Contar los segundos

Cuento publicado en Revista Cultural Contrasentido (Abril, 2015.)

– ¿Nos veremos esta noche? – le preguntó Gabriel, pero Matías se quedó en silencio al otro lado de la línea, por unos diez u once segundos -. ¿Está todo bien conmigo?

– No sé si podré verte esta noche – respondió al fin. Lo dijo de tal modo que le parecieron atropelladas sus palabras. “Nosésipodré verteesta noche”, escuchó Gabriel.

– ¿Por qué? ¿Tienes otros planes? – inquirió su amigo, molesto.

Gabriel pensó que quizá Matías no quería verlo, o que ya se había cansado de hablar con él. Se imaginó los mecanismos con los que este buscaba la forma de dar por terminada su relación en ese instante, plagado de silencios sepulcrales, incomodos y mortuorios. Los segundos contados con cronometro.

A la mente se vino una vieja palabra que había leído en algún lado, mucho tiempo atrás: “amatar”, o lo que es lo mismo, clavar cosas a un animal hasta hacerlo sangrar. Así le parecían las últimas conversaciones con Matías, quien había pasado de largos discursos a diálogos taquigráficos tan rápido que, para cuando Gabriel quiso hacerse a la idea, este hubo pasado a los silencios y eso no lo soportaba.

– ¿Hay algún problema entre nosotros? – le preguntó Gabriel. Matías respondió al instante.

– No.

– ¿Entonces? – insistió, subiendo su tono, haciendo que Matías apartara un poco el teléfono del oído -. Porque, siento que últimamente no eres el mismo.

– Tienes razón – le contestó.

Habían sido amigos desde la universidad. Gabriel fue a la boda de Matías, luego en un par de sus cumpleaños y, de vez en cuando le llamaba para contarle cómo le iba en la vida. En esa ocasión, Gabriel había insistido en que se vieran porque tenía muchas cosas que contarle. Inició preguntando si todo estaba bien, a lo que Matías respondió que no. Su amigo le dijo que era una pena que no todo fuera bien, pero que las cosas irían mejor. “Yo sé que tú puedes”, le dijo. El problema estaba en que Gabriel no tenía idea de lo que decía, porque ni sospechaba lo que le pasaba a Matías, ni se lo preguntó tampoco. Él no estaría bien, él no se repondría. Estaba perdiendo contra un cáncer que había surgido de forma tan abrupta que ni siquiera le había dado tiempo de asimilarlo por completo. Aunque, quizá, no hay tiempo alguno para asimilar tal cosa.

Y fue desde entonces que el tiempo se convirtió, para Matías, en algo tan capital como comer e ir al baño. Incluso más. Pensaba al hablar que ese tiempo podría usarlo haciendo otra cosa: viajar, correr, comer, ver películas; pero luego se detenía y pensaba que quizá ninguna de esas cosas valía la pena y, las que sí, ya no podía hacerlas. Entonces se quedaba escuchando y decidía que en la medida de lo posible controlaría su tiempo. Diez minutos para estar en internet, quince para ver televisión, otros diez hablando por teléfono y, el resto, para pasarlo con su esposa, sus padres o sus hermanos. Veinte minutos de cada veinticuatro horas eran para el mundo, y al mundo parecía no importarle por lo que él pasaba. Peor, cuando les importaba, de cualquier modo no podían hacer nada, así que Matías callaba. El silencio se volvió su amigo cuando descubrió que era una mejor alternativa.

Gabriel se quedó al otro lado de la línea, con sus ideas rumiantes sobre Matías, con sus miedos y su paranoia.

– ¿No quieres que vuelva a hablarte? – le preguntó, pensando que si a Matías no le importaba su amigo, entonces a él tampoco le importaría Matías. Y fue este último quien, viendo el reloj, se dio cuenta de que ya habían pasado los diez minutos que tenía asignados, así que dio un suspiro (que le hizo toser tan fuerte que Gabriel se asustó al otro lado del teléfono), negó con la cabeza sin que nadie lo viera y dijo con voz calmada.

– Espero que luego hablemos, y si quieres me cuentas todo eso que te pasa.

Su amigo se tranquilizó al escuchar eso. A Matías si le importaba su sufrimiento. Matías era un buen amigo. Matías me escuchará, se dijo. Colgó el teléfono y se dirigió a su cama, donde su esposa lo estaba esperando con una mueca que estaba entre una sonrisa y un gesto de tristeza, como desde hace semanas.

– Amor, ¿con quién hablabas?

– Con Gabriel – dijo Matías, encogiéndose de hombros. Seguía tosiendo, apoyándose en la pared mientras caminaba, negando con la mano apenas vio que ella estaba dispuesta a ponerse en pie para ayudarlo a caminar -. Otra vez le pasan cosas, y quería hablar de ellas.

– ¿Y hablaste?

– No – respondió -, hoy no tenía ánimos de hacerlo. Quizá mañana.

Matías se recostó a lado de su esposa, pensando en sus propias palabras y lo que significaban. Quizá mañana. Y por un momento le reconfortó la idea de que quizá mañana todo cambiaría: que al despertar descubriría que el cáncer se había ido, que había recuperado la capacidad de viajar, y que no estaba solo en sueños el vigor que una vez tuvo. Que quizá mañana podría volver a escuchar a Gabriel y sus dilemas cotidianos, y que quizá le importarían un poco más. Porque Gabriel le había importado alguna vez, pero en aquél instante le era difícil, puesto que su energía y su mente estaban en otro lado. Las interminables discusiones y pequeñas luchas sociales se habían quedado atrás, ridículas, ante la guerra que enfrentaba.

Fotografía: Kavan the kid

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23 comentarios sobre “Contar los segundos

  1. Nuestros problemas. Y al otro lado hay uno de verdad, de los grandes y definitivos ¿Qué le habré hecho?, pensamos.
    Me ha gustado cómo has ido retirando el velo y cambiando el foco.
    Un abrazo.

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    1. Y más que minimizar el problema que percibe Gabriel, mi intención era mostrar que cada cuál sufre sus problemas con una gravedad única y personal: Gabriel moría por dentro al pensar que Matías ya no quería ser su amigo, mientras que este último lidiaba, bastante bien, con el ineludible hecho de su próximo deceso. Subjetividad pura.
      Un abrazo, Madamebovary.

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  2. Un tema en cierta forma un leitmotiv en tus relato, querido Daniel: la falta de comunicación, la amistad que se hace añicos en general por factores latentes, implícitos… Pocas veces claros o evidentes… La vida nos une y luego deshace los caminos de esa unión. A todos nos ha pasado. Un amigo, un amor… la brecha del tiempo y las distancias que las diferencias traza.
    Muy buen texto, como de costumbre. Un abrazo grande! Aquileana ⭐

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    1. Quizá añadiría que, a todo eso que dices, como el instante se convierte en el punto de quiebre de lo que fue antes y de lo que se convierte. Yo estoy convencido de que aunque son los pequeños cambios los que deterioran todo, sí han momentos cumbre donde la explosión hace que el cascarón vacío se venga abajo. Y bueno, intento también plasmar eso en mis textos tanto como me ha pasado en mi propia vida, donde no me ha pasado una vez, ni dos, ni tres; sino muchas.
      Abrazo grande, grande, Aquileana.

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  3. Reblogueó esto en Angelos's Universey comentado:

    Este cuento es la primera piedra de tres que conforman un sentimiento. Es una faceta, una arista del triangulo.

    Antes me preocupaba por hacer catarsis con mis textos. Una vil válvula de escape a mis emociones. Hoy intento ir siempre más allá. Intento pensar que escribo para encontrar nuevos finales, nuevos trayectos y reencontrarme con los que ya había olvidado. Que escribo para plasmar, no sólo para mí sino para el mundo, cosas que considero valiosas, en algún modo.

    Quizá por eso es que últimamente mis preocupaciones estéticas van todas en lineas muy claras (como diría Aquileana, mis leitmotivs).

    “Contar los segundos”, así como “Miseria”, forman lazos con un tercer cuento, a publicar en un rato más: “Resiliencia”.

    ¿Por qué digo esto? Porque esos tres cuentos son como hermanos. Son variaciones de un sentir, son sutiles cambios, instantes distintos en el terrible mundo que es este, acompañados de un ser a quien se quiere, o quien una vez se quiso.

    Lo re-comparto para que, de ser posible, tengan la oportunidad de leerlos como cuentos aislados y como un todo (que es, a fin de cuentas, uno de los fines de la literatura: ser en sí misma).

    Les envío un saludo cordial.

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  4. Fucking shit Dany. Ahora sí me estremeciste (you know it ain’t easy). Me gusta cómo desenmascaras todo lo que está detrás de una conversación simple, banal, en la que lo que importa más es todo lo que no se dice porque eso es lo que mata. Genial cuento, muy limpio además!

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    1. La verdad es que la tristeza que sentí al escribirlo era tal que me sentí obligado a hacerlo. Creo que en su momento te conté cómo me sentía, e intenté mostrar cuánto sufrimiento hay incluso aunque no se diga. Nada. Aquí te doy al razón que no te di en la ultima reunión: con todo y que un texto sea emocional, debe estar bien pensado. Con este intenté hacerlo más que con otros.

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  5. “Contar los segundos”, así como “Miseria”, forman lazos con un tercer cuento, a publicar en un rato más: “Resiliencia”.

    Me gustaria leer los tres y dar una opinion conectando los tres entre si.

    He leido Ceder. Te deje un comentario, Daniel, en su entrada.

    Muchas Gracias por compartir tu arte de escribir.

    Pat

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