¿Has visto mi zapato?

Yo no quería salir, y se lo dije. “Prefiero quedarme en casa. Pidamos una pizza de pepperoni y hagamos unas limonadas, eso o a tomar agua. No importa“. Pero a él sí parecía importarle. Hizo esa mueca, en la que parece que la boca se le va de lado y la ceja se contorsiona. Me dio la impresión de que sus ojos se oscurecían por un momento, quizá porque su frente se arrugó, impidiendo a la luz del foco iluminar su piel grasosa. “No, Tony, no quiero eso“.

Fui hasta el armario luego de varias quejas, de darle un golpe en el estómago y un gesto de desgano. Nada funcionó. Incluso pensé en lanzar mi zapato cuando me puse de pie. Sólo traía uno, el otro quién sabe dónde había quedado. Me fui casi arrastrando, con el peso de toda la pereza del mundo sobre mi espalda, y cuando estuve al fin de frente a la hilera de playeras de todos colores y texturas, le grité molesto.

¿Otra vez mesclaste nuestra ropa?“. “Lo siento“, me dijo apresurándose hasta mí. Ahí habían ido a parar todas mis energías: él las hubo tragado. Quizá por eso no tenía hambre todavía y prefería salir. Pero yo sí. Es más, era tal el vacío en mis entrañas que me pregunté si algún órgano no iría a parar, presuroso por salvar al resto de una calamidad terrible, hasta el estómago con tal de alimentarme. Luego recordé que así no funcionan las cosas, y que para eso están las reservas de grasa, y me tranquilicé. Al menos había dejado las cajas y los cestos en su lugar.

La idea era salir, cuando muy tarde, unos diez o quince minutos después. Tenía que ducharme. Una cosa es no querer andar por ahí y otra es hacerlo estando sucio. Lo abracé mientras elegía la ropa y él me apartó, frunciendo el ceño. “Apestas“, decía su cara, y yo pensé lo mismo de él luego de echarse encima un frasco de colonia barata. Yo se la di, lo sé, pero nunca se me pasó por la cabeza que la usaría tan seguido, ni que al hacerlo se iría casi una décima parte de la botella en cada puesta. Me sorprende que aún tenga, quizá se regenera o llena el frasco de alguna forma. ¿Será orina? No me sorprendería.

Tomé sin ver una playera del montón y  me metí a la regadera, dejé que el agua se llevara la mugre, los restos de semen que no alcancé a limpiar un rato antes y un poco de caspa acumulada. Quizá ni siquiera era mía. Debo pensar seriamente en la posibilidad de tener mi propia almohada. O quizá me la pegó y ahora compartimos no sólo nuestros cuerpos y nuestro amor, sino también las cascaritas blanquecinas que a uno le delatan si decide llevar ropa oscura.

¿Ya mero?“, me preguntó abriendo la puerta corrediza, con los ojos fijos en mi cuerpo desnudo. Me sentí violado. ¿Habría sido esa su intención? ¿Para qué salir, entonces? Mejor quedarnos: comida, películas y luego unos diez o quince minutos de sexo. “¡Ah!, ya sal“, le dije de mala gana. Él se fue respigando hasta el sillón, donde volvió a sentarse, viendo el televisor.

Me sequé tan rápido como pude, y luego de pasar mi cabeza por el agujero de la playera – que no era mía, porque me costó ponérmela – agarré una plasta de gel y me peiné para atrás – con todo y que no me gusta -. “Ya“, le grité. Pero no era cierto. ¿Y el otro zapato?

Pasamos un buen rato buscándolo. Dijo que la tele nos distraía, así que la apagó. Dijo “no importa, ponte otro“, pero ya era demasiado: la caspa, el gel, la bañada, la no-pizza y el no-sexo; ¿qué más quería de mí? ¿También forzarme a llevar zapatos que no quería? Me senté sobre el sillón, viéndolo con cara de “ya no te quiero“, y él comenzó a reír de mala gana y encendió el televisor de nuevo. “Está bien“, terminó diciendo.

Perdí casi una hora de mi tiempo en todo el proceso. El hambre se me había ido y hasta la pereza tomó su descanso. Luego él se puso a buscar algo más, ahora entre sus bolsillos. “¿Sabes el número de las pizzas?“, “sí”, le dije, y nos quedamos. Resultó que no había limones, ni hielo, y al final tuvimos que comenzar a comer con agua; pero la pizza no sabe bien con agua, así que no cenamos nada.

Nos quedamos tirados sobre el sillón, viendo como un hombre le decía a su esposa que había decidido cambiar de carrera. “Amor, ¡tendremos una pizzeria!“. Ambos nos reímos. Luego, cuando él sugirió ir a la cama lo miré como si un zorrillo se apareciera de repente. No es como que haya visto uno y sepa qué haría, pero supongo que así fue, porque apenas un segundo después él me sonrió y se dirigió hacia la regadera, soltando la ropa en el pasillo y hasta la puerta del baño. Lo seguí. Me quité la playera, los pantalones y el zapato. Pensé, un poco por costumbre, que quizá se mojaría si lo dejaba junto al lavabo, así que corrí de prisa hasta los cestos de la ropa sucia y las cajas apiladas. Abrí una para dejarlo, y el otro ahí estaba.

Pintura: Alyssa Monks

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