar like alguno. Faltaba más. No me molesta en lo absoluto.
      Y esto que dices me ha sacado una sonrisa enorme. Que digas que precisamente fue mi trabajo el que te hizo interesarte y no lo que yo pueda decir sobre mí (algo que creo que debería ocurrirnos con todo buen artista que se precie: reconocerle por su trabajo).
      Espero sigas disfrutando de los textos por venir, que aunque no son tantos, diría yo que valen la pena leerse.

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    1. A mí también me sorprendió la reseña de mi tocaya. Ella tan contundente y tan halagadora. Ya quisiera yo que un día me hagan una así (pero de verdad), pero eso es más un deseo narcisista y morboso que otra cosa jajaja.
      Gracias, Cerdito. Después de todo, la idea de este texto salió del ejercicio que propuso tu amigo Ernesto.

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