Con los ojos en la meta

A Efrén     

Efrén se quedó parado frente al espejo, luego de salir de la regadera del gimnasio. Aquél día tan sólo soportó hora y media de ejercicio, reprimiéndose por ello en silencio. Amasó sus brazos, palpando su abdomen que no era plano. Tomó con la punta de los dedos el filo de la carne bajo su ombligo y se obligó a seguir mirando.

     Cuando al fin interrumpieron sus pensamientos, Efrén recordó que debía ir hasta un teléfono. «Ella espera que la llame», pensó. Luego, al dirigirse hacia el estacionamiento, negó maldiciendo y regresó hasta la recepción. Él era nuevo ahí. Había cambiado de gimnasio tras perder su celular en el otro. «Gente naca», dijo cuando le preguntaron quién pudo haber sido el ladrón. La recepcionista lo vio entrar. Se le quedó mirando el torso y sus piernas gruesas. Había muchos hombres ahí, pero ella se fijó en él por encima de los otros que llegaban. «Dígame», exclamó ella, modulando la voz para parecerle más atractiva. Él ni la notó. «¿Podría hacer una llamada?». «Claro», dijo ella, pensando en silencio que seguramente él llamaría a su novia. Aunque, luego se dijo, Efrén debía ser la clase de hombre que sale con muchas, de la clase que sale y no se queda con ninguna. Pero ese día Efrén no llamó a su novia – porque no tenía – sino a una amiga suya a la que invitaría al cine esa noche.

     «Qué lindo», dijo ella cuando ella cuando Efrén le contó que tenía un boleto y que sería para ella si lo quería. « Hasta te disparas el cine y todo. Que trabajes es bueno para el resto ». Él quiso decirle a ella que en realidad no los había comprado, que alguien más se los había dado en una de esas promociones raras en las que todos salen ganando. Quiso decirle que la invitaba porque fue la primera en quien pensó al saber que había ganado. Efrén, en cambio, le dejó creer que él los había pagado y que aquello no era más que una invitación casual, en “plan de amigos”.

     Ella comenzó a reír porque conocía a los amigos de Efrén y ella no encajaba. Eran de dos tipos: los musculosos que beben hasta caerse y las que se quitan no sólo la bata al verlo sino hasta los calzones. Le pareció curioso que, queriendo Efrén banalizar el asunto, la dejara a ella en medio de ambos mundos, en ese limbo extraño que se crea cuando surgen planes inesperados.

     Pero ella se equivocaba. Había un tercer tipo: los olvidados. Esos que Efrén ya no veía por ser nacos, por tener tan poco en común y hasta por desempleados. Eso se decía Efrén al pensar en todos esos que fue olvidando, porque recordarlos sería recordarse a él y hacerlo era avergonzarse de sí mismo. «¿Es esto lo que eres? ¿Eres un borracho fiestero que se la pasa hablando de fútbol y yendo a todos lados a gastar dinero? ¿Es esto lo que seré?». Se soñó diciéndose, muchas veces – siendo más joven y con ideales -. «Si voy a ser eso», se decía despectivamente, «Mejor suicidarme».

      Al despertar, lo primero que él veía era su tableta del año, una botella de tequila vacía y libros que había comprado para recordar quién era. Uno, por ejemplo, hablaba de disidentes anarquistas. Pero Efrén trabajaba – casi – para el gobierno, en uno de esos hospitales de renombre, con un sueldo por encima del promedio y siendo ya casi una estrella en la tele – o eso pensó él, luego de que lo entrevistaron por ser “uno de los expertos en la materia” -. Luego lo pensó con más fuerza, tras dos entrevistas en la radio.

      Efrén ayudaba a los niños que habían recibido maltrato. Era el encargado del área de abuso. ¿Cómo no iba  a sentirse orgulloso por el reconocimiento? Él hacía lo que muchos admiraban, con todo y que detrás tenía motivos no tan gloriosos. Porque siempre es mejor cuidar a un niño que ha sido abusado que abusar de él – como lo habían hecho con él, al menos con palabras – y saberlo le ponía los pies sobre la tierra que, a veces, amenazaba con volverse arena movediza. .

      Eso pensaba él mientras se acomodaba la camisa justa y su peinado de lado para ver a su amiga. Efrén había sido un niño gordo, o eso le había dicho el novio de su madre cuando él se acercó a pedirle consejo para invitar a salir a una chica del colegio. «Estás gordo. Nadie se fijará en ti. Además, ni siquiera tienes dinero o un auto. Nadie te querrá así». Aquello había devastado al joven Efrén, que siendo adulto tenía auto y dinero, pero seguía comiendo como gordo – porque en el fondo era el mismo – y por eso iba al gimnasio, para contrarrestar lo que él seguía siendo. Se ajustó una vez más la camisa, intentando que ella llamara la atención en su pecho y no en su incipiente barriga.

     A su amiga no le importó al verlo, ni a las que se quitaron la bata en el hospital para hacerlo con él en sus descansos. Le importaba a él, y a sus amigos musculosos. Porque ellos eran de los que, como el novio de su madre, creían que hay que ser delgados y con musculo para ser amados. Efrén odiaba al ex de su madre, por haberle dicho que nadie lo querría, pero él amaba a sus amigos.

     Efrén pensó, al ver llegar a su amiga, en aquella mujer de melena oscura y piel blanca, la que lo besaba mientras hurgaba en su cartera, la que decía «Te amo» luego de que él le compraba cosas y que un día decidió que él no le bastaba. Algo le hacía falta. Y aunque ella no dijo nada, él sabía que él no le había bastado porque en aquél entonces sólo pudo recibir de él su dinero, pero no el placer de su presencia o sus caricias. Porque él estaba gordo y ella los prefería delgados y con musculatura.

     Pero no sólo era eso, sino su debilidad creciente, luego de la enfermedad. O pensó él, al principio. Porque había sucumbido  y había sido postrado en el hospital. Lo peor de todo fue la meningitis. Débil y acompañado sólo por su madre, perdió las fuerzas para sostenerse y la imagen por la que él tanto había luchado, con la que lo podrían amar. Su madre, entretanto, lo cuidó como no pocas madres: con todo el amor de la tierra contenido en sus gestos y sus palabras. ¿Cómo no esperar que fuese corriendo al gimnasio, apenas se recuperó, para fortalecerse y adelgazar?

     La chica llegó a su encuentro y él le dijo que no había sido él quien compró los boletos. A ella no le importó. Él sumió su estómago y subió el pecho, apenas ligeramente y sin advertirlo y ella ni lo notó. Fue entonces que ambos entraron a la sala del cine, riendo y mirándose el uno al otro como si estuviesen sólo los dos. No era amor, ni era su novia, pero ella lo vio como su madre cada día, y como él se vio alguna vez, antes del gimnasio, el alcohol y la ropa justa. Porque cuando ella lo vio, vio al pequeño ilusionado por una niña del colegio, tímido para acercarse y sonriendo porque creía que merecía amor. Vio ante sí a ese niño que aún no había sido violentado, que aún no había perdido a su padre y que estaba lejos de verse obligado a ser hombre siendo apenas un niño. Vio al que después se abandonaría porque, de seguir siendo así, tan vulnerable, no alcanzaría sus objetivos.

      Porque Efrén tenía todo lo que le habían dicho que debía tener, y era todo lo que esperaron que fuera.

     Al día siguiente, Efrén volvió a tomar la carne de su abdomen, la que le sobraba y no quería. Se obligó a mirar y luego pensó que un día encontraría la felicidad. «Algún día», pensó. No se dijo cuándo, porque la grasa del abdomen es la más difícil y él no sabía cuánto le tomaría borrarla del reflejo que veía a diario, con esos sus ojos de niño cubiertos por dolor y lágrimas, en absoluto silencio.

Pintura: Costa Dvorezky, Pared roja

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14 comentarios sobre “Con los ojos en la meta

      1. En sí la historia de Efrén, lo que ha vivido para ser quien es, de alguna manera explica un poco del por qué es así. De hecho cuando lo leí en su muro también lloré, pero tu cuento le da un plus porque hilas los puntos que él mencionó de una manera muy tuya, muy a tu estilo.

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      2. Yo le pregunté si podía contar su historia, porque me encantó. Y él aceptó gustoso y, según me dijo, alcanzó a verse en el cuento (lo cual, siendo el caso, me halagó). La verdad es que, todos esos puntos, aparentemente inconexos en su historia, a mí me parecía (y me parece, aún) que tienen todo el sentido del mundo unidos precisamente por la metáfora del peso: tener más, tener menos; ser suficiente, sobrar o faltar. Este texto es distinto a muchos otros, evidentemente, por la parte biográfica y porque en realidad fue un intento mío por meterme en su mente. A mí también me parece que, luego de hacerlo, lo entiendo un poco más.

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      3. Pues, en sí, a ambos dos recién los estoy conociendo más. Pero, de la historia de Efrén me identifico con un montón de cosas. Claro, que para mí identificar está no en las situaciones como tal, ni en el sentir sino en… bueno, soy una persona rara que quizá ve análogos donde no los hay. Pero, te lo pongo así, ¿notaste a caso que este texto desentonara con los otros que he hecho? Si la respuesta es no, entonces no es tan distinto a mi universo de “ficción”.

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  1. Unas palabras groseras, un comentario al que no se da importancia, puede marcar toda una vida. «Estás gordo. Nadie se fijará en ti. Además, ni siquiera tienes dinero o un auto. Nadie te querrá así», le dijo a Efrén el novio de su madre, y, a mi juicio, desde entonces Efrén no es Efrén sino alguien que no quiere ser gordo, tener dinero y auto, y conseguir a toda costa que las chicas lo quieran. Y él, ¿se fija en alguien además del espejo?
    Me ha gustado el relato y la caracterización del personaje.
    Abrazos.

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    1. Excelente acercamiento al cuento. Mi hipótesis es más o menos la misma que la tuya, que ese comentario encausó la vida entera de Efrén y que precisamente el peso se volvió eje de todas las cosas: de valía, de amor, hasta de valer la pena como persona. Una cosa tristisima, porque creo que todos hemos pasado por un comentario desafortunado (o muchos, o hasta golpes) que nos “encausan” hacia ciertas cosas. Reconocerlo y no dejar que siga rigiendonos es lo más sano que podemos hacer.
      Abrazos, Madame. Qué gusto tenerla por aquí.

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