Franklin, Riazor y las paletas de Sandía

Autor: Anatolli Petrov

     Nos subimos al taxi cerca de las diez. Yo le doy indicaciones vagas: “dé vuelta aquí, dé vuelta allá, tome ese retorno, métase en la cochera de ese local.” Nunca le digo que vamos al motel Riazor, ¿para qué?

     “¿Qué tal si nos encontramos con alguno de mis tíos en el motel?” Le pregunto días atrás. Ella me dice que no sea tonta. “Tus tíos no van a ir tan lejos solamente para coger.” Pero ella qué sabe de las predilecciones geográficas de mis tíos cuando se trata de hacer el amor. Podrían quererlo hacer aquí, justo aquí, porque les gusta el nombre del motel.

     A mí me gustó, por ejemplo. Riazor es una playa en España, según sé. ¿Quién no querría coger en el turquesa del Mediterráneo?

     Yo no, la verdad es que a mí el sexo no me va bien y no sé por qué accedí a todo este follón.

     Por el viaje, sí, ya sé. No fui a San Luis con ella y prometí compensarla, pero, ¿qué quería que hiciera? Papá, mamá, salgo con una chica. Quiere que vayamos a San Luis de luna de miel, tienen que darme permiso. Encima lo tienes que pagar, pá. Tienes que pagar mi boleto para el viaje so we can fuck all day all night, mientras pretendemos estar en un Congreso de Extracción de Minerales. Extracción de Minerales un coño. Un coño, sí. El de ella.

     Así que no fui y ahora me lo hace pagar con los trescientos cincuenta pesos que me va a costar este motel. Una suerte que sea tan barato, ¿no? Muy misteriosa la onda ésta de los moteles. Nada de mis tíos andando por los pasillos del local y preguntándonos “¿qué haces tú por aquí?”, No. Sólo una mucama que sale a recibirnos apenas salimos del taxi.

     No hace preguntas, una sonrisita sarnosa es lo único que tiene en la cara. Cualquiera pensaría que es un cyborg. Un cyborg de motel. Nos dice que subamos al elevador y arriba nos vuelve a abordar –no sé cómo hizo para subir más rápido que nosotras, pero nos aborda otra vez. “Son trescientos cincuenta”, dice y yo pago. ¿Qué raro, no?

     Yo pago y eso que yo soy la del pantalón ajustado y el maquillaje y el cabello larguísimo sobre la blusita de tirantes. Ella, en cambio, es casi un chico, pero de chico nada. Soy yo la que tiene que hacerse cargo de todo.

     Ni siquiera pudo llegar temprano hoy, justo hoy. Le pedí que nos hiciera un playlist, un playlist mágico para hacer el amor. “¿Hiciste el playlist?” Le pregunto mientras inspeccionamos la habitación.

     Pues no: no hizo el playlist, pero igual saca su celular y pone una compilación de éxitos de música de videojuegos de los noventas. Ella es así.

     Tiempo después pienso que quizás todo fracasó por eso, que quizás nos hundimos en el estropicio y en los vidrios rotos y los mensajes de whatsapp sin contestar gracias a que la chica amenizó nuestra primera vez con la banda sonora de Chrono Cross y de Zelda Ocarina of Time.

     – ¿Música de videojuego? Sí que eres rara.

    – Así te encanto – me dice y la empiezo a desvestir y es toda piel de arcilla y barro lento y mientras comienzo a estar dentro de ella y ella dentro de mí voy pensando en todo. Voy pensando en la primera vez, en la biblioteca, con sus lentes de pasta y su libro de Cálculo Aplicado.

     Son otros tiempos, ella me aborda y entre otras cosas pregunta si soy hija única. “Tengo un radar para los hijos únicos.” Y yo me pregunto si tendrá también un radar para la gente sola, para la gente que sabe que nunca ha sido de aquí ni de ninguna parte, pero hoy vas a ser de aquí. Hoy vas a ser mía, de mi país, de mi lenguaje. Me pregunto si tendrá un radar para hallar a su presa y si será precisa, certera y cuántas más habrá como yo.

     “Ninguna.” Me dice siempre. Y recuerdo entonces otra tarde en su casa, ella en un short cortísimo de pijama, con las piernas tersas y exquisitas y yo en su sillón; recuerdo que no es la primera vez que lo intentamos. Recuerdo el primer beso que le robé en casa de Adriana, observadas por su gato y rogando que Adriana se tardara mucho en preparar las palomitas de maíz.

     Luego vimos Nausicaa, una película de Miyazaki y yo me dormí en su vientre. Recuerdo el día después, “tú sólo juegas conmigo”, me dijo, porque se perdió camino a casa. Se perdió en una absurda réplica de una pirámide que está cerca de la casa de Adriana, en esas calles que tienen nombres de héroes prehispánicos. Cuauhtémoc y Tezozomoc y demás. “Era de noche y no me llevaste contigo. Pudiste llevarme a casa”, pero, ¿qué quería que hiciera? Estaba mi padre en el auto. Mi padre vino por mí y mi padre no puede verla. “Es que siempre se trata de tus padres.” Sí, siempre se trata de mis padres. Pero siempre se trata también de Elena.

     Recuerdo cuando viajó con Elena por toda América Central y las fotos que subían de comidas extravagantes y de pueblitos arenosos y playas paupérrimas. Entonces me decía que quería ser solamente mi amiga. “No puedo arruinar lo mío con Elena”, le daba por decirme. “Elena es mi pareja. Tú solamente eres tú.” Y entonces se me partían los huesos y tiempo después me recuerdo pidiéndole que me clavara las uñas y me azotara porque así hubiera sido más fácil. A veces le clavaba las uñas yo también porque la sangre, cualquier cantidad de sangre habría sido más fácil que todo eso, que todo el odio que recuerdo que le tuve cuando estuvimos en la barranca de Huentitán y en aquella alberca en la que ella estaba conmigo, pero en silencio pensaba en la otra chica que era más gorda y más triste que yo, pero aun así la quería más. “Nunca vas a quererme como la quieres a ella.”

     Cualquier cosa, cualquier agua clorada hubiera sido más fácil de tragar.

     Quizás por eso no puedo tener orgasmos. “Piensas mucho”, me digo.

     Y entonces abortamos la misión, por algún motivo ella tampoco está excitada.

    Suele ser más fácil allá, con los cuerpos enlatados adentro de uno de los baños de la escuela. Quizás nos excita el riesgo de que nos atrapen, quizás me excita la sangre y esto es demasiado bello. No lo sé.

     Seguimos desnudas. Ella es una pieza de porcelana oscura adornando la delicadeza sórdida de la recámara, de Riazor, de una playa en España. Una playa en la que nunca voy a estar y mucho menos voy a estar ahí con ella.

    Entonces se pone tierna. Saca un libro de Oscar Wilde y empieza a leerme El príncipe feliz porque yo devoro libros y ella ha leído dos o tres en toda su vida. Ése, el de Oscar Wilde y otro más triste. Me lee mientras me acurruco entre su vientre. Oscar Wilde o ella –porque justo ahora son la misma persona- hablan de un junco y yo la detengo en seco.

     – ¡Cállate! ¡No sabes ni siquiera lo que es un junco!

     Entonces nos reímos. Le inventamos significados nuevos a la palabra junco. Nos estamos besando, estamos bien otra vez, pero la noche ha muerto. ¿Qué digo? El día, el día ha muerto. Todavía tenemos que volver a clases, esto ha sido sólo una escapada, una respiración que desafía a la muerte porque así es todo con ella: un instante, un regalo breve e interrumpido.

     En la mesita del motel Riazor hay unas paletas de sandía. No me gustan las paletas de sandía, pero tomo una y me la quedo. Me la quedo porque sí, y la guardo en mi bolsa, porque ahora siempre que veo paletas de sandía me acuerdo de ella y de ese mediodía estrepitoso en las playas de Riazor, en España o en un cuartito de motel que por un rato fingió ser España. Porque sí.

     Años después estoy en otro motel y encuentro también paletas de sandía. Esta vez es el Villas Franklin, en México Distrito Federal. Yo vengo aterrizando de un vuelo largo y después de pasar todo el día entre librerías, museos, comida deliciosa en la Condesa y en Reforma, Julio y yo llegamos ahí. Llegamos no sólo a pie, sino corriendo, corriendo como si nos persiguiera el ansia de todos los meses en los que mi cabeza no se ha recostado contra su pecho de mármol liso y oscuro y no nos hemos devorado juntos, el uno al otro.

     Entramos, pero como no hay mucamas cyborg, no sabemos si es hotel o es motel.

     – Es un motel. Tiene paletitas de sandía en la mesa- le digo a Julio.

     – ¿Y tú cómo sabes eso?

    Yo me encojo de hombros. Nada. “¿Con quién estuviste en un motel antes?” “Con nadie. Con mi ex.” A Julio no le gusta que hable de ella. No le gusta pensar que antes de él, fue una chica quien me poseyó. Y, como no hablamos de eso, no sabe que nunca me poseyó realmente, no sabe que nunca lo pudimos consumar y no sabe que, en realidad, él es el primero.

     Secretamente me pregunto si Julio está a punto de poner una compilación de éxitos musicales de videojuegos. Cuando estamos en su casa pone a Bob Dylan y a los Doors. Pero hoy quién sabe, hoy estamos en el motel Franklin que bien podría ser una versión capitalina del Riazor.

     Julio me carga y me sienta encima del tocador. Me mira el torso desnudo con sus ojos torvos de indio huasteco. Son los ojos de su abuelo el indio huasteco, seguramente, el que se llamaba Julio porque lo bautizaron por la fuerza y Julio Ignacio, su padre, después de él. Y ahora Julio el que está conmigo con esos ojos torvos que ya no son torvos, porque sonríen. Sonríen como le sonrío yo a él.

     – ¿Qué?

     – Nada. Te extrañaba mucho- me dice.

      No. No creo que Julio vaya a poner música de videojuegos en el motel.

Pintura: Henri de Toulouse-Lautrec

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26 comentarios sobre “Franklin, Riazor y las paletas de Sandía

  1. Me ha encantado, en serio, siento que me repito pero es así siempre (aunque confieso que este me ha gustado en especial porque sale España y porque ay, Riazor es un sitio tan bonito…)

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    1. ¡Esta vez no es merito mío! El autor, Anatolli Petrov, ha creado un cuento que me encanta y que va muy a tono con el espíritu de este blog. Pero, sí, la verdad es que le ha quedado excelente. Un abrazo, Sofi 😀 mañana y el viernes sí hay cuentos míos 😛

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      1. ¡Espero que lo haga!
        Ay, ¿de verdad? Pues sería todo un honor, en serio. En cuanto me quite el maldito examen que tengo que hacer el viernes me pongo a escribir y te mando al correo lo que salga, a ver qué te parece!

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      2. Éxito con ese examen 😀
        Y claro, con gusto lo recibo y apenas lo haga te respondo – claro, si es que sirve mi pc, porque volvió a estallar jajaja -. Si quieres, te invito a checar “las bases” en donde dice “¡Colabora!”.

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      3. ¡¡Gracias!! Jajajaja, te comprendo, me pasa día sí y día también con mi ordenador.
        Claro, ¡ahora mismo las miro!

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      4. Pues tiene sentido, la verdad. A lo mejor por eso yo escribo tantas historias sobre gente que al final muere (aunque no suelan acabar en el blog), o quizá sea al revés, y se me rompa siempre el ordenador porque escribo demasiado drama, jajajaj.

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    1. No me culpes por la grandilocuencia de los nombres de algunos. Además, según sé no es tan raro entre Rusos. Y bueno, el tipo ese es Ruso. Espero pronto tener otro cuento de él, para la próxima temporada 😀

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  2. Me gustó mucho este escrito, me encantaron las partes: “Ella me aborda y entre otras cosas pregunta si soy hija única. “Tengo un radar para los hijos únicos.” Y yo me pregunto si tendrá también un radar para la gente sola, para la gente que sabe que nunca ha sido de aquí ni de ninguna parte, pero hoy vas a ser de aquí.”
    Muy bueno!

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  3. Anatolli me recordó a alguien… Y ese alguien no debería cambiarse de sexo cuando escribe de sexo. Aunque resulta adorable como siempre.
    Me ha encantado, tanto que el texto que tenía pensado mandarte, Daniel, ahora me parece un bodrio.
    Gracias, Anatolli, por alimentar mi inseguridad.

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    1. Anatolli tiene una cuasi-obsesión por los detalles que a la mayoría le parecerían innecesarios. Quizá por eso te recuerda a alguien – que hace lo mismo -.
      Y, sobre lo que dices de tu texto, ¡tú mandalo! A mí me pasó lo mismo cuando leí su cuento jajaja sentí que los míos palidecen en ratos. Es más o menos un sentir común cuando uno lee una literatura distinta a la propia.
      Un saludo 😀
      Y no dejes que Anatolli sepa que te hizo sentir insegura.

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